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Fundación Federico Engels .. |
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EL
ESTADO Y LA REVOLUCIÓN |
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Capítulo II |
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El
Estado y la Revolución |
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1. En vísperas de la revolución . |
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“...En
el transcurso de su desarrollo ---escribe Marx en Miseria de la Filosofía---, la clase obrera sustituirá la antigua
sociedad civil por una asociación que excluya las clases y su
antagonismo; y no existirá ya un poder político propiamente dicho, pues
el poder político es precisamente la expresión oficial del antagonismo
de clase dentro de la sociedad civil” (pág. 182 de la edición alemana
de 1885)(11). Es
instructivo confrontar con esta exposición general de la idea de la
desaparición del Estado después de la supresión de las clases la
exposición que contiene el Manifiesto
Comunista, escrito por Marx y Engels algunos meses después, a saber,
en noviembre de 1847: “...Al
esbozar las fases más generales del desarrollo del proletariado, hemos
seguido el curso de la guerra civil más o menos oculta que se desarrolla
en el seno de la sociedad existente hasta el momento en que se transforma
en una revolución abierta, y el proletariado, derrocando por la violencia
a la burguesía, implanta su dominación… …Como
ya hemos visto más arriba, el primer paso de la revolución obrera es la
transformación” (literalmente: elevación) “del proletariado en clase
dominante, la conquista de la democracia. El proletariado se valdrá de su dominación política para, u arrancando gradualmente a la burguesía todo el capital, para centralizar todos los instrumentos de producción en manos del Estado, es decir, del proletariado organizado como clase dominante, y para aumentar con la mayor rapidez posible la suma de las fuerzas productivas” (págs. 31 y 37 de la 7ª edición alemana de 1906)(12) Aquí
hallamos una de las ideas más notables e importantes de marxismo en lo
concerniente al Estado: la idea de la “dictadura del proletariado”
(como comenzaron a denominarla Marx y Engels después de la Comuna de París)
y asimismo una definición de Estado, interesante en grado sumo, que se
cuenta también entre las “palabras olvidadas” del marxismo: “El Estado, es decir, el proletariado organizado como clase
dominante”. Esta
definición del Estado no sólo no se ha explicado nunca en la literatura
imperante de propaganda y agitación de los partidos socialdemócratas
oficiales, sino que, además, se la ha dado expresamente al olvido, pues
es de todo punto inconciliable con el reformismo y se da de bofetadas con
los prejuicios oportunistas corrientes y las ilusiones filisteas respecto
al “desarrollo pacífico de la democracia”. El
proletariado necesita el Estado, repiten todos los oportunistas,
socialchovinistas y kautskianos asegurando que ésa es la doctrina de Marx
y “olvidándose” de añadir
que, en primer lugar, según Marx, el proletariado sólo necesita un
Estado que se extinga, es decir, organizado de tal modo, que comience a
extinguirse inmediatamente y que no pueda por menos de extinguirse; y, en
segundo, que los trabajadores necesitan un “Estado”, “es decir, el
proletariado organizado como clase dominante”. El
Estado es una organización especial de la fuerza, una organización de la
violencia para reprimir a una clase cualquiera. ¿Qué clase es la que el
proletariado tiene que reprimir? Sólo es, naturalmente, la clase
explotadora, es decir, la burguesía. Los trabajadores sólo necesitan el
Estado para aplastar la resistencia de los explotadores, y este
aplastamiento sólo puede dirigirlo, sólo puede llevarlo a la práctica
el proletariado, como la única clase consecuentemente revolucionaria,
como la única clase capaz de unir a todos los trabajadores y explotados
en la lucha contra la burguesía, por el completo desplazamiento de ésta. Las
clases explotadoras necesitan la dominación política para mantener la
explotación, es decir, en interés egoísta de una minoría
insignificante contra la inmensa mayoría del pueblo. Las clases
explotadas necesitan la dominación política para suprimir completamente
toda explotación, es decir, en interés de la inmensa mayoría del pueblo
contra una minoría insignificante compuesta por los esclavistas modernos,
es decir, por los terratenientes y capitalistas. Los
demócratas pequeñoburgueses, estos seudosocialistas que han sustituido
la lucha de clases por sueños sobre la conciliación de las clases, también
se han imaginado la transformación socialista de un modo soñador, no
como el derrocamiento de la dominación de la clase explotadora, sino como
la sumisión pacífica de la minoría a la mayoría, que habrá adquirido
conciencia de su misión. Esta utopía pequeñoburguesa, que va
inseparablemente unida al reconocimiento de un Estado situado por encima
de las clases, ha conducido en la práctica a traicionar los intereses de
las clases trabajadoras, como lo ha demostrado, por ejemplo, la historia
de las revoluciones francesas de 1848 y 1871 y como lo ha demostrado la
experiencia de la participación “socialista” en ministerios burgueses
en Inglaterra, Francia, Italia y otros países a fines del siglo XIX y
comienzos del XX. Marx
luchó durante toda su vida contra este socialismo pequeñoburgués, hoy
resucitado en Rusia por los partidos eserista y menchevique. Marx
desarrolló consecuentemente la teoría de la lucha de clases, llegando
hasta la teoría del poder político, del Estado. El
derrocamiento de la dominación de la burguesía sólo puede llevarlo a
cabo el proletariado, como clase especial cuyas condiciones económicas de
existencia le preparan para ese derrocamiento y le dan posibilidades y
fuerzas para efectuarlo. Mientras la burguesía desune y dispersa a los
campesinos y a todas las capas pequeñoburguesas, cohesiona, une y
organiza al proletariado. Sólo el proletariado ---en virtud de su papel
económico en la gran producción--- es capaz de ser el jefe de todas
las masas trabajadoras y explotadas, a quienes con frecuencia la burguesía
explota, esclaviza y oprime no menos, sino más que a los proletarios,
pero que no son capaces de luchar por su cuenta para alcanzar su propia
liberación. La
teoría de la lucha de clases, aplicada por Marx a la cuestión del Estado
y de la revolución socialista, conduce necesariamente al reconocimiento
de la dominación política del
proletariado, de su dictadura, es decir, de un poder no compartido con
nadie y apoyado directamente en la fuerza armada de las masas. El
derrocamiento de la burguesía sólo puede realizarse mediante la
transformación del proletariado en clase
dominante, capaz de aplastar la resistencia inevitable y desesperada
de la burguesía y de organizar para el nuevo régimen económico a todas
las masas trabajadoras y explotadas. El
proletariado necesita el poder estatal, organización centralizada de la
fuerza, organización de la violencia, tanto para aplastar la resistencia
de los explotadores como para dirigir
a la enorme masa de la población, a los campesinos, a la pequeña burguesía,
a los semiproletarios, en la obra de “poner en marcha” la economía
socialista. Educando
al partido obrero, el marxismo educa a la vanguardia del proletariado,
vanguardia capaz de tomar el poder y de conducir
a todo el pueblo al socialismo, de dirigir y organizar el nuevo régimen,
de ser el maestro, el dirigente y el jefe de todos los trabajadores y
explotados en la obra de organizar su propia vida social sin la burguesía
y contra la burguesía. Por el contrario, el oportunismo imperante hoy
educa en el partido obrero a los representantes de los obreros mejor
pagados, que se apartan de las masas y se “arreglan” pasablemente bajo
el capitalismo, vendiendo por un plato de lentejas su derecho de
primogenitura, es decir, renunciando al papel de jefes revolucionarios del
pueblo contra la burguesía. “El
Estado, es decir, el proletariado organizado como clase dominante”: esta
teoría de Marx se halla inseparablemente vinculada a toda su doctrina
acerca de la misión revolucionaria del proletariado en la historia. El
coronamiento de esa misión es la dictadura proletaria, la dominación política
del proletariado. Pero
si el proletariado necesita el Estado como organización especial de la violencia contra
la burguesía, de aquí se desprende por sí misma la conclusión de si es
concebible que pueda crearse una organización semejante sin destruir
previamente, sin aniquilar la máquina estatal creada para sí por la burguesía. A esta conclusión lleva directamente el
Manifiesto Comunista, y Marx
habla de ella al hacer el balance de la experiencia de la revolución de
1848 a 1851.
2. El balance de la revolución
En
el siguiente pasaje de su obra El 18
Brumario de Luis Bonaparte, Marx hace el balance de la revolución de
1848 a 1851, respecto a la cuestión del Estado, que es la que aquí nos
interesa: “...Pero
la revolución es radical. Está pasando todavía por el purgatorio.
Cumple su tarea con método. Hasta el 2 de diciembre de 1851” (día del
golpe de Estado de Luis Bonaparte) “había terminado la mitad de su
labor preparatoria; ahora, termina la otra mitad. Lleva primero a la
perfección el poder parlamentario, para poder derrocarlo. Ahora,
conseguido ya esto, lleva a la perfección el
poder ejecutivo, lo reduce a su más pura expresión, lo aísla, se
enfrenta con él, como único blanco contra el que debe concentrar
todas sus fuerzas de destrucción” (subrayado por nosotros). “Y
cuando la revolución haya llevado a cabo esta segunda parte de su labor
preliminar, Europa se levantará y gritará jubilosa: ¡has hozado bien,
viejo topo! Este
poder ejecutivo, con su inmensa organización burocrática y militar, con
su compleja y artificiosa máquina de Estado, un ejército de funcionarios
que suma medio millón de hombres, junto a un ejército de otro medio millón
de hombres, este espantoso organismo parasitario que se ciñe como una red
al cuerpo de la sociedad francesa y le tapona todos los poros, surgió en
la época de la monarquía absoluta, de la decadencia del régimen feudal,
que dicho organismo contribuyó a acelerar”. La primera revolución
francesa desarrolló la centralización, “pero al mismo tiempo amplió
el volumen, las atribuciones y el número de servidores del poder del
gobierno. Napoleón perfeccionó esta máquina del Estado”. La monarquía
legítima y la monarquía de julio” no añadieron nada más que una
mayor división del trabajo...
… Finalmente, la república parlamentaria, en su lucha contra la
revolución, viese obligada a fortalecer, junto con las medidas
represivas, los medios y la centralización del poder del gobierno. Todas
las revoluciones
perfeccionaban esta máquina, en vez de destrozarla”
(subrayado por nosotros). “Los partidos que luchaban alternativamente
por la dominación consideraban la toma de posesión de este inmenso
edificio del Estado como el botín principal del vencedor” (El
Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte, págs. 98-99, 4ª ed., Hamburgo,
1907)(13). En
este notable pasaje, el marxismo avanza un trecho enorme en comparación
con el Manifiesto Comunista. Allí,
la cuestión del Estado planteábase todavía de un modo extremadamente
abstracto, operando con las nociones y las expresiones más generales. Aquí
se plantea ya de un modo concreto, y la conclusión a que se llega es
extraordinariamente precisa, definida, prácticamente tangible: todas las
revoluciones anteriores perfeccionaron la máquina del Estado, y lo que
hace falta es romperla, destruirla. Esta
conclusión es lo principal, lo fundamental, en la teoría del marxismo
acerca del Estado. Y precisamente esto, lo fundamental, es lo que no sólo
ha sido olvidado completamente
por los partidos socialdemócratas oficiales imperantes, sino
evidentemente tergiversado (como veremos más abajo) por C. Kautsky, el teórico más
relevante de la II Internacional. En
el Manifiesto Comunista se
resumen los resultados generales de la historia, que nos obligan a ver en
el Estado un órgano de dominación de clase y nos llevan a la inevitable
conclusión de que el proletariado no puede derrocar a la burguesía si no
empieza por conquistar el poder político, si no logra la dominación política,
si no transforma el Estado en “el proletariado organizado como clase
dominante” y de que este Estado proletario comienza a extinguirse
inmediatamente después de su triunfo, pues en una sociedad sin
contradicciones de clase el Estado es innecesario e imposible. Pero aquí
no se plantea la cuestión de cómo deberá realizarse ---desde el punto
de vista del desarrollo histórico--- esta sustitución del Estado burgués
por el Estado proletario. Esta
cuestión es precisamente la que Marx plantea y resuelve en 1852. Fiel a
su filosofía del materialismo dialéctico, toma como base la experiencia
histórica de los grandes años de la revolución: de 1848 a 1851. Aquí,
como siempre, la doctrina de Marx es un resumen
de la experiencia iluminado por una profunda concepción filosófica
del mundo y por un rico conocimiento de la historia. La
cuestión del Estado se plantea de un modo concreto: ¿Cómo ha surgido
históricamente el Estado burgués, la máquina estatal que necesita para
su dominación la burguesía? ¿Cuáles han sido sus cambios, cuál su
evolución en el transcurso de las revoluciones burguesas y ante las
acciones independientes de las clases oprimidas? ¿Cuáles son las tareas
del proletariado en lo tocante a dicha máquina estatal? El
poder estatal centralizado, característico de la sociedad burguesa, surgió
en la época de la caída del absolutismo. Dos son las instituciones más
típicas de esta máquina estatal: la burocracia y el ejército
permanente. En las obras de Marx y Engels se habla reiteradas veces de los
miles de hilos que vinculan a estas instituciones precisamente con la
burguesía. La experiencia de todo obrero revela estos vínculos de un
modo extraordinariamente palmario e impresionante. La clase obrera aprende
en su propia carne a comprender estos vínculos; por eso capta tan fácilmente
y asimila tan bien la ciencia del carácter inevitable de estos vínculos,
ciencia que los demócratas pequeñoburgueses niegan por ignorancia y por
frivolidad, o reconocen, de un modo todavía más frívolo, “en términos
generales”, olvidándose de sacar las conclusiones prácticas
correspondientes. La
burocracia y el ejército permanente son un “parásito” adherido al
cuerpo de la sociedad burguesa, un parásito engendrado por las
contradicciones internas que dividen a esta sociedad, pero, precisamente,
un parásito que “tapona” los poros vitales. El oportunismo kautskiano
imperante hoy en la socialdemocracia oficial considera patrimonio especial
y exclusivo del anarquismo la idea del Estado como un organismo
parasitario. Naturalmente, esta tergiversación del marxismo es
sobremanera ventajosa para los filisteos que han llevado el socialismo a
la ignominia inaudita de justificar y embellecer la guerra imperialista
mediante la aplicación a ésta del concepto de “la defensa de la
patria”, pero es, a pesar de todo, una tergiversación indiscutible. A
través de todas las revoluciones burguesas vividas en gran número por
Europa desde los tiempos de la caída del feudalismo, este aparato burocrático
y militar va desarrollándose, perfeccionándose y afianzándose. En
particular, precisamente la pequeña burguesía es atraída al lado de la
gran burguesía y sometida a ella en medida considerable por medio de este
aparato, que proporciona a las capas altas de los campesinos, de los pequeños
artesanos, de los comerciantes, etc., puestos relativamente cómodos,
tranquilos y honorables, los cuales colocan a sus poseedores por
encima del pueblo. Mirad lo ocurrido en Rusia durante el medio año
transcurrido desde el 27 de febrero de 1917(14): los cargos burocráticos, que
antes se adjudicaban preferentemente a los ciennegristas(15),
se han convertido en botín de demócratas constitucionalistas(16),
mencheviques y eseristas. En el fondo, no se pensaba en reformas serias,
esforzándose por aplazarías “hasta la Asamblea Constituyente”, y
aplazando poco a poco la Asamblea Constituyente ¡hasta el final de la
guerra!(17)
¡Pero para repartir el botín, para ocupar los puestos de ministros,
subsecretarios, gobernadores generales, etc., etc., no se dio largas ni se
esperó a ninguna Asamblea Constituyente! El juego de las combinaciones
para formar gobierno no era, en el fondo, más que la expresión del
reparto y redistribución del “botín”, que se hacía arriba y abajo,
por todo el país, en toda la administración central y local. El balance,
un balance objetivo, del medio año que va desde el 27 de febrero al 27 de
agosto de 1917 es indiscutible: las reformas se aplazaron, se efectuó el
reparto de los puestos burocráticos, y los “errores” del reparto se
corrigieron mediante algunos reajustes. Pero
cuanto más se procede a estos “reajustes” del aparato burocrático
entre los distintos partidos burgueses y pequeñoburgueses (entre los demócratas
constitucionalistas, eseristas y mencheviques, si nos atenemos al ejemplo
ruso), tanto más evidente es para las clases oprimidas y para el
proletariado que las encabeza su hostilidad irreconciliable contra toda la sociedad burguesa. De aquí la necesidad para todos los
partidos burgueses, incluyendo a los más democráticos y
“revolucionario-democráticos”, de reforzar la represión contra el
proletariado revolucionario, de fortalecer el aparato de represión, es
decir, la misma máquina del Estado. Esta marcha de los acontecimientos
obliga a la revolución a “concentrar
todas las fuerzas de destrucción” contra el poder estatal, la
obliga a proponerse como objetivo, no el perfeccionar la máquina del
Estado, sino el destruirla, el aniquilarla. No
fue el razonamiento lógico, sino el desarrollo real de los
acontecimientos, la experiencia viva de los años de 1848 a 1851 lo que
condujo a esta manera de plantear la cuestión. Hasta qué punto se atiene
Marx rigurosamente a los hechos de la experiencia histórica lo muestra el
hecho de que en 1852 Marx no plantea aún el problema concreto de con
qué se sustituirá la máquinas del Estado que ha de ser destruida.
La experiencia no había suministrado todavía materiales para esta cuestión,
que la historia puso al orden del día más tarde, en 1871. Obrando con la
precisión del investigador naturalista, en 1852 sólo podía registrarse
una cosa: que la revolución proletaria habla llegado a un punto en que debía
abordar la tarea de “concentrar todas las fuerzas de destrucción”
contra el poder estatal, la tarea de “romper” la máquina del Estado. Aquí
puede surgir esta pregunta: ¿Es justo generalizar la experiencia, las
observaciones y las conclusiones de Marx, trasplantándolas más allá de
los límites de la historia de Francia en los tres años que van de 1848 a
1851? Para examinar esta pregunta, comenzaremos recordando una observación
de Engels y pasaremos luego a los hechos. “...Francia
---escribía Engels en el prefacio a la tercera edición de El 18 Brumario--- es el país en el que las luchas históricas de
clases se han llevado siempre a su término decisivo más que en ningún
otro sitio y donde, por tanto, las formas políticas sucesivas dentro de
las que se han movido estas luchas de clases y en las que han encontrado
su expresión los resultados de las mismas adquieren también los
contornos más acusados. Centro del feudalismo en la Edad Media y país
modelo de la monarquía unitaria estamental desde el Renacimiento, Francia
pulverizó al feudalismo en la gran revolución e instauró la dominación
pura de la burguesía bajo una forma clásica como ningún otro país de
Europa. También la lucha del proletariado revolucionario contra la
burguesía dominante reviste aquí una forma violenta, desconocida en
otras partes” (pág. 4, ed. de 1907)(18). La
última observación es anticuada, ya que a partir de 1871 se ha operado
una interrupción en la lucha revolucionaria del proletariado francés, si
bien esta interrupción, por mucho que dure, no excluye, en modo alguno,
la posibilidad de que, en la próxima revolución proletaria, Francia se
revele como el país clásico de la lucha de clases hasta su final
decisivo. Pero
echemos una ojeada general a la historia de los países adelantados a
fines del siglo XIX y comienzos del XX. Veremos que, de un modo más
lento, más variado, y en un campo de acción mucho más extenso, se
desarrolla el mismo proceso: de una parte, la formación del “poder
parlamentario” lo mismo en los países republicanos (Francia, Norteamérica,
Suiza) que en los monárquicos (Inglaterra, Alemania hasta cierto punto,
Italia, los países escandinavos, etc.); de otra parte, la lucha por el
poder entre los distintos partidos burgueses y pequeñoburgueses, que se
reparten y se redistribuyen el “botín” de los puestos burocráticos,
dejando intactas las bases del régimen burgués; y, finalmente, el
perfeccionamiento y vigorización del “poder ejecutivo”, de su aparato
burocrático y militar. No
cabe la menor duda de que éstos son los rasgos generales que caracterizan
toda la evolución moderna de los Estados capitalistas en general. En el
transcurso de tres años, de 1848 a 1851 Francia reveló, en una forma rápida,
tajante, concentrada, los procesos de desarrollo propios de todo el mundo
capitalista. Y,
en particular, el imperialismo, la época del capital bancario la época
de los gigantescos monopolios capitalistas, la época de la transformación
del capitalismo monopolista en capitalismo monopolista de Estado, revela
un extraordinario fortalecimiento de la “máquina estatal”, un
desarrollo inaudito de su aparato burocrático y militar, en relación con
el aumento de la represión contra el proletariado, así en los países
monárquicos como en los países republicanos más libres. Es
indudable que, en la actualidad, la historia del mundo conduce, en
proporciones incomparablemente más amplias que en 1852, a la
“concentración de todas las fuerzas” de la revolución proletaria
para “destruir” la máquina del Estado. ¿Con
qué ha de sustituir el proletariado esta máquina? La Comuna de París
nos suministra los materiales más instructivos a este respecto. 3. Cómo planteaba Marx la cuestión en
1852* En
1907 publicó Mehring en la revista Neue
Zeit(19)
(XXV, 2 pág. 184) extractos de una carta de Marx a Weydemeyer, fechada el
5 de marzo de 1852. Esta carta contiene, entre otros, el siguiente notable
pasaje. “Por
lo que a mí se refiere, no me cabe el mérito de haber descubierto la
existencia de las clases en la sociedad moderna ni la lucha entre ellas.
Mucho antes que yo, algunos historiadores burgueses habían expuesto ya el
desarrollo histórico de esta lucha de clases, y algunos economistas
burgueses, la anatomía económica de éstas. Lo que yo he aportado de
nuevo ha sido demostrar: 1) que la existencia de las clases sólo va unida
a determinadas fases históricas de desarrollo de la producción; (historische
Entwicklungsphasen der Produktion); 2) que la lucha de clases conduce,
necesariamente, a la dictadura del proletariado; 3) que esta misma
dictadura no es de por sí más que el tránsito hacia la abolición de
todas las clases y hacia una sociedad sin clases...”(20)
. En
estas palabras, Marx consiguió expresar de un modo asombrosamente claro
dos cosas: primero, la diferencia fundamental y cardinal entre su doctrina
y las doctrinas de los pensadores avanzados y más profundos de la burguesía,
y segundo, la, esencia de su teoría del Estado. Lo
fundamental en la doctrina de Marx es la lucha de clases. Así se dice y
se escribe muy frecuentemente. Pero no es exacto. De esta inexactitud se
deriva con gran frecuencia la tergiversación oportunista del marxismo, su
falseamiento en un sentido aceptable para la burguesía. Porque la teoría
de la lucha de clases no fue
creada por Marx, sino por la
burguesía, antes de Marx, y es,
en términos generales, aceptable
para la burguesía. Quien reconoce solamente
la lucha de clases no es aún marxista, puede mantenerse todavía dentro
del marco del pensamiento burgués y de la política burguesa.
Circunscribir el marxismo a la teoría de la lucha de clases es limitar el
marxismo, tergiversarlo, reducirlo a algo que la burguesía puede aceptar.
Marxista sólo es el que hace
extensivo el reconocimiento de la lucha de clases al reconocimiento de
la dictadura del proletariado.
En ello estriba la más profunda diferencia entre un marxista y un pequeño
(o un gran) burgués adocenado. En esta piedra de toque es en la que hay
que contrastar la comprensión y el reconocimiento real
del marxismo. Y nada tiene de extraño que cuando la historia de Europa ha
colocado prácticamente a la
clase obrera ante tal cuestión, no sólo todos los oportunistas y
reformistas, sino también todos los “kautskianos” (gentes que vacilan
entre el reformismo y el marxismo) hayan resultado ser miserables
filisteos y demócratas pequeñoburgueses, que niegan
la dictadura del proletariado. El folleto de Kautsky La dictadura del proletariado, publicado en agosto de 1918, es
decir, mucho después de aparecer la primera edición del presente libro,
es un modelo de tergiversación filistea del marxismo y de ignominiosa
abjuración virtual del mismo,
aunque se le acate hipócritamente de
palabra (véase mi folleto La
revolución proletaria y el renegado Kautsky, Petrogrado y Moscú,
1918*). El
oportunismo de nuestros días, personificado por su principal
representante, el ex marxista C. Kautsky, cae de lleno dentro de la
característica de la posición burguesa
que traza Marx y que hemos citado, pues este oportunismo circunscribe el
terreno del reconocimiento de la lucha de clases al terreno de las
relaciones burguesas. (¡Y dentro de este terreno, dentro de este marco,
ningún liberal culto se negaría a reconocer, “en principio”, la
lucha de clases!). El oportunismo no extiende el reconocimiento de la lucha de clases precisamente a
lo más fundamental, al período de transición
del capitalismo al comunismo, al período de derrocamiento
de la burguesía y de completa destrucción
de ésta. En realidad, este período es inevitablemente un período de
lucha de clases de un encarnizamiento sin precedentes, en que ésta
reviste formas agudas nunca vistas, y, por consiguiente, el Estado de este
período debe ser inevitablemente un Estado democrático de
manera nueva (para los proletarios y los desposeídos en general) y
dictatorial de manera nueva
(contra la burguesía). Además,
la esencia de la teoría de Marx sobre el Estado sólo la asimila quien
haya comprendido que la dictadura de una
clase es necesaria, no sólo para toda sociedad de clases en general, no sólo
para el proletariado después de
derrocar a la burguesía, sino también para todo el período histórico que separa al capitalismo de la “sociedad sin
clases”, del comunismo. Las formas de los Estados burgueses son
extraordinariamente diversas, pero su esencia es la misma: todos esos
Estados son, bajo una forma o bajo otra pero, en última instancia,
necesariamente, una dictadura de la burguesía. La transición del capitalismo al
comunismo no puede naturalmente, por menos de proporcionar una enorme
abundancia y diversidad de formas políticas, pero la esencia de todas
ellas sería necesariamente, una: la dictadura
del proletariado. |
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Notas 11.-
Véase C. Marx. Miseria de la
filosofía. C. Marx y F. Engels. Obras,
2ª ed. en ruso, 1.IV, pág. 184. 12.-
Véase C. Marx y F. Engels. Manifiesto
del Partido Comunista. Obras
escogidas en dos tomos, t. 1, págs. 30, 38, cd. en español, Moscú,
1966. 13.-
Véase C. Marx y F. Engels. El
Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte. Obras escogidas, en dos tomos,
t. 1, pág. 231, ed. en español, Moscú, 1966. 14.-
Lenin se refiere a la revolución democrático-burguesa que se produjo en
Rusia el 27 de febrero (12 de marzo) de 1917. Como resultado de ella fue
derrocada la autocracia y formado el Gobierno Provisional burgués. 15.-
“Centurias Negras”: bandas monárquicas organizadas por la policía
zarista para luchar contra el movimiento revolucionario. Las centurias
negras asesinaban a los revolucionarios, atentaban contra los
intelectuales progresistas y efectuaban pogromos antihebreos. 16.-
Partido Demócrata
Constitucionalista: partido principal de la burguesía liberal-monárquica
de Rusia, fundado en octubre de 1905 y compuesto por elementos de la
burguesía y de los zemstvos e
intelectuales burgueses. Los demócratas constitucionalistas se limitaban
a exigir la monarquía constitucional. En los años de la primera guerra
mundial apoyaron enérgicamente la política exterior anexionista del
gobierno zarista. En el período de la revolución democrático-burguesa
de febrero de 1917 trataban de salvar a la monarquía. Ocupando puestos de
dirección en el Gobierno Provisional burgués, aplicaban una antipopular
política contrarrevolucionaria. 17.-
El Gobierno Provisional informó de la convocatoria de la Asamblea
Constituyente en la Declaración del 2 (15) de marzo de 1917; las
elecciones debían celebrarse el 17 (30) de septiembre del mismo año,
acordándose al poco tiempo su aplazamiento al 12 (25) de noviembre. La
Asamblea Constituyente fue inaugurada el 5 (18) de enero de 1918 en
Petrogrado por el Gobierno soviético. Las elecciones se celebraron de
acuerdo con las listas compuestas antes de la Gran Revolución Socialista
de Octubre. La Asamblea Constituyente se negó a ratificar los decretos de
la paz, de la tierra y del paso del poder a los Soviets, aprobados por el
II Congreso de éstos, en virtud de lo cual fue disuelta por acuerdo del
CEC de toda Rusia el 6 (19) de enero de 1918. 18.-
Véase C. Marx y F. Engels. El
Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte. Obras escogidos en dos tomos, t.
I, pág. 231, ed. en español, Moscú, 1966. 19.-
Die Neue Zeit (“Tiempos
Nuevos”): revista teórica del Partido Socialdemócrata Alemán; se editó
en Stuttgart de 1883 a 1923. Hasta octubre de 1917 fue redactada por C.
Kautsky, y después por G. Cunow. Die
Neue Zeit publicó por primera vez varias obras de Marx y Engels. Éste
último ayudaba a la redacción de la revista y la criticó reiteradamente
por las desviaciones del marxismo. En Die
Neue Zeit colaboraron eminentes figuras del movimiento obrero alemán
e internacional de finales del siglo XIX y comienzos del XX: A. Bebel, G.
Liebknecht, R. Luxemburgo, F. Mehring, C. Zetkin, J. Plejánov. P Lafargue,
etc. A partir de la segunda mitad de los años 90, después de la muerte
de Engels, la revista empezó a insertar sistemáticamente artículos de
los revisionistas, incluida una serie de artículos de E. Berstein, Problemas
del socialismo, que inauguró la campaña de los revisionistas contra
el marxismo. En los años de la primera guerra mundial, la revista ocupó
una posición centrista, apoyando de hecho a los socialchovinistas. 20.- Véase Carta de Marx a Weydemeyer, 5 de marzo dc 1852. C. Marx y F. Engels. Obras escogidas en dos tomos, t. II, pág. 456, ed. en español, Moscú, 1966. |
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Capítulo
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