|
RUSIA
DE LA REVOLUCIÓN A LA CONTRARREVOLUCIÓN
IX- El colapso del estalinismo |
El peor de los mundos
El gobierno se embarcó en un programa de privatizaciones masivas con la emisión de vales de privatización. Se esperaba que el 25 por ciento de las industrias estatales estarían vendidas para finales de 1992. También se iba a privatizar la tierra. Sin embargo, la presión del complejo militar-industrial forzó concesiones por parte del gobierno en forma de subsidios cada vez mayores. Se pusieron más recursos para la producción agrícola, subvenciones a la comida, y para la vivienda de las fuerzas armadas. Contra la oposición de Yeltsin y Gaidar, el parlamento ruso votó créditos a la industria por valor de 200 billones de rublos. El suministro de dinero estaba efectivamente fuera de control y la inflación se iba convirtiendo en hiperinflación.
En abril de 1992, la lucha era tan intensa que Yeltsin se vio obligado a retroceder parcialmente. El intento de aplicar una transición rápida al "mercado" y una "economía sólida" iba a la deriva. El Congreso de Diputados del Pueblo exigía la cabeza de Gaidar. Como consecuencia, Yeltsin se vio obligado a cesarlo como ministro de finanzas pero le mantuvo como uno de sus lugartenientes. Yeltsin también anunció que habría una suavización de las "reformas" y más créditos para la industria hambrienta de dinero. El Congreso seguía presionando y exigió una mayor protección social. Las huelgas de maestros y trabajadores de hospitales consiguieron más concesiones por parte del gobierno.
Gaidar había justificado el creciente déficit presupuestario "independientemente de los peligros para la economía" debido a la creciente tensión social. El Izvestia (20/7/92) informaba de que a pesar de las caídas en la producción, había bases para "un optimismo moderado" ¡ya qué se había evitado "una recesión a gran escala"! El pago de salarios y pensiones acumulaba 221.000 millones de rublos en atrasos. El periódico concluía "que el proceso de establecer las bases para una economía de mercado parecía esperanzador". El único progreso era que a finales del año se habían subastado unas 30.000 pequeñas empresas y comercios. Sin embargo, los sectores decisivos de la economía seguían en manos del Estado.
La petición de Yeltsin a Occidente de ayuda e inversión no había tenido los resultados esperados. La ayuda que le habían dado era patéticamente baja: 6.000 millones de dólares para ayudar a estabilizar el rublo y un préstamo de 24.000 millones de dólares del FMI. Sin embargo, según los expertos económicos occidentales, la cantidad de financiación que necesitaba el plan de reformas de Yeltsin para tener alguna posibilidad de aplicarse era entre 76.000 y 176.000 millones de dólares cada año durante 15 años. Y esta cifra no incluía ni el dinero necesario para apoyar la convertibilidad del rublo (estimado de 7.000 a 10.000 millones de dólares) o el coste cada vez mayor de limpiar el medio ambiente, de por sí una tarea urgente. La cantidad necesaria para financiar la restauración capitalista sería menor al 1 por ciento del PIB combinado de Europa, EE.UU. y Japón durante un período de cinco-diez años. Eso era proporcionalmente menor que la ayuda de EE.UU. a Europa Occidental con el Plan Marshall durante un período mucho más prolongado. En contraste, Occidente seguía receloso a comprometerse con cantidades de dinero demasiado grandes. Los capitalistas no tenían ninguna confianza en el resultado del intento de volver a imponer la economía de mercado en Rusia o Europa del Este. Los inversores occidentales no estaban dispuestos a arriesgar su capital, a pesar de los bajos salarios de la mano de obra cualificada rusa. Habían entendido que la restauración del capitalismo está sembrada de dificultades, que los levantamientos sociales están a la orden del día y que todo el proceso puede volverse en su contrario. Por eso Yeltsin trató de asustar a Occidente para que le diese algo de dinero con el espectro de una "nueva revolución de octubre". Por su parte, los gobiernos occidentales se tomaban las advertencias de Yeltsin muy seriamente, lo que explica su apoyo ansioso a este "reformador" borracho y enfermizo.
Rusia acabó en el peor de los mundos: todas las desventajas de la chapucería burocrática y la mala gestión, y todas las desventajas de un capitalismo corrupto y mafioso. Miles de empresas seguían produciendo enormes cantidades de bienes inútiles y de mala calidad que nadie quería. Estos se acumulaban o se entregaban a los trabajadores en lugar de salarios. Otras empresas estaban ociosas, faltas de materias primas y recursos, los trabajadores se presentaban, no trabajaban y sólo recibían promesas de salarios. El resultado fue un aumento colosal en los atrasos de salarios y la deuda interempresarial.
Este conflicto continuado entre las diferentes alas de la burocracia no era en absoluto un asunto trivial, sino que representaba un profundo antagonismo. Esto quedó demostrado por el asalto armado al parlamente en octubre de 1993. Ese incidente demostró la imposibilidad de una transición "en frío" al capitalismo en Rusia. Sin embargo, una vez más, el elemento clave en la situación fue la pasividad de las masas. Aunque un cierto sector de los obreros participó en la defensa del parlamento (esto lo admitieron posteriormente incluso los yeltsinistas), la aplastante mayoría no jugó ningún papel.
Durante todo 1992 la lucha abierta entre Yeltsin y el parlamento asumió un carácter cada vez más agudo. Ambas alas de la burocracia apelaban demagógicamente a las masas a que les apoyasen. "Los directores de empresas de Rusia también han unido sus fuerzas a las de los obreros para ralentizar el ritmo de la reforma", informaba The Economist (20/6/92). "Con la economía en convulsión, tanto directores como obreros de las empresas estatales se sienten amenazados ante la perspectiva de más cambio". Bajo esta presión, el gobierno se vio obligado a prometer otros 200.000 millones de rublos (2.400 millones de dólares) de créditos baratos para la industria, y más 120.000 millones para la industria petrolera. También tuvo que posponer el aumento de los precios de la energía. Según el mismo artículo, "el gobierno del Sr. Yeltsin no ha abandonado la reforma, sólo ha retrocedido algunos pasos".
En este período, la intensa lucha por el poder se centró en la propuesta de la nueva constitución. Los diputados estaban cada vez más descontentos por la tendencia creciente de Yeltsin a gobernar por decreto. El conflicto giraba cada vez más alrededor de los parámetros del poder ejecutivo y legislativo. Pero esto era simplemente un reflejo de la lucha por los intereses materiales subyacentes. Yeltsin estaba incapacitado por la vieja constitución introducida en 1991. Si tenía que seguir los dictados del imperialismo occidental, necesitaba saltarse el parlamento y asumir poderes bonapartistas cada vez mayores.
En 1992 hubo un intenso ir y venir de numerosos borradores y más borradores de constituciones revisadas, reflejando el intento de cada bando por conseguir la supremacía. Después de una sesión extraordinaria de cuatro días del parlamento ruso, Yeltsin se enfrentó a una derrota humillante. Los defensores de la línea dura y sus aliados centristas en el Congreso votaron una reducción mayor de los poderes del presidente, derrotando su intento de introducir el gobierno por decreto, destituyendo a sus representantes en las provincias, y exigiendo la formación de un nuevo gobierno de "acuerdo nacional". Yeltsin finalmente esperaba romper este punto muerto con la convocatoria de un referéndum sobre sus propuestas para abril de 1993. Su idea era utilizar el referéndum como un voto de confianza, a favor o contra Yeltsin. Este era el método del plebiscito, el método clásico de los políticos bonapartistas tratando de conseguir el poder absoluto.
capítulo
IX:
El colapso del estalinismo
apartado.- Presión imperialista