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RUSIA
DE LA REVOLUCIÓN A LA CONTRARREVOLUCIÓN
IX- El colapso del estalinismo |
Presión imperialista
En Occidente se presentó a Yeltsin como el gran salvador de la "democracia", el hombre que se puso encima de un tanque para defender los derechos del parlamento. Ahora este mismo parlamento se convertía en su peor enemigo. Aquellos que se levantaban contra él no eran partidos políticos sino una coalición de grupos e intereses rivales. Yeltsin sólo tenía dos alternativas: o ganarse una mayoría decisiva del Congreso o eliminarlo totalmente. Y el Congreso no podía tolerar esto. Era una lucha a muerte. Todas las diferentes fracciones del parlamento estaban de acuerdo en una cosa: había que detener a Yeltsin. Los directores de fábricas querían detener el programa de reformas. Los burócratas regionales, que dirigían sus repúblicas como barones feudales, quería más autonomía y un centro débil, no un dictador. La casta militar quería recuperar su prestigio perdido y posiciones privilegiadas, y se quejaba amargamente de la ruptura de la Unión Soviética, la pérdida de Europa del Este y la humillante dependencia del imperialismo de EE.UU. en la arena mundial en general. La lucha entre Yeltsin y el Congreso era una ilustración gráfica de las contradicciones insoportables de la sociedad.
La lucha llegó a su punto álgido en diciembre de 1992, cuando el Congreso forzó la dimisión del archireformista Gaidar como primer ministro. Yeltsin maniobró para ganar tiempo, sustituyendo a Gaidar por Chernomyrdin mientras preparaba un contragolpe. Se llegó a un compromiso inestable, por el cual Yeltsin aceptaba la pérdida de su lugarteniente, mientras que el Congreso aceptaba la celebración de un referéndum en la primavera. Un acuerdo es sólo un pedazo de papel que refleja el balance de fuerzas en un momento dado. El objetivo del referéndum era, en teoría, elaborar una nueva constitución. La que estaba en vigor, heredada del período de Gorbachov, ya había sido enmendada 300 veces y estaba llena de contradicciones. En la práctica nadie le prestaba la menor atención. Lo que importaba era la fuerza relativa de los grupos contendientes. Y eso sólo se podía medir en la lucha real, no en los comités constitucionales, aunque estos últimos pueden sery fueronutilizados como armas arrojadizas en la lucha.
Inmediatamente después de llegar al acuerdo de diciembre, ambos bandos empezaron a maniobrar. Yeltsin decidió apostar por el poder absoluto, basándose en el gobierno por decreto. En marzo elaboró un decreto sobre el gobierno de emergencia, pero el tribunal constitucional lo declaró inconstitucional. Jasbulatov, el presidente del parlamento ruso, se había propuesto minar a Yeltsin eliminando sus poderes uno por uno, y dejándole como un presidente de papel, para quitarle de en medio a la menor oportunidad. A finales del Congreso de marzo, Yeltsin sólo evitó la moción de censura por 72 votos de un total de 1.003. Yeltsin abandonó el parlamento pero sólo le siguieron unos pocos diputados. A partir de entonces concentró todos sus esfuerzos en conseguir una mayoría en el referéndum de abril y la celebración de nuevas elecciones en octubre. El Congreso votó ir adelante con el referéndum pero añadió dos preguntas propias, "a favor o en contra de las reformas económicas de Yeltsin", y también "a favor o en contra de elecciones al parlamento y a la presidencia". Además, fijó la norma de que el referéndum tenía que conseguir una participación de más del 50 por ciento del total de los votantes para ser válido. Yeltsin consiguió que el tribunal constitucional anulase esta última condición para sus preguntas.
En un intento descarado de potenciar a Yeltsin, Clinton acordó una cumbre EEUU-Rusia en la que anunció un paquete de ayudas de 1.600 millones de dólares por parte de EEUU, y presionó al grupo de los 7 para que anunciase otro paquete de ayuda diez días más tarde. En abril de 1993, el G7 acordó ayudas por valor de 42.000 millones de dólares. Sobre estas bases, Yeltsin prometió aumentos para los obreros y jubilados y un aumento del salario mínimo como soborno para el referéndum. Al final, hubo una participación del 64 por ciento. Se anunció que un 53 por ciento habían apoyado al presidente y casi un 53 por ciento habían apoyado su programa económico. Hubo muchos informes que apuntaban a una manipulación del voto del referéndum por parte de Yeltsin, dándole una mayoría estrecha. Sin duda esto era cierto. Rustkoi inmediatamente rechazó el resultado: "Hay 105 millones de votantes en el censo", dijo, "unos 32 millones apoyaron al presidente y su política. Así que entre 71 y 72 millones votaron en contra o no participaron en el referéndum (...) No se puede hablar de apoyo popular".
Pero Yeltsin entonces intentó utilizar su victoria para cambiar la constitución, neutralizar el Congreso e incrementar sus poderes presidenciales. Después de una dura lucha el borrador de constitución fue aprobado por la Conferencia Constitucional. Yeltsin no perdió tiempo en tomar medidas contra sus oponentes. Pero esto no era una tarea fácil. En mayo fue humillado cuando el juicio contra los golpistas de 1991 colapsó. Las cosas se estaban acercando rápidamente a un punto crítico.
En setiembre de 1993, después de algunas vacilaciones, Yeltsin se decidió y suspendió el parlamento por decreto, convocando elecciones para una nueva Duma estatal en diciembre. Había concentrado todo el poder en sus manos. Al igual que todos los dictadores, prometió elecciones en el futuro bajo una nueva constitución elaborada por él mismo. Actuó como juez, jurado y verdugo. Inmediatamente Rustkoi denunció el decreto como un "golpe abierto", y el Congreso votó una moción de censura contra Yeltsin, su cese y confirmó a Rustkoi como presidente. Esto equivalía a una declaración de guerra civil. Jasbulatov, el presidente del parlamento, hizo un llamamiento a todos los jefes militares y de las fuerzas de seguridad a desobedecer todos los decretos y órdenes "criminales" de Yeltsin.
Los imperialistas occidentales se apresuraron a salir en defensa de Yeltsin. Clinton declaró que sus acciones eran "en última instancia consecuentes con el curso de reforma y democracia que se había fijado". Los imperialistas por supuesto no estaban preocupados por la "democracia" sino sólo por sus intereses materiales y estratégicos. No estaban preocupados por la suspensión ilegal del parlamento. Esto contrastaba agudamente con sus aullidos de protesta cuando la "democracia" fue atacada en el intento de golpe dos años antes, en agosto de 1991. Pero entonces se trataba de los intereses de la naciente burguesía que estaban en peligro de ser aplastados o amenazados. Sólo sus intereses de clase dictan su política interior y exterior. ¡Imaginémonos la indignación internacional si hubieran sido los de la línea dura los que se hubieran comportado de esta manera! Occidente le dio a Yeltsin el apoyo que necesitaba. Había llegado el momento de tratar con el Congreso por la fuerza. En un acto de desafío abierto, Gaidar fue nombrado de nuevo viceprimer ministro y ministro de economía. La escena estaba preparada para un nuevo enfrentamiento. No había vuelta atrás.
Sin embargo, el control de Yeltsin sobre las fuerzas armadas era muy tenue. Gran parte de la casta de oficiales era abiertamente hostil al régimen de Yeltsin, humillada por el colapso de la Unión Soviética y el servilismo hacia Occidente. Muchos soldados no habían recibido sus salarios durante meses, y había informes de la región del Pacífico de soldados que pasaban hambre. Habían sido cesados 80.000 oficiales del ejército quedándose sin casas ni empleos a dónde ir. Sólo el 14 por ciento de los reclutas respondían al llamamiento a filas. El general Pavel Grachev, ministro de defensa, que en un principio era ambivalente hacia Yeltsin, al ser amenazado de cese por el parlamento, se colocó del lado del presidente.
La oposición a Yeltsin también venía de las regiones. Cuando el 18 de setiembre se reunió con los miembros del Consejo Federal y les pidió suplantar al Congreso hasta las nuevas elecciones, 148 de los 176 dirigentes regionales se negaron a apoyar la propuesta. Incluso el ayuntamiento de San Petersburgo condenó el decreto de Yeltsin después de rechazar un llamamiento del alcalde de la ciudad, Sobchak, un seguidor de Yeltsin. Este ni siquiera consiguió el apoyo de las regiones para una nueva constitución con un sistema bicameral, donde las regiones formarían la Cámara Alta. En lugar de esta propuesta, las regiones insistieron en la constitución vigente. Las propuestas de Yeltsin eran vistas como una trampa que en la práctica recortaría el poder de las regiones concentrándolo poder en manos de la presidencia. Las regiones defendían sus propios intereses, que en este momento entraban en conflicto con Yeltsin.
capítulo
IX:
El colapso del estalinismo
apartado.- El asalto a la Casa Blanca