bolchevismo El camino a la revolución 
Historia del Partido Bolchevique desde sus comienzos hasta la Revolución de Octubre  

 
  Primera parte    
 

El nacimiento del marxismo ruso

 

   

 

 Rosa Luxemburgo

 

Cuando Lyadov fue al editor del periódico socialdemócrata alemán Vorwarts con la petición de publicar correspondencia sobre la situación en el Partido ruso, éste le contestó que Vorwarts "no tenía mucho espacio disponible para el movimiento obrero en el extranjero". En el tono altivo y condescendiente de este burócrata, teñido de estrechez mental nacional, ya se puede distinguir el contorno de los futuros desarrollos. Estos "prácticos" del Partido alemán no tenían interés en la teoría. Aunque marxistas de boquilla, estaban inmersos en la rutina diaria de las tareas del partido y el sindicato. ¿Qué podía aprender el Partido alemán, con sus poderosos sindicatos y fracción parlamentaria, de los conflictos internos de un pequeño partido extranjero? Ya para un sector significativo de los dirigentes alemanes, el internacionalismo era un libro cerrado con siete llaves.

Particularmente dañina para la causa bolchevique fue la actitud del ala izquierda del partido alemán. Hasta 1914, Lenin se consideró un seguidor de Karl Kautsky, el dirigente de la izquierda ortodoxa del Partido Socialdemócrata. No obstante, Kautsky rehusó darle espacio en su periódico Die Neue Zeit para exponer el caso de los bolcheviques. Kautsky escribió en una carta: "Mientras que permanezca una sombra de duda sobre si los socialdemócratas rusos son capaces de superar sus desacuerdos, no puedo estar a favor de que los compañeros alemanes averigüen nada sobre estas diferencias. Si se enterasen de alguna otra manera, por supuesto, tendremos que tomar una postura definida"165. Bajo la presión de los mencheviques, Kautsky se puso en contra de Lenin. Pero lo hizo cautelosamente. En tanto que la escisión en Rusia no molestara la vida interna del partido alemán, no había necesidad de sacarla a la luz, esperando que las cosas se solucionasen por sí mismas. Después de todo, si el partido alemán podía acomodar a todo el mundo desde Bernstein a la derecha y a Rosa Luxemburgo y Parvus a la izquierda, los compañeros rusos deberían de intentar arreglárselas sin escindirse sobre cuestiones triviales.

De esta forma, sólo se oyeron los argumentos de los mencheviques en los partidos socialistas de Europa Occidental. Rosa Luxemburgo, engañada por los relatos falsos y tendenciosos de las diferencias, había escrito un artículo que Kautsky publicó en el Die Neue Zeit bajo el título neutral de Las cuestiones organizativas de la socialdemocracia rusa. Este artículo fue publicado en inglés bajo el título manipulado, nunca utilizado durante la vida de Rosa Luxemburgo, de ¿Leninismo o marxismo? En este artículo, Rosa Luxemburgo repite las tonterías de los mencheviques acerca del supuesto "ultracentralismo" y los "métodos dictatoriales" de Lenin. Precisamente la respuesta de Lenin a este artículo fue la que Kautsky rehusó imprimir. En su respuesta, Lenin refuta, uno tras otro, los mitos creados por los mencheviques sobre sus ideas relacionadas con la organización —mitos que han sido asiduamente cultivados desde aquel entonces por los enemigos del bolchevismo—. Estos argumentos fueron contestados por Lenin:

"La camarada Luxemburgo dice, por ejemplo, que mi libro [Un paso adelante, dos pasos atrás] es una expresión neta y clara del punto de vista del ‘centralismo intransigente’. De tal modo, la camarada Luxemburgo supone que yo defiendo un sistema de organización contra otro. Pero en realidad no es así. Lo que defiendo a lo largo del libro, desde la primera hasta la última página, son los principios elementales de cualquier sistema de cualquier organización de partido que pueda imaginarse. En mi libro no se examina el problema de la diferencia entre tal o cual sistema de organización, sino el problema de cómo es necesario apoyar, criticar y corregir el sistema que sea, siempre que no contradiga los principios del Partido"166.

La postura de Rosa Luxemburgo no era una casualidad. Durante muchos años había llevado a cabo una lucha tenaz contra la tendencia burocrática y reformista en el Partido Socialdemócrata alemán. Veía con alarma la consolidación de un vasto ejército de funcionarios sindicales y del partido en un bloque sólidamente conservador. Conocía este fenómeno mejor que nadie, incluido Lenin, que tenía experiencia directa del Partido alemán. Rosa Luxemburgo comprendió que este enorme aparato burocrático podía convertirse, en un momento decisivo de la lucha de clases, en un freno gigantesco para las masas. Y así se demostró en agosto de 1914, cuando los peores temores de Rosa Luxemburgo fueron confirmados.

Incluso una mirada rápida al folleto de Rosa Luxemburgo es suficiente para ver que con lo que ella estaba polemizando no era con las ideas de Lenin (con las que sólo estaba familiarizada a través de la forma caricaturesca que los mencheviques habían presentado), sino con el tipo de degeneración reformista burocrático del que ella era totalmente consciente en su propio partido, el SPD alemán. ¡Qué relevantes son, en la situación actual del Partido Laborista británico y sus equivalentes europeos, las palabras de esta gran revolucionaria! "Con el desarrollo del movimiento obrero", escribió, "el parlamentarismo se vuelve un trampolín para los carreristas políticos. Esa es la razón por la que muchos fracasados ambiciosos de la burguesía vienen en tropel a la bandera de los partidos socialdemócratas. Otra fuente de oportunismo contemporáneo es los considerables bienes materiales e influencia de las grandes organizaciones socialdemócratas.

"El partido actúa como un baluarte que evita que el movimiento obrero vaya más allá en el sendero del parlamentarismo burgués. Para triunfar, estas tendencias tienen que destruir el baluarte. Tienen que disolver el sector activo y consciente del proletariado en la masa amorfa de un ‘electorado"167.

Por supuesto, la lucha por la transformación socialista de la sociedad no descarta la participación en las elecciones o en el parlamento. Por el contrario, la clase trabajadora de todos los países ha estado en la vanguardia de la lucha por los derechos democráticos y utilizará todos los derechos legales y constitucionales para mejorar su situación y colocarse en una posición dominante para cambiar la sociedad. La construcción de poderosas organizaciones sindicales también es una parte vital de la preparación de la clase trabajadora para llevar a cabo sus tareas históricas. Pero este proceso tiene dos lados. La clase trabajadora y sus organizaciones no existen en el vacío. Bajo la presión de clases ajenas, organizaciones que han sido creadas por los trabajadores con el propósito de transformar la sociedad se burocratizan y degeneran. La presión de la opinión pública burguesa se hace sentir sobre las capas dirigentes.

La clase dirigente ha desarrollado mil y una formas de corromper y absorber al más honesto y activo representante sindical si él o ella carecen de una base firme en la teoría y las perspectivas marxistas. El crecimiento de una capa de funcionarios sindicales liberados, cada vez más divorciados de la base y con todo tipo de pequeños extras y privilegios, tiende a crear una mentalidad distinta y ajena, particularmente cuando los trabajadores no están involucrados en luchas de masas, las cuales actúan como un control sobre la dirección. Pero en un largo período de décadas de prosperidad relativa, de pleno empleo y de paz social, la tendencia predominante de la base es la de no participar activamente en sus organizaciones, confiar en que sus dirigentes continúen con su trabajo. Esta era la situación en Alemania durante casi dos décadas antes de la catástrofe de la I Guerra Mundial, cuando una burocracia conservadora, marxista en palabras, pero reformista en la práctica, consolidó gradualmente su control sobre el movimiento obrero —un proceso repetido en Francia y en todos los países de Europa Occidental—. Lo que era verdad para los sindicatos lo era cien veces más para la fracción parlamentaria en el Reichstag. Dominado por intelectuales y profesionales, con un nivel de vida diferente al de los millones de trabajadores que representaban, los dirigentes socialdemócratas en el parlamento giraron a la derecha, escaparon del control de la clase trabajadora y, finalmente, se transformaron en una casta privilegiada y conservadora.

Como una reacción en contra de esto, Rosa Luxemburgo puso mucho énfasis en la espontaneidad del movimiento de la clase trabajadora, elevando la idea de una huelga general revolucionaria casi al nivel de principio. Esta reacción exagerada le llevó sin duda a cometer una serie de errores. Uno puede decir que en todos sus desacuerdos con Lenin, incluyendo este, Rosa Luxemburgo estaba equivocada. No obstante, es igualmente innegable que todos estos errores tienen su origen en un instinto revolucionario genuino, una fe ilimitada en el poder creativo de la clase trabajadora y una hostilidad implacable a los carreristas y burócratas que representan, en palabras de Trotsky, "la fuerza más conservadora de toda la sociedad". Los recelos de Rosa Luxemburgo sobre el "centralismo implacable" de Lenin eran compartidos, por la mismo razón, por otros miembros de la izquierda alemana, como por ejemplo Alexander L. Helfand, más conocido por su seudónimo de Parvus, cuyas obras eran muy admiradas por Lenin y, también, en aquel momento, por Trotsky quien, después de romper con los mencheviques, trabajó estrechamente con él durante un período.

En años posteriores, Trotsky admitió que él se había equivocado y que Lenin tenía razón en las cuestiones organizativas. Su libro Nuestros problemas políticos, publicado al calor de la lucha fraccional, contiene muchas críticas a Lenin que el autor más tarde iba a describir como "prematuras y erróneas"168. No obstante, hay algunos capítulos de este escrito que expresan de una forma bastante perspicaz ciertos aspectos del bolchevismo; a saber, la psicología y la conducta de los hombres de comité, esa capa de "prácticos" del partido y "hombres y mujeres de organización" con los que el propio Lenin iba a entrar en un conflicto amargo tan sólo unos meses después de la aparición del controvertido documento de Trotsky.

Lenin había intentado evitar una lucha, rehusando contestar a los continuos ataques contra él. Pero las consecuencias de la acción de Plejánov le convencieron de que no le quedaba otra opción. Esto se volvió totalmente claro a raíz de un artículo, firmado por Plejánov en el número 52 de Iskra, titulado ¿Por dónde no empezar? que era un intento vergonzoso de justificar teóricamente la capitulación del autor. Bajo los nuevos editores, Iskra se transformó en un órgano fraccional de la minoría. La mayoría todavía controlaba el CC, pero habiendo cooptado a los viejos editores al Comité de Redacción, la minoría ahora tenía una mayoría en el Consejo del Partido, la máxima autoridad en el Partido. A finales del año, Lenin había sacado la conclusión de que la única forma de resolver la crisis era convocando un nuevo congreso del Partido.

Como podía esperarse, los seguidores de la minoría, que ahora controlaban el Consejo del Partido rechazaron la propuesta de Lenin. No obstante, cuando Lenin llevó su petición al CC, teóricamente controlado por la mayoría, se encontró con una resistencia inesperada de sus propios seguidores. En las Obras completas de Lenin, encontramos una carta tras otra tratando de convencer a los miembros del CC de la corrección de su propuesta. Pero los bolcheviques en el CC rechazaron lo que veían con una ruptura final con los mencheviques. Lenin comentó amargamente: "Creo que lo que tenemos realmente en el CC es burócratas y formalistas en lugar de revolucionarios. Los martovistas les escupen a la cara, se la limpian y luego me sermonean: ‘es inútil luchar!"169.

 

 

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165. Citado en Istoriya KPSS, Vol. 1, págs. 518, 523 y 524.

166. Lenin, Un paso adelante, dos pasos atrás. Respuesta de N. Lenin a Rosa Luxemburgo, Obras completas, Vol. 9, pág. 39.

167. Rosa Luxemburgo, Leninism or Marxism? pág. 98. El énfasis es nuestro.

168. Trotsky, Stalin, pág. 93.

169. Lenin, Al Comité Central del POSDR, febrero 1904, Obras completas, Vol. 34, pág. 233.