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Fundación Federico Engels .. |
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EL
ESTADO Y LA REVOLUCIÓN |
| Capítulo III |
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El
Estado y la Revolución. |
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. 1. ¿En qué consiste el heroísmo de
la tentativa de los comuneros?
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Marx,
sin embargo, no se contentó con entusiasmarse ante el heroísmo de los
comuneros que, según sus palabras, “asaltaban el cielo”. Marx veía
en aquel movimiento revolucionario de masas, aunque no llegó a alcanzar
sus objetivos, una experiencia histórica de grandiosa importancia, un
cierto paso adelante de la revolución proletaria mundial, un paso práctico
más importante que cientos de programas y de raciocinios. Analizar esta
experiencia, sacar de ella las enseñanzas tácticas, revisar a la luz de
ella su teoría: he aquí cómo concebía Marx su misión. La
única “corrección” que Marx consideró necesario introducir en el Manifiesto
Comunista se la sugirió la experiencia revolucionaria de los
comuneros de París. El
último prefacio a la nueva edición alemana del Manifiesto Comunista, suscrito por sus dos autores, lleva fecha 24
de junio de 1872. En este prefacio, los autores, Carlos Marx y Federico
Engels, dicen que el programa del Manifiesto
Comunista ha quedado “ahora anticuado en ciertos puntos”. “...La
Comuna ha demostrado, sobre todo ---continúan---, que “la clase obrera
no puede simplemente tomar posesión de la máquina estatal existente y
ponerla en marcha para sus propios fines…”(21). Las
palabras puestas entre comillas en el interior de esta cita fueron tomadas
por sus autores de la obra de Marx La
guerra civil en Francia. Así,
pues, Marx y Engels atribuían una importancia tan gigantesca a esta enseñanza
fundamental y principal de la Comuna de París, que la introdujeron como
corrección esencial en el Manifiesto
Comunista. Es
sobremanera característico que precisamente esta corrección esencial
haya sido tergiversada por los oportunistas y que su sentido sea,
probablemente, desconocido para las nueve décimas partes, si no para el
noventa y nueve por ciento de los lectores del Manifiesto
Comunista. De esta tergiversación trataremos en detalle más abajo,
en un capitulo consagrado especialmente a las tergiversaciones. De momento
bastará señalar que la manera corriente, vulgar, de “entender” las
notables palabras de Marx citadas por nosotros consiste en suponer que
Marx subraya aquí la idea del desarrollo lento, por oposición a la toma
del poder y otras cosas por el estilo. En
realidad, es precisamente lo
contrario. La idea de Marx consiste en que la clase obrera debe destruir, romper, la “máquina estatal existente” y no limitarse
simplemente a apoderarse de ella. El
12 de abril de 1871, es decir, en plena época de la Comuna. Marx escribió
a Kugelmann: “…Si
te fijas en el último capítulo de mi 18
Brumario. verás que expongo como próxima tentativa de la revolución
francesa, no hacer pasar de unas manos a otras la máquina burocrático-militar,
como venía sucediendo hasta ahora, sino demolerla”
(subrayado por Marx; en el original: zerbrechen),
“y ésta es justamente la condición previa de toda verdadera revolución
popular en el continente. En esto, precisamente, consiste la tentativa de
nuestros heroicos camaradas de París” (pág. 709 de la revista Neue Zeit, XX, 1, año 1901-1902(22)). (Las Cartas de Marx a Kugelmann han sido publicadas en ruso no menos que
en dos ediciones, una de ellas redactada por mí y con un prólogo mío*.) En
estas palabras: “romper la máquina burocrático-militar de Estado”,
se encierra, concisamente expresada, la enseñanza fundamental del
marxismo en cuanto a las tareas del proletariado respecto al Estado
durante la revolución. ¡ Y esta enseñanza es la que no sólo ha sido
olvidada en absoluto, sino tergiversada directamente por la
“interpretación” imperante, kautskiana, del marxismo! En
cuanto a la referencia de Marx a El
18 Brumario, más arriba hemos citado en su integridad el pasaje
correspondiente. Interesa
señalar especialmente dos lugares en el mencionado razonamiento de Marx.
En primer término, Marx limita su conclusión al continente. Esto era lógico
en 1871, cuando Inglaterra era todavía un modelo de país netamente
capitalista, pero sin casta militar y, en una medida considerable, sin
burocracia. Por eso, Marx excluía a Inglaterra donde la revolución, e
incluso una revolución popular, se consideraba y era entonces posible sin la condición previa de destruir la “máquina estatal
existente”. Hoy,
en 1917, en la época de la primera gran guerra imperialista, esta
limitación hecha por Marx no tiene razón de ser. Inglaterra y Norteamérica,
los más grandes y los últimos representantes ---en el mundo entero--- de
la “libertad” anglosajona en el sentido de ausencia de militarismo y
de burocratismo, han ido rodando hasta caer al inmundo y sangriento
pantano, común a toda Europa, de las instituciones burocrático-militares,
que todo lo someten y lo aplastan. Hoy, también en Inglaterra y en
Norteamérica es “condición previa de toda verdadera revolución
popular” el romper, el destruir
la “máquina estatal existente” (que allí ha alcanzado, en los años
de 1914 a 1917, la perfección “europea”, la perfección común al
imperialismo). En
segundo lugar, merece especial atención la profundísima observación de
Marx de que la demolición de la máquina burocrático-militar del Estado
es “condición previa de toda verdadera revolución popular”.
Este concepto de revolución “popular” parece extraño en boca de Marx,
y los adeptos de Plejánov y los mencheviques rusos, esos discípulos de
Struve que quieren hacerse pasar por marxistas, podrían tal vez calificar
de “lapsus” esta expresión de Marx. Esa gente ha hecho una
tergiversación tan liberal e indigente del marxismo, que para ellos no
existe nada sino la antítesis entre revolución burguesa y revolución
proletaria, y hasta esta antítesis la conciben de un modo escolástico a
más no poder... Si
tomamos como ejemplos las revoluciones del siglo XX, tendremos que
reconocer como burguesas, naturalmente, las revoluciones portuguesa(23)
y turca. Pero ni la una ni la otra son revoluciones “populares”, pues
ni en la una ni en la otra actúa perceptiblemente, de un modo activo, por
propia iniciativa, con sus propias reivindicaciones económicas y políticas,
la masa del pueblo, la inmensa mayoría de éste. En cambio, la revolución
burguesa rusa de 1905 a 1907, aunque no registrase éxitos tan
“brillantes” como los que alcanzaron en ciertos momentos las
revoluciones portuguesa y turca, fue, sin duda, una revolución
“verdaderamente popular”, pues la masa del pueblo, la mayoría de éste,
las “más bajas capas” sociales, aplastadas por el yugo y la explotación,
levantáronse por propia iniciativa, estamparon en todo el curso de la
revolución el sello de sus reivindicaciones, de sus intentos de construir
a su modo una nueva sociedad en lugar de la sociedad vieja que querían
destruir. En
la Europa de 1871, el proletariado no formaba en ningún país del
continente la mayoría del pueblo. La revolución no podía ser
“popular”, es decir, arrastrar verdaderamente a la mayoría al
movimiento, si no englobaba tanto al proletariado como a los campesinos.
Ambas clases formaban entonces el “pueblo”. Une a estas clases el
hecho de que la “máquina burocrático-militar del Estado” las oprime,
las esclaviza, las explota. Destruir,
demoler esta máquina, eso es lo que aconsejan los verdaderos
intereses del “pueblo”, de su mayoría, de los obreros y de la mayoría
de los campesinos, y tal es la “condición previa” para una alianza
libre de los campesinos pobres con los proletarios, y sin esa alianza, la
democracia es precaria y la transformación socialista, imposible. Hacia
esta alianza, como es sabido, se abría camino la Comuna de París, si
bien no alcanzó su objetivo por una serie de causas de carácter interno
y externo. En
consecuencia, al hablar de una “verdadera revolución popular”, Marx,
sin olvidar para nada las peculiaridades de la pequeña burguesía (de las
cuales habló mucho y con frecuencia), tenía en cuenta, con la mayor
precisión, la correlación efectiva de clase en la mayoría de los
Estados continentales de Europa en 187. Y, de otra parte, comprobaba que
la “destrucción” de la máquina estatal responde a los intereses de
los obreros y campesinos, los une, plantea ante ellos la tarea común de
suprimir al “parásito” y sustituirlo por algo nuevo. ¿Con
qué sustituirlo concretamente? 2. ¿Con qué sustituir la máquina del
Estado, una vez destruida? En
1847, en el Manifiesto Comunista,
Marx daba a esta pregunta una respuesta todavía completamente abstracta,
o, para ser más exactos, una respuesta que señalaba las tareas, pero no
los medio para cumplirlas. Sustituir la máquina del Estado, una vez
destruida, por la “organización del proletariado como clase
dominante”, “por la conquista de la democracia”: tal era la
respuesta del Manifiesto Comunista. Sin
perderse en utopías, Marx esperaba de la experiencia
del movimiento de masas la respuesta a la pregunta de qué formas
concretas habría de revestir la organización del proletariado coma clase
dominante y de qué modo esta organización habría de coordinarse con la
“conquista de la democracia” más completa y más consecuente. En
La guerra civil en Francia, Marx
somete al análisis más atento la experiencia de la Comuna, por breve que
haya sido dicha experiencia. Citemos los pasajes más importantes de esta
obra: En
el siglo XIX se desarrolló, procedente de la Edad Media, “el poder
estatal centralizado con sus órganos omnipresentes: el ejército
permanente, la policía, la burocracia, el clero y la magistratura”. Con
el desarrollo del antagonismo de clase entre el capital y el trabajo,
“el poder del Estado fue adquiriendo cada vez más el carácter de poder
público para la opresión del trabajo, el carácter de una máquina de
dominación de clase. Después de cada revolución, que marca un paso
adelante en la lucha de clases, se acusa con rasgos cada vez más
destacados el carácter puramente opresor del poder del Estado”. Después
de la revolución de 1848-1849, el poder del Estado se convierte en un
“arma nacional de guerra del capital contra el trabajo”. El Segundo
Imperio lo consolida. “La
antítesis directa del Imperio era la Comuna”. “Era la forma
definida” “de aquella república que no había de abolir tan sólo la
forma monárquica de la dominación de clase, sino la dominación de clase
misma...”. ¿En
qué consistió, concretamente, esta forma “definida” de la república
proletaria, socialista? ¿Cuál era el Estado que ella comenzó a crear? “...El
primer decreto de la Comuna fue (...) la supresión del ejército
permanente para sustituirlo por el pueblo armado...”. Esta
reivindicación figura hoy en los programas de todos los partidos que
desean llamarse socialistas. ¡Pero lo que valen sus programas nos lo dice
mejor que nada la conducta de nuestros eseristas y mencheviques, que
precisamente después de la revolución del 27 de febrero han renunciado
de hecho a poner en práctica esta reivindicación! “...La
Comuna estaba formada por los consejeros municipales elegidos por sufragio
universal en los diversos distritos de la ciudad. Eran responsables y
revocables en todo momento. La mayoría de sus miembros eran,
naturalmente, obreros o representantes reconocidos de la clase obrera... ...En
vez de continuar siendo un instrumento del gobierno central, la policía
fue despojada inmediatamente de sus atributos políticos y convertida en
instrumento de la Comuna, responsable ante ella y revocable en todo
momento... Y lo mismo se hizo con los funcionarios de las demás ramas de
la administración... Desde los miembros de la Comuna para abajo, todos
los que desempeñaban cargos públicos debían desempeñarlos con salarios
de obreros. Los intereses creados y los gastos de representación de los
altos dignatarios del Estado desaparecieron con los altos dignatarios
mismos... Una vez suprimidos el ejército permanente y la policía, que
eran los elementos de la fuerza física del antiguo gobierno, la Comuna
estaba impaciente por destruir la fuerza espiritual de represión, el
poder de los curas... Los funcionarios judiciales debían perder aquella
fingida independencia... En el futuro habían de ser funcionarios
electivos, responsables y revocables...”(24). Por
tanto, al destruir la máquina estatal, la Comuna la sustituye
aparentemente “sólo” por una democracia más completa: supresión del
ejército permanente y completa elegibilidad y revocabilidad de todos los
funcionarios. Pero, en realidad, este “sólo” representa un cambio
gigantesco de unas instituciones por otras de tipo distinto en esencia.
Nos hallamos precisamente ante un caso de “transformación de la
cantidad en calidad”: la democracia, llevada a la práctica del modo más
completo y consecuente que puede concebirse, se convierte de democracia
burguesa en democracia proletaria, de un Estado (fuerza especial de
represión de una determinada clase) en algo que ya no es un Estado
propiamente dicho. Todavía
es necesario reprimir a la burguesía y vencer su resistencia. Esto era
especialmente necesario para la Comuna, y una de las causas de su derrota
radica en no haberlo hecho con suficiente decisión. Pero aquí el órgano
represor es ya la mayoría de la población y no una minoría, como había
sido siempre, lo mismo bajo la esclavitud y la servidumbre que bajo la
esclavitud asalariada. ¡Y, desde el momento en que es la mayoría del
pueblo la que reprime por sí misma
a sus opresores, no es ya necesaria
una “fuerza especial” de represión! En este sentido, el Estado comienza
a extinguirse. En vez de instituciones especiales de una minoría
privilegiada (la burocracia privilegiada, los jefes del ejército
permanente), esta función puede ser realizada directamente por la mayoría,
y cuanto más intervenga todo el pueblo en la ejecución de las funciones
propias del poder estatal, tanto menor es la necesidad de dicho poder. A
este respecto, es singularmente notable una de las medidas decretadas por
la Comuna, que Marx subraya: la abolición de todos los gastos de
representación, de todos los privilegios pecuniarios de los funcionarios,
la reducción de los sueldos de todos
los funcionarios del Estado hasta el nivel del “salario
de un obrero”. Aquí es donde se expresa de un modo más evidente el
viraje de la democracia burguesa
hacia la democracia proletaria, de la democracia de los opresores hacia la
democracia de las clases oprimidas, del Estado como “fuerza
especial” de represión de una determinada clase hacia la represión
de los opresores por la fuerza
conjunta de la mayoría del pueblo, de los obreros y los campesinos.
¡Y es precisamente en este punto tan evidente ---tal vez el más
importante, en lo que se refiere a la cuestión del Estado--- en el que
las enseñanzas de Marx han sido más relegadas al olvido! En los
comentarios de popularización ---cuya cantidad es innumerable--- no se
habla de esto. “Es uso” guardar silencio acerca de esto, como si se
tratase de una “ingenuidad” pasada de moda, algo así como cuando los
cristianos, después de convertirse el cristianismo en religión del
Estado, se “olvidaron” de las “ingenuidades” del cristianismo
primitivo y de su espíritu democrático-revolucionario. La
reducción de los sueldos de los altos funcionarios del Estado parece
“simplemente” la reivindicación de una democracia ingenua, primitiva.
Uno de los “fundadores” del oportunismo moderno, el ex socialdemócrata
E. Bernstein, se ha dedicado más de una vez a repetir esas triviales
burlas burguesas sobre la democracia “primitiva”. Como todos los
oportunistas, como los actuales kautskianos, no comprendía en absoluto,
en primer lugar, que el paso del capitalismo al socialismo es imposible
sin un cierto “retorno” a la democracia “primitiva” (pues ¿cómo,
si no, pasar a la ejecución de las funciones del Estado por la mayoría
de la población, por toda ella?) y, en segundo lugar, que esta
“democracia primitiva”, basada en el capitalismo y en la cultura
capitalista, no es la democracia primitiva de los tiempos prehistóricos o
de la época precapitalista. La cultura capitalista ha
creado la gran producción, fábricas, ferrocarriles, el correo, el
teléfono, etc., y sobre esta base, la enorme mayoría de las funciones del antiguo
“poder estatal” se han simplificado tanto y pueden reducirse a
operaciones tan sencillas de registro, contabilidad y control, que son
totalmente asequibles a todos los que saben leer y escribir, que pueden
ejecutarse por el “salario corriente de un obrero”, que se las puede
(y se las debe) despojar de toda sombra de algo privilegiado y “jerárquico”. La
completa elegibilidad y la revocabilidad en
cualquier momento de todos los funcionarios, la reducción de su
sueldo hasta los límites del “salario corriente de un obrero”, estas
medidas democráticas, sencillas y “comprensibles por sí mismas”, al
mismo tiempo que unifican en absoluto los intereses de los obreros y de la
mayoría de los campesinos, sirven de puente que conduce del capitalismo
al socialismo. Estas medidas atañen a la reorganización estatal,
puramente política de la sociedad, pero es evidente que sólo adquieren
su pleno sentido e importancia en conexión con la “expropiación de los
expropiadores” ya en realización o en preparación, es decir, con la
transformación de la propiedad privada capitalista sobre los medios de
producción en propiedad social. “La
Comuna ---escribió Marx--- convirtió en una realidad ese tópico de
todas las revoluciones burguesas que es un gobierno barato, al destruir
las dos grandes fuentes de gastos: el ejército permanente y la burocracia
del Estado”. Entre
los campesinos, al igual que en las demás capas de la pequeña burguesía,
sólo una minoría insignificante “se eleva”, “se abre paso” en
sentido burgués, es decir, se convierte en gente acomodada, en burgueses
o en funcionarios con una situación estable y privilegiada. La inmensa
mayoría de los campesinos de todos los países capitalistas en que existe
una masa campesina (y estos países capitalistas forman la mayoría) se
halla oprimida por el gobierno y ansía derrocarlo, ansía un gobierno
“barato”. Esto puede realizarlo sólo
el proletariado y, al realizarlo, da un paso hacia la reestructuración
socialista del Estado. 3. La abolición del parlamentarismo “La
Comuna ---escribió Marx--- no había de ser una corporación
parlamentaria, sino una corporación de trabajo, ejecutiva y legislativa
al mismo tiempo... …En
vez de decidir una vez cada tres o seis años qué miembros de la clase
dominante han de representar y aplastar (verund
zertreten) al pueblo en el Parlamento, el sufragio universal había de
servir al pueblo, organizado en comunas, para encontrar obreros,
inspectores y contables con destino a su empresa, de igual modo que el
sufragio individual sirve a cualquier patrono para el mismo fin”. Esta
notable crítica del parlamentarismo, hecha en 1871, también figura hoy,
gracias al predominio del socialchovinismo y del oportunismo, entre las
“palabras olvidadas” del marxismo. Los ministros y parlamentarios
profesionales, los traidores al proletariado y los “mercachifles”
socialistas de nuestros días han dejado por entero a los anarquistas la
crítica del parlamentarismo, y sobre esta base asombrosamente juiciosa
han declarado que toda crítica del parlamentarismo es ¡¡“anarquismo”!! No tiene
nada de extraño que el proletariado de los países parlamentarios
“adelantados”, lleno de asco al ver a “socialistas” como los
Scheidemann, los David, los Legien, los Sembat, los Renaudel, los
Henderson, los Vandervelde, los Stauning, los Branting, los Bissolati y Cía.,
haya puesto cada vez más sus simpatías en el anarcosindicalismo, a pesar
de que éste es hermano carnal del oportunismo. Mas
para Marx la dialéctica revolucionaria no fue nunca esa vacua frase de
moda, esa bagatela en que la han convertido Plejánov, Kautsky y otros.
Marx sabía romper implacablemente con el anarquismo por su incapacidad
para aprovechar hasta el “establo” del parlamentarismo burgués
---sobre todo cuando se sabe que no se está ante situaciones
revolucionarias---, pero, al mismo tiempo, sabía también hacer una crítica
auténticamente revolucionaria, proletaria, del parlamentarismo. Decidir
una vez cada cierto número de años qué miembros de la clase dominante
han de oprimir y aplastar al pueblo en el Parlamento: he aquí la
verdadera esencia del parlamentarismo burgués, no sólo en las monarquías
constitucionales parlamentarias, sino en las repúblicas más democráticas. Pero
si planteamos la cuestión del Estado, si enfocamos el parlamentarismo
---como una institución del Estado ---desde el punto de vista de las
tareas del proletariado en este
terreno, ¿dónde está, entonces, la salida del parlamentarismo? ¿Cómo
es posible prescindir de él? Hay que decirlo una y otra vez: las enseñanzas
de Marx, basadas en la experiencia de la Comuna, están tan olvidadas, que
para el “socialdemócrata moderno” (léase: para el actual traidor al
socialismo) es sencillamente incomprensible otra crítica del
parlamentarismo que no sea la anarquista o la reaccionaria. La
salida del parlamentarismo no está, naturalmente, en abolir las
instituciones representativas y la elegibilidad, sino en transformar las
instituciones representativas de lugares de charlatanería en
corporaciones “de trabajo”. “La Comuna no había de ser una
corporación parlamentaria, sino una corporación de trabajo, ejecutiva y
legislativa al mismo tiempo”. “No
una corporación parlamentaria, sino una corporación de trabajo”: ¡este
tiro va derecho al corazón de los parlamentarios modernos y de los
“perrillos falderos” parlamentarios de la socialdemocracia! Fijaos en
cualquier país parlamentario, de Norteamérica a Suiza, de Francia a
Inglaterra, Noruega, etc.: la verdadera labor “estatal” se hace entre
bastidores y la ejecutan los ministerios, las oficinas, los Estados
Mayores. En los parlamentos no se hace más que charlar, con la finalidad
especial de embaucar al “vulgo”. Y tan cierto es esto, que hasta en la
República Rusa, república democrático-burguesa, antes de haber
conseguido crear un verdadero Parlamento, se han puesto de relieve en
seguida todas estas lacras del parlamentarismo. Héroes del filisteísmo
podrido como los Skóbelev y los Tsereteli, los Chernov y los Avxéntiev
se las han arreglado para envilecer hasta los Soviets, según el patrón
del más sórdido parlamentarismo burgués, convirtiéndolos en lugares de
charlatanería huera. En los Soviets, los señores ministros
“socialistas” engañan a los ingenuos aldeanos con frases y con
resoluciones. En el gobierno se desarrolla un rigodón continuo, de una
parte, para “cebar” alternativamente, con puestecitos bien retribuidos
y honrosos, al mayor número posible de eseristas y mencheviques y, de
otra, para “distraer la atención” del pueblo. ¡Mientras tanto, en
las oficinas y en los Estados Mayores “se lleva a cabo” la labor
“estatal”! Dielo Naroda(25),
órgano del partido gobernante de los “socialistas revolucionarios”,
reconocía no hace mucho en un editorial ---con esa sinceridad inimitable
de la gente de la “buena sociedad” en la que “todos” ejercen la
prostitución política--- que hasta en los ministerios regentados por
“socialistas” (¡perdonad la expresión!), que hasta en estos
ministerios ¡todo el aparato burocrático sigue siendo, de hecho, viejo,
funcionando a la antigua y saboteando con absoluta “libertad” las
iniciativas revolucionarias! Y aunque no tuviésemos esta confesión, ¿acaso
no lo demuestra la historia real de la participación de los eseristas y
los mencheviques en el gobierno? Lo único que hay de característico en
esto es que los señores Chernov, Rusánov, Zenzínov y demás redactores
del Dielo Naroda, en asociación
ministerial con los demócratas constitucionalistas, han perdido el pudor
hasta tal punto que no se avergüenzan de decir públicamente, sin rubor,
como si se tratase de una pequeñez, ¡¡que en “sus” ministerios todo
está igual que antes!! Para engañar a los campesinos ingenuos, frases
revolucionario-democráticas, y para complacer a los capitalistas, el
papeleo burocrático oficinesco: he ahí la esencia
de la “honorable” coalición. La
Comuna sustituye el parlamentarismo venal y podrido de la sociedad
burguesa por instituciones en las que la libertad de opinión y de discusión
no degenera en engaño, pues aquí los parlamentarios tienen que trabajar
ellos mismos, tienen que ejecutar ellos mismos sus leyes, tienen que
comprobar ellos mismos los resultados, tienen que responder directamente
ante sus electores. Las instituciones representativas continúan, pero desaparece el parlamentarismo como sistema especial, como división
del trabajo legislativo y ejecutivo, como situación privilegiada para los
diputados Sin instituciones representativas no puede concebirse la
democracia, ni aun la democracia proletaria; sin parlamentarismo, sí
puede y debe concebirse, si la
crítica de la sociedad burguesa no es para nosotros una frase vacua, si
la aspiración a derrocar el dominio de la burguesía es en nosotros una
aspiración seria y sincera, y no una frase “electoral” para cazar los
votos de los obreros, como lo es en los labios de los mencheviques y los
eseristas, como lo es en los labios de los Scheidemann y los Legien, los
Sembat y los Vandervelde. Es
sobremanera instructivo que, al hablar de las funciones de aquella burocracia que necesita la Comuna y la democracia
proletaria, Marx tome como punto de comparación a los empleados de
“cualquier otro patrono”, es decir, una empresa capitalista corriente,
con “obreros, inspectores y contables”. En
Marx no hay ni rastro de utopismo, pues no inventa ni saca de su fantasía
una “nueva” sociedad. No, Marx estudia, como un proceso histórico-natural,
cómo nace la nueva sociedad de
la vieja, estudia las formas de transición de la segunda a la primera.
Toma la experiencia real del movimiento proletario de masas y se esfuerza
por sacar las enseñanzas prácticas de ella. “Aprende” de la Comuna
como no temieron aprender todos los grandes pensadores revolucionarios de
la experiencia de los grandes movimientos de la clase oprimida ni les
dirigieron nunca “sermones” pedantescos (por el estilo del “No se
debía haber empuñado las armas”, de Plejánov, o del “Una clase debe
saber moderarse”, de Tsereteli). No
cabe hablar de la abolición de la burocracia de golpe, en todas partes y
hasta sus últimas raíces. Esto es una utopía. Pero destruir de golpe la
vieja máquina burocrática y comenzar acto seguido a construir otra
nueva, que permita ir reduciendo gradualmente a la nada toda burocracia, no es una utopía; es la experiencia de la Comuna, es la tarea
directa, inmediata, del proletariado revolucionario. El
capitalismo simplifica las funciones de la administración “del
Estado”, permite desterrar la “administración jerárquica” y
reducirlo todo a una organización de los proletarios (como clase
dominante) que toma a su servicio, en nombre de toda la sociedad, a
“obreros, inspectores y contables”. No
somos utopistas. No “soñamos” en cómo podrá prescindirse de golpe de todo gobierno, de toda subordinación; estos sueños
anarquistas, basados en la incomprensión de las tareas de la dictadura
del proletariado, son fundamentalmente ajenos al marxismo y, de hecho, sólo
sirven para aplazar la revolución socialista hasta el momento en que los
hombres sean distintos. No, nosotros queremos la revolución socialista
con hombres como los de hoy, con hombres que no puedan arreglárselas sin
subordinación, sin control, sin “inspectores y contables”. Pero
a quien hay que someterse es a la vanguardia armada de todos los
explotados y trabajadores: al proletariado. La “administración jerárquica”
específica de los funcionarios del Estado puede y debe comenzar a
sustituirse inmediatamente, de la noche a la mañana, por las simples
funciones de “inspectores y contables”, funciones que ya hoy son
plenamente accesibles al nivel de desarrolló de los habitantes de las
ciudades y que pueden ser perfectamente desempeñadas por el “salario de
un obrero”. Organicemos
la gran producción nosotros mismos,
los obreros, partiendo de lo que ha sido creado ya por el capitalismo, basándonos
en nuestra propia experiencia de trabajo, estableciendo una disciplina
rigurosísima, férrea, mantenida por el poder estatal de los obreros
armados; reduzcamos a los funcionarios públicos al papel de simples
ejecutores de nuestras directivas, al papel de “inspectores y contables
responsables, revocables y modestamente retribuidos (en unión,
naturalmente, de los técnicos de todos los géneros, tipos y grados): ésa
es nuestra tarea proletaria, por ahí se puede y se debe empezar
cuando se lleve a cabo la revolución proletaria. Este comienzo, sobre la
base de la gran producción, conduce por sí mismo a la “extinción”
gradual de toda burocracia, a la creación gradual de un orden ---orden
sin comillas, orden que no se parecerá en nada a la esclavitud
asalariada---, de un orden en que las funciones de inspección y de
contabilidad, cada vez más simplificadas, se ejecutarán por todos
siguiendo un turno, se convertirán luego en costumbre y, por último,
desaparecerán como funciones especiales
de una capa especial de la población. Un
ingenioso socialdemócrata alemán de la década del 70 del siglo pasado
dijo que el correo era un modelo
de economía socialista. Esto es muy exacto. Hoy, el correo es una empresa
organizada al estilo de un monopolio capitalista
de Estado. El imperialismo va transformando poco a poco todos los trusts
en organizaciones de este tipo. En ellos vemos esa misma burocracia
burguesa entronizada sobre los “simples” trabajadores, agobiados por
el trabajo y hambrientos. Pero el mecanismo de la administración social
está ya preparado aquí. No hay más que derrocar a los capitalistas,
destruir, con la mano férrea de los obreros armados, la resistencia de
estos explotadores, romper la máquina burocrática del Estado moderno, y
tendremos ante nosotros un mecanismo de alta perfección técnica, libre
del “parásito” y perfectamente susceptible de ser puesto en marcha
por los mismos obreros unidos, contratando a técnicos, inspectores y
contables y retribuyendo el trabajo de todos éstos, como el de todos
los funcionarios “del Estado” en general, con el salario de un obrero.
He aquí una tarea concreta, una tarea práctica, inmediatamente
realizable con respecto a todos los trusts, que libera a los trabajadores
de la explotación y que tiene en cuenta le experiencia iniciada ya prácticamente
(sobre todo en el terreno de la organización del Estado) por la Comuna. Organizar
toda la economía nacional como
lo está el correo, para que los técnicos, los inspectores, los contables
y todos los funcionarios en
general perciban sueldos que no sean superiores al “salario de un
obrero”, bajo el control y la dirección del proletariado armado: ése
es nuestro objetivo inmediato. Ese es el Estado que necesitamos y la base
económica sobre la que debe descansar Eso es lo que darán la abolición
del parlamentarismo y la conservación de las instituciones
representativas; eso es lo que librará a las clases trabajadoras de la
prostitución de estas instituciones por la burguesía. 4. Organización de la unidad de la
nación “...En
el breve esbozo de organización nacional que la Comuna no tuvo tiempo de
desarrollar, se dice claramente que la Comuna habría de ser... la forma
política que revistiese hasta la aldea más pequeña”... Las comunas
elegirían también la “delegación nacional” de París. “...Las
pocas, pero importantes funciones que aún quedarían para un gobierno
central no se suprimirían ---como se ha dicho, falseando de intento la
verdad---, sino que serían desempeñadas por agentes comunales y, por
tanto, estrictamente responsables... ...No
se trataba de destruir la unidad de la nación, sino por el contrario, de
organizarla mediante un régimen comunal, convirtiéndola en una realidad
al destruir el poder del Estado, que pretendía ser la encarnación de
aquella unidad, independiente y situado por encima de la nación misma, en
cuyo cuerpo no era más que una excrecencia parasitaria... Mientras que
los órganos puramente represivos del viejo poder estatal habían de ser
amputados, sus funciones legítimas habían de ser arrancadas a una
autoridad que usurpaba una posición preeminente sobre la sociedad misma,
para restituirías a los servidores responsables de esta sociedad”. Hasta
qué punto los oportunistas de la socialdemocracia actual no han
comprendido ---tal vez fuera más exacto decir que no han querido
comprender--- estos razonamientos de Marx, lo revela mejor que nada el
libro erostráticamente célebre del renegado Bernstein Las
premisas del socialismo y las tareas de la socialdemocracia. Refiriéndose
a las citadas palabras de Marx, Bernstein escribía que en ellas se
desarrolla un programa “que, por su contenido político, presenta, en
todos los rasgos esenciales, grandísima semejanza con el federalismo de
Proudhon... Pese a todas las demás diferencias que separan a Marx y al
‘pequeñoburgués’ Proudhon (Bernstein pone ‘pequeñoburgués’
entre comillas, queriendo darle una intención irónica), en estos puntos
el curso de sus pensamientos es lo más afín que cabe”. Naturalmente,
prosigue Bernstein, la importancia de las municipalidades va en aumento,
pero “a mí me parece dudoso que la primera tarea de la democracia sea
esta abolición (Auflösung
---literalmente: disolución) de los Estados modernos y la transformación
completa (Umwandlung: cambio
radical) de su organización, tal como Marx y Proudhon la conciben
(formación de la Asamblea Nacional con delegados de las asambleas
provinciales o regionales, integradas a su vez por delegados de las
comunas), desapareciendo completamente todas las formas anteriores de las
representaciones nacionales” (Bernstein, Las
premisas, págs. 134 y 136, edición alemana de 1899). Esto
es sencillamente monstruoso: ¡confundir las concepciones de Marx sobre la
“destrucción del poder estatal, del parásito”, con el federalismo de
Proudhon! Pero esto no es casual, pues al oportunista no se le pasa
siquiera por las mientes que aquí Marx no habla en manera alguna del
federalismo por oposición al centralismo, sino de la destrucción de la
vieja máquina burguesa del Estado, existente en todos los países
burgueses. Al
oportunista sólo se le viene a las mientes lo que ve en torno suyo, en
medio del filisteísmo mezquino y del estancamiento “reformista”, a
saber: ¡sólo las “municipalidades”! El oportunista ha perdido la
costumbre de pensar siquiera en la revolución del proletariado. Esto
es ridículo. Pero lo curioso es que nadie haya discutido con Bernstein
acerca de este punto. Bernstein fue refutado por muchos, especialmente por
Plejánov en la literatura rusa y por Kautsky en la europea, pero ni el uno ni el otro han
hablado de esta tergiversación
de Marx por Bernstein. El
oportunista se ha desacostumbrado hasta tal punto de pensar en
revolucionario y de reflexionar acerca de la revolución, que atribuye a
Marx el “federalismo”, confundiéndole con Proudhon, el fundador del
anarquismo. Y Kautsky y Plejánov, que pretenden pasar por marxistas
ortodoxos y defender la doctrina del marxismo revolucionario, ¡guardan
silencio acerca de esto! Aquí encontramos una de las raíces de ese
extraordinario bastardeamiento de las ideas acerca de la diferencia entre
marxismo y anarquismo, bastardeamiento característico tanto de los
kautskianos como de los oportunistas y del que habremos de hablar todavía. En
los citados pasajes de Marx sobre la experiencia de la Comuna, no hay ni
rastro de federalismo. Marx coincide con Proudhon precisamente en algo que
no ve el oportunista Bernstein. Marx discrepa de Proudhon precisamente en
aquello en que Bernstein ve una afinidad. Marx
coincide con Proudhon en que ambos abogan por la “destrucción” de la
máquina moderna del Estado. Esta coincidencia del marxismo con el
anarquismo (tanto con el de Proudhon como con el de Bakunin) no quieren
verla ni los oportunistas ni los kautskianos, pues los unos y los otros
han desertado del marxismo en este punto. Marx
discrepa de Proudhon y de Bakunin precisamente en la cuestión del
federalismo (no hablando ya de la dictadura del proletariado). El
federalismo es una derivación de principio de las concepciones pequeñoburguesas
del anarquismo. Marx es centralista. En los pasajes suyos citados más
arriba no se aparta lo más mínimo del centralismo. ¡Sólo quienes se
hallen poseídos de la “fe supersticiosa” del filisteo en el Estado
pueden confundir la destrucción de la máquina estatal burguesa con la
destrucción del centralismo! Y
bien, si el proletariado y los campesinos pobres toman el poder del
Estado, se organizan de un modo absolutamente libre en comunas y unifican la acción de todas las comunas para dirigir los golpes
contra el capital, para aplastar la resistencia de los capitalistas, para
entregar a toda la nación, a
toda la sociedad, la propiedad privada sobre los ferrocarriles, las fábricas,
la tierra, etc., ¿acaso esto no será el centralismo? ¿Acaso esto no será
el más consecuente centralismo democrático y, además, un centralismo
proletario? A
Bernstein no le cabe, sencillamente, en la cabeza que sea posible el
centralismo voluntario, la unión voluntaria de las comunas en la nación,
la fusión voluntaria de las comunas proletarias para aplastar la dominación
burguesa y la máquina estatal burguesa. Para Bernstein, como para todo
filisteo, el centralismo es algo que sólo puede venir de arriba, que sólo
puede ser impuesto y mantenido por la burocracia y el militarismo. Marx
subraya intencionadamente, como previendo la posibilidad de que sus ideas
fuesen tergiversadas, que el acusar a la Comuna de querer destruir la
unidad de la nación, de querer suprimir el poder central, es una falsedad
consciente. Marx usa intencionadamente la expresión “organizar la
unidad de la nación” para contraponer el centralismo consciente, democrático,
proletario, al centralismo burgués, militar, burocrático. Pero...
no hay peor sordo que el que no quiere oír. Y los oportunistas de la
socialdemocracia actual no quieren, en efecto, oír hablar de la destrucción
del poder estatal, de la eliminación del parásito. 5. La destrucción del Estado parásito Hemos
citado ya, y vamos a completarlas aquí, las palabras de Marx relativas a
este punto. “...Es
habitual que a las nuevas creaciones históricas ---escribió Marx--- se
las tome por una reproducción de las formas viejas, y aun caducas, de
vida social con las cuales las nuevas instituciones presentan cierta
semejanza. También esta nueva Comuna, que destruye (bricht:
rompe) el poder estatal moderno, ha sido considerada como una resurrección
de la comuna medieval..., como una federación de pequeños Estados
(Montesquieu, los girondinos)..., como una forma exagerada de la vieja
lucha contra el excesivo centralismo... ...El
régimen comunal habría devuelto al organismo social todas las fuerzas,
que hasta entonces venía absorbiendo el ‘Estado’, excrecencia
parasitaria que se nutre a expensas de la sociedad y entorpece su libre
movimiento. Con este solo hecho habría iniciado la regeneración de
Francia... ...El
régimen comunal colocaría a los productores del campo bajo la dirección
espiritual de las capitales de sus provincias, ofreciéndoles aquí, en
los obreros de la ciudad, los representantes naturales de sus intereses.
La sola existencia de la Comuna implicaba, como algo evidente, un régimen
de autonomía local, pero ya no como contrapeso a un poder estatal que
ahora sería superfluo”. “Destrucción
del poder estatal”, que era una “excrecencia parasitaria”;
“amputación”, “destrucción” de él; “un poder estatal que
ahora sería superfluo”: así se expresa Marx al hablar del Estado,
valorando y analizando la experiencia de la Comuna. Todo
esto fue escrito hace casi medio siglo, y ahora hay que proceder a
verdaderas excavaciones para llevar a la conciencia de las grandes masas
un marxismo no falseado. Las conclusiones que permitió hacer la observación
de la última gran revolución vivida por Marx fueron dadas al olvido
precisamente al llegar el momento de las siguientes grandes revoluciones
del proletariado. “...La
variedad de interpretaciones a que ha sido sometida la Comuna y la
variedad de intereses que la han interpretado a su favor, demuestran que
era una forma política perfectamente flexible, a diferencia de las formas
anteriores de gobierno, que habían sido todas fundamentalmente
represivas. He aquí su verdadero secreto: la Comuna era, esencialmente, un
gobierno de la clase obrera, fruto de la lucha de la clase productora
contra la clase apropiadora, la forma política al fin descubierta para
llevar a cabo dentro de ella la emancipación económica del trabajo... Sin
esta última condición, el régimen comunal habría sido una
imposibilidad y una impostura...”. Los
utopistas se dedicaron a “descubrir” las formas políticas bajo las
cuales debía producirse la transformación socialista de la sociedad. Los
anarquistas se han desentendido del problema de las formas políticas en
general. Los oportunistas de la socialdemocracia actual han tomado las
formas políticas burguesas del Estado democrático parlamentario como un
límite insuperable y se han roto la frente de tanto prosternarse ante
este “modelo”, considerando como anarquismo toda aspiración a romper
estas formas. Marx
dedujo de toda la historia del socialismo y de las luchas políticas que
el Estado deberá desaparecer y que la forma transitoria para su
desaparición (la forma de transición del Estado al no Estado) será
“el proletariado organizado como clase dominante”. Pero Marx no se
proponía descubrir las formas políticas de este futuro. Se limitó a hacer
una observación precisa de la historia de Francia, a su análisis y a la
conclusión a que llevó el año 1851: se avecina la destrucción de la máquina estatal burguesa. Y
cuando estalló el movimiento revolucionario de masas del proletariado,
Marx, a pesar del revés sufrido por este movimiento, a pesar de su
fugacidad y de su patente debilidad, se puso a estudiar qué formas había revelado. La
Comuna es la forma “descubierta, al fin”, por la revolución
proletaria, bajo la cual puede lograrse la emancipación económica del
trabajo. La
Comuna es el primer intento de la revolución proletaria de destruir la máquina
estatal burguesa, y la forma política, “descubierta, al fin”, que
puede y debe sustituir a lo
destruido. Más
adelante, en el curso de nuestra exposición, veremos que las revoluciones
rusas de 1905 y 1917 prosiguen, en otras circunstancias, bajo condiciones
diferentes, la obra de la Comuna y confirman el genial análisis histórico
de Marx. |
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Notas 21.-
Véase C. Marx y F. Engels. Manifiesto
del Partido Comunista. Obras escogidas en dos tomos, t. I, pág. 13,
ed. en español, Moscú, 1966. 22.-
Véase Carta de Marx a L. Kugelmann,
12 de abril de 1871. C. Marx y F. Engels. Obras
escogidas, en dos tomos, t. II, pág. 467, ed. en español, Moscú,
1966. 23.-
Se hace alusión a la revolución de 1910 en Portugal que tuvo por
resultado el derrocamiento del rey y la proclamación de la república el
5 de octubre de 1910. 24.-
Véase C. Marx. La guerra civil en
Francia. C. Marx y F. Engels. Obras
escogidas en dos tomos, t. I, págs. 504, 505, 506, 507, 508, ed. en
español, Moscú, 1966. 25.- Dielo Naroda (“La Causa del Pueblo”): diario, órgano del partido de los eseristas, editado en Petrogrado desde marzo de 1917 hasta julio de 1918. El diario ocupó las posiciones de defensismo y conciliación y apoyó al Gobierno Provisional burgués. |
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Capítulo
IV |
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