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RUSIA
DE LA REVOLUCIÓN A LA CONTRARREVOLUCIÓN
I- Balance de Octubre |
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Colapso sin precedentes |
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Ese mismo año, la producción de mineral de hierro y de hierro fundido cayó a sólo el 1,6% y 2,4% respectivamente de sus niveles de 1913. El carbón, al 17%; la producción general de bienes manufacturados al 12,9%. La producción agrícola cayó un 16% en dos años (1917-19), y las caídas más fuertes correspondían a aquellos productos que las aldeas exportaban a las ciudades: el cáñamo cayó un 26 por ciento, el lino un 32 por ciento y el forraje un 40%. Los mejores resultados fueron los del petróleo, que se mantuvo en el 41% de su nivel de 1913. Lenin caracterizó el periodo del comunismo de guerra como "comunismo en una fortaleza asediada". En estos años hubo un colapso sin precedentes de la industria y la agricultura. La inflación se disparó en una espiral incontrolable. La cosecha en 1921 fue de sólo 37,6 millones de toneladas, un 43% de la media de preguerra. Como consecuencia, millones de personas perecieron de inanición y enfermedades. Según Pierre Sorlin: "Las epidemias se extendían fácilmente. Enfermedades contagiosas que no se habían llegado a controlar totalmente a principios del siglo se extendieron de nuevo rápidamente. Entre 1917 y 1922, unos 22 millones de personas contrajeron el tifus; en 1918-19, la mortalidad oficial por esta enfermedad fue de 1,5 millones, y el censo estaba probablemente incompleto. El cólera y la escarlatina provocaron menos muertes, pero afectaron a 7 u 8 millones de rusos. La tasa de mortalidad era astronómica (...) y en el país en su conjunto (...) se duplicó. Por otra parte, la tasa de nacimientos cayó considerablemente, alcanzando apenas el 13 por mil en las ciudades importantes y el 22 por mil en el campo. Entre el final de 1918 y el principio de 1920, las epidemias, el hambre y el frío habían matado a 7,5 millones de rusos; la guerra mundial se había cobrado 4 millones de víctimas" (citado por M. Liebman, Leninism under Lenin, p. 346). "En julio de 1918, Lenin dijo: 'El pueblo está como un hombre al que se le ha golpeado casi hasta la muerte'. En enero de 1919: 'Las masas hambrientas están exhaustas y [su] agotamiento es a veces más que lo que la resistencia humana puede soportar'. En diciembre de 1919: 'Estamos sufriendo una crisis desesperada, un [nuevo] flagelo nos azota, los piojos, y el tifus está acribillando a nuestras tropas... ¡O los piojos derrotan al socialismo, o el socialismo derrotará a los piojos!'. En diciembre de 1920 habló de 'condiciones espantosas'; en abril de 1921, de 'la situación desesperada'. En junio de 1921 dijo: 'Ningún país ha sido tan devastado como el nuestro" (Ibid., p. 214, énfasis en el original). La guerra, el hambre y las enfermedades aniquilaron a millones. En 1920 se informó de casos de canibalismo. En total, la pequeña clase obrera se redujo al 43% de su tamaño. Pero ni siquiera estas cifras nos dan una visión completa de la catástrofe, ya que dejan de lado el declive de la productividad del trabajo de aquellos obreros andrajosos medio muertos de hambre que se quedaron en las fábricas. "El proletariado industrial (...)", dijo Lenin, "debido a la guerra y la pobreza y ruina desesperadas se ha desclasado, es decir, ha sido desalojado de su rutina de clase, ha dejado de existir como proletariado. El proletariado es la clase que participa en la producción de bienes materiales en la industria capitalista a gran escala. En la medida en que la industria a gran escala ha sido destruida, en la medida en que las fábricas están paradas, el proletariado ha desaparecido. A veces aparece en las estadísticas, pero no se ha mantenido unido económicamente" (Lenin, Collected Works, vol. 33, p. 65). Esta situación sin paralelo en la que la clase obrera como clase casi había "dejado de existir" tuvo consecuencias extremadamente graves para las posibilidades de establecer un régimen viable de democracia obrera. El Estado obrero se apoyaba en una clase obrera atomizada. Sectores enteros de los obreros más avanzados, los cimientos de la revolución, habían perecido en los frentes de la guerra civil y las hambrunas. Muchos obreros se vieron obligados a vagar por el campo en busca de comida. Esto provocó un problema político crónico. Las estructuras soviéticas simplemente dejaron de funcionar. Los sóviets, como órganos de poder obrero, cayeron en desuso. No podía ser de otra manera dadas las condiciones económicas y sociales prevalecientes. El Congreso Panrruso de los Sóviets, la máxima autoridad de la República, sólo se reunió una vez al año entre noviembre de 1918 y diciembre de 1922. El Comité Ejecutivo de los Sóviets también tuvo una regularidad menor y su poder pasó a un pequeño presidium. El control obrero desapareció cuando las fábricas dejaron de funcionar. El poder se concentraba y centralizaba cada vez más en manos del gobierno y el aparato del partido, que a su vez se enredaba más en el aparato del Estado. Las condiciones del proletariado no le permitían mantener en sus manos las palancas del poder político. Y esto no lo podía cambiar ningún decreto gubernamental. Lenin reconoció los peligros y tomó medidas, por lo menos para aliviar parcialmente la situación. Pero no había ninguna solución que no fuese la revolución mundial. "El país, y el gobierno con él, estaban al mismísimo borde del abismo", declara Trotsky. El destino de la revolución se encontraba de nuevo en la cuerda floja. Las insurrecciones campesinas en Tambov y otros lugares llevaron las cosas a una situación límite. Ya no se podía continuar más tiempo de esa manera. Con el final de la guerra civil, la necesidad de un cambio político drástico era cada vez más evidente. Lo más importante para los bolcheviques era resistir tanto como fuera posible hasta que llegase la ayuda de Occidente. La rebelión de la guarnición naval de Kronstadt, en 1921, creó una situación muy grave. Sobre este acontecimiento se han escrito tantas falsificaciones, que se ha convertido prácticamente en un mito. El propósito es, como siempre, desprestigiar a Lenin y Trotsky y demostrar que el bolchevismo y el estalinismo son iguales. Resulta llamativo que todo el vocerío de indignación sobre Kronstadt une a los burgueses y socialdemócratas que se opusieron a Octubre con los anarquistas y ultraizquierdistas. Pero estas alegaciones no tienen nada que ver con la verdad. La primera mentira es identificar a los amotinados de Kronstadt con los heroicos marineros rojos de 1917. No tienen nada en común. Los marineros de Kronstadt en 1917 eran obreros y bolcheviques. Jugaron un papel vital en la Revolución, junto a los obreros de la cercana Petrogrado. Pero prácticamente toda la guarnición de Kronstadt se presentó voluntaria para combatir en las filas del ejército rojo durante la guerra civil. Fueron dispersados por los diferentes frentes; la mayoría no volvieron. La guarnición de Kronstadt en 1921 se componía principalmente de levas de campesinos inexpertos de la Flota del Mar Negro. Una mirada superficial a los apellidos de los amotinados demuestra inmediatamente que casi todos ellos eran ucranianos. Otra mentira se refiere al papel de Trotsky en el episodio. En realidad, no jugó ningún papel directo, aunque como Comisario de Guerra y miembro del gobierno soviético aceptó plena responsabilidad por ésta y otras acciones gubernamentales. La toma de la fortaleza de Kronstadt por parte de los amotinados puso al Estado soviético en grave peligro, dado que acababa de salir de una guerra civil sangrienta. Es cierto que la delegación negociadora bolchevique, dirigida por Kalinin, llevó mal las negociaciones con la fortaleza, lo que inflamó una situación ya de por sí grave. Pero cuando los amotinados habían tomado la base naval más importante de Rusia, no quedaba margen para los compromisos. El principal peligro era que Gran Bretaña y Francia utilizaran sus armadas para ocupar Kronstadt, con el motín como excusa. Esto hubiera puesto Petrogrado a su merced, ya que controlar Kronstadt significaba controlar Petrogrado. El único resultado posible era la contrarrevolución capitalista. La consigna "sóviets sin bolcheviques" demuestra que, de hecho, había elementos contrarrevolucionarios entre los marineros. A los bolcheviques sólo les quedaba una posibilidad: había que hacerse con la fortaleza militarmente. Estos acontecimientos se desarrollaron durante el X Congreso del Partido, que interrumpió sus sesiones para permitir que los delegados participasen en el ataque. Es interesante destacar que miembros de la Oposición Obrera, una tendencia semi anarco-sindicalista presente en el Congreso, también se unieron a las fuerzas atacantes. Esto pone fin a otra de las mentiras: la que intenta establecer una amalgama chapucera entre Kronstadt, anarquismo y Oposición Obrera, tres cosas que no tienen absolutamente nada en común. Víctor Serge, que tenía muchas simpatías por el anarquismo, se opuso implacablemente a los amotinados de Kronstadt, como demuestra el pasaje siguiente: "La contrarrevolución popular transformó la reivindicación de sóviets elegidos libremente por la de 'sóviets sin comunistas'. Si la dictadura bolchevique caía, era sólo un paso muy corto hacia el caos y, a través del caos, a la insurrección campesina, la masacre de los comunistas, el retorno de los emigrados y, al final, por la fuerza imparable de los acontecimientos, otra dictadura, esta vez anti-proletaria. Los despachos de prensa de Estocolmo y Tallin demostraron que los emigrados tenían en mente precisamente esta perspectiva (despachos que, por cierto, reforzaron la intención de los dirigentes bolcheviques de tomar Krondstadt rápidamente y a toda costa). No estábamos razonando en abstracto. Sabíamos que sólo en la Rusia europea había por lo menos cincuenta focos de insurrección campesina. Al sur de Moscú, en la región de Tambov, el maestro de escuela eserista de derechas Antonov, que proclamó la abolición del sistema soviético y el restablecimiento de la Asamblea Constituyente, tenía a sus órdenes un ejército campesino sobreviamente organizado de decenas de miles. Estaba en negociaciones con los blancos. (Tujachevsky suprimió esta Vendée a mediados de 1921)" (Víctor Serge, Memoirs of a revolutionary 1901-1944, pp. 128-9).
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Balance de Octubre
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Fundación Federico Engels