bolchevismo El camino a la revolución 
Historia del Partido Bolchevique desde sus comienzos hasta la Revolución de Octubre  

 
  Primera parte    
       
 

El nacimiento del marxismo ruso

 

   

 

 De la propaganda a la agitación

 

El nuevo énfasis sobre la agitación revolucionaria de masas cogió a muchos por sorpresa. Futuros economicistas, como Boris Krichevski, no tardaron en criticar al Grupo Emancipación del Trabajo por su supuesto "constitucionalismo", al no entender la necesidad de plantear consignas democráticas junto a reivindicaciones elementales de clase del proletariado. Al mismo tiempo, muchos de los viejos veteranos, incluso en Rusia, eran reticentes a reconocer que la situación había cambiado. Los viejos hábitos de la actividad del pequeño grupo de propaganda se resistían hasta la muerte. En muchos casos, la transición a la agitación de masas fue realizada sólo después de dolorosas discusiones y divisiones. Plejánov, en su artículo Las tareas de los socialdemócratas rusos durante la hambruna en Rusia (1892), dio la definición marxista clásica de la diferencia entre propaganda y agitación: "Una secta puede estar satisfecha con propaganda en el sentido estrecho de la palabra: un partido político nunca. (...) Un propagandista da muchas ideas a una o a unas pocas personas. (...) No obstante, la historia la hacen las masas. (...) El vínculo necesario entre los ‘héroes’ y la ‘multitud’, entre ‘las masas’ y ‘sus líderes’ se forja y templa gracias a la agitación".

Plejánov recalcó la necesidad urgente de que los marxistas penetrasen las capas más amplias de las masas con consignas agitativas, empezando con las reivindicaciones económicas más inmediatas, tal como la jornada de ocho horas. "Así, todos los trabajadores —incluso los más atrasados— quedarán claramente convencidos de que llevar a cabo al menos algunas medidas socialistas es importante para la clase obrera. (...) Tales reformas económicas, como por ejemplo la reducción de la jornada laboral, son buenas aunque sólo sea porque traen beneficios directos a los trabajadores"50.

Esto da el mentís a los oponentes reformistas del marxismo, quienes argumentan que los marxistas "no están interesados en las reformas". Por el contrario, a lo largo de toda la historia, los marxistas han estado al frente de la lucha por la mejora del conjunto de los trabajadores, luchando por mejores salarios y condiciones, menos horas de trabajo y por los derechos democráticos. La diferencia entre el marxismo y el reformismo no consiste en la "aceptación" o no de las reformas (simplemente planteando la cuestión se ve su patente absurdidad). Por un lado, está el hecho de que sólo pueden conquistarse reformas serias mediante la movilización de la clase obrera en lucha contra los capitalistas y su Estado y, por otro, que la única manera de consolidar los logros alcanzados por los obreros y garantizar todas sus necesidades es mediante la ruptura del poder del Capital y llevando a cabo la transformación socialista de la sociedad. Esto último, no obstante, es impensable sin la lucha día a día por avanzar bajo el capitalismo que sirve para organizar, entrenar y educar a la clase obrera preparando así el terreno para el ajuste final de cuentas con sus enemigos.

Las condiciones para la transición al trabajo agitativo de masas fueron preparadas por el desarrollo del propio capitalismo ruso. A lo largo de toda la década de 1890, el gráfico del movimiento huelguístico continuó en ascenso. Además, un porcentaje relativamente alto de los obreros rusos estaba alfabetizado —74% frente al 60% en el resto de la población rusa—. Y San Petersburgo se colocó en el centro del movimiento; aquí estaban los batallones pesados del proletariado ruso —los obreros del metal, el 80% de los cuales estaban concentrados en grandes fábricas como Putílov— y era el lugar donde la clase obrera estaba creciendo más deprisa: entre 1881 y 1900 la clase obrera de la capital aumentó en un 82% —en Moscú fue un 51% en el mismo período—. Era una población nueva y joven. En 1900, más de dos tercios de la población de San Petersburgo había nacido fuera de la ciudad y en cuanto a los obreros la cifra era de más de un 80%. Vinieron de todo el Imperio —campesinos hambrientos y sin dinero, buscando trabajo desesperadamente—. Aquellos que fueron afortunados entraron en las grandes fábricas del textil y del metal. El sector decisivo en San Petersburgo era la industria del metal, mientras que en Moscú predominaba la del textil. Más de la mitad de los trabajadores de San Petersburgo estaban empleados en fábricas de 500 o más, mientras que casi dos tercios trabajaba en fábricas gigantescas de más de mil. Los infortunados se convirtieron en mendigos, vendedores callejeros o prostitutas.

La jornada laboral era larga —entre 10 y 14 horas— y las condiciones y seguridad espantosas. Los trabajadores a menudo tenían que vivir en barracones atestados, donde la mala vivienda se volvía peor por la contaminación del aire y el agua y por el deficiente alcantarillado, lo cual dio a San Petersburgo la reputación de la capital más insalubre de Europa. Las condiciones de los obreros del textil eran particularmente bárbaras, realizando muchísimas horas de trabajos monótonos con un ruido ensordecedor, en condiciones insanas, húmedas y de mucho calor. Los resultados de esta situación son descritos por un inspector gubernamental, "(...) puede ser visualmente confirmado por la apariencia externa [de los trabajadores]: enflaquecidos, macilentos, rendidos, con pechos hundidos: dan la impresión de gente enfermiza, recién salida del hospital"51.

Alrededor de la mitad de los trabajadores del textil eran mujeres. Este sector de la clase particularmente explotado, en su mayoría campesinas recién llegadas y sin cualificaciones, demostró ser extremadamente volátil. El potencial revolucionario de los obreros del textil ya había sido demostrado en las huelgas de 1878-79, cuando se hizo el primer intento confuso de vincular las huelgas y el movimiento revolucionario. Estas huelgas asustaron a las autoridades y las llevó a hacer concesiones. El Primer Decreto de Fábrica del 1 de junio de 1882 prohibía el empleo de niños menores de 12 años para trabajar en las fábricas y limitaba la jornada laboral para niños de 12 a 15 años entre 8 y 15 horas. Otro decreto de 1885 prohibía el trabajo de noche en ciertas industrias.

Los trabajadores no estaban destinados a disfrutar los frutos de su victoria. Las huelgas eran el reflejo de un auge económico, relacionado con la guerra turco-rusa, pero, en la recesión que le siguió, los capitalistas tomaron su revancha. A lo largo de la década de 1880 una severa depresión causó despidos y desempleo masivos, especialmente en la industria del metal. Miles de obreros y sus familias fueron reducidos a la indigencia. Aquellos que permanecieron en las fábricas tuvieron que mantener las cabezas gachas y rechinar los dientes mientras que los empresarios bajaban sus salarios despiadadamente. Al comienzo de la década de 1890, la economía empezó a remontar de nuevo. El cambio fue particularmente perceptible desde 1893 en adelante. La construcción a gran escala de los ferrocarriles estimuló más aún el crecimiento de la industria del metal en San Petersburgo y en el sur de Rusia. Los campos petrolíferos y las minas de carbón aumentaban. Y, de repente, la brisa fresca de la lucha de clases empezó a soplar. La idea de la agitación cautivó inmediatamente la imaginación de la juventud dentro de Rusia. Muchos jóvenes estaban expresando ya su impaciencia por las limitaciones del trabajo en los círculos de propaganda. El camino fue preparado por los socialdemócratas en las áreas occidentales de Lituania y Polonia, donde la huelga de Lodz y la manifestación del 1º de Mayo de 1892 indicaron la naturaleza explosiva de la situación.

La Rusia zarista era, por usar la célebre frase de Lenin, "una auténtica cárcel de naciones". La opresión nacional se intensificó en el período de reacción desenfrenada que siguió al asesinato de Alejandro II. Bajo la siniestra vigilancia de Pobedonóstsev, los dos perros guardianes de la autocracia —la policía y la iglesia ortodoxa— reprimieron todo lo que olía a disidencia —desde pensadores independientes como León Tolstoi, a católicos polacos, luteranos bálticos, judíos y musulmanes—. Matrimonios consagrados en iglesias católicas no eran reconocidos por el gobierno ruso. Bajo Nicolás II, la propiedad de la iglesia de los cristianos armenios fue confiscada por el Estado. Los lugares de culto de los kalmucos y buriatos fueron clausurados. La rusificación forzada fue acompañada por lo que equivalió a conversión obligatoria a la fe ortodoxa.

El desarrollo de la industria tuvo lugar muy pronto en los bordes occidentales del Imperio ruso, Lituania y el Reino de Polonia. Estas áreas, más industrializadas que en el este, más alfabetizadas y con una fuerte influencia alemana, fueron rápidamente penetradas por la socialdemocracia. No obstante, el movimiento obrero aquí resultó inmensamente complicado por la cuestión nacional. Los obreros y campesinos polacos y bálticos, oprimidos por la Rusia zarista, tenían que soportar un doble yugo. El desmembramiento de Polonia, repartida entre Rusia, Austria-Hungría y Prusia, creó un amargo legado de opresión nacional, los efectos de la cual iban a tener graves consecuencias para el desarrollo futuro del movimiento obrero. Los recuerdos de la derrota de 1863 y la horrorosa represión que le siguió mantuvo vivo entre los polacos su odio hacia Rusia.

Las autoridades rusas, especialmente sensibles a los disturbios en las provincias polacas, reprimieron despiadadamente los primeros grupos socialdemócratas polacos con arrestos, tortura y largas sentencias a trabajos forzados. Pero el movimiento, como una monstruosa hidra de siete cabezas, reaccionó al corte de una cabeza brotándole inmediatamente dos nuevas. El Báltico pronto se convirtió en un punto focal de agitación y propaganda marxistas, sirviendo como el punto de entrada para material y correspondencia ilegal entre el Grupo Emancipación del Trabajo en el exterior y la clandestinidad marxista en el interior. En cuanto al estado de cosas en Polonia, Bernard Pares comenta: "La Universidad de Varsovia había sido completamente rusificada y a los polacos se les enseñaba su propia literatura en ruso; en 1885 el ruso fue introducido en las escuelas primarias como el idioma de enseñanza; los empleados del ferrocarril polaco eran enviados a servir a otras partes del imperio; en 1885 a los polacos les fue prohibido comprar tierra en Lituania o Bolhynia, donde habían constituido la mayoría de la alta burguesía"52.

 

 

El movimiento obrero judío-->

   
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50. Citado en V. Akimov, On the Dilemmas of Russian Marxism 1895-1903, pág. 17 en ambas citas.

51. Citado en G.D. Surh, 1905 in St Petersburg: Labour, Society and Revolution, pág. 54.

52. B. Pares, op. cit. pág. 465.