RUSIA DE LA REVOLUCIÓN A LA CONTRARREVOLUCIÓN
Un análisis marxista


Autor Ted Grant
..Fundación Federico Engels

IX- El colapso del estalinismo

 

¿Podía haber triunfado el golpe?

A aquellos que defienden que el golpe no tenía base social y que por lo tanto no podía haber triunfado, podemos mostrar a aquellas capas de la sociedad que estaban cansadas del caos de la katastroika y anhelaban una vuelta a los "viejos buenos tiempos". Más importante, tenía una base en una capa más amplia a la que, sin apoyar el golpe, le repelía la política pro-capitalista de Yeltsin y por lo tanto se mantuvo pasiva durante los acontecimientos. La pasividad de la gran mayoría de la clase obrera hubiera sido suficiente para asegurar el éxito del golpe si se hubiese organizado con la decisión suficiente.

Francis Fukuyama, un destacado estratega del capital, y asesor de la Rand Corporation en Washington, lo reconoció en The Independent on Sunday (25/8/91): "A pesar de la división de lealtades en el ejército y la policía, los golpistas podían haber triunfado a corto plazo si hubieran sido más competentes y decididos, como lo fue el régimen de Deng en la plaza de Tiananmen. Tenían una cantidad suficiente de miembros de la KGB y del ministerio del interior para detener o matar a Yeltsin, cerrar la prensa e imponer un toque de queda. Pero los golpistas sufrían de falta de confianza en ellos mismos y su causa".

El resultado de la revolución y la contrarrevolución nunca es una conclusión predeterminada. En ambos casos se decide por la lucha de fuerzas vivas en las que el factor subjetivo—la calidad de la dirección—juega un papel importante y frecuentemente decisivo. Puedes tener las condiciones objetivas más favorables, la base social más amplia, pero si no actúas con absoluta determinación y audacia, acabarás derrotado. El golpe en Moscú no fue derrotado por falta de base social, sino debido a la patética incapacidad de los dirigentes del golpe de tratar a la oposición de manera implacable y despiadada. Sólo hay que contrastar su conducta con la de Jaruzelski en Polonia en 1981, que arrestó a todos los dirigentes de la oposición en mitad de la noche antes de lanzar su golpe.

El antiguo disidente Roy Medvedev hace esta comparación: "Jaruzelski fue mucho más eficaz que ellos cuando aplastó Polonia. Cortó las comunicaciones y detuvo a 200 personas. En realidad ni siquiera las arrestó, sólo las aisló. Sin embargo, aquí ni siquiera detuvieron a Yeltsin".

En especial, el no arrestar a Yeltsin dejó un punto focal para la oposición y dejó al descubierto ante los ojos de sectores clave de los mandos del ejército, la policía y la KGB, que el golpe era una operación chapucera. Desde una postura inicial de esperar y ver, estos sectores finalmente decidieron distanciarse de los dirigentes del golpe. Estos dirigentes, a su vez, se encontraron suspendidos en el aire. El golpe colapsó, no debido al movimiento de masas de los obreros—que no existió—sino porque era un intento prematuro y chapucero, que no consiguió atraer el apoyo de sectores decisivos dentro del propio aparato del Estado. No fue derrotado en la lucha. Simplemente colapsó por sus propias contradicciones y debilidades internas. "Así que ¿por qué no triunfó?" se preguntaba Martin McCauley. "Sorprendentemente, porque estaba mal preparado y ejecutado". (8)

Esta fue la opinión de todos los estrategas más serios del capital. "Las valoraciones preliminares de analistas de los servicios secretos de Gran Bretaña y América sugieren que el golpe fue organizado apresuradamente por un pequeño grupo de gente que juzgó fatalmente mal el ambiente de las organizaciones que ellos controlaban. No existe ninguna prueba de que hubiera ensayos previos al golpe por parte de ninguna fuerza de seguridad." (9) Y el The Sunday Times añade: "A principios de la semana pasada no había señales de ninguna movilización significativa. ‘Esto no fue una revolución que fracasó debido al poder popular’ dijo una fuente de inteligencia occidental. ‘Había menos gente en las calles que la que los golpistas podían haber esperado. Fracasó porque no pusieron suficientes tropas en el terreno o no las utilizaron efectivamente’".

El hecho de que el intento de golpe fuese el resultado de una reacción de pánico de los burócratas más altos ante el Tratado de la Unión explica la completa falta de seriedad y de acción decidida. El dirigente del grupo de Gorbachov en el Kremlin, Valentín Karayev, más tarde describió cómo empezaron a reaccionar ellos, una vez que se dieron cuenta de que los dirigentes del golpe eran incapaces de actuar: "Ya el 20 estaba claro para todos que nada había pasado. No hubo detenciones, nada". (10) El mismo periódico hizo la siguiente observación:

"Pero ahora van saliendo detalles que indican que el colapso del putsch se debe mucho más a los propios putschistas, algunos de los cuales cambiaron de opinión al principio.

"Uno de ellos, el primer ministro Valentín Pavlov, empezó a retroceder al cabo de pocas horas del anuncio de la toma del poder el lunes por la mañana. Otro, el ministro de defensa Yazov, tuvo dudas iniciales y luego actuó sobre la base de estas. El propio Sr. Yanayev admitió que la toma del poder era ilegal a las pocas horas de haber depuesto al Sr. Gorbachov." El artículo concluye: "El golpe se destruyó a sí mismo".

Cuando Gorbachov volvió a Moscú el 22 de agosto después del colapso del golpe, todo había cambiado. Hasta entonces había conseguido mantenerse mediante un precario equilibrio entre las facciones opuestas de la burocracia. Ahora su poder había desaparecido. Gorbachov fue obligado a dimitir ignominiosamente como secretario general del PCUS. Entonces el Comité Central se disolvió voluntariamente. En pocos días se vio obligado a poner fuera de la ley ("suspender") el Partido Comunista. Sus propiedades, publicaciones y activos fueron confiscados por la República de Yeltsin, que promulgó un decreto prohibiendo el PCUS. El Kómsomol se disolvió "voluntariamente". No hubo resistencia.

El viejo PCUS era una red enorme de clientelismo y un brazo del Estado. Sólo a través del Partido Comunista era posible "avanzar". El partido era responsable del nombramiento de 600.000 empleos clave y otro millón de empleos de reserva en el Estado y la industria. Así, la militancia del partido era un paso necesario para una carrera de éxito. En los primeros días de la Unión Soviética, el acceso a los cargos de responsabilidad en el Estado todavía estaba abierto a hijos de la clase obrera con talento. Esta era una diferencia importante con Occidente. Pero a medida que pasó el tiempo, esto cada vez era más una excepción. Los mejores empleos quedaban reservados para los hijos de los burócratas. Esto en sí mismo era un síntoma de decadencia senil del estalinismo, un tipo de arteriosclerosis.

Arriba de todo se encontraba la élite soviética, cada vez más divorciada de la realidad de la vida de la propia clase obrera. Después de repetidas purgas, el contenido del viejo Partido Comunista se había transformado completamente hasta el punto en que no tenía nada en común con el Partido Bolchevique, aparte del nombre. No era realmente un partido sino un organismo del Estado compuesto por 19 millones de miembros, entre los cuales había, indudablemente, un sector de obreros honestos, pero que en su mayoría se componía de un ejército de oportunistas, ladrones, marionetas y carreristas de todo tipo. Esto no tenía nada en común con el partido de Lenin y Trotsky, que había sido destruido en las grandes purgas. El proceso de transformación del partido en una herramienta burocrática había empezado después de la muerte de Lenin, como señala Edward Crankshaw:

"Inmediatamente después de la muerte de Lenin este desarrollo se aceleró. En el proceso de afianzar su posición y llenar el partido con gente en la que pudiese confiar para que le apoyasen, Stalin, como primer secretario y en una lucha a brazo partido contra Trotsky, proclamó la Promoción Lenin. Esta consistía, en efecto, en una afiliación masiva de nuevos miembros con el objetivo de inundar a los que se oponían a Stalin. Así, en el 12 Congreso del Partido en 1923 la militancia era de 386.000; un año más tarde, en el 13 Congreso había aumentado a 735.881. En 1929, con Stalin como supremo y preparándose para liquidar a sus compañeros, esta cifra se había duplicado: había 1.551.288 militantes del Partido.

"El siguiente paso fue el cambio más sorprendente en la composición de la militancia. Entre 1930 y 1934, el Partido dejó de ser una organización obrera. En 1930 los obreros representaban casi el 49 por ciento de la militancia; en 1934 esta proporción, tal y como se reflejaba en el Congreso del Partido, había caído al 9,3 por ciento. Junto a este proceso se dio un control prácticamente monopolista del partido por parte de la clase de los directores. Así, en 1923, sólo el 23 por ciento de todos los directores de fábrica de la Unión Soviética eran miembros del Partido. En 1936 la cifra se acercaba al 100 por ciento. Y el proceso siguió, hasta que en el año de la invasión alemana de Rusia había tres millones de miembros del Partido, la mayor parte de ellos implicados en la administración de una u otra manera". (11) Y el autor correctamente llega a la conclusión:

"Cuando reflexionamos que el viejo Partido había sido prácticamente eliminado por Stalin durante los años de las purgas a mediados de los años treinta, los funcionarios del partido en todos los frentes fueron utilizados regularmente y deliberadamente como cabezas de turco por los errores y excesos de la dirección superior, está claro que el partido de la posguerra era muy diferente del organismo a través del que Stalin había escalado hacia la supremacía, y no tenía el más mínimo parecido con el Partido original de Lenin". (12)

Estos elementos se mantenían unidos no por convicciones o ideología, sino por el vínculo del partido al pesebre del Estado. En cuanto se destruyó este vínculo, se desintegró de la noche a la mañana. Como brazo político de la burocracia, quedó hecho añicos por estos acontecimientos. Hornadas enteras de "comunistas" abandonaron el partido hacia grupos abiertamente burgueses o nacionalistas, como ratas que abandonaban el barco que se hundía.

Se desencadenó una lucha ideológica feroz contra la Revolución de Octubre y la economía planificada. En un mes Yeltsin había prohibido toda actividad política en los puestos de trabajo, una medida dirigida deliberadamente contra el Partido Comunista. Los yeltsinistas asaltaron los locales del PC, se incautaron de sus documentos e incriminaron al Partido en el intento de golpe. Pravda quedó suspendido y se cambió su personal. Después de la derrota del golpe, la KGB sacó una declaración: "Los miembros de la KGB no tuvieron nada que ver con los actos ilegales de un grupo de aventureros". Este acto de servilismo no les salvó. El temido órgano de represión fue tomado por Yeltsin y purgado. El Soviet Supremo dio el visto bueno al cese de todo el gobierno por parte de Gorbachov.

Todo el equilibrio de fuerzas quedó radicalmente alterado por estos acontecimientos. La rivalidad de poder entre Yeltsin, el presidente de Rusia, y Gorbachov como presidente de la Unión Soviética, había terminado. En la lucha por el poder Gorbachov quedó marginado. Los imperialistas presionaron a favor de la ruptura de la URSS y del movimiento hacia el capitalismo. Esto significó el colapso del estalinismo y la llegada al poder de un gobierno pro-burgués bajo Yeltsin decidido a llevar a cabo la restauración capitalista lo más rápidamente posible. El colapso del golpe produjo un fortalecimiento del ala abiertamente pro-capitalista de la burocracia. Cada noche se mostraba un número de teléfono en la televisión rusa para que cualquiera pudiera informar sobre vecinos o compañeros de trabajo que hubieran apoyado el golpe. Se quitó al PC el control de la TV y la radio oficiales. Pravda reapareció, pero ya no era el órgano del (ahora disuelto) Comité Central. Esto desató una oleada de propaganda contra los estalinistas. El alcalde de Moscú, Popov, recogió todas las estatuas comunistas en el parque Gorki y las declaró reliquias históricas.

Aprovechando la oportunidad, una república tras otra declaró su independencia. Los países Bálticos, Armenia y Georgia ya lo habían hecho, pero antes del final de agosto fueron seguidas por Ucrania, Bielorrusia, Moldavia, Azerbayán, y después Uzbekistán y Kirghizia. La desintegración de la Unión dejó a Gorbachov con poco poder y nada que decir. Él había abierto la puerta a la restauración capitalista y ahora era barrido por los mismos poderes que él había conjurado. Dado el colapso del golpe, la iniciativa estaba en manos de Yeltsin y los que estaban en favor de un movimiento rápido hacia la restauración capitalista. El Soviet Supremo enseguida concedió poderes extraordinarios a Yeltsin para gobernar por decreto. Parecía que el camino hacia el capitalismo estaba despejado.

Al mes siguiente, el Soviet Supremo ratificó la decisión de cambiar el nombre de la ciudad de Leningrado por su nombre pre-revolucionario de San Petersburgo, decisión que fue aprobada por referéndum en junio. Sverdlosvk se convirtió en Yekaterinburg, su nombre original. En diciembre, en el Kremlin, se sustituyó simbólicamente la bandera soviética por la rusa. Todo esto eran movimientos para erradicar la herencia de Octubre. El péndulo de la historia había retrocedido tanto que ahora se presentaba de la manera más favorable la vieja barbarie del régimen zarista. La contrarrevolución se manifestaba en la reaparición de la insignia zarista, la proliferación de grupos fascistas, la idea de la "Madre Rusia", y la restauración de la Iglesia Ortodoxa, la religión oficial del estado zarista.

Pero ¿significó el resultado del golpe una cambio decisivo en la situación? Según Popov, escribiendo en Izvestia, el 22 de agosto de 1992, Yeltsin "rechazó completamente la idea de convertir la victoria sobre los golpistas en una purga a gran escala del viejo sistema (...)". Martin Sixsmith concluye: "En muchos sitios la transferencia de responsabilidad de las estructuras del Partido a los organismos elegidos del Estado no dio el poder a los demócratas sino que se lo devolvió a los comunistas con un disfraz diferente".(13) Esto es lo que los imperialistas temían. Era indudablemente un paso hacia la restauración capitalista, pero no suficientemente decisivo. Dado el avance hacia la contrarrevolución, Yeltsin podía haber asumido poderes dictatoriales inmediatamente después del fracaso del golpe. Pero lo dejó para demasiado tarde. Dudó. "Entre agosto de 1991 y principios de 1992, el Sr. Yeltsin podía haber disuelto el parlamento sin grandes quejas", se lamenta The Economist (23/1/93). Esta incapacidad para actuar de manera decidida permitió al parlamento—representando al viejo complejo militar-industrial—recuperarse y desafiar a Yeltsin. Esto abrió un nuevo período de intensa rivalidad entre las dos alas de la burocracia. Más tarde, Yeltsin se vio obligado a legalizar el Partido Comunista, que en dos años le iba a desafiar en las elecciones.

La desintegración de la URSS había creado nuevos problemas para los Estados "independientes". ¿Qué relación iban a tener? Antes de poder responder, Yeltsin anunció que las repúblicas fronterizas con Rusia serían sometidas a una redefinición de las fronteras, en la medida en que había importantes poblaciones rusas en estas repúblicas a las que el Estado ruso tenía que defender. Ahora se oponía a la idea de la independencia debido a las implicaciones económicas y las minorías descontentas dentro de las fronteras de Rusia. En diciembre de 1991, a iniciativa de Yeltsin, Rusia, Ucrania y Bielorrusia formaron la Comunidad de Estados Independientes (CEI) y a finales del mes ocho repúblicas más se les habían unido.

Gorbachov se había quedado sin nada. Dimitió como presidente. Silenciosa e ignominiosamente, este elemento accidental dejó la escena de la historia por la puerta trasera, habiendo jugado su papel de caballo de Troya de la restauración capitalista. En las elecciones presidenciales celebradas cuatro años más tarde, los rusos emitieron un veredicto aplastante y bien merecido sobre este individuo. Mucho más importante fue el hecho de que después de siete décadas de los esfuerzos más titánicos y la transformación más destacable de la historia, la URSS había desaparecido.


8 M. McCauley, The Soviet union 1917-1991, p. 386
9 The Sunday Times, 25/8/91
10 The Wall Street Journal, 29/8/91
11 Edward Crankshaw, op. cit., pp. 63-4
12 Ibid., p. 64, énfasis mío
13 M. Sixsmith, Moscow Coup, p. 170



capítulo IX: El colapso del estalinismo
apartado.- Abolición de los controles de precios