|
Fundación Federico Engels .. |
|
Documentos El Militante |
MARXISMO Y REVOLUCIÓN
una crítica del anarquismo
|
III. El Estado
La diferencia teórica entre el marxismo y el anarquismo no consiste en que los primeros consideremos necesaria la existencia del Estado en general y los anarquistas no. Es importante aclarar esto porque está muy difundida la idea, errónea, de que es esa precisamente la diferencia. En parte, el origen de esta confusión es que el debate entre anarquismo y marxismo no se produjo en el vacío, sino con la interferencia de las ideas reformistas y luego estalinistas que lo han distorsionado mucho. De hecho, la mayoría del material publicado por Marx, Engels y Lenin sobre el Estado fue para combatir las posturas de Bebel, Kautsky y otros reformistas más que a los propios anarquistas. Tanto el anarquismo como el marxismo se plantean como meta la desaparición total del Estado.
Los orígenes del Estado Durante buena parte de la historia de la formación de la humanidad la sociedad ha funcionado sin Estado, es decir sin un destacamento de hombres especializados en gobernar a los demás o, como precisaría Engels "un grupo de hombres armados al servicio de la propiedad privada". Durantes miles de años la sociedad se las arreglaba muy bien viviendo sin jueces, militares ni policías. Se organizaban perfectamente sin que se produjera ningún ‘caos’ que autodestruyera la sociedad. Eso ocurrió durante todo el periodo que Engels denominó comunismo primitivo y que algunos antropólogos actuales, como Richard Leakey, denomina la época de la sociedad cazadora-recolectora. De hecho esta etapa duró muchísimo más tiempo que la historia de los últimos 4.000 años en los que bajo distintas formas existió el Estado. Para los anarquistas, tanto la aparición como la desaparición del Estado dependen de la lucha entre "principios" que existen al margen de la vida real. Para los marxistas el Estado no es un acontecimiento arbitrario y accidental en la historia de la humanidad. No se puede explicar por el resultado de la lucha entre "el principio de la Autoridad y el principio de la Igualdad", entre una idea y otra idea. Tampoco se puede explicar por el hecho de que un día un grupo de personas tiene la ocurrencia de armarse y apropiarse del trabajo de los demás y que por lo tanto el remedio para la desaparición del Estado es volver a desarmarlos y reestablecer la armonía natural entre los hombres. Para el marxismo el Estado no es la materialización de una idea, de una ocurrencia, sino un rasgo distintivo de un periodo de la humanidad en el que existen clases sociales. La existencia de clases sociales a su vez es producto de un estadio determinado del desarrollo de las fuerzas productivas. Veamos un ejemplo concreto: ¿por qué durante la mayor parte de la historia de la humanidad, en el llamado "comunismo primitivo", no existió el Estado? Por la sencilla razón de que los medios de los que disponía la humanidad para extraer de la naturaleza los recursos necesarios para su subsistencia eran tan primitivos que todo lo producido se consumía inmediatamente. El trabajo global creado por un grupo de humanos en la sabana africana no generaba ningún excedente lo suficientemente grande como para que otro grupo de personas propusieran quedarse con él para vivir sin trabajar. A buen seguro que en la sociedad primitiva había gente con caracteres muy diversos, unos más listos, otros más generosos, más tímidos, más ágiles, más torpes, etc... Incluso existían individuos que por sus características individuales tenían más autoridad moral en el conjunto de la comunidad, por su habilidad a la hora de resolver problemas, por su comprobada honradez, por lo acertado de sus juicios morales, en fin, por lo que sea. Pero esas diferencias entre humanos —que existieron y existirán siempre— no eran suficientes, por sí mismas, para que se materializaran en la formación del Estado. Incluso en el improbable caso de que en este estadio de desarrollo de la economía algún individuo o grupo de individuos hubiera sido ganado por ese "principio de la Autoridad", que según los anarquistas, siempre ha estado presente en los cielos de la historia humana, habrían fracasado irremisiblemente. Si un grupo armado tuviera éxito en expropiar a los productores parte de la riqueza creada con su trabajo, éstos habrían muerto porque conseguían, debido al atraso técnico, lo justo para su subsistencia. Pero un sistema que mata a los explotados termina con la fuente de la que extraen beneficios. ¡Es absurdo! Con el desarrollo de las fuerzas productivas es cuando surge la posibilidad de apropiarse el excedente del trabajo ajeno, es cuando puede "cuajar" la tentación de vivir sin trabajar, es cuando puede materializarse la idea de utilizar un grupo de hombres armados para defender la propiedad privada. "El Estado no es de ningún modo un poder impuesto desde fuera a la sociedad; tampoco es ‘la realidad de la idea moral’, ni ‘la imagen y la realidad de la razón’ como afirma Hegel. Es más bien un producto de la sociedad cuando llega a un grado de desarrollo determinado"*. "Por tanto, el Estado no ha existido eternamente. Ha habido sociedades que se las arreglaron sin él, que no tuvieron la menor noción del Estado ni de su poder. Al llegar a cierta fase del desarrollo económico, que estaba necesariamente ligada a la sociedad divida en clases, esta división hizo del Estado una necesidad. Ahora nos aproximamos con rapidez a una fase de desarrollo de la producción en que la existencia de estas clases no sólo deja de ser una necesidad, sino que se convierte en un obstáculo directo para la producción. Las clases desaparecerán de un modo inevitable como surgieron en el tiempo. Con la desaparición de las clases, desaparecerá inevitablemente el Estado. La sociedad, reorganizando de nuevo la producción sobre la base de una asociación libre de productores iguales, enviará toda la máquina del Estado al lugar que entonces le ha de corresponder: al museo de antigüedades, junto a la rueca y el hacha de bronce"**. He aquí un ejemplo diáfano, científico, no idealista, que explica la relación existente entre el grado de desarrollo económico, la existencia de las clases sociales, y el Estado.
Cómo lo presenta la burguesía La burguesía transmite la idea de que el Estado es necesario porque sin Estado surgiría el ‘caos’. Para la clase dominante, sin Estado, sin autoridad, la naturaleza humana, que es egoísta y perversa, provocaría una situación de barbarie. Como dice el refrán "cree el ladrón que todos son de su misma condición". La policía existe para encarcelar a los ladrones y, en las pausas de su lucha contra el mal, para ofrecerse simpáticamente a ayudar a las viejecillas a cruzar la calle. Con los jueces sucede algo parecido. Son los portadores de la justicia, son los que "entienden de leyes" y son los que deben decidir quién tiene la culpa y cuál es el castigo a la infracción cometida. Así la burguesía pretende convencernos de que el Estado es necesario como organizador de la sociedad —como contrapeso a la naturaleza humana que es intrínsecamente egoísta— y que está por encima de los intereses de clase, garantizando la igualdad de derechos de todos los individuos por igual, sean ricos o sean pobres. La idea de la necesidad del Estado cala hondo en la sociedad por el enorme peso de la rutina cotidiana. Desde su nacimiento hasta su muerte, generación tras generación, ha convivido con el Estado. La idea de que siempre ha existido el Estado y que por tanto es razonable que siga existiendo siempre surge de ahí. Sin embargo eso no es cierto como antes hemos explicado. Por otro lado los dirigentes reformistas de los partidos obreros se han contagiado de la ideología de la burguesía y de esa rutina que impregna a toda la sociedad. Cuando se ven aupados al gobierno por el voto de los trabajadores o presienten que van a serlo, les entran sudores fríos al pensar que se pueda hacer cualquier tipo de política sin burócratas y sin una enorme cantidad de oficinas y trámites. La base de esta actitud es esa visión miope y administrativa de "hacer política", producto de la desconfianza en la participación activa de la clase trabajadora en la gestión de sus propios asuntos y del pánico a un enfrentamiento con el aparato represivo del Estado, que en el fondo viene a ser lo mismo. Por tanto, concebido como un elemento "por encima de la sociedad", como un cuerpo especializado en la administración de la sociedad, con gente formada para gobernar, juzgar, encarcelar..., el Estado aparece como algo inmutable e incuestionable. Sin embargo los marxistas explicamos que el Estado no es necesario, porque en caso de ser necesarias estas funciones, las puede asumir la misma sociedad sin destacamentos especiales, como explicaremos más adelante. Ahora bien, el Estado no es sólo "un cuerpo extraño" que se sitúa por encima de la sociedad, no es sólo un "destacamento especial" sino un destacamento especial al servicio de una clase social determinada. Es fundamentalmente un instrumento de represión de clase. Es lógico que el Estado esté al servicio de la clase social más rica, que es en definitiva quien puede pagar y mantener a este destacamento especial, que no obtiene sus recursos participando directamente en el proceso de producción.
El Estado y la existencia de clases El nacimiento del Estado se remonta al surgimiento de las clases sociales y está vinculado indisolublemente a él. Por cierto, cuando se emplea el término necesario en un sentido histórico amplio, no se puede confundir con deseable o como la expresión de una voluntad subjetiva. Si te sumerges en un barril de ácido sulfúrico durante tres horas te mueres necesariamente, pero esa afirmación no expresa ningún deseo subjetivo de quien la formula. En este sentido, a lo largo del periodo histórico en el que han existido las clases sociales ha existido necesariamente el Estado, y necesariamente va a seguir existiendo hasta que éstas no desaparezcan. Es más, a lo largo de los distintos sistemas económicos (esclavismo, feudalismo y capitalismo) las diferentes clases dominantes se han ido apoderando de la maquinaria del Estado y la han hecho más compleja y sofisticada. El Estado capitalista moderno representa la maquinaria represiva más sofisticada de la historia de la humanidad, no tanto por su capacidad represiva, aspecto en el que luego entraremos, sino por su propiedad de encubrir y disfrazar su carácter de clase, de aparecer como un Estado "de todos". El parlamento, la república democrática o cualquier apariencia que adopte el Estado no evita su carácter de clase, aunque veces ayude a disfrazarlo. Los parlamentarios, por sus condiciones de vida, por el tipo de control al que están sometidos —elecciones cada 4 o 5 años— son mucho más susceptibles de pensar y obrar de acuerdo con los intereses de la clase dominante que de acuerdo con los trabajadores que les han votado. Por otro lado la mayoría de las decisiones verdaderamente importantes no las toma el parlamento. Lo deciden las multinacionales abriendo o cerrando tal fábrica, los grandes banqueros presionando al alza o a la baja tal o cual moneda. Incluso las decisiones políticas más importantes debido a tal cantidad de artimañas legales, secretismos y excepciones las toma un número reducido de capitalistas. Los oficiales del ejército no los controla el pueblo, al igual que los servicios secretos, que deciden sobre los aspectos decisivos de la política interior y exterior, y que por definición, actúan al margen de cualquier control, cuanto menos de cualquier control democrático.
La teoría marxista ‘retocada’ El reformismo, como tendencia política, afectada por un largo periodo de parlamentarismo y relativa paz social acabó por perder la noción del carácter de clase del Estado. Cuando las tendencias de este tipo empezaron a surgir en el seno la II Internacional, a principios de siglo, Kautsky y compañía intentaron mantener un lenguaje de apariencia revolucionaria, reivindicando el marxismo de palabra, aunque lo habían abandonado ya de hecho. Decían que el Estado era necesario, pero no en el sentido histórico del análisis marxista ni en la necesidad de un Estado obrero, sino en un sentido totalmente diferente. Refundieron, con "pequeños retoques", la teoría marxista del Estado. En vez de destruir el aparato de la burguesía ellos hablaban de tomar el control del Estado. En otras palabras lo que consideraban necesario era el Estado burgués. Se creían que a través de la mayoría parlamentaria, apartando un general golpista por aquí y cesando a un coronel por allá, podían engañar a la burguesía y usurparle el aparato del Estado. La cúpula del Estado está ligada por miles de vínculos familiares, culturales, políticos, sociales y de todo tipo con los banqueros, grandes empresarios y terratenientes. Es muy poco "realista" pensar que hábiles parlamentarios vayan a destruir este vínculo pillando a la burguesía en un despiste o infundiendo paulatinamente convicciones democráticas a la cúpula del Estado. A principios de siglo los anarquistas acusaban a estos supuestos marxistas, que en realidad no eran más que traidores al socialismo, de defender al Estado y no les faltaba razón. Pero tanto Marx como el propio Lenin publicaron suficiente material sobre el tema como para que nadie se lleve a engaño. El anarquismo y el marxismo, como primera tarea de la revolución, defienden la destrucción completa del Estado burgués (aunque los anarquistas no le dan una caracterización de clase); esto está claro. Ahora bien, una cosa es proclamarlo y otra cosa es ponernos manos a la obra. ¿Quién y cómo le quita el cascabel al gato? ¿Quién desarma a la burguesía? Dejaremos aparte a aquellos anarquistas que resuelven el problema simplemente ignorando la existencia del Estado, no reconociendo el Estado, aquéllos cuyos padres tienen suficiente dinero para que se puedan ir a vivir a una comuna rural de la India durante un tiempo, a probar todo tipo de alucinógenos sin policías que les den mal rollo. Volviendo al tema que nos ocupa. ¿Cómo destruir el Estado? Ahí es donde empiezan las verdaderas diferencias. En primer lugar la destrucción del Estado pasa por desarmar a la burguesía. Pero la burguesía no se desarma sola porque eso significaría el fin de su sistema de explotación. A la menor protesta los trabajadores podrían ocupar las fábricas y tomar el control de la producción sin ninguna resistencia ni coacción. Por lo tanto hay que desarmar a la burguesía armando a los trabajadores. Pero, ¡horror!, si los trabajadores se arman para desarmar a la burguesía utilizarán la coacción, la fuerza e impondrán una forma determinada de organización social... utilizarán el ¡poder! Y si lo hacen de forma sistemática, organizada, centralizando sus esfuerzos, para impedir que la burguesía recomponga la situación anterior e impulsar las bases de la nueva sociedad, eso convertiría ese poder en un... un... ¡Estado! Y si llegamos a la conclusión de antemano (basándonos en el estudio serio y riguroso de todos los procesos revolucionarios de todos los países, de todos los tiempos) de que, efectivamente, la única forma de acabar con la maquinaria represiva del Estado burgués es enfrentándolo a la clase obrera armada ¿por qué no organizar políticamente en un partido revolucionario a los trabajadores que ya han llegado a esta conclusión para que puedan defender mejor esta idea (y todas las ideas que conducen a esta conclusión final) entre los que todavía no están convencidos y así garantizar en lo posible el triunfo del proceso revolucionario? Porque esto significa organizar a los trabajadores en un... ¡partido! y esto es, pecado entre los pecados, ¡política!
De la teoría a la práctica La incoherencia principal del anarquismo se deriva precisamente de que no saben cómo resolver esta cuestión. ¿Cómo acabar con el poder de la burguesía sin contraponer el poder de la clase trabajadora? Históricamente, siempre que los anarquistas han tenido la oportunidad de poner en práctica sus teorías han actuado respecto al Estado, en dos sentidos: o bien como los mencionados reformistas, tan duramente criticados, o bien como marxistas aunque la mayor parte de las veces inconscientemente. El 19 de julio de 1936, enterados del golpe de Estado fascista iniciado por Franco, los trabajadores —la mayoría de los trabajadores organizados estaban en la CNT— salen a la calle para asaltar los cuarteles, tomar las armas y organizar milicias. En Barcelona, la misma tarde del 19 de julio el general golpista Godet quedó detenido y las milicias anarquistas disponían de seis veces más efectivos que las fuerzas del Estado. Si eso no es "poder" ¿en qué idioma estamos hablando? Evidentemente no es poder burgués sino poder obrero. Para los marxistas esta distinción de clase es vital, lo que realmente importa. Los militantes anarquistas actuaron de una forma intuitiva y acertada, y su propia experiencia demostró que la única forma de enfrentar al poder de la reacción fascista era a través del poder obrero, a través de la creación de milicias armadas y comités antifascistas. Frente a las tareas concretas de la lucha contra la reacción, las masas anarquistas actuaron fieles a sus tradiciones anticapitalistas fuertemente arraigadas, pero deshaciéndose a toda prisa del principio anarquista de que "todo Poder es malo", que en terreno de la práctica revolucionaria resultaba una verdadera temeridad.
El poder obrero El surgimiento de elementos de poder obrero es una característica invariable de cualquier proceso revolucionario. En la revolución rusa, en la revolución española de los años treinta, en Chile en 1973, en Mayo del 68, asistimos al surgimiento de estos organismos de poder obrero. En la historia oficial burguesa sobre la Revolución de Rusa de 1917, la acción de las masas es sustituida por una "conspiración bolchevique" según la cual Lenin se sacó de la manga unos soviets y dio un golpe de Estado a través del cual implantó una dictadura comunista. Pero la verdadera historia fue diametralmente opuesta. La revolución rusa empezó en febrero de 1917 con el estallido de una huelga de trabajadoras del sector textil en Petrogrado. No era, ni de lejos, el sector más organizado de la clase obrera. Pero la huelga se generalizó y los intentos de reprimirla no hicieron más que transformarla en una insurrección, los mandos perdieron el control de la tropa y se formaron comités de soldados, de obreros y de campesinos: los soviets. Cuando las masas se pusieron en acción, actuaron instintivamente y recurrieron a la memoria de la revolución de 1905, cuando por primera vez se crearon estos órganos de poder. En Rusia estos elementos de poder obrero, que surgen en cualquier proceso revolucionario, acabaron transformándose en un Estado obrero con la destrucción total del viejo aparato del Estado burgués. Sin embargo, en el caso de la Revolución Española el proceso acabó con el triunfo de la contrarrevolución fascista. La explicación de tales diferencias tiene bastante que ver con la actitud de los dirigentes de la CNT, en un caso, y la dirección del Partido Bolchevique, en el otro, hacia la cuestión del poder y del Estado.
El doble poder La aparición de estos órganos de poder obrero no significan el triunfo automático la revolución, sino que desemboca en una situación de "doble poder", pues aún se mantienen los elementos de poder burgueses, restos del antiguo ejército, la policía secreta, etc. Lo que caracteriza una situación de doble poder es su inestabilidad. O gana uno o gana otro en un periodo de tiempo relativamente breve. La Revolución de Febrero supuso la creación de los soviets, que eran elementos de poder obrero pero que no detentaban todo el poder sino que lo "compartían" con los restos del poder burgués. Al principio, los bolcheviques ni siquiera tenían mayoría dentro de los soviets y el gobierno provisional estaba en manos de la burguesía, con el apoyo directo del partido menchevique y de los socialrevolucionarios. En la Revolución Española la situación de doble poder se dio dentro del campo republicano. La experiencia de la II República no había satisfecho a nadie: los campesinos seguían sin tierra, los trabajadores explotados y con salarios miserables, la cuestión nacional no se había resuelto... para la burguesía la república ya no servía para evitar la revolución social, y la libertad sindical y política ya se hacía demasiado molesta como para seguir permitiéndola. Cuando se produce el levantamiento militar, el 18 de julio de 1936, la burguesía ya había decidido acabar con "el juego democrático" e instaurar una dictadura militar. Si estos planes no tuvieron un éxito inmediato fue única y exclusivamente por la heroica respuesta de la clase trabajadora que salió a la calle, desplegando el ingenio y la valentía que le son propias, asaltando los cuarteles, confraternizando con los soldados —que organizaban motines—, etc. Por la acción de las masas el golpe militar fracasó en buena parte del país. Si el enfrentamiento al golpe hubiera dependido de la actitud de Azaña y su gobierno, Franco hubiera triunfado sin problemas en poco tiempo. De hecho el gobierno republicano había censurado a los periódicos obreros que denunciaban los persistentes rumores del levantamiento fascista y les quitaba importancia, diciendo que eran en todo caso pronunciamientos aislados, etc. La respuesta de los trabajadores llevó, igual que en la Rusia del 17, a una situación de doble poder. Por un lado las milicias obreras y los comités obreros, por otro lado el gobierno, la guardia de asalto, unidades del ejército, etc.
Dos ejemplos históricos ¿Cómo actuaron los dirigentes bolcheviques y cómo actuaron los dirigentes anarquistas en esta situación? ¿Cuál fue su postura hacia la cuestión del poder, que se plantea en toda su crudeza precisamente en una revolución? La orientación fundamental de los bolcheviques, desde abril de 1917 era "todo el poder para los soviets". Mientras tanto era necesario ayudar a que las masas comprendiesen la necesidad de poner en práctica esta idea sin otorgar ninguna confianza hacia la política del Gobierno Provisional, que continuaba con su programa burgués y proimperialista. Para Lenin esta tarea de "demolición" de la antigua "máquina" del Estado estaba realizada sólo parcialmente, los trabajadores y los campesinos habían comenzado a destruir el viejo aparato estatal pero era fundamental derribarlo del todo para garantizar las conquistas de la revolución y empezar a poner en marcha la organización socialista de la economía. Obviamente esto significaba en primer lugar la consolidación del poder obrero, de sus organismos de defensa y ejecutivos, la guardia roja y los soviets, para garantizar el fracaso de cualquier intentona contrarrevolucionaria. En la práctica se trataba de establecer un Estado de transición, el Estado obrero que desde el primer momento iría disolviéndose en la medida en que las bases materiales para la explotación de clase desaparecieran con la expropiación de la burguesía. El anarquismo, por principio, está en contra de todo poder, sea cual sea su carácter de clase. Desde su teoría, el anarquismo considera posible la transformación social sin sustituir el viejo Estado burgués por ningún poder, pero como explicó Lenin en su obra El Estado y la Revolución, ¿qué es la organización armada de los trabajadores defendiendo la revolución sino un ejemplo de Estado obrero? ¿Cómo soportó la teoría anarquista la prueba de la revolución? En primer lugar, a pesar de todas las concepciones anarquistas y su arraigo en el movimiento obrero, a partir de julio de 1936 existía una situación de doble poder. Una ironía de la historia es que los elementos de poder obrero, como las milicias, estaban en gran medida controlados por la CNT y los propios dirigentes anarquistas. Esto fue especialmente cierto en Catalunya, donde la respuesta de las masas contra la intentona militar fue tan virulenta que toda la situación estaba controlada por las milicias de la CNT. El 21 de julio éstas habían acabado con todos los focos de reacción. El gobierno de la Generalitat, presidido por el burgués Lluís Companys quedó "suspendido en el aire". Esa misma mañana Companys, que se había destacado como represor de los anarquistas, tuvo que llamar a los dirigentes cenetistas: "Fuimos a la sede del Gobierno catalán" cuenta Abad de Santillán, "con las armas en la mano (...) Algunos de los miembros de la Generalitat temblaban, lívidos (...). El palacio de la Generalitat fue invadido por la escolta de los combatientes". Lluis Companys dijo: "Siempre habéis sido perseguidos duramente, y yo, con mucho dolor, pero forzado por las realidades políticas (...), me he visto forzado a enfrentarme y perseguiros. Hoy sois los dueños de la ciudad y de Cataluña, porque sólo vosotros habéis vencido a los militares fascistas (...) Habéis vencido y todo está en vuestro poder. Si no me necesitáis o no me queréis como presidente de Cataluña, decídmelo ahora". La respuesta de los dirigentes cenetistas fue concluyente, en palabras de Abad de Santillán: "Pudimos quedarnos solos, imponer nuestra voluntad absoluta, declarar caduca la Generalitat y colocar en su lugar el verdadero poder del pueblo, pero no creíamos en la dictadura cuando se ejercía contra nosotros, y no la deseábamos cuando podíamos ejercerla nosotros mismos a expensas de otros. La Generalitat habría de quedar en su lugar con el presidente Companys en la cabeza"*. Renunciando a acabar con el poder de la Generalitat e inhibiéndose de instaurar el "poder del pueblo" lo que se estaba haciendo en realidad era dejar a la burguesía una preciosa ventaja para retomar la iniciativa y reconstruir su propio Estado, seriamente maltrecho en el campo de la república. La victoria del fascismo fue posible en la medida en que la revolución fue traicionada en el campo de la república. Después de "renunciar" al poder, después de dejar el trabajo "a medias" la contrarrevolución retomó la iniciativa con la inestimable colaboración de los dirigentes estalinistas, de los sectores más derechistas del PSOE y también con los dirigentes de la CNT, que participaron en el gobierno de la II República y de la Generalitat, facilitando su labor de disolución de las milicias, el reestablecimiento del ejército regular y la liquidación de los órganos de poder obrero en las fábricas y en el campo.
Una idea incorrecta se convierte en reaccionaria En las palabras de Abad de Santillán no querían ejercer el poder "a expensas de otros". ¿Qué otros? ¡Esos otros eran la burguesía! En épocas "normales" —es decir, cuando el único poder que realmente existe es el poder burgués, ejercido a través del Estado burgués—, defender la lucha "contra todo tipo poder" o la idea de que "todo poder es intrínsicamente malo", a pesar de ser un tremendo error tiene un coste práctico menor. Ahora bien, en una situación revolucionaria —que es la verdadera prueba para cualquier ideología que se pretenda revolucionaria— proclamar la indiferencia u hostilidad hacia cualquier tipo de poder es, independientemente de las intenciones subjetivas, una idea tremendamente reaccionaria, porque deja la iniciativa a la clase que realmente tiene claro la necesidad de detentar el poder: la burguesía. Incluso desde un punto de vista moral ¿cómo no va ser infinitamente más justo el poder de la mayoría de los oprimidos contra un puñado de privilegiados que el poder de ese mismo puñado contra la mayoría de la sociedad? En un contexto normal decir "pues ni una situación ni la otra" no afecta gran cosa a la realidad. Pero decir eso en un contexto revolucionario, que se caracteriza por una situación de doble poder, que sólo puede desembocar en la victoria del uno sobre el otro, tampoco afectaría gran cosa a la realidad... ¡excepto si quien lo proclama es quien de hecho tiene el poder en sus manos!, como los dirigentes de la CNT en Catalunya en julio de 1936. Una combinación de factores históricos, políticos y sociales dieron, a través de la CNT, la mejor oportunidad que el anarquismo pudo desear para poner en práctica sus ideas sobre la revolución social sin poder político, la desaparición inmediata del Estado, etc... Dispuso del apoyo del proletariado enormemente combativo, con arraigadas tradiciones insurreccionales, que dio su vida para acabar con el capitalismo y por construir una sociedad más justa. Dispuso de una organización que reunía a la mayoría del proletariado desde el principio de la revolución, de dirigentes forjados por años de experiencia... y sin embargo fracasó. Sería injusto atribuir la responsabilidad de la derrota exclusivamente a los dirigentes de la CNT. Igual o mayor responsabilidad tuvieron los dirigentes del PSOE y del PCE, pero eso no cambia para nada las cosas. Sin el propósito decidido de tomar el poder es imposible culminar con éxito una revolución, no digamos renunciando de antemano al poder.
La teoría es una guía para la acción No hay nada peor, para justificar los errores de orientación política, que subestimar la fuerza de la clase obrera y su capacidad de lucha y exagerar las dificultades y las fuerzas del enemigo. Los bolcheviques también tuvieron que vérselas con sus reformistas, con las maniobras de la burguesía, con la superioridad militar del ejército capitalista, si cabe en mucha mayor medida que en el caso de la Revolución Española. También pudieron cometer errores de apreciación a la hora de tomar tal o cual decisión. Pero una cosa tenían muy clara, en una revolución, para la que se habían preparado durante años, es cuando se produce el mayor despliegue de autoritarismo y de fuerzas que en cualquier otra situación y el deber de cualquier revolucionario es estar preparado para ella, para saber utilizar el enorme caudal de fuerza que despliega la clase obrera y utilizarla de una forma adecuada contra la burguesía. En la teoría marxista, la única forma de combatir el poder de la burguesía, de destruir el Estado a su servicio, es enfrentándolo al poder de la clase obrera. Pero para el marxismo la teoría es la generalización de la experiencia real, no una inspiración del cielo, ni la revelación de principios morales de convivencia entre los hombres. Concretamente, la teoría marxista del Estado, es producto del estudio de la Comuna de París, en la que, por primera vez en la historia, el proletariado, actuando de una forma independiente de la burguesía y contra la burguesía —en la época de las revoluciones burguesas el proletariado apoyaba a la burguesía contra el feudalismo— creó su propio embrión de Estado obrero. El problema radicaba en que en 1871, el proletariado era aún demasiado débil para extender su poder y mantenerse en él y la burguesía pudo aislar la revolución. Pero el desarrollo de la clase obrera era cuestión de tiempo. La lección más importante de la gesta heroica de la Comuna fue que la clase obrera, al luchar contra el régimen capitalista y enfrentarse al aparato represivo de la burguesía, creaba sus propios órganos de poder, y no le bastaba con utilizar el viejo aparato del Estado en su beneficio. Como Marx explicó, la Comuna reveló la necesidad de destrozar el viejo aparato estatal y reemplazarlo por los órganos del poder popular. Es más, aunque a una escala inferior, incluso en situaciones no revolucionarias, la cuestión del "doble poder" se da. En una huelga en una fábrica, por ejemplo, siempre surge la cuestión: ¿quién manda aquí, el empresario o los trabajadores? En una huelga general, también, ¿quién es el dueño de la calle? ¿Los manifestantes o la burguesía? Si el enfrentamiento es más duro y la burguesía intenta disolver la manifestación, los trabajadores intentarán protegerla, organizando un servicio de orden. Ahí tendremos, una situación de doble poder de baja intensidad. Son ejemplos que normalmente están limitados en el tiempo y en el espacio pero, que en determinadas circunstancias se elevan a una escala cualitativamente diferente y determinan quién tiene el control efectivo de la sociedad. La teoría anarquista del Estado, a diferencia de la teoría marxista, enfoca la cuestión del poder desde un punto de vista moral y al margen de las tareas prácticas que la clase obrera se encuentra en su camino hacia la revolución. En general todos podemos estar de acuerdo al preferir la libertad a la imposición. No es necesario ni siquiera considerarse anarquista o comunista para simpatizar con esta idea, cualquier persona medianamente culta la hace suya. Todos podemos estar de acuerdo en que el Estado, en general, implica violencia. Eso es evidente, el ejército, que está a la vista de todo el mundo, no existe como figura decorativa, como tampoco lo eran las milicias en los años 30 o los soviets. Pero la cuestión es imposición de quién contra quién, violencia de quién contra quién. El poder es una cuestión de clase. Sin haber leído a Marx, los trabajadores de todo el mundo percibieron instintivamente el carácter de clase del Estado soviético nacido de la Revolución de Octubre de 1917. Vieron el triunfo del Estado obrero en Rusia como una conquista colosal de la humanidad, vieron que era posible un deseo que parecía imposible: que aquéllos que no tenían nada pudiesen acabar con la opresión de la burguesía. Ese torrente de inspiración fue el que estuvo presente en buena parte de los procesos revolucionarios de nuestro siglo en el que participaron no pocos obreros y jóvenes anarquistas.
El Estado obrero Si al día siguiente de haber acabado con el régimen burgués, el Estado obrero embrionario se autodisolviese, automáticamente la burguesía, ansiosa por recuperar sus privilegios, volvería a reconstruir un aparato de represión para acabar con la revolución, con el apoyo de la burguesía de otros países. La experiencia de la Revolución Rusa, así como la de la Comuna de París demostraron que el esquema anarquista ‘Revolución Social - Destrucción del Estado Burgués - Anarquía’ no se correspondía con la realidad, y no por ninguna conspiración bolchevique sino por las leyes de la propia revolución. Marx, polemizando con los proudhonianos y los ‘antiautoritarios’ sobre el Estado obrero señalaba: "...Si la lucha política de la clase obrera asume formas revolucionarias, si los obreros sustituyen la dictadura de la burguesía con su dictadura revolucionaria, cometen el terrible delito de leso principio, porque para satisfacer sus míseras necesidades materiales de cada día, para vencer la resistencia de la burguesía, dan al Estado una forma revolucionaria y transitoria en vez de deponer las armas y abolirlo..."*. El Estado obrero tiene características esencialmente distintas del Estado burgués. Sólo tiene en común que sigue siendo un organismo de opresión, pero no ya de una minoría sobre una mayoría sino al revés y que además, ya no tiende a fortalecerse más y más, como ocurría con el Estado burgués anteriormente, sino que tiende a extinguirse en la medida en que desaparecen las clases sociales, y por lo tanto, la necesidad misma de reprimir. Desde un primer momento el Estado obrero es mucho más democrático que el más democrático Estado capitalista. Lenin señalaba al respecto: "A medida que las funciones del poder son las del pueblo entero, este poder no es tan necesario. La abolición de la propiedad privada de los medios de producción elimina la labor principal del Estado formado por la historia: la defensa de los privilegios de la minoría contra la inmensa mayoría"*. Lenin defendió que este Estado transitorio, para evitar caer en la burocratización, debía tener una serie de características: 1.- Los funcionarios debían ser elegibles y revocables en cualquier mo-mento. 2.- El salario de los funcionarios no podía pasar del salario medio de un obrero cualificado. 3.- Rotatividad en las funciones administrativas: "si todos somos burócratas nadie es burócrata" 4.- Sustitución del ejército permanente por el pueblo en armas. Durante un tiempo el Estado obrero nacido de la Revolución Rusa era un Estado bastante democrático aunque con alguna deformación que Lenin insistía en combatir.
La degeneración burocrática estalinista El desarrollo posterior de la revolución rusa tampoco fue el que los bolcheviques habían previsto inicialmente. Rusia era un país atrasado económicamente, con una mayoría de la población aún campesina mientras que los trabajadores industriales no representaban más que un 10% de la población total. Para los bolcheviques el internacionalismo no era una idea romántica, era una necesidad imperiosa. La única forma de poder elevar el nivel de vida de las masas, de sacar a Rusia del hambre y de la miseria era fundamentalmente incrementando la producción y la productividad del trabajo. La Revolución Rusa dio un impulso impresionante a la revolución mundial. Los bolcheviques tenían la expectativa de que el triunfo de la revolución en Europa, especialmente en Alemania, permitiría la combinación del desarrollo técnico de este país con los inmensos recursos naturales y humanos de Rusia, consiguiendo de este modo un avance rápido en el progreso económico y social. Sin embargo, a pesar de la oleada revolucionaria que desató la Revolución de Octubre, la revolución fracasó en Alemania en 1923, en China en 1927, en parte por los errores de los recién formados PCs y en parte por errores claros de orientación política de la III Internacional estalinizada tras la muerte de Lenin en 1924. El hecho es que la Revolución Rusa se quedó aislada. Las masas trabajadoras y campesinas tuvieron que sufrir desde 1914 las consecuencias de la participación de Rusia en la I Guerra Mundial, luego consumieron una gran dosis de sus energías en la revolución de 1917 y después vino la guerra civil y la invasión de 21 ejércitos imperialistas que querían acabar con el primer régimen obrero del mundo. Lo que caracteriza la revolución es la participación de las masas en los asuntos que antes, en periodos normales, estaban reservados a los "políticos", los funcionarios, el Zar, etc. Este estado de ánimo influyó decisivamente en la participación de la población en los órganos de la revolución como los soviets. Pero aunque durante un tiempo la inmensa mayoría de la población puede contrarrestar las presiones de la vida cotidiana, participar en huelgas, en las milicias obreras, en las tareas de gestión y de control de los soviets, en el partido, etc. eso acaba teniendo un límite si no cambian sustancialmente las condiciones de vida de la gente, especialmente en lo referente al tiempo libre, es decir a la reducción de la jornada de trabajo para disponer de tiempo y participar en la vida política, económica y cultural de la sociedad. En un país atrasado como Rusia, cercado por las potencias imperialistas y aislado tras el fracaso de la revolución europea, las condiciones objetivas para lograr estos fines eran las peores. Las revoluciones no las hacen cuatro iluminados, su fuerza motriz reside en la participación consciente de las masas. Eso fue totalmente cierto en Rusia. Sin embargo las condiciones internas —atraso económico— y externas —fracaso la de revolución en Alemania, China, etc.— sometieron a la revolución y a la población a condiciones extremas de miseria, de cansancio, etc. "La revolución es una gran devoradora de energías individuales y colectivas: los nervios no lo resisten, las conciencias se doblan, los caracteres se gastan. Los acontecimientos marchan con demasiada rapidez para que el flujo de fuerzas nuevas pueda compensar las pérdidas. El hambre, la desocupación, la pérdida de los cuadros de la revolución, la eliminación de las masas de los puestos dirigentes, habían provocado tal anemia física y moral en los arrabales que se necesitarán más de treinta años para que se rehagan. (...) "El reflujo del ‘orgullo plebeyo’ tuvo por consecuencia un aflujo de arribismo y de pusilanimidad. Estas mareas llevaron al poder a una nueva capa de dirigentes"*. Las condiciones extremas por las que tuvo pasar la revolución sentaron las bases para que el control de la clase obrera sobre las tareas administrativas del Estado fuera cada vez más débil. Un sector de los militares, que se reincorporaron masivamente a las tareas internas del Estado tras la guerra civil, y de los funcionarios se sintió cada vez más árbitro entre las presiones de la clase obrera y de los pequeños campesinos acomodados, cuya existencia se debía precisamente al carácter atrasado de Rusia. De esta manera fueron adquiriendo cada vez más independencia del control y de la participación de los trabajadores. Poco a poco este sector de funcionarios desligado de las masas empezó a adquirir conciencia de sus propios problemas, se da cuenta de que su posición le permite tener, al principio, pequeños privilegios y por tanto sus preocupaciones, su forma de actuar se conforma con el objetivo de preservarlos e incrementarlos. Stalin no fue la "causa" del surgimiento de la burocracia, pero sí encarnó y centralizó los intereses de la burocracia actuando con saña para defenderlos contra cualquier oposición. Ese proceso en el interior de la URSS afectó la política exterior de la III Internacional, creada por Lenin y los bolcheviques, para impulsar la revolución a nivel internacional. Cada fracaso de la revolución en un país determinado significaba una mayor desmoralización de los trabajadores en Rusia y por tanto un mayor afianzamiento de la burocracia en el poder. En un momento determinado, la burocracia vio con auténtico pánico la posibilidad del triunfo de la revolución en el Estado español en los años 30. El triunfo de la revolución socialista en el Estado español hubiera significado necesariamente el triunfo de un Estado obrero sano, con la participación consciente de las masas oprimidas en la gestión de sus propios destinos. Hubiera tenido un efecto inmediato en toda Europa y cómo no, en la misma Rusia. Los trabajadores rusos no tendrían la tarea de expropiar a los capitalistas ni a los terratenientes —esto estaba hecho desde 1917— sino expropiar políticamente a la burocracia que había usurpado el control del Estado. El triunfo de la Revolución Española hubiera dado un empujón decidido a este proceso, por eso el pánico de Stalin a ese triunfo, hecho que a su vez explica la actitud de los dirigentes del PCE. La desgracia histórica de los años 30 en el Estado español es que el estalinismo se presentó ante la clase obrera española e internacional como el heredero de la Revolución de Octubre cuando en realidad, para consolidar su poder tuvo que exterminar, literalmente, a millones de cuadros, militantes y dirigentes bolcheviques. La monstruosa degeneración burocrática en la URSS no fue, como dice la propaganda burguesa, "una consecuencia inevitable de las ideas de Lenin y del bolchevismo". El anarquismo, cuya teoría había sido destrozada por la fuerza de los acontecimientos históricos, vio en la degeneración de la URSS una asidero para volver a la carga en su lucha contra todo "poder del Estado", independientemente del carácter de clase que éste tenía. Olvidaban que la consolidación de la burocracia durante todo un periodo, sólo fue posible tras el exterminio de cientos de miles de militantes que estaban relacionados con las tradiciones de Octubre (de la democracia obrera y del internacionalismo), del verdadero leninismo. En honor a la verdad histórica habría que añadir que los luchadores más consecuentes y abnegados contra el estalinismo salieron de las filas del bolchevismo, como Trotsky, y no del anarquismo. Ha sido la teoría marxista y no la anarquista la que previó, con muchísima anticipación, la caída del estalinismo y la posibilidad de que la burocracia intentara mantener sus privilegios volviendo al capitalismo y acabando con la economía planificada.
La desaparición del Estado La degeneración de la revolución rusa no fue una consecuencia necesaria de los métodos bolcheviques sino producto de la combinación de una serie de factores históricos determinados: el atraso económico de Rusia y el fracaso de la revolución en otros países. El Estado no es algo de ‘fuera’, arbitrario, que aparece y desaparece simplemente porque se imponga la voluntad de que desaparezca, por el convencimiento de que no sirve. Además de eso es necesario que sea posible en base a toda una serie de leyes históricas. Así describe Lenin la disolución del Estado: "Dicho en otros términos: bajo el capitalismo tenemos un Estado en el sentido estricto de la palabra, una máquina especial para la represión de una clase por otra y, además, de la mayoría por la minoría. Es evidente que, para que pueda prosperar una empresa como la represión sistemática de la mayoría de los explotados por una minoría de los explotadores hace falta una crueldad extraordinaria, una represión bestial, hacen falta mares de sangre, a través de los cuales marcha la humanidad en estado de esclavitud, de servidumbre, de trabajo asalariado. "Más adelante, durante la transición del capitalismo al comunismo, la represión es todavía necesaria, pero es ya la represión de una minoría de explotadores por la mayoría de los explotados. Es necesario todavía un aparato especial, una máquina especial para la represión: el ‘Estado’. Pero es ya un Estado de transición, no es ya un Estado en el sentido estricto de la palabra, pues la represión de una minoría de explotadores por la mayoría de los esclavos asalariados de ayer es algo tan relativamente fácil, sencillo y natural, que será muchísimo menos sangrienta que la represión de las sublevaciones de los esclavos, de los siervos y de los obreros asalariados y costará mucho menos a la humanidad. Y ello es compatible con la extensión de la democracia a una mayoría tan aplastante de la población que la necesidad de una máquina especial para la represión comienza a desaparecer. Como es natural, los explotadores no pueden reprimir al pueblo sin una máquina complicadísima que les permita cumplir este cometido, pero el pueblo puede reprimir a los explotadores con una máquina muy sencilla, casi sin ‘máquina’, sin aparato especial, con la simple organización de las masas armadas. (...) "Por último, sólo el comunismo suprime en absoluto la necesidad del Estado, pues no hay nadie a quien reprimir, ‘nadie’ en el sentido de clase , en el sentido de la lucha sistemática contra determinada parte de la población. No somos utopistas y no negamos en lo más mínimo que es posible e inevitable que algunos individuos cometan excesos, como tampoco negamos la necesidad de reprimir tales excesos. Pero, en primer lugar, para ello no hace falta una máquina especial, un aparato especial de represión; esto lo hará el propio pueblo armado, con la misma sencillez y facilidad con que un grupo cualquiera de personas civilizadas, incluso en la sociedad actual, separa a los que se están peleando o impide que se maltrate a una mujer. Y, en segundo lugar, sabemos que la causa social más profunda de los excesos, consistentes en la infracción de las reglas de convivencia, es la explotación de las masas, su penuria y su miseria. Al suprimirse esta causa fundamental, los excesos comenzarán inevitablemente a ‘extinguirse’. No sabemos con qué rapidez y gradación, pero sabemos que se extinguirán. Y con ello se extinguirá también el Estado"*. Si en Rusia tras la revolución, el Estado siguió manifestando una "vitalidad testaruda", en palabras de Trotsky, fue porque el desarrollo de las fuerzas productivas no fue lo suficientemente rápido —debido al atraso y al aislamiento— como para que el Estado empezara a "disolverse" en la sociedad. Antes de que el Estado empezara a extinguirse los funcionarios empezaron a ser conscientes de sí mismos como casta privilegiada y empezaron a actuar como tal, como un "factor autónomo". Pero insistimos este no es el desarrollo necesario de cualquier proceso revolucionario. Sí decimos que cualquier proceso revolucionario que acabe aislándose puede conducir a un proceso de degeneración en un espacio de tiempo más o menos prolongado. Las causas de la degeneración burocrática, incluso después de un proceso revolucionario clásico, es decir caracterizado por la participación consciente y masiva de la clase obrera en todo el proceso, también tiene sus propias leyes y no hay que buscarlas en la esfera de la moral, planteando ideas tipo "la maldad humana aflora cuando se asocia al poder". Eso no es así. La experiencia de la degeneración del Estado obrero en Rusia no conduce de ninguna manera, a la conclusión de que la lucha por la revolución y por la construcción de un Estado obrero sea un error, sino a que es necesario, en primer lugar, comprender las causas profundas de este hecho histórico y construir con más voluntad que nunca un factor que se ha demostrado esencial para el triunfo de todo proceso revolucionario, la existencia de un partido revolucionario, con cuadros revolucionarios probados, con nivel político, capaces de estar a la altura de las circunstancias cuando llegue el momento en la mayor cantidad posible de países. Si hubiera triunfado la revolución en España en 1936-37, en Alemania en 1923 o en China en 1927, el transcurso de la historia de la humanidad habría sido totalmente diferente y si no fue así es precisamente por el factor apuntado más arriba. El socialismo no se puede construir en un solo país. Eso no quiere decir que la revolución deba producirse simultáneamente en todos los países. Pero sólo la utilización racional de las fuerzas productivas a escala mundial puede permitir el desarrollo armónico y planificado de las fuerzas productivas y conseguir lo que es fundamental para que todos los trabajadores puedan participar en las tareas de gestión de la sociedad: tiempo libre, que va necesariamente asociado a la reducción de las horas de trabajo. Rusia fue la primera en romper con las cadenas del capitalismo, pero el atraso económico no desaparece de golpe por el hecho de acabar con la propiedad privada de los medios de producción. La única manera de acabar con el atraso era la extensión de la revolución a los países avanzados y eso, que daría pie a una economía planificada mundialmente, no se produjo. Persistió la situación de escasez durante un tiempo. Incluso, debido a la guerra civil y al acoso imperialista la economía retrocedió todavía más. En un contexto de escasez, donde la disputa individual por la satisfacción de las necesidades básicas inmediatas prevalece entre las preocupaciones de la gente, "toda la vieja mierda vuelve a resurgir" . |
|
|
|
|
| IV. El Socialismo |
|
|
|
Documentos El Militante |