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PRIMERA PARTE
1. El método oportunista
Si se acepta que las teorías son la imagen de los fenómenos del mundo exterior en el cerebro de los hombres, a la vista de la teoría de Eduard Bernstein habría que añadir en todo caso: aunque a veces son imágenes invertidas. Es la suya una teoría sobre la implantación del socialismo mediante reformas sociales formulada después del completo estancamiento de la reforma social alemana2; una teoría del control del proceso de producción formulada después de la derrota de los metalúrgicos ingleses; una teoría de ganar la mayoría parlamentaria formulada tras la reforma constitucional de Sajonia y los atentados contra el derecho de sufragio universal.3 Sin embargo, el aspecto central de las tesis de Bernstein no es, a nuestro juicio, su concepción de las tareas prácticas de la socialdemocracia, sino lo que dice acerca del desarrollo objetivo de la sociedad capitalista, que se encuentra en estrecho contacto con dicha concepción. Según Bernstein, el desarrollo del capitalismo hace cada vez más improbable su hundimiento general, debido a que, por un lado, el sistema capitalista muestra cada vez mayor capacidad de adaptación y, por otro lado, la producción se diversifica cada día más. La capacidad de adaptación del capitalismo se manifiesta, según Bernstein, en: 1) la desaparición de las crisis generales, gracias al desarrollo del sistema crediticio, las alianzas empresariales y el avance de los medios de transporte y comunicación; 2) la resistencia demostrada por las clases medias, a consecuencia de la creciente diferenciación de las ramas de la producción y del ascenso de amplias capas del proletariado a las clases medias; 3) y finalmente, la mejora de la situación económica y política del proletariado, como resultado de la lucha sindical. La conclusión de todo esto es que la socialdemocracia ya no debe orientar su actividad cotidiana a la conquista del poder político, sino a la mejora de las condiciones de la clase obrera dentro del orden existente. La implantación del socialismo no sería consecuencia de una crisis social y política, sino de la paulatina ampliación de los controles sociales y de la gradual aplicación de los principios cooperativistas. El propio Bernstein no ve nada nuevo en sus proposiciones; al contrario, cree que coinciden tanto con determinadas observaciones de Marx y Engels como con la orientación general de la socialdemocracia hasta el presente. En nuestra opinión, en cambio, es difícil negar que las concepciones de Bernstein en realidad contradicen abiertamente las tesis del socialismo científico. Si el revisionismo bernsteiniano se redujera a afirmar que el proceso de desarrollo capitalista es más lento de lo que se pensaba, ello no implicaría más que un aplazamiento de la conquista del poder político por parte del proletariado, en lo que todo el mundo estaba de acuerdo hasta ahora. Su única consecuencia sería un ritmo más lento de la lucha. Pero no es éste el caso. Bernstein no cuestiona la rapidez del desarrollo capitalista, sino el desarrollo mismo y, en consecuencia, la posibilidad misma de la transición al socialismo. La teoría socialista mantuvo hasta ahora que el punto de partida para la transformación socialista sería una crisis general y catastrófica, perspectiva en la que hay que diferenciar dos aspectos: la idea fundamental y su forma externa. La idea fundamental es que el capitalismo, víctima de sus propias contradicciones internas, llegará a desequilibrarse, a hacerse imposible. Había buenas razones para pensar que esa coyuntura se daría en la forma de una crisis comercial general y estremecedora, aunque esto es de importancia secundaria a la hora de considerar la idea fundamental. La justificación científica del socialismo reside principalmente, como es bien sabido, en tres consecuencias del desarrollo capitalista. En primer lugar y ante todo, la anarquía creciente de la economía capitalista, que convierte su decadencia en inevitable. En segundo lugar, la progresiva socialización del proceso de producción, que da lugar al germen del futuro orden social. Y en tercer lugar, la organización y la conciencia de clase crecientes del proletariado, el cual constituye el factor activo de la revolución venidera. Bernstein, al afirmar que el desarrollo capitalista no se aproxima a una crisis económica general, niega el primero de estos pilares del socialismo científico. No rechaza una forma concreta de hundimiento, sino el propio hundimiento. Bernstein dice explícitamente: "Podría argumentarse que cuando se habla del hundimiento de la sociedad actual se está pensando en algo más que una crisis económica general y más fuerte que las anteriores, esto es, se está pensando en una quiebra total del sistema capitalista, a resultas de sus propias contradicciones". A lo cual contesta él mismo: "Con el creciente desarrollo de la sociedad, un hundimiento simultáneo y cercano del actual sistema de producción no es más probable, sino más improbable, porque el desarrollo capitalista aumenta, por un lado, la capacidad de adaptación de la industria y, por otro, o al mismo tiempo, su diferenciación".4 Surge aquí la gran cuestión: ¿Por qué y cómo, en este caso, llegamos a nuestro objetivo último? Desde el punto de vista del socialismo científico, la necesidad histórica de la revolución socialista se manifiesta sobre todo en la anarquía creciente del capitalismo, que lo conduce a un callejón sin salida. Pero si se admite la tesis de Bernstein de que el desarrollo capitalista no lo encamina hacia su propio hundimiento, entonces el socialismo deja de ser objetivamente necesario. Por tanto, sólo restan los otros dos pilares de los fundamentos científicos del socialismo: la socialización del proceso de producción y la conciencia de clase del proletariado. A esto se refiere asimismo Bernstein al decir: "La eliminación de la teoría del hundimiento en absoluto priva a la doctrina socialista de su poder de convicción, puesto que, pensado con más detenimiento, ¿qué son en realidad todos los factores de eliminación o modificación de las antiguas crisis que hemos mencionado? No otra cosa que las premisas, e incluso en parte el germen, de la socialización de la producción y la distribución".5 Sin embargo, una breve reflexión permite darse cuenta de la falacia de esta conclusión. ¿Cuál es la importancia de los fenómenos --los cárteles, el crédito, el desarrollo de los medios de transporte, la mejora de la situación de la clase obrera, etc.-- que Bernstein cita como medios de la adaptación capitalista? Evidentemente, que eliminan o, al menos, atenúan las contradicciones internas de la economía capitalista, frenan el desarrollo o la agudización de dichas contradicciones. De este modo, la eliminación de las crisis sólo puede significar la eliminación de la contradicción entre producción y distribución en el sistema capitalista. Y la mejora de la situación de la clase obrera, o la integración de ciertos sectores de la misma en las capas medias, sólo puede significar la atenuación del antagonismo entre capital y trabajo. Ahora bien, si los fenómenos antes mencionados eliminan las contradicciones del capitalismo y, en consecuencia, evitan el hundimiento del sistema, si permiten que el capitalismo se sostenga --por eso Bernstein los llama "medios de adaptación"--, ¿cómo pueden los cárteles, el crédito, los sindicatos, etc., ser al mismo tiempo "las premisas e incluso en parte el germen" del socialismo? Evidentemente, tan sólo en el sentido de que ponen más claramente de manifiesto el carácter social de la producción. Pero, dado que se conservan en su forma capitalista, convierten en superflua la transformación de esa producción socializada en producción socialista. Por eso sólo pueden ser el germen o las premisas del orden socialista en un sentido conceptual, pero no en un sentido histórico. Es decir, son fenómenos que, a la luz de nuestra concepción del socialismo, sabemos que están relacionadas con éste, pero que en realidad no conducen a la revolución socialista, sino que la hacen superflua. Como único fundamento del socialismo nos queda, por tanto, la conciencia de clase del proletariado. Pero, en este caso, ya no es el simple reflejo intelectual de las cada vez más agudas contradicciones del capitalismo y su próximo hundimiento --que será evitado por los medios de adaptación--, sino un mero ideal cuyo poder de convicción reside en la perfección que se le atribuye. En pocas palabras, lo que aquí tenemos es una justificación del programa socialista a través de la "razón pura", es decir, una explicación idealista del socialismo, que elimina la necesidad objetiva del mismo como resultado del desarrollo material de la sociedad. La teoría revisionista se enfrenta a un dilema. O bien la transformación socialista es, como se admitía hasta ahora, la consecuencia de las contradicciones internas del capitalismo, que se agudizarán con el desarrollo capitalista, rematando inevitablemente, en un momento dado, en su hundimiento --siendo entonces inútiles los "medios de adaptación" y correcta la teoría del hundimiento--, o bien los "medios de adaptación" evitarán realmente el hundimiento del sistema capitalista y, de ese modo, permitirán que éste, al superar sus propias contradicciones, se mantenga, con lo cual el socialismo deja de ser una necesidad histórica y pasa a ser lo que sea, excepto el resultado del desarrollo material de la sociedad. Este dilema lleva a otro. O el revisionismo tiene razón en lo relativo al desarrollo capitalista, y por tanto la transformación socialista de la sociedad es una utopía, o el socialismo no es una utopía, y entonces la teoría de los "medios de adaptación" es falsa. En resumidas cuentas, ésta es la cuestión.
2. La adaptación del capitalismo
Según Bernstein, los medios más importantes que posibilitan la adaptación de la economía capitalista son el crédito, los avanzados medios de transporte y comunicación y los cárteles empresariales. El crédito cumple diversas funciones en la economía capitalista, siendo las más importantes la expansión de la producción y la facilitación del intercambio. Cuando la tendencia inherente a la producción capitalista a expandirse ilimitadamente choca con los límites de la propiedad privada o con las restringidas dimensiones del capital privado, el crédito aparece como el medio de superar, de modo capitalista, esos obstáculos. El crédito fusiona en uno solo muchos capitales privados (sociedades por acciones) y permite que cualquier capitalista disponga del capital de otros (crédito industrial). Como crédito comercial, acelera el intercambio de mercancías, es decir, el retorno del capital a la producción, ayudando así a todo el ciclo del proceso productivo. Es fácil comprender la influencia que estas dos funciones principales del crédito tienen sobre la formación de las crisis. Si bien es verdad que las crisis surgen de la contradicción entre la capacidad de expansión --la tendencia al aumento de la producción-- y la limitada capacidad de consumo, el crédito es precisamente, a la vista de lo dicho más arriba, el medio de conseguir que esa contradicción estalle con la mayor frecuencia posible. Para empezar, incrementa desproporcionadamente la capacidad de expansión, convirtiéndose así en el motor interno que constantemente empuja a la producción a rebasar los límites del mercado. Pero el crédito es un arma de dos filos: primero, como factor del proceso productivo, origina la sobreproducción, y después, como factor del intercambio de mercancías, destruye durante las crisis las fuerzas productivas que él mismo creó. A las primeras señales de estancamiento, el crédito se contrae y abandona el intercambio precisamente cuando a éste más indispensable le sería; y allí donde todavía subsiste, resulta inútil e ineficaz. Y reduce al mínimo la capacidad de consumo del mercado. Además de estos dos resultados principales, el crédito también influye de otras maneras en la formación de las crisis: constituye el medio técnico para hacer accesible a un capitalista los capitales ajenos y es un acicate para el empleo audaz y sin escrúpulos de la propiedad ajena, es decir, para la especulación. Como medio alevoso de intercambio mercantil, el crédito no sólo agrava las crisis, también facilita su aparición y expansión, al transformar todo el intercambio en un mecanismo extremadamente complejo y artificial que es fácilmente perturbado a la menor ocasión, dada la escasa cantidad de dinero en metálico sobre la que se sustenta. Por tanto, lejos de ser un instrumento de eliminación o atenuación de las crisis, es un factor especialmente poderoso para la formación de las mismas. Y no puede ser de otro modo si pensamos que la función del crédito, en términos generales, es eliminar las rigideces de las relaciones capitalistas e imponer por doquier la mayor elasticidad posible, a fin de hacer a todas las fuerzas capitalistas lo más flexibles, relativas y mutuamente sensibles que se pueda. Con esto, el crédito facilita y agrava las crisis, que no son otra cosa que el choque periódico de las fuerzas contradictorias de la economía capitalista. Esto nos lleva a otra cuestión: ¿Cómo es posible que el crédito aparezca, en general, como un "medio de adaptación" del capitalismo? Al margen de cómo se conciba, dicha "adaptación" únicamente puede consistir en la capacidad para eliminar cualquiera de las relaciones contrapuestas de la economía capitalista, es decir, para eliminar o debilitar alguna de sus contradicciones, proporcionando así campo libre, en un momento u otro, a las otrora fuerzas reprimidas. De hecho, es el crédito precisamente el que agudiza al máximo las contradicciones de la economía capitalista actual. Agudiza la contradicción entre el modo de producción y el modo de distribución, dado que intensifica al máximo la producción, pero paraliza el intercambio al menor pretexto. Agudiza la contradicción entre el modo de producción y el modo de apropiación, dado que separa la producción de la propiedad, es decir, convierte el capital que interviene en la producción en capital "social", pero al mismo tiempo transforma una parte del beneficio en un simple título de propiedad, bajo la forma de interés del capital. Agudiza la contradicción entre las relaciones de propiedad y las relaciones de producción, dado que expropia a muchos pequeños capitalistas y concentra en muy pocas manos una cantidad enorme de fuerzas productivas. Y finalmente, agudiza la contradicción entre el carácter social de la producción y la propiedad privada capitalista, en la medida en que hace necesaria la intervención del Estado en la producción. En una palabra, el crédito reproduce las contradicciones fundamentales del capitalismo, las lleva al paroxismo y acelera su desarrollo, empujando así al mundo capitalista a su propia destrucción. La primera medida de adaptación del capitalismo, en relación con el crédito, tendría que ser, por tanto, su abolición, hacerlo desaparecer. De hecho, el crédito no es un medio de adaptación, sino un medio de aniquilación, de la mayor trascendencia revolucionaria. Este carácter del crédito ha inspirado, incluso, planes de reformas "socialistas", de algunos de cuyos defensores, como Isaac Péreire en Francia, dijo Marx que eran "mitad profetas, mitad sinvergüenzas".6 Igual de insuficiente resulta ser, si se lo examina bien, el segundo "medio de adaptación" de la producción capitalista, las alianzas empresariales, que según Bernstein conseguirán contener la anarquía y evitar las crisis mediante la regulación de la producción. Todavía no se han estudiado detenidamente las múltiples consecuencias del desarrollo de los cárteles y de los trusts, pero anuncia un problema que sólo se puede solucionar con la ayuda de la teoría marxista. Pero una cosa sí es cierta: cabría hablar de contención de la anarquía capitalista por medio de las alianzas empresariales si los cárteles, trusts, etc., se inclinasen hacia una forma general y socializada de producción, posibilidad que está excluida debido a la naturaleza de los mismos. El objetivo económico real y el resultado de las alianzas empresariales es eliminar la competencia dentro de una determinada rama de la producción, puesto que dicha eliminación influye en la distribución de los beneficios obtenidos en el mercado, haciendo que aumente la porción correspondiente a esa rama. La alianza sólo puede elevar los porcentajes de beneficios dentro de una rama industrial a costa de las otras, por lo cual ese aumento no puede ser general. La extensión de las alianzas a todas las ramas importantes de la producción hace desaparecer su influencia. Además, dentro de los límites de su aplicación práctica, las alianzas empresariales tienen un efecto contrario al de la eliminación de la anarquía industrial. En el mercado interior, suelen obtener un incremento de su tasa de beneficio, al hacer producir para el extranjero, con una tasa de beneficio mucho más baja, las cantidades suplementarias de capital que no pueden emplear para
las necesidades internas, o
sea, vendiendo las mercancías en el extranjero mucho más baratas que en el
mercado doméstico. El resultado es la agudización de la competencia en el
extranjero, el aumento de la anarquía en el mercado mundial, es decir,
precisamente lo contrario de lo que se pretendía conseguir. Un ejemplo
ilustrativo es la historia de la industria mundial del azúcar. En general,
consideradas como manifestaciones del modo de producción capitalista, las
alianzas empresariales deben ser vistas como una fase del desarrollo
capitalista. No son, en esencia, más que un medio del modo de producción
capitalista para contener la fatal caída de la tasa de beneficios en ciertas
ramas. ¿De qué método se valen los cárteles para alcanzar este fin? Del
método de no utilizar una parte del capital acumulado, es decir, el mismo
método que, bajo otra forma, se aplica en las crisis. Sin embargo, el remedio y
la enfermedad se parecen como dos gotas de agua. De hecho, el primero sólo
puede considerarse el mal menor hasta cierto punto. Cuando los mercados
comiencen a contraerse y el mercado mundial haya alcanzado sus límites y esté
agotado, producto de la competencia entre los países capitalistas --momento que
tarde o temprano se alcanzará--, la parte improductiva del capital comienza a
adquirir tales proporciones que el remedio se transforma en enfermedad y el
capital, ya muy "socializado" a través de las alianzas, tenderá a
convertirse de nuevo en capital privado. Al aumentar las dificultades para
encontrar mercados, cada porción individual de capital acaba prefiriendo probar
suerte por libre. Las alianzas estallan entonces como pompas de jabón, dando
paso a una libre competencia más aguda.*1 En
general puede decirse que las alianzas empresariales, al igual que el crédito,
son fases determinadas del desarrollo capitalista, que en última instancia
sólo aumentan la anarquía del mundo capitalista y manifiestan y hacen madurar
sus contradicciones internas. Al intensificar la lucha entre productores y
consumidores, como podemos observar especialmente en Estados Unidos, los
cárteles agudizan la contradicción entre el modo de producción y el modo de
distribución. Agudizan asimismo la contradicción entre el modo de producción
y el modo de apropiación, por cuanto enfrentan de la forma más brutal al
proletariado con la omnipotencia del capital organizado y, de esta manera,
agudizan la contradicción entre capital y trabajo. Agudizan, por último, la
contradicción entre el carácter internacional de la economía mundial
capitalista y el carácter nacional del Estado capitalista, dado que siempre van
acompañados por una guerra arancelaria general, lo que agrava las diferencias
entre los diversos países capitalistas. A todo esto hay que añadir el efecto
directo y altamente revolucionario de los cárteles sobre la concentración de
la producción, el progreso técnico, etc. Por tanto, desde el punto de
vista de sus efectos finales sobre la economía capitalista, los cárteles y los
trusts no sirven como
"medios de adaptación". Al contrario, aumentan la anarquía de la
producción, estimulan contradicciones y aceleran la llegada de un declive
general del capitalismo. Ahora bien, si el crédito, los cárteles y demás
no consiguen eliminar la anarquía de la economía capitalista, ¿por qué
durante dos decenios, desde 1873, no hemos tenido ninguna gran crisis comercial?
¿No es ésta una señal de que, en contra del análisis de Marx, el modo de
producción capitalista ha logrado "adaptarse", al menos en sus
líneas generales, a las necesidades de la sociedad? [En nuestra opinión,
la actual bonanza en el mercado mundial tiene otra explicación. En general se
cree que las grandes crisis comerciales globales ocurridas hasta ahora son las
crisis seniles del capitalismo esquematizadas por Marx en su análisis. La
periodicidad más o menos decenal del ciclo de producción parecía ser la mejor
confirmación de este esquema. Esta concepción, sin embargo, descansa sobre lo
que, a nuestro juicio, es un malentendido. Si se hace un análisis más
exhaustivo de las causas que han provocado las grandes crisis internacionales
acontecidas hasta el momento, se podrá advertir que, en conjunto, no son la
expresión del envejecimiento de la economía capitalista, sino todo lo
contrario, son el producto de su crecimiento infantil. Un repaso breve de su
evolución basta para demostrar desde un principio que en los años 1825, 1836,
1847, el capitalismo no pudo producir aquellos periódicos e inevitables choques
de las fuerzas productivas con los límites del mercado a causa de su madurez,
como se desprende del esquema marxista, puesto que por aquel entonces el
capitalismo se hallaba en pañales en la mayoría de los países.]*2 En
efecto, la crisis de 1825 fue el resultado de las enormes inversiones de capital
para construir carreteras, canales y plantas de gas durante la década
precedente, especialmente en Inglaterra, donde la crisis estalló. La crisis
siguiente de 1836-39 también fue el resultado de las gigantescas inversiones en
nuevos medios de transporte. La crisis de 1847 se produjo por la febril
construcción de ferrocarriles en Inglaterra --en sólo tres años (1844-47), el
Parlamento otorgó concesiones por valor de ¡1.500 millones de táleros7!--.
En estos tres casos, la crisis sobrevino tras el establecimiento de nuevos
cimientos para el desarrollo capitalista. En 1857, la causa fue la apertura de
nuevos mercados para la industria europea en América y Australia a consecuencia
del descubrimiento de las minas de oro y la amplia expansión del ferrocarril,
siguiendo las huellas de Inglaterra, especialmente en Francia, donde de 1852 a
1856 se construyeron líneas férreas por valor de 1.250 millones de francos.
Finalmente, como es sabido, la gran crisis de 1873 fue la consecuencia directa
del enorme auge de la gran industria en Alemania y Austria, que siguió a los
acontecimientos políticos de 1866 y 1871.8 Por
tanto, en todos los casos, el motivo de la crisis comercial fue la repentina expansión de
la economía capitalista, y no su contracción. El hecho de que aquellas crisis
internacionales se repitieran cada diez años fue meramente externo y casual. El
esquema marxista de la formación de las crisis, tal como lo exponen Engels en
el Anti-Dühring y Marx en los tomos I y III de El capital, es
válido para todas las crisis sólo en la medida que pone al descubierto su mecanismo interno y
sus causas generales de fondo. [En conjunto, el esquema marxista se
adapta mejor a una economía capitalista plenamente desarrollada, en la que se
presupone la existencia de un mercado mundial. Solamente en este caso las crisis
pueden originarse de un modo mecánico en el movimiento interno propio de los
procesos de producción y distribución, como se desprende del análisis
marxista, y sin necesidad de que una conmoción repentina en las relaciones de
producción y de mercado actúe como estímulo. Si analizamos la situación
actual de la economía, tendremos que reconocer que todavía no hemos llegado a
la etapa de la madurez completa del capitalismo que se presupone en el esquema
marxista de la periodicidad de las crisis. El mercado mundial aún se está
creando: Alemania y Austria sólo entraron en la fase de la auténtica gran
producción industrial a partir de 1870, Rusia ha ingresado a partir de 1880,
Francia continúa siendo en gran parte un país de producción artesanal, los
países balcánicos aún no han roto en gran medida las cadenas de la economía
natural y América, Australia y África tan sólo a partir de 1880 han entrado
en un régimen de intercambio comercial vivo y regular con Europa. Si bien es
cierto, por un lado, que ya hemos superado las crisis, por así decirlo,
juveniles producidas hasta 1870 a consecuencia del desarrollo brusco y repentino
de nuevas ramas de la economía capitalista, también lo es que, por otro lado,
aún no hemos alcanzado el grado de formación y agotamiento del mercado mundial
que puede producir un choque fatal y periódico de las fuerzas productivas
contra los límites del mercado, es decir, que puede producir las verdaderas
crisis seniles del capitalismo. Nos encontramos en una fase en que las crisis ya
no son el producto del ascenso del capitalismo, pero todavía tampoco son el
producto de su decadencia. Este período de transición se caracteriza por el
ritmo débil y lento de la vida económica desde hace casi veinte años, en el
que cortos períodos de crecimiento se alternan con largos períodos de
depresión. [Pero de los mismos fenómenos que han ocasionado la ausencia
temporal de crisis se deriva que nos acercamos inevitablemente al comienzo del
final, al período de las crisis últimas del capitalismo. Una vez que el
mercado mundial haya alcanzado, en líneas generales, un alto grado de
desarrollo y que ya no pueda crecer por medio de ningún aumento brusco, al
tiempo que crece sin parar la productividad del trabajo, se inicia un conflicto
más o menos largo entre las fuerzas productivas y las barreras del intercambio,
que, al repetirse, será cada vez más violento y tormentoso. Y si algo resulta
especialmente adecuado para acercarnos a ese período, para establecer con
rapidez el mercado mundial y agotarlo también con igual rapidez, ello es
precisamente esos mismos fenómenos, el crédito y los cárteles, sobre los que
Bernstein construye su teoría de los "medios de adaptación" del
capitalismo.]*3 La creencia de que la
producción capitalista pueda "adaptarse" a la distribución presupone
una de estas dos cosas: o el mercado mundial puede crecer infinita e
ilimitadamente o, por el contrario, las fuerzas productivas ven tan frenado su
desarrollo, que no pueden superar los límites del mercado. La primera opción
es materialmente imposible y la segunda se enfrenta al hecho de que los
constantes avances técnicos crean a diario nuevas fuerzas productivas en todas
las ramas de la producción. Todavía hay un fenómeno que, según
Bernstein, contradice la evolución del capitalismo como se ha expuesto: la
"resuelta infantería" de las medianas empresas. En ellas ve Bernstein
un signo de que el desarrollo de la gran industria no actúa de un modo tan
revolucionario y no concentra tanto la industria como se derivaría de la
teoría del hundimiento. Bernstein es aquí, de nuevo, víctima de su propia
falta de comprensión. Porque es entender muy erróneamente el proceso de
desarrollo de la gran industria esperar del mismo que vaya a hacer desaparecer
la mediana empresa. De acuerdo con Marx, la misión de los pequeños
capitales en la marcha general del desarrollo capitalista es ser los pioneros
del avance técnico, y ello en dos sentidos: introduciendo nuevos métodos de
producción en ramas ya arraigadas de la producción y creando ramas nuevas
todavía no explotadas por los grandes capitales. Es completamente falso creer
que la historia de la mediana empresa capitalista es una línea recta hacia su
gradual desaparición. Por el contrario, el curso real de su desarrollo es
puramente dialéctico y se mueve constantemente entre contradicciones. Las capas
medias capitalistas, al igual que la clase obrera, se encuentran bajo la
influencia de dos tendencias opuestas, una que tiende a elevarla y otra que
tiende a hundirla. La tendencia descendente es el continuo aumento en la escala
de la producción, que periódicamente supera las dimensiones de los capitales
medios, expulsándolos repetidamente de la arena de la competencia mundial. La
tendencia ascendente es la desvalorización periódica de los capitales
existentes, que durante cierto tiempo rebaja la escala de la producción, en
proporción al valor de la cantidad mínima de capital necesaria, y además
paraliza temporalmente la penetración de la producción capitalista en nuevas
esferas. No hay que imaginarse la lucha entre la mediana empresa y el gran
capital como una batalla periódica en la que la parte más débil ve mermar
directamente el número de sus tropas cada vez más, sino, más bien, como una
siega periódica de pequeñas empresas, que vuelven a surgir con rapidez
solamente para ser segadas de nuevo por la guadaña de la gran industria. Ambas
tendencias juegan a la pelota con las capas medias capitalistas, pero al final
acaba por triunfar la tendencia descendente, a diferencia de lo que ocurre con
el proletariado. Sin embargo, este triunfo no se manifiesta necesariamente
en una disminución del número absoluto de medianas empresas, sino en el
progresivo aumento del capital mínimo necesario para la subsistencia de las
empresas en las ramas viejas de la producción y en la constante reducción del
lapso de tiempo durante el que los pequeños capitalistas se benefician de la
explotación de las ramas nuevas. De todo esto se deriva, para el pequeño
capitalista individual, un cada vez más corto plazo de permanencia en
las nuevas industrias y un cada vez más rápido ritmo de cambio en los métodos
de producción y en la naturaleza de las inversiones; y para las capas medias en
su conjunto, un proceso cada vez más rápido de cambio en la posición social. Esto
último lo sabe muy bien Bernstein y procede a comentarlo. Pero lo que parece
olvidar es que en eso consiste la ley misma del movimiento de la mediana empresa
capitalista. Si se admite que los pequeños capitales son los pioneros del
progreso técnico y si es verdad que éste es el pulso vital de la economía
capitalista, entonces resulta que los pequeños capitales son parte integral del
desarrollo capitalista y que únicamente podrán desaparecer cuando dicho
desarrollo desaparezca. La desaparición gradual de la mediana empresa --en el
sentido absoluto de la estadística matemática, que es de lo que habla
Bernstein-- no significaría el avance revolucionario del desarrollo
capitalista, como Bernstein cree, sino su ralentización y estancamiento:
"La tasa de beneficio, es decir, el crecimiento relativo de capital, es
importante ante todo para los nuevos inversores de capital, que se agrupan por
su cuenta. En cuanto la formación de capital recayera exclusivamente en manos
de algunos grandes capitales (...) el fuego vivificador de la producción
acabaría apagándose, se consumiría".9 [Los
medios de adaptación bernsteinianos resultan, pues, ineficaces, y los
fenómenos que él considera como síntomas de la "adaptación" se han
de atribuir a causas completamente distintas.]*4
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