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Fundación Federico Engels .. |
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EL
ESTADO Y LA REVOLUCIÓN |
| Capítulo I |
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La
sociedad de clases y el Estado |
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1. El Estado, producto del carácter
irreconciliable |
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Ante
tal situación, ante la inaudita difusión de las tergiversaciones del
marxismo, nuestra misión consiste, sobre todo, en restaurar
la verdadera doctrina de Marx acerca del Estado. Para ello es necesario
citar toda una serie de pasajes largos de las obras mismas de Marx y
Engels. Naturalmente, las citas largas hacen la exposición pesada y en
nada contribuyen a darle un carácter popular. Pero es de todo punto
imposible prescindir de ellas. No hay más remedio que citar del modo más
completo posible todos los pasajes, o, por lo menos, todos los pasajes
decisivos de las obras de Marx y Engels sobre la cuestión del Estado,
para que el lector pueda formarse por su cuenta una noción del conjunto
de ideas de los fundadores del socialismo científico y del desarrollo de
estas ideas, así como para probar documentalmente y patentizar con toda
claridad la tergiversación de estas ideas por el “kautskismo” hoy
imperante. Comencemos
por la obra más conocida de F. Engels: El
origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, de la que ya
en 1894 se publicó en Stuttgart la sexta edición. Conviene traducir las
citas de los originales alemanes, pues las traducciones rusas, con ser tan
numerosas, son en gran parte incompletas o deficientes sobremanera. “El Estado ---dice Engels, resumiendo su análisis histórico--- no es de ningún modo un poder impuesto desde fuera a la sociedad; tampoco es ‘la realidad de la idea moral’, ni ‘la imagen y la realidad de la razón’, como afirma Hegel. Es más bien un producto de la sociedad cuando llega a un grado de desarrollo determinado; es la confesión de que esa sociedad se ha enredado en una irremediable contradicción consigo misma y está dividida por antagonismos irreconciliables, que es impotente para conjurarlos. Pero a fin de que estos antagonismos, estas clases con intereses económicos en pugna no se devoren a sí mismas y no consuman a la sociedad en una lucha estéril, se hace necesario un poder situado aparentemente por encima de la sociedad y llamado a amortiguar el choque, a mantenerlo en los límites del ‘orden’. Y ese poder, nacido de la sociedad, pero que se pone por encima de ella y se divorcia de ella más y más, es el Estado” (págs. 177-178 de la sexta edición alemana)(2). Aquí
aparece expresada con plena claridad la idea fundamental del marxismo en
cuanto al papel histórico y a la significación del Estado. El Estado es
producto y manifestación del carácter
irreconciliable de las contradicciones de clase. El Estado surge en el
sitio, en el momento y en el grado en que las contradicciones de clase no
pueden, objetivamente, conciliarse. Y viceversa: la existencia del
Estado demuestra que las contradicciones de clase son irreconciliables. En
este punto importantísimo y cardinal comienzan precisamente la
tergiversación del marxismo, tergiversación que sigue dos direcciones
fundamentales. De
una parte, los ideólogos burgueses y especialmente los pequeñoburgueses,
obligados por la presión de hechos históricos indiscutibles a reconocer
que el Estado sólo existe allí donde existen las contradicciones de
clase y la lucha de clases, “corrigen” a Marx de tal manera que el
Estado resulta ser un órgano de conciliación
de las clases. Según Marx, el Estado no podría ni surgir ni mantenerse
si fuese posible la conciliación de las clases. Según los profesores y
publicistas mezquinos y filisteos ---¡que a cada paso invocan, benévolos,
a Marx!--- resulta que el Estado es precisamente el que concilia las
clases. Según Marx, el Estado es un órgano de dominación
de clase, un órgano de opresión
de una clase por otra, es la creación del “orden” que legaliza y
afianza esta opresión, amortiguando los choques entre las clases. En
opinión de los políticos pequeñoburgueses, el orden es precisamente la
conciliación de las clases y no la opresión de una clase por otra.
Amortiguar los choques significa para ellos conciliar y no privar a las
clases oprimidas de ciertos medios y procedimientos de lucha por el
derrocamiento de los opresores. Por
ejemplo, durante la revolución de 1917, cuando el problema de la
significación y del papel del Estado se planteó precisamente en toda su
magnitud, en el terreno práctico, como un problema de acción inmediata
y, además, de acción de masas, todos los socialrevolucionarios (eseristas)(3)
y todos los mencheviques(4)
cayeron, de pronto y por entero, en la teoría pequeñoburguesa de la
“conciliación” de las clases “por el Estado”. Innumerables
resoluciones y artículos de los políticos de estos dos partidos están
saturados de esta teoría mezquina y filistea de la “conciliación”.
Que el Estado es el órgano de dominación de una determinada clase, la
cual no puede conciliarse con su antípoda (con la clase contrapuesta a
ella), es algo que la democracia pequeñoburguesa no podrá jamás
comprender. La actitud ante el Estado es uno de los síntomas más
patentes de que nuestros eseristas y mencheviques no son en manera alguna
socialistas (lo que nosotros, los bolcheviques, hemos demostrado siempre),
sino demócratas pequeñoburgueses con una fraseología casi socialista. De
otra parte, la tergiversación “kautskiana” del marxismo es bastante más
sutil. “Teóricamente”, no se niega ni que el Estado sea el órgano de
dominación de clase, ni que las contradicciones de clase sean
irreconciliables. Pero se pasa por alto o se oculta lo siguiente: si el
Estado es un producto del carácter irreconciliable de las contradicciones
de clase, si es una fuerza que está por encima
de la sociedad y que “se divorcia
más y más de la sociedad”, resulta claro que la liberación de la
clase oprimida es imposible, no sólo sin una revolución violenta, sino
también sin la destrucción del aparato del poder estatal que ha sido
creado por la clase dominante y en el que toma cuerpo aquel
“divorcio”. Como veremos más abajo, Marx llegó a esta conclusión,
teóricamente clara de por sí, con la precisión más completa, a base
del análisis histórico concreto de las tareas de la revolución. Y esta
conclusión es precisamente ---como expondremos con todo detalle en las páginas
siguientes--- la que Kautsky... ha “olvidado” y falseado. 2. Los destacamentos especiales de
fuerzas armadas, las cárceles, etc. “...Frente
a la antigua organización gentilicia (de tribu o de clan)(5)
---prosigue
Engels---, el Estado se caracteriza, en primer lugar, por la agrupación
de sus súbditos según divisiones territoriales...”. A
nosotros, esta agrupación nos parece “natural”, pero ella exigió una
larga lucha contra la antigua organización en gens o en tribus. “...El
segundo rasgo característico es la institución de una fuerza pública
que ya no es el pueblo armado. Esta fuerza pública especial se hace
necesaria porque desde la división de la sociedad en clases es ya
imposible una organización armada espontánea de la población... Esta
fuerza pública existe en todo Estado; y no está formada sólo por
hombres armados, sino también por aditamentos materiales, las cárceles y
las instituciones coercitivas de todo género, que la sociedad gentilicia
(de clan) no conocía...”. Engels
desarrolla la noción de esa “fuerza” a que se da el nombre de Estado,
fuerza que brota de la sociedad, pero que se sitúa por encima de ella y
que se divorcia cada vez más de ella. ¿En qué consiste,
fundamentalmente, esta fuerza? En destacamentos especiales de hombres
armados, que tienen a su disposición cárceles y otros elementos. Tenemos
derecho a hablar de destacamentos especiales de hombres armados, pues la
fuerza pública, propia de todo Estado, ya no es la población armada, su
“organización armada espontánea”. Como
todos los grandes pensadores revolucionarios, Engels se esfuerza por
dirigir la atención de los obreros conscientes precisamente hacia aquello
que el filisteísmo dominante considera como lo menos digno de atención,
como lo más habitual, santificado por prejuicios no ya sólidos, sino
podríamos decir que petrificados. El ejército permanente y la policía
son los instrumentos fundamentales de la fuerza del poder estatal. Pero ¿puede
acaso ser de otro modo? Desde
el punto de vista de la inmensa mayoría de los europeos de fines del
siglo XIX, a quienes se dirigía Engels y que no habían vivido ni visto
de cerca ninguna gran revolución, esto no podía ser de otro modo. Para
ellos era completamente incomprensible eso de la “organización armada
espontánea de la población”. A la pregunta de por qué ha surgido la
necesidad de destacamentos especiales de hombres armados (policía y ejército
permanente), situados por encima de la sociedad y divorciados de ella, el
filisteo de Europa Occidental y el filisteo ruso se inclinaban a contestar
con un par de frases tomadas de prestado a Spencer o a Mijailovski, remitiéndose
a la creciente complejidad de la vida social a la diferenciación de
funciones, etc. Estas
referencias parecen “científicas” y adormecen magníficamente al
filisteo, velando lo principal y fundamental: la división de la sociedad
en clases enemigas irreconciliables. Si
no existiese esa división, la “organización armada espontánea de la
población” se diferenciaría por su complejidad, por su elevada técnica,
etc., de la organización primitiva de la manada de monos que manejan el
palo, o de la del hombre primitivo, o de los hombres agrupados en clanes;
pero semejante organización sería posible. Y
no lo es porque la sociedad civilizada se halla dividida en clases
enemigas y, además, irreconciliablemente enemigas, cuyo armamento
“espontáneo” conduciría a la lucha armada entre ellas. Se forma el
Estado, se crea una fuerza especial, destacamentos especiales de hombres
armados, y cada revolución, al destruir el aparato estatal, nos muestra
la descubierta lucha de clases, nos muestra muy a las claras cómo la
clase dominante se esfuerza por restaurar los destacamentos especiales de
hombres armados a su servicio, cómo la clase oprimida se esfuerza por
crear una nueva organización de este tipo que sea capaz de servir no a
los explotadores, sino a los explotados. En
el pasaje citado, Engels plantea teóricamente el mismo problema que cada
gran revolución plantea ante nosotros prácticamente, de un modo palpable
y, además, sobre un plano de acción de masas: el problema de la relación
entre los destacamentos “especiales” de hombres armados y la
“organización armada espontánea de la población”. Hemos de ver cómo
ilustra de un modo concreto esta cuestión la experiencia de las
revoluciones europeas y rusas. Pero
volvamos a la exposición de Engels. Engels
señala que, a veces, por ejemplo, en algunos lugares de Norteamérica,
esta fuerza pública es débil (se trata de excepciones raras dentro de la
sociedad capitalista y de aquellos sitios de Norteamérica en que
imperaba, en el período preimperialista, el colono libre), pero que, en términos
generales, se fortalece: “...La
fuerza pública se fortalece a medida que los antagonismos de clase se
exacerban dentro del Estado y a medida que se hacen más grandes y más
poblados los Estados colindantes. Y si no, examínese nuestra Europa
actual, donde la lucha de clases y la rivalidad en las conquistas han
hecho crecer tanto la fuerza pública, que ésta amenaza con devorar a la
sociedad entera y aun al Estado mismo...”. Esto
fue escrito no más tarde que a comienzos de la década del 90 del siglo
pasado. El último prólogo de Engels lleva la fecha del 16 de junio de
1891. Por aquel entonces, comenzaba apenas en Francia, y más tenuemente
todavía en Norteamérica y en Alemania, el viraje hacia el imperialismo,
tanto en el sentido de la dominación completa de los trusts, como en el
sentido de la omnipotencia de los grandes bancos, en el sentido de una
grandiosa política colonial, etc. Desde entonces, la “rivalidad en las
conquistas” ha dado un gigantesco paso adelante, tanto más cuanto que a
comienzos de la segunda década del siglo XX el planeta quedó
definitivamente repartido entre estos “conquistadores rivales”, es
decir, entre las grandes potencias rapaces. Desde entonces, los armamentos
terrestres y marítimos han crecido en proporciones increíbles, y la
guerra de rapiña de 1914 a 1917 por la dominación de Inglaterra o
Alemania sobre el mundo, por el reparto del botín, ha llevado la
“absorción” de todas las fuerzas de la sociedad por un poder estatal
rapaz hasta el borde de una catástrofe completa. Ya
en 1891, Engels supo señalar la “rivalidad en las conquistas” como
uno de los más importantes rasgos distintivos de la política exterior de
las grandes potencias. ¡Y los canallas del social-chovinismo de los años
1914-1917, precisamente cuando esta rivalidad, agudizándose más y más,
ha engendrado la guerra imperialista, encubren la defensa de los intereses
rapaces de “su” burguesía con frases sobre “la defensa de la
patria”, sobre “la defensa de la república y de la revolución” y
con otras por el estilo! 3. El Estado, instrumento de explotación
de la clase oprimida Para
mantener un poder público especial, situado por encima de la sociedad,
son necesarios los impuestos y la deuda pública. “...Dueños
de la fuerza pública y del derecho a recaudar los impuestos ---dice
Engels---, los funcionarios, como órganos de la sociedad, aparecen ahora
situados por encima de ésta. El
respeto que se tributaba libre y voluntariamente a los órganos de la
constitución gentilicia (de clan) ya no les basta, incluso si pudieran
ganarlo...” Se dictan leyes especiales sobre la santidad y la inmunidad
de los funcionarios. “El más despreciable polizonte” tiene más
“autoridad” que los representantes del clan; pero incluso el jefe del
poder militar de un Estado civilizado podría envidiar a un jefe de clan
por “el respeto espontáneo” que le profesaba la sociedad. Aquí
se plantea la cuestión de la situación privilegiada de los funcionarios
como órganos de poder del Estado. Lo fundamental es saber: ¿qué los
coloca por encima de la
sociedad? Ya veremos cómo esta cuestión teórica fue resuelta prácticamente
por la Comuna de París en 1871 y cómo la veló reaccionariamente Kautsky
en 1912. “...Como
el Estado nació de la necesidad de refrenar los antagonismos de clase, y
como, al mismo tiempo, nació en medio del conflicto de esas clases, es,
por regla general, el Estado de la clase más poderosa, de la clase económicamente
dominante, que, con ayuda de él, se convierte también en la clase políticamente
dominante, adquiriendo con ello nuevos medios para la represión y la
explotación de la clase oprimida...” No sólo el Estado antiguo y el
Estado feudal fueron órganos de explotación de los esclavos y de los
siervos, también “el moderno Estado representativo es el instrumento de
que se sirve el capital para explotar el trabajo asalariado. Sin embargo,
por excepción, hay períodos en que las clases en lucha están tan
equilibradas, que el poder del Estado, como mediador aparente, adquiere
cierta independencia momentánea respecto a una y otra...”. Tal aconteció
con la monarquía absoluta de los siglos XVII y XVIII, con el bonapartismo
del primero y del segundo Imperio en Francia(6)
y con Bismarck en Alemania. Y
tal ha acontecido también ---agregamos nosotros--- con el gobierno de
Kerensky en la Rusia republicana, después del paso a las persecuciones
del proletariado revolucionario, en un momento en que los Soviets, como
consecuencia de hallarse dirigidos por demócratas pequeñoburgueses, son ya impotentes, y la burguesía no es todavía bastante fuerte para disolverlos pura y simplemente. En la república
democrática ---prosigue Engels--- “la riqueza ejerce su poder
indirectamente, pero de un modo tanto más seguro”, y lo ejerce, en
primer lugar, mediante “la corrupción directa de los funcionarios”
(Norteamérica) y, en segundo lugar, mediante la “alianza entre el
gobierno y la Bolsa” (Francia y Norteamérica). En
la actualidad, el imperialismo y la dominación de los bancos han
“desarrollado”, hasta convertirlos en un arte extraordinario, estos
dos métodos de defender y llevar a la práctica la omnipotencia de la
riqueza en las repúblicas democráticas, sean cuales fueren. Si, por
ejemplo, en los primeros meses de la república democrática de Rusia,
durante lo que podríamos llamar luna de miel de los “socialistas” ---eseristas
y mencheviques--- con la burguesía, en el gobierno de coalición, el señor
Palchinski saboteó todas las medidas de restricción contra los
capitalistas y sus latrocinios, contra sus actos de saqueo del fisco
mediante los suministros de guerra, y si luego, una vez fuera del
ministerio, el señor Palchinski (sustituido, naturalmente, por otro
Palchinski exactamente igual) fue “recompensado” por los capitalistas
con un puestecito de 120.000 rublos de sueldo al año, ¿qué significa
esto? ¿Es un soborno directo o indirecto? ¿Es una alianza del gobierno
con los consorcios o son “solamente” lazos de amistad? ¿Qué papel
desempeñan los Chernov y los Tsereteli, los Avxéntiev y los Skóbelev?
¿El de aliados “directos” o solamente indirectos de los millonarios
malversadores de los fondos públicos? La
omnipotencia de la “riqueza” también es más segura en las repúblicas
democráticas porque no depende de unos u otros defectos del mecanismo político
ni de la mala envoltura política del capitalismo. La república democrática
es la mejor envoltura política de que puede revestirse el capitalismo; y,
por lo tanto, el capital, al dominar (a través de los Palchinski, los
Chernov, los Tsereteli y Cía.) esta envoltura, que es la mejor de todas,
cimienta su poder de un modo tan seguro, tan firme, que no lo conmueve ningún cambio de personas, ni de instituciones, ni de partido
dentro de la república democrática burguesa. Hay
que advertir, además, que Engels, con la mayor precisión, llama también
al sufragio universal instrumento de dominación de la burguesía. El
sufragio universal, dice Engels, basándose, evidentemente, en la larga
experiencia de la socialdemocracia alemana, es “el índice de la madurez
de la clase obrera. No puede llegar ni llegará nunca a más en el Estado
actual”. Los
demócratas pequeñoburgueses, por el estilo de nuestros eseristas y
mencheviques, y sus hermanos carnales, todos los socialchovinistas y
oportunistas de Europa Occidental, esperan, en efecto, “más” del
sufragio universal. Comparten ellos mismos e inculcan al pueblo la falsa
idea de que el sufragio universal es, “en el Estado actual”,
un medio capaz de revelar realmente la voluntad de la mayoría de los
trabajadores y de garantizar su puesta en práctica. Aquí
no podemos hacer más que señalar esta falsa idea, poner de manifiesto
que esta afirmación de Engels, completamente clara, precisa y concreta,
se adultera a cada paso en la propaganda y en la agitación de los
partidos socialistas “oficiales” (es decir, oportunistas). Una
explicación minuciosa de toda la falsedad de esta idea, rechazada aquí
por Engels, la encontraremos más adelante en nuestra exposición de los
puntos de vista de Marx y Engels sobre el Estado “actual”. En
la más popular de sus obras, Engels hace un resumen general de sus puntos
de vista en los siguientes términos: “Por
tanto, el Estado no ha existido eternamente. Ha habido sociedades que se
las arreglaron sin él, que no tuvieron la menor noción del Estado ni de
su poder. Al llegar a cierta fase del desarrollo económico, que estaba
ligada necesariamente a la división de la sociedad en clases, esta división
hizo del Estado una necesidad. Ahora nos aproximamos con rapidez a una
fase de desarrollo de la producción en que la existencia de estas clases
no sólo deja de ser una necesidad, sino que se convierte en un obstáculo
directo para la producción. Las clases desaparecerán de un modo tan
inevitable como surgieron en su tiempo. Con la desaparición de las
clases, desaparecerá inevitablemente el Estado. La sociedad,
reorganizando de un modo nuevo la producción sobre la base de una
asociación libre de productores iguales, enviará toda la máquina del
Estado al lugar que entonces le ha de corresponder: al museo de antigüedades,
junto a la rueca y el hacha de bronce”. No
se encuentra con frecuencia esta cita en las publicaciones de propaganda y
agitación de la socialdemocracia contemporánea. Pero incluso cuando nos
encontramos con ella es, casi siempre, como si se hicieran reverencias
ante un icono, o sea, para rendir un homenaje oficial a Engels, sin el
menor intento de analizar la amplitud y profundidad de la revolución que
supone este “enviar toda la máquina del Estado al museo de antigüedades”.
En la mayoría de los casos, no se ve ni siquiera la comprensión de lo
que Engels llama la máquina del Estado.
Las
palabras de Engels sobre la “extinción” del Estado gozan de tanta
celebridad, se citan con tanta frecuencia y muestran con tanto relieve dónde
está el quid de la adulteración corriente del marxismo por la cual éste
es adaptado al oportunismo, que se hace necesario detenerse a examinarlas
detalladamente. Citaremos todo el pasaje donde figuran estas palabras: “El
proletariado toma el poder estatal y comienza por convertir los medios de
producción en propiedad del Estado. Pero con este acto se destruye a sí
mismo como proletariado y destruye toda diferencia y todo antagonismo de
clase y, con ello mismo, el Estado como tal. La sociedad, que se ha movido
hasta ahora entre antagonismos de clase, ha tenido necesidad del Estado, o
sea de una organización de la clase explotadora para mantener las
condiciones exteriores de producción, y por tanto, particularmente, para
mantener por la fuerza a la clase explotada en las condiciones de opresión
(la esclavitud, la servidumbre, el trabajo asalariado), determinadas por
el modo de producción existente. El Estado era el representante oficial
de toda la sociedad, su síntesis en una corporación visible; pero lo era
tan sólo como Estado de la clase que en su época representaba a toda la
sociedad: en la antigüedad era el Estado de los ciudadanos esclavistas;
en la Edad Media, el de la nobleza feudal; en nuestros tiempos es el de la
burguesía. Cuando el Estado se convierta finalmente en representante
efectivo de toda la sociedad, será por sí mismo superfluo. Cuando ya no
exista ninguna clase social a la que haya que mantener en la opresión;
cuando desaparezcan, junto con la dominación de clase, junto con la lucha
por la existencia individual, engendrada por la actual anarquía de la
producción, los choques y los excesos resultantes de esta lucha, no habrá
ya nada que reprimir ni hará falta, por tanto, esa fuerza especial de
represión, el Estado. El primer acto en que el Estado se manifiesta
efectivamente como representante de toda la sociedad ---la toma de posesión
de los medios de producción en nombre de la sociedad--- es a la par su último
acto independiente como Estado. La intervención del poder estatal en las
relaciones sociales se hará superflua en un campo tras otro y se
adormecerá por sí misma. El gobierno sobre las personas será sustituido
por la administración de las cosas y por la dirección de los procesos de
producción. El Estado no será ‘abolido’: se
extinguirá. Partiendo de esto es como hay que juzgar el valor de esa
frase que habla del “Estado popular libre”, frase que durante cierto
tiempo tuvo derecho a la existencia como consigna de agitación, pero que,
en resumidas cuentas, carece en absoluto de fundamento científico.
Partiendo de esto es también como debe ser considerada la exigencia de
los llamados anarquistas de que el Estado sea abolido de la noche a la mañana”
(Anti-Dühring o la subversión de
la ciencia por el señor Eugenio Dühring, págs. 301-303 de la
tercera edición alemana)(7). Sin
temor a equivocarnos, podemos decir que de estos pensamientos sobremanera
ricos, expuestos aquí por Engels, lo único que ha pasado a ser verdadero
patrimonio del pensamiento socialista, en los partidos socialistas
actuales, es la tesis de que el Estado, según Marx, “se extingue”, a
diferencia de la doctrina anarquista de la “abolición” del Estado.
Truncar así el marxismo equivale a reducirlo al oportunismo, pues con
esta “interpretación” no queda en pie más que una noción confusa de
un cambio lento, paulatino, gradual, sin saltos ni tormentas, sin
revoluciones. Hablar de la “extinción” del Estado, en el sentido
corriente, generalizado, de masas, si cabe decirlo así, equivale
indudablemente a esfumar, si no a negar, la revolución. Pero
semejante “interpretación” es la más tosca tergiversación del
marxismo, tergiversación que sólo favorece a la burguesía que descansa
teóricamente en la omisión de circunstancias y consideraciones importantísimas
que se indican, por ejemplo, en el “resumen” contenido en el pasaje de
Engels íntegramente citado por nosotros. En
primer lugar, Engels dice en el comienzo mismo de este pasaje que, al
tomar el poder estatal, el proletariado “destruye con ello mismo, el
Estado como tal”. No es usual pararse a pensar lo que significa esto. Lo
corriente es desentenderse de ella en absoluto o considerarlo algo así
como una “debilidad hegeliana” de Engels. En realidad, estas palabras
encierran concisamente la experiencia de una de las más grandes
revoluciones proletarias, la experiencia de la Comuna de París de 1871,
de la cual hablaremos detalladamente en su lugar. En realidad, Engels
habla aquí de la “destrucción” del Estado de la burguesía
por la revolución proletaria, mientras que las palabras relativas a la
extinción del Estado se refieren a los restos del Estado proletario
después de la revolución socialista. El Estado burgués no se
“extingue”, según Engels, sino que “es
destruido” por el proletariado en la revolución. El que se
extingue, después de esta revolución, es el Estado o semiestado
proletario. En
segundo lugar, el Estado es una “fuerza especial de represión”. Esta
magnífica y profundísima definición nos la da Engels aquí con la más
completa claridad. Y de ella se deduce que la “fuerza especial de
represión” del proletariado por la burguesía, de millones de
trabajadores por unos puñados de ricachos, debe sustituirse por una
“fuerza especial de represión” de la burguesía por el proletariado
(dictadura del proletariado). En esto consiste precisamente la
“destrucción del Estado como tal”. En esto consiste precisamente el
“acto” de la toma de posesión de los medios de producción en nombre
de la sociedad. Y es de suyo evidente que semejante
sustitución de una “fuerza especial” (la burguesa) por otra (la
proletaria) ya no puede operarse, en modo alguno, bajo la forma de
“extinción”. En
tercer lugar, Engels, al hablar de la “extinción” y ---con palabra
todavía más plástica y gráfica--- del “adormecimiento” del Estado,
se refiere con absoluta claridad y precisión a la época posterior
a la “toma de posesión de los medios de producción por el Estado en
nombre de toda la sociedad”, es decir, posterior
a la revolución socialista. Todos sabemos que la forma política del
“Estado”, en esta época, es la democracia más completa. Pero a
ninguno de los oportunistas que tergiversan desvergonzadamente el marxismo
se le viene a las mientes la idea de que, por consiguiente, Engels hable
aquí del “adormecimiento” y de la “extinción” de la democracia.
Esto parece, a primera vista, muy extraño. Pero sólo es
“incomprensible” para quien no haya comprendido que la democracia es también un Estado y que, en consecuencia, la democracia también
desaparecerá cuando desaparezca el Estado. El Estado burgués sólo puede
ser “destruido” por la revolución. El Estado en general, es decir, la
más completa democracia, sólo puede “extinguirse”. En
cuarto lugar, al formular su notable tesis: “El Estado se extingue”,
Engels aclara a renglón seguido, de un modo concreto, que esta tesis se
dirige tanto contra los oportunistas como contra los anarquistas. Y
Engels, coloca en primer plano aquélla conclusión de su tesis sobre la
“extinción del Estado” que va dirigida contra los oportunistas. Podría
apostarse que de diez mil hombres que hayan leído u oído hablar acerca
de la “extinción” del Estado, nueve mil novecientos noventa no saben
u olvidan en absoluto que Engels no
dirigió solamente contra los
anarquistas sus conclusiones derivadas de esta tesis. Y de las diez
personas restantes, lo más probable es que nueve no sepan lo que es el
“Estado popular libre” y por qué el atacar esta consigna significa
atacar a los oportunistas. ¡Así se escribe la historia! Así se adapta
de un modo imperceptible la gran doctrina revolucionaria al filisteísmo
reinante. La conclusión contra los anarquistas se ha repetido miles de
veces, se ha vulgarizado, se ha inculcado en las cabezas del modo más
simplificado, ha adquirido la solidez de un prejuicio. ¡Pero la conclusión
contra los oportunistas la han esfumado y “olvidado”! El
“Estado popular libre” era una reivindicación programática y una
consigna en boga de los socialdemócratas alemanes en la década del 70.
En esta consigna no hay el menor contenido político, fuera de una
filistea y enfática descripción del concepto de democracia. Engels
estaba dispuesto a “justificar por cierto tiempo” esta consigna desde
el punto de vista de la agitación, por cuanto con ella se insinuaba
legalmente la república democrática. Pero esta consigna era oportunista,
porque expresaba no sólo el embellecimiento de la democracia burguesa,
sino también la incomprensión de la crítica socialista de todo Estado
en general. Nosotros somos partidarios de la república democrática, como
la mejor forma de Estado para el proletariado bajo el capitalismo, pero no
tenemos ningún derecho a olvidar que la esclavitud asalariada es el
destino del pueblo, incluso bajo la república burguesa más democrática.
Más aún. Todo Estado es una “fuerza especial para la represión” de
la clase oprimida. Por eso, todo
Estado ni es libre ni es popular.
Marx y Engels explicaron esto reiteradamente a sus camaradas de partido en
la década del 70. En
quinto lugar, en esta misma obra de Engels, de la que todos recuerdan la
idea de la extinción del Estado, se contiene un pasaje sobre la
importancia de la revolución violenta. El análisis histórico de su
papel lo convierte Engels en un verdadero panegírico de la revolución
violenta. Esto “nadie lo recuerda”. Sobre la importancia de esta idea
no se suele hablar ni aun pensar en los partido socialistas contemporáneos:
estas ideas no desempeñan ningún papel en la propaganda ni en la agitación
cotidianas entre las masas Y, sin embargo, se hallan indisolublemente
unidas a la “extinción” del Estado y forman con ella un todo armónico. He
aquí el pasaje de Engels: “...De
que la violencia desempeña en la historia otro papel” (además del de
agente del mal), “un papel revolucionario; de que, según la expresión
de Marx, es la partera de toda vieja sociedad que lleva en sus entrañas
otra nueva; de que la violencia es el instrumento con la ayuda del cual el
movimiento social se abre camino y rompe las formas políticas muertas y
fosilizadas, de todo eso no dice una palabra el señor Dühring. Sólo
entre suspiros y gemidos admite la posibilidad de que para derrumbar el
sistema de explotación sea necesaria acaso la violencia ---cosa
lamentable, ¡adviertan ustedes!---, pues todo empleo de la misma, según
él, desmoraliza a quien hace uso de ella. ¡ Y esto se dice, a pesar del
gran avance moral e intelectual, resultante de toda revolución
victoriosa! Y esto se dice en Alemania, donde la colisión violenta que
puede ser impuesta al pueblo tendría, cuando menos, la ventaja de
extirpar el espíritu de servilismo que ha penetrado en la conciencia
nacional como consecuencia de la humillación de la Guerra de los Treinta
Años(8).
¿Y estos razonamientos turbios, anodinos, impotentes, propios de un cura,
osan ofrecerse al partido más revolucionario de la historia?” (pág.
193, tercera edición alemana, final del IV capítulo, II parte)(9). ¿Cómo
es posible conciliar en una sola doctrina este panegírico de la revolución
violenta, presentado con insistencia por Engels a los socialdemócratas
alemanes desde 1878 hasta 1894, es decir, hasta los últimos días de su
vida, con la teoría de la “extinción” del Estado? Generalmente
se concilian ambas cosas con ayuda del eclecticismo, desgajando a capricho
(o para complacer a los investidos de Poder), sin atenerse a los
principios o de un modo sofístico, ora uno ora otro razonamiento; y se
hace pasar a primer plano, en el noventa y nueve por ciento de los casos,
si no en más, precisamente la tesis de la “extinción”. Se suplanta
la dialéctica por el eclecticismo: es la actitud más usual y más
generalizada ante el marxismo en la literatura socialdemócrata oficial de
nuestros días. Estas suplantaciones no tienen, ciertamente, nada de
nuevo; han podido observarse incluso en la historia de la filosofía clásica
griega. Con la suplantación del marxismo por el oportunismo, el
eclecticismo, presentado como dialéctica, engaña más fácilmente a las
masas, les da una aparente satisfacción, parece tener en cuenta todos los
aspectos del proceso, todas las tendencias del desarrollo, todas las
influencias contradictorias, etc., cuando en realidad no da ninguna
interpretación completa y revolucionaria del proceso del desarrollo
social. Ya
hemos dicho más arriba, y demostraremos con mayor detalle en nuestra
ulterior exposición, que la doctrina de Marx y Engels sobre el carácter
inevitable de la revolución violenta se refiere al Estado burgués. Este no puede sustituirse por el Estado proletario (por la dictadura del
proletariado) mediante la “extinción”, sino sólo, como regla
general, mediante la revolución violenta. El panegírico que dedica
Engels a ésta y que coincide plenamente con reiteradas manifestaciones de
Marx (recordemos el final de Miseria
de la Filosofía y del Manifiesto
Comunista con la declaración orgullosa y franca sobre el carácter
inevitable de la revolución violenta; recordemos la Crítica
del Programa de Gotha de 1875, cuando ya habían pasado casi treinta años,
en la que Marx fustiga implacablemente el oportunismo de este programa(10)),
dicho panegírico no tiene nada de “apasionamiento”, ni de declamación,
ni de salida polémica. La necesidad de educar sistemáticamente a las
masas en esta, precisamente en
esta idea de la revolución violenta, constituye la base de toda
la doctrina de Marx y Engels. La traición cometida contra su doctrina por
las corrientes socialchovinista y kautskiana imperantes hoy se manifiesta
con singular relieve en el olvido por unos y otros de esta propaganda, de esta agitación. La
sustitución del Estado burgués por el Estado proletario es imposible sin
una revolución violenta. La supresión del Estado proletario, es decir,
la supresión de todo Estado, sólo es posible por medio de un proceso de
“extinción”. Marx
y Engels desarrollaron estas ideas de un modo minucioso y concreto,
estudiando cada situación revolucionaria por separado, analizando las
enseñanzas sacadas de la experiencia de cada revolución. Pasamos a
examinar esta parte de su doctrina, que es, incuestionablemente, la más
importante. |
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Notas 1.-
El libro El Estado y la Revolución.
La doctrina marxista del Estado y las tareas del proletariado en la revolución
fue escrito por Lenin en la clandestinidad en agosto y septiembre de 1917,
cuando Lenin se ocultó de las persecuciones del Gobierno Provisional burgués. 2.-
Véase F. Engels. El origen de la
familia, la propiedad privada y el Estado. C. Marx y F. Engels. Obras escogidas en dos tomos, t. II, págs. 318-319, 320, 321, 322,
ed. en español, Moscú, 1966. 3.-
El programa del partido de los eseristas fue aprobado en el I Congreso,
celebrado en Finlandia del 29 de diciembre de 1905 al 6 de enero de 1906. 4.-
Los mencheviques: corriente
oportunista en la socialdemocracia rusa, una de las tendencias del
oportunismo internacional, formada en el II Congreso (1903) del POSDR por
adversarios de la Iskra leninista.
En las elecciones a los organismos centrales del partido en el Congreso, los
leninistas obtuvieron la mayoría de los votos y fueron llamados
bolcheviques (de la palabra “bolchinstvó” --- mayoría) y los
oportunistas quedaron en minoría, siendo denominados mencheviques (de la
palabra “menchinstvó” --- minoría). 5.-
La organización gentilicia de la
sociedad: régimen de la comunidad primitiva o primera formación económico-social
en la historia de la humanidad. La comunidad gentilicia representaba una
colectividad de consanguíneos, vinculados por lazos económicos y sociales.
La propiedad social de los medios de producción y la distribución
igualitaria de los productos constituían la base de las relaciones de
producción del régimen primitivo, lo que correspondía, en lo fundamental,
al bajo nivel de desarrollo de las fuerzas productivas y a su carácter en
aquel entonces. 6.-
Bonapartismo (del nombre de
Bonaparte, emperadores franceses): nombre de los gobiernos que pretenden ser
no partidistas, valiéndose de la enconadísima lucha entre los partidos de
los capitalistas y los de los obreros. Estos gobiernos engañan generalmente
a los obreros con promesas y pequeñas dádivas, pero, de hecho, sirven a
los capitalistas. 7.-
Véase F. Engels. Anti-Dühring.
C. Marx y F. Engels. Obras, 2ª ed.
en ruso, t. 20, págs. 291-292. 8.-
Guerra de los Treinta Años
(1618-1648): primera guerra europea, producto de la agudización de las
contradicciones entre diferentes grupos de los Estados europeos. La guerra
adquirió la forma de lucha entre protestantes y católicos. Alemania fue el
escenario fundamental de esta lucha, objeto de expoliación militar y de
pretensiones de rapiña de los participantes en la guerra. La lucha terminó
con la firma de la Paz de Westfalia que refrendó el desmembramiento político
de Alemania. 9.-
Véase F. Engels. Anti-Dühring.
C. Marx y F. Engels. Obras, 2ª ed.
en ruso, t 20, pág. 189. 10.- El Programa de Gotha: programa del Partido Obrero Socialista de Alemania, aprobado en 1875 en el Congreso de Gotha en el que se unificaron los dos partidos socialistas alemanes, que hasta aquel entonces existían por separado: los eisenacheanos (dirigidos por A. Bebel y G. Liebknecht e influenciados ideológicamente por Marx y Engels) y los lassalleanos. El programa adolecía de eclecticismo y era oportunista, puesto que los eisenacheanos hicieron concesiones a los lassalleanos en las cuestiones más importantes y aceptaron las formulaciones de éstos. C. Marx en su obra Crítica del Programa de Gotha y F. Engels en la carta a A. Bebel del 18 al 28 de marzo de 1875 sometieron el proyecto de Programa de Gotha a una crítica demoledora, calificándolo de un paso considerable hacia atrás en comparación con el programa eisenacheano de 1869. |
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Capítulo
II |
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