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Documentos El Militante |
MARXISMO Y REVOLUCIÓN
una crítica del anarquismo
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II. Por
una organización revolucionaria La revoluciones son acontecimientos totalmente excepcionales en la historia de la humanidad. Trotsky en Historia de la Revolución Rusa señala: "El rasgo característico más indiscutible de las revoluciones es la intervención directa de las masas en los acontecimientos históricos. En tiempos normales, el Estado, sea monárquico o democrático, está por encima de la nación; la historia corre a cargo de los especialistas en este oficio: los monarcas, los ministros, los burócratas, los parlamentarios, los periodistas. Pero en momentos decisivos, cuando el orden establecido se hace insoportable para las masas, éstas rompen con las barreras que las separan de la palestra política, derriban a sus representantes tradicionales y, con su intervención, crean un punto de partida para el nuevo régimen. Dejemos juzgar a los moralistas si esto está bien o está mal. A nosotros nos basta con tomar los hechos tal como nos los brinda su desarrollo objetivo". Las revoluciones, la forma en que éstas se producen, no es arbitraria. Las revoluciones tienen características propias, al margen de las intenciones de los propios hombres que las protagonizan, y pueden y deben ser estudiadas por todos los revolucionarios serios. Como señalaba Trotsky el rasgo característico de las revoluciones es la intervención directa de las masas en los acontecimientos. Este fue el rasgo esencial de la Comuna de París, de la Revolución Rusa, de la Revolución Española, del Mayo del 68 francés... Los marxistas revolucionarios hoy, en el Estado español y en todo el mundo, creemos que efectivamente estos periodos especiales se van a reproducir aquí y en otros países en el futuro. En esto los marxistas revolucionarios nos diferenciamos de todas la demás corrientes políticas que ya han descartado desde hace tiempo esta perspectiva. Para nosotros la perspectiva de la revolución no es un acto de fe, sino la comprensión de dos procesos fundamentales y que están totalmente interrelacionados: la incapacidad del capitalismo de hacer avanzar más la sociedad en líneas progresistas y el proceso de toma de conciencia de la clase trabajadora, su capacidad de jugar un papel revolucionario. Precisamente sobre esos dos aspectos, la compresión del carácter del capitalismo y la capacidad de actuación de la clase trabajadora, es donde se sitúa el meollo de las diferencias entre otras corrientes de pensamiento político del movimiento obrero y el marxismo. La incapacidad del capitalismo de satisfacer las necesidades de la mayoría y su necesidad de empujar a los trabajadores a condiciones de vida cada vez peores, no tiene un efecto instantáneo de poner como tarea inmediata acabar con el capitalismo. La conclusión de que es necesaria una revolución, rompiendo con la rutina del día a día, sólo surge en la medida en que millones de mujeres y hombres comprendan que no hay otra salida posible. Como hemos dicho, la conciencia humana es bastante reticente a los cambios bruscos. Por eso la sociedad funciona a saltos: largos periodos de relativa calma seguidos de choques virulentos entre las clases. Incluso la perspectiva inevitable de este enfrentamiento, de la revolución, no garantiza automáticamente su triunfo. De hecho, si las revoluciones son excepcionales todavía lo son más las revoluciones triunfantes. La revolución jamás se produce con independencia de la contrarrevolución, de los intentos de la clase dominante de echar hacia atrás la rueda de la historia, de ahogar en sangre el movimiento obrero y de la juventud, de recuperar como sea sus tradicionales palancas de dominio, su Estado, etc. La victoria o el fracaso de la revolución ha dependido de que en los momentos decisivos, los sectores de la clase obrera que han sacado las conclusiones más avanzadas, que han comprendido las tareas y los pasos que hay que dar, sobre la base de su experiencia y el estudio de los procesos revolucionarios de la historia, hayan ganado el apoyo no sólo de la vanguardia sino de las amplias masas de los oprimidos. En otras palabras, la calidad de la dirección revolucionaria es fundamental para asegurar el triunfo.
La importancia de la dirección En este sentido no da igual el signo político de los que encabecen el movimiento obrero en el momento en que se produzca una situación revolucionaria. Si los mencheviques hubiesen mantenido su predominio sobre el movimiento revolucionario ruso en 1917 no cabe duda que la Revolución de Octubre no se hubiese producido o hubiera fracasado. Los mencheviques, que descartaban la revolución socialista, tenían una presencia mayoritaria en el movimiento obrero apenas ocho meses antes de la Revolución de Octubre, cuando, sin exagerar, los bolcheviques eran una minoría casi desconocida para la gran masa de trabajadores de la ciudad y sobre todo para los campesinos. Sin embargo, en este corto espacio de tiempo los bolcheviques fueron capaces de aumentar su influencia en el movimiento y desbancar a los mencheviques de la dirección. La Revolución de Octubre barrió definitivamente las viejas instituciones zaristas y burguesas y dejó en evidencia el papel reaccionario de los mencheviques (que acabaron pasándose al bando de la burguesía). Eso sólo fue posible porque los bolcheviques, basándose en una perspectiva correcta (la Revolución Rusa no tenía que dar el poder a la burguesía sino a la clase obrera y era por tanto una revolución socialista) adoptaron en los diferentes momentos del proceso revolucionario una táctica correcta. Se podrá objetar lo que se quiera a la Revolución Rusa y a la política de los bolcheviques —para nosotros es una fuente de inspiración impresionante— pero lo cierto es que, partiendo de una posición minoritaria en el movimiento, arrebataron la mayoría a los reformistas de entonces y consiguieron romper con el aparato del Estado zarista. En las diferentes etapas de la Revolución, e incluso antes de la Revolución de Febrero, los bolcheviques adoptaron un mismo método (elevar el nivel de comprensión de los trabajadores, favorecer un movimiento independiente de la clase obrera partiendo de su propia experiencia), pero diferentes tácticas. Para nosotros, y para los clásicos del marxismo, la táctica, las consignas, el lenguaje, las formas organizativas, los objetivos puntuales de las luchas, son "correctos" o "incorrectos" si ayudan o no a que un sector cada vez más amplio de los trabajadores comprendan que el capitalismo es la causa fundamental de sus problemas, que sí existe una alternativa al capitalismo y que la clase trabajadora sí tiene fuerza suficiente para hacer frente a la burguesía y su aparato represivo. En otras palabras, si ayudan al proceso de toma de conciencia y arman a los trabajadores con un programa viable para el derrocamiento del capitalismo.
El parlamentarismo y la revolución Mientras que para el anarquismo la participación en el parlamento es por principio negativa para el marxismo es una cuestión táctica que se deriva del análisis concreto de una situación dada. No basta decir que el parlamento es una institución burguesa y que no sirve para resolver los problemas de los trabajadores. Ante todo hay que hacer que esa verdad sea asumida por los propios trabajadores en base a su experiencia. En la cuestión del parlamento es muy ilustrativa la experiencia de la revolución de Chile de principios de los años 70 que acabó con el golpe militar de Pinochet. ¿Cuál fue el error de Allende y de los dirigentes socialistas en todo el proceso revolucionario? ¿Participar en las elecciones? ¿Formar gobierno después de ganarlas? En absoluto. Hay que analizar los procesos tal como son. La victoria electoral de Allende fue el producto de una situación de enorme radicalización de los trabajadores, que habían padecido con miseria y represión los anteriores gobiernos de la derecha, pero a su vez la victoria de Allende y el hecho de que el gobierno tomara medidas en beneficio de los trabajadores (gratuidad de la leche en los colegios, incremento de la escolarización, aumentos salariales, construcción de viviendas populares, por ejemplo) y en contra de los monopolios imperialistas que saqueaban el país (nacionalización de las minas de cobre), actuó como un revulsivo impresionante, animando a las masas a participar directamente en la toma de decisiones. Por primera vez un gobierno actuaba en su favor y no a favor de los de siempre, por primera vez la perspectiva era cambiar sus miserables condiciones de existencia por una vida mejor. De hecho, la preocupación para la burguesía y el imperialismo —además de las medidas del gobierno de Allende, que sí afectaron sus intereses— era el hecho de que los trabajadores, en defensa de lo que consideraban su gobierno, habían empezado a establecer el control de las empresas, a crear comités de abastecimiento y otros órganos de participación directa al margen de las instituciones oficiales. Eran medidas que los trabajadores tomaban para contrarrestar el boicot de la reacción a las decisiones del gobierno. El error de Allende no fue participar en las elecciones ni formar gobierno, su error fue confiar en que era posible alcanzar el socialismo por la vía parlamentaria, por la vía legal. La victoria de la Unidad Popular en las elecciones, la formación de un gobierno de izquierdas, el permanente boicot de la reacción al gobierno de izquierdas sirvieron para demostrar ante millones de trabajadores que efectivamente la única manera de acabar con la miseria y la opresión era a través de la revolución socialista. En un momento determinado del proceso, cuando la posibilidad de un golpe militar era ya obvia, los trabajadores una y otra vez pidieron armas. Ya no era suficiente el voto, ya no eran suficientes las manifestaciones de apoyo masivas, ya no era suficiente el control de las empresas: era necesario aplastar a la reacción y establecer una nueva sociedad en base a una planificación socialista, consciente y democrática de los recursos económicos. En vez de aprovechar el enorme potencial revolucionario de las masas y su disposición a llegar hasta el final, los dirigentes socialistas y del PCCh optaron en los momentos decisivos por la "moderación", por llegar a un acuerdo con la Democracia Cristiana para "calmar los ánimos". Una situación funesta de indecisión y parálisis que acabó propiciando el golpe. La experiencia de la Revolución Chilena fue una lección sobre todo para el reformismo y su tesis según la cual es posible transformar la sociedad utilizando la legalidad y las instituciones burguesas. Pero esa experiencia no demuestra para nada que desde el punto de los intereses de la revolución, la participación en las elecciones y en el parlamento sean negativas siempre y en todo momento. Eso, como cualquier otra cuestión táctica, depende del análisis de las circunstancias concretas. La clase obrera no vive en una urna de cristal en la que sólo tiene oídos para los revolucionarios. La burguesía influye en el modo de pensar de los trabajadores, los reformistas también; ciertamente más que todo eso influye su propia experiencia, pero eso es un proceso que pasa por diferentes etapas. Que el parlamento burgués es una institución burguesa y que no sirve para transformar la sociedad es un principio. Pero no es un principio que la mejor manera de que los trabajadores comprendan eso sea la no participación en el parlamento así como la no utilización de otros recursos legales que tiene el sistema burgués para defender ideas revolucionarias. La cuestión es ¿para qué utilizar el parlamento y cómo hacerlo? Los reformistas utilizan el parlamento como un fin en sí mismo, creen que desde allí se puede cambiar sustancialmente la realidad social. Además lo hacen cayendo en el cretinismo parlamentario, se acostumbran a las frases grandilocuentes y vacías de contenido para convencer a "sus señorías", y por supuesto a las ventajosas condiciones de vida que otorga el acta de parlamentario. En cambio para los marxistas revolucionarios, en un momento determinado, el parlamento puede ser utilizado como un altavoz de un programa revolucionario. En el parlamento no defenderíamos el consenso ni nos dirigiríamos a "sus señorías" sino directamente a los trabajadores. Defenderíamos un programa basado en la reducción de las horas de trabajo, la eliminación de los contratos basura, en un salario decente para todos y un subsidio de desempleo indefinido para todos los parados hasta encontrar trabajo. Explicaríamos públicamente cómo saca sus beneficios la Banca, cómo con su nacionalización bajo control obrero se podría utilizar ese dinero para garantizar e incrementar gastos en sanidad y en educación. Defenderíamos el levantamiento del secreto comercial y haríamos públicos todos los "secretos de Estado". Denunciaríamos la propia utilización que hacen los burgueses del parlamento, los sueldos que cobran, sus comisiones, cómo utilizan su tiempo y sus influencias para sus negocios. Exigiríamos también que todos los diputados obreros cobrasen el sueldo de un obrero, explicaríamos también cómo en la práctica el parlamento no decide nada, cómo los parlamentarios pueden hacer todo lo contrario de lo que han prometido en la medida en que no existe la revocabilidad inmediata por parte de los que les han elegido, etc. ¿Tendría un efecto positivo o negativo esa utilización del parlamento en la conciencia de los trabajadores? ¿Nuestra presencia fortalecería o debilitaría esa institución frente a los trabajadores? ¿Los reformistas se sentirían más cómodos o menos cómodos con unos cuantos diputados marxistas de este tipo en el parlamento? Parece que las respuestas se desprenden por sí mismas. Además, una táctica correcta presupone un programa correcto. Ni siquiera todo eso que hemos apuntado agota la cuestión de la táctica frente al parlamento o unas elecciones. Efectivamente, en momentos determinados, sería correcto el boicot del parlamento. No hacemos ningún fetiche de la participación (como lo hacen los reformistas) ni de la no participación (como lo hacen los anarquistas). Lenin, en su maravilloso libro El izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo, escrito pocos años después del triunfo de octubre, respondía de esta manera a los elementos ultraizquierdistas del comunismo alemán que abogaban por el boicot al parlamento y la salida de los sindicatos: "Aunque no fueran ‘millones’ y ‘legiones’, sino una simple minoría de obreros agrícolas la que siguiese a los terratenientes y campesinos ricos, podría asegurarse ya sin vacilar que el parlamentarismo en Alemania no ha caducado todavía políticamente, que la participación en las elecciones parlamentarias y en la lucha desde la tribuna parlamentaria es obligatoria para el partido del proletariado revolucionario, precisamente para educar a los sectores atrasados de su clase. (...) Mientras no tengáis fuerza para disolver el parlamento burgués y cualquier otra institución reaccionaria, estáis obligados a actuar en el seno de dichas instituciones, precisamente porque hay todavía en ellas obreros idiotizados por el clero y por la vida en los rincones más perdidos del campo. De lo contrario correréis el riesgo de convertiros en simples charlatanes"*. Lo más significativo aquí es el método de Lenin para acercarse a una cuestión táctica. Respecto al parlamento, hay que utilizarlo: 1º) para denunciar el sistema y 2º) mientras no haya fuerza suficiente para apoyarse en los organismos revolucionarios creados por la propia clase trabajadora para destruir el aparato del Estado. Como se ve, la postura marxista nada tiene que ver con el reformismo ni con el formalismo antiparlamentario de los anarquistas. En momentos determinados la burguesía se ve obligada a conceder una serie de derechos democráticos y una serie de mejoras económicas para evitar perderlo todo; en otros momentos, como se vio en la revolución española de los años treinta o en los años setenta en Chile y Argentina, opta por suprimir hasta los mínimos derechos democráticos y establece dictaduras feroces. Para los marxistas no hay ninguna duda de que la democracia burguesa sigue siendo un instrumento de dominación de clase. De hecho las decisiones fundamentales que afectan a la vida y al futuro de la mayoría de las personas, no se toman ni siquiera en el parlamento sino en los consejos de administración de las grandes empresas, bancos y monopolios y en los estados mayores. En las inversiones, los despidos, en lo que se produce o se deja de producir no interviene para nada el parlamento; lo mismo ocurre con los aspectos fundamentales del funcionamiento del Estado, que se llevan con un sigilo extremo. Por otro lado no hay que confundir los juicios con los prejuicios. La participación electoral de los trabajadores no es una ‘aceptación del sistema’, de la misma manera que la aceptación de un salario, mientras exista capitalismo, no es la aceptación de la explotación. Los trabajadores no votan a los partidos obreros que tienen direcciones socialdemócratas o estalinistas porque sean "borregos" y estén con la "cabeza comida", ni porque estén de acuerdo con su política. El voto no se contradice con la lucha práctica. Salvando todas las distancias cuando los trabajadores votaron al Frente Popular en febrero del 36 no lo hicieron por "borreguismo", porque aceptasen el sistema o porque pasaran por alto todos los errores de la política de los dirigentes de los partidos obreros. Sabían, a pesar de que los dirigentes no tenía un programa revolucionario y muchos de ellos habían jugado un papel nefasto en el 31-33, que votar a la derecha fascista era un suicidio. En cierta manera las masas trabajadoras establecieron "un pacto" con sus dirigentes y la prueba más palpable de que eso no era "aborregamiento" fue el hecho de que meses después la masas pasaron a la acción revolucionaria contra el fascismo en la calle. La propia CNT, como hemos visto, tuvo que abandonar su postura abstencionista que tan desastrosas consecuencias tuvo en 1933. Durruti, abiertamente, pidió el voto al Frente Popular para liberar presos políticos del ‘Bienio Negro’.
Por un sindicalismo revolucionario Hemos dicho que el dominio ideológico de la burguesía y la rutina son dos factores fundamentales para la supervivencia del sistema. Un factor que viene a complicar aún más todo el proceso es la existencia de organizaciones de la clase obrera, con influencia de masas, cuya dirección acepta, en la teoría y en la práctica el sistema capitalista como único posible. Por tanto en esta evolución de la conciencia de la clase trabajadora a la conclusión de la necesidad de la revolución socialista no sólo aparecen como obstáculo los prejuicios y las ideas que transmite la burguesía directamente sino la que transmite la burguesía a través de los dirigentes de la clase obrera. Desde el punto de vista del marxismo revolucionario es necesario defender un programa y unos métodos que ayuden a comprender a los trabajadores y la juventud no sólo el papel del capitalismo y de la burguesía sino del reformismo. Hay que demostrar la incapacidad del programa reformista de satisfacer las necesidades de los oprimidos, y restar así su influencia a favor de las ideas revolucionarias. Este último aspecto es importante sobre todo porque en momentos determinados la burguesía, una vez ha usado a los dirigentes reformistas de la clase obrera y éstos están desprestigiados, trata de que este desprestigio favorezca directamente a las ideas reaccionarias. Respecto a la actitud de los revolucionarios en las organizaciones dominadas por los reformistas, una vez más, lo importante es el método para llegar a una táctica adecuada, huyendo de recetas preconcebidas. Para restar influencia a los dirigentes reformistas son necesarias dos condiciones: que quede en evidencia que el programa reformista no sirve desde el punto de vista de las aspiraciones de las masas y, no menos importante, que existe una alternativa a ese programa. Para ese punto volvemos una vez más al citado libro de Lenin: "¿Deben entrar los revolucionarios en los sindicatos reaccionarios? Los izquierdistas alemanes consideran que pueden responder con una negativa absoluta a esta pregunta. A su juicio, el vocerío y los gritos de cólera contra los sindicatos ‘reaccionarios’ y ‘contrarrevolucionarios’ (...) bastan para demostrar la inutilidad y hasta la inadmisibilidad de que los revolucionarios, los comunistas, actúen en los sindicatos contrarrevolucionarios (...). "Los sindicatos fueron un progreso gigantesco de la clase obrera en los primeros tiempos del desarrollo del capitalismo por cuanto significaba el paso de la dispersión y de la impotencia de los obreros a los rudimentos de la unión de clase. Cuando empezó a desarrollarse la forma superior de unión de clase de los proletarios, el partido revolucionario del proletariado (que no merecerá este nombre hasta que no sepa ligar a los líderes con la clase y las masas en un todo único e indisoluble), los sindicatos comenzaron a manifestar fatalmente ciertos rasgos reaccionarios, cierta estrechez gremial, cierta tendencia al apoliticismo, etc. Pero el desarrollo del proletariado no se ha efectuado ni ha podido efectuarse en ningún país de otro modo que por medio de los sindicatos y por su acción conjunta del partido de la clase obrera (...). "Los mencheviques [reformistas] de Occidente se han ‘atrincherado’ mucho más sólidamente en los sindicatos, ha surgido allí una capa mucho más fuerte que en nuestro país de ‘aristocracia obrera’, profesional, mezquina, egoísta, desalmada, ávida, pequeñoburguesa, de espíritu imperialista, comprada y corrompida por el imperialismo. (...) Es preciso librar una lucha implacable y continuarla de manera obligatoria, como hemos hecho nosotros [los bolcheviques], hasta poner en la picota y arrojar de los sindicatos a todos los jefes incorregibles del oportunismo (...). "Pero la lucha de la ‘aristocracia obrera’ la sostenemos en nombre de las masas obreras y para ponerlas de nuestra parte; la lucha contra los jefes oportunista y socialchovinistas la sostenemos para ganarnos a la clase obrera. Sería necio olvidar esta verdad elementalísima y más que evidente. Y tal es, precisamente, la necedad que cometen los comunistas alemanes ‘de izquierda’, los cuales deducen del carácter reaccionario y contrarrevolucionario de los cabecillas de los sindicatos la conclusión de que es preciso... ¡¡salir de los sindicatos!! ¡¡Renunciar al trabajo en ellos!! ¡¡Crear formas de organización nuevas, inventadas!! Una estupidez tan imperdonable que equivale al mejor servicio que los comunistas pueden prestar a la burguesía (...). "No actuar en el seno de los sindicatos reaccionarios significa abandonar a las masas obreras, insuficientemente desarrolladas o instruidas, a la influencia de las ideas reaccionarias, de los agentes de la burguesía, de los obreros aristócratas. (...) Para saber ayudar a la ‘masa’ y conquistar su simpatía, su adhesión y su apoyo, no hay que temer las dificultades, las quisquillas, las zancadillas, los insultos y las persecuciones de los ‘jefes’ (...) y se debe trabajar sin falta allí donde están las masas" . La línea divisoria entre una política reformista o revolucionaria no estriba en absoluto en la participación o no en los sindicatos y en las organizaciones de trabajadores. Al igual que en el caso de las elecciones y el parlamento la cuestión clave es para qué y cómo. La táctica es algo flexible, lo importante es el objetivo que se persigue: restar influencia al reformismo y ganar influencia para las ideas revolucionarias. Como hemos repetido la revolución es un proceso de masas, por tanto el objetivo es ganarlas. Sólo lo podremos hacer si contrastamos nuestras ideas con las de los reformistas allí donde están los trabajadores. Ni siquiera eso agota la cuestión de las organizaciones de la clase obrera. En cada etapa del proceso revolucionario la clase obrera crea y participa en determinados organismos. La forma más elemental de organización son los sindicatos y los partidos obreros pero en momentos de auge en la lucha se crean comités de fábrica con la participación de sectores no organizados, esos comités se pueden crear en comunidades de vecinos, institutos, etc. y luego unirse creando organismos más amplios. Asambleas de barrios o incluso de localidad que asumen no sólo la defensa de determinadas reivindicaciones sino que empiezan a gestionar directamente aspectos de la vida cotidiana. Eso lo vimos en los Chile en la época de la Unidad Popular, en Portugal tras la revolución de abril de 1974, en Albania en febrero de 1997, en Rusia en 1917, y en estos momentos en los acontecimientos revolucionarios de Argentina. Esos órganos son bastante más amplios y democráticos que los sindicatos, eligen y revocan a sus representantes de forma permanente según la evolución de los acontecimientos. La discusión y la toma de decisiones es mucho más fluida que ningún otro tipo de organización. Esos organismos son característicos de períodos prerrevolucionarios o revolucionarios y son extremadamente participativos. Eso no significa que la consigna central que debamos lanzar los revolucionarios ahora en el Estado español sea la formación de comités obreros; ahora el punto central es transformar los sindicatos en auténticas organizaciones de lucha sobre la base de la defensa de un programa revolucionario y el combate contra la burocracia sindical. En el futuro la batalla tendrá otro carácter; en una situación revolucionaria donde la cuestión fundamental sea el triunfo de la revolución o de la contrarrevolución la participación de los trabajadores superará los estrechos límites organizativos y políticos de los sindicatos y el punto en el que tendríamos que poner énfasis sería otro. La táctica, las medidas a corto plazo, siempre deben estar supeditadas a la estrategia que es la transformación socialista de la sociedad. En todo caso el objetivo siempre es ayudar a crear un movimiento independiente y revolucionario de la clase obrera.
La lucha por reformas parciales El papel que juegan las reivindicaciones es un punto también muy importante. "Todas las revoluciones se han generado en el seno del pueblo. Jamás revolución alguna apareció de pronto, armada de los pies a la cabeza, como Minerva surgiendo del cerebro de Júpiter. No hay revolución que no haya tenido su periodo de incubación, su proceso evolutivo, durante el cual las masas, tras haber formulado modestísimas demandas, llegan a concebir la necesidad de cambios más profundos y más completos. Así se les ve crecer en osadía y en arrojo, lanzándose a las más atrevidas concepciones sobre los problemas del momento y adquiriendo cada vez mayor confianza y mayor dominio de sí mismas, al emerger de su letargo de desesperación y ampliar bravamente su programa y sus exigencias. Poco a poco, paso a paso, ‘las humildes peticiones’ se truecan en verdaderas demandas revolucionarias". ¡Qué bien queda reflejada en esta frase la relación entre las reivindicaciones, la toma de conciencia, la confianza en sus propias fuerzas por parte de las masas y la revolución! ¿Qué añadir más? ¡Pero no es una frase de Lenin —que podría asumirla sin problemas— sino del anarquista Kropotkin! La Revolución de Febrero en Rusia empezó con una huelga del sector textil de las mujeres de Petrogrado; los sucesos revolucionarios que sacudieron a Argentina adquirieron su punto culminante con el robo de miles de millones de dólares a los pequeños ahorradores, pero estuvieron precedidos por siete huelgas generales e insurrecciones populares en distintas localidades. La forma más elemental de lucha de los trabajadores y de la juventud es la lucha por mejoras inmediatas en sus condiciones de vida. Mejoras salariales, condiciones de trabajo, gastos sociales, etc. Desde el punto de vista marxista la lucha por mejoras parciales, por reformas, es extraordinariamente positiva. Los marxistas no nos diferenciamos de los reformistas porque los primeros sólo sepan proclamar la revolución socialista como loros y los segundos luchan por mejoras cotidianas. Lo que caracteriza a los reformistas es que las únicas reformas a las que aspiran son las que el capitalismo objetivamente puede permitirse. En periodos de ascenso de la economía capitalista, hecho que no se da ahora, efectivamente algunas reformas son posibles. Pero en la fase que estamos actualmente, de crisis aguda del capitalismo, los reformistas siguen aspirando a ser gestores del capitalismo. En una situación en que ni las más mínimas reformas son posibles sin una lucha seria y contundente desde abajo, se convierten en reformistas sin reformas o abiertamente en reformistas a favor de contrarreformas, como Tony Blair, Schroeder o Felipe González en su momento. La lucha contra el reformismo sólo puede ser eficaz si ante los ojos de los trabajadores y jóvenes los revolucionarios demostramos que en el terreno de las mejoras parciales somos los luchadores más consecuentes. Una lucha triunfante de la clase obrera y de la juventud, aun por pequeñas mejoras, es un salto importante de la conciencia en su aspecto fundamental: la confianza de la clase en sus propias fuerzas. Anima a la participación de sectores más amplios en la lucha cotidiana, se amplia el horizonte de "lo posible", anima a luchas futuras. También, al oponerse a la lucha obliga a la burguesía a revelar su verdadero carácter reaccionario, cómo emplea a la policía, los medios de comunicación, los jueces, etc. Las luchas por mejoras económicas, aun cuando son encabezadas por reformistas que se han visto obligados a la lucha por intereses burocráticos, siempre ayudan a colocar a cada uno en su sitio. Si la lucha es victoriosa —cada vez más complicado con los dirigentes reformistas— se fortalece la compresión de que sólo la acción organizada puede conseguir mejoras, y eso sitúa en una posición incómoda a aquellos dirigentes que se basan exclusivamente en la política de despachos. Proclamar permanentemente la revolución contrapuesta a la lucha por las mejoras parciales es la mejor manera de que los reformistas sigan teniendo influencia de masas. Para los marxistas la lucha por mejoras parciales está ligada a la necesidad de transformar la sociedad. El pleno empleo, un salario digno, una seguridad social en condiciones, unos estudios de calidad, la reducción de horas de trabajo y un ocio creativo son reivindicaciones necesarias, inmediatas, económicas, pero a todas luces muy difíciles de conseguir bajo el capitalismo. En este contexto los reformistas, en aras del ‘realismo’ abandonan estas reivindicaciones. Los marxistas revolucionarios también en aras del verdadero realismo explicamos que el pleno empleo, la reducción de horas, sí son posibles en base a la nacionalización de la banca y de los grandes monopolios bajo control obrero, mediante una planificación democrática de los recursos económicos. Evidentemente esas medidas implican una lucha más amplia, más organizada ¡pero esa es precisamente la conclusión que hay que sacar! Las reivindicaciones tienen que cumplir dos aspectos: por un lado deben recoger necesidades sentidas ampliamente para que puedan servir como aglutinador de la lucha. En segundo lugar deben ligar los aspectos inmediatos a una perspectiva más amplia, a otras medidas que pongan en cuestión los cimientos del funcionamiento capitalista. Para esto último no es necesario inventarse nada extraordinario sino simplemente partir de las posibilidades objetivas que nos brinda el actual desarrollo de la economía y de la tecnología y situar el problema donde verdaderamente está: no en que "no hay dinero", ni que "tenemos que ser competitivos", ni nada semejante, sino en el papel reaccionario que juega la propiedad privada de los medios de producción y los límites del Estado nacional. Los reformistas sólo se acuerdan de la primera parte de las reivindicaciones, las más inmediatas, lo que generalmente les permite tener una influencia entre las masas. Oponer a esas reivindicaciones inmediatas la segunda parte, las medidas ligadas a la construcción de una sociedad socialista, es una manera de aislarse de las masas, dejar el campo libre al reformismo para seguir confundiendo al movimiento. La cuestión es ligar los dos aspectos, la lucha por mejoras inmediatas con la perspectiva de transformación socialista de la sociedad. Al principio toda una serie de aspectos de nuestras reivindicaciones podrán ser vistas como algo exagerado por una parte del movimiento pero su experiencia, la experiencia de que sus reivindicaciones más elementales chocan con el sistema, les irán acercando al programa de la revolución. Para ello es necesario estar en la lucha desde el momento en que se produce y no despreciarlas "radicalmente" por estar dirigidas por "reformistas". Efectivamente el capitalismo puede hacer concesiones parciales y temporales para evitar que el movimiento vaya más allá, para evitar perderlo todo. ¡Pero eso siempre tiene dos caras! La confirmación práctica de que la lucha sirve para alcanzar mejoras no necesariamente es un freno, puede ser un factor de ánimo. Como dice Kropotkin, en la medida en que las masas adquieren más confianza en sí mismas pueden "ampliar bravamente su programa y sus exigencias". Efectivamente una reivindicación básica siempre es algo relativo, depende de la experiencia del propio movimiento. En la Revolución Rusa en febrero de 1917 era básico reivindicar "Pan, Paz y Tierra" como lo hacían los bolcheviques, pero a partir de un momento determinado, por la propia evolución de los acontecimientos y la experiencia de la clase obrera era fundamental, para hacer posible esas aspiraciones, la reivindicación de "Todo el poder para los soviets". Las reivindicaciones inmediatas cambian. Una vez más vemos cómo lo importante es el método y no un recetario de libro aparentemente infalible y radical. Ligar las aspiraciones inmediatas con una perspectiva de lucha más amplia es fundamental para que el movimiento avance, adquiera conciencia de su papel, de las tareas que están por delante. Pero no siempre esta relación se establece fácilmente ni con la suficiente rapidez como para que este movimiento o lucha obtenga una victoria. De ahí que sea decisiva la existencia de una organización revolucionaria con una influencia de masas que haya asimilado la experiencia histórica de la lucha de los trabajadores y se haya ganado una autoridad en el propio movimiento. Se podrá estar de acuerdo o no con la Revolución Rusa, pero lo que está claro es que sin el Partido Bolchevique ésta no hubiese triunfado; hubiese sido descarrilada por los mencheviques y socialrevolucionarios (am-bos partidos eran reformistas). La idea "Todo el poder para los soviets" reflejaba el sentir mayoritario de las masas trabajadoras en un momento determinado de la lucha, en Octubre de 1917; pero los bolcheviques la defendieron desde antes, cuando todavía no estaba asumida por la mayoría de los trabajadores. Los bolcheviques confiaban en que su postura conectaría con los trabajadores en la medida en que éstos iban aprendiendo de la experiencia, de la incapacidad del gobierno Kerenski para acabar con la participación de Rusia en la guerra, para dar la tierra a los campesinos, poner fin al colapso económico y frenar a la reacción interna. Una de las acusaciones clásicas de los reformistas contra los marxistas es de reivindicar cosas "que no piensa la gente", de ser unos "visionarios", de estar desconectados de la "realidad cotidiana". De hecho uno de los métodos de los dirigentes reformistas para mantener el movimiento obrero dentro de unos límites tolerables para el capitalismo es aislarlo en luchas de barrio, de fábrica, de comunidad, evitando como a la peste un movimiento general de la clase obrera. La razón es sencilla, un movimiento general de la clase pone más en evidencia las carencias generales del sistema, exige por tanto una alternativa general al sistema que los reformistas no tienen. Durante todo el proceso de desmantelamiento industrial de principios de los años ochenta emprendido por los gobiernos del PSOE, vimos cómo los dirigentes sindicales hicieron lo posible, y lo consiguieron, para evitar un movimiento estatal de la clase obrera contra la destrucción de empleo. En lugar de organizar una lucha coordinada y contundente, empezando por una huelga general de 24 horas planteando la oposición a la destrucción de un sólo empleo, dividieron la lucha en líneas nacionales. Canalizaban el descontento con consignas como "Salvar Galicia", "Salvar Asturias", "Salvar Cantabria". Está claro que eso conectaba con un sentir general y muy inmediato puesto que comarcas enteras fueron afectadas por la desertización industrial, pero, en vez de hacer avanzar la lucha, en vez de fortalecerla unificándola en todo el país y dándole una perspectiva más amplia, la mantuvieron en compartimentos estancos, explotando los prejuicios nacionales. Un día se convocaba en una comarca, otro día en una comunidad, otro día en otra y así hasta que el movimiento descendía y se acababan las movilizaciones "porque no hay ambiente" o porque "la gente no quiere luchar más", etc. Una lucha contundente y coordinada sí hubiera podido parar esos planes, por lo menos temporalmente, pero hubiera puesto más en evidencia la necesidad de una alternativa a los argumentos del gobierno que planteaba la necesidad de acabar con el déficit, la necesidad de ser competitivos en el mercado internacional, etc. La reconversión industrial era una necesidad del capitalismo y no una necesidad de la "economía" en abstracto. La única manera de salvar los puestos de trabajo era mediante la nacionalización de las empresas en crisis bajo control obrero unido a la expropiación de la banca y de los grandes monopolios para que dentro de un plan económico en beneficio de la mayoría y no en beneficio privado se creara empleo para todos. La respuesta de los reformistas a este programa es que "no es realista", pero lo que realmente no es realista es que se resuelva el problema del desempleo y de las sucesivas reconversiones dentro del marco capitalista. En general, un movimiento puede empezar en un barrio o por un conflicto puntual, etc. Pero lo más revolucionario es intentar hacerlo lo más amplio posible y ligar esas reivindicaciones a otras que demuestren que sí es posible resolver los problemas pero que eso implica una lucha contra el sistema. Eso no significa abandonar el objetivo de conseguir mejoras puntuales, pero sirve para elevar el nivel de participación y de compresión de las causas de fondo de los miles de problemas que acechan a la juventud y a los trabajadores día a día. Curiosamente los reformistas siempre han considerado el programa marxista como algo "ajeno a lo que piensa la gente". Se basan en que las masas "no piden la nacionalización de la banca", o no "ven" convocar una huelga general, o no "apoyan" la lucha por el socialismo, todo para inhibirse de sus responsabilidades. El oportunismo es una característica básica del reformismo. Por otra vía distinta el anarquismo también acusa al marxismo de lo mismo porque "introduce reivindicaciones desde fuera", "porque defiende un programa discutido en un partido", etc.; de esa manera el oportunismo se hace más estridente, con una envoltura más radical, pero es oportunismo al fin y al cabo. No es ninguna casualidad que la idea de que "la revolución tiene que empezar por uno mismo" sea común tanto del anarquismo como del reformismo. Para el reformista esa idea va de perilla porque "mientras la gente no cambie" ellos no se ven en la obligación de plantear ninguna revolución general. Para el anarquista lo fundamental es garantizar la integridad del individuo, que no puede ser violentado por una dinámica de lucha en la que los intereses de clase estén por encima de los intereses individuales. Una lucha amplia y seria del movimiento obrero necesariamente implica formas de movilización y de organización que sobrepasan con creces los esquemas organizativos de laboratorio de la doctrina anarquista (un movimiento "sin líderes", "sin política", "sin partidos") de ahí que la tendencia de los movimientos anarquistas sea limitar la lucha y sus perspectivas, manteniendo así su "pureza" y al mismo tiempo su esterilidad, o si efectivamente esta lucha alcanza un nivel más amplio y ellos están en la cabeza de la misma incumplen punto por punto todo el abecé de su ideario organizativo.
¿Son aceptables los acuerdos? ¿Qué aporta el anarquismo en el terreno de la lucha práctica? Generalmente nada en positivo porque la defensa organizada de una táctica determinada, según la concepción anarquista, va en contra de la espontaneidad. Que cada uno haga lo que quiera. Ahora bien en negativo el anarquismo sí ha hecho una serie de aportaciones que pasaremos a analizar. Por ejemplo el anarquismo está en contra de todo "acuerdo". Como en muchos otros aspectos que ya hemos analizado y que no vamos a repetir, el anarquismo analiza las formas al margen de su contenido convirtiendo la negativa al acuerdo como un fetiche moral en defensa de la pureza revolucionaria. Veamos hasta dónde llega el razonamiento sin caer en el absurdo. Para los anarquistas todos los acuerdos significan la aceptación del sistema. ¿Pero qué es un acuerdo? Podemos decir que es un pacto temporal entre dos partes. Veamos, cuando alguien trabaja en una empresa en realidad acepta implícitamente un pacto con el empresario: tantas horas de trabajo por tanto salario. ¿Es un pacto justo? En absoluto, en realidad el empresario sólo paga parte de la riqueza generada por el trabajador con su trabajo, el resto se lo queda él. ¿Diríamos en este caso que con este pacto el trabajador ‘está reconociendo el sistema de explotación capitalista’ y que por lo tanto es un ‘traidor’ que favorece con su actitud la permanencia del sistema? Todo suena radical, sí. Radicalmente estúpido. Nadie en su sano juicio —o totalmente desligado de la realidad cotidiana de millones de trabajadores— razona así. Los trabajadores tienen que comer, alimentar y vestir a sus hijos y por lo tanto ‘pactan’ pero eso no significa que lo acepten de buen grado. En el momento que considere oportuno, examinando factores ligados a la correlación de fuerzas con el empresario (ánimo en la plantilla, nivel de organización sindical, contexto general de luchas, etc...), no a consideraciones de tipo moral, se lanzará otra vez a la lucha. El carácter más inmediato o más general de las aspiraciones de esta lucha dependerá siempre de muchos factores. Hay acuerdos y acuerdos. Pero esos son positivos o negativos dependiendo de factores que van mucho más allá del acuerdo ‘en sí’. Las luchas tienen su propia dinámica y lo fundamental es analizar la correlación de fuerzas de cada momento. ¿Es un mal pacto un 5% de aumento salarial neto? Depende. Por ejemplo en un caso hipotético en que la lucha ha llegado a una ocupación total de las fábricas, millones de trabajadores se han manifestado durante días en la calle, el ejército se descompone y una parte de los soldados dan muestras de simpatías en la lucha..., en fin una situación en la que se impone acabar con el poder de la burguesía, qué duda cabe que aceptar un 5% de aumento salarial es una verdadera traición. Evidentemente es un ejemplo extremo pero es útil para comprender el carácter relativo de los pactos. Actualmente la mayoría de los pactos a que los dirigentes sindicales llegan con la patronal y el gobierno son negativos. Pactos como la reforma del mercado laboral, las pensiones, el pacto de Toledo, implican un retroceso en los derechos conquistados por los trabajadores en el pasado y han sido presentados como grandes conquistas por los propios dirigentes sindicales. Pero para combatir eso no sirve de nada limitarse a gritar a los dirigentes "traidores, traidores"...; eso no es ningún programa de lucha y con eso no se construye nada ni se añade nada a lo que todo el mundo puede ver con sus propios ojos. Hay que demostrar que la lucha podía haber ido más allá, poner ejemplos de luchas internacionales, demostrar dónde está el dinero para nuestras reivindicaciones, basarse en los sectores que ya están movilizados, organizar mejor y extender el movimiento, dotarlo de un programa serio y objetivos claros, apelar directamente al conjunto de la sociedad, etc. La única forma de restar la influencia y el apoyo de los dirigentes reformistas es demostrando que se puede ganar y luchando hombro a hombro con los trabajadores en sus organizaciones de clase. El problema fundamental de las luchas no es la incapacidad de los trabajadores y de la juventud de ir más allá, sino sus direcciones. Por tanto la alternativa en positivo y el método no sectario hacia las organizaciones obreras es fundamental para que las ideas revolucionarias vayan alcanzando más posiciones.
Acción individual o acción de masas Curiosamente el anarquismo, que obtuvo una cierta prórroga histórica como reacción al oportunismo reformista, comparte con éste sin embargo una raíz común: la desconfianza total en que las masas puedan jugar un papel revolucionario. Los reformistas, al desconfiar en la capacidad revolucionaria de los trabajadores, tienden a intentar maniobrar con el aparato burgués y acaban utilizando sus instituciones como un fin en sí mismo. Creen que así pueden cambiar gradualmente el sistema pero, carentes de la fuerza de la clase obrera y desligados de ella acaban convirtiéndose en un juguete de la burguesía, muy útil en momentos determinados. El anarquismo reacciona frente al reformismo con una fraseología radical pero es incapaz de atraerse a las masas. El anarquismo, al no comprender el proceso de toma de conciencia de los trabajadores, que es un proceso objetivo, acaban despreciándoles también y responsabilizándoles de la pervivencia del sistema. Así la "masa" se contrapone al "individuo" como el elemento pasivo al elemento activo. La incomprensión de los procesos de toma de conciencia lleva a la desesperación, a la acción individual y al terrorismo: "la acción individual" contrapuesta a la acción de masas. La compresión de los procesos, la intervención en los acontecimientos, pierde todo el sentido en la dinámica de la "acción individual". En aras del realismo sustituyen la política por la química y la "violencia" que se convierte una vez más en un fetiche totalmente desligado de los demás elementos del proceso. Johann Most, un anarquista de finales del siglo XIX que se afincó en EEUU, publicó un folleto en 1885 titulado significativamente: "Ciencia de la guerra revolucionaria: Manual de instrucción en el uso y preparación de nitroglicerina, dinamita, algodón, pólvora, mercurio fulminante, bombas, fulminantes, venenos, etc., etc.". Ese apasionado de la "acción individual" decía que "al proporcionar la dinamita a los millones de oprimidos del globo, ha hecho la ciencia su mejor obra. La preciosa sustancia puede llevarse en el bolsillo sin peligro, al tiempo que es un arma formidable contra cualquier fuerza militar, policía o detectives que se propongan ahogar el grito en favor de la justicia que surge de los esclavos víctimas de la explotación". Sin embargo la química no ha podido sustituir a la política ni, como diría Trotsky, la educación política no puede ser sustituida por la sensación política. Los marxistas no estamos en contra del terrorismo individual por razones morales sino porque dificulta el proceso de toma de conciencia y altera la correlación de fuerzas entre la burguesía y la clase obrera a favor de aquélla. La lucha contra el Estado burgués jamás será victoriosa si se enfoca como un simple combate de individuos armados contra el conjunto del sistema. La ‘fuerza física’ es el lado menos vulnerable del Estado. Ningún individuo ni comando especial puede reunir más fuerzas que el ejército y la policía. Las ‘bajas’ causadas con el asesinato de generales, empresarios u otros representantes del Estado burgués, son rápidamente sustituidas. En cambio las bajas que la represión puede causar entre los jóvenes y trabajadores luchadores son mucho más dañinas y difíciles de restituir. La experiencia de las acciones de ETA son enormemente esclarecedores acerca de los efectos perniciosos que produce el terrorismo individual. Los atentados terroristas no sólo no ayudan, sino que dificultan tremendamente la compresión del auténtico carácter de clase que tiene el Estado. El terrorismo individual, que es un fenómeno que tiene raíces políticas, no es la causa de la represión, la responsabilidad de ella es de la burguesía, pero los atentados facilitan la tarea de justificar las medidas represivas ante la población. Ayudan a justificar la aplicación de medidas reaccionarias, el reforzamiento del aparato represivo; medidas todas que luego no sólo se utilizan contra los grupos terroristas sino contra el movimiento obrero, juvenil y sus organizaciones. En la medida que los grupos terroristas, o los grupos de ‘conspiración’ basados en métodos individuales, fracasan en su enfrentamiento con el Estado ayudan a fortalecer la idea de que el Estado burgués es fuerte, indestructible. Fortalecen la idea que más tenemos que combatir. La acción directa organizada de las masas, aun con objetivos modestos, tiene un valor infinitamente más importante que la espectacularidad de la acción individual. La lucha reivindicativa basada en las huelgas, en las manifestaciones ponen en evidencia las contradicciones de todo el sistema, más allá del odio individual a sus representantes. Además, las organizaciones de tipo terrorista, que conspiran en pequeños grupos y en la clandestinidad, tienden a crear un modo de vida propio, desligado de la lucha diaria de las masas, el mejor caldo de cultivo para el desarrollo de vicios burocráticos. Los marxistas no renunciamos al uso de la fuerza para defendernos de las agresiones de la burguesía, pero sabemos que incluso el pilar fundamental del Estado burgués, el ejército, sufre en su seno la polarización entre las clases que se da en situaciones revolucionarias. Todas las revoluciones provocan tensiones en líneas de clase dentro del aparato del Estado, especialmente del ejército. Esta escisión puede llegar tan lejos como vimos en la revolución en Portugal en 1974 en la que los soldados y suboficiales se unieron a los trabajadores y a los jóvenes dejando a la burguesía totalmente impotente para recuperar el orden. Cuando un movimiento revolucionario alcanza proporciones verdaderamente de masas, con objetivos claros y una dirección decidida, la destrucción del Estado burgués puede ser una tarea relativamente pacífica. La revolución rusa es otro ejemplo de cómo se destruyó la otrora todopoderosa maquinaria represiva del Estado zarista sin apenas derramamiento de sangre, insignificante comparado con los accidentes laborales, los millones de muertos por hambre y enfermedad o las víctimas inocentes de las agresiones imperialistas que se producen bajo el capitalismo.
¿Son necesarios los dirigentes? Llegados a este punto el argumento de los anarquistas podría ser: "sí, toda la crítica que habéis hecho al reformismo está bien, pero tiene un problema: vuestra alternativa no elimina los líderes, ni los partidos, ni la disciplina, ni todos aquellos elementos de autoritarismo que ahogan al individuo". Efectivamente, para el anarquismo una buena parte de nuestro razonamiento contra los reformistas nos la podíamos haber ahorrado puesto que el problema fundamental de la lucha es el carácter "vertical" de las organizaciones, etc. Los revolucionarios consideramos necesario y positivo, porque ayuda a ese proceso de toma de conciencia, estar organizados políticamente. No todos los trabajadores y jóvenes llegamos simultáneamente a la conclusión de la necesidad de transformar la sociedad. Diferentes experiencias, tradiciones familiares, características individuales, el enorme peso de la rutina, las presiones de la vida laboral, hacen que esto sea así y es inevitable que una minoría llegue a conclusiones de que esta sociedad está caduca históricamente, que es necesario acabar con el sistema capitalista, antes de que lo haga el conjunto de la clase. La revolución jamás puede ser obra de una minoría ¿pero no sería absurdo que los sectores de la juventud que ya han llegado a la conclusión de que hay que hacer la revolución no se organizasen para transmitir esa idea al conjunto de su clase? ¿No sería absurdo pensar que los sectores más avanzados de la juventud y de los trabajadores se considerasen un producto ‘ajeno’ a esta misma clase? Por último ¿no es razonable pensar que cuanta más influencia tenga el sector más avanzado y más decidido de la clase trabajadora sobre el resto, en mejores condiciones estará el conjunto de la clase obrera para hacer frente a los ataques de la burguesía? El anarquismo afronta estos razonamientos con dos aspectos contradictorios entre sí: primero en la teoría dicen que independientemente de la táctica, programa.... la actuación de cualquier grupo político (sea de derechas, de izquierdas, reformista o marxista) es negativo por definición, porque cualquier grupo político, por el hecho de serlo, manipula la voluntad de los individuos. En segundo lugar los propios anarquistas se organizan políticamente (aunque no reconocen esta fatal contradicción que seguidamente demostraremos) para defender otros métodos de lucha determinados. Hasta qué punto el anarquismo mitifica la forma en detrimento del fondo e incluso es incapaz de comprender la forma que adquieren los procesos complejos en la realidad se ve claramente en esa diferencia entre lo que predican y lo que practican. En su ataque contra los "partidos políticos" (sin ninguna distinción de clase), los anarquistas atacan sus manifestaciones, es decir su organización (que estrangula la espontaneidad) y sus líderes (que tiene como consecuencia, siempre según los anarquistas, la sumisión de los demás a los jefes). Reflexionemos un poco: cualquier persona que se haya preocupado de conocer mínimamente la historia del movimiento obrero y de la primera internacional sabe que Bakunin organizó una alianza secreta dentro de la I Internacional, la Alianza por la Democracia Socialista, por cierto, altamente centralizada y conspirativa. Dentro de la CNT, por no hablar de la CNT misma, existía otra organización política, la FAI, independientemente de que se presentara o no a las elecciones. Aparte de nuestras discrepancias con el programa de la FAI, el hecho es que ésta era una organización abiertamente política y enormemente autoritaria aplicando los propios parámetros anarquistas. Veamos las apreciaciones que hacía César M. Lorenzo sobre la FAI: "Estructurada de manera muy poco estricta, a base de grupos autónomos compuestos por docenas de hombres por término medio, contaba con un Comité Peninsular... que hacía las veces de órgano de enlace... Su verdadera cohesión procedía de la intransigencia ideológica de sus miembros, enemigos feroces de la autoridad, de la jerarquía, de la política, del Estado, de la acción legal y de la contemporización. Los "faístas" emprendieron la conquista de la CNT, imponiendo su radicalismo, la violencia de su lenguaje, sus críticas incesantes, predicando cada día para el siguiente la revolución social... (...) Su verdadero epicentro se situó en Cataluña, cuna y hogar siempre ardiente del movimiento libertario. Y no iba a tardar en convertirse en un ‘Estado dentro del Estado’ en el seno de la CNT"*. Como vemos toda una oda al espontaneismo. Es de destacar que el hecho de que la FAI empezara como "grupos autónomos" no impidió que acabaran siendo un "Estado dentro del Estado". Pretender que la FAI, cuya cohesión se basaba en "la intransigencia ideológica de sus miembros", fuera un grupo apolítico, es poco menos que ridículo. Finalmente, lo más significativo de todo eso es que, aparte de contradecirse con los postulados antiautoritarios que conforman los pilares del anarquismo, toda la "intransigencia contra el Estado y la contemporización" no impidió que en los momentos decisivos de la Revolución española los dirigentes de la CNT contribuyeran a la reconstrucción de Estado burgués y contemporizaran con los postulados del estalinismo y del reformismo, como ya hemos explicado en páginas anteriores. El movimiento anarquista siempre ha tenido sus propios líderes. ¿No era un líder, por su autoridad moral y su capacidad de inspiración, Bakunin? ¿No era un líder Durruti? ¿No fue un individuo con la capacidad, la trayectoria y la experiencia suficientes para organizar a decenas de miles de milicianos en el frente de Aragón para hacer frente a los fascistas? Si eso no es un líder ¿qué es? Es más, ¿qué anarquista, en su sano juicio, consideraría negativo la existencia de este tipo de líderes, en plena batalla contra los fascistas? ¿Acaso no sería mejor mil líderes como Durruti? Por último, ¿acaso Durruti no tenía que tomar decisiones en plena batalla? ¿Acaso cualquier cambio táctico del enemigo no implicaba la necesidad de tomar decisiones que afectaban a otros individuos? El ejemplo militar también es aplicable en tiempos de paz, en el que la lucha de clases no desaparece. Todo eso parece obvio. El movimiento anarquista tenía sus líderes, tenía su estrategia, su táctica, en definitiva su propia política. Si a consecuencia de sus postulados teóricos —a todas luces impracticables— no daban a la lucha política todo el empuje necesario, si a consecuencia de sus prejuicios no daban la suficiente cohesión al movimiento, eso es otra discusión, pero lo que es innegable es que pese a todo —incluso la defensa del abstencionismo político— el movimiento anarquista era un movimiento político con todas sus manifestaciones. ¿No sería verdaderamente patético que una organización que agrupaba millones de trabajadores, los más combativos, no pudiesen tomar decisiones y llevarlas a la práctica para no incurrir en el pecado del ‘autoritarismo’? No era cierto que estas decisiones, cualesquiera que fuesen, afectaban la voluntad de otros ‘individuos’ que pudiesen tener ideas contrarias. ¿Acaso no podemos llegar finalmente a la conclusión de que sin organización, sin actuar de una forma coordinada, sin la aceptación por parte de la minoría de las decisiones de la mayoría, sin delegar tareas determinadas, la clase obrera se limitaría simplemente a ser una masa indefensa de explotados a merced de las decisiones de la burguesía? Los trabajadores y la juventud sólo despliegan todo su potencial revolucionario cuando actúan colectivamente, como clase. Hay un principio del materialismo dialéctico según el cual el todo no es la simple suma de las partes. Eso es verdad en la naturaleza y en la sociedad. El hecho de que la clase obrera tienda precisamente a actuar como clase, de una forma colectiva, sacrificando sus intereses e inclinaciones individuales por los intereses generales, es una característica peculiar de la clase obrera que la distingue de las demás clases sociales, que surge, como hemos apuntado anteriormente, de su posición en la producción. Un trabajador sabe que el sistema ferroviario de un país, por ejemplo, no podría funcionar sin un determinado grado de organización. Tiene que haber una determinada división del trabajo, unos horarios de trabajo, alguien tiene que decidir qué tren tiene la preferencia de paso cuando coinciden en su trayecto por una sola vía. La autoridad y la disciplina también es necesaria para su funcionamiento, hay que aceptar unos horarios de entrada y de salida. Si un individuo se dedicara a cambiar los semáforos de las vías graciosamente, siguiendo su libre albedrío, todos estarían de acuerdo en que este empleado, muy a pesar de sus derechos individuales, debe ser apartado del trabajo. No sólo en la esfera de la economía, también en la esfera de la lucha sindical y política los trabajadores distinguen muy bien entre la disciplina impuesta por el patrón a la disciplina necesaria para la lucha, a la disciplina proletaria. Esto es una característica de la clase tan poderosa, tan arraigada, tan necesaria para dar cualquier paso efectivo en el terreno de la lucha que se reflejó en las propias organizaciones anarquistas, en la medida en que éstas estaban formadas por trabajadores y tenían una militancia masiva. Cuando una asamblea de trabajadores decide si ir a la huelga o no, lo hacen por decisión mayoritaria. Si en plena lucha contra el patrón, en la que es necesaria la máxima unidad de la plantilla a alguien se le ocurriera defender el ‘derecho individual’ de los esquiroles a romper la huelga y ponerse a trabajar, seguramente sufriría en sus carnes todo el peso autoritario de la clase obrera. Y le estaría bien empleado. Si cuando los trabajadores de esta misma fábrica deciden elegir un comité de huelga, compuesto por los trabajadores que han demostrado más capacidad de lucha, más capacidad de expresión, tener más ideas, alguien saltara diciendo que la existencia del comité en sí mismo es un acto de traición, que los trabajadores se representan a sí mismos y que por lo tanto no necesitan que nadie hable por ellos, con toda seguridad le tacharían de un agente provocador de la policía o del patrón. El problema no son los "líderes" en abstracto, sino qué política defienden, cómo actúan, qué capacidad de control existe por los trabajadores sobre esos líderes, qué posibilidad hay que del propio movimiento, por su capacidad y abnegación, surjan personas que puedan jugar un papel destacado ayudando a su éxito. Para el marxismo la organización tiene que estar supeditada a los objetivos de la revolución. ¿Para qué sirve una organización sin líderes, sin mayorías ni minorías, sin decisiones? Eso se convertiría en un impotente grupo de discusión y en la sociedad no faltará quien se sienta atraído por ello. Pero pensar que ese debe ser el modelo de lucha de la juventud y de la clase obrera es otra cuestión.
La lucha contra la burocracia La lucha contra el burocratismo y contra los dirigentes con afán de privilegios constituyen una obligación en toda organización revolucionaria. Pero esa lucha sólo se puede realizar con ideas, con participación, con un programa. Las ideas jamás pueden ser sustituidas por bonitos "modelos horizontales" organizativos. Por cierto, el reformismo y el estalinismo también encubren su control burocrático con ese tipo de engaños, con "modelos federales" y "descentralizados", cuotas femeninas, listas abiertas, etc. Para el marxismo, sin democracia, sin participación, es imposible crear un movimiento revolucionario. Pero a eso hay que añadir algunas cosas más: nivel político, un programa revolucionario, unas perspectivas correctas...; sin eso una organización abandona el programa de la revolución, se burocratiza inevitablemente y ningún método organizativo, por sí sólo, puede evitarlo. Ni siquiera la cuestión de los liberados es un tema que se puede abordar en abstracto. La burguesía tiene su propio aparato propagandístico, tiene sus medios escritos, tiene una cantidad ingente de recursos técnicos y humanos a su servicio. La clase obrera tiene que enfrentarse a todo eso en su lucha cotidiana y en los momentos decisivos. ¿Acaso no es algo positivo que las organizaciones sindicales, los partidos obreros, lidien por tener el máximo de medios humanos y técnicos al servicio de las ideas revolucionarias? ¿Acaso no sería positivo para un verdadero movimiento independiente de la clase obrera tener su propia prensa, sus propios especialistas en cuestiones legales, sus propios locales, su propio aparato? ¿Acaso no es más positivo para el movimiento que las personas que han demostrado más capacidad para desarrollar, organizar y orientar la lucha puedan dedicar todo el tiempo a ello, y no sólo el tiempo que le resta después del trabajo? Desde luego que la existencia de una cantidad enorme de liberados en una organización obrera, sin el control de su base, sin que quede claro que están al servicio de la organización y de la lucha, con privilegios salariales y materiales respecto a las condiciones generales de los trabajadores, acaban convirtiéndose en un factor muy perjudicial para el movimiento. Es un factor más para la burocratización de una organización. Un factor más porque no es el único; en una organización, puede haber control burocrático, formal o informal, sin que exista ni un sólo liberado. Y eso no es cierto sólo en las grandes organizaciones sino en las pequeñas. Muchas veces la informalidad, las organizaciones en las que nadie es responsable de nada, la inexistencia de un organismo al que se le pueda exigir responsabilidades, es el mejor caldo de cultivo para un control burocrático de hecho por parte de una pequeña minoría. Al final acaba decidiendo el que más experiencia tiene, el que más autoridad tiene, pero sin ningún tipo de mecanismo efectivo de participación y de control por parte de los demás. Eso puede darse incluso en una asociación de vecinos, en un equipo de fútbol sin la existencia, insistimos, de ningún liberado. En la situación actual la lucha contra la burocratización de los sindicatos no pasa por plantear que desaparezcan "los aparatos", "los liberados", o "los dirigentes" en general. Por cierto, en ese mismo tipo de propaganda se basa la demagogia fascista. En un momento determinado, cuando la mera existencia de sindicatos o de un cierto nivel de organización de los trabajadores es un estorbo para los planes empresariales, la burguesía pasará a la ofensiva ideológica contra la existencia de sindicatos en las empresas, las subvenciones, los "liberados", el acoso de los "aparatos sindicales" a la libre empresa, etc... Lo hará con el objetivo de desorganizar el movimiento, de atomizarlo, de confundirlo. Su táctica se basa en oponer a los sectores más atrasados de la clase a los más avanzados, los más organizados. Independientemente de que el planteamiento anarquista no tiene esas intenciones, lo importante es la lógica interna que esos planteamientos implican. Unas consignas determinadas acaban determinando la composición de un movimiento y un movimiento basado en ideas antiorganización, antiliberados, antidirigentes puede atraer, temporalmente, a sectores luchadores de la juventud pero, inevitablemente, también resulta un referente óptimo para todo tipo de elementos desclasados, "quemados" por el sistema pero incapaces de construir nada. El problema no es que los sindicatos tengan un aparato, tengan liberados, etc.; el problema es para qué los tienen, cómo se utilizan, y efectivamente en una mayoría de casos son instrumentos para la paz social, la desmovilización y la colaboración de clases. La cuestión no es negar la utilidad de estos medios, sino el hecho de que estos medios no se utilizan para fines revolucionarios, de impulsar la lucha, organizar el movimiento y elevar el nivel de conciencia de la clase obrera. Por ejemplo ¿qué podrían hacer los sindicatos frente a la privatización de la Sanidad que el PP está poniendo en marcha a través de las Fundaciones? ¿No podrían responder sacando millones de panfletos explicando y denunciando estas medidas? ¿No podrían organizar debates en todas las empresas importantes, en todos los barrios? ¿No podrían impulsar la creación de comités en defensa de la sanidad pública para preparar movilizaciones contra esa medida? ¿No podrían poner a su disposición el conocimiento y los datos de decenas de médicos y especialistas simpatizantes o afiliados a los sindicatos para demostrar que se utiliza la medicina como un negocio más? ¡¿Qué no podrían hacer con todos los medios que tienen?! El problema no son "los liberados", el problema es qué tipo de liberados, sobre qué criterios políticos y organizativos se forman. Lo que hay que hacer por lo tanto no es acabar con los "sindicatos mayoritarios" ¡ya quisieran los empresarios que ni siquiera existieran sindicatos! Lo que hay que hacer es recuperarlos para la lucha, para los intereses de los trabajadores. Lo que hay que hacer es poner el aparato a disposición de los trabajadores y no al revés. Eso sólo se puede hacer ofreciendo una alternativa en positivo y dentro de los sindicatos, por supuesto no para convencer a los dirigentes sino para convencer a los trabajadores que ahí participan. Salir de los sindicatos de clase, crear sindicatos "rojos", "puros", "no contaminados", es aislar a la vanguardia del conjunto de los trabajadores, y por tanto, dejar el terreno despejado a la burocracia para que siga controlando estas organizaciones a su antojo.
Las asambleas Los marxistas defendemos las asambleas y la participación democrática de los jóvenes y los trabajadores en la toma de decisiones, frente a los métodos burocráticos de las direcciones reformistas. De hecho las acusaciones de los anarquistas contra el marxismo en esta cuestión no tienen ningún fundamento; el problema es que para los anarquistas el método asambleario se ha convertido en un ritual formalista. En primer lugar una asamblea es un instrumento de participación y de decisión y de lucha del que se ha dotado el movimiento obrero desde su existencia, no es por lo tanto un invento anarquista. En una asamblea de trabajadores en una fábrica pueden participar todos los trabajadores, de todos los sectores de la empresa, y de toda procedencia política o sindical, estén organizados o no. Lo bueno de la asamblea es que une a todos los trabajadores en un mismo organismo. Pero la asamblea no está contrapuesta por lo tanto a la existencia de organizaciones políticas y sindicales, ni a la delegación de tareas, ni a la política, ni nada similar. En una asamblea se debaten las diferentes propuestas y luego se toman decisiones para luchar, o bien por un convenio, por reivindicaciones políticas o de solidaridad. Sin esa dinámica, sin ese contenido, sin ese sentido la asamblea se desvirtúa. No es lo mismo una asamblea de 500 que una asamblea de 5. No es lo mismo una asamblea donde sólo se debata pero no se tomen decisiones. No es lo mismo una asamblea en la que nadie se responsabilice de nada, a que se tomen medidas prácticas para ejecutar lo que se decide. En definitiva, no es lo mismo una asamblea en el sentido que hemos descrito a un simple grupo de discusión. Las propuestas de los partidos y de los sindicatos no sólo no tienen por qué entrar en contradicción con la participación y el funcionamiento de las asambleas sino que pueden impulsarlas y dinamizarlas. De hecho eso ocurre así porque los sectores más inquietos del movimiento suelen estar organizados. En la Transición, las asambleas de fábrica ligadas a luchas por mejoras de las condiciones, de lucha contra la dictadura, de solidaridad internacional..., fueron organizadas por afiliados a los sindicatos y partidos obreros, especialmente por militantes del PCE. Ciertamente puede ocurrir y ocurre, que los dirigentes de los sindicatos eviten esas asambleas para que su política no sea cuestionada por los trabajadores, que se tomen decisiones al margen de la opinión de los trabajadores, a espaldas de los trabajadores. Eso está mal y hay que denunciarlo activamente. Hay que fomentar las asambleas y no sólo eso, sino también que el contenido de las asambleas sea el que interese a los trabajadores y a la lucha. Convertir las asambleas en algo contrapuesto a los partidos de izquierda (en realidad los partidos de derechas no van a las asambleas de trabajadores), hasta el punto de defender su desaparición o que los miembros de estos partidos no se puedan expresar como tales en las asambleas, no puede ser más reaccionario y es un indicativo de hasta qué punto, mediante el ideario anarquista, se puede llegar a las formulaciones más autoritarias imaginables. Con la lógica del razonamiento anarquista sobre las asambleas se puede llegar al absurdo de que una "asamblea" de diez personas o cien, da igual, decida lo que puede hacer o no un grupo político determinado. En realidad, muchas "asambleas" convocadas por los anarquistas, sobre todo en el ámbito universitario, en las que no hay ni orden del día y se tienen discusiones interminables sobre la "verticalidad" u "horizontalidad" de las organizaciones, sobre lo imprescindible que es la inexistencia de "líderes", aburren y repelen a la gente normal que realmente quiere luchar y que acaba no participando en este tipo de asambleas. Con lo cual podríamos llegar a una situación en la que toda la autoridad de la sacrosanta asamblea —en realidad una reunión anarquista— es empleada para desautorizar, incluso para limitar y prohibir a los que plantean otras ideas y propuestas por el hecho de ser militantes de partidos. Los anarquistas, según ellos mismos, nunca son militantes de partidos. En realidad se organizan en torno a unas ideas, tienen una concepción de la sociedad, de los métodos de lucha, pero nunca crean partidos. Los partidos siempre son los otros. Ellos sólo son una suma de individuos. Pero los individuos que defienden organizadamente otras ideas que no son anarquistas ya pierden el estatus, también sacrosanto, de individuo; automáticamente es un borrego, una mera "correa de transmisión". Ahora bien, en el caso de que los anarquistas estén en minoría en una asamblea y ésta se decida por una acción o método de lucha determinado, contrario a los planteamientos anarquistas, entonces la asamblea "está manipulada", "no es auténtica", "ha sido organizada verticalmente" tal vez porque existía un moderador o porque la ha convocado un "partido". Las asambleas no se pueden convocar, hay que "autoconvocarlas" como hacen ellos (quien lo entienda que nos lo explique). En el caso de que todos los trucos anteriores les salgan mal —porque los métodos anarquistas son en el fondo trucos organizativos para encubrir su incapacidad de convencer con argumentos— siempre se puede actuar al margen de las decisiones de cualquier asamblea poco ortodoxa, según los parámetros anarquistas, apelando al principio de la libertad individual para hacer lo que a uno le de la gana. Los marxistas sí creemos que las asambleas de fábrica, de facultad o de instituto son un aspecto clave de cualquier lucha. Es el mecanismo por el que se deciden todos los aspectos de la lucha. Somos los primeros en impulsarlas precisamente porque tenemos la confianza de que nuestras ideas son correctas. Podemos equivocarnos, podemos quedar en minoría y respetaremos sus decisiones. ¿Quién decide la convocatoria de una huelga en cada fábrica, en cada instituto, hecha por un sindicato? Lo deben decidir los propios estudiantes, los propios trabajadores de una fábrica. Eso es abecé. Pero eso no significa que las diferentes organizaciones no puedan proponer, defender e incluso convocar actos, movilizaciones... que luego pueden ser secundados o no por las asambleas. Para la concepción anarquista eso no es democrático. ¿Qué es lo democrático entonces? Más concretamente, ¿cuál sería el modelo democrático de convocatoria de huelga general de trabajadores en un país determinado según la lógica anarquista? ¿Quizás deberían "autoconvocarse" asambleas en todas las empresas, facultades e institutos espontáneamente y simultáneamente? ¿Quizás habría que esperar que de todas las asambleas saliesen las mismas reivindicaciones fundamentales? ¿Quizás habría que esperar que todas las asambleas decidiesen un mismo día de huelga casualmente? ¿No está eso alejado de las tradiciones de lucha que el propio movimiento ya ha manifestado? ¿No es eso un planteamiento que si por alguna extraña razón fuera seguido por el movimiento obrero acabaría siendo su propio fin, su total dispersión? ¿No es por esa misma razón que el movimiento anarquista no puede dirigir un movimiento amplio de la clase obrera sin contradecir punto por punto sus modelos organizativos teóricos? Las asambleas deben ser impulsadas, la participación debe ser fomentada, eso es un instrumento fundamental de cualquier lucha. Pero en esa misma afirmación reside la contradicción del planteamiento anarquista. Si se debe impulsar, alguien lo tiene que hacer. Los anarquistas se creen que el grupo que las impulse, llámese partido, sindicato, asociación, o lo que sea, va a dejar de serlo por hacer esa convocatoria desde el anonimato, con panfletos sin firmar, y otra serie de medidas de "autoconvocatoria". En realidad esto es jugar al gato y al ratón con los términos. |
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| III. El Estado |
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Documentos El Militante |