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La expulsión reciente de unas alumnas de educación
secundaria —en Aubervilliers y Than— y la perspectiva de una
prohibición total de los signos religiosos en la escuela, han hecho
de la cuestión del "velo islámico" uno de los temas más tratados
regularmente por la prensa, la radio y las cadenas de televisión en
Francia. Artículos, reportajes, entrevistas y libros han ido
evocando sucesivamente todos los aspectos de la "amenaza
fundamentalista" y sugiriendo los medios para combatirla.
Prácticamente todos los parlamentarios y dirigentes políticos,
incluido el presidente de la República, han opinado y lo harán
todavía, respecto a este tema. Tan pronto como se decidieron las
expulsiones, numerosos dirigentes del Partido Socialista (PSF) y del
Partido Comunista (PCF) se apresuraron a aprobarlas bajo el acento
de un "republicanismo" ferviente.
Todo ese jaleo a propósito de algunas alumnas que
llevan el velo en las aulas les puede parecer absurdo a algunos. Y,
sin embargo, nos equivocaríamos al subestimar la importancia de esta
cuestión. Este "asunto" y su explotación política tiene serias
implicaciones con respecto a la religión. De una manera o de otra,
concierne a muchos millones de personas que viven en Francia. Detrás
de este problema aparentemente insignificante se perfilan una serie
de cuestiones muy serias, como la del interés de esta cuestión desde
el punto de vista de los representantes del capitalismo, el racismo,
el laicismo en sus diferentes interpretaciones y, cómo no, la
política que deberían defender los partidos de izquierda en lo que
se refiere a las creencias religiosas y a los derechos democráticos
de los creyentes.
Desde 1989 los "asuntos" relativos al uso del velo
han sido a menudo noticia. Esta vez, como las precedentes, no ha
sido en absoluto por casualidad. Para el gobierno y la patronal una
de las principales ventajas de todo el alboroto mediático que se ha
producido es la de concentrar la atención de la población en la
defensa de unos pretendidos "valores republicanos" frente al
"fundamentalismo" y, así, hacer olvidar el ataque que el gobierno y
la patronal llevan a cabo contra la industria, el empleo, el sector
público y las conquistas sociales en general. En todas las regiones
de Francia, se han dado luchas de decenas de miles de trabajadores
para defender sus puestos de trabajo e impedir el deterioro de la
industria. Los trabajadores en cuestión estarían muy contentos si
dispusieran tan sólo de una fracción del tiempo que las cadenas de
televisión han dedicado a la cuestión del velo. Pero los jefes de
prensa y de la industria audiovisual consideran que los despidos
masivos no merecen más que algunas menciones a modo de noticia
anecdótica.
De todos modos, la utilización del "velo islámico"
para desviar la atención no resta importancia a las cuestiones que
de esto se derivan. Excluir a alumnas musulmanas de la escuela por
llevar un velo es un acto abominable que favorece el racismo y la
marginación de los jóvenes y trabajadores salidos de la inmigración.
En toda esta oleada de propaganda de defensa de la "escuela laica" o
de la "escuela republicana", no hay, a pesar de las apariencias, ni
un ápice de contenido progresista o democrático. "El asunto del
velo" ha permitido, justamente, a un buen número de reaccionarios
como Chirac, Raffarin, Juppé y Ferry, exponer pomposamente sus
"principios" y aparecer como "defensores de la igualdad", cuando el
capitalismo y la "República", que ellos defienden tan ardientemente,
no son más que una gran máquina de fabricación de desigualdades,
injusticias y sufrimiento intolerable para la mayoría de la
población, mientras una ínfima capa de parásitos nada en el lujo, el
poder y los frutos de la explotación cotidiana de esa mayoría.
La explotación de los trabajadores inmigrantes
"La importación" masiva de mano de obra de los países
magrebíes, para ser explotada en la industria pesada, o para ocupar,
en otros sectores, los trabajos peor pagados y más explotados,
estaba en perfecta sintonía con los "valores republicanos" —y sobre
todo era muy beneficiosa para los valores bursátiles—. El hecho de
oprimirlos con leyes racistas y discriminatorias, de privarlos del
derecho de voto incluso hasta los años 80, del derecho a formar
asociaciones, no hacía temblar tampoco la conciencia de las
eminencias de la República. Pero que una chica ose llevar un velo en
la escuela —ya sea por convicción religiosa, por tradición o por
cualquier otro motivo— es algo escandaloso que amenaza con derrumbar
los pilares de la civilización francesa.
El marxismo es un método científico que analiza todos
los fenómenos de la naturaleza y de la sociedad humana desde un
punto de vista materialista, luego está en pura contradicción con
todas las doctrinas religiosas y creencias místicas. Sin embargo,
los marxistas nos oponemos categóricamente a cualquier medida
represiva contra las prácticas religiosas ordinarias de musulmanes,
católicos o cualquier otra creencia. Nos oponemos firmemente a la
prohibición del uso del velo en la escuela o en donde sea. Se trata,
desde nuestro punto de vista, de un derecho democrático elemental
que debe ser defendido de forma decidida por los marxistas y por el
conjunto de la izquierda. Las recientes exclusiones, como todas las
que ha habido en el pasado, constituyen un ataque flagrante e
intolerable contra los intereses y derechos democráticos de las
alumnas en cuestión, al mismo tiempo que es una provocación a los
ojos del conjunto de los musulmanes en Francia.
La derecha pretende defender el "laicismo". Pero,
¿qué es el laicismo en boca de estos reaccionarios? En tanto que
marxistas, defendemos la escuela pública y laica, es decir, el hecho
de que los recursos del Estado y sus instituciones no deben
favorecer la propagación de las ideas religiosas. Pero para Chirac y
compañía, el "laicismo" significa la imposición de medidas
represivas en contra de sectores de la sociedad por sus prácticas
religiosas habituales. Desde un punto de vista socialista, esto es
totalmente inaceptable.
La demagogia de la derecha
Históricamente, el movimiento obrero ha insistido
siempre en que la religión sea un "asunto privado". Los fundadores
del socialismo científico, Carlos Marx y Federico Engels, defendían
ese mismo punto de vista. Pero esta idea se ha entendido mal a
menudo, o en todo caso se ha explicado mal. Esa consigna quería
afirmar el carácter "privado" de las convicciones religiosas de los
trabajadores respecto del Estado, es decir, pretendía ser un medio
de resistir la injerencia del Estado en los asuntos religiosos y de
defender el derecho de practicar libremente una religión, o de no
practicar ninguna. Marx y Engels consideraban que esta "separación
de la Iglesia y del Estado" sería un paso delante, pero se oponían
categóricamente al "anticlericalismo" represivo por el cual la clase
dirigente, bajo la tercera República en Francia o bajo el mandato de
Bismarck en Alemania, buscaba consolidar su influencia en todos los
dominios de la vida social y económica del país. En la práctica,
bajo la cubierta demagógica "republicana" —un arte muy en boga en la
actualidad— esta política se tradujo en diversas formas de
persecución y acoso en contra de las comunidades religiosas, de los
curas y de los representantes de la Iglesia en general. Por su
seudo-radicalismo, también tendía a desorientar al movimiento
obrero, cubriendo de una aureola "progresista" a la República
capitalista de la época, que se erigió, no lo olvidemos, sobre los
cadáveres de 50.000 parisinos masacrados en el aplastamiento de la
Comuna Revolucionaria de 1871.
Hoy, la prohibición de utilizar los recursos del
Estado para promover la religión no se aplica. Cada año, el Estado
vierte sumas de dinero considerables a las arcas de los colegios
religiosos pretendidamente "privados". Prácticamente ninguno de
estos colegios podría subsistir sin la ayuda del Estado, y son
privados sólo en el sentido de que escapan, justamente, a las reglas
"laicas" en vigor en los otros colegios. La derecha ha tenido
siempre una actitud totalmente hipócrita en esta cuestión. Cuando,
entre 1981 y 1984, el gobierno de Pierre Mauroy quiso imponer
restricciones en la financiación pública de los colegios católicos,
los mismos políticos de derecha que hoy piden con la mayor firmeza
la prohibición de llevar "signos religiosos" en las escuelas
públicas, movilizaron entonces a cientos de miles de manifestantes
para defender la "libertad de enseñanza" —es decir, de la enseñanza
católica— y para mantener la financiación pública de los colegios
religiosos. Este hecho es suficiente para demostrar el carácter
racista de la campaña actual para prohibir el uso del "velo
islámico".
Las leyes actualmente en vigor sobre las
manifestaciones de creencias religiosas en la escuela dejan la
puerta abierta a las discriminaciones más arbitrarias. En 1989 el
Consejo de Estado reafirmó el derecho de los alumnos "de expresar y
manifestar sus creencias religiosas en el seno de los centros
escolares", precisando, sin embargo, que ese derecho "no les
permitiría a los alumnos enarbolar signos de pertenencia religiosa
que, por su naturaleza, por las condiciones en las que serían
llevados individual o colectivamente, o por su carácter ostentoso o
reivindicativo, constituyeran un acto de presión, provocación,
proselitismo o propaganda, atentara contra la dignidad del alumno o
la de otros miembros de la comunidad educativa" o fueran
susceptibles de "perturbar el orden" en el centro. Este texto
pretende claramente dotar de excusas a las autoridades para
justificar medidas en contra de los alumnos creyentes, y, en
particular, en contra de los alumnos musulmanes. Ya que el velo es
más visible que un medallón o que la cruz de Jesús, puede ser
estigmatizado fácilmente y de forma arbitraria como un forma de
"provocación", de "proselitismo" o de "presión sobre la comunidad
educativa". Dicho claramente, bajo las disposiciones de 1989, el
alumno o alumna católico que lleve un crucifijo, no tiene por qué
preocuparse, pero la chica que lleve el velo se ve amenazada de
exclusión.
Hoy, Raffarin y su partido quieren imponer medidas
todavía más restrictivas. Los dirigentes de la derecha que se
podrían citar a este respecto son muy numerosos. Nos contentaremos
con nombrar al señor Philippe Douste-Blazy, secretario general de la
UMP (coalición política de la derecha), cuyas palabras son
particularmente edificantes y cuyo "republicanismo" es inagotable.
Dio su punto de vista sobre la escuela pública en el diario Le
Figaro del 26 de octubre. El parlamento, dijo, debe tomar sus
responsabilidades: "Es preciso prohibir, en la escuela, el uso de
todo signo de pertenencia religiosa, filosófica o política. Del velo
islámico a la cruz cristiana pasando por la Kippa o la hoz y el
martillo. Debemos incluso pensar, como lo sugirió Xavier Darcos, en
el uso del uniforme en la escuela, como se practica en Inglaterra.
La escuela de la República no es un teatro donde los alumnos
tendrían derecho de proclamar sus convicciones o demostrarlas con
ostentación. No es un espacio de expresión de las identidades. [...]
La escuela no es, no puede ser el espejo de la sociedad".
"La escuela es un espacio cívico irremplazable, pero
su vocación es particular: la transmisión del conocimiento y el
reconocimiento republicano del mérito. Esta misión singular
justifica que se apliquen reglas especiales, diferentes de las que
prevalecen en el resto de la sociedad".
"La escuela no es la vía pública [...] La escuela es
un espacio autónomo que debe preservarse. Preservarse del
proselitismo agresivo, de la intolerancia, de la polémica. Es la
amalgama entre la escuela y el espacio público lo que confunde el
pensamiento. Puesto que las manifestaciones públicas de todas las
creencias se admiten en el segundo, bajo la única reserva de
perturbación del orden público, éstas deben prohibirse en la
primera".
Douste-Blazy nos hace un gran favor al escribir así;
tiene, en efecto, el mérito de expresar muy claramente ideas que
otros compañeros suyos preferirían callar.
Recapitulemos. Todos los signos de adhesión a ideas
religiosas o políticas deben prohibirse en la escuela. Ésta no debe
ser el espejo de la sociedad. Los alumnos no pueden proclamar sus
convicciones, ni expresar ninguna seña de identidad. Finalmente, ya
que la gente tiene el derecho de expresarse fuera de la escuela no
pueden tener el derecho de hacerlo dentro de ella. Se trata de un
programa de imposición de una dictadura ideológica en la escuela
pública, ya que ésta no es, de ningún modo, "autónoma". Para Douste-Blazy
la escuela tiene que ser el coto privado del Estado, donde la única
"propaganda" y las únicas "convicciones proclamadas" son las de la
clase dominante. Ya que los alumnos tendrán derechos más tarde, vale
más hacerles soportar una dictadura política mientras están aún en
la escuela. La hoz y el martillo, que simboliza la unión de los
trabajadores y campesinos del mundo contra la opresión, no tiene así
su lugar en un instituto. Señalemos de paso que el antiguo ministro
no ha juzgado útil promover la prohibición del logotipo de la UMP.
Sin duda, ¡Tal prohibición implicaría a mucha menos gente que la del
uso del velo!.
Escuela pública y laicismo
Si se hubiera propuesto imponer en la escuela pública
clases de propaganda religiosa, los marxistas nos opondríamos
frontalmente. Estamos en contra de la financiación pública de
instituciones religiosas. Los centros privados que dependen de las
subvenciones públicas deberían ser integrados en el sector público.
En cuanto a la enseñanza de religión en las aulas, los alumnos
interesados pueden dedicarse a ello fuera de la escuela, en las
iglesias por ejemplo. Sin embargo, el hecho de penalizar el uso de
"signos" religiosos, ya sea en la escuela o en otros sitios, es algo
totalmente inadmisible desde el punto de vista marxista y de la
lucha contra el capitalismo.
Admitamos que una alumna musulmana lleva un velo que
las autoridades calificarían de "provocador", "ostentoso", o una
forma de "proselitismo". ¿Dónde está el problema? Una joven que es
creyente no tendría por qué esconder sus convicciones, debería poder
hablar libremente de su religión y, si lo desea, intentar convencer
a los de su entorno. De la misma forma, el joven comunista —que no
se ofenda el señor Douste-Blazy— debería poder hablar de sus ideas,
en la escuela o en donde sea.
Evidentemente, oponiéndose a los ataques contra las
prácticas religiosas corrientes, un comunista no se hace defensor de
todos los actos cometidos en nombre de la religión. La gente que,
para justificar la prohibición del velo en las aulas, evoca la
ablación de las mujeres u otras prácticas bárbaras, debería tener
más sentido de la proporción. La ablación está prohibida por ley y
es totalmente correcto. El movimiento comunista debe denunciar,
evidentemente, tales prácticas y movilizarse para defender a sus
víctimas. El derecho de culto, en el sentido en el que nosotros lo
entendemos, no puede ser un derecho absoluto, hasta el punto de
abrir la puerta a prácticas inhumanas y criminales.
En realidad los medios de comunicación han sido
copados por aquellos que, partidarios de la prohibición del velo en
las aulas, explican que esta prenda simboliza la opresión de las
mujeres, que es una negación de la feminidad, una forma de sumisión
impuesta por sus padres, por la mezquita o por los "cabecillas" de
los barrios, que es una herramienta de propaganda fundamentalista —y
otras tantas cosas más—. Pero tales argumentos no justifican en
ningún caso la prohibición del velo. Si una estudiante lleva el velo
por voluntad propia y por simple convicción religiosa, no lo vivirá
como una opresión y, justamente, considerará un acto de opresión la
obligación de no llevarlo, bajo la amenaza de ser expulsada de la
escuela. Si, al contrario, el uso del velo le ha sido impuesto
contra su voluntad, entonces nuestro deber es apoyarla en su lucha
contra esta opresión, para que pueda emanciparse cuanto antes. Pero
incluso ahí, una ley que prohibiera el uso del velo a todas las
musulmanas, independientemente de sus convicciones religiosas, no
sería democrática y no podría aceptarse por el movimiento
socialista, comunista y sindical.
Entre los "librepensadores" más virulentos que exigen
la represión de "signos religiosos", se encuentran los masones. Los
miembros de esta sociedad secreta condenan sin cesar el "comunitarismo"
que, dicen, peligra con devolvernos a las tinieblas de los viejos
tiempos. Los masones cuentan entre sus filas con un número
considerable de capitalistas que han hecho fortuna gracias a una
especulación bursátil en suma "racional". Por otra parte, el "velo"
que cubre las operaciones financieras, el tráfico de influencias y
las diversas formas de corrupción que son moneda corriente en esta
"comunidad", han facilitado enormemente el enriquecimiento de buen
número de entre ellos. El "signo" del velo en la escuela los
enfurece, mientras que sus propias ceremonias secretas, sus ritos de
iniciación y sus "signos" bastante extraños no tienen nada que
envidiar, francamente, a las nociones más supersticiosas de la fe
musulmana o cristiana.
La posición de la izquierda
Sin embargo y, desgraciadamente, los instintos
represivos hacia la religión no se limitan a los representantes del
partido del señor Douste-Blazy o de los masones. En los partidos de
izquierda también e, igualmente, en nombre del "laicismo", se han
levantado voces a favor de una firmeza implacable frente a las
diferentes manifestaciones religiosas en la escuela pública. La
tendencia dominante de la "izquierda" —o en todo caso la que más se
deja oír— representa en realidad una forma de nacionalismo
"republicano". Los representantes de esta corriente tienen una
visión de las instituciones del Estado no menos fantasiosa que la
del mundo de los milagros, los ángeles y los malos espíritus de las
religiones.
Bernard Teper, presidente de la Unión de Familias
Laicas (UFAL) y "coordinador de ATTAC Sanidad y seguridad social", y
Pierre Cassen, "coordinador de los cinco llamamientos para una ley
contra los signos religiosos en la escuela pública", han
proporcionado una muestra típica de la propaganda de esta tendencia
en un artículo aparecido en la revista Democracia y Socialismo.
"Desde la caída de la Unión Soviética, una nueva fase del
capitalismo estructura la mundialización neoliberal", afirman. "Ésta
se caracteriza, entre otras cosas, por unir los procesos de
generalización de la comercialización y privatización con el apoyo
cada vez más directo a los comunitarismos étnicos, religiosos y
sociales, lo que le permite combatir las últimas murallas
existentes, que son los principios universales de solidaridad,
igualdad, laicismo, dirigidos por los servicios públicos y las
instituciones de la República. No comprender esto, es negarse a ver
que la condición, no suficiente pero necesaria para este combate, es
la unión del combate social y del combate laico".
"Defender los intereses de las capas populares de
establecer una alianza necesaria con las capas medias, por una lucha
social consecuente, debe ir acompañada de un apoyo sin velo a las
decenas de miles de jóvenes, sometidas a presiones intolerables de
totalitarismo islamista, que no desean llevar el velo".
"Dejemos que la historia aclare la confusión de un
cierto islamo-izquierdismo (por retomar la expresión de Bernard
Cassen [fundador y ex presidente de ATTAC]), que acepta sacrificar
los principios universales y emancipadores de libertad, igualdad,
fraternidad, laicismo y solidaridad, ya que cree, o bien, que el
islamismo es la religión de los pobres, o bien, que es la única que
se opone seriamente al imperialismo americano y que eso basta para
aliarse con él".
Esta argumentación no es más que puro engaño de
principio a fin. El adversario designado es el "neoliberalismo" y la
"comercialización". Quieren hacernos creer que la "República" y sus
supuestos valores constituyen una "muralla" contra esas plagas.
Ahora bien, es precisamente la "República", es decir, el Estado
actual, el que ha privatizado masivamente desde hace años, hasta el
punto de haber transferido, entre 1993 y 2002, cerca de sesenta mil
millones de euros de bienes públicos al sector privado. La
"República" está atada de pies y manos a los intereses del
capitalismo, dentro o fuera de sus fronteras. La consigna de
"libertad, igualdad, fraternidad", no es sino una monstruosa
hipocresía, y los señores Teper y Cassen lo saben bien. Se reduce,
para la mayoría, a la libertad de vivir en la precariedad y en el
paro, a la igualdad ante una ley que encarna las desigualdades y a
la fraternidad de los grandes empresarios contra el resto de la
sociedad.
Nuestros autores se burlan del "islamo-izquierdismo",
que ve en el Islam una fuerza anti imperialista. Esta corriente
existe, cierto, aunque de manera muy marginal. Los marxistas en todo
caso, no formamos parte de ella. ¿Qué decir, sin embargo, de esta
República que nuestros autores erigen como "muralla contra el
islamismo", pero que proporciona armas, informaciones militares y
apoyo diplomático a dictaduras "islamistas", ya sea en Sudán, en
Arabia Saudí, en Qatar o en los Emiratos Árabes? No, el Islam no es
un arma contra el imperialismo estadounidense, pero esa no es una
razón para hacernos creer que el imperialismo "republicano" de
Francia sí lo es.
Finalmente, ¿qué hay de esa "alianza necesaria" de
las capas populares con las capas medias? Se puede suponer
razonablemente que los señores Teper y Cassen se sitúan en la
segunda categoría. De hecho, esta "alianza" proporciona la clave de
su lógica nacionalista. La comunidad musulmana sirve aquí de
espantajo "exterior" destinado a poner a las "capas populares" a
remolque de las "capas medias", que están a su vez a remolque de la
"República" idealizada del gran capital.
En la edición del 25 de octubre de 2003, en el
editorial de L’Humanité, Pierre Laurent se expresa de una forma
similar. "Ya que la cuestión del velo ha resurgido de manera
espectacular en el debate público, [...] hay que llegar ahora hasta
el final de ese debate", afirma. "No hacerlo sería arriesgarse a
verlo pudrirse en pie, con todas las consecuencias desastrosas que
eso tendría. Tal y como están las cosas, los peligros son grandes.
Este debate divide a la sociedad francesa, a los trabajadores, a la
gente de los arrabales, a los laicos, a las feministas, a la gente
de izquierda. Ofrece un espacio de maniobra ideal a todos los que
intentar explotar esas divisiones para hacer retroceder al país en
sus ideales republicanos. [...] Nada sería peor que hacer de esto
una mediatización episódica y caricaturesca, dejando el terreno
libre al integrismo, a los fantasmas, a la regresión en todos los
sentidos". Mujeres de todo el mundo luchan por deshacerse del velo,
dice, y "una de ellas, la iraní Chirine Evadí, acaba de obtener el
premio Nobel de la Paz. ¿Es ahora el momento para Francia de
resignarse? ¿Puede ser la Francia del mañana, una Francia
multicultural, multiconfesional, sin atentar contra los principios
fundamentales de libertad y de igualdad que fundan la República, sin
rechazar todo lo que aísla, separa, encierra? El laicismo, tal y
como lo concebimos, es un espacio de libertad. Debe acoger, abrirse,
garantizar a cada uno su libertad de conciencia, y para ello, no
puede, precisamente, ceder la plaza a las reivindicaciones que
negarían esos principios".
Aquí tenemos, y esta vez por parte de un dirigente
del Partido Comunista, una argumentación que reposa en la amenaza
que representarían "el integrismo" y los "fantasmas", para los
"principios fundamentales de libertad e igualdad que sustentan la
República". ¿A qué República se refiere? Si la República actual
estuviera fundada en los principios de libertad e igualdad, ¿cuál
sería la utilidad del Partido Comunista? El deber de este partido es
explicar que esta cuestión del "velo" es, precisamente, un
instrumento de división y desvío de atención en las manos de la
clase dirigente y del Estado "republicano" que ésta representa. Por
supuesto, hay que luchar contra las ideas reaccionarias de los
fundamentalistas, pero con una política revolucionaria y socialista.
Y ése es un trabajo de educación política, de explicación paciente,
de discusión fraternal con los jóvenes que eventualmente se dejarían
influenciar por ellos. Al contrario, medidas coercitivas no pueden
más que reforzar el fundamentalismo islámico.
Naturalmente que sería preferible, desde nuestro
punto de vista, que todos los jóvenes y trabajadores estuvieran
liberados de cualquier forma de creencia mística. Preferiríamos que
se consagraran a la lucha para acabar con la opresión en la tierra,
más que a orientarse hacia un "más allá" en el que reinaría la
justicia. Sin embargo, debemos tener en cuenta un hecho: lo queramos
o no, una parte nada despreciable de la población es aún religiosa.
Los creyentes deben poder vivir su religión sin sufrir
discriminaciones por parte del Estado. Ciertas personas podrían
asombrarse de que los marxistas, cuya concepción materialista del
mundo se opone a las filosofías religiosas, defiendan el derecho de
los creyentes a expresar o "exhibir" sus convicciones religiosas, en
la escuela o en donde sea. Y sin embargo, esto no tiene nada de
contradictorio. El auténtico marxismo se opone a toda discriminación
y a toda opresión nacional, sexual o religiosa, precisamente con el
objetivo de facilitar la unión más amplia de todos aquellos que
tienen interés en luchar contra el capitalismo.
La idea de que sería posible eliminar las creencias
religiosas, o incluso el "fundamentalismo", mediante una pedagogía
"racionalista" y con medidas represivas es totalmente utópica o, en
todo caso, no tiene nada que ver con las ideas del socialismo. El
arraigo de las convicciones religiosas en la sociedad es demasiado
profundo como para extirparlo con medidas de orden burocrático y con
prohibiciones. Se trata ante todo de un fenómeno social, que no
comenzará a desaparecer definitivamente hasta que las condiciones
sociales en las que vive la mayoría de la población cambien
radicalmente. El fundamento social y psicológico de la religión es
ante todo la aspiración a una existencia mejor, más digna, más
justa; en definitiva, una vida que parece inalcanzable en el mundo
"material". La religión, para los jóvenes y trabajadores, es la
esperanza de un mundo mejor, expresado de una forma idealista y
abstracta. Por consiguiente, aquellos que se interesen
verdaderamente en emancipar a la humanidad de las influencias
religiosas deben atacar primero las raíces sociales y económicas de
éstas, y no declarar la guerra "a la religión" con la ayuda de los
amigos legisladores de Douste-Blazy y compañía.
El primer factor que favorece el fundamentalismo
islámico es la crisis del capitalismo y la ausencia, en los
programas políticos del PS y del PCF, de una perspectiva
revolucionaria. El movimiento socialista, comunista y sindical
primero debe adoptar un programa que abogue por la transformación
socialista de la sociedad, ofrecer una perspectiva de lucha contra
todas las formas de opresión, y trabajar pacientemente convenciendo
a todos los jóvenes y trabajadores, independientemente de sus
convicciones religiosas, de la conveniencia de este programa y de
esta perspectiva. Esto no impide, al contrario, explicar cómo la
clase dirigente explota los sentimientos religiosos de la población
para consolidar su propio poder y privilegios, como es el caso de
los países musulmanes, pero también el de los países en los que las
iglesias cristianas ocupan todavía una posición dominante (en
Latinoamérica, por ejemplo), o incluso el caso de Israel.
Pero, fundamentalmente, los partidos de izquierda no
deberían perder de vista su verdadero objetivo. Lo que podría hacer
retroceder las creencias religiosas y minar la influencia del
fundamentalismo es un llamamiento a la acción dirigido al conjunto
de la juventud —ya sean creyentes o no, ya estén a favor o en contra
del uso del velo— para cambiar el sistema actual y organizar la
sociedad sobre bases socialistas.
Diciembre de 2003
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