bolchevismo El camino a la revolución 
Historia del Partido Bolchevique desde sus comienzos hasta la Revolución de Octubre  

 
  Segunda parte    
 

La primera revolución rusa

 

   

 

 Comienza la revolución

 

Sólo dos días antes del Domingo Sangriento, el liberal ex marxista, Struve, escribió en su periódico, Osvobozhdenie: "Todavía no existe en Rusia un pueblo revolucionario", a lo cual Trotsky respondió sarcásticamente, hablando de los liberales: "No creían en el papel revolucionario del proletariado; en su lugar, creían en la fuerza de las peticiones de los zemstvos [una referencia a la campaña de banquetes y peticiones lanzada el otoño anterior por los liberales organizados en torno a los zemstvos], en Witte, en Sviatopolsk-Mirski, en cajas de dinamita. No había prejuicio político que no aceptasen a ojos cerrados. Sólo nuestra fe en el proletariado les parecía un prejuicio"20. El magnífico movimiento del proletariado fue la respuesta final a todos los escépticos.

El 10 de enero aparecieron las barricadas en San Petersburgo. El 17 de enero, 160.000 trabajadores fueron a la huelga en 650 fábricas en la capital. El movimiento espontáneo de masas en solidaridad con los trabajadores de Petersburgo, se extendió por todo el país. Los acontecimientos del Domingo Sangriento provocaron una reacción inmediata por parte de la clase obrera. Sólo en enero, más de 400.000 trabajadores participaron en las huelgas en toda Rusia. Desde el 14 al 20 de enero, la capital polaca se vio sacudida por una huelga general revolucionaria en la que participaron las fábricas, los tranvías, los conductores de autobús e incluso los médicos. La ciudad, ocupada por las tropas rusas, parecía un campo armado. El 16 de enero los grupos socialistas convocaron una manifestación en la que participaron 100.000 trabajadores. Las tropas pidieron a la multitud que se dispersara y dispararon 60.000 cartuchos. En tres días, según las cifras oficiales, hubo 64 muertos y 69 heridos, de los cuales 29 murieron más tarde. Se declaró el estado de sitio.

La región báltica también se vio sacudida por la corriente revolucionaria. Riga, Revel y otras ciudades fueron sacudidas por movimientos revolucionarios de masas. El centro fue Riga, donde el 13 de enero 60.000 trabajadores organizaron una huelga general política y 15.000 trabajadores protagonizaron una marcha de protesta. El gobernador general ruso, A. N. Meller-Zakomelski, ordenó a las tropas que abrieran fuego contra la multitud, asesinando a 70 personas e hiriendo a otras 200. En medio de una represión feroz, el movimiento huelguístico continuó extendiéndose como una bola de fuego a través de Polonia y los Estados bálticos. En el Cáucaso existía una situación similar y estalló una huelga general política. El movimiento superó todas las divisiones nacionales: trabajadores polacos, armenios, georgianos, lituanos y judíos expresaron su solidaridad con sus hermanos de clase rusos de la forma más práctica —luchando contra la odiada autocracia zarista—. Lo más serio de todo, desde el punto de vista del gobierno, fue el inicio de una huelga ferroviaria en Saratov, en Rusia central, el 12 de enero, que rápidamente se extendió a las otras líneas ferroviarias, trasladando la oleada revolucionaria hacia el exterior, hacia las provincias más atrasadas.

El movimiento de los trabajadores tuvo un efecto electrizante en todas las clases de la sociedad. La retirada pública del régimen animó no sólo a los trabajadores, también a la clase media, a los liberales burgueses y a los estudiantes. "La acción de los trabajadores fortaleció la posición de los elementos radicales dentro de la intelectualidad, como la Conferencia de Zemtsy que al principio puso una baza en las manos de los elementos oportunistas"21. Este movimiento provocó pánico en los círculos gubernamentales. Después del Domingo Sangriento, la camarilla dominante intentó moverse rápidamente hacia la reacción, como indicaba la destitución del liberal Svyatopolk Mirsky a favor del burócrata conservador Bulygin, y otorgó poderes dictatoriales casi ilimitados al general Trépov. Ahora todos sus cálculos estaban provocando el caos. Bajo la presión del creciente movimiento huelguístico, el 18 de febrero el zar publicó su primer manifiesto en el que hacía referencia indirectamente a una constitución y a la representación popular. Pero la clase obrera, con su unidad de acción, había conseguido más en una semana que en todos los años de discursos, peticiones y banquetes de la burguesía liberal.

Las ondas sísmicas provocadas por el 9 de enero, empujaron a todo el movimiento hacia la izquierda. La marea comenzaba a subir fuertemente y estaba a favor de la acción revolucionaria y de la socialdemocracia revolucionaria. Los trabajadores bolcheviques y mencheviques, ayer esquivados y que provocaban la desconfianza de sus compañeros, ahora destacaban en cada fábrica. Es imposible sobreestimar la importancia del papel de estos agitadores obreros conscientes en el desarrollo de la oleada huelguística, a pesar de su carácter aparentemente espontáneo. Las actividades de los revolucionarios contaban con la gran ayuda del general Trépov que servicialmente exilió a un gran número de "agitadores" desde San Petersburgo a las provincias donde actuaron como el fermento necesario del movimiento revolucionario.

Después del Domingo Sangriento la situación dio un giro total. Las posibilidades que ahora se desarrollaban ante los marxistas rusos eran inmensas. Pero el partido, todavía tambaleante por los efectos de la escisión, estaba en una forma muy pobre para poder aprovecharse de las oportunidades. Una mirada rápida a la correspondencia de Lenin en esta época revela la deficiente situación de la organización, particularmente, con relación al contacto entre los activistas bolcheviques dentro de Rusia y la dirección en el extranjero: "Y de pronto, telegráficamente, ah, sí, hablamos mucho de organización y de centralismo, pero lo cierto es que, aún en el círculo íntimo de camaradas que trabajan en el organismo central, existe tanta discordia, tanto primitivismo, que le dan a uno ganas de escupir. Los bundistas no se pasan el tiempo charlando de centralismo, pero cada uno de ellos escribe semanalmente al organismo central y mantiene en los hechos un contacto... La verdad es que muchas veces creo que nueve de cada diez bolcheviques son en realidad unos formalistas. O unimos en una organización realmente férrea a quienes quieren combatir, para dar la batalla, con este Partido pequeño pero firme, al monstruo fofo de los heterogéneos elementos neoiskiristas, o demostramos con nuestra conducta que merecemos sucumbir como unos deplorables formalistas".

"Los mencheviques cuentan con más dinero, más publicaciones, mayores posibilidades de transporte, más cuadros, más ‘nombres’, más colaboradores. Sería una imperdonable puerilidad empeñarse en no verlo"22.

Mientras que se podría atribuir cierto elemento de exageración a los sentimientos naturales de Lenin de frustración e impaciencia, la acusación de formalismo dirigida contra una capa de los profesionales bolcheviques dentro de Rusia no era en absoluto una casualidad. Partiendo de una posición de clara superioridad entre los activistas del partido en Rusia, los hombres de comité bolcheviques, cuando se enfrentaron al movimiento explosivo de las masas, no consiguieron reaccionar con la flexibilidad necesaria y, consecuentemente, cometieron errores y frecuentemente perdían la iniciativa. En una situación donde cientos de miles de jóvenes y trabajadores estaban entrando en la arena política, buscando un camino revolucionario, la necesidad más imperiosa era abrir el partido y dejar entrar al menos a los mejores elementos de las masas. Pero los hombres de comité, empapados en el hábito de la clandestinidad, en los pequeños círculos de trabajo, eran reticentes a apartarse y dejar el camino a las capas frescas y nuevas. Encontraron mil y una excusas para no abrir el partido: los trabajadores no están preparados para entrar, la necesidad de salvaguardar la seguridad y otras cosas por el estilo. Después de todo, ellos razonaban de la siguiente forma: ¿La diferencia básica entre Lenin y Mártov en el II Congreso no era la necesidad de salvaguardar la pureza de la vanguardia revolucionaria no llenándola con demasiados elementos inexpertos e ignorantes? ¡No debemos diluir la militancia!

Es verdad que Lenin en 1903 estaba a favor de restringir la entrada al partido, pero ahora defendía, incluso con más vehemencia, la apertura de las puertas y las ventanas, y permitir que entrara el mayor número posible de jóvenes y trabajadores. "Necesitamos fuerzas jóvenes. Yo aconsejaría fusilar en el acto a quienes se permiten decir que no hay gente. En Rusia hay multitud de gente. Lo que hace falta es reclutar a la juventud con mayor amplitud y audacia, con mayor audacia y amplitud, una vez más con mayor amplitud y una vez más con mayor audacia, sin recelar de ella. Estamos en tiempos de guerra. La juventud decidirá el desenlace de toda la lucha; la juventud estudiantil y, más aún, la juventud obrera. Lanzad por la borda las viejas costumbres de la inmovilidad, del respeto a los rangos, etc. Fundad con jóvenes centenares de círculos de adeptos de Vperiod y estimuladles para que actúen con toda energía. Ampliad el comité al triple admitiendo a la juventud, cread cinco o diez subcomités, ‘cooptad’ a toda personas honrada y enérgica. Conceded a cada subcomité el derecho de escribir y editar volantes sin dilación alguna (no importa que se equivoquen: en Vperiod los corregiremos ‘suavemente’). Es preciso unir y hacer entrar en acción con rapidez desesperada a todos los hombres de iniciativa revolucionaria. No temáis su falta de preparación, no tembléis ante su inexperiencia e insuficiente desarrollo. En primer lugar, si no sabéis organizarlos y estimularlos, seguirán a los mencheviques y a los Gapón y con su inexperiencia causarán un daño cinco veces mayor. En nuestro lugar, los acontecimientos les educarán ahora en nuestro espíritu. Los acontecimientos enseñan ya a todos y cada uno precisamente el espíritu de Vperiod.

"Es imprescindible organizar, organizar y organizar centenares de círculos, relegando por completo a segundo plano las habituales estupideces bienintencionadas de los comités (jerárquicas). Estamos en tiempos de guerra. O se crean organizaciones combativas nuevas, jóvenes, frescas y enérgicas por doquier para efectuar una labor socialdemócrata revolucionaria de todo género, de todos los tipos y entre todos los sectores, o pereceréis con la gloria de los hombres ‘de comité"23.

Recordando a sus colegas que "no olviden que la fuerza de una organización revolucionaria está en la cantidad de vínculos que tiene", Lenin escribía a Gúsev el 15 de febrero: "El revolucionario profesional debe establecer en cada lugar decenas de nuevos contactos, confiarles mientras está con ellos toda la labor, enseñarles e impulsarlos no con sermones, sino con el trabajo. Después, marchar a otro lugar y, al cabo de uno o dos meses, regresar para comprobar como actúan los jóvenes substitutos. Le aseguro que entre nosotros existe un temor idiota a la juventud, temor filisteo, digno de Oblómov. Se lo suplico: luche contra este temor con todas sus fuerzas"24.

Estas líneas revelan, notoriamente, la esencia del método de Lenin, particularmente en las cuestiones organizativas. Mientras insistía en la necesidad de una organización revolucionaria fuerte, la actitud de Lenin ante las cuestiones organizativas siempre fue extremadamente flexible. Después del II Congreso, los mencheviques intentaron caricaturizar a Lenin presentándolo como un burócrata chapado a la antigua, empeñado en crear un partido formado por una elite de revolucionarios profesionales e intelectuales que excluyera a los trabajadores normales y que debería estar sometido a los mandos de un "centro todopoderoso". Esta caricatura, repetida maliciosamente y exagerada por los historiadores burgueses, es lo contrario a la realidad, como demuestra irrefutablemente —muy típico del período que estamos tratando— el párrafo anterior.

 

 

La Comisión Shidlovski -->

 

   
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20. Trotsky, 1905. París, Ed. Ruedo Ibérico, 1971, Vol. 1, pág. 80.

21. Ibíd., pág. 78.

22. Lenin, Carta a A. A. Bogdánov y S. I. Gúsev, Obras Completas, Vol. 9, págs. 251-2.

23. Ibíd., págs. 253-4.

24. Lenin, Carta a S. I. Gúsev, Obras Completas, Vol. 9, pág. 14.