bolchevismo El camino a la revolución 
Historia del Partido Bolchevique desde sus comienzos hasta la Revolución de Octubre  

 
  Primera parte    
 

El nacimiento del marxismo ruso

 

   

 

 La muerte de un autócrata

 

El 1 de marzo de 1881 la carroza del zar Alejandro II pasaba junto al canal de Catalina en San Petersburgo cuando, de repente, un joven arrojó lo que parecía una bola de nieve. La explosión que siguió erró el blanco y el zar, ileso, se apeó para hablar con algunos cosacos heridos. En ese momento, un segundo terrorista, Grinevetski, se precipitó hacia adelante y con las palabras "es demasiado pronto para dar gracias a Dios", arrojó otra bomba a sus pies. Una hora y media más tarde, el Emperador de todas las Rusias había muerto. Este acto marcó la culminación de uno de los periodos más notables de la historia revolucionaria —un período en el que un puñado de hombres y mujeres jóvenes, dedicados y heroicos, se enfrentaron al inmenso poder del Estado zarista ruso—. No obstante, el mismo éxito de los terroristas, al eliminar la figura de la cúspide de la odiada autocracia, dio simultáneamente el golpe mortal al llamado Partido de la Voluntad del Pueblo que lo había organizado.

El fenómeno de los narodnikis rusos ("populistas", hombres del pueblo) fue una consecuencia del extremo atraso del capitalismo ruso. El ritmo de la decadencia de la sociedad feudal fue más rápido que el de la formación de la burguesía. Bajo estas condiciones, sectores de la intelligentsia, especialmente la juventud, rompieron con la nobleza, la burocracia y el clero y empezaron a buscar una salida al estancamiento social. No obstante, cuando miraron a su alrededor buscando un punto de apoyo en la sociedad, no se sintieron atraídos ni por la inculta, atrasada y subdesarrollada burguesía, ni por el proletariado que estaba todavía en su infancia, desorganizado, no instruido políticamente y pequeño en número, particularmente al compararlo con los muchos millones de campesinos que componían la muda, oprimida y aplastante mayoría de la sociedad rusa.

Era, pues, comprensible que la intelligentsia revolucionaria viese al "pueblo" personificado en el campesinado como la fuerza revolucionaria en potencia más importante de la sociedad rusa. Este movimiento tenía sus raíces en el gran punto de inflexión de la historia rusa, en 1861. La emancipación de los siervos que tuvo lugar en ese año no fue de ninguna manera, como se ha sugerido frecuentemente, el resultado de la benevolencia civilizada de Alejandro II. Vino del miedo a una explosión social después de la humillante derrota de Rusia en la desastrosa guerra de Crimea de 1853-56, que, como la posterior guerra con Japón, sirvió para desenmascarar cruelmente al régimen zarista. No por primera vez, ni por última, una derrota militar reveló la bancarrota de la autocracia, proporcionando un poderoso ímpetu al cambio social. Pero el Edicto de Emancipación no resolvió ninguno de los problemas y, de hecho, hizo que la condición de las masas campesinas empeorara considerablemente. Los terratenientes, naturalmente, se hicieron con las mejores parcelas de tierra, dejando las áreas más áridas a los campesinos. Puntos estratégicos tales como el agua y los molinos estaban normalmente en manos de los terratenientes, los cuales forzaban a los campesinos a pagar para tener acceso e ellos. Pero peor aún, los campesinos "libres" estaban atados legalmente a la comuna del pueblo o mir, la cual tenía la responsabilidad colectiva de recoger los impuestos. Ningún campesino podía dejar el mir sin permiso. La libertad de movimientos era obstaculizada por el sistema de pasaportes internos. La comuna del pueblo, en la práctica, se transformó en "el escalón más bajo del sistema policial local"1.

Como si esto fuera poco, la reforma permitió a los terratenientes apropiarse de una quinta parte (en algunos casos dos quintos) de las tierras cultivadas antaño por los campesinos. Invariablemente, eligieron las mejores y más lucrativas —bosques, prados, abrevaderos, pastos, molinos, etc.—, lo que les dio un control sofocante sobre el campesino "emancipado". Año tras año, una cantidad cada vez mayor de familias se hundió desesperadamente en deudas, empobreciéndose como resultado de esta estafa.

La emancipación de los siervos fue un intento de llevar a cabo reformas desde arriba para impedir la revolución por abajo. Como todas las reformas importantes, fue un subproducto de la revolución. El campo ruso había sido sacudido por sublevaciones campesinas. En la última década del reinado de Nicolás I, hubo 400 disturbios campesinos, e igual número en los siguientes seis años (1855-60). En un espacio de 20 años, 1835-54, 230 terratenientes y capataces habían sido asesinados y otros 53 en los tres años previos a 1861. El anuncio de la emancipación fue recibido con otra oleada de desordenes y sublevaciones que fueron brutalmente reprimidas. Las esperanzas que toda una generación de pensadores progresistas había depositado en las ideas de reformas fueron traicionadas cruelmente por los resultados de la emancipación, que resultó ser un fraude gigantesco. Los campesinos, que creían que la tierra era legítimamente suya, fueron engañados vilmente. Tuvieron que aceptar sólo aquellas parcelas designadas por la ley (de acuerdo con el terrateniente) y tuvieron que pagar una amortización durante un período de 49 años al 6% de interés. Como resultado, los terratenientes retuvieron aproximadamente 71.500.000 desiatinas de tierra, y los campesinos, que representaban la aplastante mayoría de la sociedad, sólo 33.700.000 desiatinas.

En los años posteriores a 1861, el campesinado, cercado por la legislación represiva en "parcelas de miseria" y empobrecido por el peso de las deudas, llevó a cabo una serie de sublevaciones locales desesperadas. Pero el campesinado, a lo largo de la historia, siempre ha sido incapaz de jugar un papel independiente en la sociedad. Capaz de un gran coraje y sacrificio revolucionarios, sus esfuerzos para sacudirse la dominación del opresor sólo han triunfado cuando la dirección del movimiento revolucionario ha sido tomada por una clase más fuerte, más homogénea y más consciente basada en las ciudades. En ausencia de este factor, las jacqueries* campesinas, desde la Edad Media en adelante, han sufrido las más crueles derrotas. Este es resultado de la naturaleza dispersa del campesinado, su falta de cohesión social y falta de conciencia de clase.

En Rusia, donde las formas capitalistas de producción todavía estaban en una fase embrionaria, tal clase revolucionaria no existía en las ciudades. Sin embargo, una clase, o más acertadamente, una casta de estudiantes e intelectuales en su mayoría empobrecidos, los raznochintsy ("aquellos sin rango") o "proletariado intelectual", se mostró excepcionalmente sensible al descontento subterráneo que se ocultaba en las oquedades de la vida rusa. Años más tarde, el terrorista Myshkin declaró en su juicio que "el movimiento de la intelligentsia no se creó artificialmente, sino que era el eco de la inquietud popular"2. Como siempre, la capacidad de la intelligentsia para jugar un papel social independiente no era mayor que la del campesinado. No obstante, puede actuar como un barómetro bastante exacto del ambiente y las tensiones que se desarrollan en el seno de la sociedad.

En 1861, el mismo año de la Emancipación, el gran escritor democrático ruso Alexander Herzen escribió desde su exilio en Londres urgiendo a la juventud rusa en las páginas de su periódico Kólokol (La Campana) a "¡ir al pueblo!". El arresto de publicistas prominentes, como Chernishevski (cuyos escritos estaban influidos por Marx y que tuvo un gran impacto sobre Lenin y su generación) y Dimitri Písarev, demostró la imposibilidad de reformas liberales pacíficas. Al final de la década de 1860, las bases de un movimiento revolucionario de masas de la juventud populista habían sido trazadas.

Las espantosas condiciones de las masas en la Rusia de la posreforma llevaron a los mejores sectores de la intelligentsia al enojo y a la indignación. El arresto del ala democrática más radical, Písarev y Chernishevski, sólo sirvió para profundizar la alienación de los intelectuales y empujarles más a la izquierda. Mientras que la generación más vieja de liberales se acomodó a la reacción, una nueva generación de jóvenes radicales estaba emergiendo en las universidades, inmortalizada en el personaje de Bazárov en la novela de Turguénev, Padres e hijos. La característica de esta nueva generación era la impaciencia con los liberales vacilantes, a los que trataban con desprecio. Creían fervientemente en la idea de un vuelco revolucionario completo y una reconstrucción radical de la sociedad de arriba a abajo.

En los primeros doce meses de la Emancipación, el "zar reformista" había girado hacia la reacción. Hubo una oleada de represión contra los intelectuales. Las universidades fueron puestas bajo la vigilancia opresora del reaccionario ministro de Educación, el conde Dimitri Tolstói, quien impuso un sistema educativo diseñado para aplastar los espíritus independientes y sofocar la imaginación y la creatividad. Las escuelas fueron obligadas a enseñar 47 horas de latín a la semana y 36 horas de griego, con un fuerte énfasis en la gramática. Las ciencias naturales y la historia fueron excluidas del programa de estudios como asignaturas potencialmente subversivas y el sistema de controlar la mente fue inculcado rígidamente bajo el funesto ojo del inspector de escuela. Los vertiginosos días de "reforma" dieron paso a los sombríos años de vigilancia policial y conformidad gris. El movimiento hacia la reacción fue intensificado después del fallido levantamiento polaco de 1863. La revolución fue ahogada en sangre. Miles de polacos murieron en la batalla y cientos fueron ahorcados en la represión que le siguió. El brutal conde Muravyov ahorcó personalmente a 128 polacos y deportó a 9.423 hombres y mujeres. El número total de exiliados a Rusia fue el doble de esa cifra. Pedro Kropotkin, el futuro teórico anarquista, fue testigo de los sufrimientos de los exiliados polacos en Siberia, donde estaba destinado como un joven capitán de la Guardia Imperial: "Vi a algunos en Lena, de pie, medio desnudos en una chabola alrededor de una inmensa caldera llena de agua salada, mezclando el líquido espeso hirviendo con palos largos, a una temperatura infernal y con la puerta de la chabola abierta de par en par para crear una fuerte corriente de aire glacial. Después de dos años de semejante trabajo, estos mártires sufrían una muerte segura de tuberculosis"3.

Pero debajo del permafrost** de la reacción, las semillas de un nuevo renacimiento revolucionario estaban germinando rápidamente. El caso del príncipe Kropotkin es un ejemplo llamativo de cómo el viento sopla primero en la copa de los árboles. Nacido en el seno de una familia aristocrática, este ex miembro del Cuerpo Imperial de Pajes, como muchos de sus contemporáneos, se vio afectado por los terribles sufrimientos de las masas, lo cual le empujó a sacar conclusiones revolucionarias. Científico empedernido, Kropotkin describe de una forma vivaz en su autobiografía la evolución política de toda una generación: "¿Pero qué derecho tenía yo de gozar de estos placeres superiores", se preguntaba, "cuando en mi entorno no había más que miseria y lucha por un trozo de pan mohoso, cuando lo que yo tuviera para gastar en ese mundo de emociones superiores, tenía que sacarlo de las mismísimas bocas de aquellos que cultivaron el trigo y quienes no tenían pan suficiente para sus hijos?".

La fría crueldad hacia los polacos mostró la otra cara del "zar reformista", un hombre que, en palabras de Kropotkin, "firmó alegremente los decretos más reaccionarios y posteriormente se quedaba abatido acerca de los mismos"4. El sistema corrupto y degenerado de dominio autocrático, el peso muerto de la burocracia, el tufo invasor del misticismo religioso y el oscurantismo, despertaron todas las fuerzas vivas de la sociedad a la rebelión. "Es amargo", escribió el poeta Nekrásov, "el pan hecho por esclavos". La rebelión contra la esclavitud espoleó a la juventud estudiantil revolucionaria a buscar una salida. Haciéndose eco de Herzen, su contraseña se convirtió en "¡V Narod!" ("¡Al pueblo!"). A esta valerosa y abnegada juventud, las palabras pronunciadas por Herzen le produjo una impresión imborrable: "Id al pueblo. (...) Ése es nuestro sitio. (...) Demostrad (...) que de vosotros no van a salir nuevos burócratas, sino soldados del pueblo ruso"5.

 

‘¡Id al pueblo!’         ---->

 

   
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1.Ver B. Pares, A History of Russia, pág. 404. 

* Se refiere a las numerosas sublevaciones campesinas que tuvieron lugar en Francia a finales de la Edad Media. Sin excepción, tenían un carácter extremadamente violento.

2. Citado en El joven Lenin, de Trotsky.

3. P. Kropotkin, Memoirs of a Revolutionary, Vol. 1, pág. 253.

** Permafrost: subsuelo de aquellas regiones de la Tierra que, por tener unas temperaturas medias anuales inferiores a cero grados, permanece congelado cuando termina el deshielo estival; equivalente subterráneo de las nieves perpetuas características de las cordilleras de mayor altitud. (N. de la E.).

4. Ibíd., Vol. 2, págs. 20 y 25.

5. Citado en S. H. Baron, Plejánov, el padre del marxismo ruso, pág. 21, Siglo XXI editores.