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RUSIA
DE LA REVOLUCIÓN A LA CONTRARREVOLUCIÓN
VIII- De la política exterior a la cuestión nacional |
Crisis en Europa del Este
La crisis del estalinismo afectó a Europa del Este de manera especialmente aguda, porque allí el impasse del régimen burocrático se veía agravado por el sentimiento de opresión nacional. Las maravillosas tradiciones revolucionarias de la clase obrera polaca se demostraron una y otra vez en 1956, en 1970, 1976 y 1980. Sobre todo en 1980-81 el valeroso proletariado polaco estuvo muy cerca de derrocar el régimen burocrático. El poderoso movimiento de Solidaridad, que llegó a agrupar a 10 millones de trabajadores, podía haber tomado el poder. Trágicamente, este movimiento revolucionario en Polonia fue traicionado por la dirección de Solidaridad, dominada por Lech Walesa, los asesores reformistas y los intelectuales católicos. Esta capa buscó un compromiso con la burocracia dirigente, aterrorizada por el movimiento de la clase obrera, que se dirigía a tientas hacia la revolución política. Este intento de llegar a un compromiso con el régimen estalinista llevó a la derrota del movimiento y la llegada al poder del general Jaruzelski. Solidaridad fue prohibido en 1982. Sin embargo, el impasse del régimen y la recuperación del movimiento huelguístico llevó a Jaruzelski a tratar de implicar a los dirigentes reformistas de Solidaridad. Finalmente, los dirigentes del PC entregaron Polonia a los capitalistas nacientes, con la peculiaridad de que la vieja nomenclatura se quedó con la parte del león de las empresas privatizadas.
Cada vez más, el régimen se apoyaba en Walesa, atrayendo a sus seguidores a su órbita y utilizándolos para frenar a los obreros. En agosto de 1988 se habló por primera vez de negociaciones, que finalmente se abrieron en febrero de 1989, con la intención de llegar a un acuerdo sobre estabilización económica y la reforma política. Si se llegaba a un acuerdo, declaró el ministro del Interior, teniente general Kiszczak, que esperaba "compromiso y cooperación leal", entonces Solidaridad sería legalizado. Durante las negociaciones, Walesa hizo un llamamiento a una tregua en las huelgas, deseoso de colaborar con el ala reformista de la burocracia. En abril se llegó a un acuerdo sobre un plan de austeridad y el movimiento hacia una economía de mercado.
El colapso del viejo régimen estalinista fue el resultado de intensas contradicciones internas. La victoria electoral del Solidaridad en julio de 1989 representó la victoria de un gobierno burgués que iba hacia la restauración capitalista en Polonia. La elección de Walesa como presidente fue un paso más en esa dirección. Solidaridad obtuvo una victoria aplastante, con el 35% de los escaños en el Sejm (Cámara Baja). En el Senado obtuvo 99 de los 100 escaños. Treinta y tres miembros del gobierno que participaban en las elecciones en una lista de 35 candidatos sin oposición no consiguieron el 50% necesario en la primera vuelta, y fueron eliminados. Solidaridad fue invitado por Jaruzelski a participar en un gobierno de coalición. Walesa le dijo a Jaruzelski que Solidaridad le aceptaría como presidente. Hizo un llamamiento al Partido Obrero Unificado Polaco (POUP) a llevar las "reformas" más allá.
Nada más llegar al gobierno, la dirección de Solidaridad le dio la espalda a la clase obrera. Como siempre pasa con los políticos reformistas, el ex-disidente y ex-defensor de la teoría del capitalismo de Estado Jaceck Kuron fue nombrado ministro de Trabajo. Era un caso clásico de "cazador furtivo convertido en guarda forestal". En palabras de Kuron, reproducidas en The Wall Street Journal (10/11/89): "Durante mucho tiempo, la gente no podía ir a la huelga, así que alguien tenía que luchar por ellos. Eso es lo que hice. Solía cooperar con las huelgas. Ahora tengo que extinguirlas". Ese mismo mes se restablecieron relaciones diplomáticas plenas entre Polonia y el Vaticano, por primera vez después de casi cuarenta y cuatro años.
Como cabía esperar, a los imperialistas les faltó tiempo para empezar a pescar en río revuelto. Enseguida Jaruzelski recibió una visita de George Bush, que dio la bienvenida a las reformas que Polonia estaba introduciendo calificándolas de "indispensables". Se prometieron fondos, pero en realidad llegó muy poco dinero. Bush visitó los astilleros de Gdansk, donde fue recibido por una multitud de 20.000 personas. Después voló a Hungría, donde le esperaban otras 10.000 personas y habló ante el parlamento alabando las reformas de libre mercado, condenando el control estatal y haciendo un llamamiento a un mayor pluralismo político. En un discurso en la Universidad Karl Marx de Budapest, anunció que presionaría para que se enviase ayuda internacional para colaborar con Hungría en su camino hacia el mercado.
En agosto, la Asamblea Nacional polaca eligió como primer ministro a Tadeusz Mazowiecki, para dirigir un gobierno de coalición entre Solidaridad, el Partido Campesino y el Partido Democrático. Por aquel entonces Solidaridad se había convertido en una organización totalmente diferente a la de 1980-81. Su militancia había caído de 10 millones a 2,2 millones de afiliados. Se había escindido y degenerado políticamente a lo largo de la década. A medida que disminuía la participación de los obreros, la dirección se volvía más pro-burguesa. En 1990 su militancia había quedado reducida a un millón.
Por otra parte, los viejos sindicatos oficiales (OPZZ) tenían cinco millones de afiliados y amenazaban con huelgas contra las privatizaciones. Sobre la base de su experiencia, los obreros se empezaban a oponer a Walesa. El OPZZ en realidad no había sido en absoluto un auténtico sindicato, sino un brazo de la burocracia. Pero con la crisis del régimen se independizó cada vez más del Estado y empezó a defender los intereses del movimiento obrero organizado. Fueron empujados a oponerse a las medidas de austeridad del gobierno de Mazowiecki apoyado por Solidaridad. La reacción fue todavía más aguda entre los campesinos, amenazados de ruina por el mercado.
Walesa se convirtió en un defensor entusiasta de la contrarrevolución capitalista, viajando al extranjero para potenciar inversiones en Polonia. "Buscamos compradores para el 80% de la economía polaca. No podemos encontrarlos en Polonia porque los polacos son demasiado pobres", le dijo a un empresario estadounidense. Así, los abanderados del nacionalismo polaco empezaron a vender Polonia a precio de saldo al mejor postor extranjero. Los que habían dirigido el movimiento en 1980-81 ahora formaban parte del ala pro-capitalista de la burocracia. Pero ésa no fue la única transformación milagrosa.
Los antiguos dirigentes estalinistas abandonaron su "comunismo" por la economía de mercado. Tal y como informaba The Times (12/9/89): "Ha habido una ráfaga de dimisiones de apparatchiks que se apresuran a ir a compañías privadas o, en algunos casos, a comprar acciones de las empresas estatales privatizadas que dirigían en el pasado". Al igual que en otros países estalinistas, había ilusiones en el capitalismo en esta etapa incluso entre sectores de la clase obrera. En la fábrica de tractores Ursus, cerca de Varsovia, con 10.000 trabajadores, los obreros amenazaron con ir a la huelga exigiendo la privatización de su planta "y han declarado un voto de no confianza a la dirección por no introducir cambios radicales"(5). Esto es un comentario devastador sobre la bancarrota del estalinismo y el impasse en el que la burocracia había metido a Polonia. Sin embargo, en cinco años, estas ilusiones se evaporaron completamente. En Hungría se dio un proceso similar con el Partido Socialista Húngaro.
Gorbachov había animado al POUP a unirse a la coalición, lo que hizo, ocupando los ministerios de Interior y Defensa. La nueva coalición pro-burguesa introdujo rápidamente medidas de austeridad. Balcerowitz, el ministro de Economía, planificó la abolición de los principales subsidios, cambios en el índice de salarios, revisión de la seguridad social, abolición de los controles de precios, política monetaria rígida, reducción del gasto e impulso de la empresa privada. Se reabrió la Bolsa y se devaluó el zloty, la moneda nacional. Sin embargo, las primeras cinco empresas privatizadas atrajeron una cola de sólo 60 personas. Había mucha ansiedad y miedo sobre la llamada reestructuración, que amenazaba con bancarrotas y paro masivo. Según un informe, el 40% de los que votaron por el candidato independiente Tyminski en la primera vuelta dijeron que lo habían hecho por miedo a las privatizaciones.
Los ataques salvajes del gobierno de Mazowiecki, que provocaron paro masivo, caída de la producción y grandes aumentos de precios, inicialmente aturdieron al proletariado. Pero el descontento subyacente quedó revelado claramente en el frente electoral. La oposición al programa de austeridad relegó a Mazowiecki a la tercera posición en las elecciones presidenciales. Walesa se vio obligado a marcar distancias con la manera en que se estaban aplicando esas políticas, declarando que eran "insensibles para el hombre común". Uno de los factores que provocaron mayor indignación fue el espectáculo de antiguos burócratas "comunistas" transformándose en propietarios privados.
"Algunos de los más rápidos en los intentos de volver al capitalismo en Polonia son los propios comunistas", escribió The Independent (14/7/90). "Uno de las primeras empresas comunistas en ser privatizadas fue la compañía gigante de comida congelada 'Igloopol'. Entre los accionistas están el ex viceprimer ministro, un dirigente del títere Partido Campesino y un par de instituciones comunistas. El primer director también resultó ser el viceministro de Agricultura que concedió importantes subvenciones a la compañía (...) El espectáculo de la nomenklatura comunista convirtiéndose en los mejores a la hora de repartirse las empresas estatales enfureció a los polacos".
Así, el movimiento hacia el capitalismo en Polonia, lejos de introducir una nueva era de prosperidad y alegría, ha provocado contradicciones incluso mayores. En palabras de The Guardian: "Los que quieran tener éxito en transformar sus economías hacia el mercado tienen que infligir gran dolor sobre sus ciudadanos. Cuanto más quieran tener éxito, más dolor tienen que inflingirles".
Enfrentado a su propia crisis cada vez más profunda, Gorbachov dejó claro que el Kremlin no interferiría en los asuntos de Polonia o de ningún otro país de Europa del Este. No podía permitirse salvarles. La propia URSS también se enfrentaba a problemas nacionales crecientes en los países bálticos, Georgia, Azerbayán y otras repúblicas. De hecho, Gorbachov se apoyó en los dirigentes "reformistas" de Europa del Este contra la vieja guardia que se oponía a sus políticas. Él se había opuesto a Honnecker, y cuando visitó Alemania Occidental en 1989 y le preguntaron sobre el Muro de Berlín dijo que "nada es eterno" y que podría desaparecer "cuando desaparecieran las condiciones que generaron su necesidad". De esta manera, independientemente de sus intenciones, Gorbachov en la práctica segó la hierba bajo los pies de los dirigentes estalinistas de Europa del Este y dio luz verde a Occidente para intervenir.
Los imperialistas estaban prometiendo créditos y préstamos e incluso hablaban de un Plan Marshall para ayudar a la restauración del capitalismo. Sin embargo, esto en gran medida se quedó en palabras y poco más. La diferencia entre el Plan Marshall que se aplicó después de la Segunda Guerra Mundial y la situación actual se puede ver enseguida. Entre 1948 y 1952, EEUU proporcionó 13.000 millones de dólares (69.000 millones al valor actual), y otros 2.600 (13.900) entre 1951 y 1953. Estos prestamos y subvenciones tenían como intención reforzar la economía europea de posguerra como una barrera defensiva contra el peligro de revolución. En comparación, las cantidades concedidas a los países ex-estalinistas eran minúsculas. Occidente es muy receloso sobre la estabilidad de estos regímenes y tiene miedo de que entregas de dinero importantes desaparezcan fácilmente. Tal y como comentaba The Wall Street Journal (26/9/89): "Es complicado: es complicado políticamente, complicado económicamente y complicado en términos humanos".
El colapso del estalinismo en Alemania del Este, Checoslovaquia y Rumanía fue totalmente diferente. En estos casos, en cuestión de pocos meses (noviembre/diciembre de 1989), una serie de manifestaciones de masas derrocaron los regímenes burocráticos de la RDA, Checoslovaquia y Rumanía. La caída del Muro de Berlín simbolizó la caída del estalinismo. Temiendo la extensión del movimiento, el PC búlgaro decidió "reformarse" para mantener el control del poder. Después de una huelga de dos horas a finales de diciembre, decidió abrir conversaciones con la oposición, la Unión de Fuerzas Democráticas (UDF).
5 The Independent, 20/11/89
capítulo VIII: De la política exterior a la cuestión nacional
apartado.-
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