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RUSIA
DE LA REVOLUCIÓN A LA CONTRARREVOLUCIÓN
IX- El colapso del estalinismo |
El intento de golpe de 1991
"El partido del Orden demostró,... que no sabía cómo gobernar ni cómo servir; cómo vivir ni cómo morir; cómo sufrir la república ni cómo derrocarla; cómo mantener la Constitución ni cómo tirarla por la borda; cómo cooperar con el presidente ni cómo tratar con él". (4)
En la mañana del 19 de agosto de 1991 aparecieron tanques en las calles de Moscú y otras ciudades importantes. El golpe de Estado estaba dirigido por el vicepresidente Gennady Yanayev (seguidor de la fracción estalinista de Ligachev), el primer ministro Valentín Pavlov y el ministro de defensa Yazov. Los dirigentes del golpe anunciaron en la radio que le habían organizado "por la incapacidad de Mijail Gorbachov para llevar a cabo sus deberes por razones de salud", y se introdujo un estado de emergencia para superar "la profunda crisis, la rivalidad política, étnica y civil, el caos y la anarquía que amenazan las vidas y la seguridad de los ciudadanos de la Unión Soviética". La verdad era que Gorbachov había sido puesto bajo arresto domiciliario en Crimea después de negarse a abandonar la presidencia.
El golpe no era una sorpresa. La Unión Soviética había estado llena de rumores durante meses. George Bush incluso llamó a Gorbachov para decirle que había oído rumores de un golpe militar inminente. Ya en diciembre de 1990 el grupo Soyuz de diputados parlamentarios había presionado a favor de una acción militar contra las repúblicas secesionistas, que debería de ir seguida de la declaración del estado de emergencia en todo el país. El intento de golpe representaba una acción desesperada de un sector de la burocracia para impedir la firma del Tratado de la Unión por parte de Gorbachov. Los golpistas estaban aterrorizados ante la perspectiva de la transferencia de más poder a las repúblicas, especialmente la república rusa bajo Yeltsin. Yanayev y la vieja guardia estaban intentando impedir la ruptura de la Unión Soviética y restablecer el poder de la casta militar. Sin embargo, el golpe fue un ensayo frustrado de principio a fin.
Boris Yeltsin que estaba en el edificio presidencial de la república rusa (la llamada Casa Blanca) se aprovechó de la situación para agrupar a todas las fuerzas "democráticas" contra los de la línea dura. En pocos días el golpe de estado había colapsado. Este golpe, sin embargo, no fue derrotado en las calles como algunos dijeron más tarde. La masa de los trabajadores era indiferente. El llamamiento de Yeltsin a la huelga general cayó en saco roto. Según el corresponsal moscovita del The Guardian (22/8/91): "La mayor parte de la gente estaba apática, cínica o simplemente demasiado asustada de las consecuencias como para obedecer el llamamiento a la huelga de Yeltsin". Los cinco años de perestroika habían acabado en un desastre de tiendas vacías, colas, escasez, una espiral de inflación, caos y la amenaza del hambre. Esto provocó un colapso del apoyo a Gorbachov (hasta un 14 por ciento en las encuestas) y un rechazo cada vez mayor hacia todos los políticos "reformistas".
La burocracia estaba profundamente dividida. Un sector quería mantener el status quo, o incluso volver hacia la represión, como bajo Breznev. Otro ala, representando a la burguesía naciente, quería ir hacia el capitalismo. Sin embargo, la masa de los trabajadores no veía ninguna diferencia fundamental entre los duros y los contrarrevolucionarios pro-capitalistas alrededor de Yeltsin. Su llamamiento a la huelga general contra el golpe de agosto recibió el apoyo público de Margaret Thatcher que llamó a los obreros rusos a apoyarla. Pero resultó ser un desastre total. El corresponsal de Reuters hizo la siguiente valoración: "El llamamiento de Yeltsin a la huelga tuvo una respuesta muy desigual. En la mayor cuenca minera de la Unión Soviética, Kuzbass, cuyos mineros se habían mostrado previamente dispuestos a utilizar su fuerza industrial como arma política contra el Kremlin, sólo la mitad de los obreros pararon el trabajo. En la cuenca de Vorkuta en Siberia, sólo cinco de las minas respondieron positivamente a Yeltsin". (5)
Sólo la mitad de los mineros del carbón se pusieron en huelga. Los obreros petrolíferos, un sector clave al que Yeltsin había hecho un llamamiento específico, decidieron no ir a la huelga. Lo mismo los obreros del gas. En Moscú la respuesta fue poca o nula. En Leningrado hubo unas pocas huelgas limitadas. En la ciudad natal de Yeltsin, Sverdlosvk, cinco empresas fueron a la huelga. Pero nada en los países bálticos, el Cáucaso o Asia Central. El entonces presidente del parlamento ucraniano, Leonid Kravchuk, tomó una posición ambigua con relación al golpe. El corresponsal de Reuters señaló que "Kravchuk estaba reflejando la opinión en las calles de Kiev, dónde los periodistas ucranianos informaron que mucha gente expresaba apoyo al golpe". (6)
El Banco Morgan Stanley da una versión similar en un informe que cita algunos testigos presenciales en su Review (17/9/91): "En Moscú hay un vacío de poder. No es que el centro no se mantenga. Simplemente no existe. Está de una parte. Por otra no hay ninguna revolución popular. La podrida camarilla del poder se encontró con muy poca resistencia democrática, y, sin embargo, el golpe, su edificio y el aparato de poder colapsaron". Más adelante: "De hecho la resistencia popular al golpe fue mínima durante la mayor parte de los primeros días (...) Estaba sorprendido en Moscú por la falta de revuelta popular". En otras palabras, la mayoría de los obreros no levantaron un dedo para resistirse al golpe. Y esto es por una razón muy buena: no confiaban en Yeltsin más que en Yanayev o Gorbachov.
Un observador ruso escribiendo en la misma publicación hablaba de una conversación en un autobús de Moscú el 19 de agosto: "Un hombre de edad madura dijo en voz alta que él estaba contento de la restauración del orden. Nadie le apoyó u objetó. Abatimiento y miedo, y quizás ecuanimidad y resignación colgaban sobre la gente". Este tipo de ejemplos se pueden repetir a voluntad y muestran gráficamente el ambiente en el momento del golpe.
Este punto de vista queda reforzado por el informe de la misma fuente que escribió que: "parece que la mayor parte del público habría aceptado silenciosamente la junta si hubiese triunfado el golpe (...) Por demagógica que fuera, su promesa de una mejora económica rápida le podría haber dado a la junta una oportunidad. Los sentimientos de frustración, desesperación y cinismo sobre el estado de la economía estaban tan generalizados que ninguno de los dirigentes que parecían capaces de conseguir algún progreso [es decir, hacia el capitalismo] podía esperar encontrar apoyo popular. No estoy seguro en absoluto que las amplias masas de la población entiendan y acepten la idea de que no existe ninguna alternativa a la terapia de choque".
El ambiente de la población quedó resumido por el corresponsal de la BBC Martin Sixsmith:
"El papel del pueblo soviético también estaba bajo escrutinio esa tarde: aquellos que fueron al parlamento o se manifestaron en las calles habían hecho su propia elección decidida en favor de la democracia. Pero, para decir la verdad, no había muchos: cincuenta mil en una ciudad de diez millones no es un porcentaje aplastante. Muchos más quizás se han opuesto al golpe en sus corazones, pero hicieron muy poco o nada para plasmar esa emoción concretamente. Hubo huelgas esporádicas, pero la mayoría de las empresas siguieron funcionando y había suficientes trabajadores del transporte dispuestos a trabajar como para mantener el funcionamiento de los autobuses y del metro. En este momento del golpe, Yeltsin no sólo se enfrentaba a los tanques del Kremlin sino también a la apatía de grandes sectores de la población.
"Incluso más desafiante fue el sentimiento, expresado por una cantidad considerable de soviéticos de a pie, de que se debería dar una oportunidad a los dirigentes del golpe, que difícilmente podían hacerlo peor que los que ya había en el poder y que por lo menos podía ser que restaurasen la ley y el orden. Especialmente atractivas para mucha gente eran las promesas de los golpistas de acabar con el auge del crimen, la espiral de conflictos étnicos que estaban azotando al país y los intentos de las repúblicas independentistas de romper la Unión". (7)
Según la información del The Sunday Times (25/8/91), los que se agruparon alrededor de Yeltsin eran "los que habían experimentado de primera mano los beneficios de la perestroika, que miraban más allá de la promesa de pan barato y mayores salarios y que no iban a volver a ser tratados fácilmente como ovejas". Este estrato se componía de millones de gente cualificada, estudiantes, ingenieros, especuladores y estraperlistas que veían en el movimiento hacia el capitalismo la posibilidad de ganar poder, riqueza y cargos. Estos componían la intelectualidad "reformista", en la que la mayoría de los obreros soviéticos no confiaba.
La hostilidad de esta capa contra la burocracia estalinista no tenía nada que ver con la "democracia" y mucho menos con la defensa de los intereses de los obreros, y sí tenía todo que ver con el ansia por conseguir su propio poder político. Para la clase obrera la "democracia" no es una cuestión abstracta. Si no le sirve para aumentar sus niveles de vida y el avance social, la "democracia" se convierte en un concepto legal vacío para las masas de la población. ¿Acaso eso quiere decir que los marxistas somos indiferentes ante la lucha por la defensa de los derechos democráticos? Nada más lejos de la realidad. Pero los obreros están obligados a defender los derechos democráticos con sus propios métodos independientes, completamente independientes de la burguesía "democrática".
Décadas de estalinismo monstruoso totalitario habían tenido el efecto de atrasar la conciencia de una manera que no se podía haber anticipado. El exterminio físico de los viejos bolcheviques consiguió romper el cordón umbilical que conectaba la nueva generación con las tradiciones de la Revolución. El propio éxito de la economía planificada provocó un cambio drástico en la composición del proletariado. Gran cantidad de antiguos campesinos emigraron a las ciudades donde fueron absorbidos por el crecimiento de la industria. En general esto significó un fortalecimiento enorme de la clase obrera. Sin embargo, la conciencia de la nueva generación de obreros soviéticos no era la misma que la de la generación de 1917. Su percepción de la revolución y el socialismo y el comunismo estaba marcada por la experiencia de la vida bajo el estalinismo.
La sicología de las masas rusas en este período no es difícil de entender: el "comunismo" ha fracasado. El capitalismo es incluso peor. Gorbachov, Yeltsin, todos hacen promesas, pero la situación de las masas cada vez es más desesperada. ¿Cuál es la alternativa? En estas condiciones, la lucha diaria por la supervivencia domina las mentes de las masas. La política se convierte en una palabra sucia. La corrupción, las mentiras y el gangsterismo abierto por todas partes reduce a los obreros, temporalmente, a la desesperación.
5 The Guardian, 22/8/91
6 The Guardian, 20/8/91
7 Martin Sixsmith, Moscow coup, p. 37
capítulo
IX:
El colapso del estalinismo
apartado.- ¿Podía haber triunfado el golpe?