MARXISMO HOY Nº 4 
Una alternativa socialista a la unión Europea



..Fundación Federico Engels

Mayo 1998

Una alternativa socialista a la Unión Europea (1)

Por Alan Woods

Continuación

Un cambio fundamental está teniendo lugar a escala mundial. En mitad de un boom económico, estamos siendo testigos de un ataque sin precedentes a los niveles de vida en todos los continentes. En EEUU, Japón y Europa, la clase dirigente está intentando atrasar el reloj, recortando el gasto público, desmantelando el Estado del bienestar y destruyendo todas las conquistas de los pasados cincuenta años. Esto no es un accidente. Los marxistas hemos explicado sus razones muchas veces. En el período anterior, el sistema capitalista ha ido más allá de sus límites. Ahora se ve obligado a la retirada, abandonando las viejas políticas keynesianas de intervención y dirección estatales. Los mismos economistas que anteriormente veían el Estado como la fuente de su salvación, ahora lo consideran la fuente de todos sus males. Han comprendido tardíamente lo que señalaron los marxistas hace décadas: que dentro de un marco capitalista, la política de financiación del déficit finalmente conduciría a una explosión de la inflación.

En todas partes, los viejos y desacreditados métodos keynesianos han conducido a enormes déficits en el gasto público. Los capitalistas y sus gobiernos saben que la continuación de tales métodos les conduciría a dos cosas: inflación descontrolada y explosión de la lucha de clases. Ese es el motivo por el cual en todas partes están obsesionados con la idea de recortar el gasto público. Desde un punto de vista capitalista, no tienen otra alternativa. En el momento actual, los economistas tienen puesta la ilusión en que, manteniendo una baja tasa de crecimiento y controlando la inflación, puedan evitar el ciclo económico capitalista normal de booms y recesiones, pero eso es un sueño. Actualmente, en la mayoría de los países capitalistas avanzados la inflación es relativamente baja (los precios continúan aumentando, pero a un ritmo más lento), debido principalmente a la depresión de la demanda por los ataques contra los salarios. Algunos precios han llegado a caer (aunque es la excepción): el del acero está bajando a un ritmo del 2% anual y el de la telefonía móvil, un asombroso 20% anual, en parte debido al abaratamiento de las mercancías causado por el avance de la técnica y la productividad.

En cualquier caso, la principal razón de la baja inflación es la ausencia de demanda y la aparición de sobrecapacidad en toda una serie de sectores. Con recortes en los niveles de vida, desempleo y estancamiento de la demanda, los capitalistas no pueden incrementar los precios de sus mercancías como normalmente ocurriría durante un boom. Esto es sólo otro reflejo de cómo el actual boom económico se está consiguiendo a expensas de la clase obrera, mediante un incremento de la presión sobre los nervios y músculos del trabajador, exprimiendo hasta la última gota de plusvalía, para así incrementar la productividad y los márgenes de beneficios. La causa se convierte en efecto y viceversa. Debido a que no pueden aumentar los precios para incrementar dichos márgenes de beneficios, los empresarios están obligados, para reducir los costes de producción, a poner una mayor presión sobre los trabajadores. En palabras de la empresa inversora J.P. Morgan: "Hay una explosión de productividad y beneficios continuos" (The Economist, 18/1/97).

Sin embargo, este fenómeno no es en absoluto progresista. En el pasado, el sistema capitalista, al desarrollar los medios de producción en su búsqueda del máximo beneficio, jugó un papel relativamente progresista. Como depositarios de la plusvalía, los capitalistas invertían en nueva maquinaria, revolucionando constantemente las fuerzas productivas. Esta era la principal vía para aumentar la productividad del trabajo. Pero ahora esto ha cambiado. Ya no invierten en las fuerzas productivas en el mismo grado que lo hacían en el pasado: prefieren dedicarse a conseguir beneficios fáciles a través de la Bolsa y toda clase de productos especulativos. El actual torrente de absorciones y fusiones ha conducido a una aceleración sin precedentes de la concentración de capital y la monopolización, algo que predijo Marx y que en el pasado fue firmemente negado por los economistas burgueses. En la mayoría de los casos, estas absorciones no van acompañadas por nuevas inversiones sino, al contrario, por descapitalizaciones y cierres de empresas en crisis y despidos. Los gigantescos monopolios se enriquecen sin la desagradable necesidad de tener que desarrollar la producción y correr riesgos. Saquean el Estado a través de la estafa de la privatización, en la que los bienes públicos son adquiridos a precios de saldo y convertidos en monopolios privados. Esta locura no se limita sólo a los países capitalistas avanzados, sino que ha sido impuesta también al Tercer Mundo.

¿Se han suprimido los ciclos?

Lejos de haber eliminado el ciclo económico, todos estos acontecimientos le darán un carácter más grave y convulsivo. Recortando el gasto público y limitando el crecimiento de los salarios, al mismo tiempo recortan el mercado doméstico y crean nuevas contradicciones. Cada clase capitalista nacional busca una salida a sus problemas internos a través de las exportaciones. Pero esto no puede proporcionar una solución real, ya que no hay mercados para que todos puedan exportar. ¡Alguien debe importar! La lucha por la conquista incluso del trozo más minúsculo de mercado mundial ha adoptado un carácter obsesivo y febril. Las grandes potencias económicas están peleando por hacerse con mercados en el Sudeste Asiático. Pero no hay suficiente para todos. Además, el boom de los países del Sudeste Asiático ha dejado paso a una profunda crisis. Los "tigres asiáticos", comenzando por Corea del Sur, Tailandia o Indonesia, van de cabeza a una nueva recesión, seguidos por Japón. El crash de la Bolsa ha sido el reflejo de la crisis de sobreproducción que atenaza esta zona del planeta y sus repercusiones se dejarán sentir decisivamente en Europa y EEUU(1).

A pesar de todas las habladurías sobre el libre comercio y la liberalización, hay una lucha feroz por los mercados entre las principales naciones capitalistas. Hay una clara tendencia a dividir el mundo en tres grandes bloques comerciales, dominados respectivamente por EEUU, Alemania y Japón. Cada uno trata celosamente de proteger sus propios mercados y esferas de influencia, mientras pide más facilidades para acceder a los de sus rivales.

En el período de auge general del capitalismo que siguió a la Segunda Guerra Mundial (desde 1948 a 1974 aproximadamente), el rápido crecimiento del comercio mundial y la división mundial del trabajo jugaron un importante papel en estimular la inversión y el crecimiento. Pero ya no es el caso. En el período reciente hemos visto crecimientos del comercio mundial del 8-9% sin ningún efecto evidente sobre el crecimiento económico, que permaneció estancado en un miserable nivel del 2-3%, lo que sirve para resaltar la diferencia fundamental con el período de auge de la posguerra. Además, en los últimos dos años, el comercio mundial ha comenzado de nuevo a decaer: primero al 4% y ahora al 2,5%.

A pesar del optimismo oficial, el actual boom es muy frágil e inestable. El boom en EEUU ya dura seis años, bastante tiempo comparado con la media de la posguerra, y pronto comenzará a perder vapor, en el próximo año o el siguiente. Una recesión en EEUU tendrá un gran efecto en el resto del mundo.

Esta situación coincide con la crisis económica más seria en Japón desde la Segunda Guerra Mundial. De hecho, la economía japonesa ha estado en recesión los pasados cinco años. Bajo la presión de EEUU y la UE (Unión Europea), que querían que Japón saliese a flote para así disponer de ese mercado para sus propias exportaciones, los japoneses fueron los únicos que intentaron recurrir al keynesianismo, financiando el déficit, para reactivar la economía. Durante los últimos años, el Estado japonés inyectó miles de millones de dólares en la economía, pero este fabuloso desembolso sólo ha tenido un efecto marginal en estimular el crecimiento y ha supuesto que Japón tenga ahora una gigantesca deuda pública (en la práctica, si incluimos las deudas de las administraciones locales, es mayor que la de Italia). La crisis del Sudeste Asiático y el colapso de nuevas entidades financieras niponas la incrementarán espectacularmente.

El declive de Europa

En Europa, la situación se caracteriza por el bajo crecimiento (alrededor del 2%), las altas tasas de desempleo, sin precedentes en lo que se supone es una recuperación, y altos déficits presupuestarios y niveles de endeudamiento público. Todos los gobiernos están ocupados en reducir drásticamente el gasto público, lo que será imposible si no consiguen mayores tasas de crecimiento económico o reducir el paro. Al mismo tiempo, se ha producido un gran aumento de las contradicciones sociales, una mayor profundización de las diferencias entre ricos y pobres y el inicio de un cambio profundo en la conciencia de todas las clases. Estamos entrando en un período totalmente nuevo en la historia, más parecido al que transcurrió entre las dos guerras mundiales, una época llena de convulsiones y crisis. Con el retorno al modelo clásico del capitalismo, la burguesía hará esto inevitable. Las luchas y manifestaciones de masas en Francia, Alemania, Italia y Bélgica en los últimos años son un aviso de lo que ocurrirá en el futuro. Todos y cada uno de los países europeos afrontan una crisis en el plano económico, político y social. Es en este contexto en el que debemos enmarcar la cuestión de la unidad europea y el debate sobre Maastricht y la UEM (Unión Económica y Monetaria).

El Mercado Común se creó en un intento de la burguesía europea para superar las estrecheces del Estado nacional, con sus respectivos mercados nacionales limitados. Históricamente el Estado nacional jugó un papel esencial en el desarrollo del capitalismo, al proteger y desarrollar el mercado nacional. Sin embargo, con la división internacional del trabajo y el desarrollo de las comunicaciones, la técnica, la ciencia, las compañías multinacionales y el mercado mundial, las fuerzas productivas entraron en conflicto con la limitación de las fronteras del Estado nacional, así como con la propiedad privada de los medios de producción. Esta contradicción se reflejó en las guerras mundiales de 1914-18 y 1939-45 y la crisis del período entre ambas.

El desarrollo del comercio mundial en la posguerra permitió al sistema capitalista superar esta contradicción parcial y temporalmente. Los mercados nacionales separados de Gran Bretaña, Francia, Alemania y los demás países del viejo continente eran demasiado pequeños para los monopolios. El Mercado Común fue creado para intentar superar esa limitación. Los grandes monopolios esperaban con ilusión un mercado regional ilimitado de cientos de millones de consumidores y, además, el mercado mundial. Debido al auge económico, los capitalistas europeos tuvieron en gran parte éxito en esa gloriosa unión aduanera, donde la abolición de las tarifas entre los países del Mercado Común y una tarifa común con el resto del mundo sirvió para estimular y desarrollar el comercio mundial.

En El Manifiesto Comunista, publicado en 1848, Marx y Engels escribieron que el capitalismo, que primero surge en forma de Estado nacional, inevitablemente crea el mercado mundial. La dominación aplastante del mercado mundial es, en realidad, la característica más decisiva de la época en que vivimos. Ningún país, no importa lo grande y poderoso que sea, puede escapar de la influencia del mercado mundial. El fracaso del "socialismo en un solo país" en Rusia y China es una prueba suficiente de esta afirmación, como también lo es que las dos principales guerras del siglo XX fueron mundiales y por la dominación del mundo.

En un brillante artículo escrito en 1924, León Trotsky predijo el declive de Europa, pronosticando que el centro de gravedad de la historia mundial pasaría al Pacífico y el Mar Mediterráneo se vería relegado a un lago sin importancia, lo que ya ha ocurrido. Ese declive, que comenzó hace cien años, se vio enormemente acelerado por las dos guerras mundiales, en particular después de la Segunda, y fue acompañado por el irresistible ascenso de Estados Unidos. Europa, especialmente Gran Bretaña, fue el perdedor real de ambas guerras mundiales y EEUU el gran vencedor, lo que sólo reflejó la auténtica correlación de fuerzas. Estados Unidos comenzó a tensar sus músculos como potencia mundial en 1898, en la guerra con España, que le proporcionó la posesión de Cuba, Puerto Rico y Filipinas. Pero el momento decisivo fueron las dos guerras mundiales, cuando el imperialismo norteamericano, tras permanecer en un primer momento al margen para debilitar a sus rivales europeos, Gran Bretaña y Francia, finalmente lanzó su ofensiva contra Alemania, emergiendo como el árbitro supremo de los destinos europeos.

No fue la primera vez en la historia que potencias que habían sido poderosas se vieron obligadas a postrarse de rodillas ante el más poderoso de sus vecinos. Las ‘ciudades-Estado’ griegas de Atenas y Esparta jugaron un papel dominante, pero, exhaustas por las guerras, fueron finalmente obligadas a aceptar la dominación de Macedonia, y después la de Roma. Eran demasiado pequeñas para continuar desempeñando un papel independiente. En 1945, Europa estaba reducida a cenizas, dividida y arruinada. En contraste, EEUU tenía su industria intacta. Gran Bretaña, golpeada severamente, era aún lo suficientemente fuerte como para ocupar durante un tiempo el papel de segundo violín del gigante trasatlántico, y la libra esterlina podía aparecer como moneda de reserva del dólar. Pero en la práctica, las liliputienses potencias europeas no podían mantenerse frente a la fuerza del imperialismo USA por un lado y la Rusia estalinista por el otro. A diferencia de la situación creada tras la Primera Guerra Mundial, en 1945 la amenaza de la revolución en Europa Occidental, especialmente en Francia, Italia y Grecia, donde los partidos comunistas controlaban de hecho la situación, y la necesidad de parar el avance de la URSS obligaron a EEUU a apuntalar el capitalismo europeo con grandes cantidades de dinero en concepto de ayuda e inversiones. En realidad, el Plan Marshall situó a Europa Occidental, aunque no a todos los países, a niveles norteamericanos.

Esta relativa debilidad fue el principal factor que llevó al establecimiento del Mercado Común Europeo. Mientras la miope clase dominante británica se agarraba a sus sueños de potencia imperial, las de Francia y Alemania se vieron obligadas a aceptar la nueva situación. Alemania en particular salió de la guerra seriamente debilitada, con la pérdida de una gran parte de su territorio y la masiva destrucción de su industria. Otra razón para la creación de este bloque europeo fue establecer un contrapeso económico, político y diplomático frente a EEUU y Japón. Por separado, las potencias europeas no tenían posibilidades de competir con ellos. Así que vemos un acontecimiento contradictorio: por un lado, un gigantesco desarrollo del comercio mundial y la reducción de las tarifas arancelarias y, por otro, el surgimiento de grandes bloques comerciales que actúan como nuevas fronteras en el comercio mundial.

La clase dominante francesa, que había sido derrotada a manos de Alemania tres veces en el espacio de menos de cien años (1870-71, 1914-18 y 1939-45), estaba obsesionada con la idea de evitar una nueva guerra con ella e intentaba atar a su vecino a su destino, primero con la Comunidad Europeo del Carbón y del Acero (CECA) y después con la CEE. Dada la debilidad de Alemania, imaginaban que podrían convertirse en líderes reales de Europa, aunque las cosas no salieron como las tenían planeadas. Incluso cuando Alemania reconstruyó su poderosa base industrial, la clase dirigente francesa aún imaginaba que podría dominar Europa a través de alguna clase de condominio, en el que Alemania tendría la supremacía económica pero Francia el liderazgo político y militar. Esta es una de las principales razones por las que Francia insistía en mantener el control de sus propias armas nucleares. En la práctica, el eje París-Bonn es una hoja de parra que apenas disimula la aplastante dominación alemana.

Las derrotas del imperialismo francés en Indochina y Argelia obligaron a París a aceptar la pérdida de su status de potencia imperialista y dedicar sus energías a reforzar su papel en Europa, mientras desarrollaba la industria, lo que fue posible por el auge de la posguerra. El resultado fue la transformación de Francia de una economía principalmente agraria y rentista en una potencia industrial y, como consecuencia, un enorme fortalecimiento de la clase obrera. Un desarrollo similar de reducción del peso social del campesinado y crecimiento del proletariado tuvo lugar en los otros países europeos.

Aunque el análisis general hecho por los marxistas ha demostrado ser correcto, el aumento del Mercado Común de seis a quince países y la integración de sus economías ha ido más allá de lo que pensábamos en un principio. Han podido hacerlo debido al desarrollo del comercio mundial y al auge económico general del capitalismo en 1948-74. Con abundancia de mercados, pleno empleo y tasas de crecimiento del 5-6% anuales, las diferentes potencias imperialistas de Europa llegaron a un pacto de caballeros para repartirse el creciente mercado, con las mínimas discrepancias: De Gaulle vetó la primera propuesta de Gran Bretaña para unirse a la CEE, ya que sospechaba que sería el caballo de Troya de los intereses norteamericanos en Europa, aunque la razón principal era que Francia no quería ningún rival para su pretendida posición de co-dirigente de Europa junto con Alemania. También la miopía de la clase dominante británica, que al principio rechazó unirse a Alemania y Francia, prefiriendo aspirar a un imaginario rol mundial, pagando su estupidez con la disminución rápida de su poder, mientras Francia, Alemania e incluso una anteriormente atrasada Italia la sobrepasaban.

En cualquier caso, el surgimiento de la CEE se basó en tasas de crecimiento económico altas. Esto durante un tiempo dio un impulso significativo al desarrollo de las fuerzas productivas, y así la mayor integración de las economías de las principales potencias europeas fue un beneficio para todas ellas. Finalmente, Gran Bretaña se arrastró, seguida por la mayoría de los antiguos miembros de la EFTA (Acuerdo Europeo para el Libre Comercio), el bloque comercial de los países europeos más débiles impulsado por Gran Bretaña en un intento sin éxito de contrarrestar la CEE. Todo esto potenció la ilusión en una Europa unida.

Sin embargo, las contradicciones internas permanecieron. Como ya vimos en el pasado, los intereses nacionales de las diferentes potencias europeas han quedado en evidencia. La crisis del Sistema Monetario Europeo (SME) en 1992 demostró las frágiles bases de esta "unidad". Ahora se desafían mutuamente declarando qué países participarán en la moneda única, las condiciones, los plazos y a qué nuevos países se les permitirá entrar en la UE en el futuro.

 

Francia y Alemania

En primer lugar, la unión de Alemania, Francia y los otros países de la CEE fue un intento de defenderse contra EEUU y Rusia. Era necesario unir recursos y llegar a un acuerdo para compartir un mercado común, primero en el acero y el carbón, después en el resto de mercancías, lo que suponía un reconocimiento tácito del hecho de que, en condiciones modernas, el Estado nacional se ha convertido en una traba reaccionaria para el desarrollo de las fuerzas productivas, porque es demasiado estrecho para contener el colosal potencial productivo de la industria moderna.

Desde un punto de vista racional, el caso de la Unión Europea es incuestionable. Pero bajo el capitalismo, la auténtica unidad es imposible. Como Lenin explicó hace tiempo, los Estados Unidos capitalistas de Europa son una utopía reaccionaria, es decir, un objetivo que no se puede conseguir y, si se pudiese, no sería en beneficio de los intereses de la clase trabajadora.

De hecho, la única vez que se logró una Europa capitalista unida fue bajo Hitler. Los nazis lograron temporalmente la "unidad" de la Europa continental bajo la dominación del capital alemán. La naturaleza reaccionaria de esa unión no necesita mayor comentario. Pero debe entenderse que, bajo el capitalismo, los antagonismos entre las diferentes clases dirigentes hacen que cualquier unión necesariamente signifique la dominación de una potencia sobre las otras. Vemos elementos de esto en la situación actual. A lo largo de décadas, el imperialismo alemán ha logrado por medios económicos lo que no pudo conseguir en dos guerras mundiales: la unidad europea bajo su dominación. Pero tras la fachada de unidad, todas las viejas contradicciones entre los Estados nacionales continúan existiendo e intensificándose.

La UE es ahora en realidad una unión aduanera nominal para la defensa del capitalismo europeo contra EEUU y Japón. Internamente es un mercado parcialmente libre que funciona dentro de ciertos límites, mientras los intereses vitales de los países miembros (particularmente los principales) no se vean afectados, pero en el cual cada una de sus clases dirigentes lucha por lograr su propia ventaja. En condiciones de auge, son capaces de resistir juntos e incluso lograr una mayor integración. Pero en condiciones de crecimiento lento, estancamiento de la demanda y alto desempleo como las actuales (y todavía más en una recesión seria), todas las contradicciones nacionales se verán exacerbadas, comenzando con Francia y Alemania.

Uno de los momentos decisivos fue la unificación de Alemania. De un solo golpe, un nuevo y poderoso Estado de 80 millones de habitantes surgió en el corazón de Europa, con una gran base industrial y un potencial militar formidable. En esta cuestión es necesario atravesar la niebla de la propaganda oficial y las mentiras diplomáticas y poner al desnudo las relaciones reales, porque aunque en apariencia la unificación alemana fue saludada por París y Londres con corteses aplausos y apretones de manos, sin duda fue vista por los círculos dirigentes franceses y británicos con aprensión. Ya antes Alemania era claramente la potencia dominante en Europa, pero ahora el inmenso potencial de la Alemania unificada amenaza con aplastar totalmente a los demás.

Es sorprendente ver hasta qué punto la política exterior de un país determinado mantiene una continuidad en el tiempo. Esta peculiaridad se deriva de que, a pesar de todos los cambios de gobierno, el aparato del Estado, con su casta de funcionarios conservadores, permanece intacto. La burocracia permanente tiende a preservar una inercia que se ve fortalecida según pasa el tiempo, generaciones, quizá siglos. Así, los principales objetivos estratégicos de la política exterior alemana en Europa Central y del Este, conocida como drang nach Osten ("empuje hacia el Este") han sido básicamente los mismos desde hace cien años. No satisfecho con la dominación económica de Europa Occidental, el imperialismo alemán quiere recuperar sus tradicionales esferas de influencia en Europa del Este y los Balcanes, una perspectiva alarmante para el resto de los capitalistas europeos.

Las economías de Alemania, República Checa, Polonia y Hungría combinadas constituirían un mercado de 140 millones de personas, con un PIB (Producto Interior Bruto) total de 2,4 billones de dólares. Desde un punto de vista socialista, la unidad de estas economías sería un acontecimiento totalmente racional, como parte de los Estados Unidos Socialistas de Europa. Pero sobre bases capitalistas es una receta acabada para el conflicto. La combinación de la industria, fondos y técnica alemanas con la cualificada mano de obra de Europa del Este plantearía una seria amenaza para los "socios" de Alemania en la UE. En un artículo titulado El gran patio trasero de Alemania, la revista norteamericana Business Week (3/2/97) expone la creciente preocupación de las otras potencias europeas ante el aumento de la influencia alemana en el este de Europa:

"En realidad, Europa Central tiene un inequívoco acento alemán. Con cautela, la poderosa potencia económica de Europa domina la región que una vez atravesó con tanques. Ha saltado por encima de Austria y EEUU, convirtiéndose en el mayor inversor en Europa Central. Empresas joint ventures conjuntas traspasan sus fronteras, y hay más de 6.000 sólo en Hungría. Alemania es el donante más generoso de ayuda a Europa Central y su más poderoso socio comercial, sumando más de la mitad del comercio total de la UE con los 13 países del Este. ‘Alemania está construyendo una región de copropiedad’, dice James Lister-Cheese, especialista en Europa del Este de Independent Strategy, una empresa de pronósticos económicos radicada en Londres". Y continúa el artículo: "Pero en realidad, Alemania tiene cada vez más definidas las características que el futuro continente adoptará. ‘Alemania será la potencia central en la nueva geografía de Europa’, dice Dominique Moïsi, subdirector del Instituto Francés de Relaciones Internacionales. En privado, algunos políticos franceses están preocupados de que el poderoso bloque alemán dentro de una gran UE neutralice la influencia de Francia".

"Algunos están preocupados porque Alemania está sustituyendo su antigua supremacía militar a través de la dominación económica y política. Sir James Goldsmith ha expresado su temor ante una federación de países europeos de inspiración alemana, un eje vital para la campaña del Partido del Referéndum [sobre Maastricht] en Gran Bretaña. Su retórica sugería que si Gran Bretaña entra en la UEM sería cediendo su soberanía directamente a Helmut Kohl, a través de los burócratas de Bruselas".

Incluso si el camino hacia la unión monetaria se completa, no significaría una reducción de las tensiones entre los Estados europeos. Todo lo contrario, las agudizaría. Este hecho es perfectamente comprendido por los observadores capitalistas más inteligentes, como demuestra la siguiente cita:

"El problema real es que el propio marco alemán aparece sobrevalorado frente a las monedas no europeas, incluyendo el dólar. Si el franco está sobrevalorado es debido a que ha sido contenido por el marco. Es difícilmente probable que en estas circunstancias el gobierno alemán tolerara una mayor devaluación unilateral francesa. Encuentra más justificables las depreciaciones británica e italiana, lo suficientemente difíciles de producirse. Si un futuro gobierno francés siguiese el consejo de muchos consultores financieros ingleses e intentase una devaluación unilateral, el daño no se limitaría a la UEM. Sería el peligro de una guerra monetaria internacional de unas características no vistas desde la Segunda Guerra Mundial" (Financial Times, 12/9/96).

‘La fortaleza europea’

Lejos de ser un paso en dirección al libre comercio, la UE es, por un lado, un bloque comercial regional dirigido contra EEUU y Japón y, por el otro, una alianza de potencias imperialistas dedicadas a la explotación colectiva del Tercer Mundo. Este modo neocolonialista de explotación no es menos sangrante que el saqueo abierto de las colonias realizado en el pasado basándose en regímenes de dictadura militar. En general, las mismas viejas colonias en África, Asia y el Caribe están siendo expoliadas por las mismas viejas sanguijuelas. La única diferencia es que este robo es efectuado "legalmente" a través del mecanismo del comercio mundial, por el cual los países capitalistas avanzados ejercen una dominación sobre las ex colonias ahorrándose el coste de la dominación directa, mientras continúan extrayendo enormes beneficios a través del intercambio desigual.

Pero a pesar de su relativo declive, Europa representa un formidable bloque comercial. Su mercado interno, valorado aproximadamente en 8,4 billones de dólares, es actualmente un 20% mayor que el de EEUU. Una de las principales metas de los capitalistas europeos es precisamente aunar fuerzas para tratar de proteger su mercado contra la competencia de los productos norteamericanos y japoneses. Lo que engendra la cólera de los capitalistas norteamericanos, que hace tiempo denominaban a la UE como "la fortaleza europea". Dada la escasez de demanda en Europa (Business Week recientemente escribió sobre una "recuperación europea a menudo indistinguible de una recesión"), las exportaciones a EEUU se han convertido en un salvavidas esencial. Debido al creciente valor del dólar y la caída del marco alemán, esto representa una seria amenaza a los intereses económicos norteamericanos. Por otro lado, una futura recesión en EEUU golpeará a Europa con dureza e incluso podría suponer una crisis profunda. Las ya altas tasas de desempleo se elevarán, agudizándose todas las contradicciones.

Henry Kissinger decía: "cuando quiero hablar a Europa, ¿a quién llamo?". La formación de la UE hace posible para las clases dirigentes europeas "hablar con una sola voz", al menos en teoría. Europa ha chocado con Washington en muchos temas, el más reciente las leyes Helms-Burton y D’Amato, que imponen sanciones a las empresas no norteamericanas que comercien con Cuba, Irán o Libia. Las tensiones entre Europa y EEUU no han desaparecido e inevitablemente crecerán en el futuro. Por esa razón es improbable que la UE formalmente se rompa. Los capitalistas europeos preferirán ahorcarse juntos para no terminar ahorcados por separado.

Pero a pesar de ello, las contradicciones entre los Estados europeos hacen imposible incluso un acuerdo sobre política exterior común. Las crecientes contradicciones entre los intereses de Francia y Alemania no se han manifestado nunca de manera más clara. Cuando Alemania necesitaba fondos extras para financiar la absorción de Alemania del Este, no vaciló en subir los tipos de interés sin consultar con París ni ningún otro socio. Con altas tasas de desempleo, un incremento de los tipos de interés era lo último que Francia necesitaba. En el terreno de la política exterior, las intrigas alemanas jugaron un gran papel en alentar a Croacia a declarar su independencia, provocando de este modo la ruptura de Yugoslavia, algo que entraba en contradicción con la política exterior francesa. París se vio obligado no sólo a aceptarlo, sino a enviar tropas más tarde para solucionar el embrollo, mientras Alemania se quedaba de brazos cruzados. La principal esfera de influencia del imperialismo francés aún es el norte de África y el Mediterráneo, mientras Alemania mira al Este y aspira a incluir a sus nuevos clientes de Europa del Este en la UE (una amenaza directa al futuro de la Política Agraria Común, que es vital para los intereses agrícolas franceses).

En marzo de este año, los países de la UE fueron incapaces de acordar una política común para Albania. Italia y Grecia, con el respaldo de Dinamarca y Francia, querían enviar una gran fuerza europea a Albania, pero la mayoría de los países, encabezados por Gran Bretaña, Alemania y Suecia, se opusieron. Finalmente, los italianos y los griegos enviaron tropas de todos modos, pero el resto permaneció al margen.

La reciente visita del presidente Clinton a Londres, con toda su propaganda sobre su "amistad" con Tony Blair y el pretendido resurgimiento de una "relación especial" con Gran Bretaña, no es un accidente. A Washington le gustaría tener un aliado de confianza en la UE, y ve a Gran Bretaña como el candidato más adecuado, sino el único. Es precisamente esta "amistad" con EEUU la que tradicionalmente levantó los recelos de Francia, lo que no les impedirá convertirse en aliados contra Alemania en el próximo período.

En un intento de asustar a sus oponentes en la UEM, Kohl incluso retomará el fantasma de una futura guerra en Europa. "La política de integración europea", dijo, "es en realidad una cuestión de guerra y paz en el siglo XXI" (The Independent, 3/2/96). Kohl demagógicamente apela al "internacionalismo": "No deseamos regresar al Estado nacional del pasado, que no puede resolver los grandes problemas del siglo XXI. El nacionalismo ha traído un gran sufrimiento a nuestro continente" (ibid.). Lo que quiere decir es que Gran Bretaña, Francia y todos los demás deberían dejar de lado su nacionalismo y humildemente aceptar el liderazgo del capitalismo alemán. ¡Sin embargo, los otros países tienen un punto de vista algo diferente!

Una opinión diametralmente opuesta se reflejó recientemente en el libro El corrompido corazón de Europa, de Bernard Connolly, un viejo burócrata de Bruselas encargado de poner en marcha la UEM, en el que advierte que el intento de avanzar en la unión monetaria puede conducir a una agudización de los conflictos nacionales en Europa e incluso a la guerra. En un lenguaje altamente sensacionalista, Connolly señala: "Aun así, el cinismo de los tecnócratas franceses, traidores a su propia gente, y el arrogante, autoritario y amenazador celo de los federalistas alemanes no hablan de las grandiosas ambiciones de Helmut Kohl. El resultado de este choque de fuerzas no puede todavía predecirse con detalle. Pero será extremadamente desagradable para los pueblos de Europa". El tono apocalíptico de la frase de Connolly es exagerado, pero no hay que olvidar que es un alto cargo oficial y sin duda dice en voz alta lo que otros están pensando. En los pasillos del poder en Londres y París, hay un murmullo persistente sobre las intenciones de Alemania. El choque de intereses hará aún más encarnizadas las contradicciones de la UEM.

En la última mitad de siglo, la idea de la guerra ha retrocedido en la conciencia de las masas europeas. A pesar de todo, hace cien años el anarquista Kropotkin señalaba que "la guerra es la condición natural de Europa". Históricamente es verdad. Sólo el peculiar equilibrio de fuerzas resultante de la Segunda Guerra Mundial permitió que la guerra, al menos la guerra entre las grandes potencias, fuese apartada del orden del día. Sin embargo, estamos ahora entrando en un nuevo y turbulento período de la historia. Las tensiones existentes entre EEUU, Japón y Europa, en otro momento ya hubiesen conducido a la guerra. Pero con la existencia de las armas nucleares y el horroroso conjunto de métodos bárbaros de destrucción (armas químicas y bacteriológicas), la guerra entre las principales potencias implicaría la aniquilación mutua, o al menos significaría un precio tan terrible a pagar que hace que no sea una perspectiva nada atractiva, excepto para los generales ignorantes y desequilibrados.

Sin embargo, y a pesar de todo lo anterior, la guerra de Bosnia fue un recuerdo de la pesadilla que se puede dar si la clase obrera fracasa en su misión histórica de transformar la sociedad. Las advertencias de Kohl en ese sentido son un tanto sintomáticas. En el convulsivo período al que nos encabezamos, los trabajadores europeos tendrán muchas oportunidades de transformar la sociedad. Pero si fracasan, en un determinado momento puede haber un giro hacia la reacción. No es lo más probable que ésta tomase la forma de un régimen fascista clásico como en los años 20 y 30. La clase dominante se quemó seriamente los dedos con Hitler y Mussolini. No entregarán el poder del Estado a un loco fascista. Pero es bastante posible que traten de establecer un régimen de bonapartismo, una dictadura policiaco-militar como la de Pinochet en Chile. En condiciones modernas, tal régimen puede tener un carácter feroz. En caso de crisis extrema, no puede teóricamente excluirse que pudiese conducir a una guerra en Europa, aunque tal acontecimiento es poco probable. No obstante, el hecho de que tal posibilidad fuese planteada públicamente por Kohl es una señal del cambio profundo en la situación. En las condiciones actuales, la perspectiva que se abre no es la de una guerra entre los diferentes Estados europeos, sino la de una guerra de clases en cada país.

 


Una alternativa socialista a la Unión Europea (2)

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