|
RUSIA
DE LA REVOLUCIÓN A LA CONTRARREVOLUCIÓN
III-Del Plan Quinquenal a las purgas |
La Revolución Alemana de 1923
La guerra mundial no había resuelto ninguno de los problemas del capitalismo mundial. De hecho los había agravado. El capitalismo se había roto por su eslabón más débil. Los intentos de destruir la joven República Soviética mediante guerras de intervención habían fracasado completamente. El capitalismo alemán, el más poderoso de Europa, se encontró desposeído de sus bienes y recursos, de parte de su territorio, cargando con el peso de enormes indemnizaciones de guerra y en general en una situación imposible. Los imperialistas británicos y franceses, los "vencedores" de la guerra, no estaban en esencia en mejor situación. Las masas coloniales y semicoloniales, animadas por la revolución rusa, estaban a punto de rebelarse; las de las metrópolis estaban descontentas, y la situación económica del imperialismo anglo-francés había empeorado considerablemente en comparación con el capitalismo japonés y norteamericano. Fue en esta situación internacional cuando estalló la crisis alemana de 1923. Alemania, con su alta capacidad productiva, tenía las alas cortadas por las restricciones impuestas por Versalles y se había convertido en el eslabón más débil de la cadena del capitalismo mundial. El impago de las indemnizaciones por parte de Alemania llevó a los capitalistas franceses a marchar sobre el Ruhr, lo que ayudó a completar el colapso de la economía alemana. La burguesía alemana se esforzó en descargar el peso de la crisis sobre las espaldas de la clase obrera y las capas medias, provocando una crisis aguda y una situación cada vez más revolucionaria en todo el país.
En esta situación, el colapso del marco alemán y la toma de las tierras del Rin por parte de los ejércitos del imperialismo francés en 1923 provocaron la revolución. Si Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht no hubieran sido asesinados en 1919, hay pocas dudas de que hubieran proporcionado la dirección necesaria para asegurar la victoria de la clase obrera. Esta afirmación puede parecer paradójica, dado el hecho objetivo de que Rosa Luxemburgo siempre había insistido en el papel central de la iniciativa espontánea del proletariado en la revolución, pero en realidad no hay contradicción. Incluso el movimiento de masas más turbulento necesita organización y dirección para poder vencer el poder del Estado burgués y transformar la sociedad. Los acontecimientos de 1923 son la prueba más clara de esto. Ante la ausencia de Luxemburgo y Liebknecht, el partido alemán sufrió una crisis de dirección. Los cambios subsiguientes, en los que la Internacional Comunista, bajo la inspiración de Zinoviev, jugó un papel altamente pernicioso, descabezaron al partido. La política de eliminar a dirigentes que no estuviesen a favor de Moscú sentó un precedente muy negativo, que más tarde fue utilizado para estalinizar la Internacional Comunista y, en última instancia, para destruirla. Era un método totalmente ajeno al bolchevismo. Los obreros no tenían la posibilidad de aprender mediante la experiencia, debatir los problemas y decidir por sí mismos qué dirigentes valían y cuáles no. Este proceso es necesariamente lento. Se tardan décadas en desarrollar los cuadros que permiten el surgimiento de una dirección auténticamente revolucionaria. Pero no hay atajos. El Partido Bolchevique se desarrolló precisamente así durante un largo periodo preparatorio antes de 1917. También cometieron todo tipo de errores. Pero a través de los errores, siempre que se admitan honestamente y se evalúen, se aprende y se avanza. Con maniobras burocráticas y el intento de establecer la infalibilidad de la dirección, no se puede construir un auténtico partido revolucionario ni en mil años.
Con estos métodos, Zinoviev y sus seguidores minaron completamente la dirección alemana. El resultado fue que, cuando estalló la oleada revolucionaria en 1923, estaban desorientados. Brandler se fue a Moscú a buscar consejos sobre qué hacer. Aquí el accidente jugó un papel. Tanto Lenin como Trotsky estaban enfermos y no pudieron recibirlo. En lugar de eso se encontró con Stalin y Zinoviev, que le dieron orientaciones totalmente equivocadas. Repitiendo su error de octubre de 1917, cuando él y Kámenev se opusieron a la insurrección, Zinoviev expresó abiertamente su escepticismo sobre las perspectivas revolucionarias en Alemania. Como siempre, el radicalismo verbal de la gente con tendencias burocráticas no es más que la otra cara de su conservadurismo innato y su falta de confianza en las masas. Zinoviev urgió cautela, y en la práctica aconsejó a los alemanes que no hicieron nada. Stalin fue todavía más crudamente oportunista. Su postura difería de la de Zinoviev sólo en que él ni siquiera estaba interesado en los problemas de la revolución alemana, que no eran más que una distracción de sus maniobras en el aparato. De mente estrecha y provinciano, tenía un arraigado desprecio por los obreros de Europa occidental, de los que pensaba que nunca iban a realizar una revolución. Con su oportunismo orgánico, Stalin aconsejó al partido alemán que no acometiese ninguna acción. Su consejo a los dirigentes alemanes fue sorprendente: "Dejad que los fascistas lo intenten primero"(!).
El éxito de la revolución no depende exclusivamente de la existencia de las condiciones objetivas en un país en un momento dado. También depende crucialmente de la existencia de lo que los marxistas denominamos el factor subjetivo, un partido revolucionario de masas con una dirección decidida y con una orientación clara. El viejo Engels ya explicó hace tiempo que, unas veces, pasan veinte años y parece que pasó un día, y otras, en 24 horas parece que pasaron veinte años. Esto quiere decir que una situación revolucionaria puede tardar años en desarrollarse, pero la oportunidad se puede perder en unos pocos días, a no ser que haya una dirección revolucionaria preparada que sepa aprovechar el momento. Si no es así, la oportunidad puede tardar décadas en volver a presentarse. Hay razones importantes para que las cosas sean así, como entenderá cualquiera que se pare a pensar un momento. ¿Cómo puede ser que un pequeño puñado de capitalistas puedan imponer su dominio sobre millones de hombres y mujeres? El sistema capitalista no recurre normalmente a la violencia para mantenerse (aunque utilizará los métodos más brutales si son necesarios). El secreto consiste en la enorme fuerza del hábito y la rutina que predomina en períodos "normales". Las masas se acostumbran a una vida de esclavitud y sumisión a sus "superiores" desde el momento de su nacimiento. Esta "normalidad" es santificada por la religión, la moralidad, las leyes y las costumbres, y no es cuestionada por la inmensa mayoría, que la considera como algo eterno y natural. Sólo en ciertos momentos críticos, cuando los grandes acontecimientos sacuden a las masas de su sopor, sólo entonces empiezan a liberarse del peso muerto de las costumbres y empiezan a buscar una salida por caminos nuevos y no probados. Estos periodos son excepcionales por su propio carácter.
Por este motivo es necesario preparar el partido revolucionario por adelantado. No se puede improvisar al calor de los acontecimientos. Este, en esencia, es el mensaje del libro de Trotsky Lecciones de Octubre, escrito en 1924 para dar a conocer a los cuadros de los jóvenes partidos comunistas, especialmente del partido alemán, la experiencia real del bolchevismo en 1917. La Revolución Rusa no era una excepción. Es cierto que, al igual que cualquier revolución, tenía ciertas peculiaridades concretas y que tuvo lugar en un país atrasado muy diferente de las industrializadas Alemania y Gran Bretaña. Pero hay muchas características que son comunes a todas las revoluciones, y por eso se pueden trazar paralelismos y extraer lecciones. Si la Revolución Rusa demuestra de manera positiva la corrección del bolchevismo, los acontecimientos alemanes de 1923 demuestran lo mismo, sólo que de manera negativa. En ambos casos la dirección jugó un papel decisivo. Pero mientras que la dirección de Lenin y Trotsky condujo a los obreros rusos a la victoria, los dirigentes del PC alemán, siguiendo los consejos de Stalin y Zinoviev, llevaron la revolución a la derrota.
Las direcciones de la Internacional y del partido alemán no estuvieron a la altura de las circunstancias y fueron incapaces de aprovechar la oportunidad. Un triunfo en Alemania hubiera llevado inevitablemente a la victoria en toda Europa. Pero al igual que en Rusia en 1917, en Alemania en 1923 secciones de la dirección vacilaron. Brandler y la dirección alemana en la práctica fueron frenados por Stalin, Radek y Zinoviev, que descartaron la propuesta de Trotsky de un plan para la insurrección y se encontraron con una tentativa de toma del poder furtiva y chapucera que acabó en un fiasco. Alarmado y escandalizado, Trotsky escribió Lecciones de Octubre en un intento de que los dirigentes de los partidos comunistas sacaran las conclusiones necesarias de los acontecimientos alemanes. Pero la camarilla de Stalin, Zinoviev y Kámenev, a escondidas, estaban apostando por el poder y no podían aceptar una discusión honesta de los acontecimientos alemanes, que hubiera dañado su prestigio. El trabajo de Trotsky fue el punto de partida de un ataque furioso contra el supuesto trotskismo, y su mensaje central quedó sepultado bajo una montaña de mentiras y calumnias. Ya se estaban sustituyendo los métodos de Lenin por los métodos propios de una burocracia dirigista que exige la aceptación acrítica de lo emanado de una dirección omnisciente e infalible como el Papa.
capítulo
III:
Del plan Quinquenal a las purgas
siguiente.-"Socialismo en un solo país"