RUSIA DE LA REVOLUCIÓN A LA CONTRARREVOLUCIÓN
Un análisis marxista


Autor Ted Grant
..Fundación Federico Engels

I- Balance de Octubre

 

El precio del aislamiento

 

Todo lo anterior es suficiente para demostrar que Lenin y el Partido Bolchevique nunca vieron la Revolución Rusa como un acto autosuficiente, sino como el principio de la revolución socialista mundial. La Revolución Rusa fue una inspiración para los obreros de todo el mundo. En especial dio un ímpetu poderoso a la revolución alemana. Pero la cobardía de los dirigentes socialdemócratas en Europa occidental llevó a la derrota en Alemania, Italia y otros países y al aislamiento de la Revolución Rusa en condiciones de atraso espantoso. En estas circunstancias, la contrarrevolución política estalinista se hizo inevitable. La degeneración burocrática de la Revolución Rusa no surgió de ningún fallo teórico del bolchevismo, sino de su acuciante atraso.

El terrible atraso de Rusia, junto al aislamiento de la revolución, empezó a pesar como una losa sobre los hombros de la clase obrera soviética. La guerra civil, el hambre y el agotamiento físico de los trabajadores provocaron la apatía política y dieron lugar a deformaciones burocráticas crecientes en el Estado y el partido. La ayuda internacional era vital para asegurar la supervivencia de la joven república soviética. Todo lo que los bolcheviques podían hacer era mantenerse en el poder, contra todo pronóstico, tanto como les fuera posible hasta que llegase la ayuda de Occidente. "La historia no regala nada," escribía Trotsky en 1923, "si hace un descuento en algo, en el plano político, lo recuperará por otra parte, en el plano cultural. Tan fácil (relativamente, se entiende) le ha resultado al proletariado ruso hacer la revolución, como difícil le será realizar la construcción socialista" (L. Trotsky, Sobre la vida cotidiana, p. 18).

La solidaridad internacional de la clase obrera había salvado la joven república soviética, pero el aislamiento provocaba enormes costes y sufrimiento. La clase obrera rusa estuvo sometida a una tensión límite. Físicamente exhausta y numéricamente debilitada, se enfrentaba a obstáculos culturales, económicos y sociales insuperables. Fueron necesarios esfuerzos hercúleos simplemente para resistir el asedio imperialista.

Lenin tenía una actitud realista y honesta hacia los problemas a los que se enfrentaba el proletariado ruso como consecuencia del aislamiento y el atraso. En enero de 1919, en un discurso a los sindicatos rusos, explicó: "Los obreros nunca estuvieron separados por una Gran Muralla china de la vieja sociedad. Y han mantenido una parte importante de la mentalidad tradicional de la sociedad capitalista. Los obreros están construyendo una nueva sociedad sin haberse convertido ellos mismos en gente nueva, ni haberse limpiado de la basura del viejo mundo; esa basura todavía les llega hasta las rodillas. Sólo podemos soñar con limpiar esa basura. Sería totalmente utópico pensar que eso se puede hacer de una sola vez. Sería tan utópico que en la práctica sólo aplazaría el socialismo al reino del futuro" (Obras completas, tomo 25, pp. 424-5).

Como consecuencia de la guerra civil y del sabotaje por parte de los capitalistas rusos, el gobierno soviético se vio obligado a un cambio brusco de política. En un primer momento, los bolcheviques tenían la intención de dejar la mayor parte de la industria en manos privadas hasta que la pequeña clase obrera rusa hubiese aprendido a gestionar la industria por sí sola. Esto tardaría un tiempo. Dado el atraso cultural de Rusia, se pensaba que a través del control obrero el proletariado adquiriría el conocimiento necesario y al final tomaría completo control de la gestión de la industria y el Estado. Mientras, el Estado obrero se vio obligado a esperar el momento propicio, mantener la industria privada bajo control obrero y basarse en gran medida en la vieja burocracia para gestionar el Estado. Se esperaba que esto se mantuviese hasta que los trabajadores de Occidente pudiesen ayudarles. Los obreros rusos fueron capaces de tomar el poder, pero no podían mantenerlo indefinidamente: todo dependía de la revolución mundial. Incluso en un país capitalista avanzado hubiera sido difícil en aquel momento introducir inmediatamente el control y la gestión obreras de la industria y el Estado. Si esto era así, ¿acaso no lo era mucho más en la atrasada Rusia?

La defensa militar de la revolución era lo principal. Había que alimentar a los millones de soldados que se habían alistado en el Ejército Rojo. Las requisas eran vitales para la supervivencia de obreros y soldados. El conjunto de la sociedad soviética se puso en pie de guerra. El llamado comunismo de guerra representaba un intento desesperado y heroico de defender la revolución. Pero el sabotaje de los empresarios, que miraban hacia la contrarrevolución para restaurar su posición, la presión de los propios obreros y las necesidades de la guerra civil forzaron a los bolcheviques a llevar a cabo la nacionalización masiva de los sectores clave de la economía antes de lo que querían. Entre julio y diciembre de 1918, un total de 1.208 empresas (la industria pesada, la base decisiva de la economía rusa) pasaron a propiedad estatal.

Los primeros años del poder soviético se caracterizaron por dificultades económicas agudas, en parte como consecuencia de la guerra y la guerra civil, en parte como consecuencia de la escasez de materiales y mano de obra cualificada, y en parte por la oposición de los pequeños propietarios campesinos a las medidas de socialización. Nueve millones de personas murieron de hambre, enfermedades y frío durante la guerra civil. La economía estaba en ruinas y al borde del colapso. Para poner cortar este declive catastrófico se introdujeron drásticas medidas a fin de poner la industria en movimiento, alimentar a los obreros hambrientos y acabar con la migración de la ciudad al campo. Durante un periodo temporal, esto significó la militarización del trabajo. Los críticos de Octubre apuntan con el dedo acusador al bolchevismo por esta política. Como si hubiese otra alternativa en condiciones de guerra y hambruna. La auténtica responsabilidad por esta situación la tiene el imperialismo que con su intervención armada infligió horrores inenarrables al pueblo ruso.

No existe distorsión más monstruosa que el intento de calumniar la memoria de Lenin y Trotsky intentando vincular la política del comunismo de guerra y las severas medidas necesarias en ese momento para defender la revolución, con el régimen totalitario de Stalin. De hecho, incluso los gobiernos burgueses más democráticos restringen los derechos democráticos en épocas bélicas. Durante la Segunda Guerra Mundial, los trabajadores británicos aceptaron temporalmente todo tipo de restricciones a sus derechos, y en su mayoría lo hicieron de buena gana, en la creencia de que estaban luchando contra el nazismo, para "defender la democracia". Los obreros rusos, en un grado mucho mayor, aceptaron la necesidad de una firme disciplina para derrotar a los ejércitos blancos. El poder estaba en manos de los sóviets obreros. Incluso en las condiciones más terribles de guerra civil, había más democracia que en cualquier otro periodo de la historia. A pesar de todas las dificultades y peligros, el Partido Comunista y la Tercera Internacional celebraron congresos anuales. Una simple lectura superficial de las actas de dichos congresos nos facilitará abundantes pruebas de la absoluta libertad de debate, discusión y crítica. Nada podría estar más lejos de un régimen totalitario que la atmósfera de libertad que caracterizó al Estado obrero durante los cinco primeros años de su existencia. Sin embargo, en última instancia, la posibilidad de mantener y profundizar la democracia soviética dependía de las condiciones materiales.

Una cuestión clave era la relación entre la industria y la agricultura. Esto era sólo otra manera de expresar las relaciones del proletariado con el campesinado. Las masas campesinas apoyaron la toma del poder por parte de los bolcheviques como medio para obtener la tierra. Pero después de la revolución, la actitud de los campesinos hacia el régimen soviético estaba determinada cada vez más por la capacidad de éste de suministrar a las aldeas mercancías baratas a cambio de los productos agrícolas. Normalmente, el excedente de comida y grano de los campesinos se intercambiaría por los productos de la industria. Pero con el colapso de la producción, no había bienes elaborados para este intercambio. Para impedir la hambruna en las ciudades, se enviaron destacamentos armados para requisar el grano necesario para mantener la industria de guerra en funcionamiento. No había otra alternativa. Éste era el significado esencial del comunismo de guerra. A pesar de estas medidas, el periodo se caracterizó por la dislocación económica y la caída de la producción. Las relaciones con el campesinado estaban siendo sometidas a una dura prueba. Este sistema de regimentación, basado en la centralización estricta y la introducción de medidas semimilitares en todos los ámbitos de la vida, se derivaba de las dificultadas de la revolución aislada en un país atrasado, destrozado por la guerra y en condiciones de guerra civil e intervención extranjera.

Esta situación, junto a la inflación crónica del periodo, prácticamente llevaron a una paralización del comercio entre el campo y la ciudad, lo que en muchas zonas llevó el hambre a los obreros urbanos. Las espantosas condiciones urbanas provocaron un éxodo masivo hacia el campo, en busca de comida. Ya en 1919, el número de obreros industriales había caído al 76% del nivel de 1917, mientras que el de obreros de la construcción había caído al 66 por ciento, y el de ferroviarios al 63%. La cifra global de obreros industriales cayó a menos de la mitad, de 3.000.000 en 1917 a 1.240.000 en 1920. La población de Petrogrado descendió de 2.400.000 en 1917 a 574.000 en agosto de 1920.


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