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Fundación Federico Engels .. |
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Octubre, segunda etapa |
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Federación Nacional de Juventudes Socialistas |
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Antecedentes de la revolución La crítica de las grandes jornadas revolucionarias de octubre no puede hacerse desestimando todos aquellos acontecimientos acaecidos en nuestro país en estos últimos años. Para enjuiciar, aunque objetivamente, la revolución de octubre, es imprescindible acudir al examen de todos los acontecimientos, ya que sería necio querer analizar una revolución solamente por sus efectos, sin tener en cuenta su largo proceso de formación y sus causas históricas. La solvencia y responsabilidad política del movimiento socialista español, bien patentizada en todos sus actos a través de su partido y de sus juventudes, impone una crítica severa, pero elevada, que responda a los compromisos históricos del PSO, teniendo siempre en cuenta que ha sido y será la columna vertebral de todos los movimientos revolucionarios de España. No es la revolución un hecho casual, ni la determina la voluntad de los hombres: mucho menos, la engendra y desencadena el verbalismo revolucionario de quienes sistemáticamente han sido nuestros enemigos y detractores por creerse en posesión del aparato que regulaba la marcha de todo un proceso revolucionario. Sería imperdonable que el PSO y sus juventudes enjuiciaran la revolución de octubre sin tener en cuenta los hechos y las razones fundamentales que la determinaron, y que, más tarde o más temprano, volverán a darse sobre bases más sólidas y condiciones más objetivas. Es evidente que no pueden escamotearse las verdades de la revolución, ni rozar simplemente sus problemas, en nombre de una posición de crítica revolucionaria que sólo expresa una impaciencia y una miopía absoluta para distinguir las causas que imponen la insurrección del 4 de octubre y el fracaso momentáneo de ésta. Las masas que han participado en las luchas de la revolución no pueden admitir, en nombre de ésta, una crítica torpe e irreflexiva dirigida solamente en un interés de partido y con la pretensión de responsabilizar a quien ha sido su motor y guía. La crítica está por encima de una concreción de hechos. Es preciso buscar los antecedentes de la insurrección y sacar de ellos las deducciones justas que pongan al descubierto los errores y los aciertos de las epopeyas de octubre; con ello contribuiremos a enriquecer la experiencia revolucionaria de nuestro movimiento obrero.
Etapas de la revolución En febrero de 1917 el proletariado ruso se sacudía el yugo de los zares, haciendo triunfar una revolución democrático-burguesa. En el mes de agosto del mismo año el proletariado español, conducido por el PSO y la Unión General de Trabajadores, en alianza con la CNT y en inteligencia con la pequeña burguesía, se lanzaba a un movimiento revolucionario. Lleva las de perder. La burguesía triunfa, derrota al proletariado e instaura una etapa de terror blanco. Se rehace el movimiento obrero y empieza de nuevo a formar sus cuadros políticos y sindicales. En el mismo ciclo histórico registran los trabajadores alemanes y húngaros la derrota de sus revoluciones. La revolución rusa influye poderosamente en el movimiento socialista español como en el de todo el mundo. Con Rusia o contra Rusia. He ahí la consigna que flotaba en todos los medios proletarios. En 1919 surge la escisión dentro de la Federación Nacional de Juventudes Socialistas y se constituye el primer Partido Comunista, que se denomina Partido Comunista Español, Sección española de la III Internacional. El PSO vivió esa crisis de crítica de la socialdemocracia mundial. En su seno se abrieron las discusiones más violentas en torno a la revolución rusa. Termina enviando una delegación al país de los sóviets. La III Internacional establece las 21 condiciones que, lejos de permitir y posibilitar la solución del problema que latía en el seno del proletariado mundial, significaban un obstáculo y un emplazamiento. La intransigencia e incomprensión caracterizaban las 21 condiciones. Se pretendía absorber a todos los partidos socialistas del mundo bajo la acción revolucionaria de dicho organismo, erigido en director de la revolución mundial. En el año 1921 se produce una nueva escisión en el Partido Socialista Obrero, y se constituye un nuevo Partido Comunista Obrero con carácter independiente. El primero tenía su órgano de expresión, El Comunista; el segundo, La Antorcha. El Partido Socialista no ingresa, pues, en la III Internacional. La historia del movimiento obrero español no designó aún quién debe cargar con la responsabilidad de este hecho, cuyas causas hay que buscarlas más en Moscú que en Madrid. El PSO resiste todas las pruebas y va reconstruyéndose después del fracaso de la revolución de 1917. El movimiento obrero se divide, gastando sus energías en luchas fratricidas entre sí. Los partidos comunistas se atacan mutuamente, y éstos, a la vez, combaten al PSO. La CNT, en su concepción del Estado y en sus posiciones apolíticas, ataca a todos, y ella es atacada a su vez. No obstante esta lucha, la CNT es uno de los primeros organismos sindicales que había aceptado la revolución rusa, que participaron en la constitución de la Internacional Sindical Roja. En el año 1919 había pactado con la UGT para una acción conjunta y concreta. Pacto que no ha respondido a ninguna realidad. Los dos partidos comunistas terminan fundiéndose y haciendo un solo frente atacan violentamente en el terreno político y sindical todas las posiciones socialistas. Tienen la consigna de la absorción del movimiento obrero. La lucha de clases, en este período, adquiere caracteres alarmantes; el desastre de África, el problema de Cataluña, la radicalización de las masas va acercando al proletariado a la revolución. El problema de las responsabilidades por la muerte de once mil trabajadores en tierras marroquíes aglutinaba a las masas obreras y a la pequeña burguesía. La ola revolucionaria crecía. El espejismo de la revolución rusa, los acontecimientos de Italia y Alemania hacían aumentar el sentimiento revolucionario del pueblo. La gran burguesía española cortó el peligro de la amenaza revolucionaria con un golpe de Estado militar en el mes de septiembre de 1923, instaurando un régimen dictatorial. Queda deshecha la bandera de responsabilidades, la legalidad de los partidos y organizaciones obreras, sometiendo a la clase trabajadora a los fueros de lo arbitrario, arrebatándole todas sus conquistas. La única voz de protesta que se levanta en toda la opinión es la del PSO y la UGT., que lanzan, conjuntamente, un manifiesto nacional poniéndose enfrente de aquel Gobierno faccioso. Ni una palabra más de protesta se oye de ninguna de las agrupaciones políticas y sindicales del país. El PSO se queda solo en su postura. El golpe de fuerza ahogaba su acción. Queda el país sometido a un Gobierno dictatorial; pero la clase obrera, agrupada en el PSO y en la UGT, había descargado su responsabilidad denunciando a la opinión pública la gravedad de aquel hecho. El dictador ha tenido muy en cuenta este gesto de la clase obrera. Para los socialistas no cabía duda que aquel régimen no tardaría en caer, dando con ello un avance a la revolución, puesto que la situación económica de España así lo determinaría, cumpliéndose, como siempre, las leyes materialistas de la historia. El movimiento obrero español entra en este momento en un período difícil de ilegalidad. Únicamente salva esta etapa, aceptando un juego de oportunismo revolucionario más o menos acertado, el PSO, sus Juventudes y la UGT. Las masas sufren una crisis psicológica, se dejan arrastrar, en parte por el señuelo de que el nuevo régimen venía a purificar la Hacienda y borrar las vergüenzas de los anteriores Gobiernos, caracterizados por el despilfarro y el latrocinio más descarado. Pronto se consume esta ilusión. El régimen dictatorial había venido a salvar a la Monarquía, a aplastar las ansias revolucionarias de la clase obrera y a servir los intereses de la gran Banca, de la Iglesia y de los terratenientes, con el propósito de iniciar una política de monopolios y de desarrollo de un plan de gran capitalismo en un país cuyas posibilidades no lo permitían. El empobrecimiento del pueblo, por su baja de poder adquisitivo, la creación de monopolios y de una gran burocracia, la inmoralidad política y administrativa, la falta de libertades mínimas, la situación de angustia de la pequeña burguesía, del proletariado y de los campesinos, el descontento de una parte del Ejército, las rebeldías de la juventud estudiantil, hizo que una coincidencia de sentimiento creara una fuerte opinión pública en contra de aquel régimen de oprobio y tiranía. Los problemas de la clase obrera coincidían con los de la pequeña burguesía, o los de la pequeña burguesía con los del proletariado, dando como resultado una rebeldía común. Las masas productoras no disponían de más aparato político y sindical que aquel que ofrecía el PSO, sus Juventudes y la UGT. Orgánicamente interpretaban los intereses de la clase obrera en general, en coincidencia con los de la pequeña burguesía. La revolución se hallaba ante una nueva coyuntura histórica. Sólo podía salvar a la burguesía una salida democrática hábilmente manejada. El proletariado se aprovecha de aquel nudo histórico. El Partido Socialista Obrero y la UGT establecen un compromiso revolucionario con la pequeña burguesía que tienda a derribar la Monarquía e instaurar una República, para con ella abrir paso a una legalidad, a un Parlamento, al disfrute de unas relativas libertades y concesión de unas reivindicaciones fundamentales para la clase obrera. (Jornadas de trabajo, ley de contratos, jurados mixtos, control obrero, etc.) Para la burguesía ya no era garantía el Gobierno dictatorial presidido por un general. La situación económica del país reclamaba con urgencia una legalidad, una estabilidad política. Nuestra divisa alcanzó en aquella fecha su mayor depreciación. Se hacía preciso un cambio radical en la política. A esta situación se unía el creciente descontento de la pequeña burguesía y del proletariado. El dictador, en su agonía política, no hacía más que cometer verdaderos dislates. La Monarquía tenía minados todos sus fundamentos políticos. Fue preciso dar paso a un Gobierno de simulado carácter civil, que venia a ofrecer la legalidad: unas elecciones y una normalidad política. (Gobierno Berenguer.) A mediados del año 1930 cae, al fin, la Dictadura. Las masas populares acogen el acontecimiento con verdadera satisfacción. El ánimo se eleva y se vive una intensidad política formidable. En medio de una semilegalidad, la revolución se va madurando. En diciembre estalla el movimiento revolucionario, con el fracaso momentáneo del proletariado. No obstante, la moral de las masas se eleva y radicaliza. Una ola sentimental envuelve el ambiente en torno a los héroes populares de diciembre, simbolizados en los dos capitanes fusilados en Huesca (Galán y García Hernández) y en el Comité director del movimiento, que se halla en la cárcel. La gran burguesía, a través de su equipo gobernante, convoca unas elecciones para salir taimada y falsamente a una legalidad. La clase obrera y la pequeña burguesía, fieles a un compromiso y en coincidencia de posición histórica, desprecian la llamada electoral. Las elecciones no se producen. El Gobierno-puente cae envuelto en el odio popular más feroz. Le sustituye un nuevo equipo con tonos más liberales, para que presida unas elecciones sinceras. Las masas populares, fervorizadas, llenas de ilusiones democráticas, elevan el concepto República a la categoría de mito. Así acuden a las elecciones del día 12 de abril de 1931, y se hacen con la casi totalidad de los Municipios españoles. La República burguesa se imponía, la voluntad popular soberana había triunfado. Los hombres que representaban al proletariado y a la pequeña burguesía en un compromiso (Pacto de San Sebastián), lo llevaban a la realidad, y el 14 de abril se hacía cargo de la gobernación del pueblo, mientras huían los representantes típicos de una Monarquía secular, entre la mofa y exaltaciones de triunfo de las multitudes enardecidas. La revolución democrático-burguesa había triunfado gracias a la acción conjunta del proletariado con la pequeña burguesía, representada en todos los grupos republicanos del país.
Después del triunfo de la República El triunfo de la República significa abrir grandes perspectivas para el movimiento obrero en general. Hay una basculación de situación, haciendo caer al proletariado de una situación de excepción ilegal, de un régimen de Dictadura y tiranía, en uno de libertad y democracia burguesa. Las ilusiones democráticas invaden a todas las capas de las clases medias, que vienen del campo de la burguesía, y al proletariado. El movimiento sindical marcha a un ritmo acelerado y en un sentido ascendente va absorbiéndolo todo. Se constituyen sindicatos médicos, se organizan los maestros, los trabajadores de la administración, se fortalecen y multiplican en sus efectivos todos los Sindicatos veteranos de los oficios liberales y manuales. Esta potencia sindical logra mejorar las condiciones de vida del proletariado, aumentando sus salarios, haciendo respetar la jornada de trabajo y conquistando una personalidad social antes negada. El panorama del movimiento obrero cambia de fisonomía y adquiere tonos fuertes y esperanzadores. Las mejoras económicas de la clase trabajadora influyen, como es natural, en su mentalidad política, que, poco a poco, va transformándose y adquiriendo una mayor conciencia de clase. Esto le lleva a cubrir la etapa democrática y de ilusiones sociales para caer en las grandes realidades de la lucha de clases observadas a través de las contiendas sindicales y el forcejeo sostenido constantemente con las fuerzas patronalitas antes de arrancarles ninguna conquista económica. El proceso ascendente de la revolución es alarmante para la gran burguesía, y en el temor empieza a contagiarse la pequeña burguesía, que teme perder el control de la revolución democrática. De todos estos movimientos de opinión y masas es eje el PSO y la UGT. Las demás fuerzas obreras, excepción de la CNT, se mueven en torno a estos grandes movimientos como satélites insignificantes de la revolución. Hay en este período un hecho que no puede olvidarse por lo que significa y por lo que revela; él dice, por sí solo, hasta qué grado ha sido influyente en las masas, cómo han conmovido a todas las capas del proletariado, las ilusiones democráticas y el mito republicano. La Monarquía y la Dictadura habían tenido en el mayor abandono a todo el campesino español, que se debatía entre la más espantosa miseria, padeciendo los rigores de un caciquismo cerril y retrógrado, la tiranía económica del usurero a los pequeños propietarios y arrendatarios y los salarios de hambre y las jornadas agotadoras a los campesinos pobres. El nuevo régimen abrió grandes posibilidades. Desató las rebeldías de los campesinos, que desde aquel momento impusieron sus derechos, y con ellos lograban sus mínimas reivindicaciones. Gran parte de los campesinos habían vinculado en el triunfo de la República como el triunfo de su revolución, apoderándose de la tierra en muchos sitios y repartiéndosela, hasta que la Guardia civil les hacía ver prácticamente la diferencia que existía entre la República democrática y la revolución de los obreros y campesinos. (Toma de tierras de Andalucía y Extremadura en los primeros meses de la República.) Lo cierto es que las masas campesinas luchan valientemente por sus reivindicaciones de clase, se organizan, establecen contratos de trabajo, imponen jornadas legales en el campo, donde se conocían jornadas de sol a sol; se racionaliza el trabajo, encerrando las máquinas para no producir paro. Sus condiciones de vida mejoran notablemente, alcanzando los jornales el índice más elevado en toda la historia de nuestro agro. Esta situación permite la organización nacional de los campesinos en torno a una federación, que, para constituirse, reúne en la capital de la República a unos centenares de campesinos, que en un Congreso histórico por su significado, no por su contenido, dada su dirección, representaban a medio millón de esclavos de la tierra. Comicio de más valor revolucionario tardará en producirse. El movimiento sindical de UGT, que hasta entonces se apoyaba en los trabajadores industriales, contaba, desde aquel momento, con una organización de campesinos y con la incorporación de la mayor parte de las colectividades liberales, que por primera vez militaban en una Central sindical bajo la bandera de la lucha de clases. La marcha ascendente de la revolución amenazaba para dentro de un plazo breve el régimen democrático, que era evidente que no podía dar satisfacciones plenas a los intereses de clase de los trabajadores y campesinos.
La pequeña burguesía y su papel en la República y en la revolución El compromiso revolucionario de San Sebastián, plasmado en la realidad de un nuevo régimen republicano, hace que el desarrollo de la revolución democrático-burguesa se efectúe por la pequeña burguesía con el apoyo de la clase obrera (tres ministros socialistas en el Poder), que ofrece una colaboración ministerial. La colaboración del PSO era tanto como asegurar la existencia o no de la segunda República española. La pequeña burguesía no tenía, por sí sola, fuerza suficiente para asumir la responsabilidad del Poder; ni el proletariado, por otra parte, podía dejar en manos de éste el nuevo régimen. Pero, a su vez, el movimiento obrero era incapaz de asegurar, por sí solo, la revolución democrática, ya que no podría sostenerse en el Poder de no hacer una política abiertamente burguesa. Eran, pues, razones fundamentales e históricas las que se interponían entre el proletariado y la revolución. ("Seguramente, ahora casi todo el mundo ve que los bolcheviques no se hubieran mantenido en el Poder, no dos años y medio, sino ni siquiera dos meses y medio, sin la disciplina severísima, verdaderamente férrea, de nuestro Partido, sin el apoyo completo e incondicional de toda la clase obrera, esto es, de todo lo que ella tiene de consecuente, de honrado, de abnegado, de influyente y capaz de arrastrar tras de sí a los demás sectores...", Lenin). Estas razones hacen que el régimen republicano tenga, en su desarrollo, tres fases fundamentales: aquella que corresponde a una composición de gobierno de la pequeña burguesía y proletariado (Gobiernos republicano-socialistas) y la que sigue caracterizada exclusivamente por la pequeña burguesía (Gobiernos Lerroux-Martínez Barrios), con el apoyo directo e indirecto de la gran burguesía, para caer más tarde en Gobiernos representantes directos y genuinos de la gran Banca, de la Iglesia y de los terratenientes, que en bloque gubernamental representan los altos intereses nacionales... El primer impulso del régimen es elaborar una carta constitucional amplia en todos sus sentidos: social, religioso, político, económico y jurídico. Recoge en su articulado los derechos a expropiaciones sin indemnización, posibilidad de socializar las industrias, anteponer los intereses colectivos a los privados. La pequeña burguesía aprueba la carta constitucional. Pero pronto la presión de la gran burguesía y de la Iglesia impone sus intereses y empieza a ejercer su influencia en las tareas legislativas de las Constituyentes. Roma había estado siempre presente en ellas y en el primer Gobierno de la República, que mantenía dos ministros fervorosamente católicos... Los socialistas no podían cifrar grandes esperanzas en la letra y espíritu de la Constitución sin olvidar su sentido de clase para todas las cosas. (La lección de Weimar estaba presente.) Sin embargo, era evidente que, aprobada la carta fundamental del nuevo régimen, existían posibilidades revolucionarias. Las leyes complementarias habían de sujetarse al espíritu y letra de la Constitución. La pequeña burguesía se asusta de su propia obra. Da marcha atrás. Las Constituyentes conocieron la obstrucción más vergonzante de la pequeña burguesía inspirada en los altos intereses del clero y del capitalismo. Las Cortes Constituyentes cayeron sin razón constitucional porque así lo exigieron los intereses reaccionarios, inspirados siempre por el Vaticano, quien tenía y tiene a su primer representante en el Palacio de Oriente... La primera etapa de la República se caracteriza por su contenido democrático, por el aumento incesante de los cuadros sindicales y políticos, por las luchas reivindicativas del proletariado, que, aprovechándose de unas circunstancias relativamente favorables, logra mejoras económicas inmediatas. La conciencia política de las masas se consolida a medida que disfrutan de las pequeñas concesiones democráticas y legalitarias. La fuerte corriente ascensional del proletariado va absorbiendo y desplazando a la pequeña burguesía, que cada vez se siente más débil y empequeñecida. (Lucha entre los partidos republicanos y choque de posiciones en el propio Parlamento.) Es natural que, a medida que el proletariado lograba ganar posiciones en el terreno de la revolución, la pequeña burguesía las perdiera en perjuicio de los intereses de todas las oligarquías existentes. Se iba dibujando el peligro de perder la hegemonía política, social y económica de la República. La República, desde el primer momento, legisla débilmente, sin audacia, sin canalizar la gran corriente de opinión que posee, que le permitía cubrir los puntos programáticos más esenciales de toda revolución. No profundiza su acción innovadora en contra de todas las viejas instituciones estatales del régimen derrocado. Actúa a la superficie de todos los problemas, atiende a las ramas del viejo régimen sin tocar su tronco ni sus raíces. He ahí la razón por la cual, paralelamente al proceso ascendente del proletariado, van retoñando todas las oligarquías financieras y políticas, si cabe, más vigorosas que antes. Van reagrupándose las fuerzas de la contrarrevolución apoyándose en los errores de la República, en sus debilidades, al no saber interpretar los postulados históricos de la revolución burguesa. Con ello cree contener los ímpetus de las masas trabajadoras, y lo que logra es acercarlas más a sus batallas decisivas. La presión que ejerce la gran burguesía, con su juego de intereses económicos, obliga a que el proletariado salte de la participación ministerial para dejar paso a un Gobierno netamente republicano. (Segunda fase que interpreta fielmente los intereses de la burguesía.) Pero, antes de este hecho, se produce (l0 de agosto) el intento de un golpe de Estado de extrema reacción, que el Gobierno republicano-socialista reprime, sin poder el proletariado imponer la condición de armarse y defender la República. La burguesía sabía que aquello hubiera significado abrir una coyuntura favorable a la revolución profunda y auténtica del proletariado, desposeído, en parte, de las ilusiones democráticas y del mito republicano...
Nuestra salida del poder La salida del PSO del poder significaba la paralización, absoluta y violenta, del desarrollo de la República democrática y burguesa. La pequeña burguesía se hacía cargo del poder, alentada por la defensa de los altos intereses nacionales. Desde ese momento se inicia una acción regresiva en la legislación y en todos los órdenes de las actividades políticas y económicas. La colisión de intereses entre burguesía y proletariado se va poniendo de relieve. Estos antagonismos hacen que pronto las masas trabajadoras se den cuenta de que el movimiento obrero empezaba una nueva era social llena de peligros. Es entonces cuando empiezan a enfrentarse dos posiciones históricamente antagónicas. Se había abierto una etapa, más o menos bien aplicada, de coincidencias, y se abría otra nueva con todas sus consecuencias. El PSO, al salir del poder, rompía definitivamente su compromiso con la pequeña burguesía y se replegaba a sus disposiciones de clase para dar continuidad a la revolución y prepararse para el asalto del Poder político, y desde él iniciar la trasformación profunda y radical del régimen, atendiendo a sus realidades económicas. Las ilusiones democráticas se van perdiendo a medida que las luchas se desarrollan. El mito de la República se deshace así que van quedando al descubierto todas sus características propias. Las masas, con nuevas experiencias, radicalizadas, consideran que la democracia desde aquel momento es un mito; que el Parlamento, desde aquel instante, es una entelequia; que se ha llegado al momento histórico de decir que hay que prepararse para la insurrección, para la conquista violenta del poder político, y tras él implantar la dictadura del proletariado. (Dictadura por dictadura, la nuestra). La pequeña burguesía es incapaz de resistir la nueva etapa revolucionaria que se desencadena por todo el país. El capitalismo exige de ella las garantías suficientes para tener a salvo sus intereses de clase, cada vez más comprometidos. Impone para ello el estrangulamiento del movimiento revolucionario, el desmontaje de toda la legislación de la primera etapa del régimen republicano. (Ley de Jurados mixtos, Asociaciones, de Contrato, Términos municipales y toda clase de intervencionismos del Estado. Campañas furibundas de prensa de izquierda y de derecha...) La pequeña burguesía, que no habla sido lo suficientemente fuerte para asumir la responsabilidad del poder desde el primer momento de la República, tampoco lo era para deshacer el peligro de la revolución, ni para hacer retroceder al proletariado. Ha sido preciso que se aliara a la gran burguesía, que se apoyara en la gran Banca, en la Iglesia, en los grandes terratenientes, para asegurarse así la hegemonía política y poder cumplir con las exigencias de la reacción. (Elecciones de noviembre de 1933, de Martínez Barrio, confabulado con todas las fuerzas de la reacción y tolerando toda clase de atropellos a las derechas desde el poder.) En estas condiciones responde a la lucha el PSO, enfrentándose con todas las fuerzas de la burguesía, y con el Partido Comunista, que, situado en intención a la extrema izquierda del movimiento, coincidía en sus ataques al Partido. Las elecciones escamotean al Partido más de cien actas. Con ello surge un Parlamento monárquico en una República de Trabajadores de todas clases. La pequeña burguesía había o estaba a punto de cumplir con su deber, y procuraría traspasar los poderes a la gran burguesía para que pudiera defender directamente sus intereses de clase. El efecto moral que produce en las masas obreras el resultado de las elecciones es enorme. Desde aquel momento se desenvuelve el proletariado en una constante defensiva por todas sus conquistas logradas. Desde este momento empieza la ofensiva de la reacción, envalentonada por su triunfo electoral. Se vulnera la legislación, no se respetan los contratos colectivos, los salarios tienen una caída vertical, se clausuran los centros, las detenciones arbitrarias están a la orden del día, se destituyen Ayuntamientos injustamente, los caciques recobran su libertad de acción, se condena al hambre y a la mayor miseria a los campesinos; empieza, en fin, el acorralamiento de la clase obrera, como si fueran verdaderas alimañas. Esto determina que la radicalización se vaya acentuando, que el sentimiento revolucionario se extienda y las bases de la revolución se ensanchen constantemente. La reacción había emprendido, apoyada descaradamente por la pequeña burguesía, un desquite, polarizando la lucha de clases en sus grados más extremos: fascismo o revolución. El campesino empieza a sufrir las consecuencias de la reacción brutal del campo, exaltando las más fuertes rebeldías que habrían de producir constantes luchas. Se produce la huelga nacional de campesinos. La gran burguesía, que había llevado a extremos exagerados su victoria ficticia, empezaba a enfrentarse de nuevo con las capas de la pequeña burguesía. Una correlación de clases y de hechos fue conduciendo históricamente a las masas laboriosas hacia la revolución...
El problema de Cataluña La concesión del Estatuto de Cataluña por las Cortes Constituyentes y por el Gobierno republicano-socialista coloca a la región autónoma en. unas condiciones de privilegio para su desenvolvimiento político con respecto al resto del país. Las aspiraciones tantos años sentidas de la pequeña burguesía catalana a través de sus hombres políticos, simbolizadas en Maciá, habían logrado captar la voluntad de una gran masa de opinión en torno a los problemas nacionalistas exaltados por el Avi y recogidos en programa político por el Estat Catalá. Cataluña había sido, en efecto, la primera región que proclamó su República después de las elecciones de abril de 1931. La pequeña burguesía catalana incorporó su República a la española porque un problema común lo exigía. (Pacto de San Sebastián, conversaciones en Barcelona entre Maciá, Marcelino Domingo y otros para convencer al Avi de que no debía crear ningún problema al Gobierno central, que desde aquel momento se comprometía a conceder a Cataluña una Autonomía o un Estatuto.) La República viene a calmar las aspiraciones de la pequeña burguesía catalana. La concesión del Estatuto lleva a la dirección política de la región a las fuerzas de izquierda que habían acaudillado el movimiento nacionalista durante tantos años. Las ilusiones democráticas crecen y se desarrollan en Cataluña con la misma rapidez que en el resto de España. Las masas de la pequeña burguesía, llevando tras de sí a una gran parte de la opinión pública, que se deja arrastrar por una ola de ilusiones, por un verbalismo pequeño burgués, sin contenido que caracterizaba a los hombres más responsables de aquella situación política. (Maciá, Companys, Gassol, etc.) La CNT se enfrenta con aquella situación falsa, sin arraigo social y sin base. Sobre una atmósfera corrompida y un sentimentalismo infantil demagógico se estaba construyendo un castillo de naipes. Las fuerzas del PSO y de la UGT también se colocaron al margen de aquella marcha triunfal de la pequeña burguesía, embriagada de frases y ausente, por el contrario, de las realidades políticas. El panorama político de Cataluña ofrecía en aquellos instantes el contraste, fuerte y vivo, de que a medida que en el resto del país las masas se radicalizaban, destruían el mito de la República burguesa y se deshacían de los prejuicios de la democracia burguesa, en Cataluña iba profundizándose estos conceptos y ganando a las masas. El Gobierno central iba abriendo un proceso de retroceso; la pequeña burguesía del resto de la península cedía ante el empuje de las masas revolucionarias, perdiendo posiciones que eran ganadas en la polarización de la lucha por la gran burguesía. En Cataluña se efectuaba el proceso contrario. La pequeña burguesía se afianzaba, aunque en posiciones falsas, con perjuicio aparente para los altos intereses de la gran burguesía catalana, interpretados fielmente por la Lliga y sus secuaces. (Elecciones del Parlamento catalán. Derrota de la Lliga. Retirada de la Lliga del Parlamento catalán. Elecciones municipales.) El choque entre los dos Poderes era evidente; tarde o temprano había de producirse. La política del Gobierno central y la de la región autónoma marchaban en dirección diametralmente opuesta. Uno era la representación típica de la pequeña burguesía en una etapa de ilusiones democráticas, y otra era la representación genuina de la gran burguesía en el papel de desmontar toda una etapa de Gobierno anterior caracterizado precisamente por otra etapa democrática. El aniversario de la República, el 14 de abril de 1934, se manifiesta en toda España con frialdad. La clase trabajadora nada tenía ya de común con una República reaccionaria que iba entregando poco a poco el régimen a sus enemigos más abiertos. Donde únicamente se celebra la conmemoración del tercer aniversario de la proclamación del nuevo régimen es en Cataluña. Cada edificio ostentaba la bandera catalana y la bandera de la República; se hacen grandes fiestas, y las masas populares las suscriben lo mismo que en años anteriores lo habían hecho en Madrid. Esto ponía de relieve dos situaciones, dos corrientes políticas, que marchaban a estrellarse, y en las que se apoyarla la clase obrera en un oportunismo revolucionario en beneficio de sus intereses de clase y de su revolución. Al amparo de aquella situación de fervor republicano, las masas campesinas reaccionan en torno a sus problemas económicos inmediatos. (Luchas de los rabassaires. Huelgas.) Sostienen sus luchas. La CNT, declarada casi ilegal, está frente a la Generalidad con toda violencia, porque el trato que se la dispensa es semejante o peor al que estaba acostumbrada a recibir de los que fueron virreyes de la Dictadura y de la ignominiosa Monarquía. El consejero de Gobernación, Dencás, que personalizaba la política de persecución, sufre un atentado. Las fuerzas políticas encuadradas en la UGT, Bloque Obrero y Campesino, Sindicatos Autónomos (Treintistas), PSO, Juventud, Unió Socialista, constituyen en Cataluña la primera Alianza Obrera de España. Empezaba a penetrar en las masas un sentido de responsabilidad revolucionaria con esa intuición que caracteriza a los trabajadores durante la formación histórica de los grandes acontecimientos. En el resto de España se iba acentuando la política de derechas en forma escandalosa y arbitraria. En Cataluña la de izquierdas, la de la pequeña burguesía. La idea de la revolución flotaba en el ambiente. La Alianza Obrera de Cataluña marca una pauta. La consigna de Alianzas Obreras la aceptan las masas y cunde por todas partes. Éstas se van constituyendo allí donde la armonía de la clase obrera y el sectarismo no lo impide. La alianza de todos los trabajadores era imprescindible para poder responder a las grandes batallas de clase que se avecinaban. La Alianza Obrera de Cataluña tiene su primera crisis al plantearse la necesidad de que Unió Socialista retirara la colaboración que venía prestando al Gobierno de la Generalidad (un consejero). La Unió Socialista, aliada a la pequeña burguesía, no tenía en cuenta las grandes lecciones de la historia. Encerrada en una falsa realidad catalana, despreciaba olímpicamente las grandes realidades de la revolución, siempre por encima de todas las particularidades, y se niega a retirar su colaboración y se aparta de la Alianza Obrera. La lucha va perfilándose y los campos van definiéndose, para que en su día la historia pudiera catalogar a quienes estaban sobre una base auténticamente revolucionaria y quienes contribuían, jugando con los intereses de la clase obrera, a montar un falso tinglado revolucionario para representar una farsa. Los rabassaires quieren lograr sus reivindicaciones fundamentales. Nunca mejor que en aquel momento, que, muerto Maciá, dirigía el Gobierno autónomo su presidente, el honorable Companys. Este tiene que dar satisfacciones a los rabassaires. El Parlamento catalán vota y aprueba una ley de cultivos. El Gobierno central, que va a la deriva movido por los fuertes oleajes de la gran burguesía, impugna la ley promulgada por el Parlamento de la región autónoma. El Tribunal de Garantías Constitucionales acuerda la inconstitucionalidad de la ley y decreta su incumplimiento. La colisión, el choque de dos posiciones políticas, surge. La guerra entre los dos Gobiernos estaba declarada. Desde aquel momento la pequeña burguesía española se aglutina y se pone al lado de Cataluña. Empiezan a considerarla como el baluarte más firme de la República. El ataque a la Autonomía catalana, al Estatuto, que había establecido un precedente apoyándose en textos constitucionales, pone en guardia al nacionalismo vasco, que anhelaba y venía luchando por lograr su propia autonomía. Esto lleva a los dos nacionalismos a un compromiso de solidaridad. Cataluña, regida por un Gobierno de izquierda, hace un compromiso político con el nacionalismo vasco, que se caracteriza por su mentalidad política medieval y por su archirreaccionarismo. Un nuevo aspecto de la lucha se pone al desnudo, aunque no habría de tener en la hora de la verdad grandes resultados. Pero, sin embargo, el conflicto de las Vascongadas es un episodio más en los antecedentes de la revolución de octubre y una manifestación más de nuestra pequeña burguesía en torno a los problemas de la revolución. Frente a todo el movimiento reaccionario se opone Cataluña la rebelde. Allí se establece el cantón de la pequeña burguesía. Pero, frente a todos, queda el proletariado revolucionario, que estaba dispuesto a una lucha por su propia revolución, aprovechándose de sus fuerzas y de las contradicciones de sus enemigos de clase. La gran burguesía, que no había logrado prender en las multitudes un odio hacia la región autónoma, en su campaña feroz en contra del Estatuto, emprende de nuevo una acción conjunta en contra de Cataluña. El motivo es el estado de rebeldía en que se encuentra su Gobierno. Se pide su destitución, una invasión militar. Los tópicos y las frases patrióticas son la cantinela diaria de la prensa mercenaria de todas las clases y categorías. Se amenaza por todas partes. El Gobierno es impotente para imponer su autoridad, la gran burguesía lo comprende y no compromete las cosas más allá de lo prudente. Una corriente de opinión se incorpora al problema de Cataluña, solidarizándose con él. A medida que los problemas de la revolución se iban perfilando, la pequeña burguesía se agrupaba en torno a Cataluña, "baluarte" inexpugnable de la República, como cobijándose de los grandes nubarrones que se acercaban. Así fue situándose y encajándose en las situaciones políticas que se iban dando. De Cataluña sería de donde partiría la reconquista de la República. Pero los problemas históricos del momento empujaban las cosas por otro camino. La hora de la pequeña burguesía había pasado. Revolución o contrarrevolución. No había más camino. Con insistencia, la pequeña burguesía llamaba al proletariado. Era inútil. El proletariado, el PSO, había roto definitivamente con quienes traicionaran su propia revolución. Las masas trabajadoras no querían más ensayos republicanos. El PSO aceptaba la coyuntura del problema catalán, no por creer que en él descansaba una posibilidad, sino por interpretarlo como una condición más de la revolución. Se aceptaba como una coincidencia histórica. Si la revolución obrera triunfaba en el resto de España, ¿qué haría la pequeña burguesía acantonada en Cataluña? Nada. Si, por el contrario, la revolución fracasaba en el resto de España y en Cataluña subsistía el Gobierno de Esquerra, ¿Cuánto hubiese durado? Nada. No tenía, pues, salida la situación de Cataluña. O con el movimiento o perecer. Los hechos consumados han demostrado que pretendió fingir que estaba con el movimiento y que luchó al lado de la revolución. La realidad es que lo que hizo fue simplemente cubrir las formas. A la pequeña burguesía le asusta la revolución. No quiso armar al pueblo; quería una nueva farsa republicana de izquierda, sin darse cuenta de que los hechos ya habían demostrado que la pequeña burguesía era incapaz de hacer su propia revolución. El proletariado no podía apoyarla una vez más. Fatalmente la historia la empuja a sucumbir entre las dos fuerzas que hoy luchan por la hegemonía política, social y económica del mundo: fascismo o socialismo. Revolución o contrarrevolución.
Posición ante las huelgas Es natural que, a mayor densidad de la revolución, la clase obrera fuera provocada a conflictos, muchos de ellos mal enfocados y con graves peligros para los intereses generales del proletariado. La burguesía estaba en un plan de propaganda fantástica. Necesitaba contrarrestar los efectos del entusiasmo revolucionario. Pretendía desviar la atención de las masas trabajadoras, haciendo grandes movimientos de opinión con mucho aparato espectacular, con el propósito de influir en el ánimo y en la moral de las masas, al mismo tiempo que elevaba la propia. Exponente de esta forma de actuar lo encontramos en las concentraciones fascistas de El Escorial y de Covadonga. A las dos contesta la clase obrera con huelgas generales magníficas, que deshacen todos sus propósitos, logrando efectos contrarios de los que la burguesía esperaba. El acto de El Escorial tiene como contrapartida la huelga general madrileña, que sorprendió al Gobierno y a toda la burguesía. La clase obrera se ponía frente a toda provocación fascista1. La madurez de la revolución se medía, en gran parte, por estas grandes huelgas de carácter político que iban destruyendo el germen fascista y preparando a las masas para sus grandes batallas. Pero es evidente que el arma de las huelgas debe ser manejada en períodos prerrevolucionarios con gran habilidad y tacto. Si se reconoce que históricamente se está abocado a una revolución, es imprescindible colocar por encima de los intereses específicos de las colectividades, los intereses generales del proletariado. Estos intereses siempre los recoge y representa la revolución. No quiere decir esto que los Sindicatos descuiden sus luchas parciales, sus reivindicaciones profesionales de clase, si es que su patronal pretende arrebatar alguna conquista; pero sí que se reconozca que en un período prerrevolucionario es preciso actuar procurando no quebrantar las fuerzas a los elementos que han de ponerse al servicio de grandes luchas, para conquistas integrales, definitivas. Sobre todo, saber tener muy en cuenta que en períodos agudos, cuando una revolución está encima, la burguesía, por instinto, por intuición de clase, es agente provocador constante. Procura penetrar en las fuerzas de la revolución, para desmoralizarlas y destruirlas. Es ahí donde radicaba la oposición a todo movimiento esporádico que no respondiera a "intereses calculados". Por eso nuestra posición se encontraba siempre en situación opuesta a la que sostenía sistemáticamente el PC, que a cada conflicto pequeño respondía con la proposición de declarar una huelga general de masas. Rara era la semana que por un motivo u otro no aparecía la hoja pidiendo una huelga general. En realidad, no existía más que un problema de responsabilidad revolucionaria. Quienes tenían un control sobre las cosas, quienes creían y veían que caminábamos hacia la revolución, no podían jugar con los sindicatos, con las fuerzas que cuanto más preparadas mejor responderían a un futuro que cada vez estaba más inmediato. La posición ante las huelgas era esa. Creer o no en la revolución, tener y participar en una responsabilidad histórica, o vivir a espaldas de las realidades y de los problemas de la revolución. La huelga de Artes Gráficas ha sido negativa para los intereses generales de la clase obrera y para los propios de la profesión. Lo fue porque no ha respondido a ninguno de los fines que en aquellos momentos debieran guiar a los sindicatos responsables. La de los metalúrgicos madrileños y de la construcción lo fue asimismo, y lo hubiera sido mucho más, hasta la catástrofe, de haber arrastrado al paro general a todos los gremios. No se miden estos hechos por los efectos que han producido en nuestras filas simplemente, sino por las consecuencias que tienen y han tenido en un período prerrevolucionario para nuestros enemigos de clase. El Gobierno, representación de la clase dominante, Estado Mayor de los intereses de la gran burguesía, sigue con toda atención los pasos de la clase obrera. Con todo el poder coercitivo del Estado capitalista en sus manos, monta el aparato represor de la contrarrevolución. Cada triunfo nuestro en una etapa revolucionaria es, evidentemente, un golpe que asestamos al enemigo, pero es también un aviso. La justeza de nuestra posición ante las huelgas lo justifica; primero, la convicción revolucionaria que pesaba sobre todos los instrumentos responsables del PSO, y segundo, la interpretación histórica de los momentos que vivía España, que determinaban fatalmente la salida a una revolución. Así lo entendía también la burguesía, cuando uno de sus mejores chacales decía, a propósito de las huelgas, y con motivo de algunas de las que hemos referido, lo siguiente: "(...) La huelga de Artes Gráficas era uno de los conflictos que más inquietaban. Había razón para la inquietud. La veterana sociedad obrera, solera del partido, había sido de las que marcaron una nueva orientación. Desplazados sus dirigentes por los pasadizos de la acción violenta, era presumible que cualquier conflicto fuera aprovechado para exteriorizar la táctica triunfante...". "(...) Por eso para nosotros aquel conflicto era sobre todo un acto de una serie que significaba el desarrollo de la voluntad revolucionaria representada por el grupo de Largo Caballero...". "(...) Con el Arte de Imprimir, la Federación de Trabajadores de la Tierra había sido elemento principal del triunfo de la vía revolucionaria...". "(...) Para nosotros, el problema aparecía claro. Si la revolución era inevitable, cada aplazamiento, con merma de la autoridad, significaría un fortalecimiento de la fuerza revolucionaria. Cada éxito era un aliciente. Cuando se lucha contra el Estado, cuanto le debilite supone triunfo de sus enemigos, camino para su derrota...". "(...) Decisión. La teníamos firme. Por eso, cuando, lograda una fórmula que Luca de Tena aceptó, para no aparecer obcecado, NO LA EXPUSIMOS ANTE LOS OBREROS porque com-prendimos que era inútil, que iban alocados a realizar su torpe designio...". Palabras de Salazar Alonso, ex ministro de la Gobernación. ¿Está clara la posición ante las huelgas después de oír a este sapo repugnante?
La huelga de campesinos El sentimiento revolucionario es algo que se puede interpretar así como un gran imán que va atrayendo los propios objetos de la revolución. La burguesía se resiste y tira de ellos. Es la lucha por la cual se van polarizando las posiciones entre las diferentes capas de la sociedad, hasta ponerse frente a frente. Es indiscutible, para toda acción, que cuando la correlación de clases se manifieste abiertamente, los campesinos serán siempre uno de los factores determinantes fundamentales. Es, pues, indispensable que para que en España triunfe una revolución habrá de contarse con el campesinado, quien tendrá sobre sí tareas primordiales de la insurrección. Consciente o inconscientemente, la historia de nuestro movimiento de octubre registra en sus antecedentes el hecho provocador de haber eliminado a los campesinos de la revolución. ¿Por qué? Hemos dicho y sostenemos que el proletariado español estaba abocado a la revolución si es que quería librarse de un régimen de tiranía de fascismo. Las premisas de la revolución se iban dando a medida que se agudizaba la situación. No podía tenerse en cuenta un atropello, una arbitrariedad, una injusticia. La burguesía había entrado en el plano de las provocaciones, y la clase obrera tenía que estar por encima de lo concreto para estimar los hechos en conjunto y canalizar la rebeldía colectiva de las masas. Caminábamos hacia conquistas integrales que se ventilaban, si se quiere, por encima de la voluntad del individuo. Lo que estaba en la arena de las luchas sociales era un problema de conjunto, de masas, de clases. Los campesinos representaban la clase más considerable de la revolución. No podía nadie disponer de ellos sin tener en cuenta los acontecimientos que se avecinaban, de no traicionar sus propios intereses y los de todos los trabajadores españoles. Es cierto que los campesinos sentían las injusticias del momento, salarios de hambre, paro caprichoso, destitución de Ayuntamientos, furia caciquil, el atropello descarado de las autoridades, vejaciones. Todas las injusticias características del ambiente feudal de nuestro agro. Por otro lado, el campesino se sentía radicalizado, influenciado poderosamente por el ambiente general de la clase obrera. También los esclavos de la tierra conocían la experiencia dolorosa de una República burguesa que en nada se diferenciaba del régimen tiránico y absoluto del rey felón. Los campesinos habían comprendido la gran verdad de que sólo con revolución obrera y campesina podrían alcanzar su liberación social. Por ello anhelaban la hora de su emancipación, sentían ansias revolucionarias, sus rebeldías coincidían con la de todos los trabajadores industriales, que no ocultaban su preparación y su marcha hacía acciones definitivas. En medio de este ambiente, actuando sobre un volcán revolucionario, se plantea, en el mes de junio, a los campesinos la consigna de ir a una huelga general. Las masas del campo encontraban en aquella posición la salida de sus anhelos revolucionarios. Se planteaba una huelga nacional de campesinos sin conectarla a los intereses de los trabajadores industriales, ligados en aquellos momentos a los intereses generales de la revolución. Los campesinos creyeron, y con ellos los trabajadores industriales, que aquel movimiento era el principio de la insurrección. Porque teniendo en cuenta el ambiente que vivía España, nadie puede desconocer que si el sentido preside las acciones de la clase obrera, una huelga general del campesinado es indiscutiblemente una salida a hechos violentos y revolucionarios, tanto más cuanto las masas estén predispuestas a ello. Al propósito de la huelga de campesinos se opuso el sentido de responsabilidad. Para ello no bastaba más que una reflexión. Si se lanzaba al campesino a una huelga general, debería arrastrar inmediatamente en su solidaridad a los trabajadores industriales. La hora de la revolución había llegado. Si los trabajadores industriales no podían, no tenían preparación suficiente para acudir en ayuda de los campesinos, los campesinos no deberían ser lanzados a una huelga general que interpretaban ellos mismos y nuestros enemigos como el principio de la revolución, para que fueran desechos y la insurrección española perdiera uno de sus puntales más importantes. Concretamente el problema se planteaba: ¿es la hora, se puede o no se puede aceptar en este momento la batalla? La contestación nos la daba el examen objetivo y subjetivo de las condiciones precisas de la revolución. Ni se podía ni era la hora. ¿Por qué? La historia contestará. Desde aquel momento no quedaba más camino que evitar una provocación tan trascendental. Evitar que los campesinos confundieran su hora, su misión, para que más tarde pudieran ser útiles a las grandes batallas que se avecinaban. Con ello lograrían sus reivindicaciones máximas y contribuirían con su aportación y su esfuerzo a las tareas de la insurrección. Todo fue inútil. Los campesinos fueron lanzados a enfrentarse con la burguesía y un poder político que de todas formas interpretó aquella acción como la iniciación del movimiento. Los campesinos también. Gastaron sus elementos y sus energías. Fueron condenados centenares, cerrados sus centros y deshechas las organizaciones. Los trabajadores industriales no habían podido descender a luchas falsamente planteadas, y velando por los altos intereses del proletariado siguieron su marcha, perdiendo a sus aliados campesinos, que habían derrochado heroísmo revolucionario inútilmente... Entonces, como hoy, decimos que una huelga nacional del campesinado sólo se explica como el motivo de desencadenamiento de una insurrección. Sindicalmente es una monstruosidad, si no tiene ese carácter, porque no se da la circunstancia en ningún país de que la fisonomía agraria sea unilateral y uniforme. Sino que todos tienen características propias. Una zona produce trigo, otra arroz, una es de pequeños propietarios, otra de asalariados. Las cosechas se dan en una zona en una época; en las demás, en otra, Es obligado, en buena táctica sindical, acomodarse a las características de la colectividad para ponerla en juego y poder defender con eficacia sus intereses. Frente al movimiento irresponsable se manifestó: "La revolución española pierde uno de sus puntales. La historia medirá la responsabilidad, pero quienes han aceptado este papel, este compromiso, merecen, en nombre de la revolución y de los intereses generales del proletariado, ser fusilados...".
Huelga del 8 de septiembre El problema de Cataluña con el Gobierno central se agudizaba extraordinariamente. Los terratenientes de Cataluña organizan en Madrid (Instituto de San Isidro) una gran concentración de propietarios para el día 8 de septiembre. Era una provocación que el Gobierno amparaba, mientras suspendía toda clase de manifestaciones de la clase obrera y aun de la pequeña burguesía. El proletariado madrileño, como en el mes de abril, responde a la concentración fascista con una huelga general. Tácitamente se solidarizaba con los rabassaires catalanes. Este hecho tiene una gran simpatía en Cataluña. El Gobierno responde a la huelga con detenciones y la clausura de la Casa del Pueblo y de todos los sindicatos. La revolución se acercaba. Pero con la huelga del día 8, uno de los errores más formidables de la Alianza obrera, se había asestado a la próxima insurrección un golpe fatal. Fue clausurada la Casa del Pueblo y, en general, acelerado el ritmo de la política de represión y persecución contra las organizaciones sociales, justificándolo con los hallazgos de armas. La huelga general se había utilizado contra el fascismo y el Gobierno, con éxito, el 22 de abril; pero fue porque intervino en ella el factor sorpresa, el más eficaz. En cambio, la del 8 no sorprendió a nadie; ya se daba como segura por el Gobierno, que anunciaba por radio su propósito de atajarla y sancionarla con energía antes de estar acordada. El factor sorpresa quedaba descartado. El error estratégico fue reproducir el mismo tipo de ataque que en abril. Otros procedimientos hubieran tenido inmensa eficacia y no hubieran comprometido el éxito de la insurrección. Unos días más tarde la juventud madrileña convocaba, de acuerdo con la comunista, a un gran mitin de masas en el Stadium. En él se congregan más de setenta mil trabajadores, que con todo entusiasmo aclaman y puño en alto vitorean la revolución social. En aquel mismo momento la Policía desvalijaba la Casa del Pueblo, sacando armas de todas partes. La impresión del gran espectáculo del Stadium enardece a las masas, pero advierte también a la burguesía. Se prepara el Gobierno. Es el último acto de la clase obrera. Desde el Stadium a la insurrección, desde la insurrección...
La UGT y el reformismo Sabida es la posición del PS con respecto a la acción a desarrollar para la implantación de la República. La Unión General de Trabajadores suscribió esa actitud y colaboró en todos los trabajos preparatorios de la revolución de diciembre de 1930 de acuerdo con la pequeña burguesía, representada por los Alcalá Zamora, Lerroux, Azaña, etc. El reformismo entonces (Besteiro, Trifón, Saborit y compañía) estaba enfrente del movimiento, porque en realidad no creían en él. No tenían fe ni querían interpretar aquella hora decisiva que vivía España. Sólo un hombre, de todos conocido, interpreta aquella hora. Cuando surge en diciembre la revolución, el reformismo la traiciona, sabotea las órdenes, en Madrid no se produce la huelga. Vuelan sobre la capital los aviones sublevados y tienen que marcharse a Portugal, porque la población presentaba una vida absolutamente normal. Pocos días más tarde, los "traidores" se congratulaban del fracaso del movimiento. Habían acertado: No se podía hacer nada... La República estaba muy lejana... La derrota de diciembre de 1930 fue momentánea; en abril de 1931 se implantaba la República. Qué visión política la de nuestros reformistas! Después de la implantación del nuevo régimen se celebra el Congreso Nacional del PS (octubre de 1931). Allí se plantea el problema de tendencias y se enjuician las actitudes de cada uno y las posiciones adoptadas en torno a la revolución de diciembre. También se discuten las responsabilidades por no haberse declarado la huelga en Madrid. Las traiciones quedan dibujadas con claridad meridiana. La UGT vivió al margen de estos problemas, actuó en todo momento de acuerdo con el PS. En el mes de septiembre de 1931 se celebra el Congreso Nacional de la Unión General de Trabajadores. El reformismo reconcentra todas sus fuerzas, acude a todas las maniobras y habilidades, moviliza todo su aparato caciquil para caer sobre aquel Congreso como grajos sobre un cadáver. Habían perdido la batalla del Congreso del Partido y no estaban dispuestos a perder la de la UGT. Largo Caballero estaba enfermo; no asistiría a sus deliberaciones; era, indudablemente, una buena ventaja. Nuevamente se discuten las responsabilidades sobre el movimiento de diciembre. Igual que en el Congreso del PS, las traiciones quedaron al descubierto, sin lugar a dudas. En el Congreso se ponen frente a frente las posiciones de tendencia en cuanto se trata de nombrar una nueva dirección. Parecía lógico pensar que si el Congreso del PS acababa de aprobar la gestión de su dirección, implícitamente se hacía lo mismo con la de la UGT, reconociendo la influencia que un organismo ejerce sobre el otro. Más teniendo en cuenta que el problema de responsabilidades no podía desligarse y tenía que tener las mismas consecuencias. En realidad, así era. El reformismo acudió a una de sus maniobras más indignas. Se presenta a una de las sesiones, después de agotado el Congreso, don Julián Besteiro. Alguien es el encargado de decir: "jQue hable Besteiro!..." Y Besteiro habla. Hace un discurso "marxista" (?), justo en la palabra y en muchos de sus conceptos, pero falso en absoluto en cuanto a sus propósitos. El Congreso se deja llevar por aquella palabra "autorizada"..., sin contrincante. Alevosamente se acababa de hacer un pequeño "chantaje", un verdadero fraude político... El representante de la Federación de Campesinos (Lucio Martínez) obliga a que deleguen en él todos los Sindicatos de la Federación; representa, pues, directamente, y en nombre de la Ejecutiva de su organismo, a más de 400.000 campesinos españoles. Trifón Gómez, en igual forma, a unos 40.000 ferroviarios. Todo el movimiento sindical giraba en torno a estos dos organismos. La maniobra estaba hecha y el problema de tendencia solucionado bajo el peso de dos organizaciones nacionales manejadas caprichosa y arbitrariamente por dos señores. El reformismo arrastra tras de sí a alguna otra organización bisoña e indocumentada. Así se cancelan en el Congreso las responsabilidades de diciembre, las traiciones. La más elemental decencia y ética sindical no aparece por ninguna parte. La dirección de la UGT es desplazada y cambiada radicalmente. Se apodera de ella el reformismo típico, el reformismo cien por cien. Besteiro es nombrado presidente; Saborit, vicepresidente; Trifón Gómez, vicesecretario, y, para mayor escarnio, Largo Caballero, secretario general. En el propio Congreso se lee la renuncia del compañero Caballero. Desde aquellos momentos los destinos de la UGT están en manos de los "héroes" del año 30. Poco a poco la UGT va colocándose frente al PS. Existe entre ambas direcciones un divorcio ideológico, de tendencia. La dirección del Partido es consecuente con el movimiento de diciembre de 1930, le da continuidad; la de la UGT es su negación, su dique; el primero caracteriza la política progresiva que va preparando el camino de la revolución; la segunda, quien va frenando, traicionando los anhelos del proletariado. Besteiro llega a apuntar la necesidad de que la UGT pierda todo contacto con el PS. En su audacia, propugna porque las organizaciones sindicales presenten candidatos propios. Quería, seguramente, establecer los cimientos de su cámara corporativa. En la prensa aparecían declaraciones suyas que son una verdadera vergüenza y una provocación para los trabajadores conscientes y revolucionarios... Estábamos ante dos años de experiencia republicana. Como en 1930, la revolución vuelve a cobrar rasgos inconfundibles, a estar nuevamente emplazada (1933). Los Besteiros y Trifones la niegan. Siguen sin fe, sin ánimo y sin valor. Cuando las masas exigen, ellos niegan; cuando se piden acciones revolucionarias, ellos se oponen en nombre de la legalidad y de la democracia... La posición revolucionaria de las masas es tan fuerte que en febrero de 1934 saltan de la dirección de la UGT y de la casi totalidad de las organizaciones. Una nueva dirección, de acuerdo con la del Partido, rige desde ese momento los destinos de nuestra central sindical; pero los reformistas apartados siguen su política de traiciones: boicotean, desprestigian. Sus charlas, sus conversaciones, son ataques al Partido y a la UGT. Ponen en juego su caciquismo y extienden sus tentáculos, los tentáculos de la contrarrevolución, por todas partes. En octubre estalla la insurrección. El reformismo se pone frente a ella. La traiciona. La huelga general revolucionaria, como en 1930, no se produce en muchas localidades. ¿Qué ha pasado?... Después de ahogada la revolución, el reformismo pretende caer sobre las organizaciones sindicales como los grajos sobre un cadáver. Todos los medios son lícitos. Los militantes están encarcelados, otros condenados; tienen, pues, el camino libre para sus repugnantes acciones. La burguesía les aplaude y les ayuda. Están, por ello, ufanos y siguen adelante su trayectoria vergonzante en la historia del proletariado. ¿Se repetirán los hechos?... Los trabajadores han visto claro: 1930-1934 son dos fechas que marcan toda una epopeya de los trabajadores; en ellas ha quedado enfangado el reformismo para siempre. También en este problema tenemos unos antecedentes de la revolución que arrancan desde el último Congreso de nuestra central sindical. De haber dotado en aquel Congreso a la UGT de una dirección consecuente con la posición política del PS, la revolución no hubiese estallado en octubre. Las clases oprimidas habrían salido por los fueros de sus libertades y de sus derechos de clase mucho antes.
El aspecto sindical El movimiento de octubre ha demostrado claramente que la actual estructuración de la UGT no responde a las exigencias de las circunstancias por que atraviesa el proletariado español. Se hace imprescindible una nueva estructuración sindical que centralice el movimiento obrero, que simplifique las federaciones de industria, solucionando de una vez los problemas de fronteras sindicales. Se demuestra esta imperiosa necesidad en cuanto se examina el número de Federaciones de industria que existen y su composición. Hay que ir a un reagrupamiento de nuestros organismos nacionales para establecer definitivamente fuertes y auténticas Federaciones de industria que recojan a todos los asalariados de una colectividad y aquellos otros que tengan una función de trabajo similar. Es preciso acabar con el criterio de que "un oficio, una federación, un sindicato". La dirección de la UGT debe atender el problema sindical teniendo en cuenta cómo van evolucionando los medios de producción, y con ello transformándose las formas de trabajo, para ir adaptando a estas nuevas modalidades a nuestras organi-zaciones. Con ello no haremos más que ir ajustando nuestros medios defensivos a los de nuestros enemigos de clase. La falta de un control directo, de una dirección única de nuestro movimiento restó fuerzas enormes a la insurrección. Ahí está la huelga de campesinos de Valencia, de Madrid, e infinidad de conflictos que iban produciéndose por todas las provincias sin responder a un plan de estrategia, a una subordinación a los intereses generales que estaban en juego. Se dirá que es necesario desencadenar movimientos parciales, que no se puede hipotecar la libertad de las organizaciones ni ahogar las expresiones democráticas de las masas en torno a sus luchas por reivindicaciones inmediatas. Exacto. Tampoco se puede jugar en momentos dados con las fuerzas de la revolución. ¿Por qué no han respondido ciertas ciudades a la huelga de octubre con la intensidad y la pujanza que lo habían hecho poco tiempo antes?... Hemos sostenido y sostendremos que cuando se está abocados a una revolución, cuando el proletariado se desenvuelve en una etapa prerrevolucionaria, tiene que someter todas sus acciones a los intereses supremos de esa revolución. Debe quedar automáticamente subordinado a las instrucciones generales, al control central del movimiento, que es en esos momentos históricos quien conduce y combina todas las fuerzas. Una disciplina férrea, una subordinación absoluta, debe imponerse al movimiento sindical, que habiendo aceptado una posición revolucionaria quedó comprometido para las tareas de la insurrección en colaboración con aquel partido que sea su guía y su expresión política. La falta de coordinación de nuestro propio movimiento sindical (UGT), por no tener una articulación entre sí y gozar las Federaciones de industria de una independencia exagerada, ha venido siendo interpretada en un sentido general. Pero siempre debió sobreentenderse que esta independencia dejaba de existir en cuanto estaba planteado un problema de interés general por encima de todas las particularidades de cada organización. Esta es una de las faltas de la preparación de la insurrección, que dio como resultado el fracaso de la huelga en infinidad de localidades. Las Juventudes Socialistas deberán luchar implacablemente por la centralización de nuestro aparato sindical; porque se simplifiquen las federaciones de industria, recogiendo en ellas a todas las actividades de cada una, constituyendo verdaderas piezas sindicales capaces de aglutinar a todas las masas laboriosas del país. En la nueva estructuración de nuestro movimiento sindical, en su reconstrucción, deberá tenerse muy en cuenta, con vistas a un futuro más o menos inmediato, las experiencias de octubre. Si ésta se sabe interpretar, la clase obrera se remontará con rapidez inusitada por encima del pasado.
Jefes y masa Las masas habían elevado su conciencia política en los tres años de República más que en diez de las épocas anteriores. Así se explica que los problemas fueran situándose, empujados por la fuerza política de la clase obrera, hasta hacer quebrar todos los viejos fundamentos de la sociedad. La intensidad revolucionaria de los tres años de República habían transformado radicalmente la fisonomía de nuestras masas laboriosas, de nuestras juventudes, del Ejército y de los campesinos. Todas las capas inferiores de la sociedad estaban irradiadas de un fervor revolucionario que se exteriorizaba por todas partes. Estábamos no ante un fenómeno, pero sí ante un problema de grandes magnitudes sociales. Canalizar aquella corriente, conducirla justamente, sin desviaciones, por el camino histórico de la revolución que estaba en curso era la tarea primordial para todos los elementos responsables de nuestro movimiento obrero. Arduo problema; la conciencia colectiva de las masas estaba por encima de los jefes y jefecillos, salvando las excepciones de rigor. Únicamente las Juventudes Socialistas y el Partido, en la posición política de su presidente, estaban por encima de las masas, señalando a éstas el camino de su liberación. El lastre que esta posición arrastraba era enorme. No parecía fácil transformar la mentalidad de los jefes y jefecillos, que se habían abrazado para siempre a los mitos de la democracia, de la legalidad, del Parlamento, y que consideraban consustancial la República burguesa con los intereses de la clase obrera. Seguían aferrados a los tópicos, al mito de la República, sin desprenderse de ellos, como había hecho el proletariado después de unas cuantas lecciones de democracia burguesa bien aplicada. La resistencia pasiva y activa que han ofrecido y ofrecen a la revolución estos elementos es incalculable. Desde las secretarías, desde los actos en que han intervenido, en las conversaciones, en el Parlamento, en todas partes acumulaban obstáculos, entorpecían la marcha arrolladora de los acontecimientos, que tenían en ellos su mejor contén. Se saboteaban órdenes, se colocaban en actitud pasiva, ahogaban las expresiones de la masa en lo que podían, no empujaban, sino todo lo contrario. Su colaboración no aparece por ninguna parte. Todo esto, como es natural, hacía perder eficacia a todas las consignas y acciones de quienes eran intérpretes del momento, y con ello de los intereses auténticos de los trabajadores. Los jefes y jefecillos, que no han podido desprenderse de una educación tradicional, cuya mentalidad quedó retrasada, sin tener capacidad ni audacia para marchar al ritmo de los acontecimientos, se convirtieron, unos conscientes y otros inconscientes, en el freno más terrible a los impulsos y anhelos revolucionarios de las masas que falsamente estaban representando. No han contribuido en lo más mínimo a encauzar el sentimiento unánime de las masas, no ayudaron a esclarecer a éstas los problemas de la revolución. No participaban de los entusiasmos y del estado de ánimo que invadían todos los medios proletarios. Iban arrollados, sin tener el timón de los acontecimientos, sin comprender las realidades. Fueron incapaces de ello. Hicieron, en su mayor parte, el papel de un corcho sobre corrientes de aguas tumultuosas. Sólo, repetimos, las Juventudes Socialistas y la posición del PSO, caracterizada en su presidente y en quienes seguían sus consignas sinceramente, empujando, estaban de acuerdo con la gravedad del momento, que amenazaba en toda la línea los intereses del proletariado. Nadie ha traicionado tanto a la clase obrera como quienes personifican su reformismo. En segundo lugar, el centrismo. Las luchas sostenidas con la fracción que dirigía la Unión General de Trabajadores ponen de relieve el papel que tenía asignado el reformismo, aquella dirección claudicante que, no obstante estar divorciada de las masas, se mantenía en sus puestos para servir intereses que no eran ciertamente los de la clase obrera. La traición a la revolución la personifican Besteiro, Trifón y compañía. Ellos la han frenado desde el momento histórico en que se inicia. Han estado sistemáticamente enfrente de toda acción, de toda labor que tendiera a recoger los anhelos revolucionarios del movimiento obrero. Oponían el peso de una burocracia insensible cuando los problemas de la reacción apuntaban. Cuando se advertía y señalaba la necesidad de virar nuestra nave sindical, la necesidad de estar a la altura deunas circunstancias imperativas, Besteiro, interpretando el sentir de todo el reformismo traidor, decía solemnemente en un comicio de gran trascendencia lo siguiente: "Con el Estado democrático que hemos creado, con la Carta fundamental como pieza jurídica que tiene nuestro país, existe margen suficiente para defender los intereses generales de la clase obrera..." "El fascismo es el ruido de unos ratones en un caserón viejo, que asusta a los pusilánimes y a los cobardes" (Él era el valiente). "No hay ningún peligro". Acto seguido empezaba a cantar unas cuantas endechas a la democracia, a la legalidad y al parlamentarismo. Esto lo decía el presidente de la UGT el 14 de octubre de 1933, cuando Lerroux subía al poder y Samper en el Ministerio de Trabajo cometía las mayores barbaridades en contra de la clase obrera. Sus palabras merecieron contestación. Se le negaron todas las virtudes que él atribuía a la democracia burguesa, al Estado que habíamos creado, a la Constitución, al mito de la República. Se le hacía ver también que el fascismo no podía ser explicado por un socialista, menos por un profesor de lógica, como el ruido de unos ratones. Era algo que salía de las propias entrañas del régimen capitalista. Se denunciaba y censuraba una dirección que en aquellos momentos hablaba así, contrayendo con ello, por sus acciones pasadas y presentes, graves negligencias revolucionarias. Había estado ausente de una crisis política tan peligrosa como la que se acababa de solucionar (3 de octubre de 1933), que había tenido preocupado a todo el proletariado, a todas las fuerzas populares, sin que la UGT diera la más insignificante señal de vida. Las federaciones de industria iban fijando su posición política en El Socialista una tras otra sin que el organismo superior se enterara. Se advertía también al señor Besteiro de que el nuevo Gobierno tenía como misión desmontar toda la legislación social promulgada en la primera etapa de la República. A esto contestó, con una solemnidad mucho mayor y en tono confidencial y misterioso, lo siguiente: "El presidente de la República le había jurado que ni el Gobierno Lerroux ni nadie tocaría la legislación social, que sería respetada y ampliada". Tenía en estas palabras del traidor de los traidores absoluta confianza. Eran para él, y debieran serlo para todos nosotros, una garantía... Así se engañó miserablemente a una reunión que será histórica (la lógica de nuestras teorías le era indiferente). Así se hicieron concebir esperanzas y confianza a los dirigentes de las organizaciones, traicionando alevosamente los intereses generales del proletariado. El ¡Alerta! que ya había sido dado no lo escuchaba la soberbia de quien anteponía su posición política a la defensa de la clase obrera. Fue inútil toda oposición a aquellas palabras falsas, vacías, sin encaje en las concepciones socialistas. Aquellas palabras ganaban la voluntad de jefes y jefecillos (salvando excepciones) que se agrupaban en torno a aquella ejecutiva de Besteiros-Trifones-Saborit, que, divorciados de la masa, se oponían a sus impulsos, justos porque ya hacía mucho tiempo que ésta había roto con la democracia y con una República envilecida. Los jefes siguen resistiendo todas las exigencias revolucionarias del proletariado. Se colocan de muro entre la revolución y la burguesía. Ha sido necesario, para romper su resistencia, el impulso, la fuerza máxima de las masas revolucionarias. Entonces saltaron; se rompió en parte, el dique del reformismo. Pero esto fue un poco tarde. Había transcurrido medio año, en el que la reacción avanzaba sin cesar, fortaleciendo sus posiciones. La capacidad directiva del movimiento obrero se reveló como insuficiente para dirigir y asumir las responsabilidades que estaban encima. Es cierto que no se presentaron facilidades de ningún género para ello, porque los capitostes eran barrera infranqueable. Las masas no apreciaban la importancia tan extraordinaria de este hecho; de haber percibido su gravedad hubiesen arrojado sin piedad de sus trincheras sindicales a todo el reformismo. La hora brutal que vivía y vive el proletariado todo lo exigía y sigue exigiéndolo. Cuando el reformismo típico y el claudicante abandona al fin la dirección de la UGT, ya había cumplido con su deber: permitir que la reacción avanzara a sus espaldas. Las Juventudes Socialistas señalan y denunciarán en su día hechos de lesa traición revolucionaria de quienes antes y después de octubre estaban y están colocados frente a los intereses de nuestra clase.
La responsabilidad de la minoría parlamentaria La minoría socialista del Parlamento tiene en la derrota de octubre una gran responsabilidad. Desde que las Cortes ordinarias comenzaron a funcionar, la minoría inició una labor confusionista que había de resultar muy perniciosa. Perniciosa, porque la vida de las Cortes ha coincidido con los momentos más agudos del período revolucionario. Durante ellos se intensificó la labor de preparación y de agitación de la clase trabajadora. Fue entonces cuando los órganos directores del Partido lanzaron sus consignas para la lucha. Las masas, acreditando una fina sensibilidad revolucionaria, supieron recogerlas. Mas si en algunos sitios no prendieron con el arraigo preciso, habrá que responsabilizar a la minoría parlamentaria. La gestión de ésta provocaba, como ya hemos dicho, la confusión. Tan pronto se anunciaba por boca de uno de sus diputados que íbamos a desencadenar la revolución, como se defendía la constitución contra los mismos republicanos, o se dejaba pasar con una débil protesta el atropello más inicuo. Otras veces sonaba la voz de un francotirador que defendía la necesidad de una cámara corporativa, sin que se levantara nadie en nombre de la minoría a decir que éste era un criterio aislado, ni que se expulsase al indisciplinado. Esta heterogeneidad, este caos de opiniones contradictorias, propio de otra entidad que no fuese la fracción parlamentaria de un partido revolucionario, sembraba la desconfianza. Los no iniciados pensaban que una de dos: o era falsa la posición de la minoría o lo era la del Partido. Los cómodos. los remolones, los eternos incrédulos, alentados por nuestros adversarios e incluso por los que luego habían de ser aliados, preferían pensar que la falsa era la actitud revolucionaria, que ellos consideraron una maniobra demagógica. A fuer de sinceros, hemos de declarar que esta confusión ha servido de justificación para la lenidad que en orden a la preparación revolucionaria se observó en algunas provincias, en las cuales la organización estaba dirigida por gentes no muy convencidas, o, por mejor decir, reformistas, que interpretaron la posición adoptada como una maniobra demagógica también, y tras las alianzas obreras no veían la lucha insurreccional, sino el acta de diputado, la popularidad fácil, conseguida a fuerza de estridencias. Ni por arte de taumaturgia se hubiera podido conciliar la posición revolucionaria del Partido con la incoherente y reformista de su minoría. Esta contradicción tan voluminosa, tan brutal si se quiere, tenía su explicación no sólo en la diversidad de las tendencias que se agitaban en nuestro seno, sino en la defectuosa estructura orgánica de nuestro Partido, hecha con vistas a la lucha legal, pero ineficaz en aquellas circunstancias revolucionarias. Según los Estatutos, la minoría sólo respondía de su gestión ante el Congreso; poseía una independencia casi absoluta para fijar su posición en todas las cuestiones. Y aun dentro de este cantonalismo, en virtud de la composición diversa del grupo parlamentario, había además el libre albedrío de los diputados, que decían en el salón cuanto les parecía bien, sin ningún control firme. Por consiguiente, nos hallábamos con una minoría convertida en cantón independiente, sin sujeción orgánica a la dirección del Partido y libre de la disciplina de éste, e incluso de la que hubiera debido imponer la minoría a los diputados que decían libremente las cosas más contradictorias y opuestas entre sí. La estructura del Partido, eminentemente federalista, habría de esterilizar innumerables energías. Una minoría disciplinada al Partido, convertida en el brazo de éste, hubiera representado en el período prerrevolucionario un arma de incalculables proporciones, capaz de dirimir el resultado de la contienda. Lo natural hubiera sido que en un período de presión gubernamental en el cual se suspendían casi todos nuestros actos y se prohibía nuestra prensa, la minoría parlamentaria se hubiera convertido en la más alta tribuna de la revolución. Desde ella se hubiera debido orientar a todo el proletariado, lanzando las consignas para la lucha, que hubieran tenido en este caso una resonancia infinita. La minoría hubiera debido ser el instrumento más formidable para la preparación insurreccional, ya que los diputados gozaban de una serie de privilegios no comunes a los demás. Pero en vez de esto, los discursos parlamentarios eran jarros de agua fría en el entusiasmo revolucionario de los trabajadores; no contentos con esto, algunos diputados, cuando recorrían su distrito, sembraban el desánimo diciendo a los trabajadores que "eso de la revolución era la manía de unos locos y de unos chiquillos". Otros eludían todo trabajo revolucionario, no queriendo comprometerse. Es decir, que salvo excepciones naturales, la minoría torpedeaba de una y otra forma la cercana insurrección. No es ésta ocasión de extremar la crítica; sin embargo, en su día seremos implacables juzgando a los que tienen una gran responsabilidad en que del movimiento de octubre no saliera la victoria proletaria.
Lo que significa la bolchevización del Partido Tras las jornadas de octubre se alinean ante las Juventudes Socialistas de España una serie de tareas, cuyo enunciado queremos hacer aquí, aunque no vaya acompañado de un estudio profundo, que desbordaría los fines y propósitos de este folleto. Si la forma como emprendimos los jóvenes socialistas la resolución de alguna de estas tareas antes de octubre sorprendió en el seno de nuestro movimiento por su audacia, hoy, tras la experiencia adquirida en la lucha, parecerá natural a la mayoría de los militantes jóvenes y adultos, y aún no desconfiamos de que a algunos les parezca incluso corta y medrosa. Es preciso advertir que las jornadas revolucionarias han precipitado el proceso de radicalización de los cuadros socialistas. En este aspecto —lo mismo que en otros a los que ya aludimos en este trabajo—, la insurrección de octubre significó un progreso formidable para la clase obrera española. Sólo una experiencia tan dolorosa, un acontecimiento tan trascendental, podía llevar a la conciencia de las masas so | |