Fundación Federico Engels ..

Marxismo Hoy nº 122

..........

Mayo 2004

Portugal 1974 - La Revolución de los Claveles


Portugal 1974

La Revolución de los Claveles (1)

 

Rui Faustino

Los 25 años pasados desde el 25 de Abril son una fecha demasiado importante para que la burguesía, sus políticos y sus periódicos la puedan pasar por alto. Sería demasiado obvio. Por eso hablan de ella, pero con el objetivo de ocultar lo que realmente pasó, para que la nueva generación de trabajadores no posea memoria de lo que sucedió en el 74/75, más allá de la fabricada por los ideólogos de la clase dominante.

La burguesía intenta transmitirnos la idea de que todo se trató de una simple revolución democrática, deseada, por otra parte, por todos los "portugueses de bien". Y, si tal transición no fue totalmente pacífica, fue porque se cometieron "excesos", "radicalismos", "locuras", que serían, claro, responsables de todo lo malo que sucedió en el país durante años. Se trata de la misma burguesía que negó los derechos democráticos a la clase trabajadora, para organizarse, para defenderse. La misma burguesía que durante décadas se lucró con los bajos salarios y las condiciones inhumanas a los que sujetó a los trabajadores con el auxilio de los soplones, de los pides asesinos y de todo el aparato represivo. La misma burguesía que durante años no dijo un ¡ay!... ¿Alguna vez un capitalista se pudrió en prisión? ¿O fue impedido de decir o hacer lo que le diera la gana?

Los "excesos", los "radicalismos" y las "locuras" a los que la burguesía se refiere fueron las ocupaciones de tierras y de casas desocupadas, la autogestión, las nacionalizaciones, las Comisiones de trabajadores, vecinos y soldados que discutían, decidían y ejecutaban (es decir, los órganos del poder obrero embrionario). La "locura" fue, en definitiva, la acción heroica de la clase trabajadora de derribar el capitalismo, de expropiar a sus expropiadores, de transformar radicalmente la sociedad porque sólo el socialismo podía y puede satisfacer nuestras aspiraciones. Los trabajadores no hicieron la revolución para "decidir, una vez cada cierto número de años, qué miembros de la clase dominante han de oprimir y aplastar al pueblo en el Parlamento" (Lenin, El Estado y la revolución). Los trabajadores hicieron una revolución para cambiar el mundo. La revolución del 74/75 fue una revolución proletaria.

 

Antecedentes para la revolución

No se trata de semántica. Todas las revoluciones poseen un carácter de clase. Es decir, en todas las revoluciones existe un grupo social que arrastra a los demás en la lucha contra lo que es arcaico y está sobrepasado históricamente, y, claro, contra los que se oponen a la desaparición del viejo orden.

También en Portugal la burguesía hizo su propia revolución. Entre 1820 y 1834 (cuando los miguelistas y la antigua nobleza fueron definitivamente derrotados) la burguesía y sus políticos llevaron a cabo una lucha contra el viejo orden feudal, llegando hasta el punto de la guerra civil. Esto no tiene nada de sorprendente si pensamos que ninguna clase dominante, a lo largo de la historia, dejó de luchar por todos los medios y hasta las últimas consecuencias para mantener sus privilegios y posición social.

La burguesía portuguesa destruyó entonces, lo que quedaba de las viejas relaciones feudales de producción y el Estado absolutista que sobre ellas se erguía, a través de la desaparición del diezmo y la sisa (impuesto de transmisión de propiedades) y las restricciones al comercio y la producción. Abolió el mayorazgo (los privilegios del hijo varón primogénito) y expropió las órdenes religiosas monacales, volviendo plenas la posesión y transacción de la tierra. Implantó una Constitución y creó un parlamento, separando los poderes ejecutivo, legislativo y judicial.

Pero la burguesía era demasiado débil. Esto sólo era consecuencia del atraso económico del país, con una industria incipiente, un comercio arruinado por la independencia de Brasil, el lastre de los terratenientes y, como corolario, el escaso peso social de la burguesía. El resultado de todo esto fue la incapacidad de la burguesía portuguesa de llevar a cabo el conjunto de tareas históricas que le competían a su revolución.

Al contrario de lo que ocurrió en la Revolución Francesa de 1789, la burguesía portuguesa fue incapaz de llevar a cabo una reforma agraria que repartiese la gran propiedad entre los campesinos. No acabó con los latifundios de la nobleza, y las tierras expropiadas a la Iglesia fueron divididas entre ella y los latifundistas. Fue incapaz de proceder a la modernización del país. El ímpetu de progreso del fontismo fue sólo posible gracias al período de crecimiento general que el capitalismo disfrutó entre 1848 y 1870. No consiguió alterar el papel de Portugal en la división internacional del trabajo; no liberó al país de la asfixiante tutela del imperialismo inglés, que era el principal socio comercial. Finalmente, no sólo no abolió la monarquía, sino que tuvo que apoyarse en uno de los partidos dinásticos que luchaban por el trono. Para colmo, fue obligada a aceptar una Constitución otorgada por Don Pedro y no redactada por los políticos burgueses, una Constitución que, por cierto, ¡permaneció en vigor, con alteraciones mínimas, hasta la implantación de la República en 1910! Y no es necesario comentar lo que significó la carrera de la burguesía para conseguir títulos nobiliarios después de la victoria sobre la antigua nobleza...

Todas las revoluciones tienen un carácter de clase. Ahora bien, no todas las revoluciones cambian las relaciones sociales de producción. La revolución republicana, por ejemplo, sólo llevó a cabo cambios políticos, cambios en cuanto a la forma de organización del Estado, conservando las relaciones sociales existentes. Pero la implantación de la República no fue sólo una revolución política. Fue, también, la última oportunidad de la burguesía de jugar un papel progresista.

 

Dificultades estructurales del desarrollo capitalista en Portugal

Éste no es el lugar para tratar a fondo la historia de la I República. Pero importa retener algunas cosas. Una vez más la burguesía portuguesa fue incapaz de llevar a cabo las tareas que le competían históricamente. Estos fracasos no se dieron por casualidad o mala suerte. Para modernizar el país, para impulsar su industrialización, eran necesarias tres cosas: capitales, mercados y mano de obra.

Los capitales eran escasos y, además, teniendo en cuenta la cerrada competencia externa —en especial la británica—, no eran invertidos en su mayor parte en la industria. Era mucho más seguro invertir en la adquisición de inmuebles, en la especulación, en el comercio y en la financiación de la deuda pública a través de títulos del Tesoro. Fue lo que la burguesía hizo. Buscando un buen margen de beneficio, se inhibió de invertir en la industria, precisamente al contrario que en los países avanzados.

El mercado interno era escaso, debido a la baja renta de una población dividida entre una masa de campesinos que disponían de poco más que lo suficiente para vivir, un proletariado cuyos salarios siempre estaban bajo presión por la "necesidad de abaratamiento del factor trabajo" y una pequeña burguesía urbana muy frágil. El atraso del campo, a su vez, limitaba la adquisición de productos industriales. Quedaban los mercados coloniales, pues los restantes, los de los países desarrollados, estaban excluidos por la débil productividad de la economía portuguesa, sin posibilidades de vencer en el mercado mundial.

Finalmente, la mano de obra sólo podía ser liberada en el campo con la modernización agrícola, mas ésta era imposible mientras la estructura social agraria permaneciese dividida en una enorme base de millares y millares de familias campesinas sin capital, muchas veces sin tierra o con poca tierra, y una oligarquía agraria que no sentía ningún estímulo para invertir, al disponer de una vasta y barata mano de obra. Era precisamente esta composición social del campo lo que confería poder e influencia a los terratenientes.

Alterar la posición relativa de Portugal en la división internacional del trabajo, esto es, su papel en el mercado mundial, significaba enfrentarse a los intereses ingleses, que tutelaban, de hecho, la economía nacional. Esto no se podía hacer. El capitalismo portugués necesitaba los capitales y préstamos internacionales, sobre todo británicos. También necesitaba los mercados coloniales. No se podía, simplemente, enfrentarse a "la señora de los mares" (Gran Bretaña); además, la burguesía portuguesa temía que los conflictos anglo-germanos se resolviesen con el reparto de las colonias lusas. En la cuestión de la dependencia imperialista del país los burgueses tenían las manos atadas, y si se realizaba una política proteccionista no era lo suficientemente agresiva como para eliminar la cuota de mercado interno de los exportadores británicos. Los políticos republicanos burgueses, una vez en el poder, abandonaron la retórica nacionalista y anti inglesa para convertirse a las "razones de Estado". Las mismas "razones de Estado" que estuvieron detrás de la participación en la guerra imperialista de 1914-18 al lado de la "vieja aliada".

También tenía la burguesía que expropiar a los latifundistas, abrir paso a la modernización del campo, liberar mano de obra para la industria y, en fin, modernizar el país. Pero no podía. Para llevar a cabo esa tarea necesitaba apoyarse en el proletariado y en las masas de la pequeña burguesía urbana (como se vio cada vez que frenó una intentona monárquica). La burguesía industrial no se oponía al latifundio, a las dimensiones de la propiedad agraria. Ciertamente, le molestaba la excesiva influencia de los intereses latifundistas, pero en el fondo temía más al "pueblo" que a la reacción ultramontana. Al contrario que la burguesía francesa en 1789, no lideró a la "nación" contra los obstáculos que el viejo orden se obstinaba en ponerle en su camino. La burguesía portuguesa se desarrolló de forma lenta, cobarde e indolente.

 

La dictadura de Salazar

Perdiendo apoyo social, enredado en una pavorosa crisis financiera —sólo en 1921 el escudo pierde cuatro veces su valor en relación a la libra, y los precios, con un índice 100 en 1910, llegaron a 2.658 (!) en 1924—, sufriendo los problemas propios de la debilidad económica del país, sumergiéndose en una inestabilidad política extrema (26 Gobiernos, 3 golpes militares, 4 elecciones generales y sólo un mandato presidencial completo, en el período 1919-1926), y siendo ya más un estorbo que un apoyo para los negocios, el régimen parlamentario burgués zozobraba.

La burguesía se daba cuenta de que su propio sistema político no funcionaba, clamaba por la desaparición de los sindicatos y partidos obreros. Aspiraba a un Gobierno que administrase sus intereses comunes, que fuese un árbitro supremo entre sus diferentes sectores, y, sobre todo, que fuese capaz de imponer orden. ¡Orden en los presupuestos! ¡Orden en el Estado! ¡Orden en las calles! Aspiraba a un Estado fuerte y apelaba abiertamente a los militares. Y, finalmente, el golpe vino. ¡Saludado hasta por "demócratas" republicanos!

El Estado Novo (la dictadura salazarista) fue la solución que permitió gestionar los intereses divergentes de las clases poseedoras y contener al naciente movimiento obrero y el descontento de las masas populares. Al contrario que los de Italia o Alemania, el fascismo portugués nunca llegó a contar con apoyo de masas, aunque en los años treinta se realizaran las escenificaciones de poder del fascismo portugués. Constitucionalmente la organización estatal era semejante, pero en Portugal el régimen nunca llegó a poder utilizar realmente la pequeña burguesía urbana como un ariete contra el proletariado. Su principal base de apoyo no estaba en la ciudad, sino en el campo. El Portugal "bucólico" y "honrado" no era sólo un sueño acariciado por el dictador. Por el contrario, si Salazar estaba al frente del Estado era porque el régimen, para mantenerse, necesitaba el apoyo del "Portugal de las pequeñas cosas": el pequeño comercio, la pequeña industria, la pequeña propiedad agraria. Mas, simultáneamente, el régimen no podía enajenarse el apoyo de la gran burguesía industrial y comercial. No sólo por la fuerza e influencia que tenían, sino también porque el Estado Novo precisaba de ferrocarriles, infraestructuras, armamento y progreso industrial, esenciales para mantener, por lo menos, su posición relativa en el concierto de las naciones. Fue en este equilibrio precario, balanceándose entre las diversas facciones, en el que el Estado Novo, Estado bonapartista, autoritario y antiobrero, se mantuvo. Pero con él se mantuvieron los problemas crónicos de desarrollo de Portugal. Un nuevo impulso tenía que llegar para sacudir la estructura socioeconómica del país.

 

Los límites del capitalismo portugués

Finalmente, la industrialización en Portugal sólo arrancó en los años cincuenta. Con apoyos, inversiones y préstamos externos, y con la lenta acumulación de los sectores industriales y financieros, los platos de la balanza comenzaban a caer. El Estado tomaban por entonces un papel activo en el proceso a través de los Planes de Fomento, de inversiones necesarias para el desarrollo industrial (sobre todo, la electrificación) y del lanzamiento de nuevas actividades (abonos, pasta de papel, siderurgia y metalurgia), de la fijación de precios, con el crédito barato y selectivo, con la división preferencial de mercados, con exenciones fiscales, etc.

A través de las leyes de regulación de la industria, de un proteccionismo más agresivo que protegía las industrias portuguesas de la competencia externa, de una imposición de bajos salarios por la opresión directa a la clase trabajadora, el Estado, interviniendo directamente en el proceso económico, aceleraba la modernización. Al mismo tiempo favorecía la concentración de capital y la monopolización virtual de la economía por un puñado de grandes grupos.

Cuando se da la revolución, en 1974, la economía portuguesa está dominada por siete grandes grupos: CUF, Espírito Santo, Champalimaud, Português do Atlântico, Borges & Irmâo, Nacional Ultramarino y Fonsecas & Burnay. El dominio de las siete grandes familias se expresaba bien en dos datos: en 1971, siete bancos disponían del 83% de los depósitos y de las carteras comerciales, mientras que el 0,4% de las sociedades detentaba el 53% del capital total de todas las sociedades. En 1972, el 16,5% de todas las empresas industriales producía el 73% de la producción industrial. En la práctica, numerosas empresas que no pertenecían a las siete familias estaban supeditadas a sus decisiones.

El grupo CUF, el mayor del país, poseía, además de banca y seguros, más de cien empresas en los sectores químico, de jabones, de óleos, refinados y petroquímica, de minas, de metalurgia, de aparatos eléctricos, de construcción naval, de transportes marítimos, de tabaco y textil, de celulosa y papel, inmobiliario, de comercio, de hostelería, agrícola, de sociedades coloniales, etc., etc.

En el campo la concentración de propiedad no era menor. Basta referirse a que en 1968 las 1.140 explotaciones de más de 500 hectáreas suponían el 30,3% del total, esto es, ¡lo mismo que 631.482 explotaciones con menos de 4 hectáreas! Más que palabras, estas cifras eran un verdadero programa para la revolución social en los campos.

Portugal entraba en la fase superior del capitalismo descrita por Lenin, caracterizada por una situación de monopolio de sectores enteros y del conjunto de la economía, a través, no sólo de la concentración horizontal, sino también de la vertical (un mismo grupo controlando todas las etapas de una determinada producción), por la fusión entre el capital financiero y productivo y la subordinación de éste al primero, por su carácter progresivamente parasitario y especulativo (entre 1968 y 1972 los capitales y fondos de reserva de los principales bancos pasan de 7,3 a 13,3 miles de millones de escudos.

Además, el Estado colaboraba activamente con los grandes monopolios. Su acción no se resumía sólo en beneficiar a los monopolios a través de exenciones fiscales y subvenciones, de la redistribución de la plusvalía mediante los presupuestos, de la ampliación de un mercado privilegiado y garantizado a los monopolios a través del consumo público. La acción del Estado incluía el mantenimiento de infraestructuras no rentables y el refuerzo del sector estatal a través de la nacionalización de aquellos sectores de la economía absolutamente indispensables para el funcionamiento de ésta, pero que no proporcionaban un margen de beneficio satisfactorio o incluso eran deficitarios. Además, el Estado participaba directamente con capital en varias de las principales empresas, auxiliando así a los grandes capitalistas en la liquidez necesaria para la inversión.

El crecimiento económico es, de hecho, muy rápido, pero no debemos perder de vista que se partía de un nivel muy bajo y que todo esto sucedió durante el período de auge capitalista de 1948-73. Entre 1960 y 1973 la producción creció una media anual del 6,7%; el crecimiento de las industrias transformadoras fue del 9,2%, constituyéndose así en el motor de la economía; tal observación queda todavía más clara cuando verificamos que la productividad de la industria crecía a una tasa anual del 7,3%. Los sectores que más rápidamente crecían eran las nuevas industrias, como la química y los plásticos, las industrias metálicas de base y las de productos metálicos. La excepción más notoria era el crecimiento acelerado de la producción textil, que, aun perteneciendo a la estructura tradicional, se beneficiaba del desarrollo de las exportaciones. El sector servicios, con un desarrollo naturalmente más tardío, no desafinaba del cuadro general. Sólo la agricultura permanecía atrás; verdadero talón de Aquiles de la economía portuguesa, vio perder 600.000 empleos entre 1969 y 1973 (aunque el 32% de la población activa continuaba trabajando en el campo), no como resultado de un esfuerzo modernizador (las ganancias en productividad son casi nulas en todo este período), sino de una fuga masiva del empobrecimiento absoluto y relativo del campo. Ya entonces la agricultura era considerada un caso perdido para la "causa del progreso", y, en efecto, desaceleraba la tasa global de crecimiento.

Mientras tanto, en la medida que se desarrollaba el capital, se desarrollaba también el proletariado, y, chocando con las contradicciones del desarrollo capitalista en Portugal, alcanzando sus límites, "la burguesía no ha forjado solamente las armas que deben darle muerte; ha producido también los hombres que empuñarán esas armas: los obreros modernos, los proletarios" (Marx y Engels, El manifiesto comunista).

 

Los límites del modelo económico salazarista

No obstante si en un primer momento, a través de la regulación de la actividad productiva y de la competencia, el Estado favoreció la acumulación de capital y la promoción artificial de determinados grupos empresariales, posteriormente funcionaba como una traba. Esa reglamentación de los mercados, principalmente en la década de los sesenta, se convierte en un obstáculo para la libre expansión de los monopolios, permitiendo el mantenimiento de pequeñas empresas sin viabilidad. A pesar de que el número de patrones en la industria disminuyó entre 1960 y 1970 de 49.552 a 17.835, las empresas de menos de 20 trabajadores empleaban todavía al 20% de los obreros de la industria. No se trataba de que el Estado no desease favorecer a los grandes grupos, su actitud dubitativa y de posponer el acondicionamiento industrial revelaba su miedo a perder el apoyo de esa capa conformada por la pequeña y media burguesía.

Además, estaban las trabas que el Estado imponía a la inversión externa. Si esto beneficiaba a aquellos sectores de la clase dominante que temían la implantación de modernas unidades productivas de capital extranjero dirigidas al mercado nacional, era, al mismo tiempo, tremendamente frustrante para los capitalistas portugueses cuya estrategia pasaba, precisamente, por la asociación (aunque en una posición de supeditación) con el capital externo. Esta inversión extranjera pasará de 826.000 millones de escudos en 1970 a 2.726.000 millones de escudos en 1973.

Portugal había seguido hasta entonces una política de autarquía económica. Pero el desarrollo del capitalismo portugués unía, cada día más, la economía del país a la economía mundial. Las empresas necesitaban de más y más mercado: ¿de dónde recoger las materias primas, la energía, los avances técnicos, los capitales? ¿A dónde vender mucho, cada vez más? Todos los esfuerzos para levantar un "mercado único portugués", esto es, para basar el desarrollo económico en los mercados nacional y colonial, eran vanos. Los mercados de los países capitalistas desarrollados eran cada vez más importantes. El peso de las colonias en el total del comercio externo pasó del 18% en 1960 al 10% en 1974.

La entrada de Portugal en la EFTA en 1959 permitía el ingreso del país en una zona de libre comercio, también formada por Gran Bretaña, Suecia, Noruega, Dinamarca, Suiza y Austria. Esto implicaba una apertura arancelaria, aunque se excluyeron los productos agrícolas, se negociaron plazos prolongados para la eliminación de los derechos aduaneros que protegían la industria portuguesa, y se permitió plena autonomía tarifaria con otros países (por tanto, las relaciones privilegiadas con las colonias se mantuvieron). En este acuerdo se transparentan las debilidades del capitalismo portugués, y mostraba que el "orgullosamente solos" de Salazar entraba en abierta contradicción con las necesidades de expansión de las fuerzas productivas. Y, una vez más, la burguesía se dividía sobre cómo actuar; un sector apostaba claramente por la integración europea, otro se agarraba a la ilusión de un espacio económico portugués (con las colonias, claro).

El problema colonial era clave. El ala más estúpida y reaccionaria soñaba con más de cinco siglos de dominación colonial. Otro sector se daba cuenta de que tales sueños eran irreales, es más, se resentía de que cada vez más recursos fueran utilizados en una guerra sin final a la vista (en 1973, la guerra colonial consumía más del 40% de los presupuestos del Estado), obstaculizando, así, el ritmo de acumulación de capital y de inversión. El esfuerzo de guerra implicaba que, por ejemplo, el porcentaje de ejecución del Plan de Fomento sólo fuese del 84,5% en 1968 y del 73% en 1969. No era de extrañar que parte de la burguesía aspirase a que los créditos de guerra fuesen utilizados en otros sitios. Y, aun así, incluso para el sector más inteligente o "liberal" de la clase dominante, la independencia "pura y simple" de las colonias no era aceptable. Porque eso hubiera significado su eliminación de los mercados coloniales y, sobre todo, porque la victoria de la revolución colonial sería el dinamo de la revolución portuguesa. La solución que pretendía ese sector era un modelo neocolonialista que protegiese sus intereses. El único "pero" es que los pueblos de las colonias no podían esperar a la generosidad y al ritmo de la burguesía liberal portuguesa. Dividida, sin ninguna solución viable, la clase dominante estaba paralizada.

No se piense que lo que estaba agotado era sólo un modelo de desarrollo capitalista, que había una burguesía liberal que no tuvo oportunidad de llevar a cabo las reformas pretendidas. La historia ya había mostrado de qué calaña eran estos "liberales".

La burguesía, durante casi cincuenta años, jugó la carta de la represión al movimiento obrero, obteniendo su beneficio de los bajos salarios y las condiciones inhumanas de trabajo. Precisamente por esto, porque se basaba en la explotación de mano de obra barata, no invirtió lo necesario en máquinas y tecnología. En la medida que tuviese que enfrentarse a un duro choque, la estructura productiva portuguesa estaría en muy mala situación para hacer frente a la competencia externa.

Así, lejos de ser la tabla de salvación que algunos sectores esperaban, los mercados europeos se convertían rápidamente en un serio problema. El déficit de la balanza comercial pasó de 7.900 millones de escudos en 1964 a 17.700 en 1970 y a 28.400 en 1973. Las exportaciones comienzan a caer en 1973, a pesar de las primeras devaluaciones de moneda.

La tasa de beneficio bajaba en la industria; con ella, descendía el interés en la inversión productiva, y, de esta manera, se desviaban más y más capitales a la especulación financiera. El aumento de la formación bruta de capital fijo, o sea, del total de inversiones anuales en la producción, fue del 17,3% en 1966, del 5,7% en 1967, del 2,95% en 1968 y del 0,7% en 1969. Por otra parte, sólo en los cinco primeros meses del 73 el valor de las cotizaciones de títulos subió tanto como en los siete años anteriores, y el valor nominal de las acciones era ¡32 veces superior a su valor real! Con o sin 25 de Abril el crac de la Bolsa era absolutamente inevitable. Esa febril especulación alimentaba la explosión inflacionista: 11,5% en 1972, 19,2% en 1973. A medida que la economía capitalista mundial corría hacia la más grave crisis de sobreproducción de la posguerra, en 1973, que coincidió con el brutal aumento de los combustibles, la burguesía portuguesa se quedaba sin margen de maniobra.

 

La revolución en marcha

Lenin explicó muchas veces que para que explote una revolución y sea victoriosa son necesarias algunas premisas. La primera condición objetiva es la división en el seno de la clase dominante, y en Portugal, en vísperas del 25 de Abril, esa división saltaba a la vista. Un sector quería mantener todo como estaba, considerando que las más mínimas reformas provocarían una explosión. Apostaba todo a la represión y al mantenimiento del estado de cosas. Otro sector, más inteligente, comprendía que su dominio de clase sólo podría mantenerse a través de reformas por arriba que impidiesen la revolución por abajo. Unos y otros sólo divergían en la mejor forma de mantener sus privilegios de clase. Marcelo Caetano, en el papel de árbitro que le confería el puesto de dictador, tras la muerte de Salazar, apenas conseguía mantener un equilibrio entre estas dos alas de la clase dominante, que se expresaban políticamente en los ultras y los reformadores. Y esto era tanto más irónico cuanto que él mismo había tenido un recorrido político, desde la II Guerra Mundial, como tecnócrata reformador.

La segunda condición para una revolución, la neutralidad o incluso simpatía de la pequeña burguesía hacia el movimiento obrero, era evidente. Los estudiantes, que siempre son un barómetro muy sensible de la sociedad, expresan la crisis lanzando dos importantes luchas, en 1962 y, sobre todo, en 1969.

Las clases medias conocen una profunda transformación en los años que anteceden a la revolución. En primer lugar sufren un proceso de proletarización, o la inminencia de tal. El número de propietarios disminuye en la agricultura (de 78.435 en 1960 a 18.410 en 1970), en los servicios (de 57.987 a 23.035 en el mismo período) y en la industria (de 49.552 a 17.835). Empobrecidos, sin poder seguir contratando personal y dependiendo en gran parte del trabajo familiar, en los censos de población son absorbidos por las categorías de aislados o, en los casos más extremos, de "asalariados". También los intelectuales son progresivamente proletarizados, aumentando un 40% el número de profesionales liberales, científicos y cuadros administrativos que trabajan por cuenta ajena. Estas cifras, más que cualquier otra cosa, explican el giro a la izquierda de unas clases medias amenazadas por el desarrollo de los grandes grupos, de la gran propiedad, y cansadas de la dictadura y la guerra colonial, donde también morían sus hijos. La pequeña burguesía ya no era un pilar seguro del régimen.

Las luchas estudiantiles, las huelgas de los profesores de instituto y los médicos en los primeros años de la década de los setenta mostraban su aproximación al proletariado y a sus formas de lucha y organización. Y la más evidente expresión de ese giro radical a la izquierda acabaría por venir del cuerpo de oficiales pequeñoburgueses que provocarían la caída del régimen el 25 de Abril.

La tercera condición objetiva para una crisis revolucionaria tiene que venir del propio proletariado, de su fuerza, determinación y coraje para luchar hasta las últimas consecuencias por la transformación de la sociedad. En el inicio de los setenta, el joven y moderno proletariado portugués maduraba para su "asalto a los cielos".

Al incesante crecimiento numérico de la clase trabajadora (cerca de un millón de obreros industriales en 1970, constituyendo los asalariados de los sectores secundario y terciario el 58% del total de la población activa, a lo que se debían sumar bastantes centenares de miles de trabajadores del campo) se unían los efectos de la emigración (había millón y medio de emigrantes entre 1960 y 1973). La relativa ausencia de mano de obra, por la emigración, conjugada con un fuerte crecimiento económico, tuvo como consecuencia, naturalmente, un aumento de los conflictos laborales. Los trabajadores procuraron recibir una mayor parte del pastel.

Desde la célebre Huelga de Mala, en la que, durante tres días, los trabajadores de Carris dejaron de cobrar billetes, el movimiento obrero irá dando golpe tras golpe. Las reivindicaciones que empujan a la lucha son aumentos salariales y salario mínimo, decimotercera paga, reducción de la jornada laboral (semana de 40 horas), vacaciones pagadas de treinta días y prohibición de despidos sin causa justa; estas reivindicaciones se expresan en la exigencia de establecer contratos colectivos de trabajo. La clase obrera se lanza a la ofensiva, a través de peticiones, concentraciones a la entrada de la empresa, asambleas, huelgas de brazos caídos, desorganización secreta del proceso de trabajo, disminución de la producción, manifestaciones y huelgas. En todo este período, pese a la represión de la policía y de los pides (miembros de la PIDE, la policía política), a las sanciones disciplinarias y a los despidos, los trabajadores no se atemorizan y arrancan concesiones. A veces, incluso, consiguen todas las reivindicaciones.

Una de las características del movimiento es el hecho de que los trabajadores de cuello blanco (la aristocracia obrera) participan activamente en las luchas de los metalúrgicos, los trabajadores del sector químico o los del eléctrico. Los bancarios, por ejemplo, eligen en enero y febrero de 1969 dirigentes sindicales de oposición al régimen, en Lisboa y Oporto; en el siguiente año, tras una asamblea de siete mil trabajadores, acabarían por imponer el primer contrato colectivo. Ni el cierre de sus locales sindicales ni la suspensión de su dirección sindical en 1971 cortaría el ímpetu. Los bancarios continuaron manifestándose en el 72 y en el 73, recurriendo incluso, ese mismo año, a una huelga de tres días.

Entre 1969 y 1971 unos 30 sindicatos fueron tomados por listas opositoras de la confianza de los trabajadores, siendo el punto alto de este proceso la formación de la Intersindical, el 1 de octubre de 1970, cuando los sindicatos de metalúrgicos y del textil y el sector financiero convocan a otros sindicatos a una reunión conjunta. En los siguientes ocho meses las reuniones se suceden, llegando a juntarse 47 sindicatos. El movimiento sindical, huyendo de las mallas del corporativismo, apunta tres líneas maestras de orientación: libertad e independencia de las organizaciones de clase en relación al Gobierno, democracia interna y unidad del movimiento sindical.

La reacción del Gobierno no tardó. Publicó decretos-ley modificando la vida interna de los sindicatos, declaró la Intersindical ilegal, intentó impedir con un gran aparato policial que se efectuasen reuniones, asambleas o manifestaciones públicas, suspendió y cesó direcciones sindicales, estrechó la censura previa en los boletines internos, destruyó sedes y procedió a detenciones. Pero la represión no era una prueba de fuerza, sino de impotencia. El movimiento obrero no retrocedía, y, si el régimen sólo se mantenía por la coacción, los trabajadores demostraban haber perdido el miedo a la policía. Pero la dictadura no tenía alternativa a la represión.

Despuntaban ya las primeras señales de crisis. En 1972 y 1973 se congelaron los salarios, cuando las subidas salariales habían sido constantes en los sesenta (aunque seguían siendo todavía bajísimos) gracias a la emigración y a las luchas. La patronal se negó a revisar las remuneraciones en función de la tasa de inflación, y cuando ésta alcanzó, esos años, el 11,5 y el 19,2%, respectivamente, el espectro del aumento del coste de la vida apareció ante la clase obrera. El 15 de abril de 1973 se manifestaron 40.000 trabajadores en Oporto contra la carestía de la vida, pero fue sobre todo el período que va del otoño de 1973 al 25 de Abril el de mayor ímpetu huelguístico: en una situación de abierta represión, en que la huelga era ilegal, fueron 100.000 los trabajadores que recurrieron a ella. La lucha continuaba, poco a poco, minando el sistema productivo...

Todas las condiciones objetivas para una explosión revolucionaria estaban más que maduras. La guerra colonial, como telón de fondo, sólo convertía en más agudas las tensiones que afligían a la sociedad portuguesa. Guerra odiada por los más de diez años de combate, sin fin a la vista, que sacrificaban a toda una generación, por el desperdicio de importantes recursos del país, por el agravamiento que significaba para las condiciones de vida de las masas (de 1970 a 1973 los impuestos indirectos subieron un 73% y el impuesto profesional un 53%).

La guerra no contaba con el apoyo de nadie, excepto de los que con ella se lucraban. Incluso muchos de los oficiales, viendo el ejemplo de la inminente derrota de los poderosos Estados Unidos en Vietnam, se daban cuenta de que la victoria era imposible. En esta progresiva toma de conciencia de la inutilidad de la guerra por parte de la casta de oficiales, tuvo gran importancia la incorporación a filas, en el cuerpo miliciano, de los jóvenes universitarios que eran contestatarios al régimen. El Gobierno había pretendido eliminar el virus de la revolución a través de la movilización de los estudiantes, pero sólo consiguió que éstos llevaran su radicalismo dentro de un uniforme. Sería la casta de oficiales la que diría la última palabra en los estertores finales de la dictadura. Una de las características peculiares de la Revolución Portuguesa fue que los militares desempeñaron el papel dirigente del proceso en sus primeros momentos.

Poco satisfechos con su situación y estatuto, los militares entraron en colisión con el régimen a raíz de la publicación del Decreto-Ley 353/73, según el cual los oficiales milicianos podrían tener acceso al cuerpo militar permanente sólo con dos semestres lectivos en la Academia Militar, con la consecuente revisión de la posición de los otros oficiales en la escala de antigüedad. Este acceso, sustancialmente diferente al que hasta entonces existía, daría vida al movimiento de los capitanes.

Era, sin duda, una cuestión corporativa la que movía a los oficiales de carrera, que con esa medida se veían postergados en la evolución de sus carreras, ya de por sí difícil por la congestión de la cúpula jerárquica. No eran muy alentadoras las perspectivas para estos hombres, que tenían que hacer varias misiones de guerra en África. Pero, pese a ser una cuestión corporativa el motivo de su inquietud, evolucionaron (a partir de una primera reunión en septiembre del 73) hacia una oposición política a la dictadura y a la continuación de la guerra colonial, y hacia la caída del régimen por la vía de las armas. Los aumentos salariales de diciembre del 73, los traslados compulsivos de militares en marzo del 74, la dimisión de los generales Costa Gomes y Spínola, y el paso en falso dado por el Regimiento de Infantería de Caldas da Rainha, no fueron suficientes para impedir un movimiento militar que, mientras tanto, ya había saldado las iniciales rivalidades entre los oficiales de carrera y los milicianos.

Todas las condiciones objetivas para el despertar de la revolución habían madurado hacía mucho. Tan maduras estaban que, reflejando el impasse y la profunda crisis en que estaba metido el país, y apoyándose en el intenso combate que el movimiento obrero y popular mantenía contra la dictadura, los oficiales de bajo grado del MFA (Movimiento de las Fuerzas Armadas) dirigirían, el 25 de Abril del 74, un pronunciamiento militar victorioso.

La revolución había comenzado. La última condición para que la transformación socialista de la sociedad se llevase a cabo, esto es, la existencia del factor subjetivo (el partido revolucionario) sería ahora puesta a prueba. La revolución, en efecto, iba a probar al calor de los acontecimientos la validez de las ideas, del programa, de los métodos y de la estrategia de todas las corrientes de pensamiento en el seno del movimiento obrero.

 

El 25 de Abril y las primeras semanas

A pesar del control de la radio, de la televisión, de la prensa, de las escuelas y de la Iglesia, a pesar de la PIDE y del terror, a pesar de todo, la dictadura cayó. El día 25, cuando se produjo el golpe, la única sección del aparato del Estado en que el régimen podía confiar era la policía secreta, a él amarrada por el miedo de la ira popular a sus crímenes sangrientos.

A mediodía, cuando las tropas del MFA avanzaban para el Palacio del Carmo, donde Caetano y unos cuantos pides aterrados se refugiaban, una enorme multitud saludaba a los soldados. Nada ni nadie, excepto los pides, se mostraron dispuestos a defender el régimen. El movimiento de masas, en Lisboa, Oporto, Coimbra y dondequiera que hubiera movimientos militares, confraternizaba con la base de las fuerzas armadas (soldados y marineros), que no eran más que obreros y campesinos uniformados. En aquel momento ya estaba claro que la burguesía no poseía un instrumento seguro que pudiese utilizar contra las masas. Las ideas del PCP (Partido Comunista Portugués) y del PS (Partido Socialista) eran discutidas y comentadas en las calles. Los generales, almirantes y brigadas habían perdido completamente el control de la situación. Spínola aún fue al Carmo para, a petición de su amigo Caetano, impedir que el poder recayese en la calle, pero la Junta de Salvación Nacional (JSN) que formó no pasó de ser, por inhibición del MFA, un poder suspendido en el aire.

No había fuerza capaz de parar la ofensiva de las masas. El primer Primero de Mayo, pocos días después del colapso de la dictadura, lo demostraba perfectamente: sólo la manifestación de Lisboa juntó a más de 600.000 personas. Allí estaba el resultado de cincuenta años de "erradicación del comunismo". Es más, los soldados y marineros desfilaron, con las armas en la mano, al lado de los obreros.

Una peculiaridad fundamental de la Revolución Portuguesa es que la insurrección comenzó en las fuerzas armadas. En ese momento, las masas fueron a las calles a ajustar cuentas con la policía secreta. En Rusia, en Febrero de 1917, fue un movimiento de masas lo que afectó al ejército. Cuando la policía tuvo que huir de Petrogrado, se llamó al ejército para restablecer el orden. La revuelta se produjo en las filas del ejército, mientras que la mayoría de los oficiales permaneció fiel al zar. Pero el movimiento de las masas y la distensión de la disciplina en las fuerzas armadas en Portugal, significaba que la situación aquí como luego demostraron los acontecimientos, era más favorable que en Rusia en Febrero de 1917.

Lenin explicó en sus Cartas desde lejos que la entrega del poder a la burguesía liberal inmediatamente después de la Revolución de Febrero era una consecuencia del atraso de la conciencia de las masas y de su organización incipiente, pero que a medida que las masas aprendiesen de su propia experiencia los bolcheviques ganarían la mayoría para su programa, con la condición de que explicaran sus puntos de vista pacientemente. Lo que era verdad para Rusia en 1917, lo era más todavía para Portugal en 1974.

Por otro lado, la situación internacional era mucho más favorable. Franco no podía intervenir, bajo pena de acelerar el proceso revolucionario en España. El imperialismo, después de haberse pillado los dedos en la tentativa de impedir la revolución colonial, se encontraba impotente. La última cosa que el Gobierno americano podía hacer era liarse en una guerra más, cuando estaba siendo expulsado de Vietnam y sufriendo una fuerte contestación interna. Las potencias europeas no estaban en mejor posición. En Gran Bretaña, los sindicatos derribaban, literalmente, al Partido Conservador del Gobierno, en Francia se vivía un giro a la izquierda que llevaría al poder a una coalición del Partido Socialista y del Partido Comunista Francés al final de la década, en Italia el Partido Comunista conseguía un 30% de los votos en las elecciones, y hasta en la pequeña Grecia, la dictadura de los coroneles acabaría en 1975. En esta década, el péndulo de la historia giraba a la izquierda. Con las manos atadas, recelosos de intervenir directamente, los capitalistas de todo el mundo sólo podían observar a distancia, y esperar mejores días...

Los capitalistas portugueses, por su parte, no podían hacer más. Una vez abiertas las compuertas, sin un instrumento seguro para reprimir a los trabajadores, la burguesía asistía impotente a la explosión del movimiento. El 24 de abril los trabajadores de Utic, Philips y Fapae ya estaban en huelga. Mague se paralizaba el 26 y Transul (transporte por carretera) le seguía los pasos el 30. Entre medias se liberó a los presos políticos, la población llevaba a cabo una caza de pides para evitar su reagrupamiento, llegaban del exilio Mário Soares y Álvaro Cunhal (dirigentes del PS y del PCP, respectivamente), entre otros, y se registraba la primera ocupación de viviendas, en el barrio de la Boavista, en Lisboa.

Después del 1º de Mayo los conflictos se suceden: Timex, ferroviarios, Rádio Renascença, CUF, Covina, supermercados AC Santos, Torralta, Carris, Bayer Portugal, Firestone, Messa, Lisnave (astillero de Lisboa), Singer, Renault, TAP (las líneas aéreas), construcción, Grao-Pará, farmacéuticos, Melka, etc., etc. A los obreros urbanos se junta la lucha del campo, formándose las Comisiones pro Sindicato en el Alentejo, y dándose en junio las primeras huelgas.

A lo largo de esas primeras semanas no hay, prácticamente, empresa que no sufra perturbaciones. Son cientos y cientos de miles los trabajadores que se lanzan a la lucha reivindicando: aumentos salariales, creación de un salario mínimo, fin de las discriminaciones salariales ("a igual trabajo, igual salario"), reducción del abanico salarial, elevación de las categorías más bajas, abolición de los premios, gratificaciones y privilegios, reducción del horario de trabajo (por ley) a 40 horas y a cinco días por semana, un mes de vacaciones con el 100% del salario, readmisión de los compañeros despedidos, y libros de cuentas y fiscalización de las actividades de la empresa. Finalmente, con un carácter marcadamente político, se exige la depuración de espías, policías y elementos fascistas de las empresas.

Todas estas luchas son dirigidas por comisiones de trabajadores creadas ad hoc, elegidas y revocables en cualquier momento, y que surgen por todos los lados organizando a los trabajadores, coordinando las luchas, negociando las plataformas reivindicativas, incluso ejerciendo, algunas veces, una misión de control y fiscalización de las actividades de la empresa.

Las huelgas, ocupaciones y manifestaciones de estas primeras semanas retoman lo fundamental de los puntos reivindicados por los trabajadores en el período anterior a la revolución, añadiendo otros más avanzados. Y es que nos encontramos en una situación diferente. Todo el país se conmueve hasta los cimientos: las empleadas domésticas (uno de los sectores más atrasados de la clase) forman un sindicato; los estudiantes de instituto entran en huelga; se forma un movimiento pro derecho al divorcio; El Acorazado Potemkin es exhibido por primera vez, y presentado como "el filme que muestra la gran lucha del pueblo contra la opresión burguesa"; espontáneamente, algunos obreros cambian el nombre del puente de Lisboa sobre el Tajo, de Salazar a Veinticinco de Abril. No se trata de un golpe de aire fresco, sino de un auténtico vendaval. Los periodistas depuran las redacciones de los periódicos, y hasta en la tropa se presentan plataformas reivindicativas, exigiendo el fin de la guerra, el aumento de la soldada, transporte gratuito y la revisión de los reglamentos de disciplina. Cala hondo el eslogan de "Ni un soldado más a las colonias"; en África soldados portugueses y guerrilleros confraternizan. Todo el país está de protesta, en lucha, en cambio.

La burguesía no sabe qué hacer, no posee fuerza ni una base en la que apoyarse. La JSN, el 2 de mayo, hace un llamamiento a que "se domine la impaciencia y se respeten las jerarquías". Vuelta a repetirlo el día siguiente. Nadie escucha a Spínola, por eso el 6 de mayo se condenan "los atentados a la jerarquía", la "expulsión de responsables" (depuración) y las "reuniones de funcionarios en horas de trabajo". El 11 de mayo, la Junta comunica que se opone a las ocupaciones de viviendas, pero el 19 es forzada a legalizar esas mismas ocupaciones, tal es la fuerza del movimiento. En medio de una ola huelguística sin precedentes, la única cosa que la Junta tiene que ofrecer a los trabajadores es, patéticamente, ¡la creación de una clasificación por edades de los espectáculos! (11 de mayo).

A la burguesía sólo le queda ceder y esperar. La única manera que tiene de controlar el movimiento pasa por atar a los partidos obreros a una política de frente popular, o, dicho de otra forma, por invitar a PS y PCP a integrarse, minoritariamente claro, en el gobierno. A Spínola no le queda otra alternativa. Y, la verdad sea dicha, no le fue difícil. El 5 de mayo el PCP defiende su inclusión en el Gobierno Provisional, y ya antes Soares había declarado su "disposición a colaborar con todas las fuerzas democráticas".

 

El papel de la dirección del PCP y el PS

Constituido el 16 de mayo, el primer Gobierno Provisional, presidido por Palma Carlos, va a tener como tarea prioritaria parar las reivindicaciones obreras. No es por casualidad que el ministro de Trabajo sea militante del PCP. En las propias palabras de Spínola, "había que responsabilizarle abiertamente [al Partido Comunista] de las tareas del Gobierno. En caso contrario (...) no asumiría ninguna responsabilidad, reforzando su imagen con la crítica a los partidos representados en el Gobierno" (António de Spínola, Ao serviço de Portugal). Cínicamente, la burguesía planea utilizar a los dirigentes obreros, principalmente a los comunistas (por la autoridad que poseen en su clase), para realizar el trabajo sucio de encauzar de forma realista la lucha de los trabajadores. Más tarde, cuando ya no los necesitara, los despediría fácilmente.

Los ataques a la oleada de huelgas se intensifican, ahora con la colaboración de la izquierda. El 23 de mayo la Intersindical llama la atención sobre las "huelgas inoportunas alentadas por la reacción". El 25 la Intersindical convoca una manifestación de apoyo al Gobierno Provisional y el PCP, en su primer mitin en Lisboa, critica "la ola generalizada de huelgas que sirve al fascismo". Al día siguiente Álvaro Cunhal reitera que las huelgas pueden conducir al caos, y lo mismo hará Dias Lourenço, otro dirigente del Partido Comunista, ese mismo día. El 27 Lisboa está sin autobuses, sin tranvías y sin pan. El cobro de peajes en el puente sobre el Tajo es suspendido... El 28 un comunicado del Comité Central del PCP acusa a "los elementos más reaccionarios (...), los cuales, con la ayuda consciente de grupos de aventureros autodenominados de izquierdas, intentan empujar la situación hacia el caos económico y destruir las conquistas democráticas hasta ahora alcanzadas". En el mismo comunicado llega a afirmar que la huelga de panaderos es fomentada ¡por "reconocidos agentes fascistas"!

El PS, en todo este período, adoptó una postura más discreta, y, a veces, hasta más a la izquierda que la dirección del PCP (por ejemplo, en la huelga de CTT), procurando no quemarse. Al fin y al cabo, compartiendo responsabilidades de gobierno con el PCP, no tenía la autoridad e influencia de éste en el seno del movimiento obrero. Pero también fue llamado a trabajar, y así, el 29 de mayo el PS dice "no" a las huelgas indiscriminadas. El mismo día, por la noche, en televisión, hay un auténtico bombardeo contra las huelgas: por ejemplo, se celebra una mesa redonda en la televisión pública con la participación del PPD (Partido Popular Democrático, actual Social Demócrata, burgués), del PS, del MDP (Movimiento Democrático Popular, íntimo aliado del PCP; de ahí que el PS lo llamara PCP nº 2), del Partido Comunista y de la Intersindical. El 30 de mayo Spínola se reúne con doscientos sindicalistas, a los que pide el regreso a la normalidad y la aceptación de la disciplina. El 1 de junio, mientras el PS defiende, sutilmente, el control "de las huelgas y de las clases trabajadoras" por parte de los sindicatos (las luchas estaban siendo impulsadas por comisiones de trabajadores de cada empresa), la Intersindical organiza una manifestación "contra la huelga por la huelga". Mas éstas continuarán en el mes de junio.

Las conquistas del movimiento son históricas: el establecimiento de un salario mínimo, un mes de vacaciones pagadas al 100% y reducción del máximo de horario de trabajo semanal. Los aumentos salariales llegarían, de media, ¡al 35%! El salario mínimo de 3.300 escudos que el Gobierno es forzado a introducir alcanza a cientos de miles de trabajadores y en no pocos casos corresponde a un aumento salarial del 100%.

Huelga tras huelga, los diversos batallones de la clase obrera mostraban su fuerza y señalaban al conjunto de la clase su entrada en escena. El ambiente entre las masas era de euforia desbordada. Todo parecía posible en este primer "asalto a los cielos". La burguesía, impotente, cedió en una empresa tras otra: las plataformas reivindicativas fueron aceptadas, de mala gana pero aceptadas, parcial o incluso totalmente. Si estas primeras semanas demuestran alguna cosa es que la transición al socialismo se pudo haber hecho pacíficamente, si el movimiento hubiera tenido una dirección política a la altura.

 

La respuesta de la reacción

La burguesía intenta recomponerse pero sin mucho éxito. Mientras Spínola va haciendo discursos lunáticos sobre el "sagrado suelo de Portugal", la reacción muestra sus fuerzas el 10 de junio, día nacional: algunas decenas de manifestantes en Lisboa y Oporto llaman a la paralización del proceso de descolonización... Si en las calles no es posible invertir la situación, habrá que intentarlo a través de un golpe palaciego. Entre bastidores, las embajadas imperialistas, especialmente la americana, presionan a Spínola para que termine con la revolución. Éste hace planes y espera expulsar al PCP y posiblemente al PS del Gobierno incluso antes de final del año. Las maniobras de Spínola tienen como objetivo dar un giro bonapartista a la revolución, concentrando todo el poder en sus manos. Esto sería sólo el primer paso para echarla a perder, toda su preocupación desde el principio.

El 13 de junio en una reunión del MFA con la Junta de Salvación, Spínola propone un referéndum sobre el problema colonial para octubre, en que se haría también la elección de presidente de la República. Propone también elecciones para una Asamblea Constituyente el 30 de noviembre de 1976 (!). Estas propuestas son apoyadas por Sa-Carneiro (líder del PPD y uno de los liberales más histéricos), que exige la declaración del estado de sitio.

Tras el rechazo de la reunión a estas propuestas, Palma Carlos vuelve a la carga a principios de julio, pidiendo al Consejo de Estado poderes más amplios para hacer frente al "clima de indisciplina social" que era "completamente contrario a mi temperamento y a mi concepto de democracia". En caso de ser rechazada la petición, dimitiría. Pero no existen ni bases de apoyo ni ambiente propicio para aceptar esto. Las propuestas de Palma Carlos, que van en la misma línea de reforzar los poderes del ejecutivo, plebiscitar a Spínola como presidente y retrasar las elecciones a Asamblea Constituyente hasta el 76, son desechadas por el MFA. Perdida la batalla, Palma Carlos renuncia al cargo, y con su derrota fracasan los planes de la camarilla spinolista, que intentaba cimentar la posición del general como árbitro y conductor del país, organizar un "Gobierno fuerte" y dar un margen de maniobra a los partidos burgueses para que se pudieran organizar. Spínola conserva la presidencia del Gobierno, y se prepara para una nueva oportunidad. Ya había sacrificado al primer ministro y, en lugar de tener un nuevo Gobierno Provisional sin ministros del PCP, se encuentra de bruces con un Gobierno más a la izquierda. Más importante, no consigue apartar al MFA del centro del poder. No sólo el primer ministro es ahora un militar, el coronel Vasco Gonçalves? sino que de diecisiete ministros hay ocho militares. Para más inri, Spínola levantaba, definitivamente, sospechas sobre su conducta entre los oficiales del MFA.

Finalmente, Spínola es forzado a reconocer el 27 de julio, el derecho a la independencia de las colonias, renunciando públicamente a sus tesis federalistas y neocolonialistas. Pero continuaba conspirando en la sombra. Sigue avisando de que "la patria continúa enferma; la patria continúa en peligro" (11 de julio), y de que "el clima de anarquía no puede continuar; (...) cualquier tentativa de romper la disciplina será tratada como una traición" (18 de julio). El llamamiento a la "mayoría silenciosa" y el 28 de Septiembre están de camino.

 

Protagonistas y perspectivas

Los capitanes habían tomado el poder el 25 de Abril, pero lo entregaron el mismo día, a la Junta de Generales y a Spínola. Luego, por la noche, hubo discrepancias sobre el programa del MFA. Spínola, en su primera alocución al país, haría referencia a la "defensa de Portugal uno y pluricontinental".

Estos hombres, habituados a obedecer y respetar las jerarquías, consideraban natural que debían ser sus superiores jerárquicos quienes mandaran. Casualmente, ¿no habían puesto los capitanes al corriente de las líneas generales y planes del MFA a Spínola y Costa Gomes, sin que éstos se hubiesen arriesgado a participar en la conspiración? El programa del MFA, por su parte, era simplemente antifascista. Hablaba vagamente de libertades cívicas, un "programa de salvación nacional", elecciones libres para una Asamblea Constituyente, etc. La ingenuidad de los capitanes era inversamente proporcional a la eficacia de su programa en dar respuesta a las tareas de la revolución. Esto no nos puede sorprender, al fin y al cabo el MFA era un movimiento de oficiales pequeñoburgueses. No era un partido político, no podía ser la vanguardia de la revolución.

Una crisis siempre divide a un ejército en líneas de clase. Por norma, la historia muestra que la base del ejército (los obreros y campesinos uniformados) se une al movimiento de masas y la cúpula, el cuerpo de oficiales, se mantiene fiel a la clase dominante. Pero la quiebra del capitalismo en Portugal era tan grande, la fuerza de la clase trabajadora tan inmensa que durante el proceso, una parte importante de los oficiales, radicalizándose, llegaría a romper con el capitalismo.

Mientras los capitanes entregaban el poder (suspendido en el aire, es cierto) a Spínola y éste conspiraba, los partidos obreros se habían convertido en un apéndice del MFA. No fue por casualidad, tal actuación era consecuencia de sus perspectivas incorrectas sobre la revolución. El papel que los militares desempeñaron durante la revolución no se debió a ninguna característica especial de las fuerzas armadas portuguesas, sino al hecho de que los partidos obreros no dotaron al movimiento de una dirección consecuente. Como dice una famosa frase de Hegel, "la naturaleza aborrece el vacío".

Desde el principio tanto PS como PCP definen la revolución en curso como democrática, planteando que el momento es de consolidación de las libertades democráticas y que sólo después, tras un período más o menos largo, se podría luchar por el socialismo.

Escrito en 1967, el libro Acçao revolucionária, capitulaçao e aventura de Álvaro Cunhal definía en los siguientes términos la postura del PCP en la caída de la dictadura: "La tarea fundamental de [un] Gobierno Provisional es la instauración de las libertades democráticas y la realización de elecciones libres para una Asamblea Constituyente. Que esta tarea sea realizada es la única condición que el Partido Comunista pone para su participación en el Gobierno". Y así fue. El propio 25 de Abril, la dirección del PCP reitera su disposición a colaborar "con todos los que desean luchar unidos para la creación de un Gobierno Provisional que instaure las libertades democráticas y acabe con la guerra, y que promueva a corto plazo elecciones para una Asamblea Constituyente". El PS tampoco tenía nada más que ofrecer a la clase trabajadora más que "una democracia pluralista". Aunque el 5 de mayo, en una entrevista al periódico belga Le peuble, Soares afirmase que "no se va a instalar en Lisboa un Gobierno de Frente Popular, sino un Gobierno de Salvación Nacional", las alteraciones semánticas no cambian el carácter de colaboración de clases del Gobierno Provisional.

El Gobierno Provisional, a cambio de preparar y convocar elecciones y de algunas reformas, como un salario mínimo y las bases de un servicio nacional de salud, tenía en el punto de mira, antes que nada, garantizar, tanto una "vía gradualista para la solución del problema colonial", como una "reforma gradual de la estructura agraria", y dejaba bien claro, por la total ausencia de referencias al respecto en el programa de Gobierno, que no se tocaría ni un dedo del poder de los grupos monopolistas. Mientras los partidos obreros se esforzaban en contener los "excesos" del proletariado, que podrían asustar a sus aliados demócratas y a los más sesudos militares, la burguesía a través de su hombre, Spínola, conspiraba.

Tanto el PS como el PCP explicaban sus posturas por el hecho de que se trataba de "un período especial", y con los argumentos de que "la correlación de fuerzas es desfavorable", de que un programa radical empujaría a la pequeña burguesía a los brazos de la reacción, y, finalmente, de que primero era necesario derrotar a la reacción y al peligro de un golpe fascista; sólo después de que la democracia estuviera asegurada se podía luchar por el socialismo.

Es verdad que se vivía un "período especial", pero ¿para qué sirve un programa si no puede ser aplicado en "períodos especiales"? Es cierto que PS y PCP afirmaban que su objetivo era la sociedad socialista, pero ésta era para mañana, nunca para hoy, era un fin más o menos lejano, y no una necesidad inmediata. En lo inmediato apenas tenían como meta introducir y aplicar reformas democráticas.

Los dos partidos justificaban el pacto con Spínola y los políticos liberales debido a la "correlación de fuerzas desfavorable". ¿Pero qué significaba esto? ¿Que la clase trabajadora no era capaz de colocarse al frente de las masas populares y tomar el poder? ¿Que no tenía voluntad y determinación para luchar, y, si fuera necesario, hasta el fin? Durante la Revolución Rusa, en 1917, el proletariado no necesitó de la ayuda de los liberales de entonces para llegar al poder, y constituía apenas el 10% de la población. En Portugal los trabajadores eran la gran mayoría; que la economía funcionara dependía totalmente de ellos, e incluso tenían una mayor formación. Además, antes del 25 de Abril y, sobre todo después, los trabajadores (tanto los manuales como los de cuello blanco) demostraron una enorme capacidad de lucha.

Se sucedían lucha tras lucha, huelga tras huelga, ocupaciones, manifestaciones, peticiones; los trabajadores iban a los mítines, comenzaban a militar masivamente en sus sindicatos y partidos, leían, discutían, tomaban postura. Y la revolución sólo estaba en sus primeras fases. ¿Qué más se podía pedir a la clase obrera? ¿Que todos los trabajadores llegasen a las mismas conclusiones al mismo tiempo? ¿Que hiciera innecesario un partido que organizara el movimiento de la clase? El papel de la dirección política del movimiento es basarse en sus sectores más avanzados y arrastrar, al calor de la lucha, al conjunto de los trabajadores. No fue por casualidad que Lenin explicó tantas veces: "una revolución es una dislocación de las clases". Las condiciones objetivas para la toma del poder por la clase obrera y las posibilidades de que la Revolución Portuguesa fuera el inicio de la revolución mundial sí existían, incluso más que en la Rusia de 1917.

Es verdad que, para tomar el poder, el proletariado necesita del auxilio, o, por lo menos, de la neutralidad de la pequeña burguesía. Es igualmente verdad que, en una situación de estabilidad, las clases medias son el principal cimiento social del capitalismo. Pero esto sólo ocurre cuando sus negocios van bien, o hay perspectiva para ello. Cuando no es así, la pequeña burguesía rápidamente se desprende de la camisa de la moderación. Si la pequeña burguesía tuviera un pavor genético al extremismo, ¿cómo explicar el hecho de que pueda sucumbir ante la demagogia fascista?

El desarrollo del capitalismo había sido, como vimos antes, el verdadero responsable de la proletarización de la pequeña burguesía, de su empobrecimiento relativo. El capitalismo no tenía nada que ofrecer a esta gente, sólo opresión e inseguridad. Estos sectores veían con simpatía la revolución, una buena parte participaba en el movimiento, y así sería, mientras considerase que la revolución y los revolucionarios respondían a sus aspiraciones.

No era por casualidad que el PPD, el principal partido burgués, fuera forzado, por la situación objetiva, a definirse "de centro-izquierda" y a hablar, incluso, de socialismo. Al establecer un pacto con los liberales, los partidos obreros estaban convencidos de que se aliaban a la pequeña burguesía. En realidad, las clases medias son muy heterogéneas, mucho más que el proletariado o la gran burguesía. Mientras que sus estratos más bajos, por sus condiciones de vida, tienden a aproximarse al proletariado, las capas más elevadas, por sus intereses, se aproximan a los capitalistas. Al establecer un pacto con los políticos liberales, que se apoyaban en los sentimientos antimonopolistas de estos sectores, no se estaban aliando a la pequeña burguesía, sino a sus explotadores políticos, apoyados y financiados por los monopolios. Y estos políticos liberales exigían un precio por esa alianza: frenar la movilización obrera, pues en caso contrario no estarían en disposición de aceptar el pacto.

Finalmente, vamos a hablar de la lucha democrática. ¿Luchar por la toma del poder por parte del proletariado, por la revolución socialista, era "saltar etapas"?

Rechazar las reivindicaciones democráticas, la lucha por reformas económicas y sociales, no sería un acto revolucionario, sino una demostración de sectarismo totalmente estéril. Pero la lucha por reivindicaciones mínimas o democráticas no excluye, más bien al contrario, la lucha por medidas más avanzadas, esto es, socialistas. El socialismo y, sobre todo, un programa de transición a la revolución socialista, no son sólo ideas bonitas. Por el contrario, son una condición necesaria para el triunfo de la revolución.

En la ola de huelgas que siguió al 25 de Abril los trabajadores exigían mucho y ya. Y tenían derecho a hacerlo. Es evidente que las huelgas conllevaban incomodidades, y algunas de ellas grandes. Pero la solución no era criticarlas o responsabilizar a los trabajadores. Los únicos responsables eran los mismos capitalistas que durante décadas negaron una vida digna a las masas populares. Es un hecho que la ola de huelgas desestabilizaba a la economía y que las reivindicaciones de los trabajadores eran inasumibles para el capitalismo portugués: ¡que la economía de Portugal dependiera de bajos salarios no era debido a una maldición de los dioses! La cuestión es que el capitalismo se había revelado totalmente incapaz de resolver los problemas de las masas y de dar respuesta a sus aspiraciones. Precisamente por eso, simultáneamente a la lucha por reformas era necesario explicar que sólo las nacionalizaciones bajo control obrero y la elaboración de un plan económico decidido democráticamente por los trabajadores podría asegurar las reformas que ellos tanto ansiaban. ¿Esto irritaría a los generales y burgueses liberales? Pues paciencia. Lo que no se podía era pedir a los trabajadores que fueran pacientes y entendiesen el "momento especial" que se vivía. Lo que no se podía, en definitiva, era sacrificar la lucha independiente del proletariado, a través de la cual éste se organizaba, formaba y fortalecía.

Incluso considerando que la prioridad era vencer a la reacción y eliminar la posibilidad de un golpe, que primero se debería asegurar la democracia y sólo después avanzar al socialismo, ¿por qué razón la democracia tenía que parar a las puertas de las empresas y de los cuarteles? ¡contra el sabotaje económico de los capitalistas sólo podía ser eficaz el control obrero de la producción! ¿Y por qué no podían los soldados gozar de derechos políticos y sindicales? ¿Por qué no podían tener el derecho de expresión y de asamblea en los cuarteles? La depuración de elementos fascistas sólo se podía efectuar con la elección y el control de los oficiales por la base.

En cuanto a la defensa de la democracia, ¿habría mejor método para combatir la amenaza de los fascistas que expropiar los bancos, las empresas y las tierras de la clase que los financiaba? ¿Habría mejor manera de vencer la crisis, la salida de capitales y el sabotaje económico, que podía enajenar el apoyo de las capas medias a la revolución, que nacionalizar los principales medios de producción bajo control democrático de los trabajadores? ¿Qué mejor forma de garantizar la libertad de información y de expresión que tener la televisión, las radios, los periódicos, bajo control obrero, en vez de estar en manos de media docena de capitalistas?

¿Qué mejor forma habría de asegurar la democracia que basar la toma de decisiones para la vida diaria de las poblaciones en las comisiones que surgían por todas partes? Los sóviets no nacieron en la cabeza de Lenin, nacieron como órganos de lucha del proletariado en una situación de combate al zarismo y por derechos democráticos, como comités de huelga centrales. Eran expresión de la voluntad de la clase obrera. En 1917, los bolcheviques, al mismo tiempo que luchaban por los más amplios derechos democráticos y por la convocatoria de una Asamblea Constituyente, agitaban con el eslogan de "todo el poder a los sóviets". Aquí no existía ninguna contradicción: al mismo tiempo que consideraban la elección de una Asamblea un paso adelante (con respecto a un Gobierno Provisional que no fue elegido por nadie), explicaban que la única clase verdaderamente democrática hasta el fin era la clase obrera. De ella, de sus organizaciones y de sus formas de lucha dependía la libertad recién conquistada. De nadie más.

¿Habría mejor manera de defender la Revolución Portuguesa contra la agresión imperialista que apelar a la lucha y a la acción de los trabajadores de todo el mundo, y al tiempo ayudar y estimular la revolución internacional?

¿Y la defensa de todo esto significaba "saltar etapas"? La defensa de todo esto sólo significa el único programa que podía consecuentemente hacer frente a las tareas de la revolución y a los peligros que le amenazaban.

Contra todo esto se puede argumentar que, aunque suene muy bien, no sería aceptado por el conjunto de la clase trabajadora. En sus Cartas desde lejos, Lenin explicaba que la etapa democrática de la revolución termina en el momento en que los liberales toman el poder. Después, el momento que se vive corresponde a la fase de transición a la revolución socialista, esto es, a la toma de conciencia por parte del proletariado de sus propias tareas. ¿Era diferente la situación en Portugal? Los trabajadores no llegan automáticamente a todas las conclusiones, es cierto. Pero la clase obrera, en su conjunto, no aprende políticamente a través de los libros sino por su propia experiencia. Si la mayoría de la clase no estuviese, en los primeros momentos, dispuesta a apoyar ese programa la alternativa no es abdicar de él. Por el contrario, ese programa es el instrumento para ganar el apoyo de las masas. La alternativa era, como Lenin decía en las Tesis de Abril, "explicar pacientemente". En última instancia, la marcha de la revolución confirmaría estos pronósticos.

 

La revolución acelera el paso

En principio, la formación del segundo Gobierno Provisional había mantenido los rasgos dominantes del primero. En primer lugar, a pesar de los choques entre la Comisión Coordinadora del MFA, por un lado, y la Junta de los Generales y la jerarquía, por otro, la composición del Gobierno intentaba mostrar públicamente la cohesión del ejército. Melo Antunes, Vitor Alves y Vasco Gonçalves, del MFA, eran compañeros de Gobierno de los spinolistas Firmino Miguel (ministro de Defensa) y José Eduardo Sanches Osório (ministro de Información). El respeto a Spínola, o por lo menos el rechazo a un enfrentamiento con él, era evidente.

En segundo lugar, ese Gobierno, en el que los representantes del PS y del PCP estaban rodeados por políticos liberales como Rui Vilar y Silva Lopes (ministros de Economía y Finanzas, respectivamente), o como la antigua directora del Centro de Documentación de la CUF (Lourdes Pintassilgo, ministra de Asuntos Sociales), promulgó leyes, una tras otra, limitando los derechos de huelga, manifestación y de libertad de prensa, y declarando de pasada un aumento de los precios de los bienes de consumo.

Habiendo sido avalado por los periódicos de Lisboa como el resultado de una victoria del "ala progresista" del MFA sobre los spinolistas, este Gobierno puso en evidencia las aspiraciones reales de la burguesía.

El 28 de Septiembre la clase trabajadora tasaría, por medio de su acción, el valor exacto de la correlación de fuerzas entre las clases, tras meses de un nuevo Gobierno de colaboración de clases, de decretos gubernamentales y de intervenciones del COPCON (Comité Operativo del Continente, formado entonces como un cuerpo al servicio del MFA dentro de las estructuras de las fuerzas armadas).

La composición del Gobierno era un espejo de su acción. Los puestos ministeriales claves estaban en buenas manos. Mientras la fuga de capitales y el sabotaje económico continúan, el ejecutivo procuraba "mantener las instituciones básicas de una economía de mercado; mientras los pides presos se amotinan por las "malas condiciones" en que se encontraban y miles de fascistas, antiguos legionarios y delatores, y hasta algunos pides, andaban sueltos, el Gobierno (27 de agosto) prohíbe las huelgas políticas, de solidaridad e interprofesionales, impone un preaviso de 37 días (!) y permite a los patrones el lock-out. Encima, las manifestaciones, por ley, sólo se podrían realizar después de las siete de la tarde, los días hábiles, y después de la una del mediodía, los sábados. Mientras los trabajadores luchaban por la depuración en sus empresas, el Gobierno metía en el congelador la depuración de las fuerzas armadas y las policiales (sólo habían sido depurados, en mayo, ¡42 oficiales!). Como explicaba Otelo Saraiva de Carvalho en el libro Cinco meses mudaram Portugal (Cinco meses cambiaron Portugal): "tenemos que entender que todos los elementos que integran las fuerzas militarizadas, como la Guardia Republicana y la Policía, son profesionales que, por norma, procuran desempeñar cabalmente sus funciones". Todo dependería, entonces, "de una orientación nueva de esas funciones", aprovechando el "buen profesionalismo" de esos elementos. Este "buen profesionalismo" se puso en evidencia cuando, el 14 de agosto, una manifestación de apoyo al MPLA (Movimiento Popular de Liberación de Angola) prohibida por el Gobierno, fue reprimida por la policía, que mató a un manifestante.

Aun así, el Gobierno era impotente para asegurar "el orden y la disciplina" necesarias. Oponiéndose a la requisición civil, al envío de tropas para impedir huelgas y a la militarización del trabajo que ello conllevaba, y a una ola de calumnias según las cuales las huelgas eran reaccionarias, los trabajadores de la TAP reinician la lucha a finales de agosto, exigiendo la purga de los "buenos profesionales" y la participación de los trabajadores en el control de la empresa. De poco valieron los llamamientos a la paciencia y la moderación; a inicios de septiembre, 7.000 obreros del astillero Lisnave desfilaron por Lisboa hasta el Ministerio de Trabajo, exigiendo la depuración de la empresa y protestando por la ley de huelga. Los militares enviados para impedir la manifestación acaban por abrir sus filas, dejando pasar a los manifestantes (a la luz de la ley esta manifestación era ilegal).

El Gobierno Provisional y el MFA intentaban conciliar lo irreconciliable. ¡En vano! Enfrentados a un enorme movimiento de la clase trabajadora, incapaces de moderarlo o disciplinarlo, y con la perspectiva inmediata de perder de golpe toda influencia en las colonias (a través de una descolonización que no controlaba), la burguesía y su hombre —Spínola— intentan (no tienen más remedio) un golpe de Estado. Eso ocurrió el 28 de septiembre. El punto de partida fue un discurso con ocasión de la independencia de la colonia portuguesa de Guinea-Bissau. El general, por televisión, hace un llamamiento a la "mayoría silenciosa" para "despertar y defenderse activamente de los totalitarismos extremistas", del "abuso de libertad" y de la "reivindicación descontrolada".

En "apoyo a las palabras del general Spínola" es convocada una manifestación de la "mayoría silenciosa" para el día 28 de septiembre, en Lisboa. Miles de comunicados, panfletos y carteles surgen por todo el país (unos firmados por una vaga "Comisión Organizadora", otros anónimos), con el apoyo abierto de los grupúsculos neofascistas.

La contrarrevolución levanta la cabeza, financiada por los capitalistas. Además de toda la propaganda anticomunista que invade el país, sale el periódico Bandarra haciendo apología de Spínola y del colonialismo, llamando a la "manifestación de la mayoría silenciosa" y lanzando amenazas veladas a la izquierda. En Bandarra sólo hay un anuncio publicitario: del Banco Pinto & Sotto Mayor. El Banco Espírito Santo "presta dinero" para que los organizadores de la manifestación alquilen mil autocares, que transportarán a los manifestantes del norte. Mientras tanto, los grupos neofascistas adquieren arsenal abundante para la manifestación. Vale todo para la convocatoria: distribución gratuita, en Guimaraes, de entradas para un partido de fútbol que se va a celebrar ese fin de semana en Lisboa, ofertas de viajes a Fátima para los campesinos pasando por la capital, etc., etc.

La contrarrevolución está exultante. Y cuenta con el apoyo más o menos explícito de los "respetables y democráticos" partidos burgueses. El CDS (Centro Democrático Social, a la derecha del PPD) asegura que "el pueblo portugués (...) no le negará" al general Spínola "el apoyo masivo". El PPD, miembro de la coalición de Gobierno, afirma que "las palabras del presidente de la República constituyen (...) un solemne aviso y una advertencia, tanto para Portugal como para Angola y Mozambique". No hay un apoyo claro a la manifestación, no interesaba a la burguesía apostar todas las fichas al mismo caballo, sino hacer una útil división del trabajo, pues algunos sectores no estaban totalmente convencidos del éxito del golpe.

El objetivo de la "mayoría silenciosa" no sólo era organizar una manifestación masiva que plebiscitase a Spínola, sino también provocar disturbios en Lisboa que diesen el pretexto para implantar el estado de sitio y amordazar a la prensa, confiriendo plenos poderes al Bonaparte portugués para reponer el orden y "disciplinar" a la clase trabajadora y a sus organizaciones.

Hasta entonces, el PS y el PCP habían insistido en presentar a Spínola como un "gran demócrata". Es más, Mário Soares, durante todo este tiempo, está en el extranjero, entre otras cosas empeñándose (como más tarde diría) en el "reconocimiento internacional" de Spínola, y preparando su intervención "triunfal" en la Asamblea General de la ONU. Los dirigentes del PS, simplemente, no comprendían la amenaza que gravitaba, también, sobre sus cabezas. La dirección del PCP, comprendiendo mejor los riesgos de la situación apelaba, aunque de forma un poco abstracta, a la vigilancia popular. Álvaro Cunhal, en un mitin en Amadora el 20, afirma: "¡Si la reacción aguza los dientes y se prepara a morder, es necesario partírselos antes de que muerda!". Sin embargo, el mismo PCP, en una nota de su Comité Central del 24 de abril insiste en que "sea dado todo el apoyo al Gobierno Provisional y al MFA para la adopción de medidas de depuración" y, aunque las considera insuficientes, "declara su apoyo a las medidas recientemente promulgadas por el Gobierno para hacer frente a la embestida de la reacción". ¡El mismo Gobierno donde se encontraban los conspiradores! La miopía de los dirigentes obreros era espantosa. No llamaban a la movilización, a la huelga general del proletariado, no estimulaban la creación de comisiones de soldados que dirigiesen la depuración en los cuarteles, no reclamaban el armamento de los sindicatos y de las comisiones de trabajadores para la defensa de su clase, no exigían, siquiera, la dimisión del conspirador Spínola.

A la escalada de provocaciones de la contrarrevolución los trabajadores responden tomando la iniciativa. Los ferroviarios y conductores de autobuses se niegan a transportar manifestantes. En la tarde del 27, a través de las radios, la Intersindical y los partidos de izquierda lanzan comunicados, y los trabajadores toman las calles. En las principales ciudades del país, de norte a sur, y especialmente en la roja Lisboa que se preparaba a acoger la manifestación de la "mayoría silenciosa", se levantan las primeras barricadas. En Oporto, esa madrugada, ¡cien mil trabajadores se manifiestan contra el golpe fascista! Sin una dirección a la altura de las circunstancias, casi sin armamento y sin coordinación, los destacamentos más avanzados de la clase son capaces de unirse a los soldados y marineros, al grito de "Portugal no será el Chile de Europa". ¡Y no lo fue, la clase trabajadora, unida, no lo permitió! Como más tarde confesó Otelo, "el asunto de las barricadas escapó completamente a las fuerzas del orden. Ni siquiera los soldados escaparon a la excitación de las masas". La contrarrevolución no poseía una base de apoyo mínimamente consistente entre la población civil o el ejército.

Forzado a dimitir, Spínola se retiró para continuar conspirando y esperar mejores tiempos, siendo sustituido por Costa Gomes. Con él fueron cesados sus oficiales afectos del Gobierno y de la Junta de Salvación. Se hicieron algunas depuraciones, y en noviembre los generales más viejos de las tres ramas pasaron a la reserva: los almirantes a los 62 años, los brigadas a los 60 y los coroneles y capitanes de la Armada a los 57. Así, incluso Spínola había pasado, oficialmente, a la reserva. Mientras tanto, en las altas esferas militares se procuraba que no se hostilizara demasiado al general del monóculo, ni a sus acólitos civiles (el PPD también formaba parte del tercer Gobierno Provisional). Los oficiales spinolistas no sólo estaban presentes en el MFA (Almeida Bruno, Mário Monge...), su implantación en el ejército continuaba siendo considerable. El mantenimiento de la unidad del ejército seguía siendo un tema central para el MFA.

El Movimiento de las Fuerzas Armadas se iba cimentando, creando una estructura interna. Había creado el COPCON (su brazo armado); después del 28 de septiembre, los oficiales creaban el entonces llamado Consejo de los Veinte, órgano colegiado de dirección del Movimiento que se basaba en la Asamblea de Delegados del MFA, con representantes de las tres ramas de las fuerzas armadas elegidos en cada unidad; así se reforzaba el carácter colegiado del poder político-militar. Simultáneamente, para llevar a las capas políticamente más atrasadas el programa del MFA, se inician las campañas de dinamización cultural, organizadas por la 5ª División, verdadero centro propagandístico del Movimiento.

En una situación de equilibrio entre las clases, en que la burguesía era incapaz de derrotar al movimiento de la clase obrera y la toma del poder por ésta se encontraba bloqueada por la ausencia de una dirección, el MFA jugaba el papel de árbitro de los conflictos. Lo había desempeñado en luchas laborales reponiendo el orden —por la fuerza— entre los trabajadores de la TAP, de la Timex o del Jornal do Comércio (Periódico del Comercio). Se presentaba como un árbitro entre los capitalistas y los trabajadores, imponiendo un compromiso. Sin embargo, se trataba de un árbitro que reivindicaba y se otorgaba el derecho de alterar las reglas del juego. Al fin y al cabo, como afirmaban los oficiales, "fuimos nosotros quienes hicimos la revolución".

Todavía el proyecto de reconstrucción nacional y de democratización del MFA no se situaba por encima de las clases. Al margen del poder democrático de los trabajadores, ¿existe alguna cosa que no sea la dictadura democrática de la burguesía? Este movimiento ecléctico de jóvenes oficiales era muy parecido al tenentismo brasileño de los años veinte (movimiento democrático pequeñoburgués de tenientes), que acabó por descomponerse en dos corrientes: un ala izquierda que se aproximó al Partido Comunista del Brasil y un ala derecha que se unió a Getulio Vargas.

Más pronto o más tarde, el MFA se vería obligado a escoger un bando y por tanto sufriría una división parecida. De momento mantenía una frágil unidad, intentando desempeñar un papel semibonapartista, pero esa unidad era minada por el fermento entre los soldados, como reflejo del movimiento de los trabajadores. Haciendo concesiones a la derecha y a la izquierda, e intentando conciliar a patronos y obreros, el MFA que defendía relaciones sociales de producción, emergía de la crisis del 28 de Septiembre como "motor de la revolución". O así lo consideraban los oficiales.

 


Portugal 1974 La Revolución de los Claveles (y 2)


.