MARXISMO HOY Nº 1 
A cien años de la muerte de Federico Engels


Junio 1995


..Fundación Federico Engels


 

Historia del Bolchevismo (II)
Una década decisiva

...

En el número 1 de la revista Izquierda Marxista, publicada en junio de 1992 por la Fundación de Estudios Socialistas Federico Engels, publicábamos el primer capítulo del análisis elaborado por Alan Woods sobre la Historia del Partido Bolchevique.

En esta nueva revista, continuadora de las ideas de la anterior, con otro nombre —tal como explicamos en la presentación—, publicamos el capítulo II de la historia del partido que dirigió a la clase obrera rusa a la gran revolución de Octubre de 1917, el más importante acontecimiento en la historia de la humanidad.

Actualmente, cuando los derroteros de la historia en Rusia caminan en sentido contrario, es importante profundizar en la historia del bolchevismo para comprender cómo las ideas y métodos del marxismo, que siempre dirigieron los actos del partido de Lenin y Trotsky, nada tienen que ver con los métodos de los epígonos del leninismo, encabezados por Stalin, auténticos sepultureros y principales responsables del desastre que está teniendo lugar en los territorios donde un día prendió la esperanza y la realidad de la sociedad socialista.

En el capítulo I, titulado El nacimiento del marxismo ruso, Alan Woods explicaba los orígenes y la formación del Grupo por la Emancipación del Trabajo de Plejanov en 1883. En este segundo capítulo se explica cómo desde un pequeño núcleo, los marxistas rusos —incluido el joven Lenin— avanzaron hacia la conquista de los primeros puntos de apoyo firmes en el movimiento obrero ruso, cuando éste, a través de alzas y bajas inevitables, comenzó a crecer y fortalecerse imparablemente durante las décadas de los 80 y de los 90 del siglo pasado.

En próximos números continuaremos la publicación de nuevos capítulos.

"El movimiento revolucionario en Rusia sólo puede triunfar como un movimiento revolucionario de los trabajadores. Para nosotros no hay otra salida, ni nunca la habrá". Plejánov, discurso al Congreso de la Internacional Socialista, París, 1889.

Hegel afirmó en una ocasión que: "Cuando queremos ver un roble con todo el vigor de su tronco, sus ramas extendidas y su espeso follaje, no estaremos satisfechos con que en su lugar se nos enseñe una bellota". (GWF Hegel, La fenomenología de la mente, London-New York, 1961, pág.75). No obstante, dentro del embrión de una planta o un animal sanos está contenida toda la información genética necesaria para su desarrollo futuro.

El desarrollo de una tendencia revolucionaria no es diferente de esto. Aquí, la "información genética" está representada por la teoría, la cual contiene dentro de ella un rico cúmulo de generalizaciones basadas en la experiencia pasada. La teoría es primaria: todo desarrollo subsecuente proviene de esto. La gran contribución del Grupo por la Emancipación del Trabajo, a pesar de su pequeño tamaño, de lo primitivo de su organización y de sus métodos bastante amateurs, fue trazar las raíces teóricas del movimiento.

Por necesidad, el trabajo inicial del Grupo estuvo confinado a ganar miembros de uno en uno, a educar y entrenar cuadros, a insistir en los principios fundamentales del marxismo.

"Nos esforzamos, con todo nuestro corazón", escribía Plejánov, "en trabajar por una producción literaria que sea accesible al entendimiento del conjunto de las masas obrero-campesinas; no obstante, por ahora estamos obligados a confinar nuestros esfuerzos literarios populares al estrecho círculo de líderes más o menos ‘intelectuales’ de la clase obrera". (Istoriya KPSS, Vol.1, pág.132).

Los escritos de Plejánov durante este período sirvieron para establecer las bases teóricas para la construcción del partido. Muchos de ellos han pasado a ser clásicos, aunque no reciben suficiente atención por parte de los estudiosos del marxismo. No por casualidad, Lenin recomendó firmemente la republicación de los escritos filosóficos de Plejánov después de la revolución, cuando ambos hacía tiempo que eran enemigos políticos. Socialismo y la lucha política, Nuestras diferencias, y, sobre todo, la obra maestra de Plejánov, Acerca del desarrollo del punto monista de la historia, son reafirmaciones magistrales de las ideas fundamentales del materialismo dialéctico e histórico.

La teoría es fundamental

Estas obras se convirtieron inmediatamente en los cimientos para el desarrollo del nuevo partido y simultáneamente llevaron a cabo un trabajo devastador de demolición de las viejas teorías del narodnismo. Plejánov desafió a los más prestigiosos ideólogos del Populismo a una forma de combate teórico singular. Su lógica implacable les arrinconó. El corte brillante y vigoroso de su estilo polémico siempre iba acompañado de un ingenio agudo, de modo que un lector convencido por los argumentos de Plejánov a veces experimentaba un tipo de sentimiento por su oponente similar al que uno podría tener por un infortunado ratón perseguido por un gato.

Plejánov no fue un hombre que abrigara dudas acerca de sí mismo. Amigos y enemigos por igual reconocieron en él a uno de los intelectuales más impresionantes de su época. Tal hombre fue necesario para nutrir las todavía débiles fuerzas del marxismo ruso, para darles confianza en sí mismas, en las ideas y en la inevitabilidad de sus futuros triunfos.

La impetuosidad del ataque de Plejánov provocó desconcierto entre los líderes narodniki. Incapaces de dar una respuesta coherente a la argumentación marxista, recurrieron a quejas amargas y alegaciones rencorosas acerca del nuevo grupo. Vestnik Narodnoy Voli (nº 2, 1884) afirmaba que "para ellos (los marxistas) la polémica con Narodnaya Volya es más relevante que la lucha contra el gobierno ruso y otros explotadores del pueblo ruso". (Istoriya KPSS, pág.136).

¡Con qué frecuencia hemos oído los marxistas tales alegaciones a lo largo de nuestra historia! El marxismo siempre es acusado del horrible pecado del ‘sectarismo’, de estar contra la ‘unidad de la izquierda’ y demás, precisamente por el crimen de insistir en claridad teórica, por intentar trazar una clara línea de demarcación entre él mismo y otras tendencias políticas. No deja de ser una de las grandes ironías de la historia que el narodniki Tikhomirov (‘NV’), enemigo de Plejánov, que acusó al Grupo de desbaratar la unidad revolucionaria y aceptar sumisamente el yugo del capital, acabó pasándose más tarde al campo de la reacción monárquica. ¡Ni por primera ni por última vez, el partidario de la ‘unidad’ sin principios termina uniéndose a los enemigos de la clase obrera!

La razón real del lloriqueo de los narodniki acerca del ‘sectarismo’ y los ‘escisionistas’ era el efecto que las ideas del marxismo estaban teniendo en sus propios seguidores. Es difícil sobreestimar el impacto que obras como Nuestras diferencias (1885) tuvo entre los jóvenes revolucionarios dentro de Rusia, los cuales estaban buscando ávidamente una salida al atolladero del narodnismo, que entonces se encontraba en una fase de evidente decadencia.

Los miembros del Grupo por la Emancipación del Trabajo, exiliados en Suiza, se propusieron la hercúlea labor de traducir las obras de Marx y Engels y de intentar introducirlas en el interior. Entre las numerosas traducciones estaban: Ludwig Feuerbach, Acerca de las relaciones sociales en Rusia, La pobreza de la filosofía, La cuestión de la vivienda, Salario, trabajo y capital, La guerra civil en Francia y El manifiesto comunista.

No obstante, el trabajo de penetrar el movimiento en Rusia continuó con penosa dificultad. El transporte ilegal de material político supuso enormes problemas. Profesionales y estudiantes en el extranjero, se ofrecían para llevar propaganda ilegal cuando volvían a casa de vacaciones. En distintas ocasiones, miembros del Grupo fueron enviados a Rusia para establecer contactos. Tales viajes eran extremadamente peligrosos y frecuentemente terminaban en arrestos.

La gente del interior que pudo establecer contacto directo con el Grupo fue poca y alejada entre ella, pero apreciada como pepitas de oro. En 1887-88 hubo un intento de establecer un Sindicato de Social Demócratas Rusos en el extranjero, dirigido por el estudiante Rafail Soloveichik que había salido de Rusia en 1884. Este entró en conflicto con el Grupo, volvió a Rusia y fue arrestado en 1889. Sentenciado a un largo período de encarcelamiento, durante el cual se volvió loco, se suicidó. Otro miembro del mismo grupo, Grigor Gukovsky, un joven estudiante en Zurich, fue arrestado en Aachen y entregado al gobierno zarista. Sentenciado a prisión, también se suicidó. Hubo muchos casos como estos.

El brazo de las autoridades zaristas era largo. El Grupo se enfrentaba constantemente con el peligro de infiltración de espías policiales y provocadores. Uno de estos espías fue Christian Haupt, un obrero que fue utilizado por la policía para infiltrar las organizaciones social demócratas rusas en el exilio. Desenmascarado por los social demócratas alemanes como un espía policial, Haupt fue expulsado de Suiza.

Lo peor de todo era la sensación de aislamiento político total, agravado por las inevitables broncas y peleas de la vida en el exilio. Los narodniki emigrados, aguijoneados por las críticas de Plejánov, dieron rienda suelta a sus sentimientos mediante acaloradas protestas por llamárseles ‘bakuninistas’ al mismo tiempo que exigían públicas disculpas. La aplastante mayoría de los exiliados eran narodniki e implacablemente hostiles al nuevo grupo, que consideraban traidor y escisionista. Años más tarde, la esposa de Plejánov recordaba que "la gente de Narodnaya Volya y NK Mikhailovsky controlaban en aquel entonces los corazones y mentes de los emigrados en Ginebra y de los estudiantes rusos". (Perepiska GV Plekhanova i PB Alsel’roda, pág.87).

El atolladero del Narodnismo

Aquellos eran tiempos difíciles. La vieja corriente narodniki se encontraba en un callejón sin salida total. Habiéndose quemado los dedos con el terrorismo, los ‘revolucionarios extremistas’ efectuaron otro giro de 180° y finalmente terminaron en el campo de los filisteos liberales, predicando una política cobarde de ‘pequeñas obras’ y trabajo educativo-cultural inofensivo. Comentando sobre la decadencia del narodnismo, Martov escribió: "La caída del (grupo) revolucionario Libertad del Pueblo fue al mismo tiempo el colapso del populismo en su conjunto. Amplios círculos de la intelligentsia democrática se desmoralizaron profundamente y se defraudaron de la ‘política’ y de su propia misión heróica. Una modesta ‘cultivación’ al servicio de segmentos liberales de las clases poseedoras: ésta fue la señal bajo la cual parte de la intelligentsia que había permanecido leal al populismo, entró en la época gris de la década de 1880". (Citado en T. Dan, Los orígenes del bolchevismo, pág.141).

El nuevo zar, Alejandro III, era un hombre gigantesco, suficientemente fuerte como para doblar una herradura de caballo con sus manos; pero un pigmeo intelectual, dominado por su antiguo tutor, el ministro Pobedonostsev, procurador del Sínodo Sagrado, que creía que la democracia occidental estaba podrida, que sólo el sistema patriarcal ruso era sano, que la prensa debía ser silenciada, que las escuelas debían estar bajo el control de la Iglesia y que el dominio del zar debía de ser absoluto. De los curas de los pueblos se esperaba que informasen a la policía de cualquier parroquiano políticamente sospechoso e incluso sus sermones eran sujetos a la censura. Todas las religiones no ortodoxas y no cristianas eran perseguidas. Los tolstoyanos eran considerados particularmente peligrosos para la Iglesia y el Estado. El propio Tolstoi fue excomulgado. Las protestas estudiantiles eran reprimidas salvajemente.

Rosa Luxemburgo recordaba esta década sombría de reacción con las siguientes palabras:

"Después del asesinato de Alejandro II, un período de desesperación se apoderó de toda Rusia (...) Los techos de plomo (las prisiones) del gobierno de Alejandro III contenían un silencio sepulcral. La sociedad rusa cayó bajo la garra de la resignación desesperada, enfrentada como estaba con el final de toda esperanza de una reforma pacífica y el aparente fracaso de todos los movimientos revolucionarios. En semejante atmósfera, sólo podían emerger tendencias metafísicas y místicas". (JP Nettl, Rosa Luxemburg, New York-Toronto, 1966, Vol.1, pág.44).

Por todas partes se daban casos de retirada, retroceso ideológico y apostasía cobarde. Con el fin de encontrar una vía para la joven generación, Plejánov se vio obligado a buscar colaboración con toda clase de elementos confusos y semi-narodniki. Semejante grupo publicó un pequeño periódico, Svobodnaya Rossiya, que en el artículo principal de su primer ejemplar sostenía que era imposible la "organización de los obreros y los campesinos alrededor de la acción revolucionaria" y argüía en contra de plantear ideas que pudieran asustar a sus simpatizantes liberales. (Perepiska GV Plekhanova i PB Aksel’roda, pág.66).

Plejánov, contra sus mejores instintos, pero temeroso de alienar a la juventud que "creía en el ‘terror’ como en un dios", se doblegó bajo presión e incluyó una referencia a la ‘lucha terrorista’ en el primer borrador del programa del Grupo. Sería muy fácil ahora, con el saber de la percepción a posteriori, reprochar a Plejánov por oportunista. Pero uno debe tener presente las condiciones extremadamente difíciles y el extremado aislamiento en el que los marxistas tenían que trabajar en aquel entonces. Plejánov, junto con Lenin, Trotsky y todos los marxistas rusos, se opuso implacablemente al terrorismo individual. Esa desafortunada referencia fue pulida en el segundo borrador (mucho más mejorado) y olvidada para siempre en toda la historia del partido.

Irónicamente, era precisamente en aquel momento cuando los líderes narodniki estaban repudiando apresuradamente el terrorismo y girando abiertamente hacia el campo del liberalismo burgués.

La defensa del terrorismo y la capitulación al liberalismo burgués eran cara y cruz de la misma moneda. En el fondo de esa fraseología radical sobre el terrorismo individual subyace el profundo escepticismo y pesimismo de la pequeña burguesía revolucionaria con su arraigada desconfianza de las masas. Bajo condiciones de reacción política, semejante animal puede volverse rápidamente en su contrario. El giro a la derecha de los líderes narodniki alcanzó su punto culminante con Tikhomirov —el blanco de muchas de las polémicas de Plejánov— que renegó abiertamente y que en 1888 publicó un folleto con el título Porqué he dejado de ser un revolucionario.

El colapso del viejo narodnismo revolucionario tuvo un efecto profundo en la juventud dentro de Rusia, produciendo una polarización entre los elementos reformistas pro-liberales y los mejores elementos de la juventud, que luchaban por encontrar una vía hacia la revolución. A finales de 1887, SN Ginsburg, que acababa de volver de Rusia, escribía en un tono preocupado al líder narodniki PL Lavrov: "Nuestras diferencias políticas y Socialismo y la lucha política han tenido su influencia, y muy fuerte, con la cual debemos llegar a un acuerdo(...) La importancia del individuo, la importancia de la intelligentsia en la revolución, están completamente destruidas por ellos, y yo personalmente he visto gente que ha sido aplastada por sus teorías. Y el aspecto principal es su tono, audaz como si estuviera convencido de su corrección, su negación de todo lo que ha habido antes, la reducción de todos los predecesores a la nada —definitivamente, todo esto está teniendo una influencia". (Op.cit. pág.61)

Luchando contra la corriente

La carta de Ginsburg muestra como nuevos grupos, sin saberlo los marxistas exiliados, estaban cristalizando en el interior, discutiendo los fracasos del pasado, haciendo balance y buscando un nuevo camino. Aquí las ideas de Plejánov cayeron sobre terreno fértil. Pero durante los primeros diez años de su existencia, el Grupo por la Emancipación del Trabajo se vio forzado a librar una agotadora batalla contra la corriente. El contacto con Rusia se asemejaba al juego de la gallina ciega. La situación de los exiliados difícilmente podía haber sido peor. Las frustraciones del Grupo se ven en la correspondencia de Plejánov con sus colaboradores más cercanos.

Hasta la actividad literaria del grupo estaba cargada de dificultades. El Grupo por la Emancipación del Trabajo vivía en una atmósfera de continua crisis económica. Siendo pequeño en número y con un limitado campo para conseguir dinero, normalmente dependían de lo que en el mundo teatral americano es conocido como ‘ángeles’, simpatizantes ricos dispuestos a financiar sus empresas literarias, como VN Ignatov, uno de los primeros partidarios del Grupo que había contribuido a los fondos para el trabajo inicial de éste. Algunas veces, esta gente ni siquiera era socialista, como Guryev, el cual puso el dinero necesario para el trimestral Sotsial Demokrat. En general, las publicaciones del grupo salieron muy irregularmente. No obstante, a pesar de todo, se apañaron para mantener viva la todavía débil voz del marxismo dentro de Rusia. Bajo tales circunstancias, esto representó un logro formidable.

A veces, la tarea debe haber parecido casi inútil. En el verano de 1885, Plejánov escribió a Axelrod en términos que rayaban en la desesperación: "Realmente estamos al borde de un abismo con las deudas y no puedo pensar y no sé a qué agarrarme para impedir que caigamos nosotros mismos. Está mal". (Perepiska GV Plekhanova i PB Aksel’roda, pág.21).

A lo largo de los días oscuros de la década de 1880, Plejánov y su familía vivieron en extrema pobreza. A veces dio lecciones privadas de literatura rusa por un pequeño salario, viviendo en la pensión más barata que pertenecía a un carnicero que le alimentó exclusivamente de sopa y carne cocida. Malas condiciones de vida y alimentación minaron su salud. Durante un período estuvo gravemente enfermo con pleuresía, cuyos efectos padeció el resto de su vida.

Trabajando bajo enormes dificultades, sufriendo despiadada presión por todas partes, el Grupo por la Emancipación del Trabajo se mantuvo unido por la fuerza de sus ideas, pero también por la imponente autoridad moral y política de Plejánov.

Dentro del Grupo, Plejánov era la figura dominante. Su propio aislamiento hizo que sus miembros cerrasen filas en torno a un grupo altamente solidario, forjado por fuertes vínculos políticos y personales. No por casualidad más tarde adquirieron el apodo de "La familia". Y Plejánov fue la cabeza indiscutible de la "familia" —intelectualmente, sobresalió sobre los demás y, no obstante, existía entre ellos un fuerte sentido de dependencia mutua nacida de años de lucha y sacrificio por una causa común. En tales circunstancias, no podía sorprender que cuestiones personales y políticas se entremezclaran. Plejánov fue una torre de fortaleza para los demás, dándoles apoyo moral en épocas de dudas y crisis personales.

Durante dos décadas, los miembros del Grupo por la Emancipación del Trabajo fueron virtualmente los mismos. De sus fundadores, VN Ignatov murió demasiado pronto como para dejar mucha huella. Lev Deutsch fue el cuerpo y alma del aspecto organizativo del trabajo, tales como los arreglos para imprimir y distribuir el material político. Pavel Axelrod fue un propagandista de extremado talento que produjo una gran impresión en los jóvenes Lenin y Trotsky. Su nombre fue durante mucho tiempo inseparable del de Plejánov.

Vera Zasulich

El papel jugado por Vera Zasulich en el Grupo merece una mención aparte. Persona sincera, afectuosa e impulsiva, Vera Zasulich sufrió más que la mayoría el trauma del exilio. Contínuamente impaciente por cerrar el espacio entre el Grupo por la Emancipación del Trabajo y la nueva generación de revolucionarios en Rusia, siempre estaba defendiendo con vehemencia a la juventud, superando la resistencia de Plejánov y animando nuevas iniciativas —normalmente sin éxito— con los grupos de jóvenes en el exilio. Su relación con Plejánov era paradójica. Tremendamente dependiente de su apoyo moral y político, ella más que ningún otro, no tenía miedo de enfrentársele con la más aguda de las críticas y hacerle ver sus defectos. Dado el enorme abismo intelectual entre Plejánov y el resto de su pequeño grupo de seguidores, tal rol fue de inestimable ayuda. El hecho de que el enojadizo Plejánov estuviese dispuesto a someterse humildemente a las reprimendas de Zasulich en más de una ocasión, indicaba que él, más que cualquier otro, era consciente de este hecho.

La tragedia de gente como Axelrod y Zasulich tenía un doble carácter. Bajo diferentes condiciones históricas, estos individuos con talento podían haber jugado un papel mucho más importante en dar forma a los acontecimientos. Largos años de aislamiento en el exilio tuvieron un efecto desastroso sobre su desarrollo psicológico e intelectual. Trabajando bajo la sombra de Plejánov, su evolución resultó tan ridícula que, cuando las condiciones cambiaron, fueron incapaces de adaptarse y se perdieron para la revolución.

En las condiciones en que el Grupo se vio obligado a trabajar durante décadas, era inevitable que quedasen restos de mentalidad de estrecho círculo de propaganda. Tales factores no podían tener significancia fundamental en los primeros años, el largo y lento período de preparación teórica y diminutos círculos de propaganda. Sólo más tarde, cuando el movimiento marxista ruso se enfrentó a la necesidad de sobrepasar la limitación de la fase propagandística, fue cuando los rasgos negativos del Grupo por la Emancipación del Trabajo emergieron. Pero durante la década de 1890, el Grupo empezó a disfrutar de una enorme autoridad ante los ojos de un creciente número de jóvenes marxistas, y el nombre de Plejánov era conocido en cada círculo de propaganda en la clandestinidad y en cada comisaría de policía en Rusia.

 

El cambio de marea

"Bueno, hermano, ¡no puedo imaginarme qué les ha pasado en estos días, enviándonos de repente todos estos muzhiks políticos! Antes solían traernos toda la gente de clase alta y estudiantes, auténticos caballeros. Pero ahora viene gente como tú —un simple muzhik— ¡un trabajador! (Bor’ba za Sozdanie Marksistskoi partii v Rossii (1894-1904), pág.3).

Con estas palabras el guardia de prisión de la cárcel de Taganskaya saludaba la llegada de MN Lyadov, uno de los líderes de la Liga Obrera de Moscú en el año 1895. A su manera, el viejo guardia había entendido el profundo cambio que había tenido lugar en el movimiento revolucionario ruso en la década de 1890.

Las furiosas discusiones entre marxistas y narodniki sobre la inevitabilidad o no del desarrollo del capitalismo en Rusia se estaban resolviendo en la práctica mediante el rápido crecimiento de la industria y la existencia cada vez más evidente de polarización de clase dentro del campesinado, con la cristalización de una clase de campesinos ricos o kulaks y una masa de pobres sin tierra que se iban a las ciudades en busca de trabajo.

Al final de la década de 1860, había tan sólo 1.600 kms de vía férrea en todo el país. En las dos décadas siguientes esta cifra aumentó 15 veces. En los diez años entre 1892 y 1901, se construyeron no menos de 26.000 kms. de vía férrea.

Junto a los centros industriales tradicionales de Moscú y San Petersburgo surgieron nuevos centros en áreas como el Báltico, Bakú y Donbass. Entre 1893 y 1900, la producción de petróleo aumentó dos veces y la de carbón tres veces.

Verdad es que el desarrollo de la industria no tuvo el carácter orgánico del ascenso del capitalismo en Gran Bretaña descrito por Marx en El Capital. La emancipación de los siervos de la gleba en 1861 proveyó las premisas materiales para el desarrollo del capitalismo. Pero la burguesía rusa subió al escenario de la historia demasiado tarde como para aprovecharse de la oportunidad. Las débiles y subdesarrolladas fuerzas del capitalismo ruso no pudieron competir con la poderosa burguesía desarrollada de Europa Occidental y de América. Al igual que los países ex-coloniales hoy en día, la industria rusa se encontraba fuertemente dependiente del capital extranjero que ejercía una dominación aplastante sobre la economía, principalmente mediante su control de la banca y el sistema financiero:

"También la fusión del capital industrial con el bancario", escribió Trotsky, "se efectuó en Rusia en proporciones que tal vez no haya conocido ningún otro país. Pero la mediatización de la industria por los bancos equivalía a su mediatización por el mercado financiero de la Europa Occidental. La industria pesada (metal, carbón, petróleo) se hallaba sometida casi por entero al control del capital financiero internacional, que se había creado una red auxiliar y mediadora de bancos en Rusia. La industria ligera siguió las mismas huellas. En términos generales, cerca del 40 por 100 del capital en acciones invertido en Rusia pertenecía a extranjeros y la proporción era considerablemente mayor en las ramas principales de la industria. Sin exageración, puede decirse que los paquetes de acciones que controlaban los principales bancos, empresas y fábricas de Rusia estaban en manos de extranjeros, debiendo advertirse que la participación de los capitales de Inglaterra, Francia y Bélgica representaban casi el doble de los de Alemania". (Trotsky, Historia de la Revolución Rusa, Tomo I, pág.22. Editora Zero. Biblioteca ‘Promoción del pueblo’).

La penetración del capital extranjero en la sociedad rusa dio un marcado ímpetu al desarrollo económico, sacando del barbarismo al gigante de 2.000 años e introduciéndole en la era moderna. Gran número de campesinos fue arrancado de la inmutable rutina de la vida del pueblo y empujado al infierno de la industria capitalista a gran escala.

La teoría marxista del desarrollo desigual y combinado encontró su expresión más perfecta en las extremadamente complejas relaciones sociales en Rusia a la llegada del siglo. Junto con formas de existencia feudales, semi-feudales e, incluso, pre-feudales, surgieron las fábricas más modernas, construidas con capital francés y británico basadas en los modelos más recientes. Este es precisamente el fenómeno que ahora vemos en todo el conjunto del llamado Tercer Mundo, en Africa, Asia y América Latina.

En solo 33 años, de 1865 a 1898, el número de fábricas con más de cien obreros se dobló —de 706.000 a 1.432.000. Hacia 1914, más de la mitad de todos los obreros industriales trabajaban en plantas de más de 500 empleados, y casi un cuarto en plantas de más de mil —una proporción mucho más alta que en cualquier otro país. Ya en la década de 1890, siete grandes fábricas en Ucrania empleaban dos tercios de todos los obreros metalúrgicos en Rusia, mientras que Bakú tenía casi todos los obreros del petróleo. De hecho, hasta 1900, Rusia era el mayor productor de petróleo del mundo. (Cifras de T. Dan, Los orígenes del bolchevismo, pág.150 y BH Sumner, Estudio de la historia rusa, pág.324-331).

No obstante, a pesar del tempestuoso impulso de la industria, el cuadro general de la sociedad rusa siguió siendo de extremado atraso. La masa de la población todavía vivía en los pueblos, donde el rápido desarrollo de diferenciación de clases recibió un poderoso ímpetu por la crisis agrícola europea de la década de 1880 y principios de los 90.

La caída del precio del grano arruinó capas enteras del campesinado, la espantosa naturaleza de su existencia es claramente descrita en los cuentos de Chejov, En la hondonada y Muzhiks. El semiproletariado rural, privado de la tierra, pregonando sus servicios por los pueblos, se convirtió en un espectáculo común. En el otro extremo del espectro social, la nueva clase de capitalistas rurales emergiendo, los kulaks, enriqueciéndose a expensas de los pobres de las aldeas, podían permitirse comprar la tierra de los viejos terratenientes —una situación reflejada con gran ingenio y perspicacia en la famosa obra de Chejov El huerto de cerezas.

La vieja comunidad rural, el mir, que según los teóricos narodniki iba a proveer las bases para el socialismo campesino, se estaba rompiendo rápidamente en líneas de clase a pesar de todos los intentos del régimen zarista por reforzarla. Aquellos que no pudieron encontrar trabajo en el pueblo se abalanzaron a las ciudades, proveiendo una inmensa reserva de mano de obra barata para las nuevas empresas capitalistas establecidas.

Fue así como los viejos debates entre narodniki y marxistas se resolvieron decisivamente por la marcha de los acontecimientos. No por casualidad, las obras tempranas de Lenin, tales como Nuevos desarrollos económicos en la vida campesina, Sobre la llamada cuestión de mercado y El desarrollo del capitalismo en Rusia fueron escritas para ajustar las cuentas a los narodniki. No por casualidad tampoco, estas obras estaban basadas en el irrefutable idioma de hechos, cifras y argumentos.

El desarrollo del capitalismo en Rusia significó también el desarrollo del proletariado, que pronto hizo saber a toda la sociedad de su intención de colocarse en la vanguardia de la lucha por el cambio. El carácter altamente concentrado de la industria rusa rápidamente creó ejércitos industriales de obreros, organizados y disciplinados, colocados en los puntos estratégicos de la sociedad y la economía. El gráfico del movimiento huelguístico (Cuadro 1) indica claramente la creciente confianza y conciencia de clase de la clase obrera rusa en este período.

La huelga de Morozov

A partir de la primavera de 1880, la industria fue golpeada por una crisis que duró varios años. Este fue un período de desempleo masivo en el cual los empresarios redujeron despiadadamente los ya miserables salarios de los obreros. Además de todos los otros problemas, los obreros eran continuamente oprimidos con toda clase de pequeñas restricciones y normas arbitrarias diseñadas para mantenerles dominados. La más importante era la costumbre de multar por una serie de ofensas reales o imaginarias contra los empresarios.

El folleto de Lenin Una explicación de la Ley sobre multas, muestra como antes de 1886, un obrero fabril podía ser multado con hasta la mitad de su salario. La indignación y el descontento acumulados por los obreros finalmente explotó en una ola de agitación social en 1885-86 en Moscú, Vladimir y Yaroslavl, que culminó en la famosa huelga de la fábrica Nikolskoye, perteneciente a TS Morozov.

Los 11.000 obreros de las obras Morozov habían visto reducidos sus salarios no menos de cinco veces en dos años. Al mismo tiempo, se imponían gravosas multas por cantar, hablar alto, pasar delante de la oficina del jefe con la gorra puesta, etc. Estas multas frecuentemente suponían una cuarta parte del salario de un obrero, ¡y algunas veces la mitad! Finalmente, la paciencia de los obreros se agotó y el 7 de diciembre de 1885 organizaron una huelga.

Toda la rabia y frustración reprimidas durante años de pequeñas vejaciones, robo y arbitrariedades reventaron con una fuerza elemental. El líder de los huelguistas, Pyotr Anisimovich Moiseyenko (1852-1923) era un revolucionario experimentado, un ex-miembro del Sindicato Norteño de Khalturin, quien había cumplido un período de exilio siberiano. Un hombre destacado, uno de esos líderes naturales de la clase obrera, Moiseyenko más tarde escribió: "Primero aprendí a comprender, después a actuar". No obstante, la naturaleza espontánea de la huelga se pone de manifiesto en el propio relato de Moiseyenko, en un discurso de aniversario pronunciado en 1923 (ingresó en el Partido Bolchevique en 1917).

"Decidimos", recuerda, "que había que ir a la fábrica y entonces veríamos qué más teníamos que hacer". (Discurso re-impreso en Nachalo Rabochego Dvizheniya i Rasprotranie Marksisma v Rossii, 1883-1894, pág.96).

Los enfurecidos obreros desahogaron su rabia haciendo pedazos el almacén de comida de la fábrica, donde operaba el sistema de pago en especie obligándoles a comprar comida a precios inflados, y también la casa del odiado capataz Shorin.

Alarmado por la violencia del estallido, el gobernador de la provincia de Vladimir envió tropas y cosacos. Los obreros se presentaron al gobernador con sus reivindicaciones, pero fueron reprimidos. 600 obreros fueron arrestados. Las tropas rodearon la fábrica y los obreros fueron forzados a entrar a trabajar a punta de bayoneta. No obstante, tal era el ambiente entre los obreros, que la fábrica no volvió a funcionar plenamente hasta un mes más tarde.

La huelga de Morozov terminó en derrota. Sin embargo, el efecto que tuvo en las mentes de los trabajadores en toda Rusia hizo que la situación se transformara enteramente. En el juicio a los huelguistas celebrado en Vladimir en mayo de 1886, Moiseyenko y los otros acusados hicieron una defensa tan ardiente que se convirtió en una devastadora denuncia de las condiciones en la fábrica, hasta el punto que las acusaciones fueron levantadas y el caso de los obreros sobreseído.

El fallo del juicio de Morozov produjo una ola de conmoción por toda la sociedad rusa. Profundamente alarmado, el reaccionario Moskovskiye Vedmosti protestó: "Es peligroso burlarse de las masas del pueblo. ¿Qué van a pensar los obreros, tras el veredicto de no culpable del tribunal de Vladimir? Las noticias de esta decisión se extendieron como un relámpago por todo este área manufacturera. Nuestro corresponsal, que salió de Vladimir inmediatamente después del anuncio del veredicto, oía hablar de ello en todas las estaciones...". (Lenin, Obras escogidas, Volumen 2, pág.38).

La huelga de Morozov mostró el enorme poder potencial del proletariado. La lección no fue inútil para el régimen zarista que, a pesar de todo su apoyo a los empresarios, decidió que tenía que hacer concesiones a los obreros. Así lo hizo el 3 de junio de 1886, cuando aprobó la Ley de Multas limitando la cantidad que podía imponerse y estipulando que las ganancias no deberían de apropiárselas los empresarios, sino ser depositadas en un fondo benéfico especial para los obreros.

Los primeros círculos de propaganda

Las reformas son siempre un subproducto de la lucha revolucionaria de los trabajadores para cambiar la sociedad. Igual que el ‘Proyecto de Ley de las 10 horas’ aprobado en Gran Bretaña el siglo pasado, la Ley de Multas fue un intento de pacificar a los obreros e impedir que se moviesen en una dirección revolucionaria, mientras que simultáneamente trataban de apoyarse en los obreros para refrenar las reivindicaciones de los liberales burgueses. Semejante ‘benevolente’ legislación no impidió la represión salvaje de las huelgas y los arrestos sistemáticos y deportación de líderes obreros en el siguiente período.

Tampoco la nueva ley tuvo el efecto deseado de desalentar el movimiento huelguístico. La huelga de Morozov inspiró a los obreros con nuevo valor, al tiempo que las concesiones hechas por la todopoderosa autocracia mostró lo que podía lograrse luchando audazmente por sus intereses. En 1887, el número total de huelgas excedió el de los dos años anteriores juntos. Dos años más tarde el jefe de policía, Plehve, se vió obligado a informar a Alejandro III que, a su vez, 1889 fue "más prolífico que 1887 y 1888 en desórdenes originados por las condiciones en las fábricas". (Istoriya KPSS, Vol.I, pág.100).

El mero aumento del movimiento huelguístico indicaba la creciente conciencia de los trabajadores de que eran una clase y una fuerza dentro de la sociedad. El estrato más avanzado, representado por gente como Moiseyenko, estaba buscando a tientas ideas que pudieran derramar luz sobre su condición y mostrarles un camino a seguir.

Este movimiento tenía un doble significado. Por un lado, estos estallidos espontáneos, frecuentemente acompañados por actos de Luddismo que dieron testimonio de su naturaleza todavía no organizada y semiconsciente, anunciaron al mundo la aparición de la clase obrera rusa en el escenario de la historia. Por otro lado, suministró pruebas irrefutables de la corrección de los argumentos teóricos de Plejánov y el Grupo por la Emancipación del Trabajo. Al calor de la lucha de clases, se habían sentado las bases para el aglutinamiento de las todavía numéricamente débiles fuerzas del marxismo y el poderoso, aunque todavía incoherente, proletariado ruso.

Desde el punto de vista marxista, la importancia de una huelga va mucho más allá de la lucha por reivindicaciones inmediatas sobre horas, salarios o condiciones. El significado real de las huelgas, incluso si se pierden, es que los obreros aprenden. En el curso de una huelga —particularmente una huelga importante— la masa de los obreros, sus esposas y familias, inevitablemente se vuelven conscientes de su papel como clase. Dejan de pensar y actuar como esclavos o una rueda dentada más en una máquina y empiezan a crecer hasta llegar a la estatura de auténticos seres humanos con una mente y una voluntad propias.

Los tempestuosos acontecimientos de la lucha de clases en sus aspectos externos permanecen fácilmente en la imaginación mucho tiempo después de que han pasado a la historia. Pero el silencioso y subterráneo proceso de desarrollo de la conciencia de la clase obrera —que Trotsky describió en su más memorable frase, "el proceso molecular del desarrollo de la conciencia de clase"— se pasa por alto demasiado fácilmente. No obstante, este es el fruto más importante de la larga y ardua historia del movimiento obrero.

A través de su experiencia de la vida y de la lucha —particularmente de grandes acontecimientos— las masas empiezan a transformarse. Comenzando con la capa más activa y consciente, los obreros se sienten profundamente descontentos de todo y de una forma aguda perciben sus propias limitaciones. Derrotas, mucho más que victorias, fuerzan al activista obrero a la ardiente necesidad de un claro entendimiento del funcionamiento de la sociedad, de los misterios de la economía y la política.

A través de la historia, la clase dominante ha mantenido firmemente en sus manos un arma mucho más potente que todos sus ejércitos y fuerzas policiales para la subyugación de la mayoría: ese arma no es otra que el monopolio de los medios de la cultura.

No es una casualidad que cada clase revolucionaria en la historia ha empezado su asalto a los poderes fácticos mediante una crítica total de las ideas y la cultura de la vieja clase dominante. Así, la burguesía, antes de derrocar a las monarquías feudales, destronó primero al monarca espiritual llevando a cabo la Reforma.

A lo largo de la historia, una de las cadenas más poderosa de todas las que atan a la clase obrera es la ignorancia. El primer golpe por la emancipación de la clase obrera debe ser dado contra esta. Mediante su guardia avanzada, la clase obrera siente en primer lugar la necesidad de conquistar ideas y teoría como un pre requisito esencial para la conquista del poder y la reconstrucción de la sociedad sobre un nuevo y más alto cimiento.

El crecimiento de la industria capitalista produce un poderoso ejército del proletariado. Pero incluso el mejor ejército será derrotado si carece de generales, comandantes y capitanes bien entrenados en el arte de la guerra. Las tormentosas batallas huelguísticas de la década de 1880 proclamaron al mundo que los batallones pesados del proletariado ruso estaban preparados y dispuestos a luchar. Pero también revelaron la debilidad del movimiento, su naturaleza espontánea, desorganizada e inconsciente, su falta de rumbo y liderazgo. El ejército estaba ahí. Lo que hacia falta era preparar el futuro Alto Estado Mayor. Esta conclusión fue irresistiblemente asumida por la conciencia de los mejores obreros. Y con el enfoque serio y sencillo que caracteriza a los activistas obreros de todo el mundo, se dispusieron a aprender.

La lucha por la teoría

A pesar de todos sus esfuerzos, los narodniki eran completamente incapaces de vincularse con ‘el pueblo’, ni podían esperar hacerlo sobre las bases de teorías, programa y métodos falsos. No obstante, este problema aparentemente irresoluble había sido resuelto con total facilidad por los marxistas. Una cabeza de puente fue construida rápidamente para vincular a estos con los trabajadores.

En todos los centros de industria más importantes surgieron círculos de estudios, clases educativas y "escuelas de domingo", constituyendo la semilla para toda una nueva generación de trabajadores marxistas revolucionarios, la columna vertebral del futuro partido de Octubre.

Así empezó el llamado período de propaganda o kruzhovshehina (basado en la palabra rusa para círculo de estudios). Después de un agotador día de trabajo bajo espantosas condiciones, muchos obreros industriales con manos callosas, luchando contra los difíciles capítulos de El Capital de Marx —el mismo libro que el censor zarista consideraba demasiado seco y abstruso como para representar un peligro. ¡No por última vez, un régimen dictatorial iba a infravalorar el significado revolucionario de El Capital y la inteligencia de la clase obrera! Tan grande era el deseo de los obreros de aprender, que un volumen de El Capital era desencuadernado para distribuirlo por capítulos entre el mayor número posible de gente.

Cuando se compara esto con las huelgas de masas, las batallas con la policía y los mítines desde la tribuna, este tipo de trabajo educativo lento y sin inspiración parece palidecer en su insignificancia. No obstante, esta esmerada, paciente y ardua tarea de educación teórica fue la sólida base sobre la que se construyó el marxismo ruso. Representó un enorme autosacrificio por parte de los trabajadores, cuyos logros en el plano teórico eran tan importantes para el futuro de la revolución como las luchas en los lugares de trabajo. Desde la cuna del movimiento de las masas obreras rusas estaba forjándose el vínculo indisoluble entre la teoría y la práctica.

Al mismo tiempo que Plejánov y sus colaboradores estaban estableciendo el Grupo por la Emancipación del Trabajo ruso en el extranjero, el primer círculo social demócrata (es decir, marxista) apareció en San Petersburgo, establecido por un joven estudiante búlgaro, Dimiter Blagoev —el futuro líder del Partido Comunista Búlgaro (1856-1924). En 1884, su grupo tomó el nombre de "El Partido de los Social Demócratas Rusos" e incluso empezó a publicar un periódico —Rabochii (El Obrero). No obstante, el grupo no tardó mucho tiempo en ser aplastado por la policía.

Pero el proceso estaba ahora demasiado avanzado como para ser detenido por la acción policial. Al siguiente año se formó otro grupo social demócrata en la capital, esta vez con lazos más estrechos con la clase obrera. El grupo de PV Tochissky comprendía aprendices y artesanos y se llamaron a sí mismos "La Hermandad de Artesanos de San Petersburgo".

Mucho más lejos, en el área del Volga de Rusia Central, otro de los pioneros del marxismo ruso, Nickolai Fedoseyev (1871-98) organizó un grupo de estudiantes en Kazán, uno de cuyos miembros era un joven estudiante con el nombre de Vladimir Ulyanov, más tarde Lenin. Este grupo se desintegró cuando Fedoseyev fue arrestado en el verano de 1889. Muchos años más tarde, en diciembre de 1922, Lenin escribió una breve nota sobre Fedoseyev para la Comisión de Historia del Partido en la cual brindó un cálido tributo a "este revolucionario con talento y dedicación excepcionales". (Lenin, Obras Completas, Vol.33, pág.432-3. El subrayado es nuestro).

Pero las primeras semillas habían sido plantadas y los primeros miembros habían sido ganados, aunque en pequeños puñados, en Kazán, Nizhny Novgorod, Samara, Saratov, Rostov-on-Don y otras ciudades de la región.

Este es un período de muchos nombres —en su mayor parte extraños y no familiares para el lector moderno. Los pequeños grupos que surgieron en una ciudad tras otra debieron parecerles a las autoridades zaristas el resultado de algún virulento e inexplicable virus. Por las páginas de los archivos policiales, las caras y números de revolucionarios arrestados pasaban con monótona regularidad —simplemente unos pocos bacilos aislados y extraídos por el bien del sistema político. La mayoría de estos hombres y mujeres hace tiempo que pasaron a la oscuridad. Y no obstante, sobre los huesos y nervios de estos héroes y mártires, se construyó el movimiento obrero ruso.

De la propaganda a la agitación

El libro de Krupskaia sobre Lenin es quizás el informe más gráfico de cómo funcionaban estos círculos iniciales de propaganda marxista. El contacto se hacía mediante un círculo de estudios obreros, donde enseñar a leer y escribir se combinaba hábilmente con al menos las ideas elementales del socialismo:

"Hubiérase dicho que existía una conspiración de silencio. En la escuela, en principio se podía hablar de todo a pesar de que era rara la clase en que no había un espía; si no se empleaban las terribles palabras ‘zar’, ‘huelga’ y otras por el estilo, se podía aludir a las cuestiones más fundamentales. Pero oficialmente no se podía hablar de nada; en cierta ocasión fue clausurado el llamado ‘grupo de repetición’ por el hecho de que en el mismo, como había podido comprobar un inspector que se había presentado de improviso, se enseñaban las fracciones decimales, mientras que según el programa no se autorizaba más que la enseñanza de las cuatro reglas de la aritmética". (Krupskaia, Recuerdo de Lenin, pág.21, Editorial Fontamara).

Trabajando contra tremendas rémoras, bajo dificultades intolerables y siempre con riesgo personal, perseveraron obstinadamente en su causa. La gran mayoría de ellos no vivió para ver el resultado de su labor. Nunca lucharon en las grandes batallas finales, ni vieron caer las viejas y odiadas estructuras de la sociedad. Su papel fue el más duro de todos: la ardua tarea de empezar, de construir el movimiento desde la nada, de ganar pacientemente de uno en uno y de dos en dos, de explicar, argüir, convencer, prestar atención a las mil y una mundanas y rutinarias tareas diarias de construir una organización, que pasa inobservada para los historiadores, pero que constituyen el centro de una gran empresa histórica.

A pesar de todas las dificultades, el trabajo lento y paciente de los marxistas empezó a dar resultados. Grupos marxistas surgían por toda Rusia. Imitando al Grupo por la Emancipación del Trabajo, se llamaban a sí mismos "Ligas de Lucha por la Emancipación de la Clase Obrera". Al mismo tiempo, el movimiento de los trabajadores estaba asumiendo un carácter de masas.

Entonces, como un rayo en un cielo azul, algo ocurrió que transformó completamente la situación.

En 1891 y 1892, una terrible ola de hambre recorrió el país, causando muerte por hambruna en los pueblos y una exorbitante subida de los precios de la comida. El hambre, el cólera y el tifus afectaron a 40 millones de almas, pueblos enteros perecieron, especialmente en la región del Volga. Campesinos hambrientos inundaron las ciudades dispuestos a aceptar trabajo a cualquier precio. Esto, combinado con una mejora económica que, paradójicamente, coincidió con el hambre, produjo una ola de huelgas, especialmente en Rusia Central y Occidental, los centros de la industria textil, acompañada de choques con la policía y los cosacos, especialmente en la huelga de los obreros del textil polaco en Lodz en 1892.

El hambre sirvió para desenmascarar la bancarrota de la autocracia y la corrupción e ineficacia de la burocracia. El destino de los millones de hambrientos tuvo un efecto profundo en la juventud. El movimiento estudiantil se inflamó otra vez en Moscú y Kazán.

El despertar general de la sociedad tuvo también un efecto entre los liberales. Silenciados por el régimen reaccionario de Alejandro III, los zemstvos estaban re-despertando a la vida mediante la ola de hambre. Por toda Rusia, liberales acomodados basados en los zemstvos lanzaron campañas para aliviar el hambre. Los liberales zemstvos, muchos de ellos remanentes envejecidos del movimiento "Id al pueblo" de la década de 1870, aliviaron su conciencia estableciendo estos comedores de beneficencia. Hicieron todo lo posible para dar a la lucha contra el hambre una coloración inofensiva, no política, en línea con su política de "pequeñas obras". Pero el fermento social y político provocado por el hambre y la respuesta caótica de la administración zarista sirvió para revolver a la intelligentsia, sacando a la juventud de los años de estancamiento y desesperación y proporcionando nuevos reclutamientos para los marxistas, que estaban empeñados en furioso combate con los representantes de la tendencia liberal narodnik. La amargura de la lucha se refleja en un episodio recordado por Krupskaia de una de las primeras intervenciones de Lenin, poco después de llegar a San Petersburgo:

"Como medida conspirativa, se escogió como pretexto de la reunión la celebración de una pequeña fiesta íntima a base de ‘blinis’ (especie de hojaldre. N. del T.) (...) Me acuerdo de uno de los momentos de la discusión. Se hablaba de la senda que era preciso seguir. No había modo de hablar un lenguaje común. Uno de los reunidos —Schevliaguin, me parece— dijo que era muy importante la labor en el comité para la lucha contra el analfabetismo. Vladimir Illich se rio con una risa seca y maliciosa, una risa que después no le oí más.

"‘¿Qué puedo decir? Si hay alguien que quiere salvar a la patria en el comité para la lucha contra el analfabetismo es libre de hacerlo. No le opondremos ningún obstáculo’". (Krupskaia, op cit, pág.15. ).

Mirando la situación atentamente desde lejos, Plejánov entendió inmediatamente que estaba teniendo lugar un cambio fundamental que exigía un cambio en los métodos empleados hasta ahora por los marxistas rusos. El hambre había expuesto la bancarrota de la autocracia hasta un grado sin paralelo. Sus efectos fueron sentidos por todos los sectores de la sociedad —no sólo los obreros y campesinos, sino incluso los liberales burgueses, sacudidos por un abatimiento profundo, empezaron a organizar agencias de socorro para compensar la parálisis total del Estado, utilizando las organizaciones gubernamentales locales ‘Zemstvo’. La idea de una asamblea representativa, una Zemsky Sobor empezó a ganar terreno entre la intelligentsia liberal. Plejánov cogió la oportunidad con ambas manos.

En su folleto La ruina de toda Rusia publicado en Sotsial Demokrat nº 4, Plejánov explicaba que las causas del hambre no eran naturales, sino sociales. Partiendo de la caótica situación creada por la corrupción e ineptitud de las autoridades zaristas, mostró la necesidad de realizar propaganda y agitación generales, vinculando las reivindicaciones concretas de las masas a la idea central de derrocar a la autocracia.

Por supuesto, la consigna de un Zemsky Sobor en manos de los liberales recibió un carácter completamente reformista y, por lo tanto, utópico. Pero Plejánov, desarrollando un vivo instinto revolucionario, planteó esta reivindicación como una consigna militante, luchadora, como un medio de movilizar a las masas y atraer a los mejores sectores de la intelligentsia democrática a la idea de una lucha abierta contra el zarismo. "Todos esos rusos honrados", escribió, "que no pertenecen al mundo de los meros acaudaladores de dinero, kulaks y burócratas rusos deben empezar a agitar al instante para el Zemsky Sobor". (Citado en Akimov, Sobre los dilemas del marxismo ruso, Cambridge 1969, pág.16).

El artículo de Plejánov representó el primer intento concreto de luchar a brazo partido por la cuestión de cómo relacionar el movimiento obrero con el movimiento de otras clases oprimidas contra el enemigo común, el zarismo. Bajo condiciones de esclavización zarista, bloques temporales y episódicos con los elementos más radicales de la pequeña burguesía o, incluso, los liberales burgueses eran inevitables. No obstante, tales acuerdos en ningún sentido presuponían la existencia de acuerdo programático. Por el contrario, la primera condición para esto era precisamente que cada partido debería marchar bajo su propia bandera: "Marchar separadamente y golpear juntos".

El uso revolucionario de consignas democráticas

Los marxistas, al tiempo que defendieron a los demócratas pequeño burgueses contra la persecución zarista y ocasionalmente llegaron a acuerdos episódicos en cuestiones prácticas, tales como el transporte de propaganda ilegal, defensa de compañeros arrestados, etc., simultáneamente les sometieron a una crítica incesante y sin misericordia por sus vacilaciones y confusiones. Tal política estaba diseñada para utilizar cualquier oportunidad para hacer avanzar el movimiento, al tiempo que fortalecía la posición del marxismo y el punto de vista de independencia de clase del proletariado, de la misma manera que un alpinista experto utiliza toda grieta y hendidura que le permita alcanzar la cumbre.

Esta política nada tenía en común con la política posterior de los mencheviques y los estalinistas quienes, bajo el pretexto de "unificar todas las fuerzas progresistas", tratan de subordinar el movimiento de la clase obrera a la llamada burguesía ‘progresista’. Tanto Plejánov como, sobre todo, Lenin, despreciaron la idea de un "Frente del Pueblo" que un sector de los narodniki estaba defendiendo ya en aquel momento. Plejánov, antes de convertirse al menchevismo, cuando todavía defendía las ideas del marxismo revolucionario, respondió a aquellos que le acusaban de asustar a los liberales con el siguiente desaire:

"De cualquier manera, creemos que el tipo de ‘susto’ más dañino es el susto de los socialistas con el espectro de asustar a los liberales". (Plejánov, Sochineniya, Vol.I, pág. 403).

El punto central del argumento de Plejánov era que "la ruina total de nuestro país puede ser prevenida mediante su emancipación política completa". Los espantosos problemas de las masas plantearon directamente la cuestión de la lucha revolucionaria contra el zarismo, en la cual la clase obrera iba a jugar el papel clave. Aunque en ese momento nadie hablaba todavía de la posibilidad de una revolución socialista en Rusia, el uso diestro de reivindicaciones democrático revolucionarias, como la convocatoria de un Zemsky Sobor, jugó indudablemente un papel agitativo importante en aglutinar las fuerzas revolucionarias alrededor del programa marxista.

El nuevo énfasis sobre la agitación revolucionaria de masas cogió a muchos por sorpresa. Economistas del futuro, como Boris Krichevsky, no tardaron en criticar al Grupo por la Emancipación del Trabajo por su supuesto ‘constitucionalismo’, al no entender la necesidad de plantear consignas democráticas junto con reivindicaciones de clase elementales del proletariado. Al mismo tiempo, muchos de los viejos veteranos, incluso en Rusia, eran reticentes a reconocer que la situación había cambiado. Los viejos hábitos de la actividad del pequeño grupo de propaganda se resistían hasta la muerte. En muchos casos, la transición a la agitación de masas fue realizada sólo después de dolorosas discusiones y divisiones.

Plejánov, en su artículo Las tareas de los Social Demócratas rusos durante el hambre en Rusia (1892), dio la definición marxista clásica de la diferencia entre propaganda y agitación:

"Una secta puede estar satisfecha con propaganda en el sentido estrecho de la palabra: un partido político nunca (...) Un propagandista da muchas ideas a una o a unas pocas personas, mientras que un agitador da una o unas pocas ideas pero a masas de gente (...) No obstante, la historia la hacen las masas. (...) El vínculo necesario entre los ‘héroes’ y la ‘multitud’, entre ‘las masas’ y ‘sus líderes’ se forja y templa gracias a la agitación". (Citado en V Akimov, Sobre los dilemas del marxismo ruso, pág.17).

Plejánov recalcó la necesidad urgente de que los marxistas penetrasen las capas más amplias de las masas con consignas agitativas, empezando con las reivindicaciones económicas más inmediatas, tal como la jornada de ocho horas.

"Así, todos los trabajadores —incluso los más atrasados— quedarán claramente convencidos de que llevar a cabo al menos algunas medidas socialistas es importante para la clase obrera. (...) Tales reformas económicas, como por ejemplo la reducción de la jornada laboral, son buenas aunque sólo sea porque traen beneficios directos a los trabajadores". (Akimov, op cit, pág.17).

Esto da el mentís a los oponentes reformistas del marxismo quienes argumentan que los marxistas "no están interesados en las reformas". Por el contrario, a través de toda la historia, los marxistas han estado al frente de la lucha por la mejora del conjunto de la clase obrera, luchando por mejores salarios y condiciones, menos horas de trabajo y por los derechos democráticos. La diferencia entre el marxismo y el reformismo no consiste en la ‘aceptación’ o no de las reformas (simplemente planteando la cuestión se ve su patente absurdidad), sino en el hecho de que sólo pueden conquistarse reformas serias mediante la movilización de la clase obrera en lucha contra los capitalistas y su Estado y en que, además, la única manera de consolidar los logros alcanzados por los obreros y garantizar todas sus necesidades es rompiendo el poder del capital y llevando a cabo la transformación socialista de la sociedad. Esto último, no obstante, es impensable sin la lucha día a día por avanzar bajo el capitalismo que sirve para organizar, entrenar y educar a la clase obrera preparando así el terreno para el ajuste final de cuentas con sus enemigos.