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Fundación Federico Engels .. |
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STALIN Y LA
SEGUNDA GUERRA MUNDIAL
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Stalin como intendente militar de
Hitler
Existen
muchas equivocaciones sobre la Segunda Guerra Mundial, especialmente,
relacionadas con el papel de Stalin. El intento de presentarle como “un
gran líder bélico” está basado en pura mitología. En realidad,
con su política, Stalin consiguió poner a la URSS ante un peligro mayor. A
finales de los años treinta la guerra era algo inevitable. Antes de que
fuera asesinado por un estalinista, León Trotsky explicó que todos los
marxistas debían defender a la Unión Soviética, pero también explicó
que la única defensa real de la URSS era la preparación sistemática del
terreno para el derrocamiento del capitalismo en occidente. La clase
obrera internacional debía defender a la URSS frente al imperialismo,
pero el mayor peligro para la Unión Soviética era la propia camarilla de
Stalin. En un corto espacio de tiempo estas palabras demostraron ser
completamente correctas. A
diferencia de Lenin, que siempre defendió una política internacionalista
inflexible, la política exterior de Stalin estaba dictada por estrechas
consideraciones nacionalistas. Su política consistía en una serie de
maniobras con los imperialistas y sacrificó los intereses de la revolución
en occidente ante los supuestos intereses de la Unión Soviética. En
realidad, estas maniobras no eliminaron el peligro de la guerra,
sino que los aumentaron enormemente. Mientras que Lenin y Trotsky
basaban la política exterior del estado soviético a la perspectiva de la
revolución mundial, con tal propósito crearon la Comintern, pero Stalin
desconfiaba de la clase obrera mundial y no tenía tiempo para la
Internacional Comunista. Trató a esta última no como un vehículo para
la revolución mundial sino como un simple instrumento en manos de la política
exterior rusa. La utilizó como un trapo sucio y después la desechó
desdeñosamente. En 1943 la disolvió ignominiosamente sin ni siquiera
convocar un congreso. Como
siempre, los llamados realistas siempre se convierten en utópicos sin
esperanza. El abandono de la política leninista y del internacionalismo
proletario en favor de maniobras diplomáticas sin principios, puso a la
URSS en un gran peligro. Constantemente socavó las luchas revolucionarias
de la clase obrera en China, Alemania, Francia y sobre todo en España,
Stalin creó las condiciones para la victoria de la reacción fascista en
un país tras otro. La derrota de la clase obrera española eliminó el último
obstáculo en el camino de la nueva guerra europea. Esto hizo inevitable
la guerra contra la URSS. Después
de la derrota de la clase obrera española, los “aliados democráticos”
de la URSS alentaron a Hitler para que satisficiera su apetito volviéndose
hacia el Este. Le permitieron rearmarse y ocupar la región del Rin y
Austria sin un murmullo. En 1938 el primer ministro británico,
Chamberlain, firmó el infame acuerdo de Munich que permitía a Hitler
absorber Checoslovaquia. La clase dominante británica dio luz verde a
Hitler para que atacara la URSS. Ante el temor de un ataque alemán,
Stalin rápidamente abandonó sus maniobras con Gran Bretaña y Francia y
firmó un pacto con Hitler. La
firma del Pacto Hitler-Stalin en otoño de 1939 fue un bofetada en la cara
para la clase obrera mundial y para el movimiento comunista internacional.
Por otro lado, las denuncias del pacto por las llamadas “democracias
europeas” sólo eran hipocresía. En términos diplomáticos las
acciones de la URSS tenían un carácter puramente defensivo. Pero la
forma en que se comportó Stalin realmente era una traición. Mientras que
es permisible que un estado obrero se comprometa en maniobras con los
estados burgueses, incluidos los más reaccionarios, bajo ninguna
circunstancia se debe hacer diplomacia a expensas de los intereses del
proletariado y la revolución internacional. En última instancia, las
maniobras diplomáticas tienen una importancia secundaria y pueden traer
ventajas temporales. Stalin
creía que estas maniobras salvaguardarían a la URSS del ataque. Sus
acciones, como siempre, se basaban en cálculos estrechos e ignoraban
completamente a la clase obrera de otros países, excepto como un peón
del juego diplomático. Su
comportamiento con relación a la Alemania de Hitler fue más allá de lo
que Lenin hubiera podido tolerar. Al final, tuvo el resultado contrario al
que pretendía. Al colaborar con Hitler, Stalin, multiplicó por mil el
peligro. Sus acciones desarmaron a la Unión Soviética, animaron a Hitler
y desorientaron a la clase obrera mundial en un momento de extremo
peligro. La
ocupación de Polonia, Finlandia y los estados Bálticos por parte del Ejército
Rojo, también fue, sin duda, un movimiento defensivo, destinado a
fortalecer las fronteras de la URSS. Pero se hizo de una forma típicamente
burocrática y reaccionaria. En 1938 se disolvió el PC polaco con el
pretexto de que se habían infiltrado los fascistas. Casi todos sus
dirigentes, en el exilio en Moscú fueron ejecutados. Para facilitar la
división de Polonia entre Alemania y Rusia, Stalin estaba dispuesto a
sacrificar los intereses de la clase obrera. Mientras que Lenin siempre
demostró una gran sensibilidad en la cuestión de las relaciones entre
los pueblos rusos y no-rusos de la URSS, el estrecho nacionalismo de
Stalin pisoteó los sentimientos nacionales de los pueblos. El resultado
de la aventura finlandesa fue que los finlandés lucharon ferozmente
contra el Ejército Rojo, debilitado por las Purgas de Stalin, sufrió
enormes bajas y no consiguió sus objetivos. Este hecho, más que
cualquier otro, convenció a Hitler de que el Ejército Rojo no resistiría
un ataque del Wehrmacht. Después
de firmar el Pacto, Stalin y su camarilla llegaron a los extremos más
increíbles, incluso llegó a congraciarse con los Nazis. El siguiente
extracto del diario de Hencke, un diplomático alemán, describe el
banquete de celebración del Pacto, demuestra lo lejos que estaba
dispuesto a llegar a Stalin para reconciliarse con Hitler: “Brindis:
En el curso de la conversación, Herr Stalin, espontáneamente, propuso al
Führer lo siguiente: ‘Sé cuánto ama la nación alemana a su Führer,
por lo tanto, me gustaría brindar a su salud’. Herr Molotov bebió
a la salud del ministro de exteriores del Reich y del embajador, el conde
von der Schulenburg. Herr Molotov levantó su copa hacia Stalin,
comentando que había sido Stalin quién con su discurso de marzo de este
año, que se había comprendido muy bien en Alemania, había conseguido
cambiar el rumbo de las relaciones políticas. Herren Molotov y Stalin
bebieron repetidamente por el Pacto de No-Agresión, la nueva era de las
relaciones ruso-alemanas y por la nación alemana. El ministro de
exteriores del Reich (Ribbentrop) a su vez propuso un brindis por Herr
Stalin, un brindis por el gobierno soviético y el desarrollo favorable de
las relaciones entre Alemania y la Unión Soviética. Moscú, 24 de agosto
de 1939”. (Nazi-Soviet
Relations, pp. 75-6, reproducido por Robert Black, Stalinism in
Britain, p. 130). Justo
antes del Pacto, en un gesto de complacencia hacia los nazis antisemitas,
el comisario soviético de exteriores, Maxim Litvinov (que era judío) fue
sustituido por Molotov. Más increíble aún, Beria, responsable de los
asuntos internos, publicó una orden secreta a la administración del
Gulag prohibiendo que los guardias de los campos ¡llamaran a los
prisioneros fascistas! Esta orden no se derogó hasta después de la
invasión de la URSS por parte de Hitler en 1941. Lo peor de todo fue que
los antifascistas alemanes fueron entregados a Hitler. Esta no era la
forma de preparar al pueblo soviético y a los trabajadores del mundo para
el terrible conflicto que se avecinaba. La URSS estaba dominada por un
falso sentido de seguridad en el momento de mayor peligro. Sus defensas
estaban debilitadas y sus ejércitos estaban en manos de incompetentes,
como Voroshilov y Budyonny, que más tarde fueron descritos por un general
soviético como “cobardes y lamebotas”. Stalin
confiaba en sus buenas relaciones con el Führer. No creía que Alemania
atacara a la Unión Soviética. Incluso envió un mensaje de felicitación
Hitler con ocasión de su entrada en París. El comercio entre la URSS y
la Alemania nazi aumentó. Desde el estallido de la Segunda Guerra Mundial
hasta junio de 1941, cuando Hitler atacó a Rusia, la Alemania nazi recibió
un gran aumento de las exportaciones de la URSS. Entre 1938 y 1940, las
exportaciones a Alemania pasaron de 85,9 millones de rublos a 736,5
millones, que sirvió de gran ayuda a los esfuerzos belicistas de Hitler.
En este momento, Trotsky caracterizó a Stalin como el lugarteniente de
Hitler. Era bastante acertado. Stalin socava la defensa de la URSS
Stalin
y sus purgas criminales diezmaron completamente las defensas de la Unión
Soviética. El gran mariscal soviético, Tujachevsky, era un genio militar
que pronosticó que la Segunda Guerra Mundial se lucharía con tanques y
aeroplanos. Cuando Tujachevsky y sus compañeros murieron asesinados en
las purgas, su lugar fue ocupado por compinches de Stalin como Voroshilov,
Timoshenko y Budyonny, quienes pensaban que ¡la próxima guerra se lucharía
con caballería! Voroshilov, un inepto de segunda fila, fue puesto a cargo
del Comisariado de Defensa y se rodeó de otros como él. Estas criaturas
de Stalin fueron promovidas a posiciones clave no por su capacidad
personal, sino por su lealtad servil a la camarilla dominante. A
pesar de que la potencia de fuego combinada del Ejército Rojo era mucho
mayor que la de los alemanes, las purgas mermaron su capacidad y
destruyeron el cuerpo de oficiales. Este fue el elemento decisivo que llevó
a Hitler a atacar en 1941. En el juicio de Nuremberg, el mariscal Keitel
declaró que muchos generales alemanes habían avisado a Hitler que no
atacara Rusia, diciendo que el Ejército Rojo era un formidable
contrincante. Hitler rechazó este aviso y le dio a Keitel la razón
principal: “Los oficiales de primera clase y alto rango fueron
destruidos por Stalin en 1937, y la nueva generación no tiene todavía
los cerebros que necesita”. El 9 de enero de 1941, en un reunión de
generales, Hitler les dijo que planificaran el ataque a Rusia porque “no
tienen buenos generales”. (Medvedev. Let History Judge, p. 214). “Durante
las últimas semanas antes del ataque alemán”, escribe George F. Kennan,
“Stalin se comportaba de forma extraña. Parecía paralizado por el
peligro que ahora se cernía sobre él. Se negaba resueltamente a
cualquier reconocimiento externo de este peligro o a discutirlo con los
representantes de exteriores. Aparentemente, incluso se negó a poner bajo
alerta a las fuerzas armadas soviéticas. No se avisó a la oficialidad ni
a la población soviética de la catástrofe que se avecinaba. Contra esta
Rusia asustada y en muchos aspectos desprevenida, Hitler lanzó toda su
maquinaria bélica en las primeras horas del 22 de junio de 1941”.
(G.
F. Kennan. Soviet Foreign Policy, 1917-1941, p. 113). El
extraño comportamiento de Stalin era bastante característico. La leyenda
de un líder que todo lo ve y todo lo sabe es un mito creado por la
burocracia que necesitaba creer que su jefe era infalible. En realidad,
Stalin siempre fue un pensador mediocre, su “sabiduría” no iba más
allá del empirismo vulgar, con una gran dosis de astucia y una ausencia
total de escrúpulos a la hora de conseguir sus objetivos. Su
“marxismo” era de la clase más superficial y pobre, aplicado en forma
de consignas y aforismos como un sacerdote desparrama en sus sermones
citas adecuadas de las Escrituras. Este
no es el talento de un líder revolucionario sino las mezquinas artimañas
de un intrigante burocrático. Las intrigas son el mejor de los casos la
calderilla de la política. Sólo un político provinciano podía cometer
tal error de táctica con algo que puede resolver los problemas
fundamentales. La capacidad para maniobrar tiene una relativa importancia
en la política y en la guerra. Hay que aprender cuando se debe atacar y
cuando retirarse, cómo fingir cierto movimiento para engañar al enemigo
ante tus verdaderas intenciones. Pero pensar que esto es decisivo es engañarse.
En el pequeño mundo del aparato burocrático esto parece terriblemente
importante y un signo de gran influencia. Pero en la vasta arena de la política
mundial no tiene más peso que los virajes patéticos del zumbido de una
mosca cuando se estrella contra una ventana. Hitler y Stalin
Se
han hecho muchos intentos de comparar a Stalin con Hitler. Detrás de
estos intentos se esconden intentos normalmente maliciosos de comparar el
comunismo con el fascismo y atacar a la Unión Soviética.
Superficialmente, hay muchos puntos de similitud entre los regímenes
totalitarios de la Alemania de Hitler y la Rusia de Stalin. Pero también
hay una diferencia fundamental: el régimen de Stalin era una
excrescencia del estado obrero ruso y, en última instancia, descansaba
sobre las formas de propiedad nacionalizada establecidas por la Revolución
de Octubre. El régimen de Hitler se basaba en las relaciones de propiedad
capitalista y reflejaban una expresión monstruosa del capitalismo
monopolista e imperialista. Por eso, la guerra por la defensa de la URSS
era progresista mientras que ponerse de parte de la Alemania nazi era algo
reaccionario. El
intento de reducir los grandes acontecimientos históricos a las
”personalidades” individuales
es algo extremadamente superficial y, normalmente, refleja una incapacidad
de abordar la historia desde un punto de vista científico. Sin embargo,
los individuos juegan un papel importante en la historia y la clarificación
del carácter, las capacidades o limitaciones de los dirigentes tienen una
importancia relativa como parte de un cuadro mucho más grande. Incluso
aquí, los intentos de establecer un parecido entre Hitler y Stalin
fracasan miserablemente porque es imposible comprender a los dos hombres
fuera de su papel peculiar en una situación histórica determinada. Para
comprender a Hitler y Stalin no es suficiente con catalogar sus crímenes
y demostrar que utilizaron métodos similares. En el sentido de la represión
y demonio autocrático, Napoleón Bonaparte utilizó métodos similares a
los utilizados por los monarcas Borbones a quienes él sustituyó (el
oportunista jefe de la policía, Fouche, sirvió a ambos). Pero es
necesario explicar a qué clase o estrato social representaban. De otra
forma, llegaríamos al impresionismo literario en lugar de hacer
caracterizaciones sociales certeras. Hitler era un monstruo, pero un típico dirigente de masas fascista, un aventurero pequeño burgués que sabía muy bien como embravecer a la clase media alemana que se había arruinado debido al colapso del capitalismo alemán. Sabía como atraer su odio a los grandes bancos y monopolios, recurriendo a una ruda caricatura de la jerga “socialista” y “revolucionaria”, mientras que al mismo tiempo adulaba su sentido de orgullo nacional y superioridad racial, sabía como dirigir su odio lejos de los banqueros alemanes y capitalistas alemanes y hacia el “enemigo externo” —los judíos y las potencias extranjeras, los bolcheviques y los sindicatos que estaban “destrozando Alemania”—. Todo esto lo hizo con un grado considerable de destreza (aunque le robase la mayoría de esto a Mussolini que estaba más capacitado). En su búsqueda de poder (ayudado por supuestos por los banqueros y capitalistas alemanes) demostró energía y una determinación incuestionable. Aquí
la cuestión de las características individuales está íntimamente
relacionada con las consideraciones objetivas y de clase. Hitler era la
personificación de la pequeña burguesía arruinada, enloquecida por la
crisis del capitalismo. Pero su movimiento no representaba a la pequeña
burguesía alemana sino a los grandes bancos y monopolios alemanes que le
financiaban. El fascismo es la esencia destilada del imperialismo. Su
doctrina racista es simplemente la esencia destilada de la creencia
imperialista de que algunas naciones están destinadas a dominar sobre las
demás. El impulso hacia la guerra fluía naturalmente de la posición
del imperialismo alemán después de 1919. Hitler simplemente dio a esta
realidad objetiva un carácter particularmente febril e insano. El arrojo
de Hitler procedía (mezclado con una gran dosis de aventurerismo) de
esto. Empujó a la burguesía a un lado y empezó a gobernar sin ella, e
incluso algunas veces en contra de ella. Pero, objetivamente, los nazis
expresaban la necesidad del capitalismo alemán de expandirse a nuevos
mercados y conquistar colonias para escapar de la crisis y romper la
camisa de fuerza que le habían impuesto Gran Bretaña y Francia después
de la Primera Guerra Mundial. La
crudeza intelectual de Hitler era comparable a la de Stalin. Como Stalin,
también utilizaba la intriga y el gaño como armas. Efectivamente, engañó
a Chamberlain y le hizo creer que no tenía más pretensiones
territoriales después de Checoslovaquia (al menos ninguno que afectara
negativamente al imperialismo británico). Pero su arma preferida era el
empleo rudo de la violencia. Nunca se le habría ocurrido a Hitler
depositar ninguna confianza en sus maniobras. El puño era lo que siempre
determinaba las cosas, interna y externamente. Tanto
Hitler como Mussolini habían llegado al poder al frente de movimientos
fascistas de masas. Ambos eran hábiles en las artes de la demagogia de
masas. Eran aventureros y no sentían aversión por las acciones
arriscadas donde fuera necesario. Stalin era algo diferente. No encabezó
una revolución. Las acciones de masas le eran ajenas. Era un orador
pobre, su esfera natural de operaciones eran las oficinas del partido, al
final de la línea telefónica. Para él no era el discurso incendiario y
el golpe teatral audaz. Stalin era el producto de la burocracia que llegó
al poder con sigilo cuando todas las fuerzas vitales de la revolución de
octubre estaban agotadas. Sus principales instintos eran los del burócrata:
cautela, conservadurismo y una tendencia a recurrir a la maniobra y la
intriga para mejorar su posición y destruir a sus enemigos. A
diferencia de la burguesía imperialista alemana, la burocracia de la URSS
no quería la guerra, sino una vida pacífica para poder continuar con sus
funciones administrativas. Stalin aún quería menos la guerra, por que
temía que una guerra acabara con su posición. Stalin temía a la guerra
con Alemania porque temía que ésta llevase directamente a su
derrocamiento. Tenía miedo especialmente del ejército. Deseaba
desesperadamente la paz, aunque tuviera que conseguirla participando en
una intriga con Hitler. Pero al hacer eso, Stalin y su camarilla
subestimaron a Hitler e hicieron inevitable la guerra. Aquí,
una vez más, la limitación nacional de Stalin jugó un papel nefasto.
Que la situación objetiva de Alemania hacía inevitable la guerra estaba
claro para todos, pero Stalin no creía que Hitler estuviera decidido a
invadir la Unión Soviética y reducirla a una colonia esclavista. Pero
esto estaba estado claro para todo aquel que hubiera leído Mein Kampf.
Stalin nunca pensó que Hitler estuviera tan loco como para empezar una
guerra en dos frentes. Este burócrata cauteloso creía que Hitler pensaría
como él. Pero Hitler, el fascista aventurero, pensaba de una forma
completamente diferente. Estaba decidido desde el principio a lanzar un
ataque devastador sobre Rusia. Cegado por sus éxitos fáciles en
occidente subestimó seriamente el potencial militar de la URSS. Ante
las objeciones de sus generales, Hitler señaló la pobre calidad de la
dirección del Ejército Rojo, como se había demostrado en la desastrosa
campaña finlandesa de 1939-40. Y por su conducta, Stalin parecía no
estremecerse con la convicción de Hitler. Después de destruir a los
mejores cuadros del Ejército Rojo, Stalin depositó una confianza ciega
en su maniobra “inteligente” con Hitler e ignoró los numerosos
informes que decían que los alemanes estaban preparados para el ataque.
Cuando estas ilusiones quedaron hechas añicos por la marcha despiadada de
los acontecimientos, el valor de Stalin se resquebrajó y cayó en un
estado de total postración. Hitler ataca
A
medios de junio de 1941 Hitler había trasladado unos enormes recursos
militares a la frontera soviética. Cuatro millones de soldados alemanes
se posicionaron en la frontera dispuestos a invadir. También había 3.500
tanques, unos 4.000 aviones y 50.000 armas y morteros. Se intentó
mantener esta movilización en secreto, pero dado su tamaño, al gobierno
soviético le llegaron numerosos informes de las unidades fronterizas, del
servicio soviético de inteligencia, incluso de funcionarios de los
gobiernos británico y estadounidense. Stalin se negó a actuar y sobre
estos informes escribió: “Para archivar” y “Para clasificar”.
Todo esto fue confirmado por el general Zhukov en su libro: Reminiscences
and Reflections. En
julio de 1941 los ejércitos de Hitler lanzaron un ataque devastador sobre
la URSS, avanzaron quinientas millas hacia el frente. Incluso entonces,
Stalin se negó a actuar. No creía que Hitler invadiera. Esto desarmó
completamente a la Unión Soviética frente a la agresión nazi. Cuando el
mando militar soviético pidió permiso para poner en alerta a las tropas
soviéticas Stalin se negó. “Cada vez más aviones alemanes violan el
espacio aéreo soviético”, dijo el Mariscal del Aire A. Kovikov,
“pero no tenemos permiso para detenerles”. (Citado
por Medvedev, Let History Judge, p. 332). En
el XX Congreso del PCUS celebrado en 1956, el líder soviético, Nikita
Kruschev, por primera vez reveló la verdadera situación: “La guerra
tuvo consecuencias muy graves, principalmente en su fase inicial, el
motivo fue la aniquilación, entre 1937 y 1941, de muchos mandos militares
y trabajadores políticos debido a la suspicacia y a las acusaciones
calumniosas de Stalin. Durante estos años, se reprimió a determinados
sectores de los cuadros militares, comenzando por los batallones y compañías,
y extendiéndose hasta a los altos centros de mando militar; en esta época
se liquidó prácticamente a todo el cuadro de dirigentes que habían
adquirido experiencia militar en España y el Lejano Oriente. La
política de represión a gran escala contra los cuadros militares socavó
la disciplina militar porque durante varios años, a los oficiales de
cualquier rango e incluso a los soldados en las células del partido y el
Komsomol, se les enseñó a ‘desenmascarar’ a sus superiores como
enemigos ocultos. (Murmullos en la sala). Es natural que en el período
inicial de la guerra esto tuviera una influencia negativa. Y,
como ya sabéis, antes de la guerra teníamos excelentes cuadros militares
que eran incuestionablemente leales al partido y la Patria. Basta con
decir que aquellos hombres que consiguieron sobrevivir, a pesar de las
duras torturas a las que fueron sometidos en las prisiones, en los
primeros días de la guerra se comportaron como verdaderos patriotas y
lucharon heroicamente por la gloria de la Patria; Tengo en la mente a
compañeros como Rokossovsky (quien, como sabéis, ha estado encarcelado),
Gorbatov, Maretskov (que está presente como delegado en el congreso),
Podlas (fue un comandante excelente que murió en el frente), y muchos,
muchos otros. Sin embargo, muchos mandos murieron en los campos y en las
prisiones, el ejército no les vio nunca más. Todo esto provocó la
situación que existía cuando comenzó la guerra y que supuso una gran
amenaza para nuestra Patria”. (Special Report on the 20th Congress of the CPSU. N. S. Kruschev,
24-25 de febrero de 1956). Aunque
en el momento del ataque nazi sobre la Unión Soviética el potencial de
fuego combinado del Ejército Rojo era mucho mayor que el del Whermacht,
las fuerzas soviéticas fueron rápidamente rodeadas y diezmadas. Increíblemente,
no se habían preparado planes de defensa en caso de un ataque alemán.
Muchos tanques soviéticos no tenían tripulación. Incluso cuando Hitler
lanzó realmente su ofensiva, Stalin ordenó al Ejército Rojo que no
resistiera. De este modo, las poderosas fuerzas armadas soviéticas
quedaron paralizadas en las primeras cuarenta y ocho horas críticas. La
fuerza aérea fue destruida en tierra. En las primeras veinticuatro horas,
más de dos mil aviones soviéticos fueron destruidos y cientos de miles
de soldados rodeados. Debido a la confusión y a la parálisis por arriba,
una gran parte del territorio se perdió en las primeras semanas. Millones
de soldados soviéticos fueron capturados sin apenas resistencia. El
corresponsal de guerra y escritor soviético K. Simonov, en su libro Zhiviye
I Myortviye (Víctimas y héroes) describe esta catástrofe militar. Este
desastre sin precedentes no fue el resultado de la debilidad objetiva,
sino de una mala dirección. Con
una dirección apropiada, sin duda, los invasiones alemanes habrían
tenido que retroceder a Polonia al inicio de la guerra. Habrían
inflingido una derrota
decisiva a Hitler en 1941. La guerra podría haber terminado antes y se
podrían haber evitado las horribles pérdidas sufridas por Bielorrusia,
Rusia occidental y Ucrania. La pesadilla que sufrió el pueblo de la URSS,
fue el resultado directo de la política irresponsable de Stalin y su
camarilla. El “gran líder militar”
Después
de la guerra, el Kremlin hizo intentos arduos para extender el mito de
Stalin como una “gran líder militar”. Esto no resiste el más mínimo
examen. Ya hemos visto cómo la política de Stalin dejó a la Unión Soviética
a merced de Hitler. Cuando Hitler invadió los líderes soviéticos
estaban confundidos. A Stalin al principio le entró el pánico y se
escondió. Sus actos significaban la capitulación total. A pesar de esto,
se dio el título de “generalísimo” y adornó su papel en la Gran
Guerra Patriótica. Kruschev
expresó con los siguientes términos la verdadera situación: “Sería
incorrecto olvidar que, después del primer desastre grave y la derrota en
el frente, Stalin pensaba que esto era el final. En uno de sus discursos
de aquella época dijo: ‘Todo aquello que Lenin creó lo hemos perdido
para siempre’. Después de esto, Stalin durante un largo tiempo no
dirigió las operaciones militares y no hizo nada. Regresó a la dirección
activa sólo cuando algunos miembros del Buró Político le visitaron y le
dijeron que era necesario dar determinados pasos para mejorar la situación
en el frente”. Algo
típico de Stalin, ejecutó al general al cargo del frente occidental culpándole
de la derrota de la cual era responsable el propio Stalin. Ordenó, tardíamente,
la liberación de miles de oficiales soviéticos que estaban encarcelados
desde las purgas, según Medveded a finales de “1942 Stalin ordenó que
se ejecutara en los campos a un gran grupo de oficiales del Ejército
Rojo, les consideraba una amenaza en caso de que se produjeran
acontecimientos desfavorables en el frente soviético-alemán”. (R.
Medvedev. Que juzgue la historia, p. 312). Al
final, la URSS ganó la guerra contra Hitler sin ayuda. Los británicos y
estadounidenses fueron simples espectadores de la batalla titánica entre
la Unión Soviética y la Alemania de Hitler que contaba con el apoyo de
las fuerzas productivas europeas. La victoria gloriosa del Ejército Rojo
es un testamento de la superioridad colosal de una economía nacionalizada
y planificada que permitió a la URSS sobrevivir a los primeros desastres
y reorganizar las fuerzas productivas más allá de los Urales. En 1942 la
economía ya se estaba recuperando rápidamente. En 1943 los soviets
producían y atacaban al enemigo. El equipamiento y las armas fabricadas
por la URSS eran de primera calidad, superiores a las utilizadas por los
alemanes, británicos o estadounidenses. Este es el secreto de su éxito.
Echa por tierra la mentira tantas veces repetida de que la economía
nacionalizada o planificada no es capaz de producir mercancías de alta
calidad. El
mariscal Zhujov recuerda: “En
1943 nuestra industria fabricó 35.000 aviones de guerra de primera clase,
24.000 tanques y piezas de artillería autopropulsada. En este aspecto, ya
estaba muy por delante de Alemania, tanto en calidad como en cantidad. El
alto mando nazi emitió una orden especial para evitar combates con
nuestros tanques pesados [...]” (G. Zhukov. Reminiscences and Reflections, p. 214). Sin
embargo, incluso cuando las fuerzas soviéticas pudieron pasar a la
ofensiva, Stalin jugó un papel negativo y perjudicial, interfiriendo en
el mando militar y publicando órdenes que aumentaban seriamente el número
de bajas soviéticas. Stalin publicó una orden para que “ninguna unidad
de tierra” se rindiera. Esto era una locura porque siempre existen
condiciones en las cuales el ejército tiene que retirarse para evitar el
rodeo y la derrota. Una vez más, la ecuación compleja de la guerra se
espera que se acomode a las decisiones arbitrarias tomadas por el burócrata
en su oficina sin tener en cuenta las condiciones reales en el terreno.
Como si esto no fuera suficientemente malo, la célebre Orden 270 decía
que ningún soldado soviético podía rendirse y todo aquel que lo
hiciera sería considerado un traidor. Un gran número de soldados
soviéticos que se rindieron y fueron capturados en 1941 como resultado
directo de la chapuza de Stalin, de repente, eran considerados sospechosos
y después de la guerra les enviaron a Siberia. Siguiendo
las instrucciones del jefe, que hacían caso omiso a las ideas del alto
estado mayor, se lanzaron ofensivas mal preparadas en unas condiciones que
sólo podían llevar a la derrota. En una de estas ofensivas, cuando
Stalin ordenó a los defensores de Leningrado que rompieran el asedio (una
tarea imposible en el invierno de 1941 cuando la ciudad estaba asediada y
hambrienta), el Ejército Rojo sufrió 25.000 bajas y las defensas
alemanas quedaron intactas. Hubo muchos ejemplos más que demostraban el
pernicioso papel que jugó Stalin durante la guerra. La realidad es que
la guerra la ganaron los trabajadores y campesinos soviéticos, no
gracias, sino a pesar del régimen de Stalin. Con unos sacrificios
terribles demostraron más allá de cualquier duda la viabilidad de las
nuevas relaciones de propiedad establecidas por la Revolución de Octubre.
Pero pagaron un precio terrible, 27 millones de muertos y la destrucción
sistemática de las fuerzas productivas. Sin
embargo, la victoria de la Unión Soviética en la guerra fortaleció el régimen
estalinista durante todo un período. Además, los estalinistas tomaron el
poder en Europa del Este y China, aunque estas revoluciones estaban
deformadas desde el principio. Se basaron no en la democracia obrera de
1917, sino en la caricatura totalitaria burocrática de la Rusia de Stalin. Stalin y los intelectuales
“¿Quién
puede defender seriamente que Stalin tenía alguna idea de la situación
general? ¿O qué tenía alguna ideología? Stalin nunca tuvo ninguna
ideología, convicción, ideas o principios. Stalin siempre se decantaba
por las opciones que le permitían más fácilmente tiranizar, asustar y
culpabilizar a los demás. Hoy, el profesor y líder podía decir una
cosa, mañana otra distinta. Nunca le preocupó qué decir en la medida
que mantenía su poder”. (Dimitri
Shostakovich. Testimony, p. 187). Estas
líneas son completamente ciertas. Stalin no tenía otra ideología que
conseguir el poder y controlarlo. Tenía una tendencia a la sospecha y la
violencia. La “teoría” se añadía como una ocurrencia, como se pone
una bola en el árbol de Navidad. Era un apparatchik típico, de
mente estrecha e ignorante, como las personas a cuyos intereses
representaba. Los demás dirigentes bolcheviques habían pasado años en
Europa occidental y hablaban otros idiomas con fluidez, participaron
personalmente en el movimiento obrero internacional. Stalin no hablaba
ningún otro idioma e incluso hablaba un pobre ruso con un fuerte acento
georgiano. A
diferencia de Lenin, cuya modestia era proverbial, Stalin amaba los títulos
grandilocuentes, como “Padre de todos los Pueblos” y “Corifeo de la
Ciencia”. Aunque él mismo era ignorante e inculto, le gustaba ser
considerado como la cima de la sabiduría artística y el árbitro del
saber. Odiaba a los intelectuales y a todo aquel que tuviera un nivel
cultural más alto que él porque en su presencia se sentía inferior. Sin
embargo, tenía un remedio simple para esto: la eliminación física de
estas personas. La
política del “realismo socialista” no tenía nada que ver con el
socialismo o el realismo, tiene todo que ver con un deseo totalitario de
controlar el arte y ponerle una camisa de fuerza.
Como todas las demás actividades sociales, la cultura estaba
sometida a la vigilancia del estado a través de las actividades de una
GPU artística y a la red de informadores, pelotas y títeres. Los
gobernantes de la URSS eran conscientes de que la disidencia se podía
expresar a través de una amplia variedad de canales y de muchas formas
diferentes. En un régimen totalitario donde todos los partidos y
tendencias de oposición son prohibidos, la oposición al régimen puede
salir a la superficie de otras formas, de aquí la necesidad compulsiva de
censurar el arte. Se
recelaba de la innovación. Era vista como algo peligrosa, como cualquier
otro desvío de las normas oficiales dictadas desde lo alto por el líder
que todo lo ve y todo lo sabe. El contenido estético y social del
“realismo socialista” se puede resumir simplemente: es el arte de
cantar alabanzas a la burocracia y al Líder Supremo en un lenguaje que
todos pudieran comprender. Stalin, y los burócratas cuyos intereses
representaba, era un hombre rudo y con una mentalidad estrecha. Sus gustos
artísticos eran conservadores. En los años veinte, en la URSS hubo una
explosión de la experimentación artística. El partido expresaba sus
opiniones sobre las distintas tendencias artísticas y literarias, pero
nunca soñó con utilizar el estado para promover a unas y reprimir a
otras. Más que cualquier otra manifestación humana, el arte necesita
libertad para respirar, desarrollarse y experimentar. Con Stalin todo eso
se transformó en su contrario. En
el nuevo entorno se impuso una uniformidad sofocante y mortecina, que hizo
casi completamente imposible cualquier creatividad artística. Mayakovsky,
el famoso poeta y con una larga vida como bolchevique, se suicidó en 1931
para protestar contra la contrarrevolución burocrática. Más tarde, el régimen
se apoderó de él y publicó su obra en grandes ediciones, Boris
Pasternak calificó este hecho como su segunda muerte: “Se empezó a
introducir a la fuerza a Mayakovsky, como ocurrió con las patatas durante
el reinado de Catalina la Grande. Fue su segunda muerte”. Durante
las Purgas muchos artistas e intelectuales fueron asesinados o
desaparecieron, incluidos destacados escritores como Isaak Babel. Gorki
creó a Stalin algunos problemas porque siempre estaba intercediendo por
algunos de los arrestados. Había hecho lo mismo con Lenin. Pero en esta
ocasión el resultado fue diferente. Con casi total certeza Stalin envenenó
a Gorki. Yagoda más tarde fue acusado de este crimen. Puede que lo
hiciera, pero siguiendo las instrucciones de Stalin. El hecho de que
previamente se publicaran artículos atacando, al hasta ese momento
sacrosanto Gorki, es una prueba de que su caída estaba planificada y que
tal medida sólo podía venir del propio Stalin. No era cuestión de
llevar a juicio a alguien como Gorki. Tenía que desaparecer
silenciosamente. Cuando
las Purgas recobraron su impulso, desapareció toda una generación de
artistas e intelectuales. En los años treinta, muchas personas con
talento fueron enviadas a la muerte en los campos de Stalin. Entre ellos
estaba el célebre director de teatro Meyerhold, un brillante innovador,
deportado en 1937 y muerto en un campo de concentración. A Isaac Babel,
el autor de Caballería Roja, le esperaba un destino similar. El
famoso poeta Osip Mandelshtam, fue arrestado por escribir un epigrama
atacando a Stalin y murió en un campo. Hubo muchos otros. Stalin,
personalmente, interfirió en la purga de los artistas. La ópera Lady
Macbeth de Mtsensk, escrita por Dimitri Shostakovich, fue un gran éxito,
hasta que Stalin abandonó una representación. Al día siguiente, apareció
una editorial en Pravda con el siguiente titular: “Caos en lugar
de música”. El autor era el propio Stalin y acababa con la siguiente
frase: “Esto puede terminar muy malamente”. Estas palabras en el
contexto determinado era el equivalente a una sentencia de muerte. La razón
por la cual Stalin odiaba Lady Macbeth de Mtsensk, no era sólo que
no pudiera comprender la música. El argumento implica una condena a la
brutalidad de la policía zarista, que, en el punto álgido de las Purgas,
no se podía tolerar. El
dictador estaba llegando a un punto en que nadie, no importa lo famoso que
fuera, estaba a salvo. Después de la publicación del artículo de Stalin
en Pravda, el destino de Shostakovich parecía sellado. Tenía día
y noche preparada una maleta por si el destino llamaba a la puerta. La razón
de su supervivencia demuestra la naturaleza caprichosa del régimen de
Stalin. Al dictador le gustaban las películas, especialmente aquellas en
las que desempeñaba un papel importante como La caída de Berlín.
Había actores soviéticos que no hacían otra cosa que interpretar en las
películas el papel de Stalin. Y, naturalmente, sólo un gran compositor
podía escribir la banda sonora de estas películas. Y Shostakovich, sin
duda, era un gran compositor. Eso le salvó la vida. El
otro gran compositor soviético, Sergei Prokofiev, que había regresado a
Rusia en 1936, fue denunciado por “modernista” y cada vez tenía más
problemas para representar sus obras. Su ópera, Simyon Kotko, se
basaba en un tema soviético, los guerrilleros en Ucrania en el momento de
la Guerra Civil. Pero el director era Meyerhold y fue arrestado en medio
de este trabajo y más tarde fue ejecutado. A
finales de los años treinta Prokofiev colaboraba con el famosos director
de cine soviético Sergei Eisenstein en la película Iván el Terrible.
Desde el punto de vista de los primeros historiadores soviéticos, Iván Grozny
era un tirano y un sanguinario, pero como Stalin le admiraba hubo que
modificar esta idea. La película de Eisenstein comienza con un apología
de Iván, pero en la segunda parte, describe la crueldad del régimen de
Iván, eso la hace cada vez más ambivalente. El paralelismo entre el oprichiniki
de Iván y la GPU de Stalin era demasiado obvia. Stalin llamó a Prokofiev
y Eisenstein, les atacó violentamente por la forma en que habían
presentado a su héroe. Los nervios de Eisenstein estaban destrozados,
poco tiempo después, murió de un ataque al corazón. La tercera parte de
Iván quedó inconclusa y la película desapareció en los
archivos. Después
de 1945, Stalin creía que necesitaba restablecer su grillete sobre la
sociedad en general, y sobre las artes en particular. Utilizó los
servicios de una de sus criaturas, Anderi Zhdanov, para lanzar después de
la guerra una violenta purga de artistas, compositores y escritores.
Destacados compositores como Prokofiev y Shostakovich fueron vilipendiados
y humillados. Se celebraban reuniones especiales donde los escritores a
sueldo del partido y los arribistas repulsivos como Zhdanov hacían cola
para denunciar a “formalistas” como Prokofiev y Shostakovich. La viuda
de Prokofiev fue arrestada y condenada a diez años de trabajos forzados. ¿Por
qué persiguió Stalin tan cruelmente a los compositores? ¿Cómo una
pieza de música puede representar un peligro para el estado? La música
tiene un lenguaje propio y puede decir muchas cosas a quien comprenda su
lenguaje. La música soviética era muy sofisticada y se utilizaba para
leer entre líneas no sólo los artículos de un periódico sino también
partituras sinfónicas. La Sexta Sinfonía de Prokofiev era un manifiesto
musical anti-estalinista, por eso fue prohibida. Esto es incluso más
cierto con las sinfonías de Shostakovich, desde la quinta en adelante. Lo
mejor es dejar la última palabra a un hombre que conocía a Stalin muy
bien y que sufrió personalmente su régimen: “¿Por qué a los tiranos
les entusiasma la idea de ser considerados ‘patrocinadores’ y
‘amantes del arte’? Creo que hay varias razones. En primer lugar, los
tiranos son hombres infames, hábiles y astutos, saben qué es mucho mejor
para su trabajo sucio aparecer como hombres cultos y no como ignorantes y
patanes. Permiten que hagan el trabajo los patanes y los peones. Los
peones están orgullos de ser patanes, pero el generalísimo siempre debe
ser sabio en todo. Y este hombre sabio tiene un gran aparato trabajando
para él, escribiendo para él, le escriben sus discursos y también sus
libros. Un gran equipo de investigadores le preparan los papeles sobre
cualquier cuestión, cualquier tema. ¿Quieres
ser un especialista en arquitectura? Lo serás. Sólo da la orden, amado líder
y profesor. ¿Quieres ser un especialista en artes gráficas? Lo serás.
¿Un especialista en orquestación? ¿Por qué no? ¿En idiomas? Te
nombro. [...] Todos
los peones, parásitos, chiflados y demás almas pequeñas también quien
desesperadamente a su líder y profesor para ser un titán incuestionable
y absoluto del pensamiento y la pluma”. (Dimitri. Shostakovich. Testimony. p.
125-6). El último período
Durante
la guerra, Stalin se vio obligado a aflojar los lazos del terror para no
socavar la voluntad de lucha de la población. Pero inmediatamente después
de 1945 de nuevo se cerraron las ventanas. Bajo las órdenes de Stalin
comenzó una campaña contra el “cosmopolitismo” y “la humillación
ante occidente”. Comenzaron de nuevo los arrestos y deportaciones de
masas, se realizaron duros ataques anti-judíos. Simultáneamente, el
nacionalismo se celebraba a la menor oportunidad. El
poder de Stalin ahora era absoluto. El temor a las masas obligó a la
burocracia a cerrar filas aún más fervientemente alrededor del Líder
que garantizaba sus privilegios. Las razones políticas con Stalin a
menudo se mezclaban con consideraciones psicológicas y personales. Nunca
podía tolerar a alguien demasiado grande a su lado. Como Stalin era bajo
de estatura se aseguraba que le fotografiaran cerca de alguien más alto
que él. Los artistas pintaban los retratos del Jefe con longitudes
extraordinarias, desde un ángulo que exageraba su estatura. Nadie podía
ser más alto que Stalin, nadie más sabio, más fuerte, más despierto
artísticamente, más brillante, más previsor, más amado por el Pueblo. Stalin
siempre sospechaba y envidiaba a todo aquel que tuviera talento, como si
esto representara una afrenta a su genio. Sospechaba particularmente de
los jefes de las fuerzas armadas porque temía un golpe de estado. El
mariscal Zhukov, que jugó un papel importante en la victoria sobre Hitler,
se ganó el odio eterno de Stalin porque demostró cierta independencia
mental y ocasionalmente expresaba opiniones contrarias a las del Padre de
todos los Pueblos. Pero en el verano de 1945, para sorpresa de Zhukov,
Stalin insistió en que él diera el saludo en el desfile de la victoria
de Moscú. Zhukov recuerda las circunstancias en sus memorias: “No
puedo recordar la fecha exacta pero creo que estaba cerca del 18 o 19 de
junio, Stalin me citó en su casa de campo. Me preguntó si había
olvidado cómo montar a caballo. ‘No’,
respondí. ‘Bien’,
dijo Stalin, ‘Tendrá que dar el saludo en el desfile de la victoria.
Rokossovsky lo dispondrá’. Y
respondí: ‘Gracias
por ese gran honor, ¿pero no sería mejor que usted diera el saludo?
Usted es el general en jefe supremo y tiene el derecho y el deber de dar
el saludo’. Stalin
respondió: ‘Soy
demasiado viejo para pasar revista a los desfiles. Lo hará usted, es más
joven’”. (G.
Zhukov, Reminiscences and Reflections, vol. 2, p. 424)
. Este
era un ejemplo típico de la astucia de Stalin, su tosquedad y deslealtad.
Al poner a Zhukov en esta posición, un gesto aparente de amistad y
modestia, le estaba preparando una trampa. Quería deshacerse de Zhukov y
necesitaba una excusa. Como Zhukov era demasiado conocido y respetado para
asesinarle, Stalin satisfizo su deseo de venganza humillando a su general.
Envió a Zhukov a un puesto sin importancia en un oscuro lugar del sur. La
razón de esto fue su “falta de modestia”. El culto a Stalin
El
crecimiento de la economía iba en paralelo al aumento de la represión y
el culto a Stalin. En el XIX Congreso del Partido, el culto al líder
adquirió su expresión más grotesca. Aquí tenemos algunos ejemplos del
discurso de clausura de Malenkov: “La
obra del camarada Stalin que se acaba de publicar: Problemas económicos
del socialismo en la URSS, tiene una importancia cardinal para la teoría
marxista-leninista y para toda nuestra actividad práctica. (Aplausos
estrepitosos y prolongados). El
camarada Stalin ha elaborado los planes del partido para el futuro, define
las perspectivas y las formas de nuestro progreso, basados en un
conocimiento de las leyes económicas básicas, de la ciencia de la
construcción de la sociedad comunista. (Aplausos estrepitosos y
prolongados). Una
contribución importante a la economía política marxista es el
descubrimiento del camarada Stalin de la ley básica del capitalismo
moderno y la ley económica básica del socialismo (!). El descubrimiento del camarada Stalin
[...] El camarada Stalin demuestra [...] El camarada Stalin nos ha enseñado
[...] El camarada Stalin ha descubierto [...] El camarada Stalin ha
revelado [...] Las
obras del camarada Stalin son un testimonio gráfico y tienen una
importancia fundamental para ligar nuestro partido a la teoría [...] El
camarada Stalin avanza constantemente en la teoría marxista [...] El
camarada Stalin ha revelado la función del lenguaje
como un instrumento del desarrollo social y ha indicado las perspectivas
para el futuro desarrollo de las culturas y lenguas nacionales”. Y,
finalmente, después de numerosas interrupciones por “aplausos”,
“prolongados aplausos” y “estrepitosos y prolongados
aplausos”: “Bajo
la bandera del inmortal Lenin, bajo la sabia dirección del gran Stalin,
¡hacia la victoria del comunismo! (En
cuanto a la conclusión del informe, todos los delegados se pusieron en
pie y saludaron al camarada Stalin con vítores estrepitosos y
prolongados. Hay gritos desde todas las partes de la sala: ‘¡Larga vida
al gran Stalin! ¡Viva por nuestro querido Stalin!)”.
(Informe del XIX Congreso del PCUS, pp. 134-44). Basta con comparar
este circo pelotillero con los congresos democráticos del Partido
Bolchevique bajo la dirección de Lenin y Trotsky, y veremos el abismo que
separa el estalinismo del leninismo. Aquí tenemos el culto al líder en
toda su gloria. Pero
el Líder no estaba satisfecho con esto. En los años antes de su muerte,
Stalin estaba preparando toda una serie de purgas sangrientas en Rusia, en
la línea de las lanzadas en 1936-8. El objetivo real de las obras “teóricas”
de Stalin de este período (que no tienen un contenido teórico real) era
preparar el terreno para una nueva Purga. En su última obra, Problemas
económicos de la URSS, publicada en 1952, Stalin planteaba que los
“errores” en acto de servicio y en los pensamientos estaban
reapareciendo en los partidos comunistas, incluido el de la URSS. Eso
significaba que lo peor estaba por llegar, la obra “teórica” de
Stalin sobre economía marxista tuvo consecuencias drásticas. N. A.
Voznesensky, miembro del Politburó, desapareció en 1949 y fue ejecutado
en 1950. Más tarde, fue acusado de sobre-enfatizar la ley del valor en la
economía y dar la impresión de que las leyes económicas se pueden crear
a través de la acción subjetiva. En
realidad, el subjetivismo extremo y lo que los marxistas llaman
voluntarismo, siempre eran los ingredientes principales del pensamiento de
Stalin, combinado con el formalismo más rudo y el empirismo. Pero, de vez
en cuando, la propia vida le daba una bofetada y le obligaba a dar un giro
de ciento ochenta grados. Estos vaivenes son una característica constante
de su línea política. La “teoría” siempre era algo a posteriori
para justificar estos giros violentos. A finales de los años cuarenta había
un gran descontento entre las masas debido al bajo nivel de vida, que
contrastaba escandalosamente con la mimada existencia de la elite. Hacían
falta chivos expiatorios. La Purga de Leningrado
Stalin
había utilizado a Zhdanov en su campaña contra los escritores y
compositores soviéticos. Pero Zhdanov tuvo demasiado éxito y provocó
los celos de Stalin. Como Kirov y Yezhov antes que él, se estaba
convirtiendo en una figura destacada en el ojo público. Ante la
insistencia de Stalin, su viejo amigo fue enviado a un sanatorio del
Kremlin. Los expedientes médicos de Zhdanov, que se hicieron públicos
recientemente, demuestran que sufría
una enfermedad seria de corazón que el tratamiento médico
correcto habría sido el descanso. Pero los médicos del Kremlin le
recomendaron un régimen de ejercicio enérgico. El 31 de agosto de 1948,
un mes después de entrar en el sanatorio, el paciente murió. La muerte
de Zhdanov no fue casual. Los médicos del Kremlin le allanaron el camino
y las órdenes venían de Stalin. Está
bastante claro que Stalin le mató y culpó de su muerte a los médicos
del Kremlin (“el complot de los médicos”). Como ocurrió con el
asesinato de Kirov, tenían la intención de preparar el terreno para
arrestos de masas. Todos los que habían sido dirigentes de la organización
del partido en Leningrado durante la guerra compartieron el mismo destino
que Zhdanov. El
ayudante de Zhdanov, Alexei Kuznetsov, había tomado el control de
Leningrado en los días más oscuros de la guerra, cuando estaba asediada
por los nazis. El gran Zhdanov naturalmente se distinguía por una extrema
cobardía, pasaba la mayor parte del tiempo en la seguridad de su bunker.
La mayoría de los habitantes de Leningrado demostraron un gran valor.
Pero Stalin no confiaba en ellos. En el setenta cumpleaños de Stalin,
para demostrar quien era el Jefe, ejecutó a Kuznetsov y a otros
dirigentes de Leningrado. Después del asedio de Leningrado Stalin le dijo
a Kuznetsov: “Tu patria nunca te olvidará”. Y no lo olvidó.
Fue torturado hasta que confesó la traición, después, en 1950, después
de un “juicio” secreto, fue ejecutado. La paranoia y el régimen totalitario
En
esta época Stalin estaba prácticamente loco. No es casualidad. Al no
diferenciar entre la realidad y la voluntad del individuo un régimen de
poder absoluto, en el cual todas las críticas están prohibidas,
finalmente, provoca desequilibrio mental. Esto también ocurrió en el
caso de Hitler. La historia de los zares rusos y emperadores romanos locos
nos cuenta lo misma historia. Al final, la mente de Stalin estaba
desquiciada. En ausencia de cualquier control se creía omnipotente. Stalin
estaba completamente paranoico. Vivía como un recluso en su dacha. Veía
enemigos por todas partes. En su estado de paranoia ya no confiaba en
nadie. Estalinistas de toda la vida eran acorralados y encarcelados. En
1952 Stalin acusó sus títeres fieles, Voroshilov y Molotov, de ser espías
británicos y les prohibió asistir a las reuniones de la dirección.
Mikoyan fue denunciado como espía turco e incluso Beria fue desterrado de
la presencia de Stalin. Incluso arrestó a miembros de su propia familia,
incluidas dos de sus cuñadas y las envió a campos de trabajo. Todo
el mundo vivía con el temor al Jefe, un capricho suyo era la ley. En sus
memorias, Shostakovich recuerda un increíble incidente que ocurrió poco
antes de la muerte de Stalin. Siempre vivía una existencia nocturna y tenía
la costumbre de telefonear a la gente en mitad de la noche. En una ocasión
llamó a la Sede de la Emisora Estatal para preguntar por un concierto de
piano de Mozart que había escuchado en la radio. ¿Quién era el pianista
y como podía conseguir una grabación? Al
director de la radio le entró el pánico. No existía esa grabación. ¿Pero
cómo podía decirle eso al Jefe? Nadie podía saber como iba a reaccionar
y la vida, como escribía Ostrovsky, es la posesión más preciada del
hombre. No había otra alternativa, reunió a todos los miembros de la
orquesta y al pianista, en medio de la noche grabaron el concierto para
que el Jefe lo tuviera a su disposición por la mañana. Esta grabación
todavía estaba en el giradiscos cuando murió Stalin. En
el XXII Congreso Kruschev describió la atmósfera paranoica en el círculo
dirigente de Stalin: “Stalin podía mirar a un camarada sentado en la
misma mesa que él y decir: ‘Hoy tu mirada es furtiva’. Se podía dar
por sentado que después el camarada cuya mirada supuestamente era furtiva
sería considerado un sospechoso”. (The Road to Communism-Report on the 22nd Congress CPSU, p. 111). El
ex-estalinista polaco Bienkowski escribía: “La clase obrera y todas las
demás fuerzas que podían ser consideradas un enemigo potencial para el
orden socialista, el verdadero ejemplo y defensor devoto era el aparato
burocratizado de poder”. (Bienkowski, Rewolucki, Ciag Dalszy, Warsaw.
1957, p. 36). Sobre
el papel de Stalin Bienkowski escribe lo siguiente: “Stalin, con la
suspicacia típica de los dictadores, persiguió primero moralmente y
después físicamente, no sólo aquellos que tenían el coraje de dar su
opinión, sino también aquellos que se sospechaba eran capaces de
tenerla”. (Ibíd, p.6). Sin
embargo, no es suficiente con hacer referencia a la salud mental de Stalin
para explicar la situación que había en aquel momento en la URSS. ¿Cómo
es posible que un anciano imponga su voluntad sobre millones de personas
sin ningún tipo de oposición? La mala situación mental de Stalin
simplemente era un reflejo de un régimen enfermo. Millones de
funcionarios del estado y el partido compartían los crímenes de Stalin.
Aceptaron lo inaceptable para preservar su situación privilegiada, sus
grandes casas y coches, sus inflados salarios e incluso los privilegios y
extras ilegales. El
servilismo y la corrupción eran endémicos al sistema totalitario y
burocrático. Los espías y los compinches se encontraban en todos los
niveles de la sociedad y el estado, dispuestos a denunciar a todos
aquellos que no fueran un ciento uno por ciento leales a la dirección, y
de este modo atraer la atención de sus superiores y promocionar. Esto no
sólo era desalentado sino que activamente se alentaba por parte de la
jerarquía. De este modo, el número de arribistas “tiende a aumentar
porque, en lugar de denunciarles, los líderes les toleran con frecuencia
e incluso les miman, ya que eso favorece la vanidad de sus líderes,
porque hacen todo y aplican cualquiera de las órdenes sin ningún tipo de
reservas”. (Imre Nagy. On Communism, p. 60). “El complot de los doctores”
En
enero de 1953, Pravda anunció el llamado Complot de los Doctores,
un “grupo de médicos saboteadores” arrestados por asesinar e intentar
“liquidar a cuadros dirigentes de la URSS”. Siete de cada nueva médicos
nombrados eran judíos y fueron acusados de tener vínculos con la
organización judía, Joint, que estaba dirigida por el
imperialismo estadounidense. Tres de los arrestados fueron acusados de
trabajar para la inteligencia británica. Empezaron una campaña contra
los judíos con el disfraz de “cosmopolitismo y sionismo”. Pravda
comenzó a hacer una campaña contra las amenazas de “contrarrevolución”. Además,
a la cuestión de Leningrado y el Complot de los Doctores había que añadir
otra purga en Georgia. Esta iba dirigida contra Lavrenty Beria, un títere
georgiano fiel a Stalin. Beria estaba muy próximo a Stalin porque tomó
el control de la NKVD después de Yezhov en 1938. Publicó una
“historia” del Partido Comunista de Transcaucasia que era una completa
falsificación. Stalin, que era una figura menor del partido en Georgia,
era presentado como el gran líder. Aunque el nombre de Beria aparece como
autor, en realidad, pagó los servicios de un historiador profesional,
Erik Bediya, para que lo escribiera. Como Bediya sabía que era una
falsificación, inmediatamente después fue ejecutado por ser un enemigo
del pueblo. Beria
era un tirano violento y un degenerado moral que estaba especializado en
el secuestro y la violación de mujeres atractivas. Una de sus víctimas
fue una famosa estrella de cine soviética que hizo pública su horrorosa
experiencia. Aparte de su simpático pasatiempo, también era un fanático
del fútbol y naturalmente siempre quería que ganara el equipo de la NKVD,
el Dínamo de Moscú. Pero algunas veces el excesivo interés por el fútbol
se convertía en una obsesión. Si el equipo de Beria perdía le entraba
una rabia incontrolable. Desgraciadamente, fue la perdición de su rival,
el Spartak de Moscú. Esto tuvo serias consecuencias. El
presidente del Spartak, Nikolai Staroshin, era un antiguo amigo de Beria.
Pero eso no le salvó. Beria le arrestó y torturó hasta que confesó que
era la cabeza de una célula terrorista secreta que planeaba asesinar a
Stalin durante unos juegos deportivos. Al final, el desgraciado Staroshin,
fue sentenciado a diez años en una campo de trabajos forzados por una
ofensa menor. Otros miembros del Spartak le siguieron. Después de eso, el
equipo de Beria ganaba todos los partidos. En
1949, Stalin había decidido deshacerse de todos ellos, empezando por el
propio Beria. Utilizó al segundo de Beria, Viktor Abakumov, para acabar
con él, como había utilizado antes a Beria para acabar con Yezhov. Ese
era el estilo de Stalin. Comenzaba arrestando a los miembros del partido
georgiano. Entre el gran número de personas arrestadas estaba un grupo de
dirigentes del partido, todos ellos mingrelianos y todos próximos a Beria,
que era miembro de la misma minoría nacional. Pero detrás de estos
arrestos estaba la segunda acusación: la conspiración. El “asunto
mingreliano” se discutió en el Politburó. Kruschev comenzó a
destituir a los amigos de Beria de los puestos claves en los Servicios de
Seguridad. Se estaban haciendo los preparativos para arrestar a Beria. Al
mismo tiempo, Stalin había promovido toda una serie de nuevos dirigentes
del partido preparándose para eliminar a todos los viejos. Era el
preludio de otra purga de masas como la de 1937. Estos movimientos
provocaron escalofríos en el círculo dominante. Una nueva purga no sólo
significaría su liquidación, también representaba un pelibro para la
posición de la burocracia y podía minar todas las conquistas de la
economía planificada en la propia Unión Soviética. Había
signos de aviso que demostraban que el descontento de las masas estaba
llegando al límite. Una nueva purga sería la mecha que encendería el
barril de pólvora. Por esa razón, el círculo dominante decidió poner
fin al anciano antes de que él terminase con ellos. Después de una noche
habitual de encuentros de bebida en su dacha el 1 de marzo de 1953, Stalin
sufrió un ataque. Dada su edad es posible, aunque puede haber otras
explicaciones. El
5 de marzo de 1953 murió Stalin. Pudo haber sido de muerte natural, pero
lo más probable es que se tratase de una “muerte asistida”. Sus compañeros
de armas les ayudaron. Lo que sí es cierto es que su muerte llegó en un
momento muy adecuado para el círculo dominante. Se pudo comprobar cuando
estaba en sus últimos coletazos mortales, ninguno de los miembros de la
dirección fue en su ayuda o llamó al médico. Cuando
los guardias avisaron que Stalin estaba enfermo, los miembros del Politburó
en la habitación contigua les dijeron que “le dejaran acostado”.
Después, esperaron hasta que murió. Probablemente, este nido de víboras
jugó un papel más activo en el envío del amado Líder y Profesor a otro
mundo mejor. En cualquier caso, cuando finalmente llegaron los médicos,
dos horas después, el Jefe ya estaba muerto y todos respiraron con
alivio. Después de la muerte de Stalin
Después
de la muerte de Stalin, los médicos —o aquellos que todavía estaban
vivos— fueron puestos en libertad sin cargos. En julio de 1953 se anunció
el arresto de Beria. Fue ejecutado en vísperas de navidad junto a otros
seis jefes de la policía secreta. Más tarde millones de prisioneros
fueron liberados silenciosamente de los campos de concentración. Caso por
caso, unas 700.000 víctimas del terror de Stalin fueron rehabilitados
judicialmente. Pero, hasta el día de hoy, nunca se ha rehabilitado a
Trotsky. Será rehabilitado cuando la clase obrera rusa tome el poder y
regrese a las tradiciones de 1917. Las
revelaciones sobre Stalin en el XX Congreso provocaron una conmoción en
la URSS e incluso más en Europa del Este. En junio de 1953, unos cuantos
meses antes de la muerte de Stalin, hubo un levantamiento de los
trabajadores de Berlín oriental. Más tarde, vimos el Octubre polaco y,
sobre todo, la revolución húngara de 1956. En
1956 el comunista húngaro, Imre Nagy, escribía que la policía secreta,
con la “gran ayuda ” de Stalin, se levantó “sobre la sociedad y el
partido, se convirtió [...] en el principal órgano de poder”. Esto
llevó a “la degeneración de la vida del partido” y al exterminio de
los cuadros. (On
Communism. Nueva York. 1957, p. 51). El
resultado fue el “bonapartismo”. Pero a esta conclusión llegó mucho
antes Trotsky, cuyo análisis de la base social del estalinismo era mucho
más profundo que el de Nagy. El mejor análisis marxista sobre el
estalinismo, o por darle su nombre científico, el bonapartismo
proletario, se puede encontrar en su obra maestra: La revolución
traicionada. El estalinismo sin Stalin
El
círculo dominante tuvo que hacer algunas reformas después de 1953. Pero
en esencia, el mismo sistema establecido por Stalin continuó existiendo
después de su muerte. Sólo se eliminaron los peores aspectos. Los días
de las purgas de masas terminaron pero no se regresó a Lenin. La
burocracia siguió firmemente en el poder. Sus ingresos y privilegios
aumentaban continuamente y aunque el nivel de vida de la clase obrera
mejoró, el abismo entre los trabajadores y los parásitos burócratas
aumentó aún más rápidamente. En
retrospectiva es posible ver que el estalinismo fue una aberración histórica
temporal. Duró tanto tiempo porque durante todo un período la Unión
Soviética desarrolló los medios de producción, aunque con un coste
enorme para la sociedad y la clase obrera. Sin embargo, a pesar de los crímenes
de Stalin y la burocracia, la superioridad de la producción nacionaliza y
planificada, se pudo ver en la rápida transformación que experimentó un
país semifeudal como el Pakistán actual, hasta convertirse en una
poderosa potencia industrial con una población culta y con más científicos
que EEUU, Alemania y Japón juntos. Antes
de la guerra, durante los primeros planes quinquenales, la URSS consiguió
una tasa de crecimiento anual nunca vista antes en ningún país
capitalista, aproximadamente el 20 por ciento. Este notable resultado se
consiguió con pleno empleo, sin inflación y con un presupuesto
equilibrado. Basta con comparar estos resultados con los miserables tres
por ciento o así que hoy en día se consideran un gran éxito en
occidente y se ve la ventaja de la economía nacionalizada y planificada. Es
verdad que la URSS partía de un punto de partida muy bajo y que era más
fácil conseguir estos resultados en la construcción de grandes acerías
que una economía moderna compleja. También es verdad que la tasa de
crecimiento después de 1945 no fue tan espectacular. Pero incluso
entonces, una tasa de crecimiento anual del 10 por ciento, que era lo
normal en la URSS hasta mediados de los años sesenta, tampoco tenía
precedentes. Si esta tasa de crecimiento se hubiera mantenido la URSS podría
haber superado a Occidente no sólo en términos absolutos, también en términos
relativos. Esta
tasa de crecimiento no se pudo mantener por el colosal derroche debido a
la mala gestión, la chapucería y la corrupción de la propia burocracia.
Era un enorme drenaje que a mediados de los sesenta derrochaba entre un
tercio y el cincuenta por ciento de la riqueza producida por la clase
obrera soviética cada año. Sin el control y la gestión democrática de
la clase obrera, la burocracia fue socavando la economía planificada,
atascando todos los poros y sofocó toda la fuerza creativa del pueblo
soviético, tanto de los trabajadores como de los intelectuales. Esto llevó
a la caída de la tasa de crecimiento en los años setenta que terminó
con el colapso de finales de los años noventa. Contrariamente
a la mentira tan extendida por los enemigos del socialismo, la burocracia
no es el resultado inevitable de la planificación central, es el
resultado inevitable del atraso cultural y económico. La contrarrevolución
política estalinista fue el resultado del aislamiento de la revolución
en un país atrasado donde la clase obrera era una minoría. Pero en los años
setenta la URSS era una economía moderna y avanzada donde la clase obrera
era la aplastante mayoría. Todas las condiciones objetivas existían, al
menos en principio, para emprender la dirección hacia al socialismo. Pero
en su lugar la URSS retrocedió, hacia el capitalismo. ¿Cómo se pude
explicar esta monstruosidad? Hace
mucho tiempo Trotsky pronosticó que la clase obrera soviética derrocaba
a la burocracia y restauraba el régimen de democracia obrera de Lenin (el
poder soviético) o sería la burocracia quien emprendería
inevitablemente la dirección hacia la restauración del capitalismo. Los
viejos burócratas estalinistas, como el propio Stalin, eran ignorantes y
rudos pero tenían algún vínculo con las viejas tradiciones. Pero los
hijos y los nietos de los viejos burócratas tenían un estilo de vida y
una mentalidad puramente burguesa. No tenían el más mínimo vínculo con
la clase obrera o el socialismo. Por lo tanto, se pasaron al capitalismo
con la misma facilidad que un hombre pasa en un tren del compartimento de
fumadores al de no fumadores. El
llamado Partido “Comunista” de la Unión Soviética colapsó de la
noche a la mañana como un castillo de naipes, su dirección se transformó
en capitalistas privados. Lo mismo ocurrió en todos los países de Europa
del este y ahora se está produciendo ante nuestros ojos en China. Es
imposible comprender este fenómeno si se acepta la idea de que en la URSS
existía el verdadero socialismo. Esa
es una calumnia contra el socialismo que sólo puede ser útil a sus
peores enemigos. Los marxistas defenderán lo que era progresista en la
URSS, es decir, la economía planificada y nacionalizada. Pero es
absolutamente necesario separar lo que era progresista de lo que era
reaccionario. El régimen burocrático y totalitario creado por
Stalin no tenía nada en común con la revolución de octubre o el
socialismo. Era su antítesis y su negación. El papel del individuo en la historia
El
aniversario de la muerte de Stalin ha servido de ocasión para una campaña
de propaganda antisoviética y antisocialista. Los enemigos del socialismo
están decididos a convencer a la que gente de que no hay diferencia entre
Lenin y Stalin y que el estalinismo y el comunismo son las misma cosa. Aunque
muchos de estos profesores universitarios con una serie de letras después
de su nombre sus supuestamente estudios “científicos”, la realidad es
que carecen de cualquier contenido científico. Esto no es ciencia sino la
peor clase de propaganda enmascarada bajo la bandera de la
“objetividad” ficticia. Intentan
interpretar los procesos históricos a partir de individuos “malos” y
“buenos”. Defienden que Stalin (y también Hitler) era
“extraordinariamente malo”. Esta es una interpretación puramente
subjetiva de la historia. Reduce la historia a una serie de accidentes
impredecibles, ya que es un accidente que Stalin naciera cuando lo hizo.
Esta versión de la historia imposibilita el estudio científico de la
causa y el efecto. Además, no explica que tipo de figura histórica
particular es “extraordinariamente malo” o, quién es
“extraordinariamente bueno”. Estas
explicaciones realmente no explican nada. La historia no se puede explicar
en términos de personalidades individuales, aunque el individuo,
ciertamente, sí juega un papel importante en la historia. Si, en lugar de
ser “extraordinariamente maligno”, Stalin hubiera sido
“extraordinariamente bueno”, ¿habría habido una diferencia
fundamental en el destino de la URSS? Llegados a este punto, abandonamos
el reino de la historia para entrar en el de la hagiofragía, el
misticismo y la magia. La
lucha entre Stalin y Trotsky no sólo era un duelo entre dos individuos.
Era un reflejo de la correlación de clases existente en Rusia, una vez
que la revolución se había quedado aislada en condiciones de atraso.
Stalin no se representaba sólo a sí mismo, era el representante político
de la burocracia que estaba en ascenso, mientras que la clase obrera,
cansada por los largos años de guerra y revolución, poco a poco caía en
un estado de apatía e indiferencia. Es esta correlación de fuerzas la
que decidió el resultado, no la personalidad individual de los
participantes. Eso no significa
que las cualidades personales de los protagonistas en la lucha de clases
sean algo completamente indiferente. No es una cuestión accidental. Cada
clase busca representantes a su propia imagen y semejanza. Stalin tenía
muchos de los atributos de las personas que él representaba: su estrechez
de miras, la mentalidad provinciana, la fuerte inclinación a resolver
todas las cuestiones con métodos administrativos (incluidas las
expulsiones, los arrestos y las ejecuciones), su falta general de cultura,
todas estas particularidades eran muy características de la psicología
de cualquier funcionariado. Revolución y
reacción Podemos ir más allá
y decir que cada período histórico produce caracteres a su propia imagen
y semejanza. Esto tiene bases perfectamente racionales. Determinadas
situaciones objetivas favorecen el ascenso de una clase particular de
personas y disuade a otras. Es
una clase de versión histórica de la selección natural. Constantemente
se producen un número infinito de mutaciones genéticas. La mayoría de
las mutaciones son perjudiciales o neutrales. Si no encuentran un entorno
favorable pronto desaparecen. Pero, ocasionalmente, una modificación genética
demuestra ser útil y entonces puede reproducirse y desarrollarse. Un período
revolucionario exige héroes y en estas circunstancias siempre se
encuentran héroes. No hay nada mágico en esto. Entre los millones de
personas en la sociedad siempre hay un número considerable de individuos
con un talento extraordinario que nunca han tenido oportunidad de hacer
uso de su potencial. En los ejércitos prerrevolucionarios del siglo XVIII
en Francia y el siglo XX en Rusia, había oficiales y suboficiales con una
enorme capacidad que eran dirigidos por oficiales más viejos e
incompetentes. Sin la revolución nunca habrían tenido la oportunidad de
demostrar lo que eran capaces. Hombres como Carnot y Tujachevsky
ascendieron a la cresta de la oleada revolucionaria. Y lo que era verdad
en la esfera militar era igualmente cierto en otras esferas de la vida
cultura y social. En el período de
descenso de la revolución, cuando el impulso revolucionario de las masas
se ha agotado, las cosas son completamente diferentes. Los períodos de
reacción no requieren gigantes sino pigmeos. No impulsan las ideas nuevas
y originales, ni crean pensadores, sino conformistas y burócratas. Aquí
el mediocre es el rey. Hay períodos en la historia
en que la mediocridad es necesaria. Napoleón
Bonaparte, debido a su ostentosa
presuntuosidad, no era un genio. Era un militar competente porque tuvo una
excelente escuela en los ejércitos revolucionarios. Pero no era un
pensador original, como Carnot, de quién tomó todas las ideas. Heredó
el ejército creado por Carnot y lo utilizó bien. Pero Bonaparte es el
producto, no de la revolución, sino de la decadencia. Sería injusto
describir a Napoleón Bonaparte como un mediocre. Las llamas de la
revolución todavía ardían lo suficientemente para darle una chispa de
vida. La burguesía francesa todavía jugaba un papel relativamente
progresista y se consideraba como la abanderada del progreso en toda
Europa. De una forma distorsionada los ejércitos de Napoleón llevaron la
llama de la revolución a otros países. ¿Pero qué se
puede decir su sobrino el hombre que se autodenominó Napoleón III? Esta
criatura llegó al poder después de la derrota de la revolución de 1848.
Era la mediocridad personificada. La burguesía francesa ya había agotado
su papel progresista y se encontraba en un combate mortal con el joven y
revolucionario proletariado francés. Las dos clases se enfrentaron entre
sí en las barricadas y lucharon hasta la extenuación. El resultado fue
un punto muerto, un callejón sin salida donde ninguna de las clases había
conseguido una victoria decisiva sobre la otra. En estas circunstancias,
como explica Marx en su obra maestra El 18 Brumario de Luis Bonaparte,
el Estado, cuerpos armados de hombres, puede elevarse sobre las clases y
adquirir una gran dosis de independencia. Este es el fenómeno que
llamamos bonapartismo. En aquella época,
en Francia, había muchos hombres que eran mejores, más inteligentes, con
más previsión y más valerosos que Luis Bonaparte. Pero él triunfó
sobre todos ellos. Tenía el nombre de Bonaparte y eso le ayudó a ganarse
la lealtad del campesinado y el ejército campesino, esa herramienta clásica
del bonapartismo. El hecho de que debajo del manto del Emperador hubiera
una mediocridad lamentable era algo irrelevante. La contrarrevolución
triunfó debido a la correlación particular de fuerzas de clase, y no por
el genio de “Napoleón el Menor”. Como señaló Marx, la historia se
repite, primero como una tragedia, después como una farsa. Luis Bonaparte
era el actor perfecto para este drama particular. Las revoluciones
francesa y rusa La dinámica
interna de la Revolución Rusa fue bastante similar, aunque el contenido
de clase era completamente diferente. Debemos recordar que la Revolución
Rusa fue una revolución proletaria y la Revolución Francesa fue una
revolución burguesa. Está claro que, aunque hay similitudes, hay
diferencias importantes. Una de las diferencias es que la revolución
burguesa pude triunfar más fácilmente que la revolución socialista. La
razón se encuentra en la naturaleza del capitalismo como sistema económico:
funciona de una forma automática a través del mecanismo del mercado. No
requiere una intervención consciente concreta para poder existir. Por su parte, el
socialismo presupone la dirección consciente de la sociedad por parte de
los hombres y mujeres. Una economía nacionalizada requiere un plan que
debe ser puesto en práctica con la intervención consciente de las
propias masas. Por esa razón la democracia es la condición fundamental
para el socialismo: El socialismo o es democrático o no es nada. También se aplica
a la forma en la cual el socialismo empieza a existir. La burguesía no
necesitaba una doctrina científica para derrocar al feudalismo. Todo lo
contrario, tuvo que basarse en ilusiones, porque iba a introducir
el Reino de Dios sobre la tierra (Cromwell) o el Reino de la Razón (Robespierre),
para que las masas no lucharan por la propiedad. Otra cuestión es si la
propia burguesía realmente creía estas ilusiones. Hay que distinguir
siempre entre los hombres y mujeres que piensan sobre sí mismos y lo que
son en realidad. La revolución
socialista presupone el movimiento consciente de la clase obrera para
tomar el control de la sociedad. Pero la clase obrera tiene capas
diferentes, que sacan conclusiones diferentes en momentos y ritmos
diferentes. El papel de la vanguardia tiene una importancia fundamental. Y
la organización de la vanguardia en un partido revolucionario basado en
una doctrina científica que le permita comprender lo que es necesario
para conseguir sus objetivos, es la condición previa de su éxito. Contrariamente, a
las calumnias vertidas por los enemigos del bolchevismo, Lenin nunca
propuso que el Partido sustituyera a la clase. La historia de la Revolución
Rusa es una prueba de esto. La tarea del partido era ganar a la mayoría
de la clase obrera y los campesinos pobres, a través de un trabajo
paciente, la agitación, la organización y explicación. En el transcurso
de 1917, el Partido Bolchevique consiguió esto de una forma brillante. Sólo
después de haber conseguido una mayoría decisiva en los soviets
(consejos de obreros y soldados), se dispusieron tomar el poder en Octubre
(noviembre en el calendario moderno). El auge y la caída
de la revolución Este no es lugar de
tratar la revolución, ya lo hemos hecho en otras ocasiones (Ver libro de
Alan Woods, Bolchevismo: camino a la revolución). Basta con decir
que en su fase ascendente, la revolución puso de su lado a todo lo que
estaba vivo, sano y vibrante en la sociedad rusa. Había una galaxia de
talento humano, jamás visto antes en la historia. A la cabeza de este
trabajo gigantesco de emancipación social había hombres y mujeres que
eran gigantes: Lenin y Trotsky, dos grandes genios del movimiento
revolucionario, y también mucha otra gante talentosa: Rakovsky, Bujarin,
Kámenev, Zinoviev, Radek y otros. No
es casualidad que todas estas personas murieran después asesinadas en las
Purgas, en palabras de Trotsky, la guerra civil unilateral de Stalin
contra el bolchevismo. En el período de reflujo, cuando la clase obrera
estaba agotada y hambrienta, cayó en un estado de desencanto y apatía,
otro tipo de personas encontraron su oportunidad: los oportunistas,
arribistas y todo tipo de trepas sociales. Gente como Vyshinsky, el fiscal
en las Purgas de Stalin, que había combatido a los bolcheviques durante
la revolución, se cambió de camiseta y se subió al vagón. Podemos
mencionar de paso que hubo analogías similares en la Revolución
Francesa. El ejemplo clásico es Joseph Fouche, el anterior terrorista
jacobino que se convirtió en el sirviente tanto del bonapartismo como de
la reacción borbónica. En la revolución inglesa tuvimos ejemplos
similares. Uno de ellos lo recuerda la canción popular, El vicario de
Bray, un personaje real que cambiaba periódicamente de religión según
la convicción religiosa del monarca que estaba en el poder. Todas
estas personas eran mediocres y de segunda fila, hombres y mujeres sin
creencias o principios fijos, eran atraídos al partido sólo porque éste
estaba en el poder. De este polvo humano surgen las fuerzas de la reacción
termidoriana. Y a la cabeza de estos elementos se puso un hombre cuyos
rasgos políticos y personales reflejaban perfectamente sus aspiraciones y
necesidades. La
personalidad particular de Stalin y su forma de pensar, sin duda, jugaron
un papel en los acontecimientos del período de descenso de la revolución.
Sin embargo, él no provocó el descenso o la reacción burocrática
contra octubre. La reacción estaba enraizada en la situación objetiva,
nacional e internacionalmente. Pero ciertamente, sí influenció las
formas específicas en las cuales se desarrollaron estos procesos. Cualquier
funcionario no podía ser un Stalin pero podemos encontrar un poco de
Stalin en cada funcionario, en la casta de funcionarios soviéticos que
empujaron a un lado a la clase obrera y se apoderaron del poder en el período
de declive y agotamiento de la revolución, reconociendo en Stalin su
propia imagen y semejanza. La adulación a Stalin, en el fondo, era la
adoración de la propia burocracia. Por
supuesto, esto es una simplificación. Stalin tenía muchos rasgos que
eran peculiares y exclusivos de él. Su fuerte inclinación hacia la
violencia, su rudeza, la ausencia total de escrúpulos humanos o morales,
estas son las características por las cuales rápidamente se le
identifica. Pero si miramos más de cerca, incluso estas características
se pueden explicar en términos históricos y de clase. Aunque, debemos
buscar sus orígenes en el campo de la psicología individual (que está
fuera del alcance del presente artículo), la forma en la cual estas
tendencias se manifestaban en los acontecimientos descritas más arriba,
no pertenecen al reino de la psicología, sino al de la historia, la política
y la sociología. Stalin y la burocracia
Cuentan
que antes de morir, la madre de Stalin, le dijo que lo mejor es que
hubiera sido sacerdote. No sabemos si esta historia es verdad o no, es
imposible saber que clase de sacerdote hubiera sido Joseph Vissionarovich.
Pero está claro que las tendencias arriba citadas no se habrían
manifestado de la misma forma y, ante la ausencia de un campo más amplio
en las cuales desarrollarse no habrían llevado a la muerte de millones de
personas. Stalin
pasó de ser un burócrata revolucionario mediocre, a convertirse en un
monstruo. Eso no ocurrió de repente, Stalin tampoco tenía un plan
preconcebido. En realidad, si al principio hubiera sido consciente de a
donde llevaría esto, con todo probabilidad, se habría horrorizado y
cambiado de rumbo. Pero una vez que Stalin se había elevado al rango de
dictador por los esfuerzos de la casta burocrática en ascenso, esas
tendencias que antes simplemente estaban latentes en él, crecieron hasta
convertirse en una fuerza monstruosa. ¿Qué
fuerza ha detrás de esta transformación? Los millones de funcionarios
soviéticos que luchaban por su “lugar en el sol”, la loca batalla por
la división de los frutos del poder, el bienestar, los apartamentos y las
dachas, los pequeños lujos (y no tan pequeños) de la vida, los coches
con chofer, los sirvientes, las medallas, el prestigio, son cosas por las
que no tienes que hacer cola, son cosas por la que merece la pena
luchar. Los
bolcheviques no luchaban por una vida confortable. Luchaban por un mundo
mejor, una “vida feliz”, pero no para ellos como individuos, sino para
la clase obrera en su conjunto. En contraste, la consigna de todo
dirigente obrero oportunista es: “Estoy a favor de la emancipación de
la clase obrera, uno por uno, empezando por mí”. En
el movimiento obrero y sindical vemos esto cotidianamente: funcionarios
que llegan a puestos, consiguen ciertos privilegios e ingresos elevados y
¡como luchan para mantener sus posiciones! ¡Con qué determinación de
hierro! Si lucharan con la misma determinación para defender el nivel de
vida de los trabajadores que les eligen, ¡qué espléndido sería! Trotsky
en cierta ocasión comparó un estado obrero a un sindicato que ha tomado
el poder. Si los dirigentes del sindicato se elevan por encima de la
militancia y adquieren privilegios, entonces, mayor es el peligro en un
estado obrero. Marx explicó hace mucho tiempo que el estado tiene una
tendencia a elevarse por encima de la sociedad, a alejarse de la sociedad,
y no hay ninguna que ley que diga que esto no puede ocurrir en un estado
obrero. ¿Eso
significa que es inevitable? ¡En absoluto! No todos los dirigentes
sindicales son corruptos, si eso fuera inevitable ya hace mucho tiempo no
habríamos hundido en un pantano putrefacto. Pero no es así, en realidad,
es perfectamente posible que la clase obrera controle a sus dirigentes. El
programa de Lenin, el programa del partido de 1919, señalaba todo lo que
era necesario para conseguir esto. Sólo el enorme atraso de la sociedad
rusa en aquel momento impidió que Lenin tuviera éxito. El
carácter de Stalin no es más que un reflejo de este atraso asiático
general, en una forma destilada y extrema. El fanático celo con el que
persiguió y exterminó a los viejos bolcheviques, reflejaba algo más que
su deseo de venganza personal. Representaba la furia con la que
reaccionaron loa funcionarios pequeño burgueses en los días tormentosos
de la revolución, su deseo ardiente de conseguir una “vida feliz”
para ellos y sus familias. Para
esta generación de arribistas y trepas sociales, todo lo asociado con el
pasado bolchevique era un recuerdo de los viejos principios de la
democracia obrera y el igualitarismo. Veían en esto un obstáculo en el
camino hacia la “vida feliz” y estaban decididos a aplastarlo. Si eso
significa también aplastar cuerpos humanos y tejidos nerviosos, entonces
lo harían. La crueldad de Stalin era la expresión perfecta de este
ambiente. El papel del individuo en la historia
Los
hombres y las mujeres hacen su propia historia, como explicó hace mucho
tiempo Marx. Pero al hacer la historia no son agentes libres como imaginan
los idealistas. Si Stalin no hubiera existido otra figura habría ocupado
su lugar. La diferencia habría sido la intensidad, pero el resultado
general no habría sido diferente. Una vez la revolución había quedado
aislada en condiciones de atraso extremo, el proceso de degeneración era
algo inevitable. Es
verdad que el carácter peculiar de Stalin dio a la contrarrevolución
burocrática un carácter particularmente bárbaro. Pero Stalin no creó
la burocracia ni la contrarrevolución. Ellas le crearon a él. Una vez
instalado en una posición de poder absoluto, él interactuó en el
proceso, impartiéndole un carácter particularmente sangriento y feroz.
Por esto, el nombre de Stalin siempre quedará ligado a la injusticia.
Pero sería un error asumir que todo lo ocurrido fue simplemente el
resultado de la crueldad de un solo individuo. Hay
períodos en la historia en que se produce una concatenación peculiar de
circunstancias, como resultado del desarrollo anterior y en estos períodos
el resultado de los acontecimientos se puede decidir incluso por un solo
individuo. Esa era la situación en octubre (noviembre) de 1917 en Rusia.
Las acciones del Partido Bolchevique fueron decisivas en el curso de la
revolución. Y, en última instancia, dependían de la dirección de Lenin
y Trotsky. Pero
cuando la marea de la revolución comenzó a retroceder, ni Lenin ni
Trotsky pudieron evitarlo. Por supuesto, es posible especular sobre
posibles variantes. Si Lenin hubiera vivido unos cuantos años más podría
haber marcado una diferencia importante en la Internacional Comunista. Si
la revolución china de 1923-27 hubiera triunfado, el proceso de
burocratización habría sufrido un retroceso y la clase obrera se habría
animado. Por otro lado, la propia Krupskaya opinaba que si Lenin hubiera
estado vivo en 1926 habría estado encerrado en una de las prisiones de
Stalin. En
el período de la Oposición de Izquierdas Trotsky era consciente de que
iban a ser derrotados. Pero intentaba crear una tradición y una bandera
para el futuro. Cuando Kámenev y Zinoviev capitularon ante Stalin
pensaban que eran hábiles. Somos más inteligentes que Stalin, razonaban
los dos, podemos ser más listos que él cuando cambien las condiciones.
Todo lo que tenemos que hacer es una retirada táctica y hacer unas
cuantas concesiones. Al final, sus “concesiones tácticas” llevaron a
concesiones políticas y después a la muerte real. ¿Quién recuerda hoy
las ideas de Kámenev y Zinoviev? ¿Y las de Bujarin? No han dejado nada
detrás. Pero los marxistas-leninistas del siglo XXI se mantienen
firmemente sobre unas bases ideológicas sólidas, las de Lev Davidovich
Trotsky. Fatalismo, escepticismo y revolución
Los
individuos, ya sean extraordinariamente buenos o malos, sabios o estúpidos,
valientes o cobardes, no pueden determinar los procesos fundamentales de
la historia. En determinadas circunstancias, sí pueden modificar las
formas en las cuales tienen lugar los procesos. Al interactuar en los
acontecimientos pueden retrasar o acelerar las tendencias subyacentes,
pero no pueden cambiarlas sustancialmente. Esta doctrina determinista
puede llevar al fatalismo y a la pasividad, pero no es en absoluto
correcta. Los
seguidores de Calvino en el período de la Reforma, creían fervientemente
en la doctrina de la predestinación pero eso no les impidió ser
revolucionarios activos. Cuando decidieron que iban a luchar al lado de
Dios contra el Demonio, lucharon con gran fervor para garantizar una
victoria lo más rápido posible del Reino de Dios sobre la Tierra. ¡No
se puede imaginar a hombres y mujeres con una visión menos pasiva que
estos calvinistas! Ahora,
en el período de decadencia senil del capitalismo, los marxistas están más
convencidos que nunca en la inevitabilidad histórica de la victoria del
socialismo. En retrospectiva, la victoria de la contrarrevolución
capitalista en Rusia será vista como un episodio. La caída de la URSS es
sólo el primer acto de un drama que se está desarrollando a escala
mundial y que terminará en la crisis y derrocamiento del capitalismo. La
crisis orgánica actual del capitalismo representa la mayor amenaza para
la humanidad. El deber de todos los jóvenes y trabajadores conscientes es
acelerar el proceso de construcción de un movimiento anticapitalista
poderoso en todo el mundo. El éxito de este movimiento en gran parte se
estará facilitado por el grado en que adopte una política marxista. Esto
sólo es posible en la medida que la vanguardia proletaria absorba las
tradiciones del leninismo y el bolchevismo y tome como modelo la Revolución
de Octubre. ¿Y
el estalinismo? Como corriente política el estalinismo está prácticamente
extinguida. Las pocas ancianas que llevan las fotos de Stalin en la Plaza
Roja son una expresión de esto. Es una bandera desacreditada y decadente.
Pero en un sentido, los remanentes del estalinismo todavía persisten
dentro del movimiento obrero, no como una corriente coherente y
organizada, sino como un ambiente definido entre ciertas capas. La base
psicológica del estalinismo (y de todas las tendencias burocráticas en
el movimiento obrero) es la ausencia de confianza en la clase obrera y su
potencial revolucionario y socialista. Con
la caída de la Unión Soviética, hubo una oleada de apostasía y deserción
de las filas del movimiento marxista. Personas que ayer se autodenominaban
comunistas, ahora hablan desdeñosamente del socialismo y la clase obrera.
Estas capas, presas de la rutina y la inercia, todavía ocupan posiciones
en los sindicatos y partidos obreros, son gente amargada y agotada Carecen
de una formación marxista seria, no tienen perspectiva. Su único
objetivo en la vida es justificarse culpando a la clase obrera de todo.
Intentan envenenar a la nueva generación con su escepticismo gangrenoso.
El pesimismo es el primer artículo de fe en el Credo de estos cínicos.
Juegan el papel de rémora para hacer retroceder el movimiento y evitar
que avance. Esta capa no
representa el futuro sino el pasado. No refleja la cara de la clase obrera
sino su espalda. Será apartado a un lado por el desarrollo de la lucha de
clases. La nueva generación, que ya ha empezado a moverse, apartará a un
lado las viejas telas de araña y buscará la verdad. En palabras de
Trotsky, la locomotora de la historia es la verdad, no la mentira. La
bandera de Octubre quedó ensuciada y ensangrentada por la contrarrevolución
política estalinista. La tarea de la nueva generación es limpiarla,
eliminar toda la suciedad acumulada y elevarla bien alto. Las verdaderas
tradiciones de Octubre son la única forma de hacer avanzar a la clase
obrera. A aquellos cobardes y apocados que intentan decir que la clase
obrera ya no está dispuesta a luchar por su emancipación les respondemos
con las palabras de Galileo: ¡Eppur
si muove! ¡Y
sin embargo se mueve! |
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