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Vivimos en un período de profundo cambio histórico.
Después de cuatro décadas de crecimiento económico sin precedentes, la
economía de mercado está alcanzando sus límites. En su amanecer, el
capitalismo, a pesar de sus crímenes bárbaros, revolucionó las fuerzas
productivas estableciendo así las bases para un nuevo sistema de
sociedad. La Primera Guerra Mundial y la Revolución Rusa marcaron un
cambio decisivo en el papel histórico del capitalismo. Pasó de ser un
medio de desarrollo de las fuerzas productivas a un freno gigantesco del
desarrollo económico y social. El período de auge en Occidente entre
1948 y 1973 parecía prometer un nuevo amanecer. Incluso así, sólo se
beneficiaron un puñado de países capitalistas desarrollados. Para los
dos tercios de la humanidad, que viven en el Tercer Mundo, el panorama era
un cuadro de desempleo masivo, pobreza, guerras y explotación en una
escala sin precedentes. Este período del capitalismo finalizó con la
llamada "crisis del petróleo" de 1973-74. Desde entonces, no
han conseguido volver al nivel de crecimiento y empleo que habían logrado
en el período de posguerra.
Un sistema social en estado de declive irreversible se
expresa en decadencia cultural. Esto se refleja de diversas formas. Se
está extendiendo un ambiente general de ansiedad y pesimismo de cara al
futuro, especialmente entre la intelligentsia. Aquellos que ayer hablaban
llenos de confianza sobre la inevitabilidad de la evolución y el progreso
humanos, ahora sólo ven oscuridad e incertidumbre. El siglo XX se acerca
a su final habiendo sido testigo de dos guerras mundiales terribles, del
colapso económico y de la pesadilla del fascismo en el período de
entreguerras. Esto ya supuso una seria advertencia de que la fase
progresista del capitalismo había terminado.
La crisis del capitalismo impregna todos los niveles de
la vida. No es simplemente un fenómeno económico. Se refleja en la
especulación y la corrupción, la drogadicción, la violencia, el
egoísmo generalizado y la indiferencia al sufrimiento de otros, la
desintegración de la familia burguesa, la crisis de la moralidad, la
cultura y la filosofía burguesas. ¿Cómo podría ser de otra manera? Uno
de los síntomas de un sistema social en crisis es que la clase dominante
intuye cada vez más que es un freno al desarrollo de la sociedad.
Marx señaló que las ideas dominantes de una sociedad
son las ideas de la clase dominante. La burguesía, en su época de
esplendor, no sólo jugó un papel progresista haciendo avanzar las
fronteras de la civilización, sino que era plenamente consciente de ese
hecho. Ahora, los estrategas del capital están saturados de pesimismo.
Son los representantes de un sistema históricamente condenado, pero no
pueden reconciliarse con esa situación. Esta contradicción central es el
factor decisivo que pone su sello sobre la forma de pensar de hoy de la
burguesía. Lenin dijo en una ocasión que un hombre al borde de un
precipicio no razona.
Retraso de la
conciencia
Contrariamente a los prejuicios del idealismo
filosófico, la conciencia humana en general es extraordinariamente
conservadora y siempre tiende a ir por detrás del desarrollo de la
sociedad, la tecnología y las fuerzas productivas. El hábito, la rutina
y la tradición, como decía Marx, pesan como una losa sobre las mentes de
los hombres y las mujeres, quienes, en períodos históricos
"normales" y por instinto de conservación, se agarran con
obstinación a los senderos bien conocidos, cuyas raíces se hallan en un
pasado remoto de la especie humana. Sólo en períodos excepcionales de la
historia, cuando el orden social y moral empieza a resquebrajarse bajo el
impacto de presiones intolerables, la mayoría de la gente comienza a
cuestionar el mundo en que ha nacido y a dudar de las creencias y los
prejuicios de toda la vida.
Así fue la época del nacimiento del capitalismo,
anunciado en Europa por un gran despertar cultural y la regeneración
espiritual, tras una larga hibernación bajo el feudalismo. En el período
de su ascenso histórico, la burguesía desempeñó un papel altamente
progresista, no sólo en el desarrollo de las fuerzas productivas, que
sirvió para aumentar enormemente el poderío del hombre sobre la
naturaleza, sino también en la potenciación de la ciencia, la cultura y
el conocimiento humano en general. Lutero, Michelangelo, Leonardo, Durero,
Bacon, Kepler, Galileo y un sinfín de pioneros de la civilización
brillan como una galaxia que ilumina el avance de la cultura humana y la
ciencia, fruto de la Reforma y del Renacimiento. Sin embargo, períodos
revolucionarios como éste no nacen sin traumas —la lucha de lo nuevo
contra lo viejo, de lo vivo contra lo muerto, del futuro contra el pasado—.
El ascenso de la burguesía en Italia, Holanda y más
tarde en Francia fue acompañado por un florecimiento extraordinario de la
cultura, el arte y la ciencia. Habría que volver la mirada hacia la
Atenas clásica para encontrar un precedente. Sobre todo en aquellas
tierras donde la revolución burguesa triunfó en los siglos XVII y XVIII,
el desarrollo de las fuerzas productivas y la tecnología se vio
acompañado por un desarrollo paralelo de la ciencia y del pensamiento que
minó de una forma decisiva el dominio ideológico de la Iglesia.
En Francia, el país clásico de la revolución
burguesa en su expresión política, la burguesía llevó a cabo su
revolución en 1789-93, bajo la bandera de la Razón. Mucho antes de
derribar las formidables murallas de la Bastilla, era menester destruir
las murallas invisibles pero no menos formidables de la superstición
religiosa en las mentes de los hombres y las mujeres. En su juventud
revolucionaria la burguesía francesa era racionalista y atea. Sólo
después de haberse instalado en el poder aquellos que ostentaban la
propiedad, al verse enfrentados con una nueva clase revolucionaria, se
apresuraron a tirar por la borda el bagaje ideológico de su juventud.
No hace mucho, Francia celebró el bicentenario de su
gran revolución. Resultó curioso ver cómo incluso la memoria de una
revolución que tuvo lugar hace dos siglos provoca un hondo malestar en
las filas del establishment. La actitud de la clase dominante gala hacia
su propia revolución se parece a la de un viejo libertino que pretende
ganar un pase a la respetabilidad —y quizá la entrada al reino de los
cielos—, arrepintiéndose de los pecados de su juventud que ya no está
en condiciones de repetir. Al igual que toda clase privilegiada
establecida, la burguesía intenta justificar su existencia no sólo ante
la sociedad sino ante sí misma. La búsqueda de puntos de apoyo
ideológicos que le sirvieran para justificar el statu quo y santificar
las relaciones sociales existentes, le llevó rápidamente a redescubrir
los encantos de la Santa Madre Iglesia, particularmente después del
terror mortal que experimentó en tiempos de la Comuna de París. La
iglesia del Sacré Coeur de París es una expresión concreta del miedo de
la burguesía a la revolución, traducido al lenguaje del filisteísmo
arquitectónico.
Marx (1818-83) y Engels (1820-95) explicaron que la
fuerza motriz fundamental de todo progreso humano reside en el desarrollo
de las fuerzas productivas —la industria, la agricultura, la ciencia y
la tecnología—. Esta es una generalización teórica verdaderamente
profunda, sin la cual una comprensión del desarrollo de la historia
humana en general resulta imposible. No obstante, esto no significa, como
han intentado demostrar los detractores deshonestos o ignorantes del
marxismo, que Marx "reduce todo a lo económico". El
materialismo dialéctico e histórico tienen en cuenta plenamente
fenómenos como la religión, el arte, la ciencia, la moralidad, las
leyes, la política, la tradición, las características nacionales y
todas las múltiples manifestaciones de la conciencia humana. Pero no
sólo eso. También demuestra su contenido real y la forma en que se
relaciona con el auténtico desarrollo social, que, en última instancia,
depende claramente de su capacidad de reproducir y mejorar las condiciones
materiales para su existencia. Sobre este tema, Engels escribe lo
siguiente:
"Según la concepción materialista de la
historia, el elemento determinante de la historia es en última instancia
la producción y la reproducción en la vida real. Ni Marx ni yo hemos
afirmado nunca más que esto; por consiguiente, si alguien lo tergiversa
transformándolo en la afirmación de que el elemento económico es el
único determinante, lo transforma en una frase sin sentido, abstracta y
absurda. La situación económica es la base, pero las diversas partes de
la superestructura —las formas políticas de la lucha de clases y sus
consecuencias, las constituciones establecidas por la clase victoriosa
después de ganar la batalla, etc.—, las formas jurídicas —y, en
consecuencia, inclusive los reflejos de todas esas luchas reales en los
cerebros de los combatientes: teorías políticas, jurídicas, ideas
religiosas y su desarrollo ulterior hasta convertirse en sistemas de
dogmas— también ejercen su influencia sobre el curso de las luchas
históricas y en muchos casos preponderan en la determinación de su
forma".1
La afirmación del materialismo histórico de que la
conciencia humana en general tiende a ir por detrás del desarrollo de las
fuerzas productivas, a algunos le parecerá una paradoja. Sin embargo,
encuentra una expresión gráfica en los Estados Unidos, el país donde
los avances de la ciencia han alcanzado su más alto grado. El avance
continuo de la tecnología es una condición previa para el
establecimiento de la verdadera emancipación de los hombres y las
mujeres, mediante la implantación de un sistema socioeconómico racional
en el que los seres humanos ejerzan un control consciente sobre su vida y
su entorno. Aquí, el contraste entre el desarrollo vertiginoso de la
ciencia y la tecnología y el extraordinario atraso del pensamiento humano
se manifiesta de la manera más llamativa.
En los EE.UU. nueve de cada diez personas creen en la
existencia de un ser supremo y siete de cada diez, en una vida después de
la muerte. Cuando al primer astronauta americano que logró circunnavegar
la tierra en una nave espacial se le invitó a dar un mensaje a los
habitantes de la Tierra hizo una elección significativa. De toda la
literatura mundial eligió la primera frase del libro del Génesis:
"En el principio creó Dios los cielos y la tierra". Este
hombre, sentado en una nave espacial producto de la tecnología más
avanzada en toda la historia, tenía la mente repleta de las
supersticiones y los fantasmas heredados con pocos cambios desde los
tiempos prehistóricos.
Hace 70 años, en el notorio juicio "del
mono" de 1925, un maestro llamado John Scopes fue declarado culpable
por haber enseñado la teoría de la evolución en contra de las leyes del
Estado de Tennessee. De hecho, el tribunal confirmó las leyes
antievolucionistas de dicho Estado, que no se abolieron hasta 1968, cuando
el tribunal supremo de los EE.UU. dictaminó que la enseñanza de las
teorías de la Creación eran una violación de la prohibición
constitucional de la enseñanza de la religión en la escuela pública.
Desde entonces, los creacionistas han cambiado su táctica e intentan
convertir el creacionismo en una "ciencia". En este empeño
gozan del apoyo no sólo de una amplia gama de la opinión pública, sino
también de bastantes científicos que están dispuestos a poner sus
servicios a disposición de la religión en su forma más cruda y
oscurantista.
En 1981, los científicos estadounidenses hicieron uso
de las leyes del movimiento planetario de Kepler para lanzar una nave
espacial a un encuentro espectacular con Saturno. El mismo año, un juez
norteamericano tuvo que declarar anticonstitucional una ley aprobada en el
Estado de Arkansas que obligaba a las escuelas a tratar en pie de igualdad
la mal llamada "ciencia de la Creación" con la teoría de la
evolución. Entre otras cosas, los creacionistas exigieron el
reconocimiento del Diluvio Universal como un agente geológico primario.
En el transcurso del juicio los testigos de la defensa expresaron una
creencia ferviente en la existencia de Satanás y en la posibilidad de que
la vida hubiese sido traída a la tierra a bordo de meteoritos,
explicándose la variedad de las especies por un tipo de servicio a
domicilio cósmico. Al final del juicio, N. K. Wickremasinge de la
Universidad de Gales afirmó que los insectos podrían ser más
inteligentes que los humanos, aunque "no sueltan prenda… porque les
va estupendamente".2
El grupo de presión fundamentalista religioso en
EE.UU. tiene un apoyo masivo —de senadores incluidos— y acceso a
fondos ilimitados. Embusteros evangelistas se hacen ricos desde emisoras
de radio con una audiencia de millones. El hecho de que en la última
década del siglo XX y en el país tecnológicamente más avanzado en la
historia del mundo, haya un gran número de hombres y mujeres educados,
incluyendo científicos, que estén dispuestos a luchar por la idea de que
el libro del Génesis es textualmente verdadero, que el universo fue
creado en seis días hace aproximadamente 6.000 años, es, en sí, un
ejemplo impresionante del funcionamiento de la dialéctica.
"La
Razón se vuelve sinrazón"
El período en que la burguesía representaba una
visión racional del mundo es sólo un vago recuerdo. En la época de la
degeneración senil del capitalismo, los procesos anteriores se han vuelto
lo contrario de lo que eran. En palabras de Hegel, "la Razón se
vuelve Sinrazón". Es verdad que en los países industrializados la
religión "oficial" está moribunda. Las iglesias están vacías
y cada vez más en crisis. En su lugar, vemos una auténtica "plaga
egipcia" de sectas religiosas peculiares acompañadas por un
florecimiento del misticismo y de todo tipo de supersticiones. La
espantosa epidemia de fundamentalismo religioso —cristiano, judío,
islámico, hindú— es una manifestación gráfica del impasse de la
sociedad. En vísperas del nuevo siglo somos testigos de horripilantes
retrocesos a la barbarie.
Este fenómeno no se limita a Irán, India o Argelia.
En los EE.UU. vimos la masacre de Waco y después el suicidio colectivo de
otro grupo de fanáticos religiosos en Suiza. En otros países
occidentales se observa una proliferación incontrolada de sectas
religiosas, supersticiones, astrología y un sinfín de tendencias
irracionales. En Francia hay, aproximadamente, 36.000 sacerdotes
católicos y más de 40.000 astrólogos profesionales que declaran sus
ingresos a hacienda. Hasta hace poco, Japón parecía ser una excepción a
la regla. William Rees-Mogg, ex editor del Times de Londres y
archiconservador, en su último libro The Great Reckoning – How the
World Will Change in the Depression of the 1990s (El gran ajuste de
cuentas. Cómo cambiará el mundo en la depresión de los años 90)
escribe:
"El resurgimiento de la religión es algo que se
da en todo el mundo a distintos niveles. Japón puede ser una excepción,
quizás porque el orden social ahí aún no ha dado muestras de romperse…".3
Rees-Mogg habló demasiado pronto. Dos años después de escribir estas
palabras, el espeluznante ataque de gas en el metro de Tokio llamó la
atención del mundo sobre la existencia de grupos nutridos de fanáticos
religiosos incluso en Japón, donde la crisis económica ha puesto fin al
largo período de pleno empleo y estabilidad social. Todos estos
fenómenos guardan un paralelismo muy llamativo con lo ocurrido en la
época de declive del Imperio Romano. Que nadie objete que semejantes
cosas están confinadas a sectores marginales de la sociedad. Ronald y
Nancy Reagan consultaron con regularidad astrólogos acerca de todas sus
acciones, grandes o pequeñas. He aquí un par de extractos del libro de
Donald Regan, Para que conste:
"Prácticamente cada decisión importante que
tomaron los Reagan durante mi estancia como jefe de personal en la Casa
Blanca tuvo que contar con el visto bueno de una mujer de San Francisco,
la cual elaboraba horóscopos que garantizasen que los planetas estuvieran
en alineamiento favorable para la empresa. Nancy Reagan parecía tener una
fe absoluta en los poderes clarividentes de esta mujer, que había
predicho que "algo" malo iba a ocurrirle al presidente poco
antes de que fuese herido en un atentado en 1981.
"Aunque nunca conocí a esta adivinadora —la
señora Reagan me pasaba sus pronósticos tras haber consultado
telefónicamente con ella—, ésta se había convertido en tal factor
para mi trabajo y para los asuntos más importantes del estado, que en un
momento determinado mantuve encima de mi mesa un calendario con un código
de color (los números marcados en tinta verde significaban días
"buenos", los rojos días "malos", los amarillos días
"problemáticos") para ayudarme a recordar cuándo era propicio
mover al presidente de los Estados Unidos de un lugar a otro, o arreglar
sus intervenciones públicas, o comenzar negociaciones con una potencia
extranjera.
"Antes de mi llegada a la Casa Blanca, Mike Deaver
había sido quien integraba los horóscopos de la señora Reagan en el
plan de trabajo presidencial. (…) Es una medida de su discreción y
lealtad el que pocos supieran en la Casa Blanca que la señora Reagan era
siquiera parte del problema (de los atrasos en los planes de trabajo) —y,
mucho menos, que una astróloga en San Francisco estuviese aprobando los
detalles de los planes de trabajo del Presidente—. Deaver me dijo que la
dependencia de la señora Reagan de lo oculto se remontaba por lo menos al
período en que su marido había sido gobernador, cuando ella se fiaba de
los consejos de la célebre Jeane Dixon. Posteriormente, perdió confianza
en los poderes de la Dixon. Pero la fe de la Primera Dama en el talento
clarividente de la mujer de San Francisco era, aparentemente, ilimitado.
Según parece, Deaver había dejado de pensar que hubiese algo raro acerca
de esta sesión espiritista flotante establecida. (…) Para él, era tan
sólo uno de los pequeños problemas de la vida de un servidor de los
grandes. ‘Por lo menos’, dijo, ‘esta astróloga no está tan chalada
como la anterior’".
La astrología fue empleada en la planificación de la
cumbre Reagan-Gorbachov, según la clarividente de la familia, pero las
cosas entre las dos primeras damas no salieron bien porque… ¡se
desconocía la fecha de nacimiento de Raisa! El movimiento hacia una
"economía de libre mercado" en Rusia desde aquel entonces ha
concedido a ese país desafortunado las bendiciones de la civilización
capitalista: paro masivo, desintegración social, prostitución, la mafia,
una ola de crimen sin precedentes, drogas y religión. Hace poco salió a
la luz que el propio Yeltsin consulta astrólogos. También en este
aspecto, la naciente burguesía rusa se ha revelado como una buena
aprendiza de sus maestros occidentales.
El sentido universal de desorientación y pesimismo
encuentra su reflejo en muchos sentidos que no son estrictamente
políticos. Esta irracionalidad general no es ningún accidente. Es el
reflejo psicológico de un mundo donde el destino de la humanidad está
dominado por fuerzas terroríficas y, aparentemente, invisibles.
Contemplemos el pánico que cunde repentinamente en la bolsa; hombres y
mujeres "respetables" se echan a correr ciegamente como hormigas
cuando les rompen el hormiguero. Estos espasmos periódicos, parecidos al
pánico de una estampida, son una ilustración gráfica de la anarquía
del capitalismo. Y esto es lo que determina la vida de millones de
personas. Vivimos en una sociedad en declive. La decadencia es evidente
por todas partes. Los reaccionarios conservadores se lamentan de la
desintegración de la familia y la epidemia de droga, violencia sin
sentido, crímenes y demás. Su única respuesta es la intensificación de
la represión estatal —más policía, más cárceles, castigos más
brutales e, incluso, la investigación genética de supuestos "tipos
criminales"—. Lo que no pueden o no quieren ver es que estos
fenómenos son los síntomas del callejón sin salida del sistema social
que ellos representan.
Estos son los defensores de las "fuerzas del
mercado", las mismas fuerzas irracionales que actualmente condenan a
millones de personas al desempleo. Son los profetas de la política
económica del monetarismo, bien definida por John Galbraith como la
teoría que afirma que los pobres tienen demasiado dinero y los ricos
demasiado poco. La "moralidad" reinante es la del mercado, es
decir, la moralidad de la selva. La riqueza de la sociedad se concentra en
cada vez menos manos, a pesar de toda la demagogia barata de una
"democracia de propietarios". Se supone que vivimos en una
democracia. No obstante, un puñado de grandes bancos, monopolios y
especuladores (por lo general la misma gente) decide el destino de
millones. Esta pequeña minoría posee medios poderosos para manipular a
la opinión pública. Disponen del monopolio de los medios de
comunicación —la prensa, la radio y la televisión— y de una policía
espiritual —la Iglesia, que durante generaciones ha enseñado a la gente
a buscar la salvación en otro mundo—.
La ciencia y
la crisis de la sociedad
Hasta hace poco, parecía que el mundo de la ciencia se
mantenía por encima del declive general del capitalismo. Los milagros de
la tecnología moderna conferían un prestigio colosal a los científicos,
que aparentemente gozaban de cualidades casi mágicas. La autoridad que
disfrutaba la comunidad científica aumentaba en la misma proporción que
sus teorías se volvían más incomprensibles para la mayoría de la
gente, incluida la más educada. Sin embargo, los científicos son sólo
mortales que viven en el mismo mundo que nosotros. Como tales, pueden
estar influidos por ideas corrientes, filosofías, política y prejuicios,
por no hablar de intereses materiales a veces muy sustanciosos.
Durante mucho tiempo se suponía que los científicos
—sobre todo los físicos teóricos— eran gente muy especial, muy por
encima de seres humanos corrientes y dueños de los misterios del universo
negados al resto de los mortales. Este mito del siglo XX se ve muy
claramente en aquellas viejas películas de ciencia ficción, en las que
la tierra estaba siempre amenazada con aniquilación por parte de
extraterrestres (en la práctica, la amenaza para el futuro de la
humanidad proviene de una fuente bastante más cercana, pero esta es otra
historia). En el último momento, siempre se presentaba un hombre con bata
blanca que escribía una ecuación complicada en una pizarra, solucionando
así el problema.
La verdad es un tanto diferente. Los científicos y
otros intelectuales no son inmunes a las tendencias generales de la
sociedad. El hecho de que la mayoría de ellos se declare indiferente a la
política y la filosofía sólo quiere decir que cae presa más
fácilmente de los prejuicios comunes que la rodean. Con demasiada
frecuencia sus ideas pueden ser utilizadas para apoyar las posturas
políticas más reaccionarias. Esto queda patente con claridad meridiana
en el campo de la genética, donde se ha producido una auténtica
contrarrevolución, especialmente en los EE.UU. Mediante supuestas
teorías científicas se intenta "demostrar" que la causa de la
criminalidad está no en las condiciones sociales, sino en un "gen
criminal". Se afirma que las desventajas que sufren los negros no se
deben a la discriminación, sino a su composición genética. Argumentos
similares se emplean para los pobres, las madres solteras, las mujeres,
los homosexuales, etc. Por supuesto, semejante "ciencia" resulta
altamente conveniente para un Congreso con mayoría republicana que
pretende llevar a cabo recortes brutales en los gastos sociales.
Este libro trata de filosofía —más
específicamente, la filosofía del marxismo, el materialismo dialéctico—.
No corresponde a la filosofía decirle a los científicos lo que tienen
que pensar o escribir, al menos cuando escriben de ciencia. Pero los
científicos se han acostumbrado a expresar opiniones acerca de muchas
cosas —filosofía, religión, política…—. Están en pleno derecho
de hacerlo. Pero cuando se esconden detrás de sus credenciales
científicas para defender puntos de vista erróneos y reaccionarios en el
terreno de la filosofía, es hora de poner las cosas en su contexto. Estos
pronunciamientos no permanecen entre un puñado de catedráticos. Son
enarbolados por políticos de derechas, racistas y fanáticos religiosos
que intentan cubrirse el trasero con argumentos pseudo-científicos.
Algunos científicos se quejan de que no se les
entiende. No es su intención armar con argumentos a charlatanes místicos
y a embusteros políticos. Quizás. Pero en este caso son culpables de una
gran negligencia o, por lo menos, de una increíble ingenuidad. Por otro
lado, los que se aprovechan de las opiniones filosóficas erróneas de
estos científicos no pueden ser acusados de ingenuidad. Saben exactamente
lo que hacen. Rees-Mogg afirma que "en un momento en que la religión
del consumismo secular se está quedando atrás como un barco hundido,
volverán a surgir religiones más duras que invoquen principios morales
auténticos y a los dioses de la ira. Por primera vez en siglos, las
revelaciones de la ciencia parecerán realzar más que minar la dimensión
espiritual de la vida". Para Rees-Mogg, la religión es, junto con la
policía y las cárceles, un arma útil para mantener a los oprimidos en
su lugar. Su franqueza al respecto resulta encomiable:
"Cuanto menor es la posibilidad de un ascenso
social, más lógico es que los pobres adopten una visión ilusoria y
anticientífica del mundo. En lugar de la tecnología, recurren a la
magia. En lugar de la investigación independiente, eligen la ortodoxia.
En lugar de la historia, prefieren el mito. En lugar de la biografía,
veneran a héroes. Y como norma, sustituyen la lealtad de grupo por la
honestidad impersonal que requiere el mercado".4
Dejemos de lado la observación inconscientemente
cómica acerca de la "honestidad impersonal" del mercado, y
centremos nuestra atención en el meollo del argumento. Por lo menos Rees-Mogg
no intenta ocultar sus auténticas intenciones o su postura clasista. He
aquí una franqueza total en boca de un defensor de la clase dominante. La
creación de una subclase de pobres y parados, principalmente negros
viviendo en chabolas, representa una amenaza potencialmente explosiva para
el orden existente. Afortunadamente para "nosotros", los pobres
son ignorantes. Hay que mantenerles en la ignorancia y animarles en sus
ilusiones religiosas y supersticiones que nosotros, las "clases
educadas", naturalmente, no compartimos. Este mensaje no es nuevo.
Los ricos y poderosos han cantado la misma canción durante siglos. Pero
lo que es significativo es la referencia a la ciencia que según Rees-Mogg
ahora se percibe por primera vez como una aliada importante de la
religión.
Hace poco, el Templeton Prize para el Progreso de la
Religión premió al físico teórico Paul Davies con la cantidad de
650.000 libras (130 millones de pesetas), por haber demostrado "una
originalidad extraordinaria" promoviendo la comprensión de la
humanidad acerca de Dios o la espiritualidad. La lista de otros premiados
en el pasado incluye a Alexander Solzhenitsyn, la Madre Teresa de Calcuta,
el evangelista Billy Graham y Charles Colson, uno de los antiguos ladrones
del escándalo Watergate convertido en predicador. Davies, autor de libros
como Dios y la nueva física, La mente de Dios y Los últimos tres
minutos, insiste en que él no es "una persona religiosa en el
sentido convencional" (a saber lo que quiere decir con eso), pero
mantiene que "la ciencia ofrece un camino hacia Dios más seguro que
la religión".5
A pesar de sus evasivas, es evidente que Davies
representa una tendencia claramente definida que intenta inyectar el
misticismo y la religión en la ciencia. Este no es un fenómeno aislado.
Se está convirtiendo en algo demasiado común, sobre todo en el campo de
la física teórica y la cosmología, ambas muy dependientes de modelos
matemáticos abstractos que se presentan cada vez más como un sustituto
de una investigación empírica del mundo real. Por cada vendedor
consciente de misticismo en este terreno, hay cien científicos
concienzudos que estarían horrorizados si se les identificase con
semejante oscurantismo. No obstante, la única defensa real contra el
misticismo idealista es una filosofía consecuentemente materialista —la
filosofía del materialismo dialéctico—.
Es la intención de este libro explicar las leyes
básicas del materialismo dialéctico elaboradas originalmente por Marx y
Engels, demostrando la relevancia que tienen para el mundo moderno y para
la ciencia en particular. No pretendemos ser neutrales. De la misma forma
que Rees-Mogg defiende sin titubeos los intereses de la clase a la que
pertenece, nosotros por nuestra parte nos declaramos en contra de la
llamada "economía de mercado" y todo lo que representa. Somos
partícipes activos en la lucha para cambiar la sociedad. Pero antes de
poder cambiar el mundo hace falta comprenderlo. Es menester llevar a cabo
una lucha implacable contra cualquier intento de confundir las mentes de
los hombres y las mujeres con creencias místicas que tienen su origen en
la turbia prehistoria del pensamiento humano. La ciencia creció y se
desarrolló en la medida en que volvió la espalda a los prejuicios
acumulados del pasado. Tenemos que mantenernos firmes contra estos
intentos de retrasar el reloj cuatrocientos años.
Un número creciente de científicos está cada vez
más insatisfecho con la actual situación, no sólo en la ciencia y la
enseñanza, sino en la sociedad en su conjunto. Ven la contradicción
entre el enorme potencial de la tecnología y un mundo donde millones de
seres humanos viven al borde del hambre. Ven el abuso sistemático de las
ciencias al servicio de las ganancias de los grandes monopolios. Están
profundamente preocupados por los intentos persistentes de obligar a la
ciencia a ponerse al servicio del oscurantismo religioso y de una
política social reaccionaria. A muchos de ellos les repelía el carácter
totalitario y burocrático del estalinismo. Pero el colapso de la Unión
Soviética ha demostrado que la alternativa capitalista es peor todavía.
A través de su propia experiencia, muchos científicos llegarán a la
conclusión de que la única manera de salir del impasse social,
económico y cultural es mediante una sociedad basada en la planificación
racional, en la cual la ciencia y la tecnología se pongan a disposición
de la humanidad, y no de los beneficios privados. Semejante sociedad ha de
ser democrática en el auténtico sentido de la palabra, basándose en el
control consciente y la participación de toda la población. El
socialismo es democrático por su propia naturaleza. Como señala Trotsky,
"Una economía nacionalizada y planificada necesita la democracia al
igual que el cuerpo humano necesita oxígeno".
No es suficiente contemplar los problemas del mundo.
Hace falta cambiarlo. Pero primero, hace falta comprender las razones de
porqué las cosas están como están. Sólo el conjunto de ideas elaborado
por Marx y Engels y, posteriormente, desarrollado por Lenin y Trotsky
puede dotarnos de los medios adecuados para lograr esta comprensión.
Creemos que los representantes más conscientes de la comunidad
científica, mediante su propio trabajo y experiencia, comprenderán la
necesidad de un punto de vista materialista consecuente. Esto es lo que
ofrece el materialismo dialéctico. Los recientes avances de las teorías
del caos y de la complejidad demuestran que un número cada vez mayor de
científicos están evolucionando en el sentido del pensamiento
dialéctico. Este es un fenómeno enormemente significativo. No cabe duda
de que nuevos descubrimientos profundizarán y fortalecerán esta
tendencia. Por nuestra parte, estamos firmemente convencidos de que el
materialismo dialéctico es la filosofía del futuro. |