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Documentos El Militante

La revolución mexicana ha comenzado.
El único camino: la lucha por el socialismo

El pueblo ha dicho: ¡Hasta aquí! ¡Se acabó la República simulada! ¡Nunca más la violación a los principios que garantizan el interés general, el interés del pueblo! ¡Nunca más instituciones dominadas por el poder y el dinero! ¡Nunca más aceptaremos el engaño y la mentira como forma de gobierno! ¡Nunca más permitiremos que se instaure un gobierno ilegal e ilegítimo en nuestro país! (...) Para remediar todos estos males que aquejan a la Nación, para cambiar esta historia de oprobio y de sometimiento, nuestro principal recurso, nuestra principal fuerza es y seguirá siendo la movilización ciudadana, el apoyo, el respaldo del pueblo.

Es muy sencillo de explicar: Si la voluntad popular es eliminada por el interés o el capricho de los ricos y poderosos, se hace imprescindible luchar por la renovación nacional y por la refundación de las instituciones.

Discurso de Andrés Manuel López Obrador en el Zócalo, 13 de agosto
 

  • Un capitalismo débil y atrasado

  • Desarrollo desigual y combinado

  • ¡Tierra y libertad!

  • Las masas y los líderes

  • Bonapartismo sui generis

  • Crisis social y económica

  • El proceso molecular de toma de conciencia

  • López Obrador y el PRD

  • Un proceso continental

  • Un movimiento de masas extraordinario

  • La democracia burguesa es la dictadura del capital

  • Las decisiones de la Convención Nacional Democrática

  • La salida a la crisis revolucionaria es la lucha por el poder socialista

López Obrador y los grupos radicales parecen haber tomado el control del PRD. En contraste con lo que ocurrió durante la transición española, cuando el PSOE abandonó el marxismo y se pronunció claramente por una transformación democrática, el PRD

está optando por el marxismo-leninismo y rechazando la democracia...

Diario La Reforma,

México DF, 4 de septiembre


 

Juan Ignacio Ramos

 

 

México ruge por sus cuatro costados. Hay que remontarse a las jornadas heroicas de la revolución mexicana, sobre todo al cerco de los ejércitos campesinos comandados por Emiliano Zapata y Pancho Villa sobre el Distrito Federal en diciembre de1914, para encontrar una crisis social y política de características semejantes. La memoria de la revolución mexicana, de la guerra campesina que incendió el país amenazando el poder de las clases poseedoras, ha vuelto a reencontrarse en este formidable movimiento de masas contra el fraude electoral.

Los acontecimientos que sacuden México marcarán un punto de inflexión en la historia del país. No se trata de una simple crisis constitucional o de un desafío a la legitimidad de unos resultados electorales chuscos, amañados con alevosía y nocturnidad. La crisis revolucionaria que vive México es, a su vez, una viva representación de la crisis del capitalismo en el conjunto de América Latina y, sin duda, en el propio corazón de la potencia imperialista más poderosa de la historia: EEUU.

Este deslumbrante movimiento del proletariado y del campesinado pobre ha demostrado que no hay salida posible a los problemas de las masas en el marco del capitalismo latinoamericano. La falsa idea de poder alcanzar la soberanía nacional respetando los límites de la economía de mercado y, por tanto, sancionando el poder de los imperialistas y las oligarquías nacionales ha quedado desautorizada una vez más. Los procesos revolucionarios en Venezuela, Bolivia, Ecuador, Argentina y, ahora, la crisis revolucionaria en México ponen de manifiesto la necesidad urgente de levantar una alternativa socialista e internacionalista para el continente. La revolución proletaria y socialista es el único camino para resolver la crisis del capitalismo latinoamericano. No existe término medio, no existe otra salida posible para las masas desheredadas.

 

 

Un capitalismo débil y atrasado

 

El pueblo mexicano tiene grandes tradiciones revolucionarias que fueron forjadas en la lucha contra la dominación española y, especialmente, en la gran revolución de 1910-1920. La conformación del México contemporáneo fue el fruto de la guerra campesina más importante de toda la historia de América Latina, que determinó a su vez la conciencia política de generaciones de revolucionarios. Conocer este inmenso legado es imprescindible para entender el movimiento actual de las masas mexicanas, el último capítulo escrito, hasta el momento, de la revolución latinoamericana.

México se sacudió la opresión colonial del reino español a través de una prolongada guerra encabezada por la figura de José María Morelos, representante del ala jacobina de los revolucionarios anticoloniales. Sin embargo, como ocurriera en otras revoluciones de la época en el continente latinoamericano, no sería el ala más avanzada de las fuerzas insurgentes la que se hiciera con el poder. Fueron las secciones más conservadoras de la burguesía fundidas por intereses comunes con las viejas clases propietarias de la tierra, especialmente con la Iglesia católica, las que desplazaron a los elementos radicales.1

La clase dominante en el México poscolonial no tenía el menor interés en acabar con unas relaciones de propiedad de la tierra semifeudales ni de invertir un modelo de desarrollo capitalista basado en la dependencia del capital extranjero. Estas mismas fuerzas pronto optaron por un nuevo vasallaje hacia la potencia capitalista más cercana y briosa: los EEUU.

México sufrió tempranamente la ofensiva del imperialismo norteamericano ante la complacencia de la oligarquía nativa. En 1847 el ejército norteamericano invadió el territorio nacional de México anexionándose dos millones de kilómetros cuadrados, aproximadamente la mitad del país. Esta parte amputada a México, que constituyen los Estados de Texas, Nevada, Utah, Colorado, Nuevo México, Arizona y California, representa una porción esencial del mapa actual de los EEUU, de su economía y su potencial demográfico. Desde entonces, los imperialistas norteamericanos no han dejado de considerar a México parte fundamental de sus intereses estratégicos o, en otras palabras, su patio trasero más preciado.

En aquel periodo, todos los intentos de los sectores "reformistas" e ilustrados de la burguesía y la pequeña burguesía mexicana por dar una base material moderna al desarrollo capitalista y asegurar de esta forma una independencia real del país, fracasaron desdichadamente.

La acción política de otro jacobino de la época, Benito Juárez, por acabar con el inmenso poder de la Iglesia católica y su vasta propiedad territorial a través de la ley de desamortización de 1857, provocó una amplia sublevación de los grandes poderes económicos del país. La llamada guerra de la Reforma, que enfrentó al clero y los grandes latifundistas contra el sector ilustrado de la pequeña burguesía mexicana se prolongó hasta 1867.

Las fuerzas conservadoras se opusieron con tenacidad a cualquier transformación política que pudiese trastocar el estatus en el que anclaban sus privilegios. Estos sectores privilegiados de la sociedad mexicana, los antecedentes históricos de los actuales dirigentes integristas católicos que lideran el PAN, no tuvieron ningún escrúpulo en aliarse con las tropas invasoras francesas para combatir a los liberales mexicanos. Finalmente, la aventura imperialista de Napoleón III terminó con la derrota humillante de los ejércitos franceses y el fusilamiento en junio de 1867 de Maximiliano de Habsburgo, el autoproclamado Emperador de México.

En toda la lucha desatada contra la oligarquía heredera de la Colonia así como contra el invasor francés, la fracción jacobina de la pequeña burguesía tuvo que apoyarse constantemente en las masas del campo. La masa campesina fue utilizada como carne de cañón en la batalla pero nunca vio resultados tangibles por sus sacrificios. Como ocurriera también con las medidas de desamortización dictadas por los gobiernos liberales españoles, las leyes de reforma agraria mexicanas no modificaron las relaciones de propiedad capitalista surgidas en un contexto de atraso y dependencia, ni supusieron tampoco una expropiación general de los grandes propietarios. Por esa razón nunca obtuvo los frutos deseados.

Lejos de animar al surgimiento de una nueva capa de pequeños propietarios sobre los que edificar un régimen político democrático burgués, las leyes desamortizadoras favorecieron una nueva concentración latifundista de la tierra.

En un proceso ininterrumpido, las tierras de las comunidades indias fueron fraccionadas y adjudicadas en pequeñas parcelas a cada campesino indio. El resultado inmediato no fue otro que una "expropiación" masiva de las miserables propiedades campesinas que, explotadas en condiciones absolutamente desfavorables, fueron vendidas a precios ridículos o arrebatadas mediante la violencia al cabo de unos años, por los mismos terratenientes a los que teóricamente se pretendía combatir. De esta forma peculiar triunfaron las relaciones capitalistas en el campo mexicano y se pudo llevar a cabo una primera fase de acumulación de capital.

El ejército de peones agrícolas despojados de cualquier propiedad y derecho proporcionó, con su sangre y su trabajo de sol a sol, los medios necesarios para el desarrollo económico del país. Pero, dialécticamente, también fue esta masa humana la que se convertiría decenios más tarde en la base combatiente de la revolución mexicana y en su auténtica protagonista.

 

 

Desarrollo desigual y combinado

 

El sistema capitalista mexicano extremadamente atrasado en su base económica no podía permitir el florecimiento de una democracia parlamentaria en la que los derechos básicos de organización, reunión y manifestación quedaran consagrados. Derechos democráticos semejantes hubieran sido utilizados por las masas pobres del campo y la ciudad para desafiar el poder establecido. Así fue como el régimen de Porfirio Díaz, que se extendió de 1876 hasta el estallido de la revolución en 1910, cristalizó en una brutal dictadura burguesa apoyada en una violencia sistemática contra el campesinado y la incipiente clase obrera urbana.

En todo este periodo histórico se procedió a un gigantesco despojo de las propiedades campesinas por parte de las haciendas: una auténtica guerra de clase en la que los terratenientes se apoyaban impunemente en el aparato del Estado para llevar a cabo sus fines2.

Desde sus orígenes, este capitalismo agrario no tenía nada en común con las modernas explotaciones capitalistas agrícolas en las que los métodos de cultivo, basados en maquinaria de vanguardia, aumentaban exponencialmente la productividad del trabajo. Muy al contrario, el sistema de explotación capitalista del campo mexicano siempre echó mano de formas de producción precapitalsitas y por tanto extraordinariamente atrasadas, combinándolas con una vasta mano de obra barata atada de por vida a las haciendas a través de la tienda de raya (que suministraba productos de consumo a los peones a cuenta de sus jornales, y cuyas deudas eran trasmitidas de padres a hijos). Durante mucho tiempo este sistema garantizaba las ingentes ganancias y privilegios de los terratenientes y la burocracia estatal.

Paralelamente, el desarrollo del mercado interno y la necesidad de la unificación política del país asegurando el poder del gobierno central, exigía una red de transporte mucho más eficaz. Ese fue el papel desempeñado por el ferrocarril que a su vez impulsó el avance de otras industrias extractivas y manufactureras mexicanas. Si en 1875 se habían construido 578 kilómetros de vías férreas, al final de 1910 se superaron los 20.000 kilómetros3.

El gran desembolso en capital que exigía el ferrocarril no podía ser cubierto por la débil burguesía mexicana: esto fue la obra del capital inglés y norteamericano, que a su vez exigió y obtuvo grandes concesiones del Estado.

Esta forma de desarrollo desigual y combinado del capitalismo mexicano ha marcado toda su historia posterior. La clase dominante mexicana ha sido incapaz de llevar a cabo sus tareas históricas, desde la conquista de una independencia genuina de cualquier poder exterior hasta el desarrollo de una agricultura y una industria moderna y eficaz. En 19104, como en la actualidad, las principales inversiones de capital estaban en manos extranjeras y fundamentalmente en las noteamericanas.

En este contexto, el proletariado urbano creció paralelamente al avance de la industrialización, impulsando a su vez la organización obrera independiente, a través del Gran Círculo de Obreros (fundado en 1872) y posteriormente también con el Congreso Obrero. La agitación obrera quedó registrada en el porfiriato con más de 250 huelgas que fueron duramente reprimidas por el régimen5.

Pero a pesar de esta nueva realidad, en 1910 el principal problema de la sociedad mexicana seguía siendo el de la tierra. Según las cifras del censo de ese año, México contaba con poco más de quince millones de habitantes sobre un territorio cercano a dos millones de kilómetros cuadrados. De su población, más de tres millones eran campesinos, jornaleros agrícolas o peones; estableciendo un baremo aproximado de cuatro miembros por familia campesina se puede concluir un censo en torno a doce millones. Por otro lado, una minoría de hacendados (834 consignados en el censo) y "agricultores" (411.000) se repartían 168 millones de hectáreas, lo que en la práctica significaba el poder absoluto sobre la tierra.

De este substrato social y económico extremadamente injusto surgieron las fuerzas de la guerra campesina más imponente de la historia latinoamericana del siglo XX. Una auténtica gesta revolucionaria protagonizada por la División del Norte dirigida por Francisco Villa, que asestaría derrotas humillantes a los ejércitos constitucionalistas, y las tropas campesinas del ejercito Libertador del Sur lideradas por Emiliano Zapata, que establecieron en el Estado de Morelos una auténtica comuna campesina.

La guerra agraria, que se prolongó durante una década, mostró todo el potencial revolucionario del campesinado pobre al mismo tiempo que sus debilidades: su incapacidad de desarro-llar un programa político independiente capaz de derrotar la acción combinada de la burguesía y del imperialismo. Para lograrlo hubiera requerido del concurso del proletariado y de un partido revolucionario independiente armado de un programa socialista. Ambos requisitos no estuvieron presentes en aquellos extraordinarios acontecimientos.

 

 

¡Tierra y Libertad!

 

En el prólogo a la obra monumental que escribió sobre la Revolución Rusa, Trotsky desarrolló una idea sumamente profunda: "La dinámica de los acontecimientos revolucionarios está directamente determinada por los rápidos, tensos y violentos cambios que sufre la psicología de las clases formadas antes de la revolución (...) sólo estudiando los procesos políticos se alcanza a comprender el papel de los partidos y los dirigentes, que en modo alguno queremos negar. Son un elemento, si no independiente, si muy importante de este proceso. Sin una organización dirigente, la energía de las masas se disiparía, como se disipa el vapor no contenido en una caldera. Pero sea como fuere, lo que impulsa el movimiento no es la caldera ni el pistón, sino el vapor".

La revolución mexicana, como la revolución francesa, la rusa de 1917 o la revolución española en 1936-1939, fue el producto de un gigantesco movimiento de las masas oprimidas. En el caso de México, el campesinado jugó el papel preponderante por el propio desarrollo socio-económico del país, basado en una estructura productiva primaria. Las masas campesinas de México iniciaron una prolongada y feroz lucha de resistencia contra el robo de sus tierras por la clase dominante, y esta lucha se organizó sobre la base de sus propias comunidades agrarias tradicionales.

No obstante es preciso recordar que la primera gran asonada de la futura rebelión fue anunciada por el proletariado, concretamente en junio de 1906 cuando los mineros del norte de Sonora rompieron la paz social del porfiriato protagonizando una gran huelga. A esta siguió el conflicto de los trabajadores textiles de Río Blanco en el Estado de Veracruz que acabó en una sangrienta matanza de centenares de obreros por parte de las fuerzas militares del régimen.

En ambos casos la dirección de la lucha estaba vinculada al Partido Liberal de Ricardo Flores Magón que, de una posición nacionalista pequeñoburguesa, evolucionó hacia postulados radicales y anarquistas. La influencia del anarquismo y el anarcosindicalismo dejó una profunda huella en el movimiento obrero mexicano que se prolongó hasta la década de los treinta del siglo pasado. De ese patrimonio ideológico se mantiene hasta hoy la bandera rojinegra, el emblema de las huelgas obreras y estudiantiles en todo el país.

Como en toda crisis revolucionaria, las contradicciones se dejaron sentir en primer lugar en las filas de la propia clase dominante. Frente a la postura intransigente de Porfirio Díaz surgieron otras favorables a realizar concesiones que evitaran el estallido revolucionario. Entre ellas destacaba la del joven terrateniente Francisco Madero, que se convirtió en el líder de la oposición burguesa que reclamaba el fin de la dictadura y el establecimiento de un régimen constitucional.

En un contexto de extrema polarización, ambas tendencias de la burguesía intentaban defender al sistema del incendio revolucionario que se avecinaba. Pero tanto los que se oponían a las reformas políticas, como los partidarios de estas, no pudieron impedir lo que irremediablemente ocurriría: el colapso del régimen y un nuevo escenario en el que todo el poder de la vieja clase dominante quedó suspendido en el aire.

Para ventaja de la clase dominante mexicana, a diferencia de Rusia en 1917, no existía en México ninguna organización revolucionaria con influencia entre las masas que pudiese ofrecer un programa socialista consecuente. Ni entre el proletariado urbano, ni entre las masas de campesinos desheredados, existía una organización semejante a la bolchevique, con cuadros experimentados y una tradición política forjada en combates anteriores.

De una forma distorsionada, las aspiraciones, de las masas pobres del campo encontraron un canal de expresión en las tendencias opositoras al régimen, aunque estas fueran declaradamente burguesas. La cuestión central del asunto, no obstante, no estribaba en la voluntad política de los opositores burgueses cuyo programa moderado no podía ofrecer ninguna solución fundamental a los problemas acuciantes de millones de campesinos. El factor decisivo fue la voluntad de las masas, pues en el momento en que estas se pusieron en marcha desbordaron a los dirigentes de la oposición y trazaron sus propios objetivos emancipadores a través de métodos de lucha revolucionarios, amenazando las propias bases del régimen capitalista.

Más de noventa años después, circunstancias similares se están reproduciendo en México entre los deseos y las aspiraciones de millones de trabajadores, campesinos y jóvenes de todos los rincones del país y los objetivos de la dirigencia del PRD, que en ningún caso pretende sobrepasar el marco del capitalismo mexicano. La resolución de esta profunda contradicción no dependerá tan sólo de las intenciones de Andrés Manuel López Obrador, por mucha autoridad que haya ganado en las últimas batallas contra la oligarquía, sino de la conciencia y la voluntad de las masas movilizadas y de la capacidad de los marxistas para construir una dirección revolucionaria a la altura de estas circunstancias históricas.

Hace casi un siglo, en junio de 1910, Francisco Madero desafió el fraude electoral cocinado por Porfirio Díaz. Su programa fundamental, el llamado Plan de San Luis, fue declarar nulas las elecciones y autoproclamarse presidente provisional del país. Junto a esta proclama institucional, que obviamente constituía el eje de las aspiraciones maderistas, el programa recogía tan solo una demanda social: restituir a sus antiguos propietarios campesinos, en su mayoría indios, las tierras de las que habían sido expulsados por los tribunales y las autoridades aplicando abusivamente la ley de terrenos baldíos. En ningún caso se hablaba de expropiación de los terratenientes, la clase a la que pertenecía el propio Madero.

Esta modesta demanda, que algunos sectarios autoproclamados marxistas habrían despreciado con desdén, fue suficiente para apoderarse de la imaginación de millones, convocar a la nación oprimida y desatar una guerra campesina devastadora. En noviembre del mismo año, cientos de miles de campesinos se alzaron en armas para no abandonarlas hasta 1920.

A partir de esa fecha los ejércitos guerrilleros del norte mandados por Villa y Orozco realizaron una campaña victoriosa hasta tomar Ciudad Juárez el 10 de mayo de 1911. Al mismo tiempo en el sur, los campesinos liderados por Emiliano Zapata ocupaban el 1 de mayo Cuernavaca, la capital del Estado de Morelos.

La acción exitosa de los ejércitos campesinos fue suficiente para provocar el pavor entre las filas maderistas. Una cosa era exigir a Porfirio poner fin a su régimen de dictadura y otra muy diferente que los campesinos armados impusieran, en la práctica y de forma revolucionaria, la reforma agraria.

En aquel momento el miedo a un movimiento independiente del campesinado que arrasara con todo forzó el armisticio entre las fuerzas insurgentes y el gobierno. Mediante los acuerdos de Ciudad Juárez, firmados por los representantes de Madero y de Porfirio Díaz, se aseguraba una salida institucional a la crisis armada a través de la renuncia del último a la presidencia de la República. De esta manera Madero era encumbrado a la máxima instancia política del país pretendiendo dar carpetazo a un asunto que se le escapaba de las manos.

En todo este esquema político, sin embargo, había un pequeño asunto no previsto: la demanda fundamental por la que las masas campesinas del país se habían movilizado y luchado heroicamente quedaba sin satisfacer. El campesinado no respetó las ordenes de los militares constitucionalistas. Grupos de indios y peones armados tomaron las tierras de las haciendas y las pusieron a producir en un movimiento de ocupación de latifundios que se extendió por toda la República.

La revolución mexicana, puesta en marcha desde abajo a través de la iniciativa de millones de explotados, pondría en jaque a la burguesía y el imperialismo durante nueve largos años, escribiendo una de las páginas más heroicas de la historia.

 

 

Las masas y los líderes

 

Toda revolución constituye un momento decisivo y excepcional de la historia en el que se pone de manifiesto el papel trascendental de ciertos individuos. Analizando este hecho Plejánov dejó escrito lo siguiente: "Gracias a las peculiaridades de su carácter, los individuos pueden influir en los destinos de la sociedad. A veces, su influencia llega a ser muy considerable, pero tanto la posibilidad misma de esta influencia como sus proporciones son determinadas por la organización de la sociedad, por la correlación de fuerzas que en ellas actúan. El carácter del individuo constituye un papel sólo allí, sólo entonces y sólo en el grado en que lo permiten las relaciones sociales (...) Los talentos aparecen, siempre y en todas partes, allí donde existen condiciones favorables para su desarrollo. Esto significa que todo talento convertido en fuerza social es fruto de las relaciones sociales. Pero si esto es así, se comprende por qué los hombres de talento, como hemos dicho, sólo pueden hacer variar el aspecto individual y no la orientación general de los acontecimientos; ellos mismos existen gracias únicamente a esta orientación; si no fuera por eso nunca habrían podido cruzar el umbral que separa lo potencial de lo real"6.

La revolución mexicana tuvo nombres propios, pero el que brilló con mayor intensidad encarnando los anhelos más profundos de millones de hombres y mujeres fue el de Emiliano Zapata. No es este el lugar para hablar extensamente de Zapata. Muchos lo han hecho brillantemente dejando claro que su nombre esta unido a la lucha de clases más intransigente de la historia de México. Por eso cuando entre la izquierda reformista la figura de Zapata se utiliza de forma intencionada para justificar una política que él siempre combatió, se hace necesario volver a subrayar que Zapata defendió el programa más radical y avanzado de toda la revolución, el que hizo que ésta llegara más lejos en la ruptura con las relaciones de propiedad imperantes en el momento y, sobre todo, el que supo ver que las conquistas revolucionarias solo podían ser defendidas por el poder armado de los oprimidos y el auxilio de sus hermanos del mundo.

Cuando Madero trató de dar por finalizada la revolución, Zapata no se contentó con llamamientos a la deso-bediencia civil, organizó a los campesinos pobres y les proporcionó una perspectiva revolucionaria: continuar la lucha hasta el final desafiando el poder de la oligarquía "constitucionalista". Y esto lo hizo a través de la toma de tierras y la expropiación de los terratenientes creando un poder político y militar alternativo basado en la representación directa de la población. El Ejército Libertador del Sur siempre se sustentó en la participación y en la iniciativa del campesinado y el proletariado agrícola de la región, especialmente del Estado de Morelos donde estableció una auténtica comuna campesina.

El texto fundamental de la estrategia zapatista fue el llamado plan de Ayala, con el que se intentó proclamar la independencia del movimiento campesino respecto a la dirección burguesa de la revolución. En él se afirma la expropiación completa de las tierras de los grandes propietarios, la devolución de todas las tierras comunales arrebatadas en los decenios anteriores y la nacionalización de todos los bienes de los enemigos de la revolución.

Este programa se transformó en el ariete político con el que Zapata y sus seguidores desafiaron todo el orden burgués y los sucesivos gobiernos que lo representaron: Madero, Huerta y Carranza. Aunque no era conscientemente socialista, la aplicación del programa zapatista significaba, en la práctica, la destrucción de las bases económicas y políticas del régimen capitalista mexicano.

En cualquier caso, la realización del programa revolucionario agrario, ya fuera en el México insurgente de 1910, en la Rusia de 1917 o en la revolución española de 1936-1939, exigía del concurso de un poder centralizado y estatal, basado en las masas, y esto solo podía surgir de la participación consciente del proletariado en la revolución: el poder obrero con un programa socialista que hiciera extensible la expropiación de la propiedad latifundista al conjunto de la economía capitalista, la banca y el comercio bajo el control democrático de los obreros y los campesinos.

A pesar de todas sus limitaciones políticas, la lucha guerrillera de los ejércitos campesinos contra las tropas gubernamentales alcanzó trazos épicos. Todo el pueblo campesino formaba parte del ejército, suministrando la base combatiente, de intendencia e información.

Junto a Emiliano Zapata, el otro gran jefe militar de la revolución fue Pancho Villa al frente de su División del Norte. En los campos de batalla, los ejércitos villistas se convirtieron en una auténtica pesadilla para la burguesía mexicana. Sin el programa político de Zapata, Pancho Villa demostró que, basándose en la fuerza incontenible de la revolución y las aspiraciones de las masas, un ejército de campesinos puede convertirse en una formidable máquina de guerra victoriosa frente a los ejércitos burgueses.

En su avance irresistible, la revolución campesina no tardó en llegar al corazón del Estado mexicano. El 4 de diciembre de 1914, las tropas campesinas del Norte y del Sur, encabezadas por Villa y Zapata respectivamente, se encontraron en las afueras de la Ciudad de México, en la localidad sureña de Xochimilco. De las actas taquigráficas que han quedado registradas del encuentro que mantuvieron los dos grandes dirigentes de la revolución, se desprende los propios límites del programa campesino: ni Zapata ni Villa querían tomar el poder político al que veían "como un rancho muy grande", en palabras del propio Villa.

En su magnífico texto sobre estos acontecimientos, Adolfo Gilly señala acertadamente: "Lo que demuestra el empuje poderoso de la revolución es que los campesinos llegaron a intentar independizarse políticamente del gobierno de la burguesía, instaurando un gobierno en la capital del país bajo su ocupación, y no simplemente manteniendo la guerra en los campos. Pero el poder campesino mediado por los pequeñoburgueses, los "gabinetes" como diría Pancho Villa, al no llegar a ser un poder proletario, irremediablemente era un poder burgués suspendido en el aire, en contradicción con el gobierno burgués real de Carranza, pero en el fondo mucho más en contradicción con la misma base campesina insurrecta que lo sostenía frente a Carranza...".

Después de duros combates que se prolongaron por seis años, la burguesía mexicana liderada por aquellos representantes políticos y militares que mejor pudieron dominar la guerra campesina y que no dudaron en apoyarse en sectores del proletariado urbano para derrotarla, acabaron con el ala izquierda de la revolución. Emiliano Zapata fue asesinado el 10 de abril de 1920 cuando el reflujo entre las masas revolucionarias era un hecho.

El enorme potencial transformador de la guerra campesina y la honestidad revolucionaria de Emiliano Zapata han quedado grabadas en la conciencia de generaciones de luchadores. Lo que no es tan conocido de la crónica revolucionaria fueron los intentos del propio Zapata para inspirarse políticamente en los grandes acontecimientos de la lucha de clases internacional. Esta actitud le llevó a intentar comprender la importancia del internacionalismo y lo que representó la Revolución Rusa de 1917.

En una carta de Zapata fechada el 14 de febrero de 1918 en Tlaltizapan, cuartel general del Ejército Libertador en el Estado de Morelos, dirigida a Jenaro Amescua y que este publicó en mayo de 1918 en el diario El Mundo de La Habana, el dirigente campesino escribió: "Mucho ganaríamos, mucho ganaría la humanidad y la justicia, si todos los pueblos de América y toda las naciones de la vieja Europa comprendieran que la causa del México revolucionario y la causa de Rusia son y representan la cusa de la humanidad, el interés supremo de todos los pueblos oprimidos (...) Aquí como allá, hay grandes señores, inhumanos, codiciosos y crueles que de padres a hijos han venido explotando hasta la tortura a grandes masas de campesinos. Y como allá los hombres esclavizados, los hombres de conciencia dormida, empiezan a despertar, a sacudirse, a agitarse, a castigar (...) No es de extrañar por lo mismo, que el proletariado mundial aplauda y admire la Revolución rusa, del mismo modo que otorgara toda su adhesión, su simpatía y su apoyo a esta revolución mexicana, al darse cabal cuenta de sus fines"7.

De esta gigantesca revolución surgió el régimen burgués contemporáneo que se prolongó durante décadas en México.

En un magnífico texto sobre la Revolución, Octavio Fernández, dirigente de la Oposición de Izquierdas en México, señaló la clave de este proceso histórico: "La burguesía indígena nacida al calor de la revolución, impotente de nacimiento y orgánicamente ligada por un cordón umbilical a la propiedad agraria y al campo imperialista, ha sido incapaz de resolver las tareas históricas de la revolución". Y esta situación se mantiene noventa años después.

Ciertamente, la revolución mexicana no transformó las relaciones de propiedad capitalista, pero como toda revolución genuina de masas implicó un cambio político de calado. Los auténticos protagonistas de la revolución, los campesinos y jornaleros del campo, fueron expropiados políticamente, pero su peso histórico se dejó sentir en las peculiaridades del régimen burgués que se consolidó después de 1920.

El régimen de Obregón, que se afianzó eliminando los aspectos más odiados del carrancismo gracias al pacto político con los dirigentes del movimiento obrero agrupados en la Central Regional Obrera mexicana (CROM) y los lideres zapatistas, era la mejor expresión de las concesiones que la burguesía mexicana tuvo que realizar para mantenerse en el poder.

"De este modo", señala Gilly, "el régimen burgués se apoyó en obreros y campesinos, a través de las burocracias sindicales, para estabilizarse y desarrollarse, y lo hizo en nombre de la revolución. Pero quedó prisionero de ese apoyo social y de la revolución misma: su extrema debilidad de origen le impidió desarrollar una base de clase propia e independiente, cosa que solo habría podido lograr en alianza con los representantes del viejo régimen (...) Por lo mismo, el parlamentarismo y el juego de partidos burgueses parlamentarios, propio de la democracia capitalista, murió para siempre en México y el parlamento, aunque subsistió de nombre, no desempeñó nunca función alguna en la política nacional. La extrema concentración del poder presidencialista no expresa la fuerza del sistema, sino la debilidad social del régimen capitalista frente a las masas, que no puede soportar las luchas legales y parlamentarias entre los sectores y partidos burgueses, sino que debe poner su destino completamente en manos de un arbitro supremo, el presidente. Es la esencia misma del bonapartismo"8.

 

 

Bonapartismo ‘sui géneris’

 

El régimen bonapartista mexicano se mantuvo, con diferentes variantes a derecha e izquierda, durante ocho décadas.

Después del asesinato del presidente Obregón, decidido por los sectores más a la derecha de la burguesía, fue Plutarco Elías Calles, que en el pasado se había cubierto de fraseología "socialista" para mantener su apoyo entre las masas, quien dirigió el proceso de consolidación del Estado bonapartista burgués alejándolo definitivamente de las influencias de la revolución campesina.

En 1929 Calles fundó el Partido Nacional Revolucionario (PNR), consiguiendo integrar todas las tendencias y camarillas burguesas en que se apoyaba el régimen, a la vez que lograba poner bajo su control a las organizaciones de masas, obreras y campesinas. Con esta maniobra, resultante de una correlación de fuerzas de la que no podía sustraerse, obtuvo algo que estratégicamente ha garantizado la continuidad del capitalismo mexicano: asegurarse una base de masas a través del charrismo sindical y político y, por otra parte, impedir el funcionamiento independiente de las organizaciones de clase respecto del Estado burgués.

El PNR fue el antecedente del Partido Revolucionario Institucional (PRI) y, como partido bonapartista por excelencia, tenía que apoyarse en diferentes clases para asegurar la estabilidad del orden burgués. Así, en 1931 el gobierno de Calles elaboró la primera Ley Federal del Trabajo que, otorgando algunas concesiones de relieve a los trabajadores, garantizó al Estado la capacidad para interferir en la organización de los sindicatos, reconociendo o desconociendo a las direcciones sindicales y condicionando el derecho de huelga al poder declararlas inexistentes.

Paralelamente, a principios de la década de los treinta, se desarrolló dentro del propio PNR una tendencia que, presionada por la insatisfacción creciente de las masas campesinas con la labor del gobierno opuesto a llevar a cabo ningún reparto de tierra, y afectada por la crisis general del capitalismo y los "avances" de la URSS, empezó a desarrollar un lenguaje socializante a favor de reformas que profundizasen la revolución.

Detrás de esta tendencia estaban las aspiraciones de las masas revolucionarias del campesinado, a las que se añadió el gran protagonista de la época contemporánea: el proletariado industrial, que lideró durante aquellos años un fuerte movimiento huelguístico con un gran contenido anticapitalista y antiimperialista.

De esta situación de extrema polarización social, marcada internacionalmente por la revolución derrotada en Europa y el ascenso del fascismo, surgió el cardenismo como forma peculiar de bonapartismo burgués. Utilizando una retórica nacionalista revolucionaria, Lázaro Cárdenas llevó a cabo medidas como la nacionalización de los ferrocarriles y de la industria petrolífera, en manos británicas y norteamericanas; la extensión de la educación pública "socialista"; un nuevo reparto agrario y una política internacional apoyada en manifestaciones públicas de fe antiimperialista.

Para vencer la resistencia de la oligarquía y el sabataje del imperialismo, Cárdenas tuvo que apoyarse en el empuje de las masas y, más exactamente, del proletariado y sus organizaciones sindicales. Fueron las huelgas de los trabajadores electricistas, de los ferrocarrileros, de los jornaleros agrícolas, de los petroleros, los que dieron fuerza a las medidas del gobierno de Cárdenas.

En ese contexto nació la Confederación Nacional de Trabajadores de México (CTM) en marzo de 1938, dejando constancia en su programa fundacional de una orientación socialista: "El proletariado mexicano reconoce el carácter internacional del movimiento obrero y campesino y la lucha por el socialismo (...) El proletariado de México luchará fundamentalmente por la total abolición del régimen capitalista".

Aunque pudiese aparentar lo contrario, la nueva central sindical dirigida por Vicente Lombardo Toledano jamás puso en entredicho la subordinación del movimiento sindical al poder del Estado, a pesar de toda su retórica socialista, incluso marxista.

Siguiendo un curso paralelo, el Partido Comunista Mexicano (PCM) que agrupaba a una parte de la vanguardia obrera y campesina, minoritaria pero importante por su influencia, nunca fue capaz de disputar la dirección del movimiento a estos sectores de la inteligencia pequeñoburguesa nacionalista. El PCM se vio condicionado en todo momento por la deriva estalinista de su política: primero adoptando una posición sectaria frente a Cárdenas, imposición obligada por la orientación ultraizquierdista del tercer periodo estalinista; más tarde realizando un seguidismo sin principios hacia Cárdenas y Vicente Lombardo Toledano, a los que la dirección del partido encumbró como máximos campeones del frentepopulismo. De esta manera, desde el lado del partido obrero que debía organizar al proletariado y al campesinado mexicano bajo la bandera del marxismo revolucionario también se contribuyó eficazmente a atarlo al carro de la colaboración de clases y la subordinación gubernamental.

Con todo, el cardenismo reflejaba la búsqueda de las masas oprimidas de una nueva oportunidad para completar la revolución iniciada en 1910. Esta vez para terminarla de una forma definitiva, a través de la revolución socialista. El hecho de que Cárdenas se manifestara a favor de la educación socialista, de que se enfrentara decididamente al imperialismo anglo-americano con la expropiación de la industria petrolera, que rompiese con la política de "no intervención" contra la zona republicana durante la revolución española o que concediese asilo político a León Trotsky, es buena prueba de las presiones extraordinarias que reflejó este sector de la inteligencia pequeño buguesa que trataba de emancipar a su manera a los oprimidos del país.

Todas estas medidas audaces, no obstante, tenían sus límites. Cárdenas nunca pretendió romper radicalmente con las relaciones de propiedad capitalista, ni establecer la nacionalización completa de la economía. Mucho menos dar el poder a los trabajadores, aunque necesitó del auxilio del movimiento sindical, bajo su control, para consolidar sus reformas.

Estas eran las formas externas de un tipo de "bonapartismo sui generis" como lo definió Trotsky en un magnífico artículo escrito en 1939: "En los países industrialmente atrasados el capital extranjero juega un rol decisivo. De ahí la relativa debilidad de la burguesía nacional en relación al proletariado nacional. El gobierno oscila entre el capital extranjero y el nacional, entre la relativamente débil burguesía nacional y el relativamente poderoso proletariado.

Esto le da al gobierno un carácter bonapartista sui géneris, de índole particular. Se eleva, por así decirlo, por encima de las clases. En realidad puede gobernar o bien convirtiéndose en instrumento del capital extranjero y sometiendo al proletariado con las cadenas de una dictadura policial, o bien maniobrando con el proletariado, llegando incluso a hacerle concesiones, ganando de este modo la posibilidad de disponer de cierta libertad en relación a los capitalistas extranjeros"9.

En 1938 Cárdenas sustituyó el PNR por el Partido de la Revolución Mexicana. Y lo constituyó fortaleciendo aún más que su predecesor los vínculos con el movimiento obrero y campesino, a través del apoyo de la Confederación Nacional Campesina y la CTM. Como ya ocurriera con la CTM, en el programa inicial del PRM se utilizaba sin rubor la retórica del socialismo: "uno de sus objetivos fundamentales es la preparación del pueblo para la implantación de una democracia de los trabajadores y para llegar al régimen socialista".

El periodo cardenista representó la fase más álgida de la lucha de clases desde el avance zapatista sobre ciudad de México en diciembre de 1914. Si hubiera existido un partido marxista de masas en aquel periodo, si el PCM hubiera sido un auténtico partido leninista y no un organismo al servicio de la colaboración de clases y los intereses diplomáticos de la burocracia estalinista de Moscú, las inmejorables condiciones para organizar la lucha por el poder obrero hubieran fructificado en la transformación socialista de México. Pero en aquellas circunstancias, la voluntad de millones de oprimidos dispuestos a tomar el cielo por asalto no encontró su correspondencia en una dirección a la altura que la historia exigía.

 

 

Crisis social y económica

 

Desde el pasado mes de julio las masas oprimidas de México han escrito un nuevo capítulo de la revolución, que se ha expresado furiosamente en la lucha contra el fraude electoral.

Este conflicto social que ha movilizado a millones de trabajadores, campesinos y jóvenes de todo México se ha larvado durante décadas de oprobio, represión policial, explotación económica, marginalidad, emigración forzosa y colapso de la sociedad capitalista. Hoy las masas mexicanas se han levantado y como sus hermanos de clase en Venezuela o Bolivia, no van a abandonar fácilmente la escena política.

Toda la historia reciente de México es a la vez la crónica del fracaso de la economía de libre mercado y del régimen político que la sustenta. A pesar de todas sus riquezas petrolíferas y de todo su potencial agrícola, México es un país pobre y entregado al imperialismo norteamericano. Y los responsable de esta situación no son otros que la oligarquía mexicana y sus instrumentos políticos: el Partido de Acción Nacional (PAN) y el Partido Revolucionario Institucional (PRI).

México sufrió duramente la ofensiva del capital norteamericano a través del Tratado de Libre Comercio (TLC) que supuso la apertura sin restricciones del mercado nacional a los bienes de capital y de consumo de EEUU, y la ruina económica para el campo mexicano y la industria nacional. México se ha hecho aún más dependiente del imperialismo norteamericano, hasta transformarse en un país maquilador de las mercancías semielaboradas que se producen en otros, fundamentalmente en los propios EEUU, y cuyas exportaciones se venden en un 80% en el mercado norteamericano.

Toda esta catástrofe se planificó durante los últimos sexenios presidenciales del PRI y se profundizó bajo la presidencia panista de Fox.

No obstante, aspectos esenciales de esta estrategia y que eran claves para el imperialismo norteamericano no han podido ser llevados a término. En concreto la privatización de la industria petrolera y de la electricidad, así como reformas fundamentales del mercado laboral a través de la modificación de la Ley Federal del Trabajo, han sido paralizadas por la acción decidida de las masas mexicanas, no sólo de los trabajadores implicados sino del conjunto de la población. Estas conquistas del movimiento obrero que perduran en la conciencia de generaciones se han transformado en el mayor escollo político para los planes de la oligarquía. Es, sin duda, una diferencia cualitativa respecto a las privatizaciones masivas de sectores estratégicos que se llevaron a cabo en el conjunto de Latinoamérica durante la década de los noventa.

A pesar de todo, las contrarreformas de la última década han tenido consecuencias desastrosas. Por ejemplo, en 1994 cuando se aprobó el TLC la cantidad total de trabajadores empleados en la industria manufacturera era de 1.394.487. Una década después, en junio de 2004, la cifra era de 1.256.544, es decir, casi 150.000 trabajadores menos. Mientras en 1994 se utilizaba el 74% de la capacidad industrial instalada, diez años después la cifra era del 63%.

Entre el 2001 y el primer trimestre de 2005 la población económicamente activa (PEA) creció en cinco millones doscientas mil personas. Sin embargo en el mismo periodo tan sólo se generaron 327.640 empleos, según cifras de los sindicatos. No es difícil de entender que esta situación insostenible empuje a millones de mexicanos a la emigración forzada: un promedio de medio millón de mexicanos, aunque algunos analistas hablan de cerca del millón, huye todos los años de México en dirección a los EEUU buscando una vida mejor para sus familias. En estos momentos las entradas de divisas generadas por los inmigrantes suponen el mayor componente del PIB, seguidos por los ingresos del petróleo y el turismo.

Según estudios del propio Gobierno mexicano el 60% de la población vive en situación de pobreza, y un 40% por debajo del umbral. Pobreza para el gobierno mexicano significa disponer de menos de tres dólares diarios per cápita para poder sobrevivir en un país donde el coste de la canasta básica es muy similar al del Estado español.

Frente a estas cifras de escándalo, las propias estadísticas oficiales reconocen que el 0,15% de la población concentra el 30% de la renta nacional.

Todos estos factores están detrás de la rebelión que hoy sacude México. Ha sido la acumulación de una gigantesca frustración, profundizada tras seis años de gobierno foxista que no han hecho sino agrandar la brecha abierta entre los grandes capitalistas y la masa de trabajadores y pobres de México, la causa de la profunda transformación de la conciencia colectiva de los oprimidos mexicanos.

 

 

El proceso molecular de toma de conciencia

 

Esta transformación se ha reflejado en toda una serie de hechos a lo largo de la última década. Sin duda, el levantamiento del EZLN en enero de 1994 en las olvidadas tierras de Chiapas fue un aldabonazo.

La lucha del EZLN despertó un apoyo y solidaridad entusiasta en el conjunto de la clase obrera mexicana. Pero al cabo de una década los problemas de las masas chiapanecas siguen sin solución.

La comandancia del EZLN tuvo una oportunidad histórica de liderar el nuevo proceso de la revolución mexicana. Pero renunció a ello. Marcos, al que nadie discute su valentía y arrojo, no aspiraba al poder, tal como afirmaba en toda entrevista concedida o en cualquier declaración que salía de sus cuarteles en la Sierra Lacandona. Pero si no es con el poder político y por tanto con el económico ¿Cómo se pueden resolver los problemas del campesinado y los trabajadores de Chiapas y de todo México?

La tozudez de los acontecimientos ha demostrado que la línea política del EZLN no representaba una alternativa. No es con autonomía cultural ni con "respeto" como se conseguiría alcanzar la dignidad de las masas indígenas.

Los problemas del indio mexicano son los mismos que los del trabajador, que los del campesino, porque ellos componen la base de la clase obrera y jornalera. Es el problema del desempleo, de los bajos salarios, de la falta de vivienda, de la ausencia de infraestructuras civiles, agua, alcantarillado, electricidad; del acceso a la enseñanza, a una sanidad digna, pública y gratuita. El respeto a la cultura indígena, a la lengua nativa es también un problema de clase y, como los anteriores, solo encontrará solución a través de la lucha unificada del campesinado pobre y del proletariado urbano contra el capitalismo. Solo el socialismo podrá dar satisfacción a las necesidades del campo chiapaneco, como al del resto del país.

Marcos renunció a defender este programa y ahora ha dejado claro los límites de su política manteniendo una postura absolutamente sectaria y arrogante contra el Partido de la Revolución Democrática (PRD). Su insistencia en identificar al PRD con el PAN y el PRI le ha llevado al aislamiento político. No ha entendido que las masas han utilizado el canal de expresión que les proporcionaba el PRD y la oportunidad de sacudirse de la espalda el peso muerto del PAN. Marcos ha preferido los consejos ultraizquierdistas y la histeria pequeñoburguesa de sus amigos universitarios, al margen del movimiento real de las masas, que encontrar un camino para organizar con un programa socialista a millones de oprimidos. La historia castiga muy duramente este tipo de errores.

En cualquier caso, el levantamiento del EZLN no fue el único síntoma del profundo cambio que se avecinaba en el país.

En abril de 1999 estalló la gran huelga de estudiantes de la UNAM que se prolongó durante meses y marcó la vida política del país. La juventud actuó como la caballería ligera del gran ejército de los trabajadores que no tardaría en ponerse en marcha.

Los desgajamientos de la CTM de numerosos sindicatos que conformaron la Unión Nacional de Trabajadores (UNT); las movilizaciones independientes el Primero de Mayo que han llenado las calles del centro capitalino con decenas de miles de trabajadores en los últimos años y, sobre todo, las luchas masivas contra los intentos de privatización de la industria petrolera y del sector eléctrico, han moldeado la conciencia de los oprimidos en estos últimos años.

En el último periodo, la acción huelguista ha vuelto a recrudecerse. En marzo de este año estalló una huelga protagonizada por más de doscientos cincuenta mil obreros mineros y metalúrgicos y que fue seguida de nuevas luchas en mayo, esta vez contra la intromisión del Estado en la vida interna del sindicato minero. La reacción vengativa del gobierno panista terminó en la matanza de varios trabajadores que participaban en la lucha.

El conflicto minero se desarrolló paralelamente al de los docentes de Oaxaca que han convertido su lucha en un desafío al Estado, resistiendo una feroz represión policial. Estos hechos, que pusieron sobre la mesa la convocatoria de una huelga general para el 28 de junio que finalmente no fue organizada ante el temor de los mismos dirigentes sindicales de verse desbordados por completo, marcan la irrupción de los destacamentos pesados del proletariado mexicano.

La clase obrera mexicana ha entrado de lleno en la escena. Pero no ha sido sólo en el frente industrial donde ha dejado su poderosa huella. El factor decisivo ha sido su incorporación a la lucha política tomando partido decididamente para garantizar el triunfo electoral del PRD. Y esa decisión ha abierto una crisis de consecuencias revolucionarias.

En el mes de marzo de 2006, los marxistas mexicanos agrupados en la Tendencia Militante escribían lo siguiente en su documento de Perspectivas para la revolución mexicana: "Los intentos del gobierno foxista por impedir que AMLO pudiese encabezar la candidatura del PRD a la presidencia de la República se han convertido en el látigo que ha espoleado definitivamente el movimiento de masas contra la derecha, abriendo un nuevo periodo en la lucha de clases. El 7 de abril de 2005 más de medio millón de personas se concentraron en el Zócalo, esperando la votación de la Cámara de Diputados y el 27 del mismo mes vivimos una movilización (marcha silenciosa) de millón y medio de personas. Ambas movilizaciones son la cristalización del ambiente que existió en 2004 y podría convertirse en la tónica general del próximo periodo (...)

"Quince días después de que la Cámara de diputados votara esta canallada, el Gobierno Fox tuvo que echarse atrás y en cadena nacional declarar nulo el proceso de desafuero. La retirada humillante de Fox ha sido una conquista histórica de las masas mexicanas y ha elevado la confianza de los oprimidos en sus propias fuerzas. El desafío que el imperialismo y la burguesía lanzaron a los trabajadores ha concluido en una amarga derrota para la clase dominante. Este hecho no puede pasar desapercibido para los marxistas, pues constituye un elemento de capital importancia para el futuro.

"(...) Esta situación abrió un periodo como no se había vivido, por lo menos, desde la fundación del PRD".

Todas las líneas aquí expuestas han sido confirmadas brillantemente por los acontecimientos. Sólo los marxistas fueron capaces de identificar la dinámica viva de la lucha de clases mexicana y orientarse firmemente hacia las bases obreras y campesinas del PRD.

 

 

López Obrador y el PRD

 

Es una ley histórica que cuando la clase obrera y los oprimidos deciden pasar a la acción, tomar en sus manos su propio destino poniendo su sello en los acontecimientos, lo hacen en primer lugar a través de sus organizaciones tradicionales.

Utilizando la herramienta que tenían a su alcance, han dado una victoria electoral a Andrés Manuel López Obrador que sin duda ha sido mucho mayor de lo que el propio aparato del PRD esperaba.

Durante los largos meses de campaña electoral un hecho destacó por encima de todos: la furia con que la clase dominante atacaba a AMLO en todos los foros públicos del país. ¿Cómo se explica esta contradicción aparente?¿Acaso AMLO, como se han desgañitado gritando todos los sectarios de México y el mundo entero, no es un burgués que abandonó el PRI y que cuenta entre sus amistades a multimillonarios como Carlos Slim? Entonces ¿Por qué ese odio visceral de la clase dominante y del imperialismo, de todos los medios de comunicación de la burguesía, incluso de algunos tan "progresistas" como el diario El País, contra López Obrador y contra el PRD?

Ciertamente AMLO no es ningún líder obrero forjado en la dura escuela de las huelgas, ni jamás ha compartido las ideas del socialismo. También es cierto que López Obrador procede del PRI, como una buena parte de la dirección actual del PRD, aunque esta no es la única fuente de la que bebe el partido. Miles de viejos militantes del antiguo PCM, más tarde del PSUM (Partido Socialista Unificado de México), del PRT (Partido Revolucionario de los Trabajadores) y, sobre todo, de las organizaciones campesinas y sindicales de todo México conforman la base del PRD. Es, por tanto, una obligación diferenciar siempre que se trata de este tipo de partidos, en países ex coloniales o de desarrollo capitalista tardío, lo que representa la dirección y lo que representa la base, que en muchos casos agrupa a los principales destacamentos de la revolución. Incluso, más importante, es comprender la relación dialéctica que se desarrolla entre los líderes y las aspiraciones de las masas que los siguen, y cómo se produce una interacción que no siempre se mantiene dentro de los límites considerados respetables para la clase dominante.

La burguesía mexicana y el imperialismo no temen tanto las "ideas" de López Obrador, como a las masas que lo siguen. Temen que López Obrador, con su discurso y sus promesas, desate un proceso que desborde los límites del capitalismo y amenace el poder de la oligarquía mexicana y los intereses imperialistas en el país, que no son pocos. Y, evidentemente, después de los últimos acontecimientos sus peores temores se han confirmado.

El Departamento de Estado norteamericano ha seguido muy de cerca los acontecimientos en México utilizando para ello la experiencia de lo ocurrido en los últimos años en el continente latinoamericano. Y después de observar muy detenidamente la dinámica del proceso, y de considerar todos los factores, se ha inclinado finalmente a favor del fraude electoral para impedir que AMLO llegue a la presidencia.

 

 

Un proceso continental

 

Para la clase dominante norteamericana, Latinoamérica se ha convertido en una amenaza fundamental a sus intereses estratégicos. La revolución, la peor de sus pesadillas, ha hecho de nuevo su aparición con fuerza redoblada. Es el caso de Venezuela, donde la revolución bolivariana encabezada por Hugo Chávez y protagonizada por las masas trabajadoras ha derrotado en tres ocasiones los intentos contrarrevolucionarios de la oligarquía y los imperialistas.

Los imperialistas también han comprendido la enorme influencia de la revolución venezolana entre las masas oprimidas de Latinoamérica. Ya están recibiendo un aviso muy claro con los acontecimientos que se están desarrollando en Bolivia donde aparentemente Evo Morales se había desentendido de las políticas más radicales. Pero Evo debe su victoria a las masas y la presión de estas sobre su gobierno se ha dejado sentir desde el primer momento, culminando con el decreto de nacionalización de los hidrocarburos y la intensificación de sus vínculos políticos con Hugo Chávez y Fidel Castro.

Para complicar las cosas, la clase obrera mexicana se ha instalado más al norte de Río Bravo. Las manifestaciones masivas de abril y la gran huelga general del Primero de Mayo en la que participaron diez millones de trabajadores latinos, en su mayoría de origen mexicano, ha representado la movilización independiente de la clase obrera de EEUU más importante desde las grandes luchas de los años treinta. Un proceso revolucionario en México tendrá indudablemente un impacto inmediato entre esta masa de trabajadores.

Estas son las razones de fondo de la oligarquía mexicana y el imperialismo para optar por el fraude e impedir que AMLO gobierne. Paralelamente también desarrollan otras líneas de intervención, infiltrando masivamente a políticos priístas en las filas del PRD para controlar la estructura del partido. Pero eso no ha sido suficiente. No quieren comprobar lo que pasaría con un gobierno de AMLO después de las experiencias conocidas de Venezuela y Bolivia. No es que no se fíen de López Obrador, no se fían de las masas mexicanas.

 

 

Un movimiento de masas extraordinario

 

Las cifras trucadas del propio IFE (Instituto Electoral Federal) tienen que reconocer el avance impresionante del PRD. En el año 2000 el PAN obtuvo un 42% de los votos. Seis años más tarde según el recuento fraudulento, alcanzaría un 35,8% y 15.000.284 votos. El PRI en 2000 obtuvo el 38% de los sufragios, mientras que ahora retrocede 17 puntos quedándose con 9.301.934 votos, el 22%. El PRD experimenta un incremento espectacular con fraude y todo. En el año 2000 obtuvo un 17%, mientras que en las presidenciales del 2 de julio de 2006 conseguiría 14.756.350 votos, el 35,3%, una subida de más de 18 puntos.

La maniobra de la burguesía de presentar la victoria de Calderón por la mínima no ha engañado a los oprimidos de México. La reacción inmediata contra este gigantesco robo ha sido la movilización de masas más grande de la historia del país. Más de siete millones de trabajadores, campesinos y jóvenes se han manifestado en las principales calles del centro del DF y de su Zócalo en las jornadas del 9 y 16 de julio, así como el 30 de julio. La rabia de las masas se ha traducido en una decisión inquebrantable de llegar hasta el final para lograr que AMLO sea presidente de la República.

En las primeras semanas, la orientación de AMLO fue la de exigir un nuevo recuento electoral, voto por voto, casilla por casilla. Finalmente, y después de marear la perdiz para dar una apariencia de legalidad y respeto por las leyes, el Tribunal Electoral ha proclamado presidente de México a Felipe Calderón (más conocido entre el pueblo como Fecal). Todas las pruebas del fraude, incluso las reconocidas por el propio Tribunal, no han servido para nada.

Lo ocurrido no revela más que la auténtica naturaleza de la llamada democracia burguesa, que en México, al igual que en el resto del mundo, no es otra cosa que la forma que adopta la dictadura del gran capital, de los terratenientes y de sus jefes imperialistas. No es la primera vez, ni el primer país, que cuando se producen resultados electorales que no son del agrado de esta oligarquía, estos se cambian y punto. Así funciona la democracia.

Después de la masiva movilización del treinta de julio, AMLO lanzó la propuesta de ocupar permanentemente el DF instalando campamentos con miles de seguidores. Muchos dirigentes perredistas pensaban que de esta forma se podría modificar el resultado electoral y presionar a los tribunales para que emitieran un veredicto favorable. Sin embargo, la justicia burguesa y sus organismos tenían el resultado decidido de antemano.

A pesar de todas las limitaciones que los campamentos podían suponer, el gigantesco plantón del DF se ha convertido en el foro de debate más grande de la historia del país, en una gran universidad de los trabajadores, donde cientos de miles de hombres y mujeres han confrontado ideas, programas y acciones, y en el que los marxistas de Militante han jugado un papel muy destacado.

Tras semanas de movilizaciones históricas, López Obrador convocó para el 16 de septiembre a una Convención Nacional Democrática (CND), con el objetivo de impedir la llegada al poder de Felipe Calderón. Esta decisión supuso un desafío abierto a la legalidad burguesa, y así ha sido denunciado histéricamente por parte del gobierno foxista y sus medios de comunicación. La convocatoria de esta Convención, como los hechos han demostrado, no hacen más que agudizar la polarización y abrir la vía para que el doble poder se desarrolle.

Obviamente para sectores importantes del aparato perredista la idea de salirse de la legalidad burguesa les aterra. Pero estos elementos no pueden plantear abiertamente sus auténticas intenciones, so pena de ser expulsados del movimiento por las masas y perder toda su credibilidad. Tienen que maniobrar para diluir el contenido clasista de la lucha y rebajar sus objetivos.

Por otra parte, la burguesía de México está comprendiendo dolorosamente la gravedad de la situación. En estos dos meses de movilizaciones masivas no han podido recurrir a la represión, no han podido utilizar, como les hubiera gustado, ni a los granaderos ni al ejército. Diferentes encuestas han señalado que en torno al 70% de los soldados votaron por López Obrador, y no hay duda de que en los cuarteles, desde la suboficialidad para abajo, existe un amplio sentimiento de apoyo hacia el candidato del PRD.

La correlación de fuerzas le es totalmente desfavorable a la clase dominante en estos momentos. Toda su táctica se ha orientado a dividir al PRD y lograr aislar a López Obrador ofreciendo pactos y consenso. Hasta el momento, los frutos de esta estrategia han sido magros. La autoridad de López Obrador ha aumentado considerablemente entre las masas mexicanas y, al mismo tiempo, la presión de millones de trabajadores empujan a López Obrador a un enfrentamiento cada vez más abierto con el sistema.

Es muy significativo que el 1 de septiembre el Congreso Nacional apareciese rodeado fuertemente por destacamentos militares para evitar el avance de decenas de miles de trabajadores y jóvenes concentrados en el Zócalo, dispuestos impedir que Fox leyese su discurso presidencial. Insólitamente, Fox tuvo que renunciar a la lectura de las mentiras que había preparado ante el boicot de los parlamentarios del PRD que se hacían eco de la enorme presión que se vivía en el centro histórico de la ciudad.

Los acontecimientos han llegado a un punto decisivo. Junto con el movimiento de masas que está teniendo como epicentro el Distrito federal, en el Estado de Oaxaca las masas pobres de la región, encabezadas por los trabajadores docentes que llevan en huelga indefinida desde el mes de mayo, han tomado el control de la capital del Estado y han organizado lo que no es otra cosa más que un embrión de sóviet: la Asamblea Popular del Pueblo de Oaxaca (APPO).

La insurrección de los trabajadores oaxaqueños ha paralizado por completo al Estado, que lo ha intentado todo para derrotar a las masas sin conseguirlo. La Asamblea Popular ha tomado el control de la vida económica y política de la ciudad, coordinando la lucha de todos los sectores del movimiento y organizando Comités de autodefensa, una auténtica Guardia Roja que ha respondido contundentemente a las acciones de los grupos policiales y paramilitares10.

El ejemplo de Oaxaca muestra todo el potencial de la revolución mexicana y es la prueba más viva de la situación de doble poder que se extiende por todo el país. Pero esta situación no se puede mantener de manera indefinida. Para que el poder de los trabajadores y los oprimidos se imponga definitivamente sobre el de la burguesía es necesario que la Convención Nacional Democrática adopte un plan de lucha para derrocar al gobierno y defienda claramente un programa socialista.

 

 

La democracia burguesa es la dictadura del capital

 

El pasado 13 de agosto en la Plaza del Zócalo, López Obrador propuso un programa de medidas que entran en contradicción absoluta con las condiciones actuales del capitalismo mexicano. En su discurso planteó cinco objetivos:

"1.- Combatiremos la pobreza y la monstruosa desigualdad imperante en nuestro país. Ya es insoportable que una minoría rapaz lo tenga todo, mientras la mayoría de los mexicanos carece hasta de lo más elemental e indispensable. Además, sin justicia no habrá garantías de seguridad ni tranquilidad para nadie. Tampoco habrá paz social. La paz es fruto de la justicia.

"2.- Defenderemos el patrimonio de la Nación. No permitiremos que sigan enajenando los bienes nacionales. No permitiremos la privatización, bajo ninguna modalidad, de la industria eléctrica, del petróleo, de la educación pública, de la seguridad social y de los recursos naturales.

"3.- Haremos valer el derecho público a la información. (...)

"4.- Enfrentaremos la corrupción y la impunidad.(...) El gobierno no puede seguir siendo un comité al servicio de una minoría. Ejercer el gobierno no puede significar privilegios ni corrupción. Tiene que castigarse a quienes cometen abusos desde el poder y despojan de su patrimonio a los mexicanos.

"5.- Llevaremos a cabo una renovación tajante de las instituciones. (...) No permitiremos que los principios constitucionales y las garantías individuales se sigan pisoteando, porque las instituciones encargadas de proteger estos derechos se encuentran secuestradas y sometidas a los designios de una camarilla. Ya no estamos dispuestos a permitir que la política hacendaria y fiscal se aplique sólo en beneficio de banqueros y de traficantes de influencias. Ya no estamos dispuestos a permitir que la Suprema Corte esté al servicio de potentados y se proteja a delincuentes de cuello blanco".

López Obrador tiene toda la razón cuando señala que "El gobierno no puede seguir siendo un comité al servicio de una minoría". Hace más de 150 años Carlos Marx señaló que el gobierno en cualquier régimen burgués, incluyendo la República más democrática, no es más que el Comité ejecutivo que vela por los intereses generales de la clase capitalista11.

También tiene razón López Obrador cuando afirma que "las instituciones encargadas de proteger estos derechos se encuentran secuestradas y sometidas a los designios de una camarilla". En realidad las instituciones parlamentarias de la burguesía no son las sedes donde reside la soberanía popular. Eso sólo lo creen los reformistas socialdemócratas y sus medios de propaganda. El parlamento burgués no es otra cosa que un gran establecimiento donde los políticos profesionales de la clase dominante se dedican a hacer demagogia con sus discursos y sancionan decisiones que, en su gran mayoría, se discuten y se aprueban en otros organismos que no han sido elegidos por nadie pero que gobiernan sobre la vida de millones. Estos organismos, que concentran el auténtico poder que decide en la sociedad, son los consejos de administración de los grandes bancos, los monopolios y los Estados Mayores del ejército.

 

 

Las decisiones de la Convención Nacional Democrática

 

Las decisiones adoptadas finalmente en la reunión de la Convención Nacional Democrática han supuesto un paso adelante muy importante y han desatado, como era de esperar, un violento ataque por parte de la burguesía mexicana y de sus aliados en el mundo. El temor de la clase dominante de todo el planeta después de esta magnífica reunión se ha puesto de manifiesto en todas las editoriales de la prensa burguesa, que sitúan a AMLO en el grupo de los nuevos enemigos de la democracia, al lado de Chávez y Evo Morales.

El sábado 16 de septiembre, ante más de un millón doscientos mil delegados provenientes de todo el país, AMLO ha sido proclamado Presidente legítimo de México. En la noche anterior, y demostrando una vez más las enormes dificultades de la burguesía mexicana por enfrentarse a este movimiento revolucionario, el Presidente saliente Vicente Fox tuvo que renunciar a presidir en el zócalo capitalino el "Grito de la Independencia", y trasladar la ceremonia a la ciudad de Dolores Hidalgo, en el Estado de Guanajuato. Es la segunda vez en un mes que Fox renuncia a sus potestades presidenciales ante la presión de las masas. Un indicativo real de la auténtica correlación de fuerzas en el país.

"Las voces radicales se han impuesto a las más templadas" señala el corresponsal en el DF del diario El País Francesc Relea, y continúa "La Convención Nacional Democrática (CDN), que el sábado congregó a varios cientos de miles de personas en el Zócalo de Ciudad de México, dio el pistoletazo de salida a una estrategia insurreccional". El mismo corresponsal tiene que reconocer en su crónica que "López Obrador logró el sábado dos objetivos: reagrupó fuerzas después de 47 días de protesta en la calle en los que hizo mella el cansancio entre sus seguidores y dio un salto en su lucha (…) El perdedor en las elecciones comprobó que su poder de convocatoria sigue intacto".

Por su parte, el editorial del mismo diario denuncia con toda solemnidad la actitud de AMLO: "La conducta del candidato izquierdista en las elecciones presidenciales mexicanas, Andrés Manuel López Obrador, ha pasado del esperpento a la amenaza real para las instituciones políticas de México, un país de gran peso político y económico en todo el continente americano (…)El comportamiento de López Obrador esta en línea con las tentaciones bien recientes de cambios constitucionales y reformas legales en algunos países latinoamericanos, como Venezuela y Bolivia, orientados a perpetuar o ampliar las presidencias actuales sin pasar por las urnas. Son la excrecencia de actitudes caudillistas o de simple desprecio a las reglas más elementales que deben respetar todos los partidos democráticos: el ganador, por el margen que sea, gobierna si se lo permiten sus leyes parlamentarias y el perdedor saluda, da la enhorabuena y se dedica a vigilar estrechamente al Gobierno elegido".

La desesperación del diario El País se deja entrever en estas líneas. Para empezar, ¿Como es posible que un esperpento de hombre, cuando no un "payaso", pues así ha calificado reiteradamente El País a López Obrador, pueda convertirse en una amenaza real para las instituciones mexicanas? Lo que El País realmente oculta es que López Obrador ha congregado el descontento y la furia de millones de mexicanos hastiados de lo que significa la "democracia" capitalista. En realidad la visceralidad de este órgano periodístico del gran capital es el reflejo más acabado del temor que inspira la revolución mexicana en los círculos dominantes de la sociedad.

El mismo diario que pide a López Obrador respeto por las reglas del juego, no dudó en apoyar el golpe de Estado de abril de 2002 contra Hugo Chavez, el presidente democráticamente electo de Venezuela, ni ha cesado en su campaña de difamaciones y mentiras contra él, a pesar de haber ganado por abrumadora mayoría en todas las consultas electorales a la que se ha postulado. Para El País, Chávez es un dictador y lo es no porque no haya respetado las reglas de la democracia, sino por que amenaza el poder de la oligarquía y por tanto los intereses de clase que El País defiende.

Este ha sido exactamente el mismo comportamiento respecto a Evo Morales. Que las multinacionales imperialistas españolas saqueen las riquezas de América Latina es muy democrático, pero cuando el gobierno de Evo Morales plantea una tímida ley de nacionalización de los hidrocarburos, entonces El País se pone serio y monta en cólera contra el Gobierno de Bolivia, apelando a la "seguridad jurídica" internacional, a la democracia y principios semejantes. Este es el tipo de moral despreciable que mueve a diarios como El País. Su problema es que cada día le surgen más enemigos que denunciar, más "populistas" a los que anatematizar en nombre de la "democracia"... de los capitalistas.

En realidad estos gritos histéricos de la burguesía española contra López Obrador esconden otros intereses más terrenales y crematísticos: En estos momentos hay más de 1.800 empresas españolas registradas en el mercado mexicano que han "invertido" unos 12.000 millones de euros entre 1994 y 2005, una cifra que representa el 10% de toda la inversión extranjera en México en los últimos doce años. Los nombres de la empresas presentes en México son conocidos por todos: BBVA, Santander, Iberdrola, Mapfre, OHL, Zara, y los grandes grupos turísticos. La burguesía española ve en AMLO y en el movimiento de las masas mexicanas una amenaza a sus intereses, exactamente igual que en Venezuela y Bolivia.

Esta es la razón de fondo que explica la actitud del presidente del gobierno español, Rodríguez Zapatero, cuando se apresuró a felicitar a Calderón el 3 de julio y nuevamente en septiembre, después de ser confirmado el fraude por el Tribunal Electoral. Zapatero ha demostrado que, en los aspectos fundamentales, defiende por encima de todo los intereses de los grandes monopolios capitalistas españoles. Una posición absolutamente diferente a la que ha mantenido Chávez, que ha rechazado reconocer el triunfo de Calderón, decisión que habrá aumentado considerablemente la popularidad del Presidente venezolano entre las masas mexicanas.

Pero lo más increíble es que los mismos que hablan de "democracia" apelan abiertamente a la represión para aplastar de una vez por todas el levantamiento mexicano. El editorial de El País al que nos hemos referido anteriormente acaba sentenciando: "Lo que importa es que las instituciones mexicanas dispongan de resortes para acabar con este intento ridículo de subvertir la democracia, y que los países del entorno que ahora jalean sus pretensiones —y que coinciden con quienes sugieren reformas constitucionales retrógadas— reconozcan públicamente y sin reservas al verdadero ganador, Calderón". ¡Ya sabemos cuales son esos "resortes" a los que se refiere El País! ¡En América Latina y en México tienen una dramática experiencia al respecto!

Lo que está claro es que la Convención Democrático Nacional ha supuesto un nuevo paso adelante y ha generado entusiasmo entre las masas. Por primera vez un dirigente se ha declarado dispuesto a luchar y a no dejarse arrebatar un triunfo que es de los trabajadores y campesinos mexicanos. "No acepto que la imposición me convierta en el dirigente de la oposición nacional. No, por eso acepto el cargo de presidente de México". Estas fueron las primeras palabras de AMLO ante más de un millón de personas que aguantaron estoicamente el aguacero que cayó por más de una hora sobre el DF.

En su discurso, AMLO advirtió a los hombres del viejo régimen: "Tenemos derecho a la esperanza y no aceptamos el fraude como destino de nuestro pueblo". Más tarde razonó lo que en la práctica significará el Gobierno de Calderón: "¿Acaso creen que el pelele que impusieron les va a significar normalidad y tranquilidad política? ¿Creen acaso que, ahora sí, nada les impedirá quedarse con el gas, la industria eléctrica y el petróleo? ¿Creen acaso que seguirán haciendo sus negocios con toda impunidad, al amparo del poder público; que seguirán sobajando al pueblo de México? ¡Se equivocan! ¡No pasaran!".

AMLO subrayó que no aceptará que haya millones de niños desnutridos y enfermos, que se quite el derecho al estudio de los jóvenes, ni las campañas contra la educación pública, la violación de los derechos de las mujeres o la discriminación por motivos religiosos, étnicos o sexuales. También declaró con rotundidad: "No aceptamos que la mayoría de los ancianos del país vivan en el abandono y después de una vida de trabajo reciban una bicoca de pensión". En su discurso denunció que millones de mexicanos se vean obligados a emigrar a los EEUU y reiteró su rechazo a que en 2008 entre en vigor la cláusula del TLC que permite la entrada libre de maíz y frijol.

López Obrador fue elegido Presidente a mano alzada por parte de una masa enardecida y entusiasta. La afirmación que había hecho días antes cuando mandó a la instituciones "al diablo", no desanimaron a nadie. Al contrario, ese lenguaje claro y directo conectó con las aspiraciones de millones de oprimidos de todo el país.

La decisión de organizar un Gobierno alternativo que tendrá sede en la capital de México y se traslade por todo el país, también supone un claro desafío al orden burgués. En realidad para la gran mayoría de mexicanos este será el Gobierno legítimo, mientras que Calderón tendrá enormes dificultades para poder imponer las decisiones que apruebe su desacreditado ejecutivo.

La CND también adoptó un plan de acción que se iniciará el 27 de septiembre, con una jornada nacional contra la privatización de los recursos energéticos, por la disminución de las tarifas eléctricas y en defensa de la industria estatal; continuaráx del 2 al 12 de octubre, con una jornada contra la usurpación, en defensa de la educación pública laica, las libertades democráticas y la no discriminación, y se cerrará el primero de diciembre, cuando se "concentrará toda la energía del movimiento" para impedir que Calderón asuma la presidencia ante el Congreso. El 20 de noviembre en el Zócalo, AMLO tomará posesión de su cargo presidencial.

La reacción de la burguesía mexicana no se ha hecho esperar. La dirección panista ha vuelto a emplazar a AMLO para que rectifique y se sume "al diálogo", al tiempo que están preparándose para aplicar su política de ajuste salvaje y privatizaciones de las empresas públicas.

Por otra parte, la clase dominante también ha movilizado otros peones. En un país con tradiciones católicas como México, la jerarquía eclesiástica esta poniendo toda la carne en el asador para arropar a Calderón. Según informa el diario La Jornada en su edición del domingo 17 de septiembre, los cardenales Norberto Rivera Carrera y Juan Sandoval Iñiguez pidieron a Andrés Manuel López Obrador que reconozca a Felipe Calderón como presidente electo de México. "Que yo sepa no se ha presentado ninguna prueba contundente de que la elección (del 2 de julio) se haya salido de la legalidad", sostuvo el arzobispo primado de la ciudad de México". Ante la pregunta del periodista de La Jornada "¿López Obrador debería reconocer a Calderón?", el cardenal Rivera Carrera respondió: "Todos los mexicanos tenemos que reconocer al presidente y trabajar junto con él. El trabajo de esta patria no necesita solamente de un hombre o de un gabinete por bueno que sea, necesita de todos los mexicanos y necesita de la oposición. Necesita de aquellos que piensan muy distinto o contrario al proyecto que ganó".

El periodista de La Jornada afirma en su crónica que para el purpurado, el movimiento de resistencia civil que encabeza el ex candidato presidencial no tiene futuro y mucho menos es un reflejo de malestar social, por la presunción de comicios fraudulentos: "‘Es un problema cómico. No, no, no, no va a llegar a nada’, recalcó en la entrevista, custodiado por sus guardaespaldas. ‘No queremos volver a los mesianismos, a las dictaduras, a los caprichos’, agregó". El periodista concluye su información: "Casi al final de la ceremonia litúrgica en la Catedral se oró, entre otros, por el presidente Vicente Fox, por ‘todos los encargados del gobierno federal; por el jefe de Gobierno del Distrito, Alejandro Encinas, y todos los gobiernos estatales y por los poderes Legislativo y Judicial’. Después se rindieron honores a la Bandera y se entonó el Himno Nacional".

 

 

La salida a la crisis revolucionaria es la lucha por el poder socialista

 

En la edición de La Jornada del lunes 18 de septiembre, Octavio Rodríguez Araujo firma un artículo titulado Doble Poder. En él se describe el momento que atraviesa el país: "La situación no es inédita en la historia de México, pero las analogías no explican nada, sólo ilustran. Estamos en presencia de un doble poder potencial, gracias a la torpeza y a la necedad de quienes encabezan las instituciones de la República. Si las campañas electorales y la elección misma hubieran obedecido a los principios constitucionales de certeza, legalidad, independencia, imparcialidad y objetividad, no estaríamos viviendo la situación de crisis (y esperanza) del momento. El doble poder es resultado de la miopía de quienes actuaron por analogía y no con parámetros de realidad. Pensaron que las cosas serían como en 1988, cuando ante el gran fraude gubernamental, obvio para casi todo mundo, la oposición aceptó ser oposición a secas para reconstruirse y tratar de ganar en elecciones futuras, en lugar de responder ante el fraude con el pueblo burlado. En aquel entonces el líder prefirió la resignación y el reconocimiento de las instituciones, como si éstas fueran entidades abstractas e indeterminadas, y no la lucha por lo que burdamente se le había arrebatado, al líder y al pueblo que lo apoyaba. Pero la historia no se repitió. Ahora hubo y hay un líder que no se dejó y que oyó con cuidado al pueblo que tampoco quiso dejarse y aceptar la imposición. Por esto hay un doble poder, no por analogía, no por imitación, no por capricho, no por afanes protagónicos de nadie. El doble poder, insisto, lo han producido los que no conocen ni asumen la historia de nuestro país ni la fuerza de la voluntad popular. El doble poder, que finalmente se resolverá con la derrota de uno de los dos, es resultado, por un lado, del desprecio al pueblo, y por otro lado de un pueblo y un líder que dijeron ‘no a la imposición".

En efecto, en México como ya hemos afirmado hay una situación de doble poder. Y el desarrollo dramático de estos acontecimientos ha sido acelerado por la decisión de la burguesía mexicana y el imperialismo de lanzarse a tumba abierta por el camino del fraude electoral. Marx lo señaló hace más de ciento cincuenta años en una brillante frase: "la revolución a veces necesita del látigo de la contrarrevolución". La clase dominante cometió un grave error cuando intentó desaforar a López Obrador y ahora han cometido otro mayor, pensando que con el fraude conjuraban la amenaza de un gobierno que no estuviera bajo su control directo.

La Convención Nacional Democrática ha puesto de relieve que López Obrador tiene todo a su favor para tomar realmente el poder. En su informe de la reunión, los marxistas mexicanos de Militante señalan: "Fue un mitin de masas, poderoso, significativo, pero mitin, no Convención. Todos buscaban su mesa. "¿Dónde se reúne la mesa de tal o cual delegación?" Era una pregunta recurrente. "Tengo que encontrar mi mesa porque tengo que votar". Una señora con gesto ansioso acompañada de su hija adolescente: "¿Sigue aún la Convención?, tengo que votar, ¿no se ha acabado la Convención?" He ahí una cuestión clave, es decir, cómo ven las masas este proceso. Lo ven como una oportunidad de ser parte de un movimiento de transformación social. En palabras de Trotsky, la revolución se da cuando las masas hacen política conscientemente en las calles. Todo el mundo hacía gala de su gafete de convencionista como una garantía de estar siendo partícipe de la historia. El gafete expuesto con orgullo, enmicado, con su foto, colgado al cuello en señal de pertenencia a algo superior, a algo nacional, a algo masivo, que refleja la fortaleza de la cantidad, la superioridad contundente de nuestra clase, ya que sin el permiso de los trabajadores no se mueve la sociedad. "Somos quienes controlamos la sociedad y la Convención nos da la oportunidad de demostrarlo", eso parecían decir los rostros orgullosos y animados, portando banderas, camisetas, carteles, gritando en las calles. "¡Se ve se siente, tenemos presidente!", "¡Es un honor estar con Obrador!", "¡Obrador, amigo, el pueblo está contigo!", "¡Pre-si-dente! ¡Pre-si-dente! ¡Pre-si-dente!"12.

Una situación de doble poder se tiene que desarrollar a favor de los trabajadores a través de medidas claras y acciones contundentes. Todo el movimiento revolucionario de las masas mexicanas plantea la cuestión más importante: ¡No hay salida bajo el capitalismo! La única oportunidad para acabar de una vez por todas con la pesadilla que vive la mayoría de la población de México es luchar efectivamente por el derrocamiento de la burguesía, de sus instituciones y su Estado, es decir, por la transformación socialista de la sociedad.

Frente al movimiento de masas, un sector de la dirección del PRD ha impulsado la formación de un Frente Amplio Nacional Progresista, para que los diputados del PRD y del Partido del Trabajo (PT) tomen la iniciativa y encaucen la dinámica del proceso por las tranquilas aguas del parlamentarismo burgués. Este sector, encabezado por Camacho Solís, ha reivindicado un gran pacto nacional al estilo de los "Pactos de la Moncloa" que se dieron en el Estado español en 1977. Esto es un grave error. Aquellos pactos sólo sirvieron para atar de pies y manos al movimiento obrero, desmovilizarlo y engancharlo al carro de la burguesía, en un momento de auge revolucionario de la lucha de clases. Gracias a los Pactos de la Moncloa, la burguesía española pudo retomar el control de la situación y asegurar su posición dominante en la sociedad.

No es con una política de colaboración de clases como se resolverán los problemas de los trabajadores, los campesinos y los pobres de México. Es imposible conciliar intereses que son irreconciliables. No se puede gobernar a favor de los opresores y los oprimidos, de los verdugos y sus víctimas. El mismo fraude electoral ha dejado bien claro que cuando la clase dominante ve amenazados sus intereses no tiene ningún escrúpulo en arrojar al barro las mismas formas "democráticas" que dice defender. La burguesía mexicana, como la de todo el mundo, nunca sacrificará sus beneficios para mejorar la situación de los trabajadores.

Lo que la clase trabajadora mexicana necesita es una estrategia revolucionaria y la certeza de que los siguientes pasos serán un avance en la movilización.

Si López Obrador quiere cumplir con sus promesas y no traicionar al pueblo de México, como ha declarado con vehemencia, tiene que organizar la lucha para derrocar al gobierno, expropiar los grandes poderes de la economía capitalista, y organizar a la mayoría de la población que le sigue impulsando la creación de Comités de Lucha (que pueden perfectamente denominarse Comités de la CND) en las ciudades, barrios, pueblos, empresas y universidades de todo el país, que se coordinen en una auténtica Convención Nacional Revolucionaria.

Los marxistas mexicanos han planteado abiertamente en el seno del PRD, de los comités de base organizados contra el fraude, en los campamentos, y en la CND del 16 de septiembre, que es necesario organizar una huelga general de 24 horas contando con la participación activa de los sindicatos y las organizaciones campesinas de todo México, en un gran Frente Único. Una huelga así, que paralizara la producción de todo el país y sirviese para organizar comités en todas las fábricas y ejidos, como base para movilizar en ese día a millones de trabajadores y campesinos en todas las ciudades y localidades sería una presión decisiva para derrotar los planes del gobierno y del Estado.

Este es el camino que completaría las movilizaciones revolucionarias de estos meses. Pero es posible que incluso la burguesía, en esas circunstancias, no aceptara ceder y reconocer el triunfo de AMLO. ¿Cuál sería pues el siguiente paso? La respuesta es clara: huelga general indefinida con ocupaciones de fábricas, empresas y universidades y un llamamiento efectivo a organizar y ampliar los comités de lucha, que se deben convertir en el embrión del nuevo poder de los trabajadores, coordinándose democráticamente a través de una Convención Nacional Revolucionaria de delegados electos de todos esos comités.

Tal como los marxistas mexicanos agrupados en la Tendencia Militante están defendiendo, es necesario, además, que el programa del movimiento revolucionario quede claro para las masas. Un programa que debe basarse en la expropiación de los ricos, de la gran banca, los monopolios y los terratenientes, bajo el control democrático de los trabajadores y sus organismos de poder. Esta es la única manera de alcanzar la auténtica democracia socialista que saque a México de su atraso histórico y permita alcanzar una vida digna para millones de oprimidos.

La revolución mexicana es una realidad inapelable. No podemos predecir su ritmo, ni sus detalles. Pero ciertamente la clase dominante mexicana y el imperialismo norteamericano no pueden dormir tranquilos. Los trabajadores, campesinos y jóvenes de México han decidido transformar su realidad de explotación y humillación por otra en la que las palabras dignidad y democracia cobren sentido pleno. Y esto solo será posible a través de la revolución socialista y del poder obrero. Una revolución que no se detendrá en sus fronteras y fortalecerá el proceso abierto en todo el continente, haciendo más real la perspectiva de la Federación Socialista de Latinoamérica.

 

 

18 de septiembre de 2006

 

El despertar revolucionario de México   Alan Woods


Documentos El Militante