| MARXISMO HOY Nº 8 | |||
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León Trotsky (1879-1940) |
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El único camino1 |
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| Prefacio | |
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La decadencia del capitalismo promete ser todavía más turbulenta, dramática y sangrienta que su ascenso. El capitalismo alemán no será seguramente ninguna excepción. Si su agonía se prolonga demasiado, la culpa reside —debemos de decir la verdad— en los partidos del proletariado. El capitalismo alemán apareció tarde en escena, y fue privado de los privilegios del primogénito. El desarrollo de Rusia la situó en algún lugar entre Inglaterra y la India; Alemania, en un esquema semejante, tendría que ocupar el lugar entre Inglaterra y Rusia, no obstante sin las enormes colonias ultramarinas de Gran Bretaña ni las "colonias interiores" de la Rusia zarista. Alemania, comprimida en el corazón de Europa, se vio enfrentada —en una época en que el mundo entero ya había sido repartido— a la necesidad de conquistar mercados exteriores y de volver a repartir colonias que ya habían sido repartidas. El capitalismo alemán no estuvo destinado a nadar contra corriente, a entregarse al libre juego de las fuerzas. Sólo Gran Bretaña pudo permitirse este lujo, y sólo durante un período histórico limitado, que ha finalizado recientemente ante nuestros ojos. El capitalismo alemán no pudo siquiera permitirse el "sentido de la moderación" del capitalismo francés, atrincherado dentro de sus límites y provisto además de ricas posesiones coloniales como reserva. La burguesía alemana, oportunista de pies a cabeza en el terreno de la política interior, tuvo que elevarse al colmo de la audacia y de la ligereza en el de la economía y la política mundial; tuvo que expandir inconmensurablemente su producción para alcanzar a las naciones más antiguas, blandir la espada y lanzarse a la guerra. La extrema racionalización de la industria alemana después de la guerra resultó asimismo de la necesidad de superar las condiciones desfavorables de retraso histórico, de situación geográfica y de derrota militar. Si los males económicos de nuestra época son resultado, en último análisis, del hecho de que las fuerzas productivas de la humanidad son incompatibles con la propiedad privada de los medios de producción así como con las fronteras nacionales, el capitalismo alemán está atravesando las convulsiones más dolorosas precisamente porque es el capitalismo más moderno, más avanzado y más dinámico del continente europeo. Los médicos del capitalismo alemán se dividen en tres escuelas: liberalismo, economía planificada y autarquía. El liberalismo querría restaurar las leyes "naturales" del mercado. Pero el infeliz destino político del liberalismo solamente refleja el hecho de que el capitalismo alemán nunca pudo basarse en el manchesterismo2, sino que fue, a través del proteccionismo, hasta los trusts y los monopolios. La economía alemana no puede ser devuelta a un pasado "saludable" que nunca existió. El "nacionalsocialismo" promete revisar a su manera la labor de Versalles, es decir, llevar más lejos la ofensiva del imperialismo de los Hohenzollern. Al mismo tiempo, quiere llevar a Alemania a la autarquía, es decir, al camino del localismo y de la restricción voluntaria. El rugido del león oculta en este caso la sicología del perro azotado. Adaptar el capitalismo alemán a sus fronteras nacionales es casi lo mismo que curar a un enfermo cortándole la mano derecha, el pie izquierdo y parte de su cráneo. Curar al capitalismo por medio de la economía planificada significaría eliminar la competencia. En tal caso, debemos empezar por la abolición de la propiedad privada de los medios de producción. Los reformadores burocrático-profesorales no se atreven ni a pensarlo. La economía alemana es, menos que nada, puramente alemana: es un elemento integrante de la economía mundial. Un plan alemán sólo es concebible en la perspectiva de un plan económico internacional. Un sistema planificado en el interior de las estrechas fronteras nacionales significaría el abandono de la economía mundial, es decir, el intento de regresar al sistema de la autarquía. Estos tres sistemas, con sus disensiones mutuas, en realidad se parecen en cuanto que todos están encerrados dentro del círculo vicioso del utopismo reaccionario. Lo que ha de salvarse no es el capitalismo alemán, sino Alemania de su capitalismo En los años de la crisis, la burguesía alemana, o al menos sus teóricos, han pronunciado discursos de arrepentimiento; sí, habían llevado una política demasiado arriesgada, habían recurrido con mucha ligereza a la ayuda de créditos extranjeros, habían empujado demasiado rápidamente la modernización del equipamiento fabril, etc. En el futuro, ¡habrá que ser más cuidadosos! En realidad, sin embargo, a medida que se manifiesta el programa de Von Papen y la actitud del capital financiero hacia él, los dirigentes de la burguesía alemana se inclinan hoy más que nunca al aventurerismo económico. A los primeros signos de reactivación industrial, el capitalismo alemán se mostrará tal y como su pasado histórico lo ha conformado, y no como les gustaría configurarlo a los moralistas liberales. Los empresarios, ávidos de beneficios, harán subir de nuevo la presión del vapor sin prestar atención al manómetro. La persecución de los créditos extranjeros volverá a tomar un carácter febril. ¿Son escasas las posibilidades de expansión? Tanto más necesario el monopolizarlas. El mundo aterrorizado verá de nuevo el cuadro del período precedente, pero en forma de convulsiones todavía más violentas. Al mismo tiempo, el renacimiento del militarismo alemán avanzará como si los años 1914-1918 nunca hubiesen existido. La burguesía alemana vuelve a situar a los barones del Este del Elba a la cabeza de la nación. Bajo los auspicios bonapartistas, están aún más inclinados a arriesgar la cabeza de la reacción que bajo los de la monarquía legítima. En sus momentos lúcidos, los dirigentes de la socialdemocracia alemana deben preguntarse por qué milagro su partido, después de todo el daño que ha hecho, todavía dirige a millones de obreros. Ciertamente, ha de darse una gran importancia al conservadurismo innato a toda organización de masas. Varias generaciones del proletariado han pasado por la socialdemocracia como escuela política; ello ha creado una gran tradición. Sin embargo, ésa no es la razón principal de la vitalidad del reformismo. Los obreros no pueden abandonar simplemente la socialdemocracia, a pesar de todos los crímenes de ese partido; deben poder reemplazarlo por otro partido. Entretanto, el Partido Comunista alemán, en la persona de sus dirigentes, ha hecho todo lo que estaba a su alcance para alejar a las masas o al menos para impedirles que se agrupasen alrededor del Partido Comunista. La política de capitulación de Stalin-Brandler en el año 1923; el zigzag ultraizquierdista de Maslow-Ruth Fischer, Thaelmann en 1924-1925; el arrastramiento oportunista ante la socialdemocracia en 1926-1928; el aventurerismo del "tercer período" en 1928-1930; la teoría y práctica del "socialfascismo" y de la "liberación nacional" en 1930-1932, ésas son las partidas de la factura. El total da: Hindenburg-Von Papen-Schleicher y Compañía. Por el camino capitalista, no hay ninguna salida para el pueblo alemán. En eso reside la fuente de fortaleza más importante del Partido Comunista. El ejemplo de la Unión Soviética muestra mediante la experiencia que hay una salida por el camino socialista. En eso reside la segunda fuente de fortaleza del Partido Comunista. Pero, gracias a las condiciones de desarrollo del Estado proletario aislado, allí ha tomado la dirección de la Unión Soviética una burocracia nacional-oportunista, que no cree en la revolución mundial, que defiende su independencia de la revolución mundial y mantiene a la vez una dominación ilimitada sobre la Internacional Comunista. Y esa es en la actualidad la mayor desgracia para el proletariado alemán e internacional. La situación en Alemania está hecha como a propósito para posibilitar al Partido Comunista el ganar a la mayoría de los obreros en un corto espacio de tiempo. El Partido Comunista debe comprender solamente que sin embargo, en la actualidad, representa a la minoría del proletariado, y debe caminar firmemente por el camino de la táctica de frente único. En su lugar, el Partido Comunista ha hecho suya una táctica que puede resumirse en las siguientes palabras: no dar a los obreros alemanes la posibilidad de llevar adelante luchas económicas ni de presentar resistencia al fascismo, ni de empuñar la herramienta de la huelga general, ni de crear soviets; antes, que el proletariado mundial reconozca por adelantado la dirección del Partido Comunista. La tarea política se convierte en un ultimátum. ¿De dónde pudo haber provenido este destructivo método? La respuesta a ello está en la política de la fracción estalinista en la Unión Soviética. Allí, el aparato ha convertido la dirección política en una autoridad administrativa. Al negarse a permitir que los obreros discutan, o critiquen, o voten, la burocracia estalinista no les habla en otro lenguaje que en el del ultimátum. La política de Thaelmann es un intento de traducir el estalinismo a un mal alemán. Pero la diferencia consiste en que la burocracia de la URSS tiene a disposición de su política de mando el poder estatal, que recibió de las manos de la revolución de Octubre. Thaelmann, por el contrario, sólo tiene para reforzar sus ultimátums la autoridad formal de la Unión Soviética. Esta es una gran fuente de ayuda moral, pero, bajo las condiciones dadas, sólo basta para cerrar la boca de los obreros comunistas, pero no para ganarse a los obreros socialdemócratas. Sin embargo, el problema de la revolución alemana se reduce ahora a esta última tarea. Siguiendo las obras anteriores del autor dedicadas a la política del proletariado alemán, este panfleto intenta investigar las cuestiones de la política revolucionaria alemana en una nueva fase.
1. Bonapartismo y fascismo Tratemos de analizar brevemente qué ha ocurrido y dónde nos encontramos. Gracias a la socialdemocracia, el gobierno Brürning dispuso del apoyo parlamentario para gobernar con la ayuda de los decretos de emergencia. Los dirigentes socialdemócratas dijeron: "De esta forma bloquearemos el camino del fascismo al poder". La burocracia estalinista dijo: "No, el fascismo ya ha triunfado; el régimen de Brürning es el fascismo". Ambas afirmaciones eran falsas. Los socialdemócratas hicieron pasar una retirada pasiva ante el fascismo, como la lucha contra el fascismo. Los estalinistas presentaron el asunto como si la victoria del fascismo ya hubiese ocurrido. La fuerza de combate del proletariado fue minada por ambos lados y se facilitó y aproximó el triunfo del enemigo. En su tiempo, caracterizamos al gobierno Brürning como bonapartismo ("una caricatura de bonapartismo"), es decir, como un régimen de dictadura político-militar. En el momento en que la lucha de dos estratos sociales —los que tienen y los que no tienen, los explotadores y los explotados— alcanza su tensión más elevada, se han creado las condiciones para la dominación de la burocracia, la policía y la tropa. El gobierno se vuelve "independiente" de la sociedad. Recordemos una vez más: si se clavan simétricamente dos horquillas en un corcho, éste puede guardar el equilibrio incluso sobre la cabeza de un alfiler. Ése es precisamente el esquema del bonapartismo. Podemos tener por seguro que semejante gobierno no deja de ser el empleado de los propietarios. Sin embargo, el empleado se sitúa sobre la espalda del amo, le restriega el pescuezo en carne viva y no titubea, a veces, en limpiarse los zapatos en su cara. Puede haberse dado por sentado que Brürning proseguiría hasta la solución final. Sin embargo, en el transcurso de los acontecimientos, se ha añadido otro eslabón: el gobierno Von Papen. Para ser exactos, deberíamos hacer una rectificación en nuestra anterior caracterización: el gobierno Brürning era un gobierno pre-bonapartista. Brürning era solamente un precursor. En una forma perfecta, el bonapartismo entró en escena con el gobierno Von Papen-Schleicher. ¿En qué consiste la diferencia? Brürning aseguraba que no conocía mayor felicidad que "servir" a Hindenburg y al párrafo 48. Hitler "apoyaba" con su puño el flanco derecho de Brürning. Pero, con el codo izquierdo, Brürning descansaba sobre el hombro de Wels. En el Reichstag, Brürning encontró una mayoría que le eximía de contar con el Reichstag. Cuanto más crecía la independencia de Brürning respecto al parlamento, más independientes se sentían las cumbres de la burocracia con respecto a Brürning y a los grupos políticos que se hallaban tras él. Finalmente, sólo faltaba romper los lazos con el Reichstag. El gobierno Von Papen surgió de una concepción burocrática inmaculada. Con el codo derecho, descansa sobre el hombro de Hitler. Con el puño de la policía, se protege del proletariado por la izquierda. En eso residen el secreto de su "estabilidad", es decir, de que no se hunda en el momento mismo de su formación. El gobierno Brürning asumía un carácter clerical-burocrático-policiaco. La Reichswher todavía permanecía en reserva. El "Frente de Hierro" servía como un apoyo directo del orden. La esencia del golpe de Estado de Hindenburg-Von Papen consiste precisamente en eliminar su dependencia del "Frente de Hierro". Los generales pasaron automáticamente al primer lugar. Los dirigentes socialdemócratas quedaron como unos inocentones totales. No podía ser de otra manera en un período de crisis social. Esos intrigantes pequeñoburgueses parecen inteligentes sólo en aquellas condiciones en que la inteligencia no es necesaria. Ahora, se tapan la cabeza por la noche, sudan, y esperan un milagro: tal vez al final podamos todavía no sólo salvar nuestras cabezas, sino también el mobiliario y los pequeños ahorros. Pero ya no habrá más milagros... Desgraciadamente, sin embargo, el Partido Comunista también ha sido tomado totalmente por sorpresa por los acontecimientos. La burocracia estalinista fue incapaz de prever nada. Ahora, Thaelmann, Remmele y otros hablan a cada instante del "golpe de Estado del 20 de julio". ¿Cómo ha sido eso? Al principio, afirmaban que el fascismo ya había llegado y que sólo los "trotskistas contrarrevolucionarios" podían hablar de ello como algo futuro. Ahora resulta que para pasar de Brürning a Von Papen —por el momento no a Hitler, sino sólo a Von Papen— fue necesario todo un "golpe de Estado". Sin embargo, el contenido de clase de Severing, Brürning y Hitler, según nos habían enseñado esos sabios, es "uno y el mismo". Entonces, ¿de qué y para qué el golpe de Estado? Pero la confusión no acaba aquí. Incluso aunque la diferencia entre fascismo y bonapartismo esté ahora lo suficientemente clara, Thaelmann, Remmele y demás hablan del golpe de Estado fascista del 20 de julio. Al mismo tiempo, alertan a los obreros contra el peligro inminente de un derrocamiento hitleriano, es decir, igualmente fascista. Por último, se caracteriza a la socialdemocracia, precisamente igual que antes, como socialfascista. De esta forma, los acontecimientos que se suceden se reducen a que diferentes clases de fascismo tomen el poder una de otra con la ayuda de golpes de Estado "fascistas". ¿No está claro que toda la teoría estalinista fue elaborada sólo con el fin de agarrotar el cerebro humano? Cuanto menos preparados estaban los obreros, más destinada estaba la llegada del gobierno Von Papen a producir la impresión de fortaleza: ignorancia completa de los partidos, nuevos decretos de emergencia, disolución del Reichstag, represalias, estado de sitio en la capital, abolición de la "democracia" prusiana. ¡Y con qué facilidad! A un león se le mata de un disparo, a la pulga se la aplasta entre las uñas; con los ministros socialdemócratas se acaba de un papirotazo. No obstante, a pesar de la apariencia de fuerzas concentradas, el gobierno Von Papen como tal es más débil todavía que su predecesor. El régimen bonapartista puede lograr un carácter comparativamente estable y duradero sólo en el caso de que ponga fin a una época revolucionaria; cuando la relación de fuerzas ya ha sido puesta a prueba en batallas; cuando las clases revolucionarias ya están agotadas, pero las clases poseedoras aún no se han librado del terror: ¿no traerá mañana nuevas convulsiones? Sin esta condición básica, es decir, sin un agotamiento anterior de las energías de las masas en combates, el régimen bonapartista no está en posición de avanzar. A través del gobierno Von Papen, los barones, los magnates del capital y los banqueros han realizado un intento de salvaguardar sus intereses mediante la policía y el ejército regular. La idea de entregar todo el poder a Hitler, que se apoya en las bandas voraces y desbocadas de la pequeña burguesía, está lejos de agradarles. Ellos, por supuesto, no dudan de que, a la larga, Hitler será un instrumento sumiso de su dominación. Sin embargo, esto es inseparable de convulsiones, del riesgo de una guerra civil larga y fatigosa y de gastos enormes. El fascismo, sin duda, como muestra el ejemplo italiano, conduce, al final, a una dictadura burocrático-militar de tipo bonapartista. Pero para eso se requieren una serie de años aun en el caso de una victoria total: un plazo aún más largo en Alemania que en Italia. Está claro que las clases poseedoras preferirían un camino más económico, es decir, el camino de Schleicher y no el de Hitler, por no hablar de que el mismo Schleicher lo prefiere de esa forma. El que la base para la existencia del gobierno Von Papen radique en la neutralización de los campos irreconciliables no significa en modo alguno, desde luego, que las fuerzas del proletariado revolucionario y de la pequeña burguesía reaccionaria pesen lo mismo en la balanza de la historia. Toda la cuestión se desplaza aquí al terreno de la política. Mediante el mecanismo del Frente de Hierro, la socialdemocracia paraliza al proletariado. Con la política de ultimátums insensatos, la burocracia estalinista bloquea a los obreros el camino revolucionario. Con una correcta dirección del proletariado, el fascismo sería exterminado sin dificultad y ni una rendija quedaría abierta para el bonapartismo. Desgraciadamente, ésa no es la situación. La fortaleza paralizada del proletariado ha adoptado la forma engañosa de la "fortaleza" de la camarilla bonapartista. En eso reside la fórmula política de la actualidad. El gobierno Von Papen es el punto invisible de intersección de grandes fuerzas históricas. Su peso independiente es casi nulo. Por tanto, no puede hacer otra cosa que sentir pánico de sus propias gesticulaciones y tener vértigo del vacío que le rodea por todas partes. Así, y sólo así, puede explicarse que en los actos del gobierno haya habido hasta hoy dos partes de timidez por una de audacia. En Prusia, es decir, con la socialdemocracia, el gobierno jugaba a ganar: sabía que esos señores no ofrecerían resistencia. Pero después de haber disuelto el Reichstag, anunció nuevas elecciones y no se atrevió a posponerlas. Tras proclamar la ley marcial, se hartó de explicar: esto es sólo para facilitar la capitulación sin lucha de los dirigentes socialdemócratas. Sin embargo ¿no hay una Reichswher? No somos dados a olvidarlo. Engels definía el Estado como organismos de hombres armados, con accesorios materiales en forma de prisiones, etc. Con respecto al actual poder gubernamental, incluso puede decirse que sólo la Reichswher existe realmente. Pero la Reichswher no parece de ninguna manera un instrumento sumiso y fiable en las manos del grupo de personas a cuya cabeza se encuentra Von Papen. En realidad, el gobierno es más bien una especie de comisión política de la Reichswher. Pero a pesar de toda su preponderancia sobre el gobierno, la Reichswher no puede sin embargo pretender ningún papel político independiente. Cien mil soldados, no importa cuán cohesivos y aguerridos puedan ser (lo que todavía falta por probar), no pueden mandar a una nación de sesenta y cinco millones, desgarrada por los más profundos antagonismos sociales. La Reichswher solamente representa un elemento en la acción de las fuerzas, y no el decisivo. A su manera, el nuevo Reichstag refleja mucho mejor la situación política del país que ha llevado al experimento bonapartista. El parlamento sin una mayoría, con alas irreconciliables, ofrece un argumento obvio e irrefutable a favor de la dictadura. Una vez más, los límites de la democracia aparecen en toda su evidencia. Allí donde se trata de las bases mismas de la sociedad, la aritmética parlamentaria no es la que decide. Lo que decide es la lucha. No intentaremos opinar desde lejos qué camino seguirán en los próximos días los esfuerzos para formar gobierno. Nuestras hipótesis llegarían de cualquier forma tarde, y además, no son las posibles formas y combinaciones transitorias las que resuelven el problema. Un bloque del ala derecha con el centro significaría la "legalización" de la toma del poder por los nacionalsocialistas, es decir, la cobertura más apropiada para el golpe de Estado fascista. Qué relaciones se desarrollarán al principio entre Hitler, Schleicher y los dirigentes del centro es más importante para ellos que para el pueblo alemán. Políticamente, todas las combinaciones pensables con Hitler significan la disolución de la burocracia, los tribunales, la policía y el ejército en el interior del fascismo. Si se admite que el centro no aceptará una coalición en la que tendría que pagar con la ruptura con sus propios obreros el papel de freno a la locomotora de Hitler; en ese caso sólo queda abierto el camino extraparlamentario. Una combinación sin el centro garantizaría más fácil y rápidamente el predominio de los nacionalsocialistas. Si éstos no se unen inmediatamente con Von Papen y al mismo tiempo pasan de inmediato al asalto, el carácter bonapartista del gobierno se manifestará más agudamente: Schleicher tendría sus "cien días"... sin los años napoleónicos anteriores. Cien días —no, estamos calculando demasiado generosamente—. La Reichswher no decide. Schleicher no basta. La dictadura extraparlamentaria de los junkers y los magnates del capital financiero sólo puede garantizarse mediante una guerra civil fatigosa e implacable. ¿Podrá Hitler realizar esta tarea? Eso no sólo depende de la mala voluntad del fascismo, sino también de la voluntad revolucionaria del proletariado.
2. Burguesía, pequeña burguesía y proletariado Todo análisis serio de la situación política debe tomar como punto de partida las relaciones mutuas entre las tres clases: la burguesía, la pequeña burguesía (incluido el campesinado) y el proletariado. La gran burguesía, económicamente poderosa, constituye, por sí misma, una ínfima minoría de la nación. Para imponer su dominación, debe hacer cumplir una determinada relación mutua con la pequeña burguesía y, por su mediación, con el proletariado. Para comprender la dialéctica de esas interrelaciones, debemos distinguir tres fases históricas: el comienzo del desarrollo capitalista, en que la burguesía precisaba métodos revolucionarios para resolver sus tareas; el período de florecimiento y madurez del régimen capitalista, en que la burguesía dotó su dominación con formas democráticas, ordenadas, pacíficas, conservadoras; por último, la decadencia del capitalismo, en que la burguesía está obligada a recurrir a los métodos de la guerra civil contra el proletariado para proteger su derecho a la explotación. Los programas políticos característicos de esas tres fases, jacobinismo, democracia reformista (incluida la socialdemocracia) y fascismo, son esencialmente programas de corrientes pequeñoburguesas. Sólo este dato, más que ninguna otra cosa, muestra qué enorme —más aún, qué decisiva— importancia tiene la autodeterminación de las masas pequeñoburguesas del pueblo para todo el destino de la sociedad burguesa. Sin embargo, la relación entre la burguesía y su base social fundamental, la pequeña burguesía, no descansa de ningún modo en la confianza recíproca y en la colaboración pacífica. El grueso de la pequeña burguesía es una clase explotada y oprimida. Mira a la burguesía con envidia y, a menudo, con odio. La burguesía, por su parte, aun cuando utiliza el apoyo de la pequeña burguesía, desconfía de ella, pues teme, con razón, su tendencia a derribar las barreras impuestas desde arriba. Aun cuando estaban arreglando y despejando el camino al desarrollo burgués, los jacobinos chocaron a cada paso con la burguesía. La sirvieron en un lucha intransigente contra ella. Después de realizar su limitado papel histórico, los jacobinos cayeron, pues la dominación del capital estaba predeterminada. Para toda una serie de fases, la burguesía afirmó su poder bajo la forma de la democracia parlamentaria. Pero de nuevo, no pacífica ni voluntariamente. La burguesía temía mortalmente el sufragio universal. Pero a la larga, con la ayuda de una combinación de represión y concesiones, con la amenaza del hambre unida a las reformas, consiguió subordinar en el marco de la democracia formal no sólo a la vieja pequeña burguesía, sino, en gran medida, también al proletariado, por medio de la nueva pequeña burguesía, la burocracia obrera. En agosto de 1914, la burguesía imperialista pudo, por medio de la democracia parlamentaria, llevar a millones de obreros y campesinos a la carnicería. Pero precisamente con la guerra empieza la clara decadencia del capitalismo y, sobre todo, de su forma democrática de dominación. En adelante ya no se trata de nuevas reformas y limosnas, sino de reducir y suprimir las antiguas. Con ello, la burguesía entra en conflicto no sólo con las instituciones de la democracia proletaria (sindicatos y partidos políticos), sino también con la democracia parlamentaria, en cuyo marco surgieron las organizaciones obreras. De ahí, la campaña contra el "marxismo", por un lado, y contra el parlamentarismo democrático por el otro. Pero igual que las cumbres de la burguesía liberal fueron incapaces en su época, sólo con su propia fuerza, de desprenderse del feudalismo, la monarquía y la iglesia, así los magnates del capital financiero son incapaces, sólo con su fuerza, de enfrentarse con el proletariado. Necesitan el apoyo de la pequeña burguesía. Para este fin, debe ser ganada, puesta en pie, movilizada y armada. Pero este método tiene sus riesgos. Aun cuando utiliza el fascismo, la burguesía no obstante le teme. Pilsudski fue obligado en mayo de 1926 a salvar la sociedad burguesa mediante un golpe de Estado dirigido contra los partidos tradicionales de la burguesía polaca. La cosa llegó tan lejos, que el dirigente oficial del Partido Comunista polaco, Warslti, que pasó de Rosa Luxemburgo a Stalin, y no a Lenin, tomó el golpe de Estado de Pilsudski como el camino de la "dictadura democrática revolucionaria" y llamó a los obreros a apoyar a Pilsudski. En la sesión de la comisión polaca del comité ejecutivo de la Comintern del 2 de julio de 1926, el autor de estas líneas dijo sobre los acontecimientos de Polonia: "(...) el movimiento que [Pilsudski] encabezó era pequeñoburgués, una forma ‘plebeya’ de resolver los acuciantes problemas de la sociedad capitalista en proceso de decadencia y destrucción. Se trata de un paralelo directo con el fascismo italiano... "Esas dos corrientes tienen indudablemente rasgos comunes: sus tropas de choque se reclutan... entre la pequeña burguesía; tanto Pilsudski como Mussolini emplearon medios extraparlamentarios, claramente violentos, métodos de guerra civil; ambos se proponían salvar a la sociedad burguesa, no echarla abajo. Tras poner en pie a las masas pequeñoburguesas, ambos chocaron abiertamente con la gran burguesía después de llegar al poder. Involuntariamente, una generalización histórica viene a la mente: forzoso es recordar la definición de Marx del jacobinismo como una forma plebeya de enfrentarse con los enemigos feudales de la burguesía. Eso fue en la época del auge de la burguesía. Hay que decir que ahora, en la época de la decadencia de la sociedad burguesa, la burguesía necesita de nuevo una forma ‘plebeya’ de resolver sus problemas, que ya no son progresivos, sino, más bien, completamente reaccionarios. En este sentido, pues, el fascismo esconde una caricatura reaccionaria del jacobinismo. "La burguesía decadente es incapaz de mantenerse en el poder con los métodos y medios creados por ella misma: el Estado parlamentario. Necesita el fascismo como instrumento de autodefensa, al menos en los momentos más críticos. A la burguesía no le gusta la forma ‘plebeya’ de resolver sus problemas. Tuvo una actitud extremadamente hostil hacia el jacobinismo, que despejó en sangre el camino para el desarrollo de la sociedad burguesa. Los fascistas están infinitamente más cerca de la burguesía decadente que los jacobinos de la burguesía ascendente. Pero a la burguesía aposentada no le gusta tampoco la forma fascista de resolver sus problemas, pues los choques y disturbios, aunque en interés de la sociedad burguesa, también implican riesgos para ella. Este es el origen del antagonismo entre el fascismo y los partidos tradicionales de la burguesia... "A la gran burguesía le disgusta este método, casi igual que a un hombre con la mandíbula tumefacta le disgusta que le limpien los dientes. Los círculos respetables de la sociedad burguesa veían con odio los servicios del dentista Pilsudski, pero al final cedieron ante lo inevitable, ciertamente con amenazas de resistencia y porfiando y regateando el precio. ¡Y he aquí al ídolo de ayer de la pequeña burguesía convertido en gendarme del capital!"3. A este intento de definir el lugar histórico del fascismo como sustituto político de la socialdemocracia, se le contrapuso la teoría del socialfascismo. Al principio, podía parecer una estupidez presuntuosa y desagradable, pero inofensiva. Los acontecimientos subsiguientes han mostrado qué perniciosa influencia ejerció de hecho la teoría estalinista sobre todo el desarrollo de la Internacional Comunista4. ¿Se deduce del papel histórico del jacobinismo, de la democracia y del fascismo que la pequeña burguesía está condenada a seguir siendo un instrumento en manos del capital hasta el final de sus días? Si fuera así, la dictadura del proletariado sería imposible en una serie de países en que la pequeña burguesía constituye la mayoría de la nación; y más aún, la haría extremadamente difícil en otros países en que la pequeña burguesía representa una importante minoría. Afortunadamente, no es así. La experiencia de la Comuna de París mostró por primera vez, al menos en los limites de una ciudad, igual que la experiencia de la Revolución de Octubre lo ha mostrado después a una escala mucho mayor y durante un período incomparablemente más largo, que la alianza de la pequeña burguesía y la gran burguesía no es indisoluble. Puesto que la pequeña burguesía es incapaz de una política independiente (también por eso la "dictadura democrática" pequeñoburguesa es irrealizable) no le queda más que optar entre la burguesía y el proletariado. En la época de ascenso, del crecimiento y florecimiento del capitalismo, la pequeña burguesía, a pesar de agudas explosiones de descontento, marchó por lo general obedientemente en el aparejo capitalista. No podía hacer otra cosa. Pero bajo las condiciones de desintegración capitalista y el atolladero de la situación económica, la pequeña burguesía procura, intenta y se esfuerza por liberarse de las ataduras de los antiguos amos y dirigentes de la sociedad. Es totalmente capaz de unir su destino al del proletariado. Para eso sólo se necesita una cosa: la pequeña burguesía debe adquirir confianza en la capacidad del proletariado de llevar a la sociedad por un nuevo camino. El proletariado sólo puede inspirar esa confianza por su fortaleza, por la firmeza de sus acciones, por una hábil ofensiva contra el enemigo, por el éxito de su política revolucionaria. Pero ¡ay si el partido revolucionario no está a la altura de la situación! La lucha diaria del proletariado agudiza la inestabilidad de la sociedad burguesa. Las huelgas y los disturbios políticos agravan la situación económica del país. La pequeña burguesía podría resignarse temporalmente a privaciones crecientes si a través de su experiencia llega a la convicción de que el proletariado está en condiciones de llevarla por un nuevo camino. Pero si el partido revolucionario, a pesar de que la lucha de clases se acentúa incesantemente, se muestra una y otra vez incapaz de unificar a la clase obrera tras él, si vacila, se vuelve confuso, se contradice, entonces la pequeña burguesía pierde la paciencia y empieza a considerar a los obreros revolucionarios como los responsables de su propia miseria. Todos los partidos burgueses, incluida la socialdemocracia, piensan en ello. Cuando la crisis social asume una agudeza intolerable, aparece en escena un determinado partido con el objetivo declarado de agitar a la pequeña burguesía hacia un blanco de ira, y de dirigir su odio y su desesperación contra el proletariado. En Alemania, esta función histórica la realiza el nacionalsocialismo, amplia corriente cuya ideología está formada por todos los tufos pútridos de la sociedad burguesa en descomposición. La responsabilidad política fundamental del crecimiento del fascismo recae, por supuesto, en los hombros de la socialdemocracia. Desde la guerra imperialista, la labor de este partido se ha reducido a desarraigar de la conciencia del proletariado la idea de una política independiente, para inculcarle la creencia en la eternidad del capitalismo, y para hacerlo arrodillar una y otra vez ante la burguesía decadente. La pequeña burguesía puede seguir a los obreros sólo si ve en él al nuevo señor. La socialdemocracia enseña al obrero a ser un lacayo. La pequeña burguesía no seguirá a un lacayo. La política del reformismo priva al proletariado de la posibilidad de dirigir a las masas plebeyas de la pequeña burguesía y, por tanto, convierte a esta última en carne de cañón para el fascismo. La cuestión política, sin embargo, no se salda para nosotros con la responsabilidad de la socialdemocracia. Desde el comienzo de la guerra, denunciamos a este partido como la agencia de la burguesía imperialista en las filas del proletariado. De esta nueva orientación de los marxistas revolucionarios surgió la Tercera Internacional. Su tarea consistió en unificar al proletariado bajo la bandera de la revolución y, por tanto, de garantizarle la influencia dirigente sobre las masas oprimidas de la pequeña burguesía de las ciudades y del campo. El período de posguerra, en Alemania más que en ninguna otra parte, fue una época de desesperanza económica y de guerra civil. Las condiciones internacionales así como las interiores empujaron imperiosamente al país por el camino del socialismo. Cada paso de la socialdemocracia descubría su decadencia y su impotencia, el significado reaccionario de su política, la vanalidad de sus dirigentes. ¿Qué otras condiciones se necesitaban para el desarrollo del Partido Comunista? Y sin embargo, tras los primeros años de éxitos significativos, el comunismo alemán entró en un período de vacilaciones, de zigzags, de virajes alternativos hacia el oportunismo y hacia el aventurerismo. La burocracia centrista ha debilitado sistemáticamente a la vanguardia proletaria y le ha quitado al proletariado en su conjunto la posibilidad de dirigir tras él a las masas oprimidas de la pequeña burguesía. La burocracia estalinista carga con la responsabilidad directa e inmediata por el crecimiento del fascismo ante la vanguardia proletaria.
3. ¿Alianza de la socialdemocracia con el fascismo o lucha entre ellos? Comprender la interrelación de las clases en forma de esquema, fijado de una vez por todas, es relativamente sencillo. La valoración de las relaciones concretas entre las clases en cada situación dada es infinitamente más difícil. La gran burguesía alemana actualmente vacila, situación que la burguesía, en general, experimenta muy raramente. Una parte se ha convencido definitivamente de la inevitabilidad del camino fascista y le gustaría acelerar la operación. La otra parte espera hacerse dueña de la situación con la ayuda de una dictadura policiaca-militar bonapartista. Nadie en este campo desea volver a la "democracia" de Weimar. La pequeña burguesía está dividida. El nacionalsocialismo, que ha reunido bajo su bandera a la mayoría abrumadora de las clases intermedias, quiere tomar en sus manos todo el poder. El ala democrática de la pequeña burguesía, que todavía tiene tras de sí a millones de obreros, quiere volver a la democracia según el modelo ebertiano. Entre tanto, se prepara para apoyar la dictadura bonapartista, al menos pasivamente. Los cálculos de la socialdemocracia son los siguientes: bajo la presión de los nazis, el gobierno Von Papen-Schleicher se verá obligado a establecer un equilibrio reforzando su ala izquierda; a todo esto, tal vez amaine la crisis; la pequeña burguesía quizá se tranquilice; la burguesía tal vez disminuya su frenética presión sobre la clase obrera; y, con la ayuda de dios, todo volverá a estar de nuevo en orden. La camarilla bonapartista no quiere, efectivamente, la victoria total del fascismo. No se opondría, de ningún modo, a explotar el apoyo de la socialdemocracia dentro de ciertos límites. Pero para ello, tendría que "tolerar" las organizaciones obreras, lo cual sólo es concebible si, al menos hasta cierto punto, se permite la existencia legal del Partido Comunista. Sin embargo, el apoyo de la socialdemocracia a la dictadura militar empujaría irresistiblemente a los obreros a las filas del comunismo. Buscando una forma de apoyo frente a la peste parda, el gobierno se convertiría muy pronto en el blanco de los golpes de los diablos rojos. La prensa comunista oficial afirma que la tolerancia de Brürning por la socialdemocracia facilitó el camino a Von Papen, y que la semitolerancia de Von Papen acelerará la llegada de Hitler. Eso es totalmente correcto. Dentro de estos límites, no hay diferencias de opinión entre nosotros y los estalinistas. Pero esto significa precisamente que en épocas de crisis social la política del reformismo no sólo se vuelve contra las masas, sino también contra el reformismo. En este proceso, acaba de llegar el momento crítico. Hitler tolera a Schleicher. La socialdemocracia no se opone a Von Papen. Si esta situación pudiera consolidarse realmente durante un largo período de tiempo, la socialdemocracia se convertiría en el ala izquierda del bonapartismo, y dejaría al fascismo el papel de ala derecha. Teóricamente, no está desde luego excluido que la actual crisis sin precedentes del capitalismo alemán no lleve a una solución concluyente, es decir, que no acabe ni con la victoria del proletariado ni con el triunfo de la contrarrevolución fascista. Si el Partido Comunista prosigue su política de ultimátums estúpidos y por tanto salva a la socialdemocracia del hundimiento inevitable; si Hitler no se decide en el futuro inmediato, a dar un golpe de Estado y de esta forma inicia la desintegración inevitable dentro de sus propias filas; si la coyuntura económica conoce un ascenso antes de que caiga Schleicher; entonces la combinación bonapartista del párrafo 48 de la Constitución de Weimar, de la Reichswher, de la socialdemocracia semiopositora y del semiopositor fascismo, tal vez podría mantenerse (hasta un nuevo estallido, que, en cualquier caso, debe esperarse). Pero sobre la marcha, estamos todavía lejos de semejante feliz cumplimiento de las condiciones que constituyen el tema de los sueños despiertos de la socialdemocracia. Tal cosa no está en modo alguno asegurada. Incluso los estalinistas difícilmente creen en la durabilidad o en la fuerza de resistencia del régimen Von Papen-Schleicher. Todos los indicios apuntan a la ruptura del triángulo Wels-Schleicher-Hitler incluso antes de que tome forma. Pero ¿tal vez será sustituido por una combinación Hitler-Weis? Según Stalin, son "gemelos, no antípodas". Admitamos que la socialdemocracia, sin temer a sus propios obreros, quisiera vender su tolerancia a Hitler. Pero Hitler no necesita esta mercancompañía: no necesita la tolerancia, sino la abolición de la socialdemocracia. El gobierno Hitler sólo puede realizar su tarea aplastando la resistencia del proletariado y eliminando todos los posibles órganos de su resistencia. En eso reside el papel histórico del fascismo. Los estalinistas se limitan a una valoración puramente sicológica, o más exactamente, puramente moral de los pequeñoburgueses cobardes y mezquinos que dirigen la socialdemocracia. ¿Podemos admitir realmente que esos inveterados traidores se apartarán de la burguesía y se enfrentarán a ella? Semejante método idealista tiene muy poco en común con el marxismo, que parte no de lo que la gente piensa de sí misma o de lo que desea, sino de las condiciones en que se encuentran y de los cambios que sufren esas condiciones. La socialdemocracia apoya el régimen burgués, no por los beneficios de los magnates del carbón o del acero, sino a causa de las ventajas que puede obtener como partido, en la forma de su poderoso y numerosísimo aparato. Podemos tener por seguro que el fascismo no amenaza en forma alguna al régimen burgués, para cuya defensa existe la socialdemocracia. Pero el fascismo pone en peligro el papel que cumple la socialdemocracia en el régimen burgués y la renta que obtiene de jugar su papel. Aunque los estalinistas olviden este aspecto del asunto, la socialdemocracia no pierde de vista ni por un momento el peligro mortal con que la amenaza una victoria del fascismo, no a la burguesía, sino a la socialdemocracia. Hará unos tres años, cuando señalamos que el punto de partida de la próxima crisis política en Austria y Alemania se basaría con toda probabilidad en la incompatibilidad de la socialdemocracia y el fascismo; cuando, sobre esta base, rechazamos la teoría del socialfascismo, que no desvelaba, sino que ocultaba el conflicto que se avecinaba; cuando llamamos la atención sobre la posibilidad de que la socialdemocracia, lo mismo que una parte importante de su aparato, se vería obligada por la marcha de los acontecimientos a luchar contra el fascismo y que éste sería un punto de partida favorable para el Partido Comunista para una ofensiva posterior, un gran número de comunistas —no sólo de funcionarios a sueldo, sino incluso de revolucionarios verdaderamente honestos— nos acusaron de... "idealizar" a la socialdemocracia. Sólo quedaba encogerse de hombros. Es difícil discutir con gente cuyo pensamiento se detiene donde para un marxista el problema no hace más que empezar. En conversaciones, he citado a menudo el ejemplo siguiente: la burguesía judía en la Rusia zarista representaba una parte extremadamente asustada y desmoralizada de toda la burguesía rusa. Y sin embargo, en la medida en que los progromos de las Centurias Negras, dirigidos principalmente contra los judíos pobres, también golpeaban a la burguesía, ésta se vio obligada a autodefenderse. Sin duda, tampoco mostró ningún coraje destacable en este terreno. Pero debido al peligro que pendía sobre sus cabezas, la burguesía judía liberal, por ejemplo, recogió sumas considerables para armar a los estudiantes y obreros revolucionarios. De esta manera, se llegó a un acuerdo práctico temporal entre los obreros más revolucionarios, dispuestos a luchar pistola en mano, y el grupo más asustado de la burguesía, que estaba en un aprieto. El año pasado escribí que en la lucha contra el fascismo, los comunistas debían estar listos para llegar a un acuerdo práctico no sólo con el diablo y con su abuela, sino incluso con Grzesinsky. Esta frase corrió por toda la prensa estalinista mundial. ¿Se necesitaba mejor prueba del "social-fascismo" de la Oposición de Izquierda? Muchos camaradas me habían advertido de antemano: "Van a tomarla con esta frase". Yo les contesté: "Esta frase ha sido escrita así para que la tomen con ella. Qué se agarren a este hierro ardiendo y se quemen los dedos. Los imbéciles deben de aprender su lección". El curso de la lucha ha llevado a Von Papen a hacer que Grzesinsky conozca la cárcel. ¿Fue consecuencia este episodio de la teoría del socialfascismo y de las previsiones de la burocracia estalinista? No, sucedió en completa contradicción con ellas. Nuestra valoración de la situación, sin embargo, tenía presente semejante eventualidad y le había señalado un lugar determinado. Pero la socialdemocracia, también en esta ocasión, rehuyó el combate, objetarán algunos estalinistas. Sí, lo rehuyó. Quien espere que la socialdemocracia vaya más allá de los argumentos de sus dirigentes, y dé comienzo a la lucha de forma independiente, y eso en condiciones en que incluso el Partido Comunista se mostró incapaz de luchar, tiene que esperar naturalmente un chasco. Nosotros no esperamos tales milagros. Por eso nosotros no podíamos mostrarnos expuestos a ningón "chasco" sobre la socialdemocracia. Grzesinsky no se ha transformado en un tigre revolucionario; eso lo podemos garantizar gustosamente. Sin embargo, hay una gran diferencia entre una situación en que Grzesinsky, aposentado en su fortaleza, envía destacamentos de la policía para salvaguardar la "democracia" contra los obreros revolucionarios, y una situación en que el salvador bonapartista del capitalismo mete al mismo Grzesinsky en la cárcel, ¿no? ¿Y no vamos a tener en cuenta políticamente esta diferencia? ¿No vamos a sacar provecho de ella? Volvamos al ejemplo citado antes: no es difícil entender la diferencia entre un fabricante judío que da un golpecito al policía zarista por aporrear a los huelguistas y el mismo fabricante que pasa dinero a los huelguistas de ayer para obtener armas contra los progromistas. El burgués sigue siendo un burgués. Pero del cambio en la situación resulta un cambio en las relaciones. Los bolcheviques dirigieron la huelga contra el fabricante. Más tarde, tomaron del mismo fabricante el dinero para la lucha contra los progromos. Eso, naturalmente, no impidió que los obreros, cuando llegó su hora, volvieran sus armas contra la burguesía. ¿Significa todo lo que se ha dicho que la socialdemocracia en su conjunto luchará contra el fascismo? A esto respondemos: parte de los funcionarios socialdemócratas se pasará indudablemente a los fascistas; un sector considerable gateará bajo la cama a la hora del peligro. Tampoco todas las masas obreras lucharán. Es completamente imposible prever de antemano qué parte de los obreros socialdemócratas será arrastrada a la lucha y cuándo, y qué parte del aparato arrastrarán con ellos. Eso depende de muchas circunstancias, entre ellas la posición del Partido Comunista. La política del frente único tiene como misión separar a aquellos que quieren luchar de quienes no quieren; impulsar hacia adelante a quienes vacilan; y, por ultimo, comprometer a los dirigentes capituladores a los ojos de los obreros, para consolidar su capacidad de lucha. ¡Cuánto tiempo se ha perdido sin finalidad, sin sentido, vergonzosamente! ¡Cuánto se podía haber conseguido, incluso sólo en los dos últimos años! ¿No estaba claro de antemano que el capital monopolista y su ejército fascista empujarían a la socialdemocracia a puñetazos y porrazos al camino de la oposición y la autodefensa? Esta previsión se tenía que haber expuesto ante toda la clase obrera, se tenía que haber tomado la iniciativa a favor del frente único, y teníamos que haber conservado en nuestras manos esta iniciativa en cada nueva fase. No era necesario gritar ni desgañitarse; era posible jugar sencillamente con mano firme. Habría bastado con formular con claridad y precisión la inevitabilidad de cada nuevo paso del enemigo y levantar un programa práctico de frente único, sin exageraciones ni regateos, pero también sin debilidad ni concesiones. ¡Qué arriba estaría el Partido Comunista si hubiese asimilado el abecé de la política leninista y la hubiese aplicado con la necesaria perseverancia!
4. Los veintiún errores de Thaelmann A mediados de julio apareció un folleto con las respuestas de Thaelmann a veintiuna preguntas de obreros socialdemócratas sobre cómo se podía crear el "frente único rojo". El folleto empieza con las palabras: "Poderosamente, ¡el frente único antifascista avanza! " El 20 de julio el Partido Comunista llamaba a los obreros a manifestarse en una huelga política. El llamamiento no encontró respuesta. De esta forma, en cinco días se reveló el trágico abismo entre la retórica burocrática y la realidad política. El partido obtuvo 5,3 millones de votos en las elecciones de julio de 1931. Pregonando públicamente este resultado como una enorme victoria, el partido demostró hasta qué punto las derrotas han rebajado sus pretensiones y esperanzas. En la primera vuelta de las elecciones presidenciales, el 13 de marzo, el partido obtuvo casi 5 millones de votos. En el curso de cuatro meses y medio —¡y qué meses!— ganó por tanto escasamente 300.000 votos. La prensa comunista repitió centenares de veces en marzo que el número de votos habría sido incomparablemente mayor si se hubiese tratado de unas elecciones al Reichstag: en unas elecciones presidenciales, centenares de miles de simpatizantes consideraban superfluo perder el tiempo en una demostración "platónica". Si se toma en consideración este comentario de marzo —y lo merece— se deduce que el partido no ha crecido en absoluto durante los últimos cuatro meses y medio. En abril, la socialdemocracia eligió a Hindenburg, quien, después de ello, llevó a cabo un golpe de Estado dirigido directamente contra ella. Se podría pensar que este solo hecho debería haber bastado para estremecer el edificio del reformismo hasta sus mismos cimientos. Añadamos a esto la agravación posterior de la crisis con sus aterradoras consecuencias. Por último, el 20 de julio, once días antes de las elecciones, la socialdemocracia se apartó con el rabo entre las piernas ante el golpe de Estado del presidente federal que había elegido. En tales períodos, los partidos revolucionarios crecen febrilmente. Cualquier cosa que la socialdemocracia, clavada por un clavo de acero, emprenda, debe arrojar a los obreros hacia la izquierda. Pero en lugar de avanzar a zancadas con botas de siete leguas, el comunismo hace tiempo que vacila, está a la retirada y después de cada paso adelante da medio paso hacia atrás. Alegrarse de una victoria sólo porque el Partido Comunista no perdió votos el 31 de julio es perder por completo el sentido de la realidad. Para entender por qué y cómo el partido revolucionario se condena a una impotencia envilecedora en condiciones políticas excepcionalmente favorables hay que leer las respuestas de Thaelman a los obreros socialdemócratas. Labor aburrida e ingrata, pero que puede ilustrar sobre lo que ocurre en la cabeza de los dirigentes estalinistas. A la pregunta "¿Cómo valoran los comunistas el carácter del gobierno Von Papen?" Thaelmann da varias respuestas mutuamente contradictorias. Empieza refiriéndose al "peligro del establecimiento inmediato de la dictadura fascista". ¿Se deduce entonces que todavía no existe? Habla de forma totalmente correcta de los miembros del gobierno como "representantes del capital de los truts, de los generales y de los junkers". Un minuto después dice sobre el mismo gobierno: "este gabinete fascista", y concluye su respuesta con la afirmación de que "el gobierno Von Papen... se ha fijado el objetivo de establecer de inmediato la dictadura fascista". Prescindiendo de las diferencias políticas y sociales entre el bonapartismo, es decir, el régimen de "paz civil" basado en una dictadura policíaco-militar, y el fascismo, o sea, el régimen de guerra civil abierta contra el proletariado, Thaelmann se priva por adelantado de la posibilidad de comprender qué ocurre ante sus propios ojos. Si el gabinete de Von Papen es un gabinete fascista, entonces, ¿de qué "peligro" fascista habla? Si los obreros creen a Thaelmann cuando dice que Von Papen se ha fijado el objetivo (!) de establecer la dictadura fascista, entonces el probable conflicto entre Hitler y Von Papen-Schleicher cogerá al partido desprevenido, igual que ocurrió en su momento con el conflicto entre Von Papen y Otto Braun. A la pregunta "¿Es sincero el Partido Comunista respecto al frente único?" Thaelmann responde naturalmente con una afirmación, y como prueba se refiere al hecho de que los comunistas no se presentaron con sombrero en mano a Hindenburg y Von Papen. "No, nosotros planteamos el problema de la lucha, de la lucha contra todo el sistema, contra el capitalismo. Y aquí reside el meollo de la sinceridad de nuestro frente único". Thaelmann no comprende evidentemente de qué se trata. Los obreros socialdemócratas siguen siendo socialdemócratas precisamente porque todavía creen en el camino gradual, reformista, de la transformación del capitalismo en socialismo. Puesto que no saben que los comunistas están por el derrocamiento revolucionario del capitalismo, los obreros socialdemócratas preguntan: "¿Nos proponéis sinceramente el frente único?". Y a esto, Thaelmann responde: "Naturalmente, sinceramente, para nosotros es cuestión de derrocar todo el sistema capitalista". Por supuesto que nosotros no soñamos con ocultar nada de los obreros socialdemócratas. Sin embargo, hay que saber la medida de las cosas y conservar las proporciones políticas. Un propagandista hábil habría contestado: "Vosotros lo apostáis todo a la democracia; nosotros creemos que el único camino está en la revolución. Sin embargo, no podemos ni queremos hacer la revolución sin vosotros. Hitler es ahora el enemigo común. Después de vencerle, haremos el balance juntos y veremos a dónde lleva efectivamente el camino". El auditorio del folleto de Thaelmann —tan particular como pueda parecerlo a primera vista— escucha con indulgencia al orador e incluso coinciden con él en varias ocasiones. El secreto de su indulgencia, sin embargo, reside en que los interlocutores de Thaelmann en la conversación no sólo pertenecen a la "Acción Antifascista", sino que también llaman a votar al Partido Comunista. Son antiguos socialdemócratas que se han pasado al comunismo. Semejantes reclutas sólo pueden ser bienvenidos. Pero lo decepcionante de todo el asunto es que una conversación con obreros que han roto con la socialdemocracia se venda engañosamente como una conversación con las masas socialdemócratas. Esta barata mascarada es muy característica de toda la política actual de Thaelmann y compañía. De cualquier forma, los antiguos socialdemócratas plantearon cuestiones que en la actualidad inquietan a las masas socialdemócratas. "¿Es la "Acción Antifascista" una organización frente o se trata del Partido Comunista?", preguntan. Thaelmann responde: "¡No!" ¿La prueba? La "Acción Antifascista" "no es una organización, sino un movimiento de masas". Como si no fuera precisamente la tarea del Partido Comunista organizar el movimiento de masas. Todavía mejor es el segundo argumento: la "Acción Antifascista" es apartidista puesto que se dirige contra el Estado capitalista: "Karl Marx, al tratar de las lecciones de la Comuna de París, ya situó en primer plano, con toda agudeza, como la tarea de la clase obrera la cuestión de destruir el aparato estatal burgués". ¡Oh, desdichada cita! Porque lo que los socialdemócratas quieren, prescindiendo de Marx, es perfeccionar el Estado burgués, pero no destruirlo. Ellos no son comunistas, sino reformistas. A pesar de sus intenciones, Thaelmann prueba justamente lo que quería refutar: el carácter partidista de la "Acción Antifascista". El dirigente oficial del Partido Comunista no comprende obviamente ni la situación ni el pensamiento político de los obreros socialdemócratas. No comprende para qué sirve el frente único. Con cada una de sus frases, da armas a los dirigentes reformistas y arroja hacia ellos a los obreros socialdemócratas. La imposibilidad de toda clase de acción común con la socialdemocracia es demostrada por Thaelmann de la siguiente manera: "A este respecto, nosotros [?] debemos reconocer claramente que la socialdemocracia, aun cuando hoy remeda un simulacro de oposición, en ningún momento renunciará a sus proyectos de coalición ni a sus pactos con la burguesía fascista". Incluso si eso fuese cierto, seguiría siendo cuestión no obstante de demostrárselo a los obreros socialdemócratas a través de la experiencia. Sin embargo, es esencialmente erróneo. Si los dirigentes socialdemócratas no quieren abandonar los pactos con la burguesía, la burguesía fascista, sin embargo, abandona sus pactos con la socialdemocracia. Y este hecho puede volverse decisivo para el destino de la socialdemocracia. En el paso del poder de Von Papen a Hitler, la burguesía no podrá de ningún modo perdonar a la socialdemocracia. La guerra civil tiene sus leyes. El reino del terror fascista sólo podrá significar el aniquilamiento de la socialdemocracia. Mussolini empezó precisamente por ahí, de manera que pudiera aplastar con el mayor desenfreno a los obreros revolucionarios. En todo caso, los "socialfascistas" aprecian su piel. La política comunista de frente único debe partir en la actualidad del interés de la socialdemocracia por su propio pellejo. Esa será la política más realista y, al mismo tiempo, la de consecuencias más revolucionarias. Pero si la socialdemocracia no se separa "en ningún momento" de la burguesía fascista (aunque Matteoti "se separó" de Mussolini), ¿no tienen que abandonar su partido los obreros socialdemócratas que quieren formar parte de la "Acción Antifascista"? He ahí una pregunta. A ello Thaelmann responde: "Para nosotros, comunistas, es indudable que los obreros socialdemócratas o miembros del Reichsbanner pueden formar parte de la "Acción Antifascista" sin tener que abandonar su partido". Y para mostrarse libre de sectarismo, Thaelmann añade: "Si os incorporáis a millones, en un frente cerrado, os acogeremos con alegría, aunque todavía exista una falta de claridad en vuestras cabezas, según nuestra opinión, sobre ciertas cuestiones de la apreciación del Partido Socialdemócrata de Alemania". ¡Doradas palabras! Consideramos a vuestro partido como fascista, vosotros lo consideráis democrático, pero no discutamos sobre cuestiones insignificantes. Basta con que vengáis "a millones", sin abandonar vuestro partido fascista. "La falta de claridad sobre ciertas cuestiones" no puede constituir un obstáculo. Pero, ¡ay!, la falta de claridad en las cabezas de los burócratas todopoderosos es un obstáculo a cada momento. Para profundizar en la cuestión, Thaelmann sigue diciendo: "Nosotros no planteamos la cuestión entre partidos, sino sobre una base de clase". Igual que Seidewitz, Thaelmann está dispuesto a renunciar a los intereses del partido en nombre de los intereses de la clase. La desgracia reside en que para un marxista no puede haber semejante contraste. Si su programa no fuese la formulación científica de los intereses de la clase obrera, el partido no valdría un céntimo. Tan sólo que, junto al craso error de principio, las palabras de Thaelmann también contienen un absurdo práctico. ¿Cómo es posible no plantear la cuestión de las relaciones entre los partidos cuando es ahí precisamente donde reside la verdadera esencia de la cuestión? Millones de obreros siguen a la socialdemocracia. Otros millones, al Partido Comunista. A los obreros socialdemócratas que preguntan cómo llegar en la actualidad a acciones comunes contra el fascismo entre vuestro partido y el nuestro, Thaelmann responde: "Sobre una base de clase, y no de partido" incorporaos a nosotros por millones. ¿No es ésta la más miserable ampulosidad? "Nosotros, comunistas", sigue Thaelmann, "no queremos la unidad a cualquier precio". "No podemos, en interés de la unidad con la socialdemocracia, repudiar el contenido de clase de nuestra política... ni renunciar a las huelgas, a las luchas de los parados, a las acciones de los arrendatarios ni a la defensa revolucionaria de las masas". El acuerdo sobre acciones prácticas determinadas es mal interpretado como una absurda unidad con la socialdemocracia. De la necesidad del asalto revolucionario final del mañana, se deduce la inadmisibilidad en el presente de huelgas comunes o acciones de autodefensa. Quienquiera que pueda ver alguna rima o razón en las ideas de Thaelmann se merece un premio. Los oyentes de Thaelmann insisten: "¿Es posible una alianza del KPD y el SPD en la lucha contra el gobierno Von Papen y contra el fascismo?" Thaelmann cita dos o tres hechos como evidencia de que la socialdemocracia no lucha contra el fascismo y concluye: "Todo camarada del SPD dirá que tenemos razón al decir que una alianza entre el KPD y el SPD es imposible sobre la base de esos hechos y también por razones de principio [¡!]". De nuevo el burócrata da por sentado lo que tendría que demostrar. El ultimatismo adquiere un carácter particularmente ridículo cuando Thaelmann responde a la pregunta sobre el frente único con organizaciones que abarcan a millones de obreros. Los socialdemócratas deben reconocer que es imposible un acuerdo con su partido porque es fascista. ¿Puede prestarse mejor servicio a Wels y Leipart? "Nosotros, comunistas, que rechazamos todo acuerdo con los dirigentes del SPD... afirmamos incansablemente que estamos dispuestos en cualquier momento a la lucha antifascista con los camaradas socialdemócratas y de la Reichsbanner verdaderamente combativos y con las organizaciones combativas de base [?]". ¿Dónde acaban las organizaciones de base? ¿Y qué hacer si las organizaciones de base se someten a la disciplina de las superiores y proponen que las negociaciones empiecen con éstas últimas? Por último, entre las organizaciones de base y las superiores hay niveles intermedios. ¿Puede predecirse por dónde pasará la línea divisoria entre quienes quieren luchar y quienes eluden la lucha? Esto sólo puede determinarse en la acción, y no con valoraciones a priori. ¿Qué sentido tiene atarse uno mismo de pies y manos? En Die Rote Fahne del 29 de julio, en una información de un mítin de la Reichsbanner, se citan las notables palabras de un dirigente de sección socialdemócrata: "En las masas existe la voluntad de un frente único antifascista. Si los dirigentes dejan de tenerlo en cuenta, yo me uniré al frente único por encima de sus cabezas". El periódico comunista reproduce estas palabras sin ningún comentario. Sin embargo, contiene la clave de toda la táctica del frente único. El socialdemócrata quiere luchar contra los fascistas junto a los comunistas. Pero ya duda sobre la buena voluntad de sus dirigentes. Si los dirigentes se niegan, dice, entonces pasaré por encima de sus cabezas. Pueden contarse por decenas, por centenares, por miles, por millones, los socialdemócratas que se encuentran en el mismo estado de ánimo. La tarea del Partido Comunista es mostrarles en realidad si los dirigentes socialdemócratas quieren luchar o no. Esto sólo puede demostrarse mediante la experiencia, una experiencia nueva, reciente, en una situación nueva. Esta experiencia no se adquirirá de golpe. Los dirigentes socialdemócratas tienen que ser sometidos a prueba: en la fábrica y el taller, en la ciudad y en el campo, en toda la nación, en el presente y en el futuro. Debemos de repetir nuestra propuesta presentada de una forma nueva, desde un ángulo nuevo, adaptada a una situación nueva. Pero Thaelmann no tiene nada de ello. Sobre la base de las "diferencias de principio cuya existencia hemos mostrado entre el KPD y el SPD, rechazamos las negociaciones en la cumbre con el SPD". Este quebradizo argumento es repetido por Thaelmann varias veces. Pero si no hubiese "antagonismos de principio" no habría dos partidos. Y si no hubieran dos partidos no se plantearía la cuestión del frente único. Thaelmann quiere demostrar mucho más. Menos, sería mejor. ¿No significa "una escisión de la clase obrera organizada" la fundación de la RGO?, preguntan los obreros. No, responde Thaelmann, y como prueba cita la carta de Engels de 1895 contra los filántropos estético-sentimentales. ¿Quién le está soplando a Thaelmann tan pérfidamente tales citas? La RGO se crea en el espíritu de la unidad, y no del cisma. Además, el obrero no abandona en ningún caso su organización sindical para unirse a la RGO. Por el contrario, sería mejor que los miembros de la RGO permaneciesen en los sindicatos para llevar allí dentro una labor de oposición. Las palabras de Thaelmann pueden sonar convincentes a los comunistas que se han fijado la tarea de luchar contra la dirección socialdemócrata. Pero como respuesta a los obreros socialdemócratas, preocupados por la unidad sindical, las palabras de Thaelmann suenan a burla. "¿Por qué habéis abandonado nuestros sindicatos y habéis organizado los vuestros aparte?", preguntan los obreros socialdemócratas. "Si queréis entrar en nuestra organización independiente para luchar contra la dirección socialdemócrata, no os exigimos que abandonéis los sindicatos", responde Thaelmann. Una respuesta apropiada ¡justo en el clavo! "¿Hay democracia en el seno del KPD?", preguntan los obreros, pasando a otro tema. Thaelmann responde afirmativamente. ¡Por completo! Pero de inmediato añade inesperadamente: "En la legalidad igual que en la ilegalidad, y más especialmente en esta última, el partido debe estar alerta contra espías, provocadores y agentes de la policía". Esta interpolación no es accidental. La última doctrina, pregonada por todo el mundo en el folleto de un misterioso Büchner, justifica la estrangulación de la democracia en interés de la lucha contra los espías. Quienquiera que proteste contra la autocracia de la burocracia estalinista debe ser tenido al menos como sospechoso. Los agentes de policía y provocadores de todos los países se alborozan de entusiasmo con esta teoría. Ellos soltarán los perros contra los oposicionistas con más escándalo que nadie: esto distraerá la atención de ellos mismos y les permitirá pescar en aguas revueltas. El florecimiento de la democracia también se demuestra, según Thaelmann, por el hecho de que " los problemas se tratan en los congresos mundiales y las conferencias del comité ejecutivo de la Internacional Comunista". El orador se olvida de decir cuándo tuvo lugar el último congreso mundial. Se lo recordaremos: en julio de 1928, ¡hace más de cuatro años! En apariencia, ninguna cuestión notable ha surgido desde entonces. ¿Por qué, preguntamos de pasada, no convoca el mismo Thaelmann un congreso extraordinario del partido alemán para las cuestiones de las que depende el destino del proletariado alemán? Ciertamente, no por un exceso de democracia partidaria. Y así se suceden las páginas. Thaelmann responde a veintiuna preguntas. Cada respuesta, un error. En suma, veintiún errores, sin contar los pequeños y secundarios. Y son numerosos. Thaelmann cuenta que los bolcheviques rompieron con los mencheviques en 1903. En realidad, la escisión tuvo lugar en 1912. Pero incluso eso no impidió que la revolución de febrero de 1917 uniese las organizaciones bolcheviques y mencheviques en una gran parte del país. Aún a comienzos de abril, Stalin se declaró a favor de la unificación de los bolcheviques con el partido de Tseretelli ¡no del Frente único, sino de la fusión de los partidos! Sólo la llegada de Lenin lo impidió. Thaelmann dice que los bolcheviques disolvieron la Asamblea Constituyente en 1917. En realidad, ocurrió a comienzos de 1918. Thaelmann no está de ningún modo familiarizado con la historia de la revolución rusa y del partido bolchevique. Aún peor, sin embargo, es el hecho de que no comprende las bases de la táctica bolchevique. En sus artículos "teóricos", se atreve incluso a discutir el hecho de que los bolcheviques concluyesen un acuerdo con los mencheviques y socialistas revolucionarios contra Kornilov. Como prueba, aporta citas metidas bajo su puerta por no se sabe quién, que no tienen nada que ver con el asunto. Pero se olvida de responder las cuestiones: ¿Hubo comités de defensa popular por todo el país durante el putsch de Kornilov? ¿Dirigieron ellos la lucha contra Kornilov? ¿Pertenecieron a esos comités los representantes de los bolcheviques, mencheviques y socialistas revolucionarios? Sí, sí, sí. ¿Estaban en esa época los mencheviques y socialistas revolucionarios en el poder? ¿Persiguieron a los bolcheviques como agentes del estado mayor alemán? ¿Se encarceló a millares de bolcheviques? ¿Se ocultó Lenin en la ilegalidad? Sí, sí, sí. ¿Qué citas pueden refutar estos hechos históricos? Que Thaelmann recurra a su gusto a Manuilsky, Lozovsky y a Stalin mismo (si es que abre la boca). Pero que deje en paz el leninismo y la historia de la revolución rusa: para él son libros cerrados con siete llaves. En conclusión, hay que poner de relieve otra cuestión todavía, importante por sí misma: se refiere a Versalles. Los obreros socialdemócratas preguntan si el Partido Comunista no está haciendo concesiones políticas al nacionalsocialismo. En su respuesta, Thaelmann sigue defendiendo la consigna de "emancipación nacional" y la sitúa al mismo nivel que la consigna de emancipación social. Las reparaciones —lo que ahora queda de ellas— son igual de importantes para Thaelmann que la propiedad privada de los medios de producción. Se podría decir que esta política fue ingeniada únicamente para distraer la atención de los obreros del problema fundamental, para debilitar el enfrentamiento con el capitalismo y para empujarlos a buscar al enemigo principal y al causante de su miseria al otro lado de la frontera. Sin embargo, ahora más que nunca anteriormente, "¡el enemigo principal está en el propio país!". Schleicher expresó esta idea todavía más ordinariamente: antes que nada, declaró por la radio el 26 de julio, debemos de "¡acabar con los cerdos en el interior!" Esta fórmula de soldado es excelente. La recogemos gustosamente. Todo comunista debe hacerla suya constantemente. Aun cuando los nazis distraen la atención hacia Versalles, los obreros comunistas deben replicarles con las palabras de Schleicher: no, antes que nada ¡debemos de acabar con los cerdos en el interior!
5. La confrontación de la política de Stalin-Thaelmann con su propia experiencia La táctica se pone a prueba en los momentos más críticos y cruciales. La fuerza del bolchevismo residió en que sus consignas y métodos encontraron su máxima confirmación en el momento en que el curso de los acontecimientos exigió decisiones audaces. ¿Qué valor tienen los principios a los que se tiene que renunciar tan pronto como la situación adquiere un carácter grave? La política realista se basa en el desarrollo natural de la lucha de clases. La política sectaria se esfuerza por dictar reglas artificiales a la lucha de clases. La situación revolucionaria significa la máxima acentuación de la lucha de clases. Precisamente por eso, la política realista del marxismo, en la situación revolucionaria, ejerce una poderosa fuerza de atracción sobre las masas. La política sectaria, por el contrario, se vuelve tanto más débil cuanto más vigoroso es el impulso de los acontecimientos. Los blanquistas y proudhonistas, tomados por sorpresa por los sucesos de la Comuna de París, hicieron lo contrario de lo que habían predicado incesantemente. Durante la revolución rusa, los anarquistas se vieron obligados a reconocer a los soviets es decir, los órganos de poder. Y así indefinidamente. La Comintern se apoya en las masas ganadas en el pasado por el marxismo y fundidas por la autoridad de la revolución de Octubre. Pero la política de la fracción de Stalin, actualmente dirigente, pretende gobernar la lucha de clases, en lugar de darle una expresión política. Este es el rasgo esencial del burocratismo, y en esto coincide con el sectarismo, del que se distingue claramente en otros aspectos. Gracias al potente aparato, a los medios materiales del Estado soviético y a la autoridad de la revolución de Octubre, la burocracia ha podido, en períodos relativamente tranquilos, imponer por algún tiempo trabas artificiales a la vanguardia proletaria. Pero en la medida en que la lucha de clases se condensa en guerra civil, las perscripciones burocráticas chocan crecientemente con la realidad inexorable. Enfrentada a los virajes bruscos de la situación, la burocracia orgullosa y engreída cae fácilmente en la confusión. Si no puede gobernar, capitula. La política del comité central de Thaelmann durante los últimos meses se estudiará algún día como modelo de la estupidez más lastimosa y miserable. Desde que el "tercer período" ha sido considerado inviolable, no puede hablarse de acuerdos con la socialdemocracia. No sólo era inadmisible tomar la iniciativa del frente único, como habían enseñando el II y III Congreso Mundial, sino que incluso tenían que rechazarse las propuestas de acciones comunes que proviniesen de la socialdemocracia. Los dirigentes reformistas están "suficientemente desenmascarados". La experiencia del pasado basta. En lugar de dedicarse a la política, hay que enseñar historia a las masas. Dirigir propuestas a los reformistas significa creerles capaces de luchar. Eso solo sería socialfascismo, etc. Tal era la salmodia ensordecedora del organillo ultraizquierdista durante los últimos tres o cuatro años. Pero poco después, en el Landtag prusiano, la fracción comunista proponía el 22 de junio, para sorpresa de todo el mundo y de ellos mismos, un acuerdo con la socialdemocracia e incluso con el centro. Lo mismo se repitió en Hesse. Frente al peligro de que la presidencia del Landtag pudiese caer en manos de los nazis, todos los principios sacrosantos fueron enviados al diablo. ¿No es esto pasmoso? ¿Y no es humillante? Explicar estas cabriolas, sin embargo, no es tan difícil. Como se sabe, muchos liberales y radicales superficiales pasan su vida burlándose de la religión y de los poderes celestiales sólo para llamar al cura cuando se enfrentan a la muerte o a una enfermedad grave. Lo mismo ocurre en política. La evidencia del centrismo es el oportunismo. Bajo la influencia de circunstancias externas (tradición, presión de masas, competencia política) el centrismo se ve impelido, a veces, a hacer alarde de radicalismo. Para ello debe sobreponerse a sí mismo, violar su naturaleza política. Estimulándose con toda su fuerza, para con frecuencia en el límite extremo del radicalismo formal. Pero apenas tropieza con un peligro serio, la verdadera naturaleza del centrismo sale a la superficie. En una cuestión tan delicada como la defensa de la Unión Soviética, la burocracia estalinista siempre se basa mucho más en los radicales franceses que en el movimiento revolucionario del proletariado. No bien aparece un peligro exterior, los estalinistas sacrifican presurosamente no sólo sus frases ultraizquierdistas, sino también los intereses vitales de la revolución internacional, en nombre de la amistad con "amigos" tan inciertos y falsos como abogados, escritores y simples héroes de salón. ¿Frente único por arriba? ¡Bajo ninguna circunstancia! Al mismo tiempo, sin embargo, el Alto Comisario para Asuntos Turbios, de nombre Münzenberg, estira los faldones de toda clase de charlatanes liberales y de escritorzuelos radicales "para la defensa de la URSS". La burocracia estalinista de Alemania, como la de cualquier otro país excepto de la Unión Soviética, está extremadamente insatisfecha con la comprometedora dirección de Barbusse en el asunto del Congreso contra la Guerra. En este terreno, Thaelmann, Foster y demás prefieren ser radicales. Sin embargo, en sus propios asuntos nacionales, cada uno de ellos actúa según el mismo modelo que las autoridades de Moscú: ante la proximidad de un peligro serio, abandonan su radicalismo pomposo y falsario para revelar su naturaleza auténtica, es decir, su naturaleza oportunista. ¿Era inadmisible y falsa, la iniciativa de la fracción comunista del Landtag como tal? No lo creemos. Los bolcheviques propusieron más de una vez a los mencheviques y socialistas revolucionarios en 1917: "Tomad el poder, os apoyaremos contra la burguesía si ofrece resistencia". Los compromisos son admisibles y, bajo ciertas condiciones, obligatorios. Toda la cuestión reside en cuál sea el objetivo para el que servirá el compromiso; cómo lo considerarán las masas; cuáles son sus límites. Reducir el compromiso al Landtag o al Reichstag, considerar como un objetivo independiente el que sea presidente un socialdemócrata o un demócrata católico en lugar de un fascista, significa sumirse por completo en el cretinismo parlamentario. La situación es totalmente diferente cuando el partido se fija la tarea de una lucha planificada y sistemática para ganarse a los obreros socialdemócratas sobre la base de la política de frente único. Un acuerdo parlamentario contra el predominio fascista en la presidencia, etc., constituiría en este caso tan sólo una parte integrante del acuerdo de lucha extraparlamentario contra el fascismo. Naturalmente, el Partido Comunista preferiría resolver toda la cuestión de golpe, al margen del parlamento. Pero las preferencias solas no bastan cuando se carece de fuerzas. Los obreros socialdemócratas han demostrado su confianza en el poder mágico del voto del 31 de julio. Debemos partir de este hecho. Los errores anteriores del Partido Comunista (referéndum prusiano, etc.) facilitaron extraordinariamente el sabotaje del frente único realizado por los dirigentes reformistas. Un acuerdo técnico parlamentario, incluso la sola propuesta de un acuerdo semejante debe ayudar a liberar al Partido Comu-nista de la acusación de que está colaborando con los fascistas contra la socialdemocracia. Ésta no es una acción independiente, sino tan sólo la clarificación del camino para un acuerdo de lucha o al menos para luchar por un acuerdo de lucha de las organizaciones de masas. La diferencia entre las dos líneas es absolutamente evidente. La lucha conjunta con las organizaciones socialdemócratas puede y debe, en su desarrollo, adoptar un carácter revolucionario. La posibilidad de un acercamiento a las masas socialdemócratas puede y debe considerarse al precio, bajo ciertas condiciones, incluso de acuerdos parlamentarios en la cumbre. Pero para un bolchevique, éste es tan sólo el precio de entrada. La burocracia estalinista actúa de manera opuesta: no sólo rechaza los acuerdos de lucha, sino todavía peor, desbarata maliciosamente todo acuerdo que surja de la base. Al mismo tiempo, propone a los diputados socialdemócratas un acuerdo parlamentario. Esto significa que en el momento de peligro reconoce como inútil su propia teoría y práctica ultraizquierdista; sin embargo, no la sustituye por la política del marxismo revolucionario, sino por una combinación parlamentaria sin principios en el espíritu del "mal menor". Se nos responderá, claro está, que los episodios prusiano y hessiano fueron un error de los diputados, corregido por el comité central. En primer lugar, una decisión tan importante en principio no debía haberse tomado sin contar con el comité central: el error recae igualmente y por completo sobre éste; en segundo lugar: ¿cómo explicar que la política "bolchevique", "de acero", "consecuente", después de meses de fanfarronerías y estridencias, de difamaciones y expulsiones, da paso de pronto, en el momento crítico, a un "error" oportunista? Pero la cuestión no se limita al Landtag. Thaelmann-Remmele han renegado por completo, ellos y su escuela, sobre una cuestión mucho más importante y decisiva. La víspera del 20 de julio, el comité central del Partido Comunista adoptaba la siguiente decisión: "El Partido Comunista pregunta públicamente, ante el proletariado, si el SPD, el ADGB y el Afa-Bund están dispuestos a llevar adelante, junto con el Partido Comunista, una huelga general por las reivindicaciones proletarias". Esta decisión, tan importante e inesperada, fue hecha pública por el comité central en su carta circular del 26 de julio sin ningún comentario. ¿Puede emitirse un juicio más apabullante sobre toda su política precedente? El acercamiento a las cumbres reformistas con la propuesta de acciones conjuntas era considerado ayer tan sólo como socialfascista y contrarrevolucionario. A causa de esto se expulsó a comunistas. Sobre esta base, se llevó la lucha contra el trotskismo. ¿Cómo pudo el comité central entonces, de repente, de manera fulminante, la víspera del 20 de julio, inclinarse ante lo que el día anterior había proscrito? ¡Y a qué trágica situación ha llevado la burocracia al partido cuando el comité central puede atreverse a presentarse ante él con su asombrosa decisión sin explicarla ni justificarla! La política se pone a prueba en tales virajes. El comité central del Partido Comunista alemán demostró en realidad al mundo entero la víspera del 20 de julio: "Hasta este momento, nuestra política no ha valido para nada". Una concesión involuntaria, pero totalmente correcta. Desgraciadamente, incluso la propuesta del 20 de julio, que echaba por tierra la política anterior, no podía dar en ningún caso un resultado positivo. Un llamamiento a las cumbres —independientemente de su respuesta— sólo puede tener significación revolucionaria cuando ha sido previamente preparado desde la base, es decir, cuando se basa en la totalidad de su política. Pero la burocracia estalinista repetía día a día a los obreros socialdemócratas: "Nosotros, los comunistas, rechazamos cualquier conexión con los dirigentes del SPD" (ver las respuestas de Thaelmann en el apartado anterior). La propuesta improvisada, inesperada e inmotivada del 20 de julio sólo sirvió para desenmascarar a la dirección comunista, revelando su inconsecuencia, su falta de seriedad, su inclinación al pánico y a los sobresaltos aventureros. La política de la burocracia centrista ayuda a cada paso a sus adversarios. Incluso cuando la poderosa presión de los acontecimientos empuja a cientos de miles de nuevos obreros bajo la bandera del comunismo, ello tiene lugar a pesar de la política de Stalin-Thaelmann. Precisamente por ello, el futuro del partido no está en forma alguna garantizado.
6. ¿Qué dicen en Praga sobre el frente único? "Cuando la Internacional Comunista constituyó un frente único con los dirigentes socialdemócratas en 1926", escribía el órgano central del Partido Comunista checoslovaco, Rude Pravo, el 27 de febrero de 1932, al parecer en nombre de un corresponsal obrero "desde el trabajo", "lo hizo para desenmascararles ante las masas de seguidores, y en esa época Trotsky se opuso ferozmente. Ahora, cuando la socialdemocracia se ha desacreditado por sus incontables traiciones a las luchas obreras, Trotsky propone el frente único con sus dirigentes... Trotsky está hoy contra el Comité Anglo-Ruso de 1926, pero a favor de cualquier clase de comité anglo-ruso de 1932". Estas líneas nos llevan derecho al meollo de la cuestión. En 1926, la Comintern pretendía "desenmascarar" a los dirigentes reformistas con la ayuda de la política de frente único, y eso era correcto. Pero desde entonces, la socialdemocracia se ha "desacreditado". ¿Ante quién? Todavía tiene más seguidores que el Partido Comunista. Esto es lamentable, pero cierto. De esta forma, el problema de desenmascarar a los dirigentes reformistas sigue sin resolverse. Si el método del frente único era bueno en 1926, ¿por qué tenía que ser malo en 1932? "Trotsky está a favor de un comité anglo-ruso de 1932, contra el Comité Anglo-Ruso de 1926". En 1926, el frente único se concluyó solamente en la cumbre, entre los dirigentes de los sindicatos soviéticos y los sindicalistas británicos, no en nombre de acciones prácticas precisas de las masas separadas mutuamente por fronteras estatales y condiciones sociales, sino sobre la base de una "plataforma" amistosamente diplomática y de carácter evasivo-pacifista. Durante la huelga minera, y posteriormente la huelga general, el Comité Anglo-Ruso no pudo ni siquiera reunirse, puesto que los "aliados" tiraban en direcciones opuestas: los sindicatos soviéticos hicieron lo posible por ayudar a los huelguistas, los sindicalistas británicos pretendían romper la huelga. Las sustanciales aportaciones recogidas por los obreros rusos fueron rechazadas por el consejo general como "el maldito oro ruso". Sólo después de que la huelga hubiera sido finalmente traicionada y rota, el Comité Anglo-Ruso se reunió de nuevo para celebrar un banquete e intercambiar vulgaridades. De esta forma, la política del Comité Anglo-Ruso sirvió para ocultar a los rompehuelgas reformistas ante las masas obreras. En el momento actual, hablamos de algo completamente distinto. En Alemania, los obreros socialdemócratas y comunistas están en la misma situación, ante el mismo peligro. Están mezclados en las fábricas, en los sindicatos, en los registros de desempleo, etc. No es cuestión ahora de una "plataforma" verbal de los dirigentes, sino de tareas absolutamente concretas pensadas para arrastrar a las organizaciones de masas directamente a la lucha. La política de frente único a escala nacional es diez veces más difícil que a escala local. La política de frente único a escala internacional es cien veces más difícil que a escala nacional. Unirse con los reformistas británicos sobre una consigna tan general como la "defensa de la URSS", o la "defensa de la revolución china" es como escribir con humo sobre las nubes. En Alemania, por el contrario, existe el peligro inmediato de destrucción de las organizaciones obreras, incluidas las socialdemócratas. Esperar que la socialdemocracia luche por la defensa de la Unión Soviética contra la burguesía alemana sería ilusorio. Sin embargo, podemos esperar, ciertamente, que la socialdemocracia luche por la defensa de sus mandatos, de sus reuniones, periódicos, erarios, y, por último, de su propia cabeza. No defendemos de ninguna forma, incluso en Alemania, una actitud fetichista hacia el frente único. Un acuerdo es un acuerdo. Dura en tanto sirve al fin para el que se concluyó. Si los reformistas empiezan a frenar o a sabotear el movimiento, los comunistas deben de plantearles siempre: ¿no es ya momento de romper el acuerdo y conducir a las masas bajo nuestra propia bandera? Semejante política no es fácil. ¿Pero quién ha dicho que llevar al proletariado a la victoria sea una tarea sencilla? Al contraponer el año 1926 al año 1932, Rude Pravo ha demostrado tan sólo su incomprensión tanto de lo que pasó hace seis años, como de lo que pasa actualmente. El "corresponsal obrero" de un trabajo imaginario también vuelve su atención hacia el ejemplo que di sobre el acuerdo de los bolcheviques con los mencheviques y los socialistas revolucionarios. "En toda esa época", escribe, "Kerensky luchó realmente durante un cierto tiempo contra Kornilov y, al mismo tiempo, ayudó al proletariado a aplastar a Kornilov. Que en la actualidad la socialdemocracia alemana no lucha contra el fascismo es evidente hasta para un bebé". Thaelmann, que en modo alguno parece un "bebé", sostiene que nunca existió un acuerdo de los bolcheviques rusos con los mencheviques y socialistas revolucionarios. Rude Pravo, como vemos, sigue un camino diferente. No niega el acuerdo. Pero según su concepción, el acuerdo estaba justificado porque Kerensky luchó realmente contra Kornilov, a diferencia de la socialdemocracia, que prepara el camino del fascismo hacia el poder. La idealización de Kerensky es aquí completamente asombrosa. ¿Cuándo empezó Kerensky a luchar contra Kornilov? En el momento mismo en que blandía su sable cosaco sobre la cabeza del propio Kerensky, la víspera del 26 de agosto de 1917. El día anterior, Kerensky todavía conspiraba con Kornilov con el fin de aplastar conjuntamente a los obreros y soldados de Petrogrado. Si Kerensky empezó a "luchar" contra Kornilov o, más correctamente, a no ofrecer resistencia durante cierto tiempo a la lucha contra Kornilov, fue solamente porque los bolcheviques no le dejaron otra alternativa. Que Kornilov y Kerensky, ambos conspiradares, rompieran entre sí y entraran en conflicto abierto, fue hasta cierto punto una sorpresa. Que el fascismo alemán y la socialdemocracia entrarían en colisión podía y tenía que preverse tan sólo sobre la base de las experiencias italiana y polaca. ¿Por qué podía concluirse un acuerdo con Kerensky contra Kornilov y ahora se prohibe predicar, luchar por, defender y preparar un acuerdo con las organizaciones socialdemócratas de masas? ¿Por qué tienen que ser desbaratados tales acuerdos allí donde se han iniciado? Así es, sin embargo, cómo actúan precisamente Thaelmann y compañía. Rude Pravo salta ferozmente sobre mis palabras de que un acuerdo sobre acciones de lucha puede realizarse con el diablo, con su abuela e incluso con Noske y Grzesinsky. "Mirad, obreros comunistas", escribe el periódico, "tenéis que llegar a un acuerdo con Grzesinsky, que ha fusilado a tantos de vuestros camaradas de combate. Para él, llegar a un acuerdo es luchar con vosotros contra los fascistas, con quienes él conversa amistosamente en los banquetes y en los consejos de dirección de bancos y fábricas". Toda la cuestión se desplaza aquí al plano de un sentimentalismo espurio. Semejante objeción es digna de un anarquista, de un viejo socialrevolucionario de izquierdas ruso, de un "pacifista revolucionario" o del mismo Münzenberg. En ello no hay ni un viso de marxismo. Ante todo: ¿es correcto que Grzesinsky es un verdugo obrero? Totalmente correcto. Pero ¿no era Kerensky un verdugo de los obreros y campesinos en mucha mayor medida que Grzesinsky? Sin embargo, Rude Pravo da su beneplácito después al acuerdo práctico de Kerensky. Apoyar al verdugo en cualquier acción dirigida contra los obreros es un crimen, cuando no una traición: en eso consistió precisamente la alianza de Stalin con Chiang Kai-chek. Pero si este mismo verdugo se encontrase mañana metido en una guerra con los imperialistas japoneses, entonces los acuerdos prácticos de lucha de los obreros chinos con el verdugo Chiang Kai-chek serían completamente tolerables e incluso obligatorios. ¿Conversa amistosamente Grze-sinsky en los banquetes con los fascistas? No lo sé, pero estoy totalmente dispuesto a asegurarlo. Sin embargo, Grzesinsky tuvo que entrar posteriormente en la cárcel de Berlín, no en nombre del socialismo, cierto, sino sólo porque era reacio a ceder su cálido escaño a los bonapartistas y fascistas. Si el Partido Comunista hubiese declarado francamente hace un año al menos: estamos dispuestos a luchar conjuntamente incluso con Grzesinsky contra los asesinos fascistas; si hubiese conferido a esta fórmula un carácter de lucha, si lo hubiese desarrollado en discursos y artículos, si lo hubiese hecho penetrar hasta las profundidades de las masas, Grzesinsky hubiera sido incapaz de defender ante las masas su capitulación de julio refiriéndose al sabotaje del Partido Comunista. Habría tenido que: ya sea avanzar este o aquel paso activo, ya sea desenmascararse definitivamente a los ojos de sus propios obreros. ¿No está claro? Podemos tener por seguro que incluso si Grzesinsky fuese arrastrado a la lucha por la lógica de la situación y la presión de las masas, sería un aliado extremadamente inseguro, completamente infiel. Su idea fundamental sería pasar lo más pronto posible de la lucha o semilucha a un acuerdo con los capitalistas. Pero una vez puestas en movimiento las masas, incluso las masas socialdemócratas, no se detienen como sus jefes-policía ultrajados. El acercamiento de los obreros socialdemócratas y comunistas en el proceso de la lucha ofrecería a los dirigentes del Partido Comunista una posibilidad mucho mayor de influenciar a los obreros socialdemócratas, especialmente frente al peligro común. Y ése es precisamente el objetivo final del frente único. Reducir toda la política del proletariado a acuerdos con las organizaciones reformistas o, aún peor, a la consigna abstracta de "unidad" es algo que sólo pueden hacer los centristas pusilánimes del tipo del SAP. Para los marxistas, la política de frente único es solamente uno de los métodos en el transcurso de la lucha de clases. Bajo ciertas condiciones, este método se vuelve completamente inútil; sería absurdo querer concluir un acuerdo con los reformistas para realizar el levantamiento socialista. Pero existen condiciones bajo las cuales el rechazo del frente único puede hundir al partido revolucionario durante las décadas siguientes. Esa es la situación en Alemania en el momento actual. La política del frente único a escala internacional, como hemos dicho antes, se enfrenta incluso a más dificultades y peligros, puesto que en ella la formulación de las tareas prácticas y la organización del control por las masas es más difícil. Es así sobre todo en la cuestión de la lucha contra la guerra. Las perspectivas de acciones comunes son aquí mucho más escasas, las posibilidades de escapatoria y de fraude, mucho mayores. Desde luego que por esto no afirmamos que en este terreno el frente único esté excluido. Por el contrario, exigimos que la Comintern se dirija de inmediato y directamente a la Segunda Internacional y a la Internacional de Amsterdam con la propuesta de un congreso conjunto contra la guerra. Sería tarea de la Comintern el elaborar los compromisos más concretos posibles, aplicables a diversos países y a circunstancias diferentes. Si la socialdemocracia se viera obligada a comprometerse con semejante congreso, el problema de la guerra, con una política correcta por nuestra parte, penetraría en sus filas como una cuña afilada. La primera premisa para esto: la máxima claridad, tanto política como organizativa. Se trata de un acuerdo de organizaciones proletarias con millones de miembros, que hoy están divididas todavía por profundos antagonismos de principio. ¡Nada de intermediarios ambiguos, nada de disfraces diplomáticos ni de fórmulas pacifistas vacías! La Comintern, sin embargo, halló más adecuado, también esta vez, actuar contra el abecé del marxismo: aun cuando se negaba a entrar en negociaciones abiertas con las internacionales reformistas, iniciaba negociaciones tras bastidores con Friedrich Adler por intermedio... del señor escritor pacifista y excepcionalmente confuso, Henri Barbusse. Como resultado de esta política, Barbusse se reunió en Amsterdam con organizaciones y grupos criptocomunistas, "próximos" o "simpatizantes", con los mansos pacifistas de todos los países. Entre éstos, los más honestos y sinceros —y son una minoría— pueden decir de sí mismos: "Yo y mi confusión". ¿Quién necesitaba esta mascarada, esta feria de engreimiento intelectualista, esta münzenberguería, que convierte en franqueza la charlatanería política?5. Pero volvamos a Praga. Cinco meses después de la aparición del artículo del que tratábamos antes, el mismo periódico publicó un artículo de uno de los dirigentes del partido, Klement Gottwald, que tiene el carácter de un llamamiento a los obreros checoslovacos de las diferentes tendencias para realizar acuerdos de lucha. El peligro fascista amenaza toda Europa central: la embestida de la reacción sólo puede ser rechazada mediante la unidad del proletariado; no debe perderse tiempo; faltan ya "cinco minutos para la hora". El llamamiento está escrito muy apasionadamente. En vano, no obstante, Gottwald jura, siguiendo a Seidewitz y a Thaelmann, que no defiende los intereses del partido, sino los intereses de la clase: semejante oposición es indecorosa en boca de un marxista. Gottwald estigmatiza el sabotaje de los dirigentes socialdemócratas. No es preciso decir que en esto la verdad está completamente de su lado. Desgraciadamente, el autor no dice nada claro sobre la política del comité central del Partido Comunista alemán: evidentemente no está dispuesto a defenderla, pero todavía no se atreve a criticarla. El mismo Gottwald, sin embargo, aborda la cuestión más difícil, no resueltamente, es cierto, pero sí bastante correctamente. Después de haber llamado a los obreros de las diversas tendencias a llegar a un acuerdo en las fábricas, Gottwald escribe: "Muchos de vosotros diréis tal vez: uníos "en la cumbre", nosotros, "en la base", nos uniremos más fácilmente". "Nosotros creemos", prosigue el autor, "que lo más importante para los obreros es llegar a un acuerdo "por la base". Y respecto a los dirigentes: ya hemos dicho que nos asociamos incluso con el diablo sólo si es para ir contra los gobernantes y en interés de los obreros. Y os lo decimos abiertamente: si vuestros dirigentes abandonan su alianza con la burguesía aunque sea por un solo instante, si actúan efectivamente contra los gobernantes aunque sólo sea en una cuestión, les daremos la bienvenida y los apoyaremos en eso". Aquí está dicho casi todo lo necesario, y casi en la forma en que debía de decirse. Gottwald no olvida citar ni al diablo, cuyo nombre publicó el consejo de redacción de Rude Pravo cinco meses antes con una indignación religiosa. En realidad, Gottwald omitió a la abuela del diablo. Que dios esté con ella; en consideración al frente único, estamos dispuestos a sacrificarla. Quizá Gottwald estaría dispuesto, por su parte, a consolar a la vieja señora, poniendo a su disposición el artículo de Rude Pravo del 27 de febrero, junto con el tintero del "corresponsal obrero". Las consideraciones políticas de Gottwald, esperamos, son aplicables no sólo a Checoslovaquia, sino también a Alemania. Y eso es justamente lo que tenía que haber dicho. Por otra parte, la dirección del partido no puede limitarse, ni en Berlín ni en Praga, a la simple declaración de su disposición al frente único con la socialdemocracia, sino que debe demostrar su disposición en los hechos, activamente, a la manera bolchevique, por medio de propuestas y acciones prácticas totalmente precisas. Eso es lo que nosotros pedimos. El artículo de Gottwald, gracias a su tono realista, y no ultimatista, halló eco al instante entre los obreros socialdemócratas. El 31 de julio, apareció en Rude Pravo, entre otras, una carta de un tipógrafo en paro que había vuelto hacía poco de visitar Alemania. La carta lleva la señal de un obrero demócrata, aquejado de los prejuicios del reformismo. Lo más importante, sin embargo, es prestar atención a cómo se refleja la política del Partido Comunista alemán en su conciencia. "Cuando en la primavera del año pasado", así escribe el tipógrafo, "el camarada Breitscheid dirigió un llamamiento al Partido Comunista para iniciar acciones conjuntas con la socialdemocracia, provocó en Die Rote Fahne una verdadera tormenta de indignación". De esta forma, los obreros socialdemócratas se decían: "Ahora sabemos lo serias que son las intenciones de los comunistas sobre el frente único". He aquí la auténtica voz de un obrero. Una voz así ayuda más a solucionar la cuestión que docenas de artículos de plumíferos sin principios. De hecho, Breitscheid no proponía ningún frente único. Tan sólo amedrentaba a la burguesía con la posibilidad de acciones conjuntas con los comunistas. Si el comité central del Partido Comunista hubiese planteado rápida y correctamente la cuestión en el filo de la navaja, la dirección del partido socialdemócrata se habría visto empujada a una posición difícil. Pero el comité central del Partido Comunista se apresuró, como siempre, a ponerse a sí mismo en una posición difícil. En el folleto ¿Y ahora? escribí sobre el discurso de Breitscheid: "¿No es por sí evidente que la propuesta equívoca y diplomática de Breitscheid tenía que haberse agarrado con ambas manos, y que teníamos que haber presentado por nuestra parte un programa práctico, concreto, cuidadosamente detallado, para la lucha común contra el fascismo; y que teníamos que haber exigido reuniones conjuntas de las ejecutivas de los dos partidos con la participación de las ejecutivas de los Sindicatos Libres? Al mismo tiempo, se tenía que haber difundido enérgicamente este mismo programa entre todas las capas de ambos partidos y de las masas". Menospreciando el globo sonda de los dirigentes reformistas, el comité central del Partido Comunista convirtió, en la mente de los obreros, la afirmación ambigua de Breitscheid en una propuesta directa de frente único y empujó a los obreros socialdemócratas a la conclusión: "Nuestra gente quiere acciones conjuntas, pero los comunistas las están saboteando". ¿Se puede imaginar una política más estúpida e inadecuada? ¿Se podía favorecer mejor la maniobra de Breitscheid? La carta del tipógrafo de Praga demuestra con notable claridad que, con la ayuda de Thaelmann, Breitscheid alcanzó plenamente su objetivo. Rude Pravo se esfuerza por ver una contradicción y confusión en el hecho de que en un caso rechacemos un acuerdo, y en otro lo admitamos y consideremos necesario decidir de nuevo cada vez el alcance, las consignas y los métodos del acuerdo. Rude Pravo no entiende que en política, como en todos los otros campos serios, hay que saber bien qué, cuándo, dónde y cómo. Y tampoco puede perjudicar el saber por qué. En La Internacional Comunista después de Lenin, escrita hace cuatro años, apuntábamos algunas reglas elementales de la política de frente único. Consideramos que merece la pena recordarlas aquí: "La posibilidad de traicionar está siempre presente en el reformismo. Pero esto no quiere decir que el reformismo y la traición sean lo mismo en todo momento. No del todo. Se puede llegar a acuerdos temporales con los reformistas siempre que signifiquen un paso adelante. Pero mantener un bloque con ellos, cuando, aterrorizados por el desarrollo de un movimiento, lo traicionan, equivale a una tolerancia criminal para con los traidores y a encubrir la traición. "La regla más importante, la mejor y más inalterable que hay que aplicar en cualquier maniobra es la siguiente: nunca te arriesgues a fusionar, a mezclar o a cambiar a la organización de tu propio partido con la de otro, por muy "amistosa" que sea en la actualidad. No dar nunca pasos que conduzcan directa o indirectamente, abierta o encubiertamente a la subordinación de tu partido ante otros partidos, o ante las organizaciones de otras clases, o constriña la libertad de agitación de tu propio partido, o te responsabilicen, aunque sólo sea parcialmente, de la línea política de otros partidos. Nunca mezcles las banderas, y menos aún te arrodilles ante otra bandera". Hoy, después de la experiencia del congreso de Barbusse, añadiríamos todavía una regla: "Los acuerdos sólo deben lograrse abiertamente, a los ojos de las masas, de partido a partido, de organización a organización. No recurras a intermediarios equívocos. No vendas engañosamente los asuntos diplomáticos con pacifistas burgueses como un frente único proletario".
7. La lucha de clases a la luz de la coyuntura Si hemos exigido insistentemente que se distinga entre fascismo y bonapartismo no ha sido por pedantería teórica. Los nombres se emplean para distinguir conceptos; los conceptos, en política, sirven a su vez para distinguir entre fuerzas reales. El aplastamiento del fascismo no dejaría lugar para el bonapartismo y, así lo esperamos, significaría la entrada directa a la revolución social. Sin embargo, el proletariado no está armado para la revolución. Las relaciones recíprocas entre la socialdemocracia y el gobierno bonapartista, por un lado, y entre el bonapartismo y el fascismo por el otro —aun cuando no resuelvan las cuestiones fundamentales—, señalan los caminos y el ritmo en que se prepara la lucha entre el proletariado y la contrarrevolución fascista. Las contradicciones entre Schleicher, Hitler y Wels, en la situación dada, hacen más difícil la victoria del fascismo, y abren al Partido Comunista un nuevo crédito, el más valioso de todos, un crédito en tiempo. "El fascismo llegará al poder por la vía fría". Más de una vez hemos oído esto de los teóricos estalinistas. Esta fórmula significa que los fascistas llegarán al poder legalmente, pacíficamente, por medio de una coalición, sin necesidad de un levantamiento abierto. Los acontecimientos ya han refutado este pronóstico. El gobierno Von Papen llegó al poder mediante un golpe de Estado, y se acabó de completar con un golpe de Estado en Prusia. Aunque aceptásemos que una coalición entre los nazis y el centro derrocaría al gobierno bonapartista de Von Papen con métodos "constitucionales", esto, en sí y por sí mismo, no resuelve nada. Entre la toma "pacífica" del poder por Hitler y el establecimiento del régimen fascista todavía hay un largo trecho. Una coalición sólo facilitaría el golpe de Estado, pero no lo sustituiría. Junto a la supresión final de la Constitución de Weimar, todavía quedaría la tarea más importante: la supresión de los órganos de democracia proletaria. Desde este punto de vista, ¿qué significa la "vía fría"? Nada más que la ausencia de resistencia por parte de los obreros. De hecho, el golpe de Estado bonapartista de Von Papen quedó sin respuesta. ¿También quedará sin respuesta un levantamiento fascista de Hitler? Es precisamente alrededor de esta cuestión que se vuelven, consciente o inconscientemente, las conjeturas sobre la "vía fría". Si el Partido Comunista representase una fuerza abrumadora, y si el proletariado marchase hacia adelante hacia la toma inmediata del poder, se borrarían temporalmente todas las contradicciones en el campo de las clases poseedoras: fascistas, bonapartistas y demócratas formarían un solo frente contra la revolución proletaria. Pero no es éste el caso. La debilidad del Partido Comunista y la división del proletariado permiten a las clases poseedoras y a los partidos a su servicio exteriorizar abiertamente sus contradicciones. Sólo apoyándose en estas contradicciones podrá reforzarse el Partido Comunista. ¿Pero tal vez en la altamente industrializada Alemania el fascismo decidiría para siempre no hacer valer sus pretensiones de todo el poder? Indudablemente, el proletariado alemán es incomparablemente más numeroso y potencialmente más fuerte que el italiano. Aunque el fascismo en Alemania constituye un campo más numeroso y mejor organizado que en Italia en el período correspondiente, todavía la tarea de liquidar el "marxismo" debe parecer a los fascistas alemanes tan difícil como arriesgada. Además, no está excluido que el cenit político de Hitler ya haya quedado atrás. El período de espera demasiado largo y el nuevo obstáculo en su camino bajo la forma del bonapartismo, debilitan indudablemente al fascismo, agudiza sus fricciones internas y pueden debilitar materialmente su empuje. Pero aquí entramos en el terreno de tendencias que en el momento actual no pueden calcularse de antemano. Sólo la lucha real puede responder estas cuestiones. Construir por adelantado sobre la suposición de que el nacionalsocialismo se detendrá inevitablemente a medio camino sería de lo más superficial. La teoría de la "vía fría" no es, llevada hasta su conclusión, en modo alguno mejor que la teoría del socialfascismo; más exactamente, sólo representa su reverso. Las contradicciones entre los componentes del campo enemigo son despreciadas por completo en ambos casos, y difuminadas las fases sucesivas del proceso. El Partido Comunista queda totalmente al margen. No en vano, el teórico de la "vía fría", Hirsch, fue al mismo tiempo el teórico del socialfascismo. La crisis política del país se desarrolla sobre la base de la crisis económica. Pero la economía no es inmutable. Si ayer nos veíamos obligados a decir que la crisis coyuntural tan sólo acentúa la crisis fundamental, orgánica, del sistema capitalista, hoy debemos recordar que la decadencia general del capitalismo no excluye las fluctuaciones coyunturales. La crisis actual no durará eternamente. Las esperanzas del mundo capitalista en un cambio de la crisis son extremadamente exageradas, pero no carecen de fundamento. La cuestión de la lucha de las fuerzas políticas debe integrarse en las perspectivas económicas. El programa de Von Papen hace tanto más imposible posponerlo, cuanto que parte de la suposición de una próxima mejoría económica. La reanimación industrial entra en escena para todo el mundo así que se ve que se manifiesta en la forma de circulación creciente de mercancías, ascenso de la producción y aumento del número de obreros empleados. Pero no empieza por ahí. La reanimación es precedida por procesos preparatorios en el terreno de la circulación monetaria y del crédito. El capital situado en empresas y ramas industriales no rentables debe ser liberado y convertirse en dinero líquido que busca dónde invertirse. El mercado, libre de sus capas de grasa, de sus excrecencias y tumefacciones, debe mostrar una demanda real. Los empresarios deben recobrar la "confianza" en el mercado y entre sí. Por otro lado, la "confianza" de que tanto habla la prensa mundial debe ser estimulada no sólo por factores económicos, sino también políticos (reparaciones, deudas de guerra, desarme-rearme, etc.). Un aumento de la circulación de mercancías, de la producción, del número de obreros empleados, no se ve todavía por ninguna parte; por el contrario, el descenso continúa. Respecto a los procesos preparatorios para un cambio de la crisis, ya han realizado la mayor parte de las tareas que se les asignaron. Muchos indicios nos permiten suponer realmente que el momento del cambio de coyuntura se aproxima, si es que no es inminente. Ésa es la apreciación, vista a escala mundial. Sin embargo, debemos de hacer una distinción entre los países acreedores (Estados Unidos, Inglaterra, Francia) y los paises deudores, o más exactamente, los países en bancarrota; el primer lugar del segundo grupo lo ocupa Alemania. Alema-nia no tiene capital líquido. Su economía sólo puede percibir un empuje mediante una entrada de capital desde el exterior. Pero un país que no está en condiciones de pagar sus antiguas deudas no obtiene ningún préstamo. En cualquier caso, antes de que los acreedores abran sus bolsillos deben convencerse de que Alemania está de nuevo en condiciones de exportar más de lo que necesita importar; la diferencia tiene que servir | |