RUSIA DE LA REVOLUCIÓN A LA CONTRARREVOLUCIÓN
Un análisis marxista


Autor Ted Grant
..Fundación Federico Engels

I- Balance de Octubre

Reacción brutal

En la guerra civil que siguió a Octubre, los generales reaccionarios se sucedieron unos a otros. Pero la idea de que las bayonetas de la Guardia blanca hubiesen implantado la democracia en suelo ruso es un auténtico disparate. Detrás de las líneas de los blancos, la vuelta de los viejos terratenientes y capitalistas marcó la venganza contra los obreros y campesinos. La gran mayoría de éstos no eran socialistas, aunque simpatizaban con los bolcheviques por su programa agrario revolucionario. Pero cuando se dieron cuenta de que los ejércitos blancos estaban del lado de los terratenientes, cualquier apoyo que hubieran podido tener se evaporó. Los generales blancos representaban la reacción zarista en su forma más brutal. Eran una anticipación del fascismo, aunque carecían de la base de masas de éste. Pero esto no hubiera hecho su dominio ni una pizca más placentero. En revancha por el susto que habían sufrido y para dar una lección a las masas, hubieran desencadenado un régimen de terror a gran escala. Los trabajadores y campesinos rusos hubieran sido sometidos a la pesadilla de un régimen totalitario burgués durante años, o décadas, similares a los de Franco o Pinochet. Hubiera sido un régimen de declive social, cultural y económico terrible.

Las horribles atrocidades de los ejércitos blancos de A.I. Denikin, A.V. Kolchak, N. Yudenich, P.N. Wrangel y otros reflejaban el pánico de una élite condenada. Wrangel se vanagloriaba de que, después de fusilar a un prisionero rojo, les daría a los otros la oportunidad de demostrar su "patriotismo" y "purgar sus pecados" en la batalla. Los prisioneros eran torturados hasta la muerte, los campesinos rebeldes ahorcados y se organizaban progromos monstruosos contra los judíos en las zonas ocupadas. En todas las zonas blancas se restauraba el poder de los terratenientes. Como medida de autodefensa, los bolcheviques recurrieron a la toma de rehenes. Víctor Serge recuerda:

"Desde las primeras masacres de prisioneros rojos por parte de los blancos, los asesinatos de Volodarsky y Uritsky y el atentado contra Lenin (en el verano de 1918), la costumbre de arrestar y, a menudo, ejecutar rehenes se había generalizado y legalizado. La Cheka (La Comisión Extraordinaria para la Represión de la Contrarrevolución, Especulación y Deserción), que llevaba a cabo detenciones masivas de sospechosos, ya tendía a determinar su suerte de manera independiente, bajo el control formal del Partido, pero en realidad sin que nadie lo supiera. Se estaba convirtiendo en un Estado dentro del Estado, protegida por el secreto militar y los procedimientos in camera. El Partido se esforzaba en poner a su cabeza a hombres incorruptibles, como el ex convicto Dzerzhinsky, un idealista sincero, despiadado pero caballeroso..." (V. Serge, Memoirs of a Revolutionary, p. 80).

La táctica de la toma de rehenes fue dictada por la extrema debilidad de las fuerzas armadas de la revolución en comparación con las fuerzas contrarrevolucionarias. La revolución estaba luchando desesperadamente por su propia supervivencia. En una situación de este tipo, los excesos eran inevitables, aunque Lenin y Dzerzhinsky hicieron todo lo posible para evitarlos. Las atrocidades de los blancos provocaron una reacción feroz:

"Sin embargo, las masacres en Munich reforzaron el estado mental terrorista, y las atrocidades cometidas en Ufa por las tropas del almirante Kolchak, que quemaron vivos a los prisioneros rojos, últimamente habían permitido a los chekistas prevalecer por encima de aquellos miembros del partido que esperaban un mayor grado de humanidad" (Ibid., p. 83).

Después de la derrota de Kolchak, los bolcheviques trataron de normalizar la situación. En enero de 1920, con la aprobación de Lenin y Trotsky, Dzerzhinsky propuso la abolición de la pena de muerte en todo el país, excepto aquellos distritos en los que todavía hubiera operaciones militares. El 17 de enero, el gobierno aprobó el decreto, firmado por Lenin como presidente del Consejo de Comisarios del Pueblo. Pero al cabo de tres meses la situación cambió de nuevo. El régimen polaco reaccionario de Pilsudski, con el apoyo de Gran Bretaña y Francia, atacó la Rusia soviética. Los polacos tomaron Kiev. La revolución corría peligro mortal. Se reimplantó la pena de muerte y se ampliaron los poderes de la Cheka. Aquí, otra vez más, vemos cómo la intervención extranjera que pretendía restaurar por la fuerza el viejo orden en Rusia obligó a la Revolución a utilizar métodos violentos para defenderse.

Sólo un hipócrita negaría el derecho de un pueblo a defenderse contra la amenaza de una contrarrevolución sangrienta por todos los medios a su alcance. Por supuesto que si uno considera que lo mejor para las masas es simplemente poner la otra mejilla y aceptar dócilmente la opresión, entonces tiene que condenar los métodos de los bolcheviques. Una filosofía de este tipo sólo puede significar la aceptación permanente de todos y cada uno de los regímenes reaccionarios que han existido en la historia. De hecho significaría la imposibilidad del progreso social en general. El auténtico motivo de los que calumnian la Revolución de Octubre no es la moralidad ni el amor a la humanidad, sino solamente la defensa cobarde del status quo.

Sólo los bolcheviques evitaron esta catástrofe, organizando al pueblo revolucionario en armas. Partiendo prácticamente de la nada, León Trotsky creó el Ejército Rojo, que rápidamente se transformó en una fuerza combatiente revolucionaria de más de cinco millones de soldados. Bajo la inspirada dirección de Trotsky, los restos hechos añicos del viejo ejército fueron cohesionados rápidamente en una nueva fuerza impresionante. Que el Ejército Rojo se crease con tanta rapidez a partir de la nada es una demostración suficiente de la base de masas de la revolución. En un primer momento muy pocos hubieran apostado por la supervivencia del nuevo régimen. Contra todo pronóstico, el Ejército Rojo hizo retroceder al enemigo en todos los frentes.

Incluso los enemigos de la revolución reconocieron los destacables logros de Trotsky, como demuestran las siguientes citas de oficiales y diplomáticos alemanes:

"Max Bauer más tarde rindió tributo a Trotsky como 'organizador y dirigente militar nato,' y añadió:

"'La manera en que creó un ejército nuevo a partir de la nada en medio de grandes batallas y después lo organizó y entrenó, es absolutamente napoleónico'.

"Y Hoffman emitió el mismo veredicto:

"Incluso desde un punto de vista puramente militar resulta asombroso que las tropas rojas recién reclutadas fuera capaces de aplastar a las fuerzas, en algún momento todavía fuertes, de los generales blancos y eliminarlas totalmente" (E. H. Carr, The Bolshevik Revolution, 1917-23, vol. 3, p. 326).

La victoria de los oprimidos en lucha abierta contra sus antiguos amos es sin duda uno de los episodios más inspiradores en los anales de la historia, tan rica en revueltas derrotadas de los oprimidos. Una vez más, tenemos derecho a preguntar a los calumniadores de Octubre: ¿Cómo pudo este pequeño grupo de conspiradores conseguir derrotar a los poderosos ejércitos de los guardias blancos apoyados por veintiún ejércitos extranjeros? Semejante gesta sólo se puede concebir si admitimos que los bolcheviques tenían el apoyo activo no sólo de la clase obrera, sino también de sectores amplios de los campesinos medios y pobres. Llegados a este punto, todo el mito de la conspiración de una minoría colapsa por su propio peso. La revolución bolchevique no fue un golpe, sino la revolución más popular de la historia. Sólo así se puede entender que los bolcheviques fueran capaces, contra todo pronóstico, no sólo de tomar el poder, sino de conservarlo firmemente. Todo esto se hizo sobre la base de la democracia obrera, un régimen que da a la clase obrera derechos mucho más amplios que el régimen burgués más democrático.



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El internacionalismo de Lenin

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