Rui Faustino
Los 25 años pasados desde el 25 de Abril son una
fecha demasiado importante para que la burguesía, sus políticos y
sus periódicos la puedan pasar por alto. Sería demasiado obvio. Por
eso hablan de ella, pero con el objetivo de ocultar lo que realmente
pasó, para que la nueva generación de trabajadores no posea memoria
de lo que sucedió en el 74/75, más allá de la fabricada por los
ideólogos de la clase dominante.
La burguesía intenta transmitirnos la idea de que
todo se trató de una simple revolución democrática, deseada, por
otra parte, por todos los "portugueses de bien". Y, si tal
transición no fue totalmente pacífica, fue porque se cometieron
"excesos", "radicalismos", "locuras", que serían, claro,
responsables de todo lo malo que sucedió en el país durante años. Se
trata de la misma burguesía que negó los derechos democráticos a la
clase trabajadora, para organizarse, para defenderse. La misma
burguesía que durante décadas se lucró con los bajos salarios y las
condiciones inhumanas a los que sujetó a los trabajadores con el
auxilio de los soplones, de los pides asesinos y de
todo el aparato represivo. La misma burguesía que durante años no
dijo un ¡ay!... ¿Alguna vez un capitalista se pudrió en prisión? ¿O
fue impedido de decir o hacer lo que le diera la gana?
Los "excesos", los "radicalismos" y las "locuras" a
los que la burguesía se refiere fueron las ocupaciones de tierras y
de casas desocupadas, la autogestión, las nacionalizaciones, las
Comisiones de trabajadores, vecinos y soldados que discutían,
decidían y ejecutaban (es decir, los órganos del poder obrero
embrionario). La "locura" fue, en definitiva, la acción heroica de
la clase trabajadora de derribar el capitalismo, de expropiar a sus
expropiadores, de transformar radicalmente la sociedad porque sólo
el socialismo podía y puede satisfacer nuestras aspiraciones. Los
trabajadores no hicieron la revolución para "decidir, una vez cada
cierto número de años, qué miembros de la clase dominante han de
oprimir y aplastar al pueblo en el Parlamento" (Lenin, El Estado
y la revolución). Los trabajadores hicieron una revolución para
cambiar el mundo. La revolución del 74/75 fue una revolución
proletaria.
Antecedentes para la revolución
No se trata de semántica. Todas las revoluciones
poseen un carácter de clase. Es decir, en todas las revoluciones
existe un grupo social que arrastra a los demás en la lucha contra
lo que es arcaico y está sobrepasado históricamente, y, claro,
contra los que se oponen a la desaparición del viejo orden.
También en Portugal la burguesía hizo su propia
revolución. Entre 1820 y 1834 (cuando los miguelistas y la
antigua nobleza fueron definitivamente derrotados) la burguesía y
sus políticos llevaron a cabo una lucha contra el viejo orden
feudal, llegando hasta el punto de la guerra civil. Esto no tiene
nada de sorprendente si pensamos que ninguna clase dominante, a lo
largo de la historia, dejó de luchar por todos los medios y hasta
las últimas consecuencias para mantener sus privilegios y posición
social.
La burguesía portuguesa destruyó entonces, lo que
quedaba de las viejas relaciones feudales de producción y el Estado
absolutista que sobre ellas se erguía, a través de la desaparición
del diezmo y la sisa (impuesto de transmisión de propiedades) y las
restricciones al comercio y la producción. Abolió el mayorazgo (los
privilegios del hijo varón primogénito) y expropió las órdenes
religiosas monacales, volviendo plenas la posesión y transacción de
la tierra. Implantó una Constitución y creó un parlamento, separando
los poderes ejecutivo, legislativo y judicial.
Pero la burguesía era demasiado débil. Esto sólo era
consecuencia del atraso económico del país, con una industria
incipiente, un comercio arruinado por la independencia de Brasil, el
lastre de los terratenientes y, como corolario, el escaso peso
social de la burguesía. El resultado de todo esto fue la incapacidad
de la burguesía portuguesa de llevar a cabo el conjunto de tareas
históricas que le competían a su revolución.
Al contrario de lo que ocurrió en la Revolución
Francesa de 1789, la burguesía portuguesa fue incapaz de llevar a
cabo una reforma agraria que repartiese la gran propiedad entre los
campesinos. No acabó con los latifundios de la nobleza, y las
tierras expropiadas a la Iglesia fueron divididas entre ella y los
latifundistas. Fue incapaz de proceder a la modernización del país.
El ímpetu de progreso del fontismo fue sólo posible gracias al
período de crecimiento general que el capitalismo disfrutó entre
1848 y 1870. No consiguió alterar el papel de Portugal en la
división internacional del trabajo; no liberó al país de la
asfixiante tutela del imperialismo inglés, que era el principal
socio comercial. Finalmente, no sólo no abolió la monarquía, sino
que tuvo que apoyarse en uno de los partidos dinásticos que luchaban
por el trono. Para colmo, fue obligada a aceptar una Constitución
otorgada por Don Pedro y no redactada por los políticos burgueses,
una Constitución que, por cierto, ¡permaneció en vigor, con
alteraciones mínimas, hasta la implantación de la República en 1910!
Y no es necesario comentar lo que significó la carrera de la
burguesía para conseguir títulos nobiliarios después de la victoria
sobre la antigua nobleza...
Todas las revoluciones tienen un carácter de clase.
Ahora bien, no todas las revoluciones cambian las relaciones
sociales de producción. La revolución republicana, por ejemplo, sólo
llevó a cabo cambios políticos, cambios en cuanto a la forma de
organización del Estado, conservando las relaciones sociales
existentes. Pero la implantación de la República no fue sólo una
revolución política. Fue, también, la última oportunidad de la
burguesía de jugar un papel progresista.
Dificultades estructurales del desarrollo
capitalista en Portugal
Éste no es el lugar para tratar a fondo la historia
de la I República. Pero importa retener algunas cosas. Una vez más
la burguesía portuguesa fue incapaz de llevar a cabo las tareas que
le competían históricamente. Estos fracasos no se dieron por
casualidad o mala suerte. Para modernizar el país, para impulsar su
industrialización, eran necesarias tres cosas: capitales, mercados y
mano de obra.
Los capitales eran escasos y, además, teniendo en
cuenta la cerrada competencia externa —en especial la británica—, no
eran invertidos en su mayor parte en la industria. Era mucho más
seguro invertir en la adquisición de inmuebles, en la especulación,
en el comercio y en la financiación de la deuda pública a través de
títulos del Tesoro. Fue lo que la burguesía hizo. Buscando un buen
margen de beneficio, se inhibió de invertir en la industria,
precisamente al contrario que en los países avanzados.
El mercado interno era escaso, debido a la baja
renta de una población dividida entre una masa de campesinos que
disponían de poco más que lo suficiente para vivir, un proletariado
cuyos salarios siempre estaban bajo presión por la "necesidad de
abaratamiento del factor trabajo" y una pequeña burguesía urbana muy
frágil. El atraso del campo, a su vez, limitaba la adquisición de
productos industriales. Quedaban los mercados coloniales, pues los
restantes, los de los países desarrollados, estaban excluidos por la
débil productividad de la economía portuguesa, sin posibilidades de
vencer en el mercado mundial.
Finalmente, la mano de obra sólo podía ser liberada
en el campo con la modernización agrícola, mas ésta era imposible
mientras la estructura social agraria permaneciese dividida en una
enorme base de millares y millares de familias campesinas sin
capital, muchas veces sin tierra o con poca tierra, y una oligarquía
agraria que no sentía ningún estímulo para invertir, al disponer de
una vasta y barata mano de obra. Era precisamente esta composición
social del campo lo que confería poder e influencia a los
terratenientes.
Alterar la posición relativa de Portugal en la
división internacional del trabajo, esto es, su papel en el mercado
mundial, significaba enfrentarse a los intereses ingleses, que
tutelaban, de hecho, la economía nacional. Esto no se podía hacer.
El capitalismo portugués necesitaba los capitales y préstamos
internacionales, sobre todo británicos. También necesitaba los
mercados coloniales. No se podía, simplemente, enfrentarse a "la
señora de los mares" (Gran Bretaña); además, la burguesía portuguesa
temía que los conflictos anglo-germanos se resolviesen con el
reparto de las colonias lusas. En la cuestión de la dependencia
imperialista del país los burgueses tenían las manos atadas, y si se
realizaba una política proteccionista no era lo suficientemente
agresiva como para eliminar la cuota de mercado interno de los
exportadores británicos. Los políticos republicanos burgueses, una
vez en el poder, abandonaron la retórica nacionalista y anti inglesa
para convertirse a las "razones de Estado". Las mismas "razones de
Estado" que estuvieron detrás de la participación en la guerra
imperialista de 1914-18 al lado de la "vieja aliada".
También tenía la burguesía que expropiar a los
latifundistas, abrir paso a la modernización del campo, liberar mano
de obra para la industria y, en fin, modernizar el país. Pero no
podía. Para llevar a cabo esa tarea necesitaba apoyarse en el
proletariado y en las masas de la pequeña burguesía urbana (como se
vio cada vez que frenó una intentona monárquica). La burguesía
industrial no se oponía al latifundio, a las dimensiones de la
propiedad agraria. Ciertamente, le molestaba la excesiva influencia
de los intereses latifundistas, pero en el fondo temía más al
"pueblo" que a la reacción ultramontana. Al contrario que la
burguesía francesa en 1789, no lideró a la "nación" contra los
obstáculos que el viejo orden se obstinaba en ponerle en su camino.
La burguesía portuguesa se desarrolló de forma lenta, cobarde e
indolente.
La dictadura de Salazar
Perdiendo apoyo social, enredado en una pavorosa
crisis financiera —sólo en 1921 el escudo pierde cuatro veces su
valor en relación a la libra, y los precios, con un índice 100 en
1910, llegaron a 2.658 (!) en 1924—, sufriendo los problemas propios
de la debilidad económica del país, sumergiéndose en una
inestabilidad política extrema (26 Gobiernos, 3 golpes militares, 4
elecciones generales y sólo un mandato presidencial completo, en el
período 1919-1926), y siendo ya más un estorbo que un apoyo para los
negocios, el régimen parlamentario burgués zozobraba.
La burguesía se daba cuenta de que su propio sistema
político no funcionaba, clamaba por la desaparición de los
sindicatos y partidos obreros. Aspiraba a un Gobierno que
administrase sus intereses comunes, que fuese un árbitro supremo
entre sus diferentes sectores, y, sobre todo, que fuese capaz de
imponer orden. ¡Orden en los presupuestos! ¡Orden en el Estado!
¡Orden en las calles! Aspiraba a un Estado fuerte y apelaba
abiertamente a los militares. Y, finalmente, el golpe vino.
¡Saludado hasta por "demócratas" republicanos!
El Estado Novo (la dictadura salazarista) fue
la solución que permitió gestionar los intereses divergentes de las
clases poseedoras y contener al naciente movimiento obrero y el
descontento de las masas populares. Al contrario que los de Italia o
Alemania, el fascismo portugués nunca llegó a contar con
apoyo de masas, aunque en los años treinta se realizaran las
escenificaciones de poder del fascismo portugués.
Constitucionalmente la organización estatal era semejante, pero en
Portugal el régimen nunca llegó a poder utilizar realmente la
pequeña burguesía urbana como un ariete contra el proletariado. Su
principal base de apoyo no estaba en la ciudad, sino en el campo. El
Portugal "bucólico" y "honrado" no era sólo un sueño acariciado por
el dictador. Por el contrario, si Salazar estaba al frente del
Estado era porque el régimen, para mantenerse, necesitaba el apoyo
del "Portugal de las pequeñas cosas": el pequeño comercio, la
pequeña industria, la pequeña propiedad agraria. Mas,
simultáneamente, el régimen no podía enajenarse el apoyo de la gran
burguesía industrial y comercial. No sólo por la fuerza e influencia
que tenían, sino también porque el Estado Novo precisaba de
ferrocarriles, infraestructuras, armamento y progreso industrial,
esenciales para mantener, por lo menos, su posición relativa en el
concierto de las naciones. Fue en este equilibrio precario,
balanceándose entre las diversas facciones, en el que el Estado
Novo, Estado bonapartista, autoritario y antiobrero, se mantuvo.
Pero con él se mantuvieron los problemas crónicos de desarrollo de
Portugal. Un nuevo impulso tenía que llegar para sacudir la
estructura socioeconómica del país.
Los límites del capitalismo portugués
Finalmente, la industrialización en Portugal sólo
arrancó en los años cincuenta. Con apoyos, inversiones y préstamos
externos, y con la lenta acumulación de los sectores industriales y
financieros, los platos de la balanza comenzaban a caer. El Estado
tomaban por entonces un papel activo en el proceso a través de los
Planes de Fomento, de inversiones necesarias para el desarrollo
industrial (sobre todo, la electrificación) y del lanzamiento de
nuevas actividades (abonos, pasta de papel, siderurgia y
metalurgia), de la fijación de precios, con el crédito barato y
selectivo, con la división preferencial de mercados, con exenciones
fiscales, etc.
A través de las leyes de regulación de la industria,
de un proteccionismo más agresivo que protegía las industrias
portuguesas de la competencia externa, de una imposición de bajos
salarios por la opresión directa a la clase trabajadora, el Estado,
interviniendo directamente en el proceso económico, aceleraba la
modernización. Al mismo tiempo favorecía la concentración de capital
y la monopolización virtual de la economía por un puñado de grandes
grupos.
Cuando se da la revolución, en 1974, la economía
portuguesa está dominada por siete grandes grupos: CUF, Espírito
Santo, Champalimaud, Português do Atlântico, Borges & Irmâo,
Nacional Ultramarino y Fonsecas & Burnay. El dominio de las siete
grandes familias se expresaba bien en dos datos: en 1971, siete
bancos disponían del 83% de los depósitos y de las carteras
comerciales, mientras que el 0,4% de las sociedades detentaba el 53%
del capital total de todas las sociedades. En 1972, el 16,5% de
todas las empresas industriales producía el 73% de la producción
industrial. En la práctica, numerosas empresas que no pertenecían a
las siete familias estaban supeditadas a sus decisiones.
El grupo CUF, el mayor del país, poseía, además de
banca y seguros, más de cien empresas en los sectores químico, de
jabones, de óleos, refinados y petroquímica, de minas, de
metalurgia, de aparatos eléctricos, de construcción naval, de
transportes marítimos, de tabaco y textil, de celulosa y papel,
inmobiliario, de comercio, de hostelería, agrícola, de sociedades
coloniales, etc., etc.
En el campo la concentración de propiedad no era
menor. Basta referirse a que en 1968 las 1.140 explotaciones de más
de 500 hectáreas suponían el 30,3% del total, esto es, ¡lo mismo que
631.482 explotaciones con menos de 4 hectáreas! Más que palabras,
estas cifras eran un verdadero programa para la revolución social en
los campos.
Portugal entraba en la fase superior del capitalismo
descrita por Lenin, caracterizada por una situación de monopolio de
sectores enteros y del conjunto de la economía, a través, no sólo de
la concentración horizontal, sino también de la vertical (un mismo
grupo controlando todas las etapas de una determinada producción),
por la fusión entre el capital financiero y productivo y la
subordinación de éste al primero, por su carácter progresivamente
parasitario y especulativo (entre 1968 y 1972 los capitales y fondos
de reserva de los principales bancos pasan de 7,3 a 13,3 miles de
millones de escudos.
Además, el Estado colaboraba activamente con los
grandes monopolios. Su acción no se resumía sólo en beneficiar a los
monopolios a través de exenciones fiscales y subvenciones, de la
redistribución de la plusvalía mediante los presupuestos, de la
ampliación de un mercado privilegiado y garantizado a los monopolios
a través del consumo público. La acción del Estado incluía el
mantenimiento de infraestructuras no rentables y el refuerzo del
sector estatal a través de la nacionalización de aquellos sectores
de la economía absolutamente indispensables para el funcionamiento
de ésta, pero que no proporcionaban un margen de beneficio
satisfactorio o incluso eran deficitarios. Además, el Estado
participaba directamente con capital en varias de las principales
empresas, auxiliando así a los grandes capitalistas en la liquidez
necesaria para la inversión.
El crecimiento económico es, de hecho, muy rápido,
pero no debemos perder de vista que se partía de un nivel muy bajo y
que todo esto sucedió durante el período de auge capitalista de
1948-73. Entre 1960 y 1973 la producción creció una media anual del
6,7%; el crecimiento de las industrias transformadoras fue del 9,2%,
constituyéndose así en el motor de la economía; tal observación
queda todavía más clara cuando verificamos que la productividad de
la industria crecía a una tasa anual del 7,3%. Los sectores que más
rápidamente crecían eran las nuevas industrias, como la química y
los plásticos, las industrias metálicas de base y las de productos
metálicos. La excepción más notoria era el crecimiento acelerado de
la producción textil, que, aun perteneciendo a la estructura
tradicional, se beneficiaba del desarrollo de las exportaciones. El
sector servicios, con un desarrollo naturalmente más tardío, no
desafinaba del cuadro general. Sólo la agricultura permanecía atrás;
verdadero talón de Aquiles de la economía portuguesa, vio perder
600.000 empleos entre 1969 y 1973 (aunque el 32% de la población
activa continuaba trabajando en el campo), no como resultado de un
esfuerzo modernizador (las ganancias en productividad son casi nulas
en todo este período), sino de una fuga masiva del empobrecimiento
absoluto y relativo del campo. Ya entonces la agricultura era
considerada un caso perdido para la "causa del progreso", y, en
efecto, desaceleraba la tasa global de crecimiento.
Mientras tanto, en la medida que se desarrollaba el
capital, se desarrollaba también el proletariado, y, chocando con
las contradicciones del desarrollo capitalista en Portugal,
alcanzando sus límites, "la burguesía no ha forjado solamente las
armas que deben darle muerte; ha producido también los hombres que
empuñarán esas armas: los obreros modernos, los proletarios" (Marx y
Engels, El manifiesto comunista).
Los límites del modelo económico salazarista
No obstante si en un primer momento, a través de la
regulación de la actividad productiva y de la competencia, el Estado
favoreció la acumulación de capital y la promoción artificial de
determinados grupos empresariales, posteriormente funcionaba como
una traba. Esa reglamentación de los mercados, principalmente en la
década de los sesenta, se convierte en un obstáculo para la libre
expansión de los monopolios, permitiendo el mantenimiento de
pequeñas empresas sin viabilidad. A pesar de que el número de
patrones en la industria disminuyó entre 1960 y 1970 de 49.552 a
17.835, las empresas de menos de 20 trabajadores empleaban todavía
al 20% de los obreros de la industria. No se trataba de que el
Estado no desease favorecer a los grandes grupos, su actitud
dubitativa y de posponer el acondicionamiento industrial revelaba su
miedo a perder el apoyo de esa capa conformada por la pequeña y
media burguesía.
Además, estaban las trabas que el Estado imponía a
la inversión externa. Si esto beneficiaba a aquellos sectores de la
clase dominante que temían la implantación de modernas unidades
productivas de capital extranjero dirigidas al mercado nacional,
era, al mismo tiempo, tremendamente frustrante para los capitalistas
portugueses cuya estrategia pasaba, precisamente, por la asociación
(aunque en una posición de supeditación) con el capital externo.
Esta inversión extranjera pasará de 826.000 millones de escudos en
1970 a 2.726.000 millones de escudos en 1973.
Portugal había seguido hasta entonces una política
de autarquía económica. Pero el desarrollo del capitalismo portugués
unía, cada día más, la economía del país a la economía mundial. Las
empresas necesitaban de más y más mercado: ¿de dónde recoger las
materias primas, la energía, los avances técnicos, los capitales? ¿A
dónde vender mucho, cada vez más? Todos los esfuerzos para levantar
un "mercado único portugués", esto es, para basar el desarrollo
económico en los mercados nacional y colonial, eran vanos. Los
mercados de los países capitalistas desarrollados eran cada vez más
importantes. El peso de las colonias en el total del comercio
externo pasó del 18% en 1960 al 10% en 1974.
La entrada de Portugal en la EFTA en 1959 permitía
el ingreso del país en una zona de libre comercio, también formada
por Gran Bretaña, Suecia, Noruega, Dinamarca, Suiza y Austria. Esto
implicaba una apertura arancelaria, aunque se excluyeron los
productos agrícolas, se negociaron plazos prolongados para la
eliminación de los derechos aduaneros que protegían la industria
portuguesa, y se permitió plena autonomía tarifaria con otros países
(por tanto, las relaciones privilegiadas con las colonias se
mantuvieron). En este acuerdo se transparentan las debilidades del
capitalismo portugués, y mostraba que el "orgullosamente solos" de
Salazar entraba en abierta contradicción con las necesidades de
expansión de las fuerzas productivas. Y, una vez más, la burguesía
se dividía sobre cómo actuar; un sector apostaba claramente por la
integración europea, otro se agarraba a la ilusión de un espacio
económico portugués (con las colonias, claro).
El problema colonial era clave. El ala más estúpida
y reaccionaria soñaba con más de cinco siglos de dominación
colonial. Otro sector se daba cuenta de que tales sueños eran
irreales, es más, se resentía de que cada vez más recursos fueran
utilizados en una guerra sin final a la vista (en 1973, la guerra
colonial consumía más del 40% de los presupuestos del Estado),
obstaculizando, así, el ritmo de acumulación de capital y de
inversión. El esfuerzo de guerra implicaba que, por ejemplo, el
porcentaje de ejecución del Plan de Fomento sólo fuese del 84,5% en
1968 y del 73% en 1969. No era de extrañar que parte de la burguesía
aspirase a que los créditos de guerra fuesen utilizados en otros
sitios. Y, aun así, incluso para el sector más inteligente o
"liberal" de la clase dominante, la independencia "pura y simple" de
las colonias no era aceptable. Porque eso hubiera significado su
eliminación de los mercados coloniales y, sobre todo, porque la
victoria de la revolución colonial sería el dinamo de la revolución
portuguesa. La solución que pretendía ese sector era un modelo
neocolonialista que protegiese sus intereses. El único "pero" es que
los pueblos de las colonias no podían esperar a la generosidad y al
ritmo de la burguesía liberal portuguesa. Dividida, sin ninguna
solución viable, la clase dominante estaba paralizada.
No se piense que lo que estaba agotado era sólo un
modelo de desarrollo capitalista, que había una burguesía liberal
que no tuvo oportunidad de llevar a cabo las reformas pretendidas.
La historia ya había mostrado de qué calaña eran estos "liberales".
La burguesía, durante casi cincuenta años, jugó la
carta de la represión al movimiento obrero, obteniendo su beneficio
de los bajos salarios y las condiciones inhumanas de trabajo.
Precisamente por esto, porque se basaba en la explotación de mano de
obra barata, no invirtió lo necesario en máquinas y tecnología. En
la medida que tuviese que enfrentarse a un duro choque, la
estructura productiva portuguesa estaría en muy mala situación para
hacer frente a la competencia externa.
Así, lejos de ser la tabla de salvación que algunos
sectores esperaban, los mercados europeos se convertían rápidamente
en un serio problema. El déficit de la balanza comercial pasó de
7.900 millones de escudos en 1964 a 17.700 en 1970 y a 28.400 en
1973. Las exportaciones comienzan a caer en 1973, a pesar de las
primeras devaluaciones de moneda.
La tasa de beneficio bajaba en la industria; con
ella, descendía el interés en la inversión productiva, y, de esta
manera, se desviaban más y más capitales a la especulación
financiera. El aumento de la formación bruta de capital fijo, o sea,
del total de inversiones anuales en la producción, fue del 17,3% en
1966, del 5,7% en 1967, del 2,95% en 1968 y del 0,7% en 1969. Por
otra parte, sólo en los cinco primeros meses del 73 el valor de las
cotizaciones de títulos subió tanto como en los siete años
anteriores, y el valor nominal de las acciones era ¡32 veces
superior a su valor real! Con o sin 25 de Abril el crac de la Bolsa
era absolutamente inevitable. Esa febril especulación alimentaba la
explosión inflacionista: 11,5% en 1972, 19,2% en 1973. A medida que
la economía capitalista mundial corría hacia la más grave crisis de
sobreproducción de la posguerra, en 1973, que coincidió con el
brutal aumento de los combustibles, la burguesía portuguesa se
quedaba sin margen de maniobra.
La revolución en marcha
Lenin explicó muchas veces que para que explote una
revolución y sea victoriosa son necesarias algunas premisas. La
primera condición objetiva es la división en el seno de la clase
dominante, y en Portugal, en vísperas del 25 de Abril, esa división
saltaba a la vista. Un sector quería mantener todo como estaba,
considerando que las más mínimas reformas provocarían una explosión.
Apostaba todo a la represión y al mantenimiento del estado de cosas.
Otro sector, más inteligente, comprendía que su dominio de clase
sólo podría mantenerse a través de reformas por arriba que
impidiesen la revolución por abajo. Unos y otros sólo divergían en
la mejor forma de mantener sus privilegios de clase. Marcelo
Caetano, en el papel de árbitro que le confería el puesto de
dictador, tras la muerte de Salazar, apenas conseguía mantener un
equilibrio entre estas dos alas de la clase dominante, que se
expresaban políticamente en los ultras y los reformadores. Y
esto era tanto más irónico cuanto que él mismo había tenido un
recorrido político, desde la II Guerra Mundial, como tecnócrata
reformador.
La segunda condición para una revolución, la
neutralidad o incluso simpatía de la pequeña burguesía hacia el
movimiento obrero, era evidente. Los estudiantes, que siempre son un
barómetro muy sensible de la sociedad, expresan la crisis lanzando
dos importantes luchas, en 1962 y, sobre todo, en 1969.
Las clases medias conocen una profunda
transformación en los años que anteceden a la revolución. En primer
lugar sufren un proceso de proletarización, o la inminencia de tal.
El número de propietarios disminuye en la agricultura (de 78.435 en
1960 a 18.410 en 1970), en los servicios (de 57.987 a 23.035 en el
mismo período) y en la industria (de 49.552 a 17.835). Empobrecidos,
sin poder seguir contratando personal y dependiendo en gran parte
del trabajo familiar, en los censos de población son absorbidos por
las categorías de aislados o, en los casos más extremos, de
"asalariados". También los intelectuales son progresivamente
proletarizados, aumentando un 40% el número de profesionales
liberales, científicos y cuadros administrativos que trabajan por
cuenta ajena. Estas cifras, más que cualquier otra cosa, explican el
giro a la izquierda de unas clases medias amenazadas por el
desarrollo de los grandes grupos, de la gran propiedad, y cansadas
de la dictadura y la guerra colonial, donde también morían sus
hijos. La pequeña burguesía ya no era un pilar seguro del régimen.
Las luchas estudiantiles, las huelgas de los
profesores de instituto y los médicos en los primeros años de la
década de los setenta mostraban su aproximación al proletariado y a
sus formas de lucha y organización. Y la más evidente expresión de
ese giro radical a la izquierda acabaría por venir del cuerpo de
oficiales pequeñoburgueses que provocarían la caída del régimen el
25 de Abril.
La tercera condición objetiva para una crisis
revolucionaria tiene que venir del propio proletariado, de su
fuerza, determinación y coraje para luchar hasta las últimas
consecuencias por la transformación de la sociedad. En el inicio de
los setenta, el joven y moderno proletariado portugués maduraba para
su "asalto a los cielos".
Al incesante crecimiento numérico de la clase
trabajadora (cerca de un millón de obreros industriales en 1970,
constituyendo los asalariados de los sectores secundario y terciario
el 58% del total de la población activa, a lo que se debían sumar
bastantes centenares de miles de trabajadores del campo) se unían
los efectos de la emigración (había millón y medio de emigrantes
entre 1960 y 1973). La relativa ausencia de mano de obra, por la
emigración, conjugada con un fuerte crecimiento económico, tuvo como
consecuencia, naturalmente, un aumento de los conflictos laborales.
Los trabajadores procuraron recibir una mayor parte del pastel.
Desde la célebre Huelga de Mala, en la que,
durante tres días, los trabajadores de Carris dejaron de cobrar
billetes, el movimiento obrero irá dando golpe tras golpe. Las
reivindicaciones que empujan a la lucha son aumentos salariales y
salario mínimo, decimotercera paga, reducción de la jornada laboral
(semana de 40 horas), vacaciones pagadas de treinta días y
prohibición de despidos sin causa justa; estas reivindicaciones se
expresan en la exigencia de establecer contratos colectivos de
trabajo. La clase obrera se lanza a la ofensiva, a través de
peticiones, concentraciones a la entrada de la empresa, asambleas,
huelgas de brazos caídos, desorganización secreta del proceso de
trabajo, disminución de la producción, manifestaciones y huelgas. En
todo este período, pese a la represión de la policía y de los
pides (miembros de la PIDE, la policía política), a las
sanciones disciplinarias y a los despidos, los trabajadores no se
atemorizan y arrancan concesiones. A veces, incluso, consiguen todas
las reivindicaciones.
Una de las características del movimiento es el
hecho de que los trabajadores de cuello blanco (la
aristocracia obrera) participan activamente en las luchas de los
metalúrgicos, los trabajadores del sector químico o los del
eléctrico. Los bancarios, por ejemplo, eligen en enero y febrero de
1969 dirigentes sindicales de oposición al régimen, en Lisboa y
Oporto; en el siguiente año, tras una asamblea de siete mil
trabajadores, acabarían por imponer el primer contrato colectivo. Ni
el cierre de sus locales sindicales ni la suspensión de su dirección
sindical en 1971 cortaría el ímpetu. Los bancarios continuaron
manifestándose en el 72 y en el 73, recurriendo incluso, ese mismo
año, a una huelga de tres días.
Entre 1969 y 1971 unos 30 sindicatos fueron tomados
por listas opositoras de la confianza de los trabajadores, siendo el
punto alto de este proceso la formación de la Intersindical, el 1 de
octubre de 1970, cuando los sindicatos de metalúrgicos y del textil
y el sector financiero convocan a otros sindicatos a una reunión
conjunta. En los siguientes ocho meses las reuniones se suceden,
llegando a juntarse 47 sindicatos. El movimiento sindical, huyendo
de las mallas del corporativismo, apunta tres líneas maestras de
orientación: libertad e independencia de las organizaciones de clase
en relación al Gobierno, democracia interna y unidad del movimiento
sindical.
La reacción del Gobierno no tardó. Publicó
decretos-ley modificando la vida interna de los sindicatos, declaró
la Intersindical ilegal, intentó impedir con un gran aparato
policial que se efectuasen reuniones, asambleas o manifestaciones
públicas, suspendió y cesó direcciones sindicales, estrechó la
censura previa en los boletines internos, destruyó sedes y procedió
a detenciones. Pero la represión no era una prueba de fuerza, sino
de impotencia. El movimiento obrero no retrocedía, y, si el régimen
sólo se mantenía por la coacción, los trabajadores demostraban haber
perdido el miedo a la policía. Pero la dictadura no tenía
alternativa a la represión.
Despuntaban ya las primeras señales de crisis. En
1972 y 1973 se congelaron los salarios, cuando las subidas
salariales habían sido constantes en los sesenta (aunque seguían
siendo todavía bajísimos) gracias a la emigración y a las luchas. La
patronal se negó a revisar las remuneraciones en función de la tasa
de inflación, y cuando ésta alcanzó, esos años, el 11,5 y el 19,2%,
respectivamente, el espectro del aumento del coste de la vida
apareció ante la clase obrera. El 15 de abril de 1973 se
manifestaron 40.000 trabajadores en Oporto contra la carestía de la
vida, pero fue sobre todo el período que va del otoño de 1973 al 25
de Abril el de mayor ímpetu huelguístico: en una situación de
abierta represión, en que la huelga era ilegal, fueron 100.000 los
trabajadores que recurrieron a ella. La lucha continuaba, poco a
poco, minando el sistema productivo...
Todas las condiciones objetivas para una explosión
revolucionaria estaban más que maduras. La guerra colonial, como
telón de fondo, sólo convertía en más agudas las tensiones que
afligían a la sociedad portuguesa. Guerra odiada por los más de diez
años de combate, sin fin a la vista, que sacrificaban a toda una
generación, por el desperdicio de importantes recursos del país, por
el agravamiento que significaba para las condiciones de vida de las
masas (de 1970 a 1973 los impuestos indirectos subieron un 73% y el
impuesto profesional un 53%).
La guerra no contaba con el apoyo de nadie, excepto
de los que con ella se lucraban. Incluso muchos de los oficiales,
viendo el ejemplo de la inminente derrota de los poderosos Estados
Unidos en Vietnam, se daban cuenta de que la victoria era imposible.
En esta progresiva toma de conciencia de la inutilidad de la guerra
por parte de la casta de oficiales, tuvo gran importancia la
incorporación a filas, en el cuerpo miliciano, de los jóvenes
universitarios que eran contestatarios al régimen. El Gobierno había
pretendido eliminar el virus de la revolución a través de la
movilización de los estudiantes, pero sólo consiguió que éstos
llevaran su radicalismo dentro de un uniforme. Sería la casta de
oficiales la que diría la última palabra en los estertores finales
de la dictadura. Una de las características peculiares de la
Revolución Portuguesa fue que los militares desempeñaron el papel
dirigente del proceso en sus primeros momentos.
Poco satisfechos con su situación y estatuto, los
militares entraron en colisión con el régimen a raíz de la
publicación del Decreto-Ley 353/73, según el cual los oficiales
milicianos podrían tener acceso al cuerpo militar permanente sólo
con dos semestres lectivos en la Academia Militar, con la
consecuente revisión de la posición de los otros oficiales en la
escala de antigüedad. Este acceso, sustancialmente diferente al que
hasta entonces existía, daría vida al movimiento de los capitanes.
Era, sin duda, una cuestión corporativa la que movía
a los oficiales de carrera, que con esa medida se veían postergados
en la evolución de sus carreras, ya de por sí difícil por la
congestión de la cúpula jerárquica. No eran muy alentadoras las
perspectivas para estos hombres, que tenían que hacer varias
misiones de guerra en África. Pero, pese a ser una cuestión
corporativa el motivo de su inquietud, evolucionaron (a partir de
una primera reunión en septiembre del 73) hacia una oposición
política a la dictadura y a la continuación de la guerra colonial, y
hacia la caída del régimen por la vía de las armas. Los aumentos
salariales de diciembre del 73, los traslados compulsivos de
militares en marzo del 74, la dimisión de los generales Costa Gomes
y Spínola, y el paso en falso dado por el Regimiento de Infantería
de Caldas da Rainha, no fueron suficientes para impedir un
movimiento militar que, mientras tanto, ya había saldado las
iniciales rivalidades entre los oficiales de carrera y los
milicianos.
Todas las condiciones objetivas para el despertar de
la revolución habían madurado hacía mucho. Tan maduras estaban que,
reflejando el impasse y la profunda crisis en que estaba
metido el país, y apoyándose en el intenso combate que el movimiento
obrero y popular mantenía contra la dictadura, los oficiales de bajo
grado del MFA (Movimiento de las Fuerzas Armadas) dirigirían, el 25
de Abril del 74, un pronunciamiento militar victorioso.
La revolución había comenzado. La última condición
para que la transformación socialista de la sociedad se llevase a
cabo, esto es, la existencia del factor subjetivo (el partido
revolucionario) sería ahora puesta a prueba. La revolución, en
efecto, iba a probar al calor de los acontecimientos la validez de
las ideas, del programa, de los métodos y de la estrategia de todas
las corrientes de pensamiento en el seno del movimiento obrero.
El 25 de Abril y las primeras semanas
A pesar del control de la radio, de la televisión,
de la prensa, de las escuelas y de la Iglesia, a pesar de la PIDE y
del terror, a pesar de todo, la dictadura cayó. El día 25, cuando se
produjo el golpe, la única sección del aparato del Estado en que el
régimen podía confiar era la policía secreta, a él amarrada por el
miedo de la ira popular a sus crímenes sangrientos.
A mediodía, cuando las tropas del MFA avanzaban para
el Palacio del Carmo, donde Caetano y unos cuantos pides
aterrados se refugiaban, una enorme multitud saludaba a los
soldados. Nada ni nadie, excepto los pides, se mostraron
dispuestos a defender el régimen. El movimiento de masas, en Lisboa,
Oporto, Coimbra y dondequiera que hubiera movimientos militares,
confraternizaba con la base de las fuerzas armadas (soldados y
marineros), que no eran más que obreros y campesinos uniformados. En
aquel momento ya estaba claro que la burguesía no poseía un
instrumento seguro que pudiese utilizar contra las masas. Las ideas
del PCP (Partido Comunista Portugués) y del PS (Partido Socialista)
eran discutidas y comentadas en las calles. Los generales,
almirantes y brigadas habían perdido completamente el control de la
situación. Spínola aún fue al Carmo para, a petición de su amigo
Caetano, impedir que el poder recayese en la calle, pero la Junta de
Salvación Nacional (JSN) que formó no pasó de ser, por inhibición
del MFA, un poder suspendido en el aire.
No había fuerza capaz de parar la ofensiva de las
masas. El primer Primero de Mayo, pocos días después del colapso de
la dictadura, lo demostraba perfectamente: sólo la manifestación de
Lisboa juntó a más de 600.000 personas. Allí estaba el resultado de
cincuenta años de "erradicación del comunismo". Es más, los soldados
y marineros desfilaron, con las armas en la mano, al lado de los
obreros.
Una peculiaridad fundamental de la Revolución
Portuguesa es que la insurrección comenzó en las fuerzas armadas. En
ese momento, las masas fueron a las calles a ajustar cuentas con la
policía secreta. En Rusia, en Febrero de 1917, fue un movimiento de
masas lo que afectó al ejército. Cuando la policía tuvo que huir de
Petrogrado, se llamó al ejército para restablecer el orden. La
revuelta se produjo en las filas del ejército, mientras que la
mayoría de los oficiales permaneció fiel al zar. Pero el movimiento
de las masas y la distensión de la disciplina en las fuerzas armadas
en Portugal, significaba que la situación aquí como luego
demostraron los acontecimientos, era más favorable que en Rusia en
Febrero de 1917.
Lenin explicó en sus Cartas desde lejos que
la entrega del poder a la burguesía liberal inmediatamente después
de la Revolución de Febrero era una consecuencia del atraso de la
conciencia de las masas y de su organización incipiente, pero que a
medida que las masas aprendiesen de su propia experiencia los
bolcheviques ganarían la mayoría para su programa, con la condición
de que explicaran sus puntos de vista pacientemente. Lo que era
verdad para Rusia en 1917, lo era más todavía para Portugal en 1974.
Por otro lado, la situación internacional era mucho
más favorable. Franco no podía intervenir, bajo pena de acelerar el
proceso revolucionario en España. El imperialismo, después de
haberse pillado los dedos en la tentativa de impedir la revolución
colonial, se encontraba impotente. La última cosa que el Gobierno
americano podía hacer era liarse en una guerra más, cuando estaba
siendo expulsado de Vietnam y sufriendo una fuerte contestación
interna. Las potencias europeas no estaban en mejor posición. En
Gran Bretaña, los sindicatos derribaban, literalmente, al Partido
Conservador del Gobierno, en Francia se vivía un giro a la izquierda
que llevaría al poder a una coalición del Partido Socialista y del
Partido Comunista Francés al final de la década, en Italia el
Partido Comunista conseguía un 30% de los votos en las elecciones, y
hasta en la pequeña Grecia, la dictadura de los coroneles
acabaría en 1975. En esta década, el péndulo de la historia giraba a
la izquierda. Con las manos atadas, recelosos de intervenir
directamente, los capitalistas de todo el mundo sólo podían observar
a distancia, y esperar mejores días...
Los capitalistas portugueses, por su parte, no
podían hacer más. Una vez abiertas las compuertas, sin un
instrumento seguro para reprimir a los trabajadores, la burguesía
asistía impotente a la explosión del movimiento. El 24 de abril los
trabajadores de Utic, Philips y Fapae ya estaban en huelga. Mague se
paralizaba el 26 y Transul (transporte por carretera) le seguía los
pasos el 30. Entre medias se liberó a los presos políticos, la
población llevaba a cabo una caza de pides para evitar su
reagrupamiento, llegaban del exilio Mário Soares y Álvaro Cunhal
(dirigentes del PS y del PCP, respectivamente), entre otros, y se
registraba la primera ocupación de viviendas, en el barrio de la
Boavista, en Lisboa.
Después del 1º de Mayo los conflictos se suceden:
Timex, ferroviarios, Rádio Renascença, CUF, Covina, supermercados AC
Santos, Torralta, Carris, Bayer Portugal, Firestone, Messa, Lisnave
(astillero de Lisboa), Singer, Renault, TAP (las líneas aéreas),
construcción, Grao-Pará, farmacéuticos, Melka, etc., etc. A los
obreros urbanos se junta la lucha del campo, formándose las
Comisiones pro Sindicato en el Alentejo, y dándose en junio las
primeras huelgas.
A lo largo de esas primeras semanas no hay,
prácticamente, empresa que no sufra perturbaciones. Son cientos y
cientos de miles los trabajadores que se lanzan a la lucha
reivindicando: aumentos salariales, creación de un salario mínimo,
fin de las discriminaciones salariales ("a igual trabajo, igual
salario"), reducción del abanico salarial, elevación de las
categorías más bajas, abolición de los premios, gratificaciones y
privilegios, reducción del horario de trabajo (por ley) a 40 horas y
a cinco días por semana, un mes de vacaciones con el 100% del
salario, readmisión de los compañeros despedidos, y libros de
cuentas y fiscalización de las actividades de la empresa.
Finalmente, con un carácter marcadamente político, se exige la
depuración de espías, policías y elementos fascistas de las
empresas.
Todas estas luchas son dirigidas por comisiones de
trabajadores creadas ad hoc, elegidas y revocables en
cualquier momento, y que surgen por todos los lados organizando a
los trabajadores, coordinando las luchas, negociando las plataformas
reivindicativas, incluso ejerciendo, algunas veces, una misión de
control y fiscalización de las actividades de la empresa.
Las huelgas, ocupaciones y manifestaciones de estas
primeras semanas retoman lo fundamental de los puntos reivindicados
por los trabajadores en el período anterior a la revolución,
añadiendo otros más avanzados. Y es que nos encontramos en una
situación diferente. Todo el país se conmueve hasta los cimientos:
las empleadas domésticas (uno de los sectores más atrasados de la
clase) forman un sindicato; los estudiantes de instituto entran en
huelga; se forma un movimiento pro derecho al divorcio; El
Acorazado Potemkin es exhibido por primera vez, y presentado
como "el filme que muestra la gran lucha del pueblo contra la
opresión burguesa"; espontáneamente, algunos obreros cambian el
nombre del puente de Lisboa sobre el Tajo, de Salazar a Veinticinco
de Abril. No se trata de un golpe de aire fresco, sino de un
auténtico vendaval. Los periodistas depuran las redacciones de los
periódicos, y hasta en la tropa se presentan plataformas
reivindicativas, exigiendo el fin de la guerra, el aumento de la
soldada, transporte gratuito y la revisión de los reglamentos de
disciplina. Cala hondo el eslogan de "Ni un soldado más a las
colonias"; en África soldados portugueses y guerrilleros
confraternizan. Todo el país está de protesta, en lucha, en cambio.
La burguesía no sabe qué hacer, no posee fuerza ni
una base en la que apoyarse. La JSN, el 2 de mayo, hace un
llamamiento a que "se domine la impaciencia y se respeten las
jerarquías". Vuelta a repetirlo el día siguiente. Nadie escucha a
Spínola, por eso el 6 de mayo se condenan "los atentados a la
jerarquía", la "expulsión de responsables" (depuración) y las
"reuniones de funcionarios en horas de trabajo". El 11 de mayo, la
Junta comunica que se opone a las ocupaciones de viviendas, pero el
19 es forzada a legalizar esas mismas ocupaciones, tal es la fuerza
del movimiento. En medio de una ola huelguística sin precedentes, la
única cosa que la Junta tiene que ofrecer a los trabajadores es,
patéticamente, ¡la creación de una clasificación por edades de los
espectáculos! (11 de mayo).
A la burguesía sólo le queda ceder y esperar. La
única manera que tiene de controlar el movimiento pasa por atar a
los partidos obreros a una política de frente popular, o,
dicho de otra forma, por invitar a PS y PCP a integrarse,
minoritariamente claro, en el gobierno. A Spínola no le queda otra
alternativa. Y, la verdad sea dicha, no le fue difícil. El 5 de mayo
el PCP defiende su inclusión en el Gobierno Provisional, y ya antes
Soares había declarado su "disposición a colaborar con todas las
fuerzas democráticas".
El papel de la dirección del PCP y el PS
Constituido el 16 de mayo, el primer Gobierno
Provisional, presidido por Palma Carlos, va a tener como tarea
prioritaria parar las reivindicaciones obreras. No es por casualidad
que el ministro de Trabajo sea militante del PCP. En las propias
palabras de Spínola, "había que responsabilizarle abiertamente [al
Partido Comunista] de las tareas del Gobierno. En caso contrario
(...) no asumiría ninguna responsabilidad, reforzando su imagen con
la crítica a los partidos representados en el Gobierno" (António de
Spínola, Ao serviço de Portugal). Cínicamente, la burguesía
planea utilizar a los dirigentes obreros, principalmente a los
comunistas (por la autoridad que poseen en su clase), para realizar
el trabajo sucio de encauzar de forma realista la lucha de
los trabajadores. Más tarde, cuando ya no los necesitara, los
despediría fácilmente.
Los ataques a la oleada de huelgas se intensifican,
ahora con la colaboración de la izquierda. El 23 de mayo la
Intersindical llama la atención sobre las "huelgas inoportunas
alentadas por la reacción". El 25 la Intersindical convoca una
manifestación de apoyo al Gobierno Provisional y el PCP, en su
primer mitin en Lisboa, critica "la ola generalizada de huelgas que
sirve al fascismo". Al día siguiente Álvaro Cunhal reitera que las
huelgas pueden conducir al caos, y lo mismo hará Dias Lourenço, otro
dirigente del Partido Comunista, ese mismo día. El 27 Lisboa está
sin autobuses, sin tranvías y sin pan. El cobro de peajes en el
puente sobre el Tajo es suspendido... El 28 un comunicado del Comité
Central del PCP acusa a "los elementos más reaccionarios (...), los
cuales, con la ayuda consciente de grupos de aventureros
autodenominados de izquierdas, intentan empujar la situación hacia
el caos económico y destruir las conquistas democráticas hasta ahora
alcanzadas". En el mismo comunicado llega a afirmar que la huelga de
panaderos es fomentada ¡por "reconocidos agentes fascistas"!
El PS, en todo este período, adoptó una postura más
discreta, y, a veces, hasta más a la izquierda que la dirección del
PCP (por ejemplo, en la huelga de CTT), procurando no quemarse.
Al fin y al cabo, compartiendo responsabilidades de gobierno con el
PCP, no tenía la autoridad e influencia de éste en el seno del
movimiento obrero. Pero también fue llamado a trabajar, y
así, el 29 de mayo el PS dice "no" a las huelgas indiscriminadas. El
mismo día, por la noche, en televisión, hay un auténtico bombardeo
contra las huelgas: por ejemplo, se celebra una mesa redonda en la
televisión pública con la participación del PPD (Partido Popular
Democrático, actual Social Demócrata, burgués), del PS, del MDP
(Movimiento Democrático Popular, íntimo aliado del PCP; de ahí que
el PS lo llamara PCP nº 2), del Partido Comunista y de la
Intersindical. El 30 de mayo Spínola se reúne con doscientos
sindicalistas, a los que pide el regreso a la normalidad y la
aceptación de la disciplina. El 1 de junio, mientras el PS defiende,
sutilmente, el control "de las huelgas y de las clases trabajadoras"
por parte de los sindicatos (las luchas estaban siendo impulsadas
por comisiones de trabajadores de cada empresa), la Intersindical
organiza una manifestación "contra la huelga por la huelga". Mas
éstas continuarán en el mes de junio.
Las conquistas del movimiento son históricas: el
establecimiento de un salario mínimo, un mes de vacaciones pagadas
al 100% y reducción del máximo de horario de trabajo semanal. Los
aumentos salariales llegarían, de media, ¡al 35%! El salario mínimo
de 3.300 escudos que el Gobierno es forzado a introducir alcanza a
cientos de miles de trabajadores y en no pocos casos corresponde a
un aumento salarial del 100%.
Huelga tras huelga, los diversos batallones de la
clase obrera mostraban su fuerza y señalaban al conjunto de la clase
su entrada en escena. El ambiente entre las masas era de euforia
desbordada. Todo parecía posible en este primer "asalto a los
cielos". La burguesía, impotente, cedió en una empresa tras otra:
las plataformas reivindicativas fueron aceptadas, de mala gana pero
aceptadas, parcial o incluso totalmente. Si estas primeras semanas
demuestran alguna cosa es que la transición al socialismo se pudo
haber hecho pacíficamente, si el movimiento hubiera tenido una
dirección política a la altura.
La respuesta de la reacción
La burguesía intenta recomponerse pero sin mucho
éxito. Mientras Spínola va haciendo discursos lunáticos sobre el
"sagrado suelo de Portugal", la reacción muestra sus fuerzas el 10
de junio, día nacional: algunas decenas de manifestantes en Lisboa y
Oporto llaman a la paralización del proceso de descolonización... Si
en las calles no es posible invertir la situación, habrá que
intentarlo a través de un golpe palaciego. Entre bastidores, las
embajadas imperialistas, especialmente la americana, presionan a
Spínola para que termine con la revolución. Éste hace planes y
espera expulsar al PCP y posiblemente al PS del Gobierno incluso
antes de final del año. Las maniobras de Spínola tienen como
objetivo dar un giro bonapartista a la revolución, concentrando todo
el poder en sus manos. Esto sería sólo el primer paso para echarla a
perder, toda su preocupación desde el principio.
El 13 de junio en una reunión del MFA con la Junta
de Salvación, Spínola propone un referéndum sobre el problema
colonial para octubre, en que se haría también la elección de
presidente de la República. Propone también elecciones para una
Asamblea Constituyente el 30 de noviembre de 1976 (!). Estas
propuestas son apoyadas por Sa-Carneiro (líder del PPD y uno de los
liberales más histéricos), que exige la declaración del
estado de sitio.
Tras el rechazo de la reunión a estas propuestas,
Palma Carlos vuelve a la carga a principios de julio, pidiendo al
Consejo de Estado poderes más amplios para hacer frente al "clima de
indisciplina social" que era "completamente contrario a mi
temperamento y a mi concepto de democracia". En caso de ser
rechazada la petición, dimitiría. Pero no existen ni bases de apoyo
ni ambiente propicio para aceptar esto. Las propuestas de Palma
Carlos, que van en la misma línea de reforzar los poderes del
ejecutivo, plebiscitar a Spínola como presidente y retrasar las
elecciones a Asamblea Constituyente hasta el 76, son desechadas por
el MFA. Perdida la batalla, Palma Carlos renuncia al cargo, y con su
derrota fracasan los planes de la camarilla spinolista, que
intentaba cimentar la posición del general como árbitro y conductor
del país, organizar un "Gobierno fuerte" y dar un margen de maniobra
a los partidos burgueses para que se pudieran organizar. Spínola
conserva la presidencia del Gobierno, y se prepara para una nueva
oportunidad. Ya había sacrificado al primer ministro y, en lugar de
tener un nuevo Gobierno Provisional sin ministros del PCP, se
encuentra de bruces con un Gobierno más a la izquierda. Más
importante, no consigue apartar al MFA del centro del poder. No sólo
el primer ministro es ahora un militar, el coronel Vasco Gonçalves?
sino que de diecisiete ministros hay ocho militares. Para más
inri, Spínola levantaba, definitivamente, sospechas sobre su
conducta entre los oficiales del MFA.
Finalmente, Spínola es forzado a reconocer el 27 de
julio, el derecho a la independencia de las colonias, renunciando
públicamente a sus tesis federalistas y neocolonialistas. Pero
continuaba conspirando en la sombra. Sigue avisando de que "la
patria continúa enferma; la patria continúa en peligro" (11 de
julio), y de que "el clima de anarquía no puede continuar; (...)
cualquier tentativa de romper la disciplina será tratada como una
traición" (18 de julio). El llamamiento a la "mayoría silenciosa" y
el 28 de Septiembre están de camino.
Protagonistas y perspectivas
Los capitanes habían tomado el poder el 25 de Abril,
pero lo entregaron el mismo día, a la Junta de Generales y a Spínola.
Luego, por la noche, hubo discrepancias sobre el programa del MFA.
Spínola, en su primera alocución al país, haría referencia a la
"defensa de Portugal uno y pluricontinental".
Estos hombres, habituados a obedecer y respetar las
jerarquías, consideraban natural que debían ser sus superiores
jerárquicos quienes mandaran. Casualmente, ¿no habían puesto los
capitanes al corriente de las líneas generales y planes del MFA a
Spínola y Costa Gomes, sin que éstos se hubiesen arriesgado a
participar en la conspiración? El programa del MFA, por su parte,
era simplemente antifascista. Hablaba vagamente de libertades
cívicas, un "programa de salvación nacional", elecciones libres para
una Asamblea Constituyente, etc. La ingenuidad de los capitanes era
inversamente proporcional a la eficacia de su programa en dar
respuesta a las tareas de la revolución. Esto no nos puede
sorprender, al fin y al cabo el MFA era un movimiento de oficiales
pequeñoburgueses. No era un partido político, no podía ser la
vanguardia de la revolución.
Una crisis siempre divide a un ejército en líneas de
clase. Por norma, la historia muestra que la base del ejército (los
obreros y campesinos uniformados) se une al movimiento de masas y la
cúpula, el cuerpo de oficiales, se mantiene fiel a la clase
dominante. Pero la quiebra del capitalismo en Portugal era tan
grande, la fuerza de la clase trabajadora tan inmensa que durante el
proceso, una parte importante de los oficiales, radicalizándose,
llegaría a romper con el capitalismo.
Mientras los capitanes entregaban el poder
(suspendido en el aire, es cierto) a Spínola y éste conspiraba, los
partidos obreros se habían convertido en un apéndice del MFA. No fue
por casualidad, tal actuación era consecuencia de sus perspectivas
incorrectas sobre la revolución. El papel que los militares
desempeñaron durante la revolución no se debió a ninguna
característica especial de las fuerzas armadas portuguesas, sino al
hecho de que los partidos obreros no dotaron al movimiento de una
dirección consecuente. Como dice una famosa frase de Hegel, "la
naturaleza aborrece el vacío".
Desde el principio tanto PS como PCP definen la
revolución en curso como democrática, planteando que el momento es
de consolidación de las libertades democráticas y que sólo después,
tras un período más o menos largo, se podría luchar por el
socialismo.
Escrito en 1967, el libro Acçao revolucionária,
capitulaçao e aventura de Álvaro Cunhal definía en los
siguientes términos la postura del PCP en la caída de la dictadura:
"La tarea fundamental de [un] Gobierno Provisional es la
instauración de las libertades democráticas y la realización de
elecciones libres para una Asamblea Constituyente. Que esta tarea
sea realizada es la única condición que el Partido Comunista pone
para su participación en el Gobierno". Y así fue. El propio 25 de
Abril, la dirección del PCP reitera su disposición a colaborar "con
todos los que desean luchar unidos para la creación de un Gobierno
Provisional que instaure las libertades democráticas y acabe con la
guerra, y que promueva a corto plazo elecciones para una Asamblea
Constituyente". El PS tampoco tenía nada más que ofrecer a la clase
trabajadora más que "una democracia pluralista". Aunque el 5 de
mayo, en una entrevista al periódico belga Le peuble, Soares
afirmase que "no se va a instalar en Lisboa un Gobierno de Frente
Popular, sino un Gobierno de Salvación Nacional", las alteraciones
semánticas no cambian el carácter de colaboración de clases del
Gobierno Provisional.
El Gobierno Provisional, a cambio de preparar y
convocar elecciones y de algunas reformas, como un salario mínimo y
las bases de un servicio nacional de salud, tenía en el punto de
mira, antes que nada, garantizar, tanto una "vía gradualista para la
solución del problema colonial", como una "reforma gradual de la
estructura agraria", y dejaba bien claro, por la total ausencia de
referencias al respecto en el programa de Gobierno, que no se
tocaría ni un dedo del poder de los grupos monopolistas. Mientras
los partidos obreros se esforzaban en contener los "excesos" del
proletariado, que podrían asustar a sus aliados demócratas y
a los más sesudos militares, la burguesía a través de su hombre,
Spínola, conspiraba.
Tanto el PS como el PCP explicaban sus posturas por
el hecho de que se trataba de "un período especial", y con los
argumentos de que "la correlación de fuerzas es desfavorable", de
que un programa radical empujaría a la pequeña burguesía a los
brazos de la reacción, y, finalmente, de que primero era necesario
derrotar a la reacción y al peligro de un golpe fascista; sólo
después de que la democracia estuviera asegurada se podía luchar por
el socialismo.
Es verdad que se vivía un "período especial", pero
¿para qué sirve un programa si no puede ser aplicado en "períodos
especiales"? Es cierto que PS y PCP afirmaban que su objetivo era la
sociedad socialista, pero ésta era para mañana, nunca para hoy, era
un fin más o menos lejano, y no una necesidad inmediata. En lo
inmediato apenas tenían como meta introducir y aplicar reformas
democráticas.
Los dos partidos justificaban el pacto con Spínola y
los políticos liberales debido a la "correlación de fuerzas
desfavorable". ¿Pero qué significaba esto? ¿Que la clase trabajadora
no era capaz de colocarse al frente de las masas populares y tomar
el poder? ¿Que no tenía voluntad y determinación para luchar, y, si
fuera necesario, hasta el fin? Durante la Revolución Rusa, en 1917,
el proletariado no necesitó de la ayuda de los liberales de
entonces para llegar al poder, y constituía apenas el 10% de la
población. En Portugal los trabajadores eran la gran mayoría; que la
economía funcionara dependía totalmente de ellos, e incluso tenían
una mayor formación. Además, antes del 25 de Abril y, sobre todo
después, los trabajadores (tanto los manuales como los de cuello
blanco) demostraron una enorme capacidad de lucha.
Se sucedían lucha tras lucha, huelga tras huelga,
ocupaciones, manifestaciones, peticiones; los trabajadores iban a
los mítines, comenzaban a militar masivamente en sus sindicatos y
partidos, leían, discutían, tomaban postura. Y la revolución sólo
estaba en sus primeras fases. ¿Qué más se podía pedir a la clase
obrera? ¿Que todos los trabajadores llegasen a las mismas
conclusiones al mismo tiempo? ¿Que hiciera innecesario un partido
que organizara el movimiento de la clase? El papel de la dirección
política del movimiento es basarse en sus sectores más avanzados y
arrastrar, al calor de la lucha, al conjunto de los trabajadores. No
fue por casualidad que Lenin explicó tantas veces: "una revolución
es una dislocación de las clases". Las condiciones objetivas para la
toma del poder por la clase obrera y las posibilidades de que la
Revolución Portuguesa fuera el inicio de la revolución mundial sí
existían, incluso más que en la Rusia de 1917.
Es verdad que, para tomar el poder, el proletariado
necesita del auxilio, o, por lo menos, de la neutralidad de la
pequeña burguesía. Es igualmente verdad que, en una situación de
estabilidad, las clases medias son el principal cimiento social del
capitalismo. Pero esto sólo ocurre cuando sus negocios van bien, o
hay perspectiva para ello. Cuando no es así, la pequeña burguesía
rápidamente se desprende de la camisa de la moderación. Si la
pequeña burguesía tuviera un pavor genético al extremismo, ¿cómo
explicar el hecho de que pueda sucumbir ante la demagogia fascista?
El desarrollo del capitalismo había sido, como vimos
antes, el verdadero responsable de la proletarización de la pequeña
burguesía, de su empobrecimiento relativo. El capitalismo no tenía
nada que ofrecer a esta gente, sólo opresión e inseguridad. Estos
sectores veían con simpatía la revolución, una buena parte
participaba en el movimiento, y así sería, mientras considerase que
la revolución y los revolucionarios respondían a sus aspiraciones.
No era por casualidad que el PPD, el principal
partido burgués, fuera forzado, por la situación objetiva, a
definirse "de centro-izquierda" y a hablar, incluso, de socialismo.
Al establecer un pacto con los liberales, los partidos
obreros estaban convencidos de que se aliaban a la pequeña
burguesía. En realidad, las clases medias son muy heterogéneas,
mucho más que el proletariado o la gran burguesía. Mientras que sus
estratos más bajos, por sus condiciones de vida, tienden a
aproximarse al proletariado, las capas más elevadas, por sus
intereses, se aproximan a los capitalistas. Al establecer un pacto
con los políticos liberales, que se apoyaban en los
sentimientos antimonopolistas de estos sectores, no se estaban
aliando a la pequeña burguesía, sino a sus explotadores políticos,
apoyados y financiados por los monopolios. Y estos políticos
liberales exigían un precio por esa alianza: frenar la
movilización obrera, pues en caso contrario no estarían en
disposición de aceptar el pacto.
Finalmente, vamos a hablar de la lucha democrática.
¿Luchar por la toma del poder por parte del proletariado, por la
revolución socialista, era "saltar etapas"?
Rechazar las reivindicaciones democráticas, la lucha
por reformas económicas y sociales, no sería un acto revolucionario,
sino una demostración de sectarismo totalmente estéril. Pero la
lucha por reivindicaciones mínimas o democráticas no excluye, más
bien al contrario, la lucha por medidas más avanzadas, esto es,
socialistas. El socialismo y, sobre todo, un programa de transición
a la revolución socialista, no son sólo ideas bonitas. Por el
contrario, son una condición necesaria para el triunfo de la
revolución.
En la ola de huelgas que siguió al 25 de Abril los
trabajadores exigían mucho y ya. Y tenían derecho a hacerlo. Es
evidente que las huelgas conllevaban incomodidades, y algunas de
ellas grandes. Pero la solución no era criticarlas o responsabilizar
a los trabajadores. Los únicos responsables eran los mismos
capitalistas que durante décadas negaron una vida digna a las masas
populares. Es un hecho que la ola de huelgas desestabilizaba a la
economía y que las reivindicaciones de los trabajadores eran
inasumibles para el capitalismo portugués: ¡que la economía de
Portugal dependiera de bajos salarios no era debido a una maldición
de los dioses! La cuestión es que el capitalismo se había revelado
totalmente incapaz de resolver los problemas de las masas y de dar
respuesta a sus aspiraciones. Precisamente por eso, simultáneamente
a la lucha por reformas era necesario explicar que sólo las
nacionalizaciones bajo control obrero y la elaboración de un plan
económico decidido democráticamente por los trabajadores podría
asegurar las reformas que ellos tanto ansiaban. ¿Esto irritaría a
los generales y burgueses liberales? Pues paciencia. Lo que
no se podía era pedir a los trabajadores que fueran pacientes y
entendiesen el "momento especial" que se vivía. Lo que no se podía,
en definitiva, era sacrificar la lucha independiente del
proletariado, a través de la cual éste se organizaba, formaba y
fortalecía.
Incluso considerando que la prioridad era vencer a
la reacción y eliminar la posibilidad de un golpe, que primero se
debería asegurar la democracia y sólo después avanzar al socialismo,
¿por qué razón la democracia tenía que parar a las puertas de las
empresas y de los cuarteles? ¡contra el sabotaje económico de los
capitalistas sólo podía ser eficaz el control obrero de la
producción! ¿Y por qué no podían los soldados gozar de derechos
políticos y sindicales? ¿Por qué no podían tener el derecho de
expresión y de asamblea en los cuarteles? La depuración de elementos
fascistas sólo se podía efectuar con la elección y el control de los
oficiales por la base.
En cuanto a la defensa de la democracia, ¿habría
mejor método para combatir la amenaza de los fascistas que expropiar
los bancos, las empresas y las tierras de la clase que los
financiaba? ¿Habría mejor manera de vencer la crisis, la salida de
capitales y el sabotaje económico, que podía enajenar el apoyo de
las capas medias a la revolución, que nacionalizar los principales
medios de producción bajo control democrático de los trabajadores?
¿Qué mejor forma de garantizar la libertad de información y de
expresión que tener la televisión, las radios, los periódicos, bajo
control obrero, en vez de estar en manos de media docena de
capitalistas?
¿Qué mejor forma habría de asegurar la democracia
que basar la toma de decisiones para la vida diaria de las
poblaciones en las comisiones que surgían por todas partes? Los
sóviets no nacieron en la cabeza de Lenin, nacieron como órganos de
lucha del proletariado en una situación de combate al zarismo y por
derechos democráticos, como comités de huelga centrales. Eran
expresión de la voluntad de la clase obrera. En 1917, los
bolcheviques, al mismo tiempo que luchaban por los más amplios
derechos democráticos y por la convocatoria de una Asamblea
Constituyente, agitaban con el eslogan de "todo el poder a los
sóviets". Aquí no existía ninguna contradicción: al mismo tiempo que
consideraban la elección de una Asamblea un paso adelante (con
respecto a un Gobierno Provisional que no fue elegido por nadie),
explicaban que la única clase verdaderamente democrática hasta el
fin era la clase obrera. De ella, de sus organizaciones y de sus
formas de lucha dependía la libertad recién conquistada. De nadie
más.
¿Habría mejor manera de defender la Revolución
Portuguesa contra la agresión imperialista que apelar a la lucha y a
la acción de los trabajadores de todo el mundo, y al tiempo ayudar y
estimular la revolución internacional?
¿Y la defensa de todo esto significaba "saltar
etapas"? La defensa de todo esto sólo significa el único programa
que podía consecuentemente hacer frente a las tareas de la
revolución y a los peligros que le amenazaban.
Contra todo esto se puede argumentar que, aunque
suene muy bien, no sería aceptado por el conjunto de la clase
trabajadora. En sus Cartas desde lejos, Lenin explicaba que
la etapa democrática de la revolución termina en el momento en que
los liberales toman el poder. Después, el momento que se vive
corresponde a la fase de transición a la revolución socialista, esto
es, a la toma de conciencia por parte del proletariado de sus
propias tareas. ¿Era diferente la situación en Portugal? Los
trabajadores no llegan automáticamente a todas las conclusiones, es
cierto. Pero la clase obrera, en su conjunto, no aprende
políticamente a través de los libros sino por su propia experiencia.
Si la mayoría de la clase no estuviese, en los primeros momentos,
dispuesta a apoyar ese programa la alternativa no es abdicar de él.
Por el contrario, ese programa es el instrumento para ganar el apoyo
de las masas. La alternativa era, como Lenin decía en las Tesis
de Abril, "explicar pacientemente". En última instancia, la
marcha de la revolución confirmaría estos pronósticos.
La revolución acelera el paso
En principio, la formación del segundo Gobierno
Provisional había mantenido los rasgos dominantes del primero. En
primer lugar, a pesar de los choques entre la Comisión Coordinadora
del MFA, por un lado, y la Junta de los Generales y la jerarquía,
por otro, la composición del Gobierno intentaba mostrar públicamente
la cohesión del ejército. Melo Antunes, Vitor Alves y Vasco
Gonçalves, del MFA, eran compañeros de Gobierno de los
spinolistas Firmino Miguel (ministro de Defensa) y José Eduardo
Sanches Osório (ministro de Información). El respeto a Spínola, o
por lo menos el rechazo a un enfrentamiento con él, era evidente.
En segundo lugar, ese Gobierno, en el que los
representantes del PS y del PCP estaban rodeados por políticos
liberales como Rui Vilar y Silva Lopes (ministros de Economía y
Finanzas, respectivamente), o como la antigua directora del Centro
de Documentación de la CUF (Lourdes Pintassilgo, ministra de Asuntos
Sociales), promulgó leyes, una tras otra, limitando los derechos de
huelga, manifestación y de libertad de prensa, y declarando de
pasada un aumento de los precios de los bienes de consumo.
Habiendo sido avalado por los periódicos de Lisboa
como el resultado de una victoria del "ala progresista" del MFA
sobre los spinolistas, este Gobierno puso en evidencia las
aspiraciones reales de la burguesía.
El 28 de Septiembre la clase trabajadora tasaría,
por medio de su acción, el valor exacto de la correlación de fuerzas
entre las clases, tras meses de un nuevo Gobierno de colaboración de
clases, de decretos gubernamentales y de intervenciones del COPCON
(Comité Operativo del Continente, formado entonces como un cuerpo al
servicio del MFA dentro de las estructuras de las fuerzas armadas).
La composición del Gobierno era un espejo de su
acción. Los puestos ministeriales claves estaban en buenas manos.
Mientras la fuga de capitales y el sabotaje económico continúan, el
ejecutivo procuraba "mantener las instituciones básicas de una
economía de mercado; mientras los pides presos se amotinan
por las "malas condiciones" en que se encontraban y miles de
fascistas, antiguos legionarios y delatores, y hasta algunos
pides, andaban sueltos, el Gobierno (27 de agosto) prohíbe las
huelgas políticas, de solidaridad e interprofesionales, impone un
preaviso de 37 días (!) y permite a los patrones el lock-out.
Encima, las manifestaciones, por ley, sólo se podrían realizar
después de las siete de la tarde, los días hábiles, y después de la
una del mediodía, los sábados. Mientras los trabajadores luchaban
por la depuración en sus empresas, el Gobierno metía en el
congelador la depuración de las fuerzas armadas y las policiales
(sólo habían sido depurados, en mayo, ¡42 oficiales!). Como
explicaba Otelo Saraiva de Carvalho en el libro Cinco meses
mudaram Portugal (Cinco meses cambiaron Portugal): "tenemos que
entender que todos los elementos que integran las fuerzas
militarizadas, como la Guardia Republicana y la Policía, son
profesionales que, por norma, procuran desempeñar cabalmente sus
funciones". Todo dependería, entonces, "de una orientación nueva de
esas funciones", aprovechando el "buen profesionalismo" de esos
elementos. Este "buen profesionalismo" se puso en evidencia cuando,
el 14 de agosto, una manifestación de apoyo al MPLA (Movimiento
Popular de Liberación de Angola) prohibida por el Gobierno, fue
reprimida por la policía, que mató a un manifestante.
Aun así, el Gobierno era impotente para asegurar "el
orden y la disciplina" necesarias. Oponiéndose a la requisición
civil, al envío de tropas para impedir huelgas y a la militarización
del trabajo que ello conllevaba, y a una ola de calumnias según las
cuales las huelgas eran reaccionarias, los trabajadores de la TAP
reinician la lucha a finales de agosto, exigiendo la purga de los
"buenos profesionales" y la participación de los trabajadores en el
control de la empresa. De poco valieron los llamamientos a la
paciencia y la moderación; a inicios de septiembre, 7.000 obreros
del astillero Lisnave desfilaron por Lisboa hasta el Ministerio de
Trabajo, exigiendo la depuración de la empresa y protestando por la
ley de huelga. Los militares enviados para impedir la manifestación
acaban por abrir sus filas, dejando pasar a los manifestantes (a la
luz de la ley esta manifestación era ilegal).
El Gobierno Provisional y el MFA intentaban
conciliar lo irreconciliable. ¡En vano! Enfrentados a un enorme
movimiento de la clase trabajadora, incapaces de moderarlo o
disciplinarlo, y con la perspectiva inmediata de perder de golpe
toda influencia en las colonias (a través de una descolonización que
no controlaba), la burguesía y su hombre —Spínola— intentan (no
tienen más remedio) un golpe de Estado. Eso ocurrió el 28 de
septiembre. El punto de partida fue un discurso con ocasión de la
independencia de la colonia portuguesa de Guinea-Bissau. El general,
por televisión, hace un llamamiento a la "mayoría silenciosa" para
"despertar y defenderse activamente de los totalitarismos
extremistas", del "abuso de libertad" y de la "reivindicación
descontrolada".
En "apoyo a las palabras del general Spínola" es
convocada una manifestación de la "mayoría silenciosa" para el día
28 de septiembre, en Lisboa. Miles de comunicados, panfletos y
carteles surgen por todo el país (unos firmados por una vaga
"Comisión Organizadora", otros anónimos), con el apoyo abierto de
los grupúsculos neofascistas.
La contrarrevolución levanta la cabeza, financiada
por los capitalistas. Además de toda la propaganda anticomunista que
invade el país, sale el periódico Bandarra haciendo apología
de Spínola y del colonialismo, llamando a la "manifestación de la
mayoría silenciosa" y lanzando amenazas veladas a la izquierda. En
Bandarra sólo hay un anuncio publicitario: del Banco Pinto &
Sotto Mayor. El Banco Espírito Santo "presta dinero" para que los
organizadores de la manifestación alquilen mil autocares, que
transportarán a los manifestantes del norte. Mientras tanto, los
grupos neofascistas adquieren arsenal abundante para la
manifestación. Vale todo para la convocatoria: distribución
gratuita, en Guimaraes, de entradas para un partido de fútbol que se
va a celebrar ese fin de semana en Lisboa, ofertas de viajes a
Fátima para los campesinos pasando por la capital, etc., etc.
La contrarrevolución está exultante. Y cuenta con el
apoyo más o menos explícito de los "respetables y democráticos"
partidos burgueses. El CDS (Centro Democrático Social, a la derecha
del PPD) asegura que "el pueblo portugués (...) no le negará" al
general Spínola "el apoyo masivo". El PPD, miembro de la coalición
de Gobierno, afirma que "las palabras del presidente de la República
constituyen (...) un solemne aviso y una advertencia, tanto para
Portugal como para Angola y Mozambique". No hay un apoyo claro a la
manifestación, no interesaba a la burguesía apostar todas las fichas
al mismo caballo, sino hacer una útil división del trabajo, pues
algunos sectores no estaban totalmente convencidos del éxito del
golpe.
El objetivo de la "mayoría silenciosa" no sólo era
organizar una manifestación masiva que plebiscitase a Spínola, sino
también provocar disturbios en Lisboa que diesen el pretexto para
implantar el estado de sitio y amordazar a la prensa, confiriendo
plenos poderes al Bonaparte portugués para reponer el orden y
"disciplinar" a la clase trabajadora y a sus organizaciones.
Hasta entonces, el PS y el PCP habían insistido en
presentar a Spínola como un "gran demócrata". Es más, Mário Soares,
durante todo este tiempo, está en el extranjero, entre otras cosas
empeñándose (como más tarde diría) en el "reconocimiento
internacional" de Spínola, y preparando su intervención "triunfal"
en la Asamblea General de la ONU. Los dirigentes del PS,
simplemente, no comprendían la amenaza que gravitaba, también, sobre
sus cabezas. La dirección del PCP, comprendiendo mejor los riesgos
de la situación apelaba, aunque de forma un poco abstracta, a la
vigilancia popular. Álvaro Cunhal, en un mitin en Amadora el 20,
afirma: "¡Si la reacción aguza los dientes y se prepara a morder, es
necesario partírselos antes de que muerda!". Sin embargo, el mismo
PCP, en una nota de su Comité Central del 24 de abril insiste en que
"sea dado todo el apoyo al Gobierno Provisional y al MFA para la
adopción de medidas de depuración" y, aunque las considera
insuficientes, "declara su apoyo a las medidas recientemente
promulgadas por el Gobierno para hacer frente a la embestida de la
reacción". ¡El mismo Gobierno donde se encontraban los
conspiradores! La miopía de los dirigentes obreros era espantosa. No
llamaban a la movilización, a la huelga general del proletariado, no
estimulaban la creación de comisiones de soldados que dirigiesen la
depuración en los cuarteles, no reclamaban el armamento de los
sindicatos y de las comisiones de trabajadores para la defensa de su
clase, no exigían, siquiera, la dimisión del conspirador Spínola.
A la escalada de provocaciones de la
contrarrevolución los trabajadores responden tomando la iniciativa.
Los ferroviarios y conductores de autobuses se niegan a transportar
manifestantes. En la tarde del 27, a través de las radios, la
Intersindical y los partidos de izquierda lanzan comunicados, y los
trabajadores toman las calles. En las principales ciudades del país,
de norte a sur, y especialmente en la roja Lisboa que se
preparaba a acoger la manifestación de la "mayoría
silenciosa", se levantan las primeras barricadas. En Oporto, esa
madrugada, ¡cien mil trabajadores se manifiestan contra el golpe
fascista! Sin una dirección a la altura de las circunstancias, casi
sin armamento y sin coordinación, los destacamentos más avanzados de
la clase son capaces de unirse a los soldados y marineros, al grito
de "Portugal no será el Chile de Europa". ¡Y no lo fue, la clase
trabajadora, unida, no lo permitió! Como más tarde confesó Otelo,
"el asunto de las barricadas escapó completamente a las fuerzas del
orden. Ni siquiera los soldados escaparon a la excitación de las
masas". La contrarrevolución no poseía una base de apoyo mínimamente
consistente entre la población civil o el ejército.
Forzado a dimitir, Spínola se retiró para continuar
conspirando y esperar mejores tiempos, siendo sustituido por Costa
Gomes. Con él fueron cesados sus oficiales afectos del Gobierno y de
la Junta de Salvación. Se hicieron algunas depuraciones, y en
noviembre los generales más viejos de las tres ramas pasaron a la
reserva: los almirantes a los 62 años, los brigadas a los 60 y los
coroneles y capitanes de la Armada a los 57. Así, incluso Spínola
había pasado, oficialmente, a la reserva. Mientras tanto, en las
altas esferas militares se procuraba que no se hostilizara demasiado
al general del monóculo, ni a sus acólitos civiles (el PPD
también formaba parte del tercer Gobierno Provisional). Los
oficiales spinolistas no sólo estaban presentes en el MFA
(Almeida Bruno, Mário Monge...), su implantación en el ejército
continuaba siendo considerable. El mantenimiento de la unidad del
ejército seguía siendo un tema central para el MFA.
El Movimiento de las Fuerzas Armadas se iba
cimentando, creando una estructura interna. Había creado el COPCON
(su brazo armado); después del 28 de septiembre, los oficiales
creaban el entonces llamado Consejo de los Veinte, órgano colegiado
de dirección del Movimiento que se basaba en la Asamblea de
Delegados del MFA, con representantes de las tres ramas de las
fuerzas armadas elegidos en cada unidad; así se reforzaba el
carácter colegiado del poder político-militar. Simultáneamente, para
llevar a las capas políticamente más atrasadas el programa del MFA,
se inician las campañas de dinamización cultural, organizadas por la
5ª División, verdadero centro propagandístico del Movimiento.
En una situación de equilibrio entre las clases, en
que la burguesía era incapaz de derrotar al movimiento de la clase
obrera y la toma del poder por ésta se encontraba bloqueada por la
ausencia de una dirección, el MFA jugaba el papel de árbitro de los
conflictos. Lo había desempeñado en luchas laborales reponiendo el
orden —por la fuerza— entre los trabajadores de la TAP, de la Timex
o del Jornal do Comércio (Periódico del Comercio). Se
presentaba como un árbitro entre los capitalistas y los
trabajadores, imponiendo un compromiso. Sin embargo, se trataba de
un árbitro que reivindicaba y se otorgaba el derecho de alterar las
reglas del juego. Al fin y al cabo, como afirmaban los oficiales,
"fuimos nosotros quienes hicimos la revolución".
Todavía el proyecto de reconstrucción nacional y de
democratización del MFA no se situaba por encima de las clases. Al
margen del poder democrático de los trabajadores, ¿existe alguna
cosa que no sea la dictadura democrática de la burguesía?
Este movimiento ecléctico de jóvenes oficiales era muy parecido al
tenentismo brasileño de los años veinte (movimiento
democrático pequeñoburgués de tenientes), que acabó por
descomponerse en dos corrientes: un ala izquierda que se aproximó al
Partido Comunista del Brasil y un ala derecha que se unió a Getulio
Vargas.
Más pronto o más tarde, el MFA se vería obligado a
escoger un bando y por tanto sufriría una división parecida. De
momento mantenía una frágil unidad, intentando desempeñar un papel
semibonapartista, pero esa unidad era minada por el fermento entre
los soldados, como reflejo del movimiento de los trabajadores.
Haciendo concesiones a la derecha y a la izquierda, e intentando
conciliar a patronos y obreros, el MFA que defendía relaciones
sociales de producción, emergía de la crisis del 28 de Septiembre
como "motor de la revolución". O así lo consideraban los oficiales.