RUSIA DE LA REVOLUCIÓN A LA CONTRARREVOLUCIÓN
Un análisis marxista


Autor Ted Grant
..Fundación Federico Engels

I- Balance de Octubre

El campesinado y los sóviets

La Revolución de Octubre fue prácticamente pacífica porque ninguna clase estaba dispuesta a defender el viejo orden, ni el gobierno provisional ni la Asamblea Constituyente, tal y como el propio Kerensky reconoce. Los campesinos no estaban dispuestos a luchar para defender la Asamblea Constituyente. En contraste, en la guerra civil que vino a continuación, la mayoría de los campesinos se agruparon alrededor de los bolcheviques tan pronto como experimentaron el papel de los Guardias Blancos y vieron el papel de los eseristas de derechas y los mencheviques, que invariablemente prepararon el camino para la contrarrevolución blanca. Bajo la dictadura de los diferentes generales blancos, los viejos terratenientes volvieron. Los campesinos quizás no entendían mucho de política, pero entendieron que los bolcheviques eran los únicos que estaban dispuestos a darles la tierra, lo que hicieron por decreto el día después de la Revolución, mientras que los llamados partidos campesinos simplemente eran una fachada para encubrir la vuelta de los viejos esclavistas. Y eso fue suficiente para decidir el asunto.

En su libro de reciente aparición —A people's tragedy. The Russian Revolution, 1891-1924 (La tragedia de un pueblo. La revolución rusa 1891-1924)— que, por algún motivo desconocido, se presenta como un estudio serio de la revolución rusa, Orlando Figes no pierde oportunidad para mostrar una hostilidad especialmente venenosa hacia el bolchevismo. Esto es típico del nuevo estilo, casi podríamos llamarlo un genero, de historias "académicas" cuya única intención es calumniar a Lenin e identificar a la Revolución de Octubre con el estalinismo. Pero incluso este autor se ve obligado a admitir:

"Había una indiferencia incluso más profunda entre el campesinado, la base tradicional de apoyo del partido eserista. La intelectualidad eserista siempre se había equivocado en su creencia de que los campesinos compartían su veneración por la Asamblea Constituyente. Para los campesinos educados, o aquellos que habían estado influidos suficientemente por la propaganda de los eseristas, la Asamblea era quizás un símbolo político de 'la revolución'. Pero, para la mayoría de los campesinos, cuyo punto de vista político se circunscribía a los límites de su propia aldea y campos, sólo era una cosa lejana en la ciudad, dominada por los 'jefes' de los diferentes partidos, que ellos no entendían y que era bastante diferente a sus propias organizaciones políticas. Era un parlamento nacional, anhelado durante mucho tiempo por la intelectualidad, pero los campesinos no compartían la concepción que tenía la intelectualidad de la nación política, su lenguaje de 'Estado ', 'democracia', 'derechos y deberes civiles' les era ajeno, y cuando utilizaban esta retórica urbana le adjuntaban un significado específicamente 'campesino' para ajustarse a las necesidades de sus propias comunidades. Los sóviets campesinos se aproximaban mucho más a los ideales políticos de las masas rurales, siendo a todos los efectos, ni más ni menos, sus tradicionales asambleas de aldea pero con una forma más revolucionaria. A través de los sóviets de aldea y de volost (provincia), los campesinos ya estaban llevando a cabo su propia revolución en la tierra, y no necesitaban la sanción de un decreto de la Asamblea Constituyente (ni siquiera del propio gobierno soviético) para completarla. Los eseristas de derechas no podían entender este hecho fundamental: que la autonomía de los campesinos a través de sus sóviets de aldea, desde su punto de vista, había reducido el significado de cualquier parlamento nacional, ya que ellos ya habían conseguido su volia, el viejo ideal campesino de autogobierno. La masa de los campesinos, por costumbre o por respeto a los ancianos de su aldea, iban a votar por los eseristas en las elecciones a la Asamblea Constituyente, seguro. Pero muy pocos estaban dispuestos a luchar en la batalla de los eseristas por su restauración, tal y como la miserable caída de Komuch iba a demostrar en el verano de 1918. Prácticamente todas las resoluciones de las aldeas sobre este tema dejaban claro que no querían la restauración de la Asamblea como 'el amo político de la tierra rusa', en palabras de una de ellas, con una autoridad superior a la de los sóviets locales" (O. Figes, A people's tragedy - The Russian Revolution, 1891-1924, pp. 518-9).

Y como ilustración de este hecho, Figes cita las palabras del eserista de derechas Boris Sokolov, que conocía de cerca las opiniones de los campesinos por su trabajo como agitador en el ejército:

"La Asamblea Constituyente era algo totalmente desconocido y poco claro para las masas de soldados en la primera línea del frente; era sin duda terra incognita. Sus simpatías estaban claramente con los sóviets. Estas eran las instituciones que tenían cerca y las apreciaban, les recordaban sus propias asambleas de aldea... Yo mismo tuve ocasión de oír a los soldados en más de una ocasión, a veces incluso los más inteligentes de ellos, poner objeciones a la Asamblea Constituyente. Para la mayoría de ellos estaba asociada a la Duma Estatal, una institución que les era remota: '¿Para qué necesitamos ninguna Asamblea Constituyente, cuando ya tenemos nuestros sóviets, donde nuestros propios diputados pueden reunirse y decidirlo todo?' (Ibid., p. 519).

Por cierto que las protestas indignadas de los historiadores burgueses sobre este tema revelan o bien una ignorancia completa de la historia, o una memoria altamente selectiva. El dirigente de la revolución inglesa, Oliver Cromwell, utilizó su Ejército Modelo para disolver el parlamento por razones muy parecidas a las que convencieron a los bolcheviques para clausurar la Asamblea Constituyente. Los moderados presbiterianos que dominaban el parlamento representaban los primeros despertares incoherentes y poco claros de la revolución. Llegados a cierto punto, se transformaron en una fuerza conservadora, bloqueando el paso a las masas pequeño-burguesas radicalizadas, que querían ir más allá. No hay duda que la eliminación de ese obstáculo fue fundamental para la victoria de los roundheads.

En la Revolución Francesa se dio un proceso análogo, cuando la tendencia más consecuentemente revolucionaria, los jacobinos, purgó repetidamente la Convención Nacional y enviaron a sus oponentes a la guillotina. De nuevo, está claro que sin una acción decidida de ese tipo la revolución nunca hubiera podido triunfar contra los poderosos enemigos que se levantaban contra ella dentro y fuera de las fronteras de Francia. Se han lanzado todo tipo de argumentos morales y legales contra los jacobinos. Pero todos pierden de vista lo principal: la esencia de una revolución es la ruptura decisiva con el viejo orden; la resistencia feroz de las viejas clases poseedoras a veces obliga a la revolución a tomar medidas drásticas para su propia salvación. Pero nadie ha explicado todavía cómo Cromwell o Robespierre podían haber conseguido llevar adelante la revolución si hubiesen actuado de otra manera. Después de disolver el Parlamento Largo, Cromwell comentó: "No hubo ni siquiera el ladrido de un perro ni ninguna aflicción general y visible por ello" (Sir Charles Firth, Oliver Cromwell, p. 319). Lo mismo se podría decir de la reacción de las masas ante la disolución de la Asamblea Constituyente. En cualquier caso, la revolución bolchevique, hasta que se dio la intervención imperialista, fue infinitamente más pacífica que ninguna de sus dos precursoras.

En el Tercer Congreso Panrruso de los Sóviets, en enero de 1918, Lenin dijo: "Se envía con mucha frecuencia al gobierno delegaciones de obreros y campesinos que preguntan cómo deben proceder, por ejemplo, con estas o aquellas tierras. Y yo mismo me he encontrado con situaciones embarazosas al ver que no tenían un punto de vista muy definido. Y yo les decía: ustedes son el poder, hagan lo que deseen hacer, tomen todo lo que les haga falta, les apoyaremos(...)" (Lenin, Obras Completas, vol. 35, p. 285). En el XVII Congreso del Partido, unos pocos meses después, puso énfasis en que: "(...) una minoría, el Partido, no puede implantar el socialismo. Podrán implantarlo decenas de millones de seres cuando aprendan a hacerlo ellos mismos" (Lenin, Obras Completas, vol. 36, p. 57).

Estas declaraciones de Lenin, que se pueden multiplicar a voluntad, reflejan su confianza profundamente arraigada en la capacidad de los trabajadores para decidir su propio destino. Esta contrasta agudamente con las mentiras de los historiadores burgueses, que han intentado ensuciar las ideas democráticas del leninismo con los crímenes del estalinismo. Esta "dictadura del proletariado" era en todos los sentidos una auténtica democracia obrera, a diferencia del posterior régimen totalitario de Stalin. El poder político estaba en manos de las masas, representadas a través de los sóviets. Al principio incluso los partidos burgueses (aparte de las Centurias Negras ultrarreaccionarias y antisemitas) tenían libertad para organizarse. Fueron sólo las exigencias de la guerra civil subsiguiente y las peligrosas actividades de los saboteadores y contrarrevolucionarios, las que forzaron a los bolcheviques a prohibir los demás partidos, como medida temporal. Por ejemplo, los eseristas de izquierda pasaron a la oposición y amenazaron con sabotear la revolución asesinando al embajador alemán, el conde Mirbach, para empujar a Rusia a la guerra con Alemania. Los eseristas de izquierda también llevaron a cabo un intento fallido de asesinato contra Lenin en 1918, que al final acabó por acortar su vida seis años después.

Tan pronto como los obreros y campesinos tomaron el poder, se tuvieron que enfrentar a la intervención imperialista armada para derrocar el poder soviético. A principios de 1918, fuerzas navales francesas y británicas ocuparon Murmansk y Arcángel, en el norte de Rusia. En pocos días, sus fuerzas marchaban hacia Petrogrado. En abril, los japoneses entraron en Vladivostok y se estableció un "Gobierno Panrruso" en Omsk. Al cabo de dos meses, este gobierno fue derrocado por un golpe que colocó al almirante Kolchak como dictador. Mientras tanto, el imperialismo alemán ocupaba Polonia, Lituania, Letonia y Ucrania en colaboración con los generales blancos Krasnov y Wrangel. El pretexto que utilizaron fue el de "ayudar a la población en lucha contra la tiranía bolchevique". Una ofensiva envolvente amenazó con tomar Petrogrado en el otoño de 1919. "Estábamos entre la espada y la pared", escribió Trotsky.

Mucho se ha dicho sobre el llamado Terror Rojo y los medios violentos utilizados por la Revolución para defenderse. Pero lo que convenientemente se olvida es que la Revolución de Octubre en sí misma fue prácticamente pacífica. El auténtico baño de sangre se produjo durante la guerra civil, cuando la República Soviética fue invadida por veintiún ejércitos extranjeros. Los bolcheviques heredaron un país arruinado y un ejército hecho añicos. Inmediatamente se enfrentaron a una rebelión armada por parte de Kerensky y los oficiales blancos, y más tarde por parte de los ejércitos de intervención extranjera. En un momento dado, el poder soviético quedó reducido a sólo dos provincias, el equivalente al antiguo principado de Moscú. Sin embargo, los bolcheviques consiguieron rechazar la contrarrevolución. Incluso si aceptamos (incorrectamente) que Lenin y Trotsky se las arreglaron de alguna manera para tomar el poder a la cabeza de un pequeño grupo de conspiradores sin el respaldo de las masas, la idea de que pudieron derrotar a las fuerzas combinadas de los guardias blancos y los ejércitos extranjeros con tan escaso apoyo es francamente absurda.

La guerra necesariamente implica violencia, y la guerra civil más que ninguna otra. El Estado obrero, débil y atrincherado, se vio obligado a defenderse con las armas en la mano o rendirse a los ejércitos blancos, que como todos los ejércitos contrarrevolucionarios de la historia utilizaron los métodos más bestiales y sangrientos para aterrorizar a los obreros y campesinos. Si hubiesen triunfado, hubiese significado un océano de sangre. No hay nada más cómico que la afirmación de que, si los bolcheviques no hubiesen tomado el poder, Rusia hubiera avanzado por el camino de una próspera democracia burguesa. ¿Cómo encaja esta idea con los hechos? Ya en el verano de 1917, el levantamiento del general Kornilov demostró que el régimen inestable de doble poder que se había establecido en febrero se estaba resquebrajando. La única duda era en saber quién conseguiría establecer una dictadura: Kerensky o Kornilov.

A todos los ataques hipócritas contra los bolcheviques por el llamado Terror Rojo hay una respuesta muy simple. Incluso el gobierno capitalista más democrático del mundo no toleraría nunca la existencia de grupos armados que intentasen derrocar el orden existente por medios violentos. Tales grupos serían inmediatamente puestos fuera de la ley y los dirigentes encarcelados o ejecutados. Esto se considera perfectamente normal, legal y aceptable. Y, sin embargo, no se aplican los mismos criterios al sitiado gobierno bolchevique, luchando por su supervivencia y atacado por sus enemigos por todos los flancos. La hipocresía es todavía más nauseabunda si tenemos en cuenta el hecho de que precisamente estos gobiernos occidentales "democráticos" organizaron la mayor parte de las ofensivas militares contra los bolcheviques en ese periodo.

En la Conferencia de Paz de Versalles, los gobiernos victoriosos de los Aliados ya se estaban preparando para derrocar a los bolcheviques: "Bullit, en su declaración ante el comité de relaciones extranjeras del Senado, describió de esta manera el ambiente general en la conferencia de París, en abril de 1919: 'Kolchak realizó un avance de 100 millas e inmediatamente toda la prensa de París estaba rugiendo y chillando sobre el asunto, anunciando que Kolchak estaría en Moscú en dos semanas; y por lo tanto todo el mundo en París, incluyendo, lamento decir, miembros de la comisión americana, se volvió cada vez más tibio respecto a la paz en Rusia, porque pensaban que Kolchak llegaría a Moscú y eliminaría el gobierno soviético" (E. H. Carr, The Bolshevik Revolution, 1917-23, vol. 3, p. 121, nota al pie nº 1).

El carácter antidemocrático de la burguesía rusa era evidente incluso antes de la Revolución de Octubre, cuando clamaban por un Napoleón que restaurase el "orden". Según el gran capitalista Stepan Georgevitch Lianozov:

"La revolución es una enfermedad. Tarde o temprano las potencias extranjeras tendrán que intervenir en nuestros asuntos como intervienen los médicos para curar a un niño enfermo y ponerlo en pie (...) El transporte se ha venido abajo, se cierran las fábricas y los alemanes avanzan. Tal vez el hambre y la derrota despierten el sentido común en el pueblo ruso" (J. Reed, Diez días que estremecieron el mundo, p. 36).

A propósito, la calumnia repugnante de que Lenin era un "agente alemán", que increíblemente todavía está en circulación, no casa con los hechos. No fue Lenin, sino la burguesía rusa la que era pro alemana y quería vender Rusia al enemigo, tal y como demuestran los comentarios de Lianozov. Esto no era una excepción, sino la regla en Octubre. Estos "patriotas" en la práctica anhelaban la llegada del ejército alemán. Preferían la bota extranjera al gobierno de los obreros y campesinos rusos. Este ambiente pro alemán estaba muy extendido entre las clases poseedoras. Louise Bryant recuerda una conversación en la casa de una familia rusa acomodada:

"En la mesa, la conversación derivó hacia la política. Todos empezaron a maldecir a los bolsheviki. Decían que sería maravilloso si los alemanes viniesen y tomasen el control... Siguió una conversación sobre los alemanes y la mayor parte de los presentes se declaró a favor de una invasión alemana. Sólo para probarles pedí que votaran sobre lo que preferirían en realidad: el gobierno de los soldados y obreros o el del Káiser. Todos menos uno votaron por el Káiser" (Louise Bryant, Six Red Months in Russia, pp. 126 y 131).


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