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Fundación Federico Engels .. |
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EL
ESTADO Y LA REVOLUCIÓN |
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Capítulo V |
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Las bases económicas de la extinción del Estado |
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1. Planteamiento de la cuestión por
Marx Si
se compara superficialmente la carta de Marx a Bracke del 5 de mayo de
1875 con la de Engels a Bebel del 28 de marzo de 1875, examinada más
arriba, podrá parecer que Marx es mucho más “partidario del Estado”
que Engels, y que entre las concepciones de ambos escritores acerca del
Estado media una diferencia muy considerable. Engels
aconseja a Bebel lanzar por la borda toda la charlatanería sobre el
Estado y borrar completamente del programa la palabra Estado, sustituyéndola
por la de “comunidad”. Engels llega incluso a declarar que la Comuna
no era ya un Estado en el verdadero sentido de la palabra. En cambio, Marx
habla incluso del “Estado futuro de la sociedad comunista”, es decir,
reconoce, al parecer, la necesidad del Estado hasta bajo el comunismo. Pero
semejante criterio sería profundamente erróneo. Examinán-dolo con mayor
atención, vemos que las concepciones de Marx y de Engels sobre el Estado
y su extinción coinciden en absoluto y que la citada expresión de Marx
se refiere precisamente al Estado en
extinción. Es
evidente que no puede hablarse siquiera de determinar el momento de la
“extinción” futura, tanto más
que se trata, a ciencia cierta, de un proceso largo. La aparente
diferencia entre Marx y Engels se explica por la diferencia de los temas
que abordaban y de los objetivos que perseguían. Engels se planteó la
tarea de mostrar a Bebel de un modo palmario y tajante, a grandes rasgos,
todo el absurdo de los prejuicios en boga (compartidos en grado
considerable por Lassalle) acerca del Estado. Marx sólo toca de paso
esta cuestión interesándose por otro tema: el desarrollo
de la sociedad comunista. Toda
la teoría de Marx es la aplicación de la teoría del desarrollo ---en su
forma más consecuente, más completa, más meditada y más rica de
contenido--- al capitalismo moderno. Era natural que a Marx se le
plantease, por tanto, la cuestión de aplicar esta teoría también a la inminente bancarrota del capitalismo y al desarrollo futuro
del comunismo futuro. Ahora
bien, ¿a base de qué datos se
puede plantear la cuestión del desarrollo futuro del comunismo futuro? A
base de que el comunismo procede
del capitalismo, se desarrolla históricamente del capitalismo, es el
resultado de la acción de una fuerza social engendrada
por el capitalismo. En Marx no encontramos el más leve intento de
fabricar utopías, de hacer conjeturas vanas respecto a cosas que no es
posible conocer. Marx plantea la cuestión del comunismo como el
naturalista plantearía, por ejemplo, la del desarrollo de una nueva
especie biológica, sabiendo que ha surgido de tal y tal modo y se
modifica en tal y tal dirección determinada. Marx
descarta, ante todo, la confusión que siembra el Programa de Gotha en el
problema de la correlación entre el Estado y la sociedad. “...La
sociedad actual ---escribe Marx--- es la sociedad capitalista, que existe
en todos los países civilizados más o menos libre de aditamentos
medievales, más o menos modificada por las particularidades del
desarrollo histórico de cada país, más o menos desarrollada. Por el
contrario, el ‘Estado actual’ cambia con las fronteras de cada país.
En el imperio prusiano-alemán es otro que en Suiza; en Inglaterra, otro
que en los Estados Unidos. El ‘Estado actual’ es, por tanto, una ficción. Sin
embargo, los distintos Estados de los distintos países civilizados, pese
a la abigarrada diversidad de sus formas, tienen de común el que todos
ellos se asientan sobre las bases de la moderna sociedad burguesa, aunque
ésta se halle en unos sitios más desarrollada que en otros en el sentido
capitalista. Tienen también, por tanto, ciertos caracteres esenciales
comunes. En este sentido, puede hablarse del ‘Estado actual’, por
oposición al futuro, en el que su actual raíz, la sociedad burguesa, se
habrá extinguido. Cabe
entonces preguntarse: ¿qué transformación sufrirá el Estado en la
sociedad comunista? O, en otros términos, ¿qué funciones sociales análogas
a las actuales funciones del Estado subsistirán entonces? Esta pregunta sólo
puede contestarse científicamente, y por más que acoplemos de mil
maneras la palabra ‘pueblo’ y la palabra ‘Estado’, no nos
acercaremos ni un pelo a la solución del problema…”(44). Poniendo
en ridículo, como vemos, toda la charlatanería sobre el “Estado del
pueblo”, Marx ofrece un planteamiento del problema y nos advierte, en
cierto modo, que para resolverlo de una manera científica sólo se puede
operar con datos científicos sólidamente establecidos. Lo
primero que ha sido establecido con absoluta precisión por toda la teoría
del desarrollo y por toda la ciencia en general ---y lo que olvidaron los
utopistas y olvidan los oportunistas de hoy que temen a la revolución
socialista--- es la circunstancia de que, históricamente, tiene que
haber, sin duda alguna, una fase especial o una etapa especial de transición
del capitalismo al comunismo. 2. La transición del capitalismo al
comunismo “...
Entre la sociedad capitalista y la sociedad comunista ---prosigue Marx---
media el período de la transformación revolucionaria de la primera en la
segunda. A este período corresponde también un período político de
transición, cuyo Estado no puede ser otro que la
dictadura revolucionaria del proletariado...”. Esta
conclusión de Marx se basa en el análisis del papel que el proletariado
desempeña en la sociedad capitalista actual, en los datos sobre el
desarrollo de esta sociedad y en el carácter irreconciliable de los
intereses antagónicos del proletariado y de la burguesía. Antes,
la cuestión se planteaba así: para conseguir su liberación, el
proletariado debe derrocar a la burguesía, conquistar el Poder político
e instaurar su dictadura revolucionaria. Ahora
se plantea de un modo algo distinto: la transición de la sociedad
capitalista ---que se desenvuelve hacia el comunismo--- a la sociedad
comunista es imposible sin un “período político de transición”, y
el Estado de este período no puede ser otro que la dictadura
revolucionaria del proletariado. Ahora
bien, ¿cuál es la actitud de esta dictadura hacia la democracia? Hemos
visto que el Manifiesto Comunista
coloca sencillamente juntos dos conceptos: “la transformación del
proletariado en clase dominante” y “la conquista de la democracia”(45).
Sobre la base de cuanto queda expuesto, puede determinarse con más
exactitud cómo se transforma la democracia durante la transición del
capitalismo al comunismo. La
sociedad capitalista, considerada en sus condiciones de desarrollo más
favorables, nos ofrece una democracia más o menos completa en la república
democrática. Pero esta democracia se halla siempre comprimida dentro del
estrecho marco de la explotación capitalista y, por esta razón, es
siempre, en esencia, una democracia para la minoría, sólo para las
clases poseedoras, sólo para los ricos. La libertad de la sociedad
capitalista sigue siendo siempre, poco más o menos, lo que era la
libertad en las antiguas repúblicas de Grecia: libertad para los
esclavistas. En virtud de las condiciones de la explotación capitalista,
los esclavos asalariados modernos viven tan agobiados por la penuria y la
miseria, que “no están para democracias”, “no están para política”,
y en el curso corriente y pacífico de los acontecimientos, la mayoría de
la población queda al margen de toda participación en la vida político-social. Alemania
es, tal vez, el país que confirma con mayor evidencia la exactitud de
esta afirmación, precisamente porque la legalidad constitucional se
mantuvo allí durante un período asombrosamente largo y estable, casi
medio siglo (1871-1914), en el transcurso del cual la socialdemocracia
supo hacer muchísimo más que en los otros países para “utilizar la
legalidad” y organizar en partido político a una parte de obreros más
considerable que en ningún otro lugar del mundo. Pues
bien, ¿a cuánto asciende esta parte de los esclavos asalariados políticamente
conscientes y activos, con ser la más elevada de cuantas se han observado
en la sociedad capitalista? ¡De 15 millones de obreros asalariados, el
Partido Socialdemócrata cuenta con un millón de miembros! ¡De 15
millones están organizados sindicalmente tres millones! Democracia
para una minoría insignificante, democracia para los ricos: ésa es la
democracia de la sociedad capitalista. Si observamos más de cerca el
mecanismo de la democracia capitalista, veremos siempre y en todas partes
restricciones y restricciones de la democracia: en los detalles “pequeños”,
supuestamente pequeños, del derecho al sufragio (censo de asentamiento,
exclusión de la mujer, etc.), en la técnica de las instituciones
representativas, en los obstáculos efectivos que se oponen al derecho de
reunión (¡los edificios públicos no son para los “miserables”!), en
la organización puramente capitalista de la prensa diaria, etc., etc.
Estas restricciones, excepciones, exclusiones y trabas impuestas a los
pobres parecen insignificantes, sobre todo a quienes jamás han sufrido la
penuria ni han estado en contacto con la vida cotidiana de las clases
oprimidas (que es lo que les ocurre a las nueve décimas partes, si no al
noventa y nueve por ciento, de los publicistas y políticos burgueses);
pero, en conjunto, estas restricciones excluyen, eliminan a los pobres de
la política, de la participación activa en la democracia. Marx
percibió magníficamente esta esencia
de la democracia capitalista al decir en su análisis de la
experiencia de la Comuna: a los oprimidos se les autoriza para decidir una
vez cada varios años qué mandatarios de la clase opresora han de
representarlos y aplastarlos en el Parlamento! Pero,
partiendo de esta democracia capitalista ---inevitablemente estrecha, que
repudia por debajo de cuerda a los pobres y que es, por tanto, una
democracia profundamente hipócrita y falaz---, el desarrollo progresivo
no discurre de un modo sencillo, directo y tranquilo “hacia una
democracia cada vez mayor”, como quieren hacernos creer los profesores
liberales y los oportunistas pequeñoburgueses. No. El desarrollo
progresivo, es decir, el desarrollo hacia el comunismo, pasa por la
dictadura del proletariado, y sólo puede ser así, ya que no hay otra
fuerza ni otro camino para romper la
resistencia de los explotadores capitalistas. Pero
la dictadura del proletariado, es decir, la organización de la vanguardia
de los oprimidos en clase dominante para aplastar a los opresores, no
puede conducir únicamente a la simple ampliación de la democracia. A
la par con la enorme ampliación de la democracia, que se convierte por
vez primera en democracia para los pobres, en democracia para el
pueblo, y no en democracia para los ricos, la dictadura del proletariado
implica una serie de restricciones impuestas a la libertad de los
opresores, de los explotadores, de los capitalistas. Debemos reprimir a éstos
para liberar a la humanidad de la esclavitud asalariada; hay que vencer
por la fuerza su resistencia, y es evidente que allí donde hay represión
hay violencia, no hay libertad ni democracia. Engels
lo expresaba magníficamente en la carta a Bebel, a decir, como recordará
el lector, que “mientras el proletariado necesite todavía el Estado, no
lo necesitará en interés de la libertad sino para someter a sus
adversarios, y tan pronto como pueda hablarse de libertad, el Estado como
tal dejará de existir”(46). Democracia
para la mayoría gigantesca del pueblo y represión por la fuerza, o sea,
exclusión de la democracia para los explotadores, para los opresores del
pueblo: he ahí la modificación que sufrirá la democracia en la transición
del capitalismo al comunismo. Sólo
en la sociedad comunista, cuando se haya roto ya definitivamente la
resistencia de los capitalistas, cuando hayan desaparecido los
capitalistas, cuando no haya clases (es decir, cuando no existan
diferencias entre los miembros de la sociedad por su relación hacia los
medios sociales de producción), sólo
entonces “desaparecerá el Estado y podrá
hablarse de libertad”. Sólo entonces será posible y se hará
realidad una democracia verdaderamente completa, una democracia que no
implique, en efecto, ninguna restricción. Y sólo entonces comenzará a extinguirse
la democracia por la sencilla razón de que los hombres, liberados de la
esclavitud capitalista, de los innumerables horrores, bestialidades,
absurdos y vilezas de la explotación capitalista, se
habituarán poco a poco a observar las reglas elementales de
convivencia, conocidas a lo largo de los siglos y repetidas desde hace
miles de años en todos los preceptos; a observarlas sin violencia, sin
coacción, sin subordinación, sin
ese aparato especial de coacción que se llama Estado. La
expresión “el Estado se extingue”
está muy bien elegida, pues señala el carácter gradual del proceso y su
espontaneidad. Sólo la fuerza de la costumbre puede ejercer y ejercerá
indudablemente esa influencia, pues en torno nuestro vemos millones de
veces con qué facilidad se habitúa la gente a observar las reglas de
convivencia que necesita, si no hay explotación, si no hay nada que la
indigne, provoque protestas y sublevaciones y haga imprescindible la represión. Por
tanto, en la sociedad capitalista tenemos una democracia amputada,
mezquina, falsa, una democracia solamente para los ricos, para la minoría.
La dictadura del proletariado, el período de transición al comunismo,
aportará por vez primera la democracia para el pueblo, para la mayoría,
a la par con la necesaria represión de la minoría, de los explotadores.
Sólo el comunismo puede proporcionar una democracia verdaderamente
completa, y cuanto más completa sea antes dejará de ser necesaria y se
extinguirá por sí misma. Dicho
en otros términos: bajo el capitalismo tenemos un Estado en el sentido
estricto de la palabra, una máquina especial para la represión de una
clase por otra y, además, de la mayoría por la minoría. Es evidente
que, para que pueda prosperar una empresa como la represión sistemática
de la mayoría de los explotados por una minoría de explotadores, hace
falta una crueldad extraordinaria, una represión bestial, hacen falta
mares de sangre, a través de los cuales marcha la humanidad en estado de
esclavitud, de servidumbre, de trabajo asalariado. Más
adelante, durante la transición
del capitalismo al comunismo, la represión es todavía
necesaria, pero es ya la represión de una minoría de explotadores por la
mayoría de los explotados. Es necesario todavía
un aparato especial, una máquina especial para la represión: el
“Estado”. Pero es ya un Estado de transición, no es ya un Estado en
el sentido estricto de la palabra, pues la represión de una minoría de
explotadores por la mayoría de los esclavos asalariados de
ayer es algo tan relativamente fácil, sencillo y natural, que será
muchísimo menos sangrienta que la represión de las sublevaciones de los
esclavos, de los siervos y de los obreros asalariados y costará mucho
menos a la humanidad. Y ello es compatible con la extensión de la
democracia a una mayoría tan aplastante de la población, que la
necesidad de una máquina especial
para la represión comienza a desaparecer. Como es natural, los
explotadores no pueden reprimir al pueblo sin una máquina complicadísima
que les permita cumplir este cometido, pero el pueblo puede reprimir a los explotadores con una “máquina” muy
sencilla, casi sin “máquina”, sin aparato especial, con la simple organización
de las masas armadas (como los Soviets de diputados obreros y
soldados, digamos, adelantándonos un poco). Por
último, sólo el comunismo suprime en absoluto la necesidad del Estado,
pues no hay nadie a quien
reprimir, “nadie” en el sentido de clase,
en el sentido de una lucha sistemática contra determinada parte de la
población. No somos utopistas y no negamos lo más mínimo que es posible
e inevitable que algunos individuos
cometan excesos, como tampoco negamos la necesidad de reprimir tales
excesos. Pero, en primer lugar, para ello no hace falta una máquina
especial, un aparato especial de represión; esto lo hará el propio
pueblo armado, con la misma sencillez y facilidad con que un grupo
cualquiera de personas civilizadas, incluso en la sociedad actual, separa
a los que se están peleando o impide que se maltrate a una mujer. Y, en
segundo lugar, sabemos que la causa social más profunda de los excesos,
consistentes en la infracción de las reglas de convivencia, es la
explotación de las masas, su penuria y su miseria. Al suprimirse esta
causa fundamental, los excesos comenzarán inevitablemente a “extinguirse”.
No sabemos con qué rapidez y gradación, pero sabemos que se extinguirán.
Y con ello se extinguirá también
el Estado. Sin
dejarse llevar de utopías, Marx determinó en detalle lo que es posible
determinar ahora respecto a este
porvenir, a saber: la diferencia entre las fases (grados o etapas)
inferior y superior de la sociedad comunista. 3.
Primera fase de la sociedad comunista En
la Crítica del Programa de Gotha,
Marx refuta minuciosamente la idea lassalleana de que, bajo el socialismo,
el obrero recibirá el “producto integro (o “completo”) del
trabajo”. Marx demuestra que de todo el trabajo social de toda la
sociedad habrá que descontar un fondo de reserva, otro fondo para ampliar
la producción, para reponer las máquinas “gastadas”, etc., y, además
de los artículos de consumo, un fondo para los gastos de administración,
escuelas, hospitales, asilos de ancianos, etc. En
vez de la frase nebulosa, confusa y general de Lassalle (“dar al obrero
el producto íntegro del trabajo”), Marx ofrece un análisis sereno de cómo
se verá obligada a administrar la sociedad socialista. Marx aborda el análisis
concreto de las condiciones de
vida de esta sociedad, en la que no existirá el capitalismo, y dice: “De
lo que aquí se trata” (en el examen del programa de partido obrero)
“no es de una sociedad comunista que se ha
desarrollado sobre su propia base, sino de una que acaba de salir
precisamente de la sociedad capitalista y que, por tanto presenta todavía
en todos sus aspectos, en el económico, en el moral y en el intelectual,
el sello de la vieja sociedad de cuya entraña procede”. Esta
sociedad comunista, que acaba de salir de la entraña del capitalismo y
que lleva en todos sus aspectos el sello de la sociedad antigua, es la que
Marx llama “primera” fase o fase inferior de la sociedad comunista. Los
medios de producción han dejado de ser ya propiedad privada de los
individuos para pertenecer a toda la sociedad. Cada miembro de ésta, al
ejecutar una cierta parte del trabajo socialmente necesario, obtiene de la
sociedad un certificado acreditativo de haber realizado tal o cual
cantidad de trabajo. Por este certificado recibe de los almacenes sociales
de artículos de consumo la cantidad correspondiente de productos.
Deducida la cantidad de trabajo que pasa al fondo social, cada obrero
recibe, pues, de la sociedad tanto como le entrega. Reina,
al parecer, la “igualdad”. Pero
cuando Lassalle, refiriéndose a este orden social (al que se suele dar el
nombre de socialismo y que Marx denomina primera fase del comunismo), dice
que esto es una “distribución justa”, que es “el derecho igual de
cada uno al producto igual del trabajo”, Lassalle se equivoca, y Marx
pone al descubierto su error. Aquí
---dice Marx--- nos hallamos, efectivamente, ante un “derecho igual”,
pero es todavía “un derecho
burgués”, que, como todo derecho, presupone
la desigualdad. Todo derecho significa la aplicación de un rasero igual a hombres distintos,
que en realidad no son idénticos, no son iguales entre sí; por tanto, el
“derecho igual” constituye una infracción de la igualdad y una
injusticia. En realidad cada cual obtiene, si ejecuta una parte de trabajo
social igual que el otro la misma parte del producto social (después de
hechas las deducciones indicadas). Sin
embargo, los hombres no son iguales: unos son más fuertes y otros más débiles;
unos están casados y otros solteros; unos tienen más hijos que otros,
etc. “...Con
igual trabajo ---concluye Marx--- y, por consiguiente, con igual
participación en el fondo social de consumo, unos obtienen de hecho más
que otros, unos son más ricos que otros, etc. Para evitar todos estos
inconvenientes, el derecho no tendría que ser igual, sino desigual...”. Por
consiguiente, la primera fase del comunismo no puede proporcionar todavía
justicia ni igualdad: subsisten las diferencias de riqueza, diferencias
injustas; pero quedará descartada ya la
explotación del hombre por el hombre, puesto que no será posible
apoderarse, a título de propiedad privada, de los medios de producción, de las fábricas, las máquinas, la tierra,
etc. Pulverizando la frase confusa y pequeñoburguesa de Lassalle sobre la
“igualdad” y la “justicia”
en general, Marx señala el
curso de desarrollo de la sociedad comunista, que se verá obligada
a destruir primeramente tan sólo aquella
“injusticia” que consiste en la usurpación de los medios de producción
por individuos aislados, pero que no estará
en condiciones de destruir de golpe también la otra injusticia,
consistente en la distribución de los artículos de consumo “según el
trabajo” (y no según las necesidades). Los
economistas vulgares, incluidos los profesores burgueses, y entre ellos
“nuestro” Tugán, reprochan constantemente a los socialistas que
olvidan la desigualdad de los hombres y “sueñan” con destruir esta
desigualdad. Semejante reproche sólo demuestra, como vemos, la extrema
ignorancia de los señores ideólogos burgueses. Marx
tiene en cuenta del modo más preciso no sólo la inevitable desigualdad
de los hombres, sino también que el solo hecho de que los medios de
producción pasen a ser propiedad común de toda la sociedad (el
“socialismo”, en el sentido corriente de la palabra) no
suprime los defectos de la distribución y la desigualdad del
“derecho burgués”, el cual sigue
imperando, por cuanto los productos son distribuidos “según el
trabajo”. “...Pero
estos defectos ---prosigue Marx--- son inevitables en la primera fase de
la sociedad comunista, tal y como brota de la sociedad capitalista después
de un largo y doloroso alumbramiento. El derecho no puede ser nunca
superior a la estructura económica ni al desarrollo cultural de la
sociedad por ella condicionado...”. Así,
pues, en la primera fase de la sociedad comunista (a lo que suele darse el
nombre de socialismo), el “derecho burgués” no se suprime por
completo, sino sólo en parte, sólo en la medida de la transformación
económica ya alcanzada, es decir, sólo en lo que se refiere a los medios
de producción. El “derecho burgués” reconoce la propiedad privada de
los individuos sobre los medios de producción. El socialismo los
convierte en propiedad común. En este sentido
---y sólo en este sentido--- desaparece el “derecho burgués”. Sin
embargo, este derecho persiste en otro de sus aspectos: como regulador de
la distribución de los productos y de la distribución del trabajo entre
los miembros de la sociedad. “Quien no trabaja no come”: este
principio socialista es ya una
realidad; “a igual cantidad de trabajo, igual cantidad de productos”:
también es ya una realidad este principio socialista. Pero esto no es todavía
el comunismo, no suprime aún el “derecho burgués”, que da una
cantidad igual de productos a hombres que no son iguales y por una
cantidad desigual (desigual de hecho) de trabajo. Esto
es un “defecto”, dice Marx, pero un defecto inevitable en la primera
fase del comunismo, pues, sin caer en la utopía, no se puede pensar que,
al derrocar el capitalismo, los hombres aprenderán a trabajar
inmediatamente para la sociedad sin
sujetarse a ninguna norma de derecho; además, la abolición del
capitalismo no sienta de repente
las premisas económicas para este cambio. Otras
normas, fuera de las del “derecho burgués”, no existen, Y, por tanto,
persiste todavía la necesidad del Estado, que, velando por la propiedad
común sobre los medios de producción, vele por la igualdad del trabajo y
por la igualdad en la distribución de los productos. El
Estado se extingue por cuanto ya no hay capitalistas, ya no hay clases y,
por lo mismo, no cabe reprimir a
ninguna clase. Pero
el Estado no se ha extinguido todavía del todo, pues persiste aún la
protección del “derecho burgués”, que sanciona la desigualdad
efectiva. Para que el Estado se extinga por completo hace falta el
comunismo completo. 4. La fase superior de la sociedad
comunista Marx
prosigue: “...En
la fase superior de la sociedad comunista, cuando haya desaparecido la
subordinación esclavizadora de los individuos a la división del trabajo
y, con ella, el contraste entre el trabajo intelectual y el trabajo
manual; cuando el trabajo no sea solamente un medio de vida, sino la
primera necesidad vital; cuando, con el desarrollo de los individuos en
todos sus aspectos, crezcan también las fuerzas productivas y fluyan con
todo su caudal los manantiales de la riqueza colectiva, sólo entonces
podrá rebasarse totalmente el estrecho horizonte del derecho burgués, y
la sociedad podrá escribir en su bandera: ‘De cada cual, según su
capacidad; a cada cual, según sus necesidades”. Sólo
ahora podemos apreciar toda la razón de las observaciones de Engels,
cuando se burlaba implacablemente de la absurda asociación de las
palabras “libertad” y “Estado”. Mientras existe el Estado no
existe libertad. Cuando haya libertad no habrá Estado. La
base económica de la extinción completa del Estado representa un
desarrollo tan elevado del comunismo, que en él desaparece el contraste
entre el trabajo intelectual y el manual, dejando de existir, por
consiguiente, una de las fuentes más importantes de la desigualdad social
moderna, una fuente de desigualdad que en modo alguno puede ser suprimida
de repente por el solo hecho de que los medios de producción pasen a ser
propiedad social, por la sola expropiación de los capitalistas. Esta
expropiación dará la posibilidad
de desarrollar las fuerzas productivas en proporciones gigantescas. Y,
viendo cómo el capitalismo entorpece
ya hoy increíblemente este desarrollo y cuánto podríamos avanzar a base
de la técnica moderna ya lograda, tenemos derecho a decir, con la más
absoluta convicción, que la expropiación de los capitalistas originará
inevitablemente un desarrollo gigantesco de las fuerzas productivas de la
sociedad humana. Lo que no sabemos ni
podemos saber es la rapidez con que avanzará este desarrollo, la
rapidez con que llegará a romper con la división del trabajo, a suprimir
el contraste entre el trabajo intelectual y el manual, a convertir el
trabajo “en la primera necesidad vital”. Por
eso tenemos derecho a hablar tan sólo de la extinción inevitable del
Estado, subrayando el carácter prolongado de este proceso, su supeditación
a la rapidez con que se desarrolle la fase
superior del comunismo y dejando completamente en pie la cuestión de
los plazos o de las formas concretas de la extinción, pues no
tenemos datos para poder resolver estas cuestiones. El
Estado podrá extinguirse por completo cuando la sociedad ponga en práctica
la regla: “De cada cual, según su capacidad; a cada cual, según sus
necesidades”; es decir, cuando los hombres estén ya tan habituados a
observar las normas fundamentales de la convivencia y cuando su trabajo
sea tan productivo, que trabajen voluntariamente según
su capacidad. El “estrecho horizonte del derecho burgués”, que
obliga a calcular con el rigor de un Shylock
(47)
para no trabajar ni media hora
más que otro y para no percibir menos salario que otro, este estrecho
horizonte quedará entonces rebasado. La distribución de los productos no
requerirá entonces que la sociedad regule la cantidad de ellos que reciba
cada uno; todo hombre podrá tomar libremente lo que cumpla a “sus
necesidades”. Desde
el punto de vista burgués, es fácil presentar como una “pura utopía”
semejante régimen social y burlarse diciendo que los socialistas prometen
a todos el derecho a obtener de la sociedad, sin el menor control del
trabajo rendido por cada ciudadano, la cantidad que deseen de trufas, de
automóviles, de pianos, etc. Con estas burlas siguen contentándose hasta
hoy la mayoría de los “sabios” burgueses, que demuestran con ello su
ignorancia y su defensa interesada del capitalismo. Su
ignorancia, pues a ningún socialista se le ha pasado por las mientes
“prometer” la llegada de la fase superior de desarrollo del comunismo,
y la previsión de los grandes
socialistas de que esta fase ha de advenir presupone una productividad del
trabajo que no es la actual y hombres que
no son los actuales filisteos, capaces ---como los seminaristas de
Pomialovski(48)---
de dilapidar “a tontas y a locas” la riqueza social y de pedir lo
imposible. Mientras
llega la fase “superior” del comunismo, los socialistas exigen el
más riguroso control por parte de la sociedad y
por parte del Estado sobre la medida de trabajo y la medida de
consumo; pero este control ha de comenzar
con la expropiación de los capitalistas, con el control de los obreros
sobre los capitalistas, y no debe llevarse a cabo por un Estado de burócratas,
sino por el Estado de los obreros armados. La
defensa interesada del capitalismo por los ideólogos burgueses (y por sus
acólitos del tipo de señores como los Tsereteli, los Chernov y Cía.)
consiste, precisamente, en suplantar
con discusiones y charlas sobre un remoto porvenir la cuestión más
candente y más actual de la política de
hoy: la expropiación de los capitalistas, la transformación de todos los ciudadanos en trabajadores y empleados de un gran
“consorcio” único, a saber, de todo el Estado, y la subordinación
completa de todo el trabajo de todo este consorcio a un Estado realmente
democrático, al Estado de los
Soviets de diputados obreros y soldados. En
el fondo, cuando los sabios profesores, y tras ellos los filisteos, y tras
ellos señores como los Tsereteli y los Chernov, hablan de utopías
descabelladas, de las promesas demagógicas de los bolcheviques, de la
imposibilidad de “implantar” el socialismo, se refieren precisamente a
la etapa o fase superior del comunismo que nadie ha prometido
“implantar” y ni siquiera ha pensado en ello, pues, en general, es
imposible “implantarla”. Y
aquí llegamos a la cuestión de la diferencia científica existente entre
el socialismo y el comunismo, cuestión a la que Engels aludió en el
pasaje citado más arriba sobre la inexactitud de la denominación de
“socialdemócratas”. Es posible que, políticamente la diferencia
entre la primera fase, o fase inferior, y la fase superior del comunismo
llegue, con el tiempo, a ser enorme; pero hoy bajo el capitalismo, sería
ridículo hacer resaltar esta diferencia que sólo tal vez algunos
anarquistas podrían promover a primer plano (si es que entre los
anarquistas quedan todavía hombres que no hayan aprendido nada después
de la conversión “plejanovista” de los Kropotkin, los Grave, los
Cornelissen y demás “estrellas” del anarquismo en socialchovinistas o
en anarquistas de trincheras, como los ha calificado Gue, uno de los pocos
anarquistas que no han perdido el honor y la conciencia). Pero
la diferencia científica entre el socialismo y el comunismo es clara. A
lo que se acostumbra a denominar socialismo, Marx lo llamaba “primera”
fase o fase inferior de la sociedad comunista. Por cuanto los medios de
producción se convierten en propiedad común
puede aplicarse también a esta fase la palabra “comunismo”, siempre y
cuando que no se pierda de vista que esto no
es el comunismo completo. La gran importancia de las explicaciones de Marx
reside en que también aquí aplica consecuentemente la dialéctica
materialista, la teoría del desarrollo, considerando el comunismo como
algo que se desarrolla del
capitalismo. En vez de “imaginadas” definiciones escolásticas y
artificiales y de disputas estériles sobre palabras (qué es el
socialismo, qué es el comunismo), Marx hace un análisis de lo que podríamos
llamar grados de madurez económica del comunismo. En
su primera fase, en su primer grado, el comunismo no puede presentar todavía una madurez económica completa, no
puede aparecer todavía completamente libre de las tradiciones o de las
huellas del capitalismo. De ahí un fenómeno tan interesante como la
subsistencia del “estrecho horizonte del derecho burgués”
bajo el comunismo en su primera fase. El derecho burgués respecto a la
distribución de los artículos de consumo
presupone también inevitablemente, como es natural, un Estado burgués, pues el derecho no es nada sin un aparato capaz de obligar
a respetar las normas de derecho. Resulta,
pues, que bajo el comunismo no sólo subsiste durante cierto tiempo el
derecho burgués, sino que subsiste incluso el Estado burgués ¡sin
burguesía! Esto
podrá parecer una paradoja o un simple juego dialéctico de la
inteligencia, que es de lo que suelen acusar al marxismo gentes que no han
hecho el menor esfuerzo para estudiar su contenido, extraordinariamente
profundo. En
realidad, la vida nos muestra a cada paso los vestigios de lo viejo en lo
nuevo, tanto en la naturaleza como en la sociedad. Y Marx no trasplantó
por capricho al comunismo un trocito de derecho “burgués”, sino que
tomó lo que es económica y políticamente inevitable en una sociedad que
brota de las entrañas del
capitalismo. La
democracia tiene una enorme importancia en la lucha de la clase obrera por
su liberación contra los capitalistas. Pero la democracia no es, en modo
alguno, un límite insuperable, sino sólo una de las etapas en el camino
del feudalismo al capitalismo y del capitalismo al comunismo. Democracia
implica igualdad. Se comprende la gran importancia que encierra la lucha
del proletariado por la igualdad y la consigna de la igualdad, si ésta se
interpreta exactamente, en el sentido de destrucción de las clases.
Pero la democracia implica tan sólo la igualdad formal.
E inmediatamente después de realizada la igualdad de todos los miembros
de la sociedad con respecto a la
posesión de los medios de producción, es decir, la igualdad de trabajo y
la igualdad de salario, surgirá de manera inevitable ante la humanidad la
cuestión de seguir adelante, de pasar de la igualdad formal a la igualdad
de hecho, es decir, a la aplicación de la regla: “De cada cual según
su capacidad; a cada cual, según sus necesidades”. A través de qué
etapas, por medio de qué medidas prácticas llegará la humanidad a este
supremo objetivo es cosa que no sabemos ni podemos saber. Pero lo
importante es aclararse a sí mismo cuán infinitamente falaz es la idea
burguesa corriente que presenta al socialismo como algo muerto, rígido e
inmutable, cuando, en realidad, sólo
con el socialismo comienza un movimiento rápido y auténtico de progreso
en todos los aspectos de la vida social e individual, un movimiento
verdaderamente de masas, en el que toma parte la
mayoría de la población, primero, y la población entera, después. La
democracia es una forma de Estado, una de las variedades del Estado. Y,
por consiguiente, representa, como todo Estado, la aplicación organizada
y sistemática de la violencia sobre los hombres. Eso, de una parte. Pero,
de otra, la democracia implica el reconocimiento formal de la igualdad
entre los ciudadanos, el derecho igual de todos a determinar la estructura
del Estado y a gobernarlo. Y esto, a su vez, se halla relacionado con que,
al llegar a un cierto grado de desarrollo de la democracia, ésta, en
primer lugar, cohesiona al proletariado, la clase revolucionaria frente al
capitalismo, y le da la posibilidad de destruir, de hacer añicos, de
barrer de la faz de la tierra la máquina del Estado burgués, incluso la
del Estado burgués republicano, el ejército permanente, la policía y la
burocracia, y de sustituirlos por una máquina más
democrática, pero todavía estatal, bajo la forma de las masas obrera
armadas, como paso hacia la participación de todo el pueblo en las
milicias. Aquí
“la cantidad se transforma en calidad”; este
grado de democracia rebasa ya el marco de la sociedad burguesa, es el
comienzo de su reestructuración socialista. Si todos
intervienen realmente en la dirección del Estado, el capitalismo no podrá
ya sostenerse. Y, a su vez, el desarrollo del capitalismo crea las premisas
para que “todos” realmente puedan
intervenir en la gobernación del Estado. Entre estas premisas se cuenta
la completa liquidación del analfabetismo, conseguida ya por algunos de
los países capitalistas más adelantados, la “instrucción y la educación
de la disciplina” de millones de obreros por el amplio y complejo
aparato socializado de Correos, de los ferrocarriles, de las grandes fábricas,
del gran comercio, de los bancos, etc., etc. Existiendo
estas premisas económicas, es
perfectamente posible pasar en seguida, de la noche a la mañana, después
de derrocar a los capitalistas y a los burócratas, a sustituirlos por los
obreros armados, por todo el pueblo armado, en la obra de controlar la producción y la distribución, en la obra de computar
el trabajo y los productos. (No hay que confundir la cuestión del control
y de la contabilidad con la cuestión del personal con instrucción científica
de ingenieros, agrónomos, etc.: estos señores trabajan hoy subordinados
a los capitalistas y trabajarán todavía mejor mañana, subordinados a
los obreros armados). Contabilidad
y control: he aquí lo principal,
lo que hace falta para “poner a punto” y para que funcione bien la primera
fase de la sociedad comunista. En ella, todos
los ciudadanos se convierten en empleados a sueldo del Estado, que no es
otra cosa que los obreros armados. Todos
los ciudadanos pasan a ser empleados y obreros de un
solo “consorcio” de todo el pueblo, del Estado. De lo que se trata
es de que trabajen por igual, observando bien la medida del trabajo, y de
que ganen equitativamente. El capitalismo ha
simplificado hasta el extremo la contabilidad y el control de esto,
reduciéndolos a operaciones extraordinariamente simples de inspección y
anotación, accesibles a cualquiera que sepa leer y escribir, conozca las
cuatro reglas aritméticas y sepa extender los recibos correspondientes*. Cuando
la mayoría del pueblo comience
a llevar por su cuenta y en todas partes esta contabilidad, este control
sobre los capitalistas (que entonces se convertirán en empleados) y sobre
los señores intelectualillos que conservan sus hábitos capitalistas,
este control será realmente universal, general, del pueblo entero, y
nadie podrá rehuirlo, pues “no habrá escapatoria posible”. Toda
la sociedad será una sola oficina y una sola fábrica, con trabajo igual
y salario igual. Pero
esta disciplina “fabril”, que el proletariado, después de triunfar
sobre los capitalistas y de derrocar a los explotadores, hará extensiva a
toda la sociedad, no es, en modo alguno, nuestro ideal ni nuestra meta
final, sino sólo un escalón
necesario para limpiar radicalmente la sociedad de la bajeza y de la
infamia de la explotación capitalista y para
seguir avanzando. A
partir del momento en que todos los miembros de la sociedad, o por lo
menos la inmensa mayoría de ellos, hayan aprendido a dirigir por sí mismos el Estado, hayan tomado este asunto en sus propias
manos, hayan “puesto a punto” el control sobre la insignificante minoría
de capitalistas, sobre los señoritos que quieren seguir conservando sus hábitos
capitalistas y sobre obreros profundamente corrompidos por el capitalismo;
a partir de este momento comenzará a desaparecer la necesidad de toda
administración en general. Cuanto más completa sea la democracia más
cercano estará el momento en que deje de ser necesaria. Cuanto más
democrático sea el “Estado”, constituido por los obreros armados y
que “no será ya un Estado en el verdadero sentido de la palabra”, más
rápidamente comenzará a extinguirse todo
Estado. Pues
cuando todos hayan aprendido a
dirigir y dirijan en realidad por su cuenta la producción social; cuando
hayan aprendido a llevar el cómputo y el control de los haraganes, de los
señoritos, de los granujas y demás “depositarios de las tradiciones
del capitalismo”, el escapar a este registro y a este control realizado
por la totalidad del pueblo será sin remisión algo tan inaudito y difícil,
una excepción tan rara, y suscitará probablemente una sanción tan rápida
y tan severa (pues los obreros armados son gente práctica y no
intelectualillos sentimentales, y será muy difícil que permitan que
nadie juegue con ellos), que la necesidad de observar las reglas nada complicadas y fundamentales de
toda convivencia humana se convertirá muy pronto en una costumbre. Y
entonces quedarán abiertas de par en par las puertas para pasar de la
primera fase de la sociedad comunista a su fase superior y, a la vez, a la
extinción completa del Estado. |
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Notas 44.-
Véase C. Marx. Crítica del
Programa de Gotha. C. Marx y F. Engels. Obras
escogidas en dos tomos, t. II, pág. 24, de. en español, Moscú,
1968. 45.-
Véase C. Marx y F. Engels. Manifiesto
del Partido Comunista. Obras escogidas en dos tomos, t. I, pág. 38,
ed. en español, Moscú, 1966. 46.-
Véase C. Marx. Crítica del
Programa de Gotha. C. Marx y F. Engels. Obras
escogidas en dos tomos, t. II, pág. 34, ed. en español, Moscú,
1966. 47.-
Shylock: personaje de la comedia
de W. Shakespeare El Mercader de
Venecia, usurero cruel y duro, que exigía implacablemente que, según
las condiciones de la letra de cambio, se le extirpase una libra de carne
a su deudor moroso. 48.- Seminaristas de Pomialovski: alumnos de seminarios. Sus caracteres rusos fueron descritos por el literato ruso N. Pomialovski en su Diario de un seminarista. Bursa: albergue de seminaristas en la Rusia zarista. |
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Capítulo
VI |
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