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RUSIA
DE LA REVOLUCIÓN A LA CONTRARREVOLUCIÓN
VIII- De la política exterior a la cuestión nacional |
Gasto armamentista
La Historia mundial desde 1914 ha sido la historia de los intentos de llegar a acuerdos y compromisos, intentos que acaban en explosiones más fuertes. El acuerdo temporal entre las llamadas potencias democráticas y la Unión Soviética en el transcurso de la guerra contra Hitler no duró mucho después del colapso del régimen nazi y Japón. Hacia el final de la guerra se había llegado a un pacto entre las potencias aliadas y la Unión Soviética para entrar en guerra contra Japón. Pero las potencias imperialistas cambiaron de política. Los japoneses estaban dispuestos a rendirse, pero el presidente Truman siguió adelante con su orden de soltar las dos bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki. Las bombas eran una advertencia a la Unión Soviética de lo que le podría pasar si no hacía lo que imperialismo de los EEUU quería. Sin embargo, Stalin se dio cuenta de que las tropas del imperialismo estaban cansadas del conflicto, y exigieron ser enviadas de vuelta a casa tan pronto como la guerra acabó. Las tropas soviéticas invadieron Manchuria y derrotaron al ejército japonés en diez días. Así que las bombas no consiguieron su objetivo.
Rápidamente las relaciones internacionales entraron en el periodo de la guerra fría, que a su vez llevó a la carrera de armamentos, dejando pequeño incluso el programa de rearme masivo de Hitler en 1933-39. Pero la carrera de armamentos se anulaba a sí misma. El intento de una superpotencia de conseguir ventaja en un terreno u otro era inmediatamente igualado por la otra. A la guerra fría le siguió un periodo de cierta détente, pero de carácter muy inestable. La carrera de armamentos también servía, a Occidente y a la Unión Soviética, para distraer la atención de la gente hacia un enemigo exterior fuera de las fronteras de su país. De esta manera, el imperialismo americano trataba culpar a la URSS de las explosiones sociales en el Tercer Mundo y, por otra parte, la burocracia soviética se presentaba a sí misma (con más justificación) como la fortaleza sitiada por el imperialismo.
Había una simetría destacable entre las crisis del capitalismo mundial y del estalinismo. Tanto el dominio de la burocracia como el de los monopolios sucumbieron a la arteriosclerosis. En ambos sistemas vimos una proliferación de despilfarro, caos y anarquía, que frenaban el libre desarrollo de las fuerzas productivas. Cada bando señalaba los fallos del otro, pero ninguno era capaz de jugar un papel progresista en el desarrollo de la sociedad. En Occidente, las fuerzas productivas habían ido más allá de los límites de la propiedad privada y de los estados nacionales. En el Este, en los países de bonapartismo proletario, se trataba de una crisis de control y planificación burocráticos. Además, estaba la crisis, agravada por la explotación imperialista, de los países empobrecidos del Tercer Mundo. La guerra y la pobreza son los compañeros inseparables de las contradicciones del sistema capitalista.
En sus primeros días, el Estado soviético gastaba poco en armas. La principal fuerza de la República Soviética residía en su política internacionalista y en el apoyo de los obreros del mundo, que destruyó los intentos de intervenir militarmente contra los bolcheviques en 1918-21. Aunque prestaban atención a las necesidades materiales de la defensa del Estado obrero, sin embargo, Lenin y Trotsky insistían en que la principal prioridad era la mejora de los niveles de vida y el bienestar de las masas de la población. En última instancia, ésa era la auténtica garantía de la seguridad del Estado obrero, además del apoyo de la clase obrera internacional.
Todo esto cambió con la victoria de la reacción estalinista. La burocracia, limitada y obtusa, se entregó a un programa masivo de gasto armamentista como medio de competir con el imperialismo en la arena mundial. Se basaba exclusivamente en maniobras diplomáticas y poderío militar. Durante todo el periodo de la guerra fría, el gasto militar fue un lastre enorme para la Unión Soviética. Dada la intensificación de la carrera de armamentos y el conflicto criminal entre las dos burocracias rivales en Moscú y Pekín, el gasto militar aumentó rápidamente, devorando una parte cada vez mayor de la riqueza producida por la clase obrera soviética.
Esto tuvo como consecuencia la creación de un poderoso complejo militar-industrial en la URSS, con sus propios intereses. Un asombroso 60% de la producción industrial se dedicaba, directa o indirectamente, al sector militar, un incubo monstruoso en la economía soviética. Al igual que en EEUU, el complejo militar-industrial gastaba cantidades colosales de dinero en mantener los intereses creados y el prestigio del ala militar de la burocracia.
Si este gasto se hubiese utilizado para fines productivos, tanto en el Este como en el Oeste, sin lugar a dudas podría haber resuelto todos los problemas económicos y sociales de los países subdesarrollados, tremendamente empobrecidos, de los países capitalistas y de la propia Unión Soviética. Pero imaginarse que el antagonismo se podía solucionar con "buena voluntad por ambas partes" era anhelar un regreso a las ideas de los socialistas utópicos, que pensaban que se podía convencer a los capitalistas para que adoptasen el socialismo apelando a su "buena voluntad". La política exterior, al igual que la política interior, reflejaba los intereses de los imperialistas, por un lado, y de la burocracia estalinista, por el otro.
Tan sólo en 1961, la URSS aumentó bruscamente sus gastos militares un 30%. Temerosos de la proliferación de misiles estratégicos bajo la administración Kennedy, a mediados de los años 60 los soviéticos cuadriplicaron su producción de misiles interbalísticos. Se encargaron más submarinos portamisiles. La flota de superficie se empezó a preparar para competir con las fuerzas de los EEUU. Con la intensificación de la guerra fría, la carrera de armamentos absorbía una cantidad cada vez mayor de recurso, causándole una importante sangría a la economía.
En Europa, la URSS siempre había tenido una superioridad militar en armas convencionales, número de hombres y tanques. Occidente consideraba la producción y el desarrollo de armamento nuclear como un medio para superar ese desequilibrio. Aunque las estimaciones sobre el gasto militar varían enormemente tanto para la URSS como para los EEUU, en 1980 el gasto militar soviético era de unos 26.000 millones de dólares, según ellos mismos, y de unos 185.000, según EEUU. La cifra de la URSS es demasiado baja, pero las estimaciones estadounidenses están infladas. Según el Instituto Internacional de Investigaciones por la Paz de Estocolmo, una fuente de información independiente más fiable, la URSS gastó ese año 107.000 millones de dólares y EEUU 111.000 millones en armamento.
Para la defensa de la URSS, Lenin y Trotsky confiaban principalmente en la propaganda revolucionaria y en un llamamiento internacionalista a la clase obrera mundial. Pero la burocracia no podía utilizar estos métodos, ya que un movimiento revolucionario de los obreros en Occidente amenazaría su propio dominio. En cualquier caso, un régimen totalitario grotesco de partido único, con una economía renqueante ahogada por la burocracia, no tenía ningún atractivo especial para los obreros de los países capitalistas avanzados aunque la situación era diferente para las masas en el Tercer Mundo.
A medida que pasaba el tiempo, el gasto de defensa se convirtió en una carga aplastante para las economías de Occidente y de la Unión Soviética y sus satélites. Sin embargo, las potencias imperialistas no estaban dispuestas a recortar demasiado la producción de armamentos a través de un acuerdo con la Unión Soviética. Un recorte masivo hubiera afectado al complejo militar-industrial en los países de la OTAN. Hubiera reducido un mercado vital para aquellas empresas capitalistas a las que se pagaba para producir chatarra mediante el desarrollo de nuevo armamento según el existente se quedaba obsoleto. Bajo el capitalismo, cualquier recorte sustancial hubiera agravado seriamente la crisis económica; bajo el estalinismo, hubiera entrado en contradicción con los intereses y el prestigio de la burocracia militar.
Sin embargo, sus contradicciones crecientes forzaron a las potencias imperialistas a buscar un "compromiso". Todos los poderes imperialistas sentían la carga del gasto militar y les agradaba la idea de recortar hasta cierto punto la factura. En la Unión Soviética, especialmente en la era Breznev, la inversión en defensa alcanzaba el 15% del PIB, lo que reducía el gasto en otros sectores y ralentizaba el crecimiento. El intento de alcanzar una détente con el imperialismo estadounidense a través del SALT y otros acuerdos tenía también la intención de recortar el gasto militar inútil, y parcialmente era un intento vano de llegar a una estabilidad global. A pesar de las contradicciones entre dos sistemas económicos incompatibles, ambos bandos dialécticamente reconocían que se necesitaban mutuamente. En realidad se apoyaban el uno en el otro. Los capitalistas intentaban justificar su sistema señalando con un dedo acusador a los regímenes dictatoriales en el Este, mientras que la burocracia trataba de justificar su dominio de casta privilegiada señalando a Vietnam, el paro y el racismo en Occidente.
Ninguno de los dos estaba interesado en actuar de manera seria contra el otro. Reconocían tácitamente las esferas de influencia de cada uno. Cada vez más, comerciaban entre sí. Pero eso no cambiaba las auténticas relaciones entre ellos: todavía se odiaban y temían. El antagonismo fundamental entre el mundo capitalista y las formas de propiedad nacionalizadas de los estados obreros deformados no había desaparecido. Y a pesar de todos los esfuerzos por llegar a un modus vivendi y estabilizar las relaciones mundiales, la situación seguía siendo tensa e inestable. En cualquier momento, toda la situación podía cambiar por una explosión en una parte u otra del planeta, haciendo emerger de nuevo todos los antagonismos latentes.
El consejero de Seguridad del presidente Carter, Zbigniew Brzezinski, declaró en una asombrosa entrevista al The New Yorker, evocando la película sobre un físico nuclear loco Doctor Strangelove: "Es incorrecto decir que la utilización de armas nucleares podría ser el fin de la raza humana. Es un pensamiento egocéntrico. Por supuesto que es horrendo contemplarlo, pero en términos puramente estadísticos, si EEUU utilizase todo su arsenal contra la Unión Soviética, y la Unión Soviética utilizara todo su arsenal contra Estados Unidos, no sería el fin de la humanidad. Eso es egocéntrico. Hay otros pueblos en el planeta"(1).
Incluso en la administración Reagan hubo discusiones entre el ejército y el gobierno acerca de la capacidad de EEUU para destruir la URSS en caso de guerra nuclear. Según Colin Gray y Keith Payne, que más tarde se convirtieron en empleados del gobierno estadounidense: "Washington debería identificar objetivos de guerra que en última instancia contemplarían la destrucción de la autoridad política soviética y el surgimiento de un orden mundial de posguerra compatible con los valores occidentales (...) La URSS, con su superconcentración exagerada de autoridad, caracterizada por su enorme burocracia en Moscú, sería altamente vulnerable a un ataque de este tipo"(2).
Por supuesto, estas opiniones no eran representativas de los sectores decisivos de la clase dominante, que entendían que la guerra nuclear no era una opción realista. A pesar del miedo generalizado a un holocausto, no había peligro de una guerra mundial porque en condiciones modernas una guerra nuclear entre las superpotencias acabaría inevitablemente en una Destrucción Mutua Asegurada (en inglés MAD). La clase burguesa no va a la guerra para entretenerse, sino para conquistar mercados extranjeros, materias primas y esferas de influencia. Una guerra nuclear hubiera significado el fin del planeta, precisamente por eso nunca se dio.
Reconociendo que el desarrollo de las fuerzas productivas es la clave para la estabilidad de cualquier sociedad, Gorbachov quería reducir el gasto armamentista, para poder producir más bienes de consumo y mejorar los niveles de vida de la población soviética, cada vez más descontenta. Por este motivo estaba dispuesto a hacer más concesiones en las negociaciones con el imperialismo que lo que se le ofrecía a cambio. Otra razón para la détente temporal entre el imperialismo y las burocracias estalinistas en los años 80 eran las peligrosas consecuencias sociales de la superexplotación de los países ex-coloniales.
Su deuda con el imperialismo había alcanzado 1,3 billones de dólares. Los crecientes tipos de interés y la diferencia cada vez mayor entre los precios relativamente bajos de las materias primas y alimentos, la principal producción de las economías subdesarrolladas, y los precios relativamente altos de los bienes de capital e industriales, producidos por los países metropolitanos, intensificaron la explotación del trabajo de las masas del Tercer Mundo. Esta explotación despiadada les empujaba a niveles de pobreza mayores que en ningún otro momento en los últimos 50 años. Esta era una fórmula para explosiones y revoluciones
1 Citado por F. Halliday en The
Making of the Second Cold War, p. 232
2 Ibid., p. 52
capítulo VIII:
De la política exterior a la cuestión nacional
apartado.- 'Coexistencia pacífica'