bolchevismo El camino a la revolución 
Historia del Partido Bolchevique desde sus comienzos hasta la Revolución de Octubre  

 

 

Prefacio del autor

 

¿Por qué estudiar la historia del bolchevismo?

"En el año 1917, Rusia pasaba por una crisis social muy grave. No obstante, sobre la base de todas las lecciones de la Historia, uno puede decir con certeza que de no haber sido por la existencia del Partido Bolchevique, la inmensurable energía revolucionaria de las masas se hubiera gastado infructuosamente en explosiones esporádicas y los grandes levantamientos hubieran concluido en la más dura dictadura contrarrevolucionaria. La lucha de clases es el principal motor de la historia. Necesita un programa correcto, un partido firme, una dirección valiente y de confianza —no héroes de salón y de frases parlamentarias, sino revolucionarios dispuestos a ir hasta el final—. Esta es la principal lección de la Revolución de Octubre"* 1

León Trotsky

 

Una revolución, por definición, representa tal punto de inflexión que el proceso de desarrollo humano adquiere un nuevo ímpetu poderoso. Uno puede pensar lo que quiera de la Revolución Rusa de 1917, pero de lo que no hay duda es de su colosal significado histórico. Durante más de tres cuartas partes de su existencia, el siglo XX ha estado dominado por este acontecimiento. Incluso ahora, en el amanecer de un nuevo milenio, el mundo sigue afectado por sus reverberaciones de una forma importante. Por lo tanto, el estudio de la Revolución Rusa no requiere ni explicaciones ni justificaciones. Pertenece a esa categoría de grandes puntos de inflexión históricos que nos obliga a hablar de un antes y de un después, como la Revolución de Cromwell en Inglaterra o la gran Revolución Francesa de 1789-93.

Existen muchos puntos de semejanza entre la Revolución de Octubre en Rusia y las grandes revoluciones burguesas del pasado. En ocasiones, estos paralelismos parecen casi increíbles, extendiéndose hasta las personalidades de los principales dramatis personnae, tales como la similitud entre Carlos I de Inglaterra, Luis XVI de Francia y el zar Nicolás, junto con sus esposas extranjeras. Pero a pesar de todos sus parecidos, hay una diferencia fundamental entre la revolución bolchevique y las revoluciones burguesas del pasado. El capitalismo, a diferencia del socialismo, puede surgir, y de hecho surge, espontáneamente a partir del desarrollo de las fuerzas productivas. Como sistema de producción, el capitalismo no requiere la intervención consciente del ser humano. El mercado funciona de la misma manera que un hormiguero o cualquier otra comunidad autoorganizada del mundo animal, es decir, ciega y automáticamente. El hecho de que esto tenga lugar de una forma anárquica, convulsiva y caótica, de que sea infinitamente derrochador e ineficiente y de que cree el más monstruoso sufrimiento humano, es irrelevante para esta consideración. El capitalismo "funciona" y ha estado funcionando —sin la necesidad de ningún control humano ni planificación— durante unos doscientos años. Para crear tal sistema, no hace falta ningún discernimiento o comprensión especiales. Este hecho hay que tenerlo muy en cuenta a la hora de establecer la diferencia fundamental entre la revolución burguesa y la socialista.

El socialismo es diferente del capitalismo porque, a diferencia de este último, requiere el control y la administración consciente de los procesos productivos por parte de la clase trabajadora. No funciona ni puede funcionar sin la intervención consciente de los hombres y las mujeres. La revolución socialista es cualitativamente diferente de la revolución burguesa porque sólo puede realizarse a través del movimiento consciente de la clase trabajadora. El socialismo es democrático o no es nada. Desde el principio, durante el período de transición entre el capitalismo y el socialismo, la gestión de la industria, la sociedad y el Estado debe descansar firmemente en las manos de la clase trabajadora. Tiene que haber el grado más alto de participación de las masas en la administración y el control. Sólo de esta manera es posible impedir el surgimiento de la burocracia y crear las condiciones materiales para un movimiento hacia el socialismo, una forma superior de sociedad caracterizada por la ausencia total de explotación, opresión y coerción, y, por lo tanto, por la extinción gradual y la desaparición de esa monstruosa reliquia de la barbarie: el Estado.

Hay también otra diferencia. Para conquistar el poder, la burguesía tuvo que movilizar a las masas contra el viejo orden. Esto hubiera sido impensable sobre las bases de declarar que su propósito era el establecimiento de las condiciones necesarias para el dominio de la renta, el interés y el beneficio. En su lugar, la burguesía se propuso a sí misma como la representante de toda la humanidad oprimida. En la Inglaterra del siglo XVII, la burguesía proclamaba la lucha por el establecimiento del reino de dios en la Tierra. En la Francia del siglo XVIII, se presentó como la representante del dominio de la Razón. Sin duda, muchos de aquellos que lucharon bajo estas banderas creyeron sinceramente que era verdad. Los hombres y las mujeres no luchan desesperadamente, arriesgándolo todo, sin una motivación especial que nace de la convicción ardiente de la justicia de su causa. Los objetivos declarados en cada ocasión resultaron ser pura ilusión. El contenido real de las revoluciones inglesa y francesa era burgués y, en la época histórica dada, no podía haber sido otra cosa. Y ya que el sistema capitalista funciona de la forma que ya hemos descrito, no supuso ninguna diferencia que la gente entendiera cómo funcionaba.

La obra presente, a diferencia de la mayoría que tratan de este tema, no parte del punto de vista de que las revoluciones sólo pertenecen al pasado. Al contrario. La situación actual del mundo nos proporciona cada vez más pruebas de que el papel progresista del capitalismo ahora está completamente agotado. Las condiciones materiales para el socialismo ya han madurado hace tiempo a escala mundial. Existe la posibilidad de crear un mundo de abundancia inimaginable. No obstante, millones de personas viven en una miseria abyecta. En el contexto actual, el libro de Lenin El imperialismo, fase superior del capitalismo resulta especialmente moderno. El poder de los grandes bancos, monopolios y compañías multinacionales nunca ha sido más grande, y no tienen más intención de cederlo sin lucha que los degenerados monarcas absolutos del pasado. La primera condición para el progreso humano es romper el poder de estos modernos amos todopoderosos. Para poder hacer esto, es necesario derrotar y derrocar la resistencia de esa clase que ostenta el poder en la sociedad actual: los banqueros y los monopolistas que ejercen su dominio no sólo mediante su poder económico, sino también mediante su control del Estado y de la cultura.

Para realizar estas tareas, es necesario que la clase trabajadora posea un partido y una dirección adecuadas para ello. A diferencia de los revolucionarios franceses e ingleses de los siglos XVII y XVIII, la clase obrera moderna sólo puede transformar la sociedad sobre las bases de una comprensión científica del mundo en que vive. El marxismo, la única forma consistente y científica de socialismo, es el que la proporciona. La historia del bolchevismo nos suministra un modelo de cómo esto puede lograrse. Sería muy difícil de encontrar en todos los anales de la historia otro ejemplo de un crecimiento tan sorprendente como el del Partido Bolchevique en 1917, cuando pasó de 8.000 miembros a más de un cuarto de millón en el espacio de nueve meses. No obstante, esta hazaña no ocurrió como resultado de una combustión espontánea. Fue el resultado final de décadas de trabajo paciente, comenzando con pequeños círculos y pasando por una larga serie de etapas en las que a avances espectaculares, les siguieron derrotas amargas, desilusión y desesperación. Todo ser humano conoce momentos similares en su vida personal. La totalidad de estas experiencias es la vida misma, y la manera en que un individuo supera los problemas de la vida y absorbe las lecciones de todo tipo de circunstancias diferentes es lo que le permite crecer y desarrollarse. Sucede exactamente lo mismo con el desarrollo del partido. Asimismo, los individuos aprenden lecciones valiosas de la experiencia y los conocimientos de otros. ¡Qué difícil sería la vida si insistiéramos en ignorar la sabiduría acumulada de los que nos rodean! De la misma forma, es menester estudiar las experiencias colectivas de la clase obrera de diferentes países para poder evitar la repetición de errores ya cometidos. Como alguna vez observó el filósofo norteamericano Jorge Santayana: "El que no aprende de la historia, estará condenado a repetirla".

 

¿Es necesario un partido?

La respuesta a esta pregunta nos la da toda la historia de la lucha de clases en el curso de los últimos cien años. El marxismo en absoluto niega la importancia del papel del individuo en la historia. Tan sólo explica que el papel de individuos o partidos está condicionado por el nivel del desarrollo histórico dado, por el entorno social objetivo, que, en última instancia, queda determinado por el desarrollo de las fuerzas productivas. Esto no quiere decir —como siempre han alegado los críticos del marxismo— que los seres humanos son meros títeres manipulados por el funcionamiento ciego del "determinismo económico". Marx y Engels explicaron que los hombres y las mujeres hacen su propia historia, pero no la hacen como agentes completamente libres, sino que tienen que actuar sobre las bases del tipo de sociedad en que se encuentran. Las cualidades personales de personajes políticos —su preparación teórica, habilidad, coraje y determinación— pueden determinar el resultado final en una situación dada. Hay momentos críticos en la historia humana cuando la calidad de la dirección puede resultar ser el factor decisivo que inclina la balanza en un sentido u otro. Semejantes períodos no son la norma. Sólo surgen cuando todas las contradicciones ocultas han madurado lentamente durante un largo período de tiempo hasta el punto en que, en la terminología dialéctica, la cantidad se transforma en calidad. Aunque los individuos no pueden determinar el desarrollo de la sociedad sólo mediante la fuerza de la voluntad, no obstante el papel del factor subjetivo** en última instancia resulta ser decisivo en la historia humana.

La presencia de un partido revolucionario y una dirección revolucionaria no es menos decisiva en la lucha de clases que la calidad de un ejército y su cuartel general en las guerras entre las naciones. No se puede improvisar el partido revolucionario en vísperas de una lucha decisiva, de la misma forma que no se puede improvisar el cuartel general en vísperas de una guerra. Hay que prepararlo sistemáticamente en el transcurso de años y décadas. Esta lección ha sido demostrada por toda la historia, especialmente la historia del siglo XX. Rosa Luxemburgo, aquella gran revolucionaria y mártir de la clase trabajadora, siempre hizo hincapié en la iniciativa revolucionaria de las masas como fuerza motriz de la revolución. En esto tenía toda la razón. En el transcurso de una revolución las masas aprenden rápidamente. Pero una situación revolucionaria, por su propia naturaleza, no puede durar mucho tiempo. No se puede mantener a la sociedad en un estado permanente de fermento. No se puede mantener a la clase obrera en un estado de activismo y fervor por mucho tiempo. O se muestra una salida a tiempo, o la oportunidad se perderá. No hay suficiente tiempo para experimentar o para que los obreros aprendan probando y equivocándose. En una situación de vida o muerte, el precio de los errores es muy elevado. Por lo tanto, es necesario combinar el movimiento "espontáneo" de las masas con la organización, el programa, las perspectivas, la estrategia y la táctica —en resumidas cuentas, con un partido revolucionario dirigido por cuadros experimentados—.

Un partido no es sólo una forma organizativa, un nombre, una bandera, un conjunto de individuos o un aparato. Un partido revolucionario, para un marxista, es en primer lugar programa, métodos, ideas y tradiciones, y tan solo en segundo lugar una organización y un aparato (aunque estos últimos son indudablemente importantes) para llevar estas ideas a las capas más amplias de la clase trabajadora. El partido marxista, desde sus propios comienzos, ha de basarse en la teoría y en el programa que es la generalización de la experiencia histórica del proletariado. Sin esto, el partido no es nada. La construcción del partido revolucionario siempre comienza con el trabajo lento y meticuloso de ganar y formar a los cuadros, que constituyen la espina dorsal del partido. He aquí la primera mitad del problema, pero tan solo la primera mitad. La segunda mitad es más complicada: ¿Cómo se puede llegar a las masas de la clase trabajadora con nuestras ideas y nuestro programa? La respuesta a esta pregunta no es en absoluto sencilla.

Marx explicó que la emancipación de la clase obrera es tarea de la propia clase obrera. Las masas de la clase trabajadora aprenden de la experiencia. No aprenden de libros, no porque les falte inteligencia como imaginan los esnobs pequeñoburgueses, sino porque les falta el tiempo, el acceso a la cultura y el hábito de la lectura, que no es algo automático sino algo que se adquiere con el tiempo. Un obrero que vuelve a su casa después de una jornada laboral de ocho, nueve o diez horas en un tajo de la construcción o una fábrica está cansado —no sólo físicamente, sino mentalmente—. La última cosa que le apetece hacer es estudiar o participar en una reunión. Mejor dejar estas cosas a "los que saben". Pero si hay una huelga, toda la psicología se transforma. Y una revolución es similar a una huelga gigantesca de toda la sociedad. Las masas quieren comprender lo que está pasando, aprender, pensar y actuar. Por supuesto, las masas, privadas de la experiencia y el conocimiento de la táctica, la estrategia y las perspectivas, están en desventaja frente a la clase dominante que, a través de sus representantes políticos y militares, posee una larga experiencia y está bastante mejor preparada para hacer frente a semejantes situaciones. En manos de la clase dominante descansa todo un arsenal de armas: el control del Estado, el ejército, la policía, el poder judicial, la prensa y los demás medios de comunicación —instrumentos potentes para moldear la opinión pública mediante la calumnia, la mentira y la difamación—. Posee muchas otras armas y fuerzas auxiliares: el control de las escuelas y las universidades, un ejército de "expertos", profesores, economistas, filósofos, abogados, sacerdotes y otros, dispuestos a tragarse sus escrúpulos morales y acudir a la defensa de la "civilización" (es decir, sus propios privilegios y los de sus amos) contra el "caos" y el "populacho".

La clase trabajadora no saca automáticamente conclusiones revolucionarias. Si fuera así, la tarea de la construcción del partido sería superflua. La tarea de la transformación social sería harto simple, si el movimiento del proletariado fuese una línea recta. Pero este no es el caso. Durante un largo período histórico, el proletariado empieza a comprender la necesidad de la organización. Mediante el establecimiento de sus organizaciones, tanto sindicales como políticas, la clase trabajadora empieza a expresarse como clase, afirmando su identidad independiente. En palabras de Marx, evoluciona desde una clase en sí a una clase para sí. Dicho desarrollo tiene lugar durante un largo período histórico, a través de todo tipo de luchas caracterizadas por la participación no sólo de la minoría de activistas más o menos conscientes, sino de las "masas políticamente ignorantes", quienes en general se despiertan a la participación activa en la vida política (o inclusive sindical) sólo en base a grandes acontecimientos. Sobre las bases de grandes acontecimientos históricos, el proletariado empieza a crear organizaciones de masas para defender sus intereses. Estas organizaciones históricamente evolucionadas —los sindicatos, las cooperativas y los partidos obreros— representan el germen de una nueva sociedad dentro de la vieja. Sirven para movilizar, organizar, entrenar y formar a la clase trabajadora.

Las masas, recién despiertas a la vida política, han de buscar aquel partido político que sea el más capacitado para defender sus intereses; el partido que sea más decidido y audaz, y también el más perspicaz, el partido que les señale el camino adelante en cada etapa, lanzando consignas adecuadas que corresponden a la auténtica situación. Pero, ¿cómo decidir qué partido y qué programa es el correcto? ¡Hay tantos! Las masas deben someter a los partidos y los dirigentes a la prueba de la práctica, porque no hay otra manera. Este proceso de aproximaciones sucesivas es costoso y lento, pero es el único posible. En cada revolución —no sólo en Rusia en 1917, sino también en Francia en el siglo XVIII y en Inglaterra en el siglo XVII— vemos un proceso similar. A través de su propia experiencia, las masas revolucionarias, siguiendo el proceso de aproximaciones sucesivas, encuentran el camino hacia el ala revolucionaria más consecuente. La historia de cada revolución está caracterizada por el ascenso y la caída de partidos políticos y dirigentes, un proceso en que las tendencias más extremas siempre sustituyen a las más moderadas, hasta que el movimiento haya llegado a su fin.

En toda la voluminosa historia del movimiento obrero mundial, es imposible encontrar otra historia más rica y variada que la del Partido Bolchevique antes de 1917. Una historia que se extiende durante tres décadas, incluyendo todas las etapas de desarrollo desde un pequeño círculo a un partido de masas, la lucha legal e ilegal, tres revoluciones, dos guerras y un conjunto amplísimo de problemas teóricos complicados, no sólo sobre el papel, sino en la práctica: el terrorismo individual, la cuestión nacional, la cuestión agraria, el imperialismo y el Estado. Y también sería imposible encontrar en ningún otro lugar un tesoro tan enorme y rico de literatura marxista, tratando de toda una gama de problemas desde la A a la Z con una profundidad tan impresionante, como en los escritos de los dos revolucionarios más grandes del siglo XX —Vladímir Ilich, Lenin y Lev Davídovich, Trotsky—. No obstante, el lector moderno que desee familiarizarse con este material, tendrá que enfrentarse con un problema casi insuperable. La casi totalidad de las historias del bolchevismo ha sido escrita por los enemigos más acérrimos del bolchevismo. Con unas pocas honrosas excepciones, entre las cuales figuran los escritos de historiadores marxistas como el francés Pierre Broué y el belga Marcel Liebman, es imposible encontrar una historia del Partido Bolchevique que merezca la pena leer. Sin embargo, el tema de los escritos de Broué y Liebman es bastante diferente al de la presente obra, y, aunque se puede recomendar sus libros, estos últimos tratan sólo parcialmente del tema que nos concierne aquí, es decir, la manera en que los bolcheviques se prepararon para la toma del poder en 1917.

 

Acerca de la presente obra

La presente obra está escrita por un marxista comprometido que ha dedicado la totalidad de su vida adulta a luchar por las ideas de Marx, Engels, Lenin y Trotsky. Declararme parte interesada no lo considero una desventaja, sino todo lo contrario. Mi postura no es la de considerar la historia del bolchevismo con un mero interés académico, sino como algo vivo y relevante para el día de hoy. Mi familiaridad con la historia del bolchevismo no se reduce a conocimientos de libros. Cuarenta años de participación activa en el movimiento marxista le proveen a uno de muchas percepciones que no están disponibles para el escritor cuyo interés es meramente académico. Karl Kautsky, en los días en que todavía era un marxista, escribió un libro que con toda seguridad debe ser uno de los más finos ejemplos del método del materialismo histórico: Los fundamentos del cristianismo. En este libro describe el movimiento cristiano en sus comienzos de una manera que sólo era posible para alguien que hubiera tenido conocimiento de primera mano de la socialdemocracia alemana en sus heroicos días iniciales, cuando estaba luchando en duras condiciones de clandestinidad contra la Ley Antisocialista en Alemania. Es verdad que el contenido social de ambos movimientos era radicalmente diferente, como lo era el momento histórico en que ambos se desarrollaron. No obstante, a pesar de todo eso, los paralelos entre estos movimientos revolucionarios de los desposeídos contra el Estado de los ricos y poderosos son tan llamativos como las diferencias.

Muchas de las situaciones a las que se enfrentaron los pioneros del marxismo ruso son muy familiares para mí por mi experiencia personal: no sólo el trabajo de luchar por las ideas del marxismo en el movimiento obrero británico, sino por la experiencia de los movimientos revolucionarios en Francia en 1968, en Portugal en 1974 y en España durante los últimos años de la dictadura de Franco, y el movimiento clandestino contra la dictadura de Pinochet en Chile —todo esto me proporcionó suficientes ocasiones para observar de primera mano precisamente el tipo de situaciones a las que se enfrentaron los bolcheviques en su larga lucha contra el régimen zarista—. También he estado en contacto personal durante muchos años con el trabajo de revolucionarios de países capitalistas atrasados de América Latina y Asia— especialmente Pakistán, que presenta las características de una sociedad semifeudal sorprendentemente parecidas a la Rusia zarista—. Además, hace 30 años, cuando era un estudiante en la URSS, donde obtuve mucho del material que he utilizado para escribir este libro, tuve ocasión de conocer y hablar con gente que había participado en el Partido Bolchevique, incluyendo, en una ocasión, a dos ancianas que habían trabajado como secretarias de Lenin en el Kremlin después de la revolución. Creo que estas experiencias me han proporcionado muchos conocimientos de la verdadera naturaleza del bolchevismo.

Finalmente, con Ted Grant, mi compañero, amigo y maestro, tengo una gran deuda que dura 40 años. Considero que Ted no sólo es el exponente vivo más grande del marxismo, sino también un vínculo directo —uno de los últimos vínculos vivientes— con las grandes tradiciones revolucionarias del pasado: la Oposición de Izquierdas y el Partido Bolchevique mismo. Gracias a su trabajo durante 60 años, las ideas de Lenin y Trotsky —los líderes teóricos y prácticos de Octubre— se han mantenido vivas, y se han ampliado y desarrollado. La intención de esta obra es la de servir de volumen complementario a Rusia: de la revolución a la contrarrevolución, en la que Ted hace un seguimiento de los procesos que tuvieron lugar en Rusia después de la Revolución de Octubre. Creo que, conjuntamente, estos dos volúmenes aportan una historia y un análisis a fondo del bolchevismo y de la Revolución Rusa, desde sus comienzos hasta el día de hoy.

Soy consciente de que no es costumbre entre los historiadores académicos del bolchevismo "declararse parte interesada" como yo he hecho aquí. Esto es desafortunado ya que la mayoría de ellos, a pesar de su apariencia superficial de imparcialidad, están, de hecho, claramente motivados por prejuicios, o incluso abierta hostilidad, contra el bolchevismo y la revolución en general. Más aún, el compromiso con un punto de vista definido de ninguna manera excluye objetividad. Un cirujano puede estar profundamente preocupado con salvar la vida de su paciente, pero por esa misma razón distinguirá con sumo cuidado entre las diferentes capas del organismo. He intentado tratar objetivamente el tema a consideración. Y ya que el propósito de este libro es permitir que la nueva generación aprenda las lecciones de la experiencia histórica del bolchevismo, encubrir los problemas, las dificultades y los errores sería estúpido y contraproducente.

Cuando a Oliver Cromwell le pintaron su retrato exhortó ásperamente al artista: "píntame como soy, con verrugas y todo". Exactamente la misma actitud, el mismo franco realismo, caracterizó siempre el pensamiento de Lenin y Trotsky. Cuando cometieron errores, los admitieron claramente. Después de la revolución, Lenin dijo en una ocasión que había cometido "muchas estupideces". Esto está muy lejos de las historias de los estalinistas que presentan el falso cuadro de un Partido Bolchevique que siempre tuvo razón y nunca cometió errores. Esta obra subraya el lado fuerte del bolchevismo, pero no oculta los problemas; hacer eso provocaría un gran daño a la causa del leninismo, no en el pasado sino en el presente y en el futuro. Para que la nueva generación aprenda de la historia del bolchevismo es necesario pintarla tal y como era: "con verrugas y todo".

He utilizado deliberadamente fuentes no bolcheviques tanto como me ha sido posible, particularmente autores mencheviques como Dan, Axelrod y Mártov, y también el economicista Akimov. Algunos escritores burgueses, aunque críticos del bolchevismo, al menos se han molestado en citar bastante material relevante. Libros como el de la historia de los comienzos de la socialdemocracia rusa de David Lane o San Petersburgo entre revoluciones de Robert McKean contienen una riqueza de material que no se encuentra fácilmente en otros sitios. No cabe duda de que el libro de McKean intenta actuar de antídoto al cuadro exagerado de la fortaleza de los bolcheviques en los años anteriores a 1917, y sería mucho más valioso si el autor no hubiese estado influenciado por su hostilidad al bolchevismo.

Después de haber estudiado este material durante más de 30 años, la conclusión a la que he llegado es la siguiente: la mejor fuente para redescubrir la historia del bolchevismo son los escritos de Lenin y Trotsky. Son un tesoro inagotable de información e ideas que, tomadas conjuntamente, componen una detallada historia de Rusia y del mundo durante todo el período sometido a nuestra consideración. El problema es que se trata de una inmensa cantidad de material —45 volúmenes de Lenin en inglés y unos 10 más en ruso—. Trotsky probablemente escribió más, pero la publicación de sus obras está más dispersa. Su genial autobiografía, Mi vida, la monumental Historia de la revolución rusa y su subestimada última obra maestra, Stalin, nos dotan de toda una riqueza de material para la historia del bolchevismo. El problema es que los aspirantes a estudiosos del bolchevismo que intenten leer todo este material necesitarían una enorme cantidad de tiempo. Por eso he incluido deliberadamente un gran número de citas bastante largas de estas fuentes, aunque esto ha vuelto el texto más extenso y más pesado. A pesar de estas objeciones, me pareció necesario por dos razones: 1) para evitar cualquier sugerencia de inexactitud al citar y 2) para estimular el interés del lector a leer los originales, ya que, al fin y al cabo, no puede haber sustituto a la lectura de las obras de Marx, Engels, Lenin y Trotsky.

Sin el Partido Bolchevique, sin la dirección de Lenin y Trotsky, los trabajadores rusos, a pesar de todo su heroísmo, nunca habrían tomado el poder en 1917. Esa es la lección central de esta obra. Si uno examina la historia del movimiento obrero internacional, verá toda una serie de derrotas sangrientas y trágicas. Aquí, por primera vez, si excluimos el breve pero heroico episodio de la Comuna de París, la clase obrera logró derrocar a sus opresores y empezar la tarea de la transformación socialista de la sociedad. Como dijo Rosa Luxemburgo, "sólo ellos se atrevieron". Y fue un gran éxito. Este es el "crimen" que la burguesía y sus defensores a sueldo nunca perdonarán a los bolcheviques. Hasta el día de hoy, la clase dominante vive sometida al miedo a la revolución y dedica gran cantidad de recursos para combatirla. En esto, su tarea ha sido muy facilitada por los crímenes del estalinismo ruso. La traición a las ideas de Lenin por parte de la burocracia estalinista en Rusia —la mayor traición en toda la historia del movimiento obrero—, finalmente terminó en su conclusión lógica: la destrucción de la URSS y el intento de la casta burocrática dominante de volver al capitalismo. Ahora, 80 años después de la Revolución, todos los logros de Octubre están siendo destruidos y sustituidos por la barbarie del "mercado libre". Pero no es suficiente para la clase dominante. Tienen que erradicar su recuerdo, cubrirla con basura y mentiras. Para lograr esto, requieren los servicios de académicos leales que ansían ponerse al servicio de la "economía de libre mercado" (léase "el dominio de los grandes bancos y monopolios"). Esto es lo que explica el odio ciego a Lenin y Trotsky que todavía caracteriza los escritos de todos los historiadores burgueses de la Revolución Rusa, escondido con dificultades detrás de la máscara de falsa imparcialidad.

 

Cómo ‘explica’ Octubre la burguesía

El historiador escocés Thomas Carlyle, cuando escribió acerca del gran revolucionario inglés Oliver Cromwell, se quejó de que, antes de poder escribir la primera letra, tuvo que desenterrar a Cromwell de debajo de una montaña de perros muertos. La historia en general no es imparcial y la historia de las revoluciones mucho menos todavía. Desde la Revolución de Octubre, el Partido Bolchevique y sus dirigentes han sido objeto de un odio particular por parte de todas las fuerzas hostiles a la revolución. Eso incluye no sólo la burguesía y la socialdemocracia, sino también todo tipo de elementos anarquistas y semianarquistas pequeñoburgueses y, desde luego, los estalinistas que subieron al poder sobre el cuerpo muerto del partido de Lenin. Es imposible encontrar una sola historia decente del Partido Bolchevique de ninguna de estas fuentes. Aunque las universidades occidentales continúan produciendo una serie interminable de libros sobre este u otro aspecto del movimiento revolucionario ruso, la hostilidad hacia el bolchevismo y la actitud venenosa hacia Lenin y Trotsky están presentes desde el principio hasta el final.

La explicación más común de la Revolución de Octubre que se da en los libros de historia occidentales es que de ninguna manera fue una revolución, sino sólo un golpe de Estado llevado a cabo por una minoría. Pero esta "explicación" no explica absolutamente nada. ¿Cómo puede explicarse que un pequeño puñado de "conspiradores", que contaban con no más de 8.000 miembros en marzo, fuera capaz de llevar a la clase trabajadora a la toma del poder nueve meses más tarde? Esto implica que Lenin y Trotsky poseían poderes milagrosos. Pero recurrir a supuestos poderes milagrosos de individuos como una explicación de acontecimientos históricos, una vez más, no nos suministra ninguna explicación, sino que envía al inquiridor al único sitio donde las cualidades sobrehumanas (es decir, sobrenaturales) pueden originarse —a saber, el reino de la religión y la mística—. Nosotros no vamos a negar ni mucho menos la importancia vital del individuo en los procesos históricos. Los acontecimientos de 1917 son quizás la confirmación más patente del hecho de que, bajo determinadas circunstancias, el papel de los individuos es absolutamente decisivo. Sin Lenin ni Trotsky, la Revolución de Octubre nunca hubiera tenido lugar. Pero decir eso no es suficiente. Los mismos Lenin y Trotsky habían estado activos en el movimiento revolucionario durante casi dos décadas antes de la revolución y, no obstante, durante la mayoría de ese tiempo fueron incapaces de llevar a cabo una revolución y, durante largos períodos, no tenían ninguna influencia entre las masas. Atribuir la victoria de Octubre únicamente al genio (benevolente o malevolente, dependiendo del punto de vista de clase de cada uno) de Lenin y Trotsky es sencillamente una necedad.

La prueba de que la Revolución Rusa implicó un levantamiento de las masas sin prácticamente otro precedente en la historia es demasiado voluminosa para citarla aquí. Hace 30 años, cuando era un estudiante de posgrado en Moscú, recuerdo la conversación que tuve con una mujer, ya muy avanzada en años, que había participado en la revolución como miembro del Partido Bolchevique en algún lugar de la región del Volga. No recuerdo el lugar exacto, ni siquiera el nombre de la mujer, pero sí recuerdo que había pasado 17 años en uno de los campos de concentración de Stalin junto con tantos otros bolcheviques. Y recuerdo otra cosa. Cuando le pregunté acerca de la Revolución de Octubre, me respondió con dos palabras, que no pueden traducirse adecuadamente: "¡Kakoi pod’yom!" La palabra rusa "pod’yom" no tiene equivalente en castellano, pero significa algo como "elevación espiritual". "¡Qué inspiración!" sería una pobre traducción de esta expresión que, más que una montaña de estadísticas, describe la intensidad con que la masa de la población abrazó la revolución —no sólo los trabajadores, los campesinos pobres y los soldados, sino también los mejores representantes de la intelligentsia (esta mujer había sido una maestra)—. La Revolución de Octubre atrajo todo lo mejor, todo lo que era vivo, progresista y vibrante en la sociedad rusa. Y recuerdo cómo brillaban los ojos de esta mujer cuando revivió mentalmente la alegría y la esperanza de aquellos años. Hoy, cuando toda esa pandilla de cínicos profesionales hacen cola para verter porquería sobre la memoria de la Revolución de Octubre, todavía recuerdo la cara de aquella anciana, envejecida por largos años de sufrimiento, pero radiante con sus recuerdos a pesar de todo lo que más tarde le aconteció a ella y a su generación.

Una corriente de opinión de la historia burguesa del último período se ha basado en atacar el bolchevismo mediante la resurrección de sus enemigos políticos: el economicismo y, en particular, el menchevismo. Uno de los principales "resucitadores" es Solomon Schwarz. Su tesis central es que "el bolchevismo hacía hincapié sobre todo en la iniciativa de una minoría activa; el menchevismo en la activación de las masas". De esta falsa aserción inicial, el autor saca la conclusión natural de que "el bolchevismo desarrolló concepciones y prácticas dictatoriales; el menchevismo permaneció profundamente democrático"2. La presente obra demostrará que esta aserción no tiene base. Demostrará que el Partido Bolchevique se caracterizó a lo largo de su historia por la democracia interna más amplia posible. Es una historia de la lucha de ideas y tendencias en la que todo el mundo se expresó libremente. La democracia interna proporcionó el oxígeno suficiente para desarrollar las ideas que en última instancia garantizaron la victoria. Esto está muy lejos de los regímenes totalitarios y burocráticos de los partidos "comunistas" bajo Stalin.

La ofrenda más reciente de la escuela de la historia antibolchevique es el libro de Orlando Figes, La tragedia de un pueblo, la Revolución Rusa de 1891 a 1924, (A People’s Tragedy, the Russian Revolution 1891-1924, Londres, 1996). Aquí se nos presenta la revolución con una visión que viene directamente de El infierno de Dante. Este académico objetivo y científico describe la Revolución de Octubre de varias formas: como una "conspiración", un "golpe", un "alboroto de borrachos"… "Más que una fuerza organizada y constructiva, fue el resultado de la degeneración de la revolución urbana (?) y, en particular, del movimiento obrero, con vandalismo, delincuencia, violencia generalizada y saqueo de borrachos como las principales expresiones de esta descomposición social"3. Figes sabe perfectamente que los estallidos de desorden y ebriedad perpetrados por elementos atrasados fueron suprimidos rápidamente por los bolcheviques. Constituyeron incidentes episódicos sin importancia y, no obstante, lo incidental aquí se presenta como la esencia de la revolución. Naturalmente, para un defensor "científico" del orden social establecido, la esencia de cualquier revolución tiene que ser el desorden, la locura y el caos. ¿Qué otra cosa puede esperarse de las masas? Son demasiado ignorantes y atrasadas para entender, no digamos para gobernar. No, semejante responsabilidad debe de dejarse a aquellos que son inteligentes. Que los trabajadores atiendan a sus asuntos y déjese la dirección de la sociedad a los graduados de la Universidad de Cambridge.

¿Estamos siendo injustos con el Sr. Figes? ¿Quizá estemos interpretando mal el mensaje de su voluminoso libro? Dejemos al autor hablar por sí mismo. En el Congreso de los Soviets, una mayoría decisiva votó a favor de transferir el poder a los soviets. Esto representa una pequeña dificultad para la tesis central de Figes (no caracterizada por una excesiva originalidad) de que la Revolución de Octubre fue simplemente un golpe. Pero, ¡no se preocupen! Orlando tiene una respuesta a cada rompecabezas. La razón por la que las masas votaron a favor del poder soviético fue porque eran demasiado ignorantes: "Las masas de los delegados", escribe el Sr. Figes, "que eran probablemente demasiado ignorantes para comprender la importancia política de lo que estaban haciendo, levantaron sus manos en señal de apoyo"4 (¿no estaban a favor del poder soviético?).

Debería decirse de pasada que el argumento de que la mayoría de la gente que vota en las elecciones es "probablemente demasiado ignorante" para comprender los temas políticos involucrados es un argumento en contra de la democracia en general. ¿Qué está tratando de decir Figes? ¿Que hasta el momento en que los bolcheviques y sus aliados obtuvieron una mayoría en los soviets, los trabajadores y soldados eran totalmente conscientes de lo que se requería, pero en octubre se volvieron de repente "probablemente demasiado ignorantes" como para saber lo que estaban haciendo? Tal argumento no engañará a nadie. Que los delegados al Congreso de los Soviets no se habían beneficiado de una educación en Cambridge, lamentablemente, tenemos que admitirlo. En compensación, habían aprendido unas cuantas cosas en el curso de una guerra sangrienta y nueve meses de revolución. Sabían bastante bien lo que querían: paz, pan y tierra. Y sabían que el Gobierno Provisional y sus partidarios mencheviques y social revolucionarios no les darían lo que ellos querían. También aprendieron en el curso de la experiencia que el único partido que les daría estas cosas era el bolchevique. Todo esto lo aprendieron bastante bien sin pasar ningún examen.

Por supuesto, cualquiera tiene el derecho de escribir historia desde un punto de vista antirrevolucionario. Pero, en ese caso, sería mejor declarar desde el principio que la intención real es demostrar que la revolución no merece la pena y, consecuentemente, convencer al lector o lectora de que es mejor aceptar el sistema capitalista por miedo a que venga algo peor. Pero ¡ay!, siendo la flaqueza humana como es..., tal admisión parece mucho más que lo que estos historiadores pueden soportar.

 

La escuela de falsificación estalinista

La otra fuente principal de la historia del bolchevismo es la gigantesca colección de literatura sobre el tema que fue publicada durante décadas en la URSS y ampliamente diseminada en el pasado por los Partidos Comunistas estalinistas en el extranjero. De todo este material, es igualmente imposible obtener una impresión verdadera de la historia del bolchevismo. La burocracia, habiendo usurpado el poder en condiciones de atraso donde una clase obrera agotada fue incapaz de mantener el control en sus manos, se vio obligada a halagar el bolchevismo y Octubre. De la misma forma, la burocracia de la Segunda Internacional halagó el "socialismo" mientras llevaba a cabo una política burguesa o el Papa de Roma halaga las enseñanzas de la Iglesia Cristiana en sus inicios. La burocracia dominante en la URSS, al tiempo que colocaba el cuerpo de Lenin en un mausoleo, traicionó todas las ideas básicas de Lenin y de la Revolución de Octubre, cubriendo la bandera inmaculada del bolchevismo con basura y sangre. Para consolidar su usurpación, la casta dominante se vio obligada a exterminar a los Viejos Bolcheviques. Como todos los criminales, Stalin no quería testigos que pudieran hablar en contra de él. Este hecho determinó por adelantado el destino de los libros de historia en la URSS.

Se afirma con frecuencia que el estalinismo y el bolchevismo son básicamente la misma cosa. De hecho, esto es lo que hay detrás de todas las calumnias de los historiadores burgueses del bolchevismo. Pero el Estado obrero democrático establecido por Lenin y Trotsky en octubre de 1917 no tenía nada en común con la monstruosidad burocrática totalitaria que presidieron Stalin y sus sucesores. La victoria de Stalin y de la burocracia, el resultado del aislamiento de la revolución en condiciones de atraso, pobreza y analfabetismo aplastantes, significó el abandono total de las ideas, tradiciones y métodos de Lenin y la transformación de la Tercera Internacional como vehículo de la revolución mundial en un mero instrumento de la política exterior de la burocracia moscovita. En 1943, la Internacional Comunista, habiendo sido utilizada cínicamente por Stalin como un instrumento de la política exterior de Moscú, fue enterrada ignominiosamente, sin convocar siquiera un congreso. La herencia política y organizativa de Lenin recibió un duro golpe durante todo un período histórico. Este hecho ha teñido el punto de vista que mucha gente tiene de la historia del bolchevismo. Incluso escritores bienintencionados (sin mencionar los maliciosos) no pueden evitar atribuir al pasado todo tipo de elementos extraídos de los horrores del régimen estalinista que son totalmente ajenos a las tradiciones democráticas del bolchevismo.

Para triunfar, el estalinismo se vio obligado a destruir todo vestigio del régimen democrático establecido por Octubre. El Partido Bolchevique inscribió en su programa en 1919 las cuatro famosas condiciones para el poder soviético:

1. Elecciones libres y democráticas con el derecho de revocabilidad de todos los funcionarios.

2. Ningún funcionario debe recibir un salario más alto que el de un obrero cualificado.

3. Ningún ejército permanente, sino el pueblo armado.

4. Gradualmente, todas las tareas del Estado deberán ser realizadas por todos. Cuando todo el mundo sea un burócrata, nadie puede ser un burócrata.

 

Estas condiciones, que son descritas en El Estado y la revolución de Lenin, se basan en el programa de la Comuna de París. Como explicó Engels, este no era un Estado en el viejo sentido de la palabra, sino un semi Estado, un régimen transicional fraguado para preparar el camino de la transición al socialismo. Este fue el ideal democrático que Lenin y Trotsky pusieron en práctica después de la victoria de Octubre. No tenía absolutamente nada en común con la monstruosidad burocrática y totalitaria que le sustituyó bajo Stalin y sus sucesores. Más aún, semejante régimen sólo pudo materializarse sobre las bases de una contrarrevolución política, lo cual implicó el exterminio físico del partido de Lenin en una guerra civil unilateral contra el bolchevismo: las Grandes Purgas de la década de 1930. Citemos una sola cifra para demostrar este punto. En 1939, del Comité Central de 1917 de Lenin, sólo quedaban tres miembros vivos: Stalin, Trotsky y Alexandra Kollontai. Los demás, aparte de Lenin y Sverdlov que murieron de muerte natural, fueron asesinados o llevados al suicidio. Kámenev y Zinóviev fueron ejecutados en 1936. Bujarin, al que Lenin describió como "el favorito del Partido", fue ejecutado en 1938. El mismo destino esperaba a decenas de miles de bolcheviques bajo Stalin. Una voz solitaria permaneció para denunciar los crímenes de Stalin y para defender la auténtica herencia del bolchevismo. Esa voz fue extinguida en 1940 cuando, León Trotsky, revolucionario de toda la vida, líder de la insurrección de Octubre y fundador del Ejército Rojo, fue finalmente asesinado en México por uno de los agentes de Stalin.

A aquellos que insisten en identificar el estalinismo con el leninismo nos sentimos con el derecho de hacerles la siguiente pregunta: si los regímenes de Lenin y Stalin eran iguales, ¿cómo explicar que Stalin sólo pudo llegar al poder aniquilando físicamente el Partido Bolchevique?

Bajo Stalin y sus sucesores, todo lo que estaba conectado con la Revolución de Octubre y la historia del bolchevismo estaba inmerso en una espesa niebla de distorsión por parte de la mitología oficial, que pasó como historia en la URSS después de la muerte de Lenin. Las auténticas tradiciones del bolchevismo fueron enterradas bajo una espesa capa de mentiras, calumnias y distorsiones. La relación entre el partido y la clase, y también, crucialmente, entre el partido y la dirección, se presentó en la forma de una caricatura burocrática. Las historias soviéticas oficiales presentan un cuadro simplificado y unilateral de la relación entre el Partido Bolchevique y el movimiento de las masas. Se crea la impresión de que a cada paso los bolcheviques eran la fuerza dirigente que lideró la revolución con la facilidad con que un director mueve su batuta ante una orquesta obediente y disciplinada. De versiones semejantes uno no puede aprender nada sobre el Partido Bolchevique, la Revolución Rusa o la dinámica de la revolución en general. Esto, por supuesto, no es una casualidad, ya que el propósito de la historia bajo el dominio de la burocracia estalinista no era el de enseñar a la gente a hacer revoluciones, sino el de glorificar la casta dominante y perpetuar el mito de una dirección infalible a la cabeza de un Partido infalible, que no tiene nada en común con el Partido de Lenin, excepto un nombre usurpado. De la misma manera, todas las monarquías, pero especialmente una dinastía que ha usurpado el trono, tratan de escribir de nuevo la historia para presentar a sus predecesores de una forma imponente y sobrehumana. No hace falta señalar que aquí cualquier parecido con la verdad es pura casualidad.

Las viejas historias estalinistas son prácticamente inútiles como fuentes. Describir la historia del bolchevismo como lo hizo esta gente —es decir, como una línea ascendente perfectamente recta, que llevó irresistiblemente a la toma del poder—, es dejar atrás el reino de la historia seria y entrar en el de la hagiografía. Aquí sólo he usado una historia soviética. La voluminosa Istoriya KPSS (Historia del PCUS) publicada en la URSS bajo el régimen relativamente "liberal" de Nikita Jrushchov a finales de la década de 1950 y principios de la de 1960. Esta es probablemente la historia más detallada del Partido publicada en la Unión Soviética. Resulta útil por la gran cantidad de material que contiene, mucho proviniente de archivos del Partido sin publicar. Pero, en esencia, es tan unilateral como todas las demás historias estalinistas e, incluso, los datos que facilita deberían de utilizarse con cautela.

 

‘¡Nuevas y viejas mentiras!’

Este no es el lugar de tratar de los acontecimientos en Rusia desde la muerte de Lenin hasta el día de hoy. Ese tema está tratado en el volumen que complementa la presente obra, Rusia, de la revolución a la contrarrevolución, al que ya nos hemos referido. Digamos solamente que el aislamiento de la Revolución Rusa en condiciones espantosas de atraso económico y cultural condujeron inevitablemente, en primer lugar, al ascenso de una privilegiada casta dominante burocrática que erradicó por completo las tradiciones del bolchevismo y aniquiló físicamente el Partido Bolchevique, y, finalmente, a la liquidación de las únicas conquistas progresistas de Octubre que permanecieron: la economía nacionalizada y planificada. El resultado, ya predicho por Trotsky en 1936, ha sido el colapso más espantoso de la economía y la cultura. El pueblo ruso ha pagado un precio terrible por el intento de la burocracia de transformarse a sí misma en clase dominante, fortaleciendo su poder y sus privilegios mediante una apuesta por el capitalismo.

Como previmos desde el inicio, esto inevitablemente chocará con la resistencia de la clase trabajadora en un momento dado. Bien es verdad que este proceso se ha retrasado. ¿Pero cómo podía ser de otra manera? El largo período de dominio totalitario, el consiguiente desprestigio parcial de la idea del socialismo y del comunismo, la inmensa confusión y desorientación causada por el colapso de la URSS, el posterior colapso sin precedentes de las fuerzas productivas que ha traumatizado temporalmente a los trabajadores y, finalmente, el factor más importante —la ausencia de un auténtico partido comunista que defendiese el programa, los métodos y las tradiciones de Lenin y Trotsky—, todo esto ha tenido un efecto y ha hecho retroceder el movimiento. Pero ahora las cosas empiezan a cambiar en Rusia. A pesar de la ausencia de una dirección, la clase obrera poco a poco está sacando las conclusiones necesarias de su propia experiencia. Tarde o temprano el movimiento de la clase obrera colocará firmemente sobre la mesa la necesidad de un programa, una política y una dirección auténticamente leninistas.

Con el colapso del estalinismo, las viejas historias han sido consignadas a un olvido bien merecido. Pero han sido sustituidas por una nueva y más odiosa forma de falsificación antibolchevique. El movimiento hacia el capitalismo en Rusia ha engendrado una nueva generación de "historiadores" ansiosos de complacer a sus nuevos amos mediante la publicación de todo tipo de supuestas revelaciones acerca del pasado. El hecho de que lo que escriben ahora está en abierta contradicción con lo que escribían ayer, no parece molestarles en lo más mínimo, puesto que el objetivo no es, y nunca era, el establecimiento de la verdad, sino tan sólo la de ganarse la vida y complacer al Jefe (que aquí se trata más o menos de la misma cosa). Durante décadas, estos elementos escribieron un gran número de historias falsificadas del bolchevismo y de la Revolución Rusa, representando a Lenin de la misma manera que la Iglesia Ortodoxa reproducía las vidas, obras y milagros de los Santos Padres, y con más o menos el mismo grado de validez científica. Adulaban a la burocracia estalinista que les pagaba generosamente por producir semejante bazofia y siempre se portaban como los sirvientes más leales del régimen totalitario. Ahora han cambiado de amo, saltando con la destreza de un perro entrenado en un circo. Ya no cantan panegíricos a Stalin, Breznev o Gorbachov, sino que prefieren cantar las alabanzas al libre mercado.

Estos escritores rusos modernos comparten la moralidad y los valores de todos los demás nuevos rusos: los valores del mercado, es decir, de la jungla. Para garantizar esta recién adquirida riqueza, obtenida mediante el saqueo del pueblo ruso, es necesario verter inmundicia sobre el pasado revolucionario de Rusia por temor a que también pueda representar el futuro de Rusia. De la misma forma que existe un mercado para Mercedes Benz y la pornografía en Rusia, también existe un mercado para las calumnias contra Lenin y la Revolución de Octubre y, tratándose de dinero, los "nuevos intelectuales" rusos no son menos entusiastas que toda la banda de ladrones, especuladores y otra gentuza que ahora manda en Moscú. Ha nacido todo un nuevo género literario basado en lo siguiente: algún ex burócrata del Partido o del KGB "descubre" en los archivos alguna "revelación novedosa y sorprendente" con relación a Lenin. A continuación, esta última se presenta al público en la forma de un estudio "erudito" firmado por algún académico, que le infiere a la "novedosa" revelación un espurio halo de "objetividad científica". Pocos meses después, las "revelaciones sorprendentes" aparecen en Occidente en medio de un coro de aprobación. A continuación, los comentarios de los medios de comunicación occidentales reaparecen en la prensa rusa, pero no antes de haber sido convenientemente embellecidos con todo tipo de adiciones sensacionales y totalmente ficticias. De hecho, no hay prácticamente nada nuevo en estas llamadas revelaciones y absolutamente nada es sorprendente, excepto la predisposición de alguna gente a creerse cualquier cosa.

Entre otras muchas cosas, acusan a Lenin de abogar por el uso de la violencia… ¡durante la guerra civil! Pero, ¿qué es la guerra si no la utilización de la violencia para conseguir un objetivo determinado? —La continuación de la política por otros medios, en el famoso dictamen de Clausewitz—. Bien es verdad que la Biblia nos enseña que quitarle la vida a otra persona es pecado mortal. Pero dicho dictamen jamás ha impedido a monarcas y políticos cristianos emplear los medios más violentos para defender sus propios intereses. Los que lloran lágrimas de cocodrilo acerca del destino del zar Nicolás ignoran convenientemente la sangrienta crueldad que caracterizó su reinado desde el primer día. A lo mejor la obra presente servirá para reavivar su memoria. Y a lo mejor se sorprenderán al enterarse de que la Revolución de Octubre fue un acontecimiento relativamente pacífico, y que tan sólo se convirtió en un baño de sangre a consecuencia de la rebelión de los esclavistas de la Guardia Blanca, respaldada por el imperialismo mundial. Durante los tres años después de la Revolución de Octubre no menos de 21 ejércitos extranjeros invadieron la República Soviética: ingleses, franceses, alemanes, americanos, polacos, checos, japoneses y otros. Como siempre, cuando se trata de aplastar una rebelión de esclavos, la clase dominante actuó con la más terrible crueldad. Pero esta vez el resultado fue diferente. Los antiguos esclavos no aceptaron pacíficamente su destino. Lucharon y ganaron.

La violencia de los terratenientes y capitalistas fue respondida con la violencia de los obreros y campesinos oprimidos. Esto es lo que no pueden perdonar. Trotsky organizó a la clase obrera en el Ejército Rojo y, mediante una combinación de destreza militar y valentía, con una política revolucionaria e internacionalista, derrotó a todas las fuerzas de la contrarrevolución. Esto, sin duda, supuso el empleo de violencia que no estaba totalmente de acuerdo con el Sermón de la Montaña. Los enemigos de la revolución aparentan estar horrorizados. Pero su rechazo de métodos violentos no es de ninguna manera absoluto. La misma gente que calumnia la memoria de Lenin y Trotsky ni siquiera pestañean cuando mencionan la decisión de un presidente norteamericano de arrojar bombas atómicas sobre la población civil de Hiroshima y Nagasaki, o la decisión de un primer ministro británico de incinerar a hombres, mujeres y niños mediante el bombardeo de Dresde. Semejantes acciones, verá usted, no solamente son aceptables sino loables ("acortaron la guerra y redujeron las bajas de los aliados..."). Los organizadores de la campaña contra Lenin y los bolcheviques saben de sobra que la Revolución de Octubre estaba luchando en una guerra desesperada de autodefensa. Saben de sobra que de haber triunfado los Blancos, hubieran implantado una dictadura feroz en Rusia y los obreros y campesinos hubieran pagado un precio terrible. Por lo tanto, la bulla acerca de la supuesta violencia de Lenin hay que verla como lo que es: cinismo y hipocresía de la más baja categoría.

Más indignante todavía es la acusación, hecha por Dimitri Volkogonov y muchos otros, de que Lenin era un agente alemán. Esta calumnia no sólo carece de fundamento, sino que resulta francamente estúpida. Si Lenin hubiese sido realmente un agente del imperialismo alemán, resulta imposible explicar el comportamiento tanto de Lenin como del ejército alemán en el período posterior a Octubre. De hecho, no fueron Lenin y los bolcheviques, sino la burguesía rusa la que anhelaba la intervención del ejército alemán en 1917. Se puede citar a numerosos testigos para demostrar que las clases poseedoras rusas hubiesen preferido la rendición de Petrogrado a los alemanes que verla caer en manos de los bolcheviques.

Es verdad que el Estado Mayor alemán tenía la esperanza de que la vuelta de Lenin a Rusia sirviera para desestabilizar al zarismo y debilitarlo militarmente. No es inusual que potencias imperialistas vean los desórdenes internos como un medio de debilitar a un enemigo. De la misma manera, es el deber de los revolucionarios aprovecharse de todas las contradicciones entre los imperialistas para empujar la revolución. Lenin estaba perfectamente enterado de los cálculos de Berlín. Precisamente por eso, cuando Inglaterra y Francia bloquearon su regreso a Rusia a través del territorio de los Aliados, obligándole a volver a Rusia a través de Alemania, Lenin impuso las condiciones más estrictas, especificando que nadie entrase o saliese del tren durante el viaje. Sabía de sobra que los enemigos del bolchevismo le tildarían de "agente alemán", pero tomó las medidas necesarias para contestar esta calumnia de antemano.

Años más tarde, Trotsky declaró a la Comisión Dewey: "[Lenin] explicó abiertamente a los obreros del primer Soviet de Petrogrado: ‘Mi situación era tal y cual. La única ruta posible era a través de Alemania. Las esperanzas de Ludendorff son sus esperanzas, pero las mías son totalmente diferentes. Ya veremos quién saldrá victorioso’. Explicó todo. No ocultó nada. Lo dijo delante del mundo entero. Era un revolucionario honesto. Naturalmente, los chovinistas y patriotas le acusaron de ser un espía alemán, pero en sus relaciones con la clase trabajadora era absolutamente impecable".5

A lo largo de la I Guerra Mundial no sólo los alemanes, sino también los aliados, utilizaron a sus agentes en el movimiento obrero para comprar apoyo entre grupos de izquierdas en otros países. Pero alegar que los alemanes habían comprado a los bolcheviques con oro y que existía un bloque entre los bolcheviques y el imperialismo alemán es no sólo monstruoso sino extraordinariamente torpe. Está en abierta contradicción con todos los hechos bien conocidos acerca de la conducta política de los bolcheviques tanto durante la guerra como después. Por ejemplo, Volkogonov intenta demostrar que dinero alemán fue canalizado a los bolcheviques a través de Suecia. No obstante, es fácil de demostrar que Shlyápnikov, el representante de los bolcheviques en Suecia, denunció públicamente las actividades del ala proalemana de la socialdemocracia sueca y rechazó cualquier tipo de contacto con el agente alemán Troelstra. Por su parte, la actitud de Lenin hacia Parvus durante la Guerra está documentada en el capítulo correspondiente de esta obra. Uno podría decir bastante más acerca de las mentiras y las distorsiones del señor Volkogonov, pero, como dice el proverbio ruso, un tonto puede hacer más preguntas que cien sabios pueden contestar. Y dicha observación es aplicable no sólo a los tontos, sino también a gente con intenciones bastante menos honestas.

 

El leninismo y el futuro

Después de la caída del Muro de Berlín, los críticos burgueses del marxismo estuvieron jubilosos durante un corto período de tiempo. Pero toda su euforia se ha vuelto cenizas rápidamente. En esta etapa, la crisis del capitalismo se refleja en el pesimismo de los estrategas del capital. No obstante, según se desarrolle la crisis, ésta se reflejará en las organizaciones de masas de la clase obrera, que durante las últimas décadas han experimentado un proceso de degeneración reformista y burocrática mucho peor que la que sufrió la II Internacional en el período anterior a 1914. Durante mucho tiempo, los dirigentes obreros trataron de ignorar el marxismo, tachándolo de "aguas pasadas". Abrazaron de todo corazón el mercado y todos los últimos remedios económicos de la burguesía. La supuesta vitalidad del reformismo de derechas en el período de posguerra, al menos en los países avanzados del capitalismo, fue una mera expresión del hecho de que el capitalismo atravesó un período largo de expansión, similar a los 20 años aproximadamente que precedieron a la I Guerra Mundial. Pero ahora este período ha llegado a su final. Según estoy terminando el último capítulo, las noticias que llegan son las del desarrollo de una crisis en el capitalismo mundial.

El mundo nunca ha estado en semejante situación de fermento desde 1945. Hace mucho tiempo, Marx y Engels predijeron que el capitalismo se desarrollaría como un sistema mundial. Ahora esa predicción se ha realizado en condiciones casi de laboratorio. El dominio aplastante del mercado mundial constituye el hecho más llamativo de nuestra época. El triunfo de la globalización ha sido anunciado como la victoria final de la economía de mercado. Pero esta victoria llevaba consigo misma las semillas de una catástrofe. Lejos de superar las contradicciones fundamentales del capitalismo, la globalización simplemente crea una nueva etapa en que las contradicciones ya se están manifestando. La recesión profunda en Asia, que se manifiesta como una acumulación sin precedentes de productos sin vender (sobreproducción, o "sobrecapacidad"), va acompañada por una parálisis de quien solía ser la principal fuerza motriz de crecimiento económico mundial, Japón. En el otro lado del mundo, el movimiento ascendente incontrolado de la Bolsa está provocando temores de un colapso financiero en los EE UU. El nerviosismo de la burguesía se expresa en numerosas alarmas en los mercados de valores mundiales.

El viejo argumento de la supuesta superioridad de la "economía de mercado libre" ahora suena como una broma pesada a millones de personas. Los grandes bancos y monopolios, bajo la bandera de la "privatización", se han embarcado en el saqueo del Estado; bajo la bandera de la "liberalización", fuerzan a las burguesías débiles de los países ex coloniales en Asia, África y América Latina a abrir sus mercados a las exportaciones provenientes de Occidente con las que no pueden competir. Esta es la auténtica razón del endeudamiento crónico del Tercer Mundo y de la crisis permanente que aflige a dos tercios de la población mundial. Por todas partes vemos guerras y conflictos por mercados y por fronteras absurdas, en los cuales son los pueblos los que pagan el terrible precio de la crisis mundial del capitalismo. Esta situación tiene un parecido mucho mayor con el mundo tal y como era hace cien años que con el período de estabilidad relativa que siguió a la II Guerra Mundial. Las convulsiones en Asia, África y América Latina no están tan lejos como parece en Europa y en Norteamérica. La catástrofe que siguió a la ruptura de Yugoslavia demuestra que el mismo proceso puede afectar a pueblos supuestamente civilizados de Occidente a menos que la lógica de la jungla capitalista sea eliminada y sustituida por un sistema racional y armonioso a escala mundial.

Irónicamente, el detonador principal de la crisis actual fue el colapso espectacular de la política de "mercado libre" en Rusia. Esto representa un importante punto de inflexión no sólo para Rusia sino para el mundo entero. El ambiente temporal de regocijo que predominó entre los estrategas del capital después de la caída del Muro de Berlín se ha evaporado como una gota de agua en un fogón caliente. En lugar de la vieja canción sobre la supuesta muerte del marxismo, el socialismo y el comunismo, ahora cantan un estribillo muy diferente. Los escritos de los economistas y políticos burgueses están llenos de presagios y advertencias sombrías de una vuelta atrás en Rusia, donde se está preparando una explosión social que pondrá en el orden del día una vuelta a las tradiciones de 1917. A escala mundial, la crisis del capitalismo está entrando en una nueva y convulsiva etapa. La revolución en Indonesia es sólo el primer acto de un drama que se desarrollará durante los próximos meses y años y que encontrará una expresión no sólo en Asia, Africa y América Latina, sino también en Europa y Norteamérica.

En este nuevo despertar revolucionario, Rusia no ocupará el último lugar. A Lenin le gustaba un proverbio ruso: "La vida enseña". La lección del intento de volver al capitalismo en Rusia ha sido brutal. Pero ahora el péndulo está empezando a moverse en la dirección opuesta. La alarma de los capitalistas y sus defensores occidentales está bien fundada. Si los líderes del PCFR fueran auténticos leninistas, los trabajadores rusos estarían ahora en la víspera de la toma del poder. La clase trabajadora es mil veces más fuerte que en 1917. Una vez que empiece a moverse, nada la detendrá. El problema, como en febrero de 1917, es la falta de dirección. El papel que Zyuganov está jugando es incluso peor que el que jugaron los mencheviques en 1917. En todos los discursos y escritos de los dirigentes del PCFR no hay un átomo de las ideas de Lenin y el Partido Bolchevique. Es como si nunca hubieran existido. Esto da un indicio de cuánto ha retrocedido el movimiento debido a la reacción estalinista en contra de Octubre. La regeneración del movimiento de los obreros rusos sólo podrá lograrse mediante una vuelta a las tradiciones genuinas del bolchevismo. La historia del bolchevismo sigue siendo el modelo clásico de la teoría y la práctica del marxismo en su lucha por ganar a las masas. Es necesario volver a Lenin y también a las ideas del hombre que, junto con Lenin, se puso a la cabeza de la Revolución de Octubre y garantizó su éxito, León Trotsky.

El comportamiento de los líderes no puede frenar el movimiento para siempre. Los trabajadores están tratando de encontrar una salida a la crisis mediante su propia acción de clase. Al hacerlo, están descubriendo de nuevo las tradiciones revolucionarias del pasado: las tradiciones de 1905 y de 1917. El resurgimiento de soviets, aunque reciban una variedad de nombres (comités de acción, comités de huelga, comités de salvación…), es una prueba clara de que el proletariado ruso no ha olvidado su herencia revolucionaria. El movimiento, con inevitables alzas y bajas, continuará y crecerá a pesar de Zyuganov y compañía. ¿Acaso no era este siempre el caso? Esa es precisamente la principal lección de la presente obra. Y hay otra lección que nunca debemos olvidar. Nadie puede romper la voluntad inconsciente de la clase trabajadora de cambiar la sociedad. El bolchevismo es simplemente la expresión consciente de los intentos inconscientes o semiconscientes del proletariado de cambiar las condiciones fundamentales de su existencia. Ninguna fuerza en la tierra podrá impedir el movimiento inevitable de los trabajadores rusos. A lo largo de un período, a través de su experiencia, la nueva generación volverá a descubrir la vía al bolchevismo. Las tradiciones siguen ahí y la revolución encontrará su camino.

Alan Woods, Londres, enero de 1999

 

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* Por razones de conveniencia, donde se cita la misma obra varias veces seguidas, hemos puesto el número de referencia al final de la última cita.

1. Trotsky, Writings, 1935-36 (Escritos, 1935-36), pág. 166.

** Por factor subjetivo el marxismo entiende el factor consciente en la historia —la acción de hombres y mujeres para cambiar sus vidas y sus destinos, en oposición a sus condiciones objetivas, establecidas por el desarrollo social, que provee las bases para tales acciones—. Más específicamente, se refiere al papel del partido y la dirección revolucionaria en la lucha por la transformación socialista de la sociedad.

2. S.S. Schwarz, The Russian Revolution of 1905, the Workers’ Movement and the Formation of Bolshevism and Menshevism, pág. 29.

3. O. Figes, A People’s Tragedy, the Russian Revolution 1891-1924, pág. 495.

4. Ibíd., pág. 491 (énfasis del autor).

5. The Case of Leon Trotsky, pág. 316.
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