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bolchevismo
El camino a la revolución |
| Segunda parte | |||
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La primera revolución rusa
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El III Congreso
El 12 de abril de 1905 abrió sus puertas en Londres el I Congreso del partido genuinamente bolchevique. El orden del día incluía los siguientes puntos: 1) la insurrección armada; 2) la actitud hacia la política del gobierno, incluida la consigna del gobierno provisional revolucionario; 3) la actitud hacia el movimiento campesino; 4) las relaciones entre los trabajadores y los intelectuales dentro del partido; 5) estatutos del partido; 6) la actitud hacia los otros partidos (incluidos los mencheviques); 7) la actitud hacia las organizaciones socialdemócratas no rusas; 8) la actitud hacia los liberales; 9) acuerdos prácticos con los socialrevolucionarios y las cuestiones organizativas. Asistieron al congreso 24 delegados con derecho a voto que representaban a 21 comités, así como otros grupos del partido, incluido el Comité de Redacción de Vperiod y la organización bolchevique en el extranjero, que tenía voto consultivo. Lenin estaba presente como delegado por Odessa. El congreso se celebró al calor de la insurrección revolucionaria. El partido se enfrentaba a toda una serie de cuestiones tácticas y políticas apremiantes: la actitud hacia las concesiones del gobierno (Comisión Shidlovski), la consigna del parlamento (Zemsky Sobor), la asamblea constituyente, la insurrección armada, el gobierno provisional revolucionario, el trabajo legal y semiclandestino, las cuestiones nacional y agraria, además de otras temas de similar importancia. Pero el tema que más sobresalió fue la insurrección armada. Lenin insistió particularmente sobre esto: "La historia del último año", decía, "ha demostrado que hemos subestimado el significado y la inevitabilidad de la insurrección. Hay que prestar atención al aspecto práctico de la cuestión"34. Lunacharski (Vóinov) abrió el debate. La revolución en Rusia ya había comenzado en el sentido que las masas habían entrado decisivamente en la arena de la lucha. Ahora era necesario, decía, dar una forma organizada a este movimiento semiespontáneo. De otra manera, todo el heroísmo y la energía de los trabajadores se podría disipar en insurrecciones locales desorganizadas sin ningún objetivo. En el período previo, cuando las condiciones objetivas para la revolución estaban ausentes, los marxistas rusos, Plejánov en primer lugar, habían insistido en atacar las teorías voluntaristas de los narodnikis, esos "románticos revolucionarios" que imaginaban que todo lo que hacía falta para que las masas entraran en acción era el empuje de pequeños grupos terroristas. Para este idealismo subjetivo, el problema de la insurrección armada era algo independiente del tiempo y el espacio. Para los marxistas, para quienes la revolución debe ser obra de los propios trabajadores, surge inevitablemente en determinado momento del desarrollo de la lucha de clases. Donde están ausentes las condiciones objetivas necesarias, plantear constantemente la idea de la insurrección y la lucha armada es simple blanquismo. Este término, que era comúnmente utilizado por los marxistas rusos para calificar el aventurerismo revolucionario, toma su nombre del famoso revolucionario francés y comunista utópico: Louis Auguste Blanqui (1805-1881), que se basaba en la concepción ultraizquierdista y conspirativa de la revolución, como obra, no de las masas, sino de un golpe de mano de una pequeña minoría revolucionaria. A pesar de su indudable sinceridad y coraje personal, la ausencia de comprensión teórica por parte de Blanqui, le condenó a jugar un papel negativo: "Blanqui", escribía Engels, "es esencialmente un político revolucionario, un socialista de sentimientos, debido a su simpatía por los sufrimientos de la gente, pero no es socialista ni en la teoría ni en las propuestas prácticas definidas de reformas sociales. En sus actividades políticos esencialmente era un ‘hombre de acción"35. Los ultraizquierdistas modernos han preservado fielmente todos los defectos de Blanqui sin mantener ninguna de sus virtudes. Cuando las condiciones estaban ausentes, los marxistas rusos se concentraron en el trabajo lento de desarrollar a los cuadros marxistas, insistiendo en la teoría y la organización, administrando cuidadosamente los recursos y estableciendo vínculos con las masas. Pero ahora, toda la situación se había transformado debido a los terremotos sociales de la guerra y la revolución. Después del 9 de enero, el argumento de Mártov de que no podemos "organizar" la revolución y su acusación de "blanquismo" dirigida a los bolcheviques, olía a sofística. En realidad, la actitud de los mencheviques procedía de su concepción de la revolución, como una revolución democrático burguesa en la cual la clase obrera debe subordinarse a la burguesía liberal. La cuestión de la organización de los trabajadores para una insurrección armada no entraba en su esquema, porque veían el papel de los trabajadores como un simple apoyo de los liberales, para obligar a la autocracia a retirarse bajo la presión de unas huelgas y manifestaciones dirigidas a llevar al poder a los liberales. La posición bolchevique era radicalmente diferente. Después de la conmoción del Domingo Sangriento, la conciencia de las masas se transformó. Hubo una oleada de huelgas locales y manifestaciones, a menudo con un carácter tormentoso. Uno de los delegados recuerda el ambiente electrizante que reinaba en las fábricas: "Después de la semana revolucionaria de enero en Petersburgo, hubo tal torrente de huelgas anarquistas que en muchas fábricas bastaba con que sólo uno de los trabajadores gritara: ‘¡Abajo las herramientas, chicos!’ para que estallara una huelga, y todo aquel que hablaba en contra de ella, era calificado por los demás de ‘provocador’. El peligro era que las energías de los trabajadores se disiparan por este camino. Lo que hacía falta era intentar unificar el movimiento para poder concentrar ‘toda la fuerza en el punto de ataque’. El mismo delegado insistía en la necesidad de combatir el aventurerismo ultraizquierdista y el terrorismo individual: ‘Por un lado, los actos innecesarios de pequeño terrorismo, y por el otro, los actos absurdos de provocación, o enfrentamientos con la policía y los soldados, en los que individuos armados, utilizando sus armas, daban al enemigo la razón y oportunidad de disparar y masacrar a la muchedumbre desarmada"36. Los delegados discutían de una forma seria todos los detalles técnicos: el trazado de los mapas estratégicos de las ciudades, el entrenamiento de los oficiales competentes, la recogida de fondos, pero sobre todo, la necesidad de que cada grupo tuviera un conocimiento detallado de las condiciones locales y el ambiente de los trabajadores. Junto a la preparación técnica y organizativa, estaba el trabajo ideológico, agitativo y propagandístico, como una parte integral para preparar el derrocamiento del zarismo. Había que realizar la agitación, no sólo entre los trabajadores, sino también entre los intelectuales, estudiantes, jóvenes, mujeres, nacionalidades no rusas y, en la medida de lo posible, entre los campesinos, empezando en las aldeas pobres. Había que dedicar una atención especial al trabajo en el ejército, con el objetivo de ganar a los soldados para el lado de los trabajadores. Los panfletos debían llegar a las tropas, había que crear una comisión de especialistas experimentados, bajo el control del Comité Central, para elaborar un programa de demandas transicionales para los soldados. Sin embargo, incluso en un momento en que los acontecimientos habían puesto en el orden del día la cuestión de la insurrección armada, la tarea fundamental del partido todavía era ganar a las masas. Sin eso, todas las palabras sobre derrocar al zarismo habrían sido una charlatanería vacía. El congreso, sin embargo, confirmó muchos de los temores de Lenin de que los activistas bolcheviques dentro de Rusia habían reaccionado lentamente al cambio de situación. Acostumbrados a funcionar durante un largo período en círculos pequeños y cerrados en la clandestinidad, los hombres de comité no estaban cómodos en el movimiento de masas y utilizaban cualquier excusa para evitar verse implicados en él. Una concepción formalista de la organización, de la disciplina y del centralismo, junto con ciertas tendencias ultraizquierdistas, sirvieron para encubrir un conservadurismo innato y la exclusividad heredada del pasado. Lenin utilizó el congreso como un escenario para librar una lucha implacable contra estas tendencias. Sobre la cuestión de la participación en las organizaciones legales como eran los sindicatos, cooperativas, sociedades de seguros y beneficencia, respecto a la cual el ambiente dominante entre los hombres de comité era a favor del boicot, Lenin advirtió que "el congreso no puede dar una norma rígida acerca de la participación en este tipo de sociedades. Hay que valerse de todos los métodos para la agitación. De la experiencia de la Comisión Shidlovski no puede derivarse una actitud absolutamente negativa", y continuó la descarga sobre los defensores del boicot al afirmar que sería correcto, en determinar circunstancias, participar incluso en un parlamento zarista amañado. "No es posible contestar en forma categórica a la pregunta de si se deberá participar en un Zemski Sobor. Todo dependerá de la situación política, del sistema electoral y otros factores específicos acerca de los cuales no es posible prejuzgar. Se dice que el Zemski Sobor es un fraude. Es verdad, pero a veces hay que participar en las elecciones para desenmascarar un fraude". Lenin presentó una enmienda a la resolución sobre esta cuestión donde se afirmaba: "Por lo que se refiere a las concesiones reales y aparentes que la tambaleante autocracia hace ahora a la democracia, en general, y a la clase obrera, en particular, el Partido Obrero Socialdemócrata las aprovechará, por una parte, para afianzar todo lo que representa una mejora de la situación económica y una ampliación de la libertad del pueblo, de modo que sea posible fortalecer la lucha; y, por otra parte, para desenmascarar inflexiblemente ante el proletariado los fines reaccionarios del gobierno, el cual aspira a dividir y corromper a la clase obrera, y a desviar su atención de los intereses apremiantes de clase en el momento de la revolución"37. La comprensión flexible y dialéctica de Lenin, de las tácticas y estrategias revolucionarias, chocaba con el dogmatismo inflexible de los hombres de comité, cuyo universo giraba alrededor del eje de su estrecho círculo local, que guardaban celosamente, por un lado, contra la dirección en el exilio, y por el otro, contra la demanda de los trabajadores de un mayor poder de decisión en el funcionamiento de los asuntos internos del partido. La composición de clase del propio congreso dejaba mucho que desear, como comentaba uno de los delegados, Leshchinski (Zharkov): "Mirando alrededor, a la composición del actual congreso, estoy asombrado porque hay pocos trabajadores, y sin duda, se podría haber encontrado la forma de enviar al congreso a los trabajadores adecuados"38. Incluso Krúpskaya en sus memorias recuerda esta cuestión: "En el III Congreso no había trabajadores, al menos ninguno destacable... Aunque no faltaban hombres de comité. A menos que la idea que se tuviera del congreso fuera llegar a un gran acuerdo, no se iba a comprender adecuadamente el objetivo del congreso". La atmósfera del congreso a menudo era acalorada, sobre todo cuando Lenin se enfrentaba a los prejuicios de los prácticos, mientras que estos últimos no ocultaban su resentimiento ante la "injerencia" de los exiliados. "Los hombres de comité, escribía Krúpskaya, "eran normalmente personas muy seguras de sí mismas. Veían la tremenda influencia que el trabajo del comité tenía en las masas, y como norma, no aceptaban la democracia interna del partido. ‘La democracia interna del partido sólo conduce a problemas con la policía. Estamos directamente conectados con el movimiento’, eso es lo que dirían los hombres de comité. Interiormente, más bien despreciaban a los trabajadores del Partido en el extranjero, quienes, en su opinión, no tenían nada mejor que hacer que pelearse entre ellos, ‘deberían estar trabajando en las condiciones rusas’. Los hombres de comité objetaban la influencia dominante del Centro en el extranjero. Al mismo tiempo, no querían innovaciones. No deseaban ni eran capaces de ajustarse a unas condiciones que cambiaban con tanta rapidez"39. Bogdánov presentó una resolución, redactada por Lenin, Sobre las relaciones entre los trabajadores y los intelectuales dentro de la organización socialdemócrata, que, reconociendo las dificultades existentes en la clandestinidad, al mismo tiempo, defendía la aplicación del principio de elecciones amplias, abrir el partido a los trabajadores, dejar lugar a las capas nuevas y frescas en los comités dirigentes del partido. Esta resolución provocó una oleada de protestas por parte de los hombres de comité. Kámenev (Gradov) fue el primero en protestar: "Debo hablar decididamente en contra de la aprobación de esta resolución. Esta cuestión de la relación entre los intelectuales y los trabajadores en las organizaciones del partido no existe. (Lenin: ¡Existe!) No, no existe: existe como una cuestión demagógica, eso es todo". Otros plantearon que no había tiempo ni fuerzas para formar a los trabajadores, basándose en la famosa cita del ¿Qué hacer?, que incorrectamente afirma que la conciencia socialista debe llegar a los trabajadores desde fuera. Románov (Leskov), se quejaba de la siguiente forma: "Me parece que aquí estamos sobreestimando la psicología de los trabajadores (¡sic!), como si los trabajadores por sí mismos pudieran convertirse en socialdemócratas conscientes"40. El propio autor de ¿Qué hacer? respondió a sus críticas apelando al instinto de clase de los trabajadores, y deliberadamente, sobresaltó a la audiencia haciendo referencia, aprobatoriamente, a la participación de los trabajadores en la organización del partido durante el período del economicismo. En las Obras Completas en inglés, este discurso de Lenin, por razones que son mejor conocidas por los editores estalinistas, ha desaparecido. Cito aquí las actas del congreso en ruso: "Se ha dicho aquí que los portadores de las ideas socialdemócratas son fundamentalmente intelectuales. Eso no es verdad. En la época del economicismo, los portadores de las ideas revolucionarias eran los trabajadores, no los intelectuales... Además se ha afirmado que a la cabeza de los escisionistas normalmente se sitúan los intelectuales. Esa observación es muy importante pero no se ajusta a la realidad. Hace mucho en mis trabajos escritos advertí que los trabajadores deberían entrar a los comités en el mayor número posible. El período que siguió al II Congreso se caracterizó por una instrumentación insuficiente de esta obligación —esa es la impresión que he sacado de mis conversaciones con los ‘trabajadores prácticos’—... Es necesario superar la inercia de los hombres de comité (aplausos y abucheos)... los trabajadores tienen instinto de clase, y con un poco de experiencia política rápidamente se convierten en socialdemócratas incondicionales. Estaría muy satisfecho si, en la composición de nuestros comités, por cada dos intelectuales hubiera ocho trabajadores"41. Esta es la respuesta final a aquellos que aún persisten en repetir el error de Lenin en ¿Qué hacer?, donde, incorrectamente, afirma que el proletariado, por sí mismo, sólo puede desarrollar una "conciencia sindical". Lenin nunca repitió esta afirmación y, en realidad, la repudió en más de una ocasión. No fue Lenin sino los hombres de comité, con su caricatura formalista del bolchevismo, quienes plantearon esta idea y abuchearon a Lenin cuando intentó corregirles. Estaba tan indignado ante la actitud tan desdeñosa de los intelectuales hacia los trabajadores que deliberadamente les provocó al referirse positivamente a los economicistas-obreros. En realidad, muchos de los antiguos economicistas-obreros de la tendencia Rabochaya Dyelo, posteriormente, se unieron a los bolcheviques, mientras que los economicistas-intelectuales, como Martynov y Akimov, como un solo hombre, se unieron a los mencheviques. Este es un punto interesante que nunca se mencionó, pero que sin embargo es verdad. Lleno de indignación, Lenin intervino de nuevo: "Apenas pude mantenerme en mi asiento cuando dijeron que no había trabajadores adecuados para entrar en los comités (...) Los trabajadores deben ocupar un lugar en los comités. Resulta curioso que sólo haya tres publicistas en el congreso, los demás son hombres de comité: parece que los publicistas han ocupado el lugar de los trabajadores, mientras que los hombres de comité, por alguna razón, parecen sentirse nerviosos al lado de los trabajadores"42. Todos los argumentos apasionados planteados por Lenin y sus seguidores, cayeron en oídos sordos. La mayoría siguió firme y la resolución de Lenin fue rechazada porque no había "necesidad" de una resolución especial sobre esta cuestión. Los acontecimientos posteriores demostraron que Lenin tenía razón. A pesar de este revés, el III Congreso marcó una época histórica. Las ideas básicas de Lenin sobre el papel dirigente del proletariado en la revolución, la necesidad de una absoluta independencia de clase y la desconfianza en los liberales, se adoptó sin ninguna disensión. La política del partido sobre la cuestión agraria (Lenin abrió este debate) cambió radicalmente para incluir la confiscación de todas las propiedades de los grandes terratenientes y la creación de comités campesinos. Desde entonces, la solución revolucionaria al problema agrario se situó en el centro de la estrategia revolucionaria de los bolcheviques. Los estatutos del partido aprobados en el II Congreso básicamente lo reafirmaron, aunque Lenin dejó suficientemente claro que no se debían interpretar en un sentido estricto, sino que la organización del partido debería abrirse rápidamente para incluir a los mejores trabajadores y jóvenes. Con la experiencia amarga de la escisión aún fresca en la memoria de todos, también insistió en la inclusión en los Estatutos de unas garantías claras y específicas para los derechos de las minorías dentro del partido. Las minorías debían tener el derecho a expresar su punto de vista libremente en todos los niveles del partido, sometidas a la única condición de que el planteamiento de las diferencias no debería realizarse de una manera que desorganizase y socavase la intervención práctica del partido en la lucha contra el zarismo y el capitalismo.
Cómo se financiaba el partido -->
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34. Lenin, III Congreso del POSDR, Obras Completas, Vol. 10, pág. 121. 35. Marx y Engels, Obras Escogidas, Vol. 2, pág. 381 en la edición inglesa. 36. Tretiy s’yezd RSDRP (Protokoly), pág. 10 en ambas citas. 37. Lenin, III Congreso del POSDR, Obras Completas, Vol. 10, págs. 130-129. 38.
Tretiy s’yezd RSDRP (Protokoly), pág. 124. 39. Krúpskaya, Recuerdos de Lenin, pág. 125 y págs. 124-5 en la edición inglesa. 40. Citado por Tretiy s’yezd RSDRP (Protokoly), págs. 255 y 265. 41. Ibíd., pág. 262 (el subrayado es nuestro). 42. Lenin, III Congreso del POSDR, Obras Completas, Vol. 10, pág. 182. |
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