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En el filo de la navaja |
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"La asombrosa recuperación de Asia". Este
es el tipo de titulares que hemos visto en los últimos meses. Parece como
si se hubieran desvanecido los efectos de los crash bursátiles de
1997 y se buscan ansiosamente signos de recuperación en Asia y Europa
para demostrar que el mundo ha conseguido eludir la recesión. Una vez más,
los portavoces de la denominada nueva economía proclaman el triunfo del
libre mercado. Sin embargo todo este triunfalismo carece de bases científicas.
Desmarcándose de optimismos infundados, los representantes serios del
capital observan con creciente preocupación las perspectivas que se abren
para la economía mundial. Comencemos por la
recuperación asiática. Los defensores de que la crisis está superada la
exageran, sin tener en cuenta el hecho de que las dos economías decisivas
de la región se encuentran en una profunda crisis. Stratfor Weekly
Analysis (6/7/99) co-menta en tono cáustico: "Por supuesto que
Asia ha mejorado, después de todo es difícil que le pueda ir peor. Pero
en nuestra opinión se están produciendo dos fenómenos. En primer lugar
asistimos a un resurgimiento económico cíclico y regular para luego
volver a bajar. Nada se mueve en línea recta y el resurgimiento de Asia
era inevitable después de la depresión general, lo mismo ocurrió en
EEUU durante la depresión de los años treinta. Sin embargo los países
claves de Asia, Japón y China, durante el último año no han conseguido
resolver sus graves problemas estructurales. Problemas estructurales que
limitan gravemente las posibilidades de formación de capital en estos países;
en todo resurgimiento económico se crea dinero que después se utiliza
para aliviar los problemas de deuda a corto plazo, sin que se cree, de ese
modo, capital a largo plazo". En otras palabras, lo
que estamos viendo en Asia no es el principio de una recuperación
duradera sino simplemente una recuperación temporal en el curso de un
descenso económico. Asia todavía no ha superado la crisis. La prolongación
del boom en EEUU es lo que alarga la recuperación asiática más
de lo esperado. Este factor, en exclusiva, es el que está sosteniendo la
economía mundial, y eso es lo que preocupa a los estrategas del capital. ¿Cómo se puede
explicar la recuperación parcial de algunas economías asiáticas? La
afirmación de que la economía capitalista se mueve en ciclos
ininterrumpidos de booms y recesiones no requiere un comentario
especial. Incluso a la recesión más profunda siempre le acompaña una
recuperación momentánea. Por este motivo no es una sorpresa que, tras la
crisis del verano de 1997, algunas economías asiáticas estén dando
muestras de lo que puede ser una recuperación parcial. Mientras la economía
norteamericana siga creciendo y absorbiendo exportaciones, las economías
asiáticas tendrán la posibilidad de dar salida a sus excedentes de
mercancías, proceso que se ve favorecido en gran medida porque la
devaluación de sus monedas abarata las exportaciones. El otro elemento en
esta ecuación es lo que el marxismo denomina la ley del desarrollo
desigual y combinado. Ya hace más de cien años que Marx y Engels
explicaron que el capitalismo se desarrollaría como un mercado mundial.
El fenómeno de la globalización demuestra brillantemente esta predicción.
Pero esto no significa que las desigualdades del capitalismo ya no existan
o que los booms y recesiones se tengan que suceder de forma simultánea
en toda la economía mundial. El capitalismo no se desarrolla al mismo
ritmo y de forma sincronizada en todas partes. Al contrario, el rasgo
característico del capitalismo es la anarquía de las fuerzas
productivas, fenómeno que persiste a pesar del dominio de los grandes
monopolios, de la intervención del FMI, del Banco Mundial, de los bancos
centrales y del tan cacareado fenómeno de la globalización. Incluso en la época
de la economía y las transacciones financieras informatizadas, estos
procesos requieren su tiempo para que lleguen a alcanzar al conjunto de la
economía mundial. Tuvo que pasar un año para que la devaluación de la
moneda tailandesa afectara a la economía rusa. Rusia dejó de pagar su
deuda en agosto de 1998. A su vez, la devaluación brasileña tuvo lugar año
y medio después, en enero de 1999. En Asia sí que los efectos fueron
inmediatos, provocando un colapso tras otro, generando un resurgimiento de
la lucha de clases en Corea del Sur, una seria crisis política en Malasia
y, lo más importante, los inicios de una revolución en Indonesia. Para que este proceso
afecte a la economía mundial es necesario que pase un tiempo. Los efectos
de la recesión de 1929 en EEUU no alcanzaron a Europa inmediatamente. La
economía francesa, que era relativamente atrasada, entró en recesión
tres o cuatro años más tarde, cuando EEUU ya estaba saliendo de ella.
Estos ritmos desiguales se pueden observar en todas las crisis
capitalistas y ésta no va a ser una excepción. El fenómeno del
desarrollo desigual y combinado también es comprendido por algunos
economistas burgueses. Stratfor afirma correctamente que no se
puede hablar de Asia como si fuera un solo ente económico homogéneo: "El segundo fenómeno
que estamos viendo en Asia es el de la diferenciación entre los países.
Ya no es razonable que en las discusiones económicas se considere a Asia
como una entidad única. Antes lo era, al menos en el sentido de que casi
todos los países asiáticos se encaminaban en la misma dirección
ascendente. Hoy ni siquiera van en una dirección única. Algunos parecen
recuperarse, como es el caso de Corea del Sur. Otros se hacen a un lado, y
otros aún se encuentran en recesión. Pero lo más importante es, en
nuestra opinión, que los dos motores de Asia, Japón y China, a pesar de
las últimas alzas en sus mercados de valores y las prometedoras cifras
económicas, no podrán seguir avanzando sin una reestructuración interna
importante, y no están precisamente en esta línea. Aún padecen los
desequilibrios estructurales que dieron lugar al problema desde el
principio y, dado que son la fuerza motriz de Asia, determinarán la
tendencia general pese a la existencia de divergencias en países
concretos. En nuestra opinión, esa tendencia seguirá siendo descendente.
La demanda de Asia aumentará, pero no está claro que lo haga de una
forma importante o que lo haga de una forma permanente". A pesar de todo el
revuelo generado por la supuesta recuperación de Asia, la situación real
no es tan prometedora como nos quieren hacer creer los propagandistas del
mercado. La recuperación parcial de Corea del Sur y de otras economías
asiáticas no significa que vayan a reeditar la edad dorada de los tigres.
La recuperación es bastante débil en comparación con el pasado. Ni
siquiera se han recuperado de la caída de la producción de los últimos
dos años. Las economías del Sudeste Asiático todavía están
funcionando muy por debajo de su capacidad. El desempleo sigue siendo alto
y todavía existen enormes cantidades de mercancías sin vender. Ni
siquiera está garantizada una débil recuperación. Una caída en EEUU o
quizás una devaluación de la moneda china provocaría en toda la zona un
desorden incluso más profundo. Aunque durante la
primera mitad de este año ha habido crecimiento en Corea del Sur,
Tailandia y Malasia (incluso relativamente en Indonesia), las dos
principales economías de Asia —Japón y China— permanecen enmarañadas
en contradicciones insolubles. Sin un auge duradero y serio en estas
economías, el futuro de Asia permanecerá envuelto en la incertidumbre y
sujeto a cada nueva vicisitud de la economía mundial, en especial la de
EEUU, que es lo único que mantiene la recuperación actual. Y no puede
mantenerla mucho tiempo.
Una crisis de sobreproducción La crisis en Asia es
una crisis clásica de sobreproducción. The Economist (20/2/99)
publicó un artículo que razonaba lo siguiente: "Debido a la
enorme sobreinversión, en especial en Asia, el mundo está inundado de un
exceso de chips de ordenador, acero, coches, prendas textiles, barcos y
productos químicos. La industria automovilística, por ejemplo, ya tiene
al menos el 30% de su capacidad productiva mundial infrautilizada, y a
pesar de ello se siguen abriendo nuevas fábricas de coches en Asia". Los comentaristas
burgueses más serios sí intuyen las inciertas perspectivas de Asia. The
Economist (21/8/99) también comenta: "Los riesgos
obvios de esta recuperación provienen de fuera del Sudeste Asiático. La
agitación de la economía japonesa ayudó a proporcionar cierta demanda
para todos, desde el sector de la electrónica hasta los servicios turísticos
pasando por la industria maderera, y un cambio de rumbo traería malas
noticias. Si China —que en medio de la caída general ha seguido
creciendo— entrara en una crisis, acompañada por una profunda devaluación
de su moneda, el yuan, la confianza en la región sufriría un golpe. Si
la economía norteamericana fallara —en especial su demanda de electrónica—,
también supondría un duro golpe. Y aún restan los estragos económicos
que ocasionaría un colapso de Wall Street". Esta perspectiva
pesimista la comparten otros estrategas del capital. En su informe del
tercer trimestre (26/7/99), Stratfor diagnostica lo siguiente: "(...) Digámoslo
de otro modo, la crisis asiática ha terminado, en el sentido de que ya no
es una crisis, sino una enfermedad a largo plazo e incurable. (...) En
algunos países hay una recuperación, pero no en Asia en su conjunto. En
nuestra opinión los problemas continúan en las dos economías más
grandes de Asia —Japón y China—, que se dirigen hacia depresiones más
profundas e irrecuperables". Estas son las
opiniones de los analistas capitalistas más previsores sobre las
perspectivas para Asia.
China en crisis El hecho de que China
continúe creciendo a un ritmo rápido (8%) se considera un signo
positivo, pero en realidad es un serio problema. Una gran parte de las
mercancías producidas por la industria china no se pueden vender, ni
dentro de China ni en el resto de Asia. En China hay ahora una enorme
sobreproducción, como demuestra que se hayan impuesto topes a la producción
de una serie de mercancías destinadas al consumo, una vez que los
subsidios a la exportación han sido incapaces de detener la caída de los
precios. La prohibición, que
comenzó el 1 de septiembre, incluye toda una gama de productos: vídeos,
reproductores de discos compactos, microondas, refrigeradores,
acondicionadores de aire, incluso bicicletas, pasta de dientes, bolsas de
plástico, dulces, sal, zumo de manzana y licor. Además se ha impuesto un
embargo a la construcción de apartamentos de lujo, hoteles, tiendas y
edificios de oficinas. Stratfor comenta: "El descenso de la
demanda se extiende al suelo urbano; también en este mercado China se
enfrenta a la superabundancia. Según Associated Press, en la ciudad
costera de Shanghai el 70% de las oficinas están vacías. El boom que
llenó el cielo de Shanghai de rascacielos y grúas ha colapsado y, si
Shanghai no es capaz de atraer a hombres de negocios, es de suponer que el
interior de China esté inmerso en una recesión en toda regla". "El mercado doméstico
chino está estancado, con ciudadanos preocupados por el aumento del
desempleo escondiendo su dinero debajo del colchón en lugar de gastarlo.
Con un mercado hastiado, los productores chinos están ajustando los
precios, y de esta forma amenazan con hacer realidad el temor al
desempleo. Pekín ya ha intentado reducir la espiral deflacionaria,
imponiendo precios mínimos para algunos productos". "China sufre
una crisis de sobreproducción y subconsumo. La confianza de los
consumidores se ha derrumbado, y con ella la demanda doméstica. Mientras
tanto, a pesar de generosos subsidios a las exportaciones, China es
incapaz de exportar como salida a la crisis"(el énfasis es nuestro). La conclusión es
ineludible. Golpeada por una profunda depresión y un colapso de la
demanda doméstica, China probablemente se verá obligada a recurrir a la
devaluación, lo que originaría una nueva oleada de devaluaciones
competitivas en Asia que haría añicos la débil recuperación actual y
afectaría a toda la economía mundial. Tampoco está nada
claro que una devaluación del yuan pueda resolver los problemas de China.
Pekín se ha resistido hasta el momento a devaluar por el efecto que tendría
en la deuda externa china y en el dólar de Hong-Kong. Durante los últimos
dos meses han mejorado algo las exportaciones, y tratarán de mantener
alejado al demonio tanto tiempo como puedan. Pero la medida será
inevitable tarde o temprano. La disputa comercial entre China y EEUU cada
vez es más amarga. La mayoría republicana en el Congreso norteamericano,
desde siempre inclinada al aislacionismo, está decidida a bloquear la
entrada de China en la OMC (Organización Mundial del Comercio). Las
tendencias proteccionistas inevitablemente crecerán ante la llegada de
una recesión, o incluso ante una caída de la economía de EEUU. En este
clima, las devaluaciones competitivas se pondrán al orden del día. Sobre el futuro del
capitalismo en China pende un gran dilema. A diferencia de lo ocurrido en
Rusia, la burocracia china mantiene firmemente el poder en sus manos.
Aterrorizados por una explosión revolucionaria de los trabajadores y
campesinos, es totalmente posible que la burocracia regrese a una política
de propiedad estatal y planificación centralizada. Los capitalistas
extranjeros están perdiendo la fe en el milagro chino. Por primera
vez en veinte años, se ha reducido la inversión extranjera, aunque en términos
absolutos sigue siendo alta: 45.000 millones de dólares en 1998 y 30.000
en 1999. Pero el tamaño de la economía china hace que estas sumas sean
insuficientes para resolver los problemas fundamentales. Las autoridades
son conscientes del potencial existente para el aumento del malestar
social y el surgimiento de procesos revolucionarios. Sufren enormes
presiones para que cierren las industrias propiedad del Estado, pero no lo
hacen por temor a las consecuencias que tendría entre las masas un
aumento del desempleo que afectaría a millones de trabajadores y que el
sector privado no se encuentra en posición de absorber. En caso de una
recesión seria del capitalismo mundial, este proceso se aceleraría
enormemente. Stratfor, correctamente, plantea: "A China se le
están acabando las opciones. Si la devaluación no funciona, todavía
pueden imponer controles monetarios internos —una opción potencialmente
catastrófica para las empresas extranjeras registradas en China, que
utilizan bancos chinos y comercian con el yuan—. Y si imponen un mayor
control estatal, existe la posibilidad de sanciones. China ha declarado la
guerra a la corrupción, persiguiendo 244.000 "crímenes económicos"
en la primera mitad de 1999, un 28,6% más que en la primera mitad de
1998. El intento gradual de Pekín de hacer una reforma económica sin
disturbios sociales ha fracasado. Ahora llega el crash y con ello
el intento de regresar al control central".
Japón: la recesión continúa El colapso del modelo
japonés en sí mismo representa un punto de inflexión importante.
Durante casi todo el período de la posguerra, Japón actuó como una de
las principales fuerzas motrices de la economía mundial. Ahora Japón
lleva una década en crisis, hundido en una crisis deflacionaria; es el
primer país capitalista desarrollado que experimenta este fenómeno desde
los años 30, un serio aviso para todos los demás. Durante los últimos
tres años, el Índice de Precios al Consumo (IPC) japonés sólo fue del
0’% anual. Esto no refleja un crecimiento de la productividad, sino una
demanda débil y un exceso de capacidad (sobreproducción). La situación
con relación a los precios de fábrica es aún más dramática. Durante
los últimos nueve años han caído. Los salarios medios en el sector
manufacturero, hasta el mes de julio de 1999, han caído un 2’3%. Los economistas
burgueses han elaborado un sistema para medir el rendimiento económico de
un país. Comparando su crecimiento económico real con un índice de
crecimiento hipotético, basado en esa misma economía pero a pleno
rendimiento, se halla el diferencial de producción. A pesar de la
arbitrariedad implícita en este método, puede dar una idea aproximada de
los problemas a los que se enfrenta Japón. La brecha de producción
de Japón es ahora del 8%, una cifra considerable, más grande que la de
cualquier otro país capitalista desarrollado desde los años 30. La
economía más grande de Asia está tocada por la recesión, y en este
estado cualquier sobresalto serio la empujará más allá del borde del
precipicio. Japón entraría en una profunda recesión, caracterizada,
como en los años 30, por una caída de la demanda, un descenso de los
precios y una reducción de los préstamos bancarios, provocando el
agotamiento de la inversión productiva, el declive y el estancamiento
económico general. De particular
preocupación para el resto del mundo —y para EEUU especialmente— es
la amenaza de un colapso del sistema financiero japonés. Si tenemos en
cuenta que Japón es el mayor prestamista del mundo, la retirada de los préstamos
podría precipitar un colapso general del sistema financiero mundial, con
unos efectos catastróficos. La extrema dependencia que la economía
mundial tiene de EEUU crea un desequilibrio que amenaza con desestabilizar
a todos los países. Precisamente porque la clase dominante norteamericana
es consciente de que no puede mantener esta situación indefinidamente,
Washington está presionando a Japón para que inyecte liquidez, para que
su economía pueda absorber más exportaciones asiáticas. Las repetidas
inyecciones de capital público el billón de dólares en los últimos
seis años— han convertido a Japón en uno de los países más
endeudados del planeta. Y a pesar de las ingentes cantidades de dinero que
el gobierno ha vertido en la economía, todavía permanece en recesión: "Las cifras de
Japón demuestran que su economía se ha vuelto a contraer en el último
trimestre, acabando con lo que parecía una recuperación. Como ya hemos
dicho, Japón ha estado experimentando un rebrote a medio plazo dentro de
un declive a largo plazo. El problema esencial es la baja tasa de retorno
del capital. En otras palabras, sus beneficios son demasiado bajos para
capitalizar completamente su economía; no es capaz de atraer inversión
extranjera ni tiene los medios estructurales para integrar la inversión a
gran escala. La única salida a este dilema sería una reestructuración
de la agonizante economía japonesa, incluyendo bancarrotas masivas,
desempleo y miseria. Sus efectos durarían toda una generación" (Stratfor,
el subrayado es nuestro). Esta es la perspectiva
para el país que fue la fuerza motriz del capitalismo mundial, el más
poderoso. La nación más exitosa y próspera de Asia se enfrenta a un
futuro de "bancarrotas, desempleo y miseria" que duraría ¡toda
una generación! Teniendo en cuenta la fuerza colosal del proletariado
japonés, estamos ante una receta acabada para acontecimientos
revolucionarios en Japón en el próximo período. Están presionando
mucho a Japón para que reflote su economía a toda costa. El motivo es
que los norteamericanos son conscientes de que el conjunto de la economía
mundial depende ahora exclusivamente de ellos, una situación
insostenible. Les gustaría que Japón liberara una parte del lastre y
absorbiera parte del exceso de productos que actualmente está anegando
los mercados asiáticos. Pero es más fácil dar un consejo que llevarlo a
la práctica. Durante los últimos años, Japón ha gastado
aproximadamente un billón de dólares en el vano intento de estimular su
economía. Prácticamente el único efecto que han tenido es endeudarse aún
más. Esta situación no puede durar indefinidamente. La existencia de
enormes deudas creará una barrera objetiva para una nueva expansión del
gasto público y del crédito. En cualquier caso, las medidas tomadas ya
han evidenciado su fracaso al no obtener los resultados esperados. El
destino de Japón debería ser un sombrío aviso para aquellos reformistas
de izquierda que creen posible encontrar una salida a la crisis
capitalista regresando a las desacreditadas teorías del keynesianismo. A pesar de la inyección
de ingentes cantidades de dinero público, la economía japonesa aún está
en una situación muy frágil. En los primeros siete meses de 1999 —a
pesar de que los tipos de interés nominales en Japón están próximos a
cero—, los préstamos bancarios han caído un 6’5%. La razón para
esta aparente paradoja es muy simple: los bancos y empresas japoneses se
encuentran ya muy endeudados, ¿para qué pedir prestado más dinero en
esta situación? Es más, si las empresas japonesas invierten nuevas sumas
de dinero en expandir la capacidad productiva, ¿dónde venderán sus
mercancías? El 40% de las exportaciones japonesas se destinan a Asia, un
mercado hundido. Sin una recuperación seria a la vista, no tiene sentido
pedir a los capitalistas japoneses que incrementen la producción. Algunos economistas
esperan que las ingentes sumas de inversión pública ayudarán a Japón a
salir de la recesión. Dicen que la economía japonesa este año ha
registrado algo de crecimiento. Pero estamos hablando de una cifra de sólo
un 1’5% en una economía que en el pasado experimentaba tasas de
crecimiento del 10% o más. Es una cifra miserable. En términos
relativos, el 1’5% de crecimiento significa que el PIB japonés es más
bajo que en 1997. La recuperación actual es débil y no presagia un nuevo
auge; se trata de una recuperación temporal —que puede durar unos
meses— previa a otra nueva caída. Amén de su carácter
temporal, este crecimiento tiene una base completamente artificial: el
gasto y el endeudamiento públicos. Esta situación no puede continuar
indefinidamente. Existen razones objetivas para que Japón no pueda
resolver fácilmente sus dificultades económicas. La reducida tasa de
retorno del capital y el colapso de su principal mercado —Asia—
convierten en poco probable una recuperación seria de la economía
japonesa en un futuro próximo. Al contrario, lo más probable es que se
contraiga no sólo en términos relativos, sino también en términos
reales. El cuadro general es de una espiral descendente, aunque sin seguir
una línea recta. Dentro del cuadro general descendente, se pueden
producir recuperaciones temporales como la actual. Esto es bastante normal
e inherente a la naturaleza de los ciclos capitalistas. En sí misma una
mala situación económica puede ofrecer oportunidades de compra-venta
para los consumidores y los empresarios, debido a que la contracción de
la demanda origina una caída de los precios. "La realidad es
que la demanda espera nuevos declives, una vez llega a un punto bajo, se
crean rebrotes temporales en la actividad económica. Estos rebrotes no
pueden sostenerse porque aumentan la utilización de las empresas ya
extremadamente ineficaces. Esto reduce la tasa agregada de retorno del
capital, frenando la demanda efectiva. La tendencia principal se
reanuda". "Más sencillo:
en Japón existe demanda real pero ésta espera hasta que los precios
alcancen su punto más bajo. Japón se está convirtiendo en una economía
donde las actividades carroñeras constituyen el motor principal del
crecimiento. Cuando el carroñero se encuentra satisfecho, la economía
regresa a su tendencia principal: la contracción. Eso es lo que está
ocurriendo ahora en Japón. El rebrote cíclico se supera y la tendencia
principal hacia la contracción se reanuda. No existe una perspectiva
inmediata para un cambio en esta situación" (Stratfor). ¿Existe salida para
este impasse? Stratfor sopesa las opciones que tiene el
capitalismo japonés y llega a conclusiones interesantes: "Si la depresión
es una opción inaceptable, entonces Japón se encuentra sin una política
viable. Debe mantener los tipos de interés cercanos al cero. Si sube los
tipos, necesario para inducir la formación de capital y la inversión
extranjera, desencadenaría una oleada de bancarrotas mientras aumenta el
valor del yen. De esta manera, reduciría las exportaciones, reduciendo el
flujo de dinero efectivo y desestabilizando la industria bancaria una vez
más. Si mantiene los tipos de interés bajos, entonces desalentaría la
formación de capital y estimularía las ineficacias en la economía". Es bastante divertido
seguir los vaivenes y giros de los economistas burgueses en esta situación.
La amenaza de una profunda recesión a escala mundial les ha llevado a
realizar todo tipo de acrobacias y saltos mortales, abandonando las
posturas que ayer defendían apasionadamente, a favor de otras nuevas.
Paul Krugman, un destacado economista, exige a los japoneses expandir su
economía mediante la impresión de papel moneda. "Japón necesita
una política monetaria irresponsable". Como "el joven que desafía
el vuelo del trapecio". Estos "expertos" vuelan por el aire
con gran facilidad, en un esfuerzo frenético de encontrar una salida al impasse.
En la antigüedad, la Iglesia Católica Romana solía decir que
"todos los caminos conducen a Roma". Ahora los economistas
burgueses podrían sacar la conclusión de que todos los caminos conducen
a la ruina. No se puede descartar
que el colapso económico pueda iniciarse en Japón y no en EEUU.
Concretamente con un colapso del sistema bancario, que sacudiría el mundo
hasta sus cimientos.
EEUU: la clave de la economía mundial La clave de la economía
mundial sigue siendo EEUU. Ahora mismo, el resto del mundo depende
totalmente del gigante trasatlántico. El boom en este país ha
durado un período récord de ocho años y, desafiando todas las
predicciones, parece que continúa. En la actualidad se vive un importante
boom del consumo, pleno empleo y un auge del mercado de valores.
Estos son precisamente el tipo de síntomas que se ven en el punto álgido
de un boom. ¿Invalida todo esto el análisis marxista? En todos los booms
de la historia se crea la ilusión de haber descubierto la fórmula mágica
que pondrá fin a los ciclos de boom/recesión para siempre, fenómeno
que se observa una vez más en los defensores de la llamada nueva
economía. Aseguran que el actual ciclo económico tiene un carácter
totalmente diferente a los del pasado. Fenómenos como la globalización y
la tecnología de la información habrían transformado la economía de
tal forma que las recesiones serían cosa del pasado. La combinación de
un alto crecimiento, debido a la elevada productividad, con una inflación
baja, elevados beneficios, casi pleno empleo y un boom bursátil,
proporcionará —afirman— la receta mágica que creará un ciclo
virtuoso de crecimiento sin fin. Es verdad que el
actual ciclo es muy largo para los niveles de la posguerra, pero hay que
tener claro que históricamente el ciclo capitalista siempre ha sido elástico.
En tiempos de Marx duraba aproximadamente diez años, así que en primer
lugar no es verdad que el boom actual no tenga precedentes históricos.
En segundo lugar, referirse a ocho años de expansión es algo engañoso,
porque el boom actual tuvo unos comienzos muy pobres. Al principio,
como apuntamos en su momento, en EEUU no había casi inversión
productiva, ésta sólo repuntó significativamente durante los últimos
cuatro o cinco años (fundamentalmente desde 1995), y se limitó
fundamentalmente a un sector del proceso productivo, la tecnología de la
información (TI). Se ha hablado mucho de esta tecnología. Es verdad que
a largo plazo tiene unas connotaciones muy importantes, sobre todo para la
planificación de una futura economía socialista. Pero hasta el momento
no hay motivos especiales para atribuirle cualidades cuasi milagrosas o
revolucionarias. En cada ciclo siempre
hay inventos que dotan a la economía de nuevos campos de inversión. Ya
en las páginas del Manifiesto Comunista, Marx y Engels explicaron
que el sistema capitalista sólo puede existir revolucionando
constantemente los medios de producción. Este ciclo no se salta la regla,
pero la excesiva importancia que se da a la tecnología de la información
merece someterla a un examen detallado. No se puede sostener seriamente
que el impacto de esta tecnología sea más revolucionario que el de la máquina
de vapor en la revolución industrial, el de los ferrocarriles a finales
del siglo XIX o el de otros inventos, como el barco de vapor, el telégrafo,
el teléfono, la radio, la electricidad, el motor de combustión interna,
la producción en cadena, la electrónica, la química, los plásticos,
los aviones, la televisión y muchos otros. El impacto de prácticamente
todos estos inventos fue mucho mayor que el de la tecnología de la
información. La realidad es que, a pesar de todas las propiedades que se
le atribuyen, no hay una prueba real que demuestre que haya tenido un gran
efecto en el conjunto de la economía norteamericana. En términos
cuantitativos la cantidad de dinero invertido en la tecnología de la
información no se puede comparar con lo que se invirtió en los
ferrocarriles en EEUU en las últimas décadas del siglo XIX. Tampoco se
puede comparar el papel desempeñado como fuerza motora de la economía
norteamericana. Miremos las cifras. La inversión empresarial ha aumentado
considerablemente en EEUU en los últimos seis años, del 13% del PIB al
18%, pero ha estado confinada a una franja muy estrecha de la economía
norteamericana, es decir, a la tecnología de la información, o para ser
más exactos, a la fabricación de ordenadores. Para poner las cosas en su
contexto, este sector no supone más del 1% de la producción
manufacturera norteamericana. No hay duda del enorme
potencial de la nueva tecnología. Con ella sería más fácil planificar
la producción, reduciría los inventarios, reduciría los plazos de
entrega, la naturaleza de la distribución sufriría una transformación,
se producirían todo tipo de innovaciones en la producción y haría más
fácil para todos el acceso a la información. Esto tiene profundas
implicaciones para el futuro de la sociedad, y no sólo en el terreno de
la producción. Pero aquí nos limitaremos al uso actual de la TI dentro
de los estrechos confines de la economía de mercado, regida por el afán
de lucro. En principio la nueva tecnología aumenta la flexibilidad de los
bienes de capital y hace más productiva la inversión de capital, lo que
estimula más la inversión y la sustitución de trabajo (escaso, caro)
por capital. Sin embargo en la vida real las cosas no son tan sencillas.
Henry Ford dijo una vez: "No estoy en los negocios para hacer coches,
sino dinero". El objetivo de los propietarios de la industria moderna
no es diferente. Como explica Marx, los primeros capitalistas que entran
en un nuevo campo de inversión consiguen enormes beneficios. Bill Gates,
ahora el hombre más rico del planeta, es un buen ejemplo de esto. Pero
con la entrada de más capitalistas, se desencadena una lucha encarnizada
por los beneficios y muy pronto la media de los beneficios obtenidos se
equilibra. Esta es la etapa en la que se encuentra hoy EEUU, donde los
fabulosos beneficios conseguidos al principio en la TI han dado paso al
estancamiento e incluso al declive. Marx explicó la ley
fundamental de la economía capitalista: los beneficios del capitalista
son el trabajo no remunerado de la clase obrera. Por esta misma razón, la
sustitución de trabajo humano por maquinaria (aunque es progresista y
necesario) con el tiempo hace surgir una contradicción, ya que el
capitalista no puede obtener ni una peseta de plusvalía de la maquinaria.
Sólo el trabajo humano tiene la propiedad de producir un nuevo valor. Por
esta razón, la introducción de maquinaria y el consiguiente ahorro de
fuerza de trabajo —que lógicamente en una sociedad socialista conllevaría
una reducción de la jornada laboral, condición previa para la genuina
emancipación de los seres humanos de la esclavitud del trabajo
asalariado—, en la práctica, siempre conduce a un incremento de la
explotación y específicamente a un aumento de las horas trabajadas
(plusvalía absoluta) o de la intensidad del trabajo (plusvalía
relativa), o a ambas. Es verdad que la nueva
tecnología ha producido un notable aumento de la productividad en el
sector en cuestión. ¡Difícilmente podría ser de otra manera! El
principal objetivo de toda nueva tecnología es aumentar la productividad,
ahorrando tiempos. Si no fuera así, no se invertiría en ella. En la década
pasada, el valor añadido por trabajador en el sector de la tecnología de
la información creció una media anual del 10’4%: un aumento
ciertamente considerable. Pero lo que aún está por demostrar es que
haya tenido el efecto de estimular la productividad del conjunto de la
economía norteamericana. Las estadísticas muestran la tendencia
contraria: si se considera la economía norteamericana en su conjunto,
durante el último período no hubo una mejora de la productividad. En los
años 90, la inversión en ordenadores en EEUU aumentó catorce veces, y
es difícil un nuevo aumento de la inversión. El boom en la TI ha
sido la excepción, no la regla. Este hecho revela por sí solo hasta qué
punto el crecimiento de EEUU depende de un solo sector, situándolo en la
siguiente disyuntiva: o se mantiene o se hunde con él. Robert Gordon,
profesor de economía de la Universidad de Northwes-tern, dice lo
siguiente: "El rendimiento
de la productividad en el sector manufacturero de EEUU desde 1995 más que
admirable ha resultado pésimo. Si comparamos el período 1995-99 con
1972-92, no sólo se ha desacelerado el crecimiento de la productividad en
la manufactura no duradera, sino que el crecimiento de la productividad en
la manufactura duradera, aparte de los ordenadores, se ha desacelerado aún
más" (The Econo-mist, 24/9/99). Los defensores de la
nueva economía dicen que los logros de la productividad representan
una "tendencia regular" en la economía norteamericana. De
hecho, parece que el crecimiento de la productividad ahora ha alcanzado
sus límites. Esto se puede comprobar en las cifras más recientes. Después
de un gran aumento durante el primer trimestre de 1999 (3,6 %), en el
segundo trimestre se redujo a un escaso 0,6%, lo que demuestra lo trivial
que resulta afirmar que la productividad podría aumentar indefinidamente.
La realidad es que esta afirmación carece de cualquier base empírica. En cada boom
vemos el mismo entusiasmo irracional en aquellos que van a la caza del
beneficio, que para la mayoría de la sociedad no pasa de una mera ilusión.
En un momento determinado, la sobreinversión conduce a la sobreproducción.
Como explica Marx: "La razón última
de las crisis siempre subyace en la pobreza y en el consumo restringido de
las masas, que se opone a la tendencia de la producción capitalista de
desarrollar las fuerzas productivas como si su límite fuera el poder de
consumo absoluto de la sociedad" (El Capital, vol. 3). Asia, ya alcanzada
esta etapa, está afligida por la sobreproducción general de mercancías,
lo que a su vez conduce a una caída general de los precios, y no sólo en
Asia. El colapso del mercado asiático y la oleada de mercancías baratas
que inunda los mercados mundiales (en particular EEUU) presiona aún más
sobre los precios estadounidenses, donde el mercado cada vez está más
atestado. Precisamente en este momento del ciclo es cuando comienzan a
manifestarse las contradicciones del sistema de producción capitalista.
La nueva tecnología no puede eliminar esas contradicciones.
Los límites de la acumulación capitalista A pesar de parecer lo
contrario, las antiguas leyes ineludibles siguen manifestándose con
firmeza en los cimientos del sistema. Según se acumula el capital,
aumenta la proporción de capital constante frente al variable. Este
aumento se debe a un cambio en la composición del capital. En términos
absolutos, el capital variable podría aumentar (empleando más
trabajadores), pero la proporción de trabajo vivo con relación al
capital constante se reduciría. El incremento de la productividad del
trabajo va acompañado por un declive de la parte del capital variable
(salarios) y, aunque los salarios nominales y reales pueden subir, la tasa
de explotación se incrementa. La frenética carrera
por la caza del beneficio inevitablemente conduce a la sobreproducción.
Ésta aparece siempre en la cima del boom, precediendo al colapso.
Las empresas tratan de deshacerse de sus existencias sin vender. Se
produce un combate frenético para reducir los precios, mediante el
descuento e incluso vendiendo a precios inferiores al coste de producción
(dumping). Al mismo tiempo, la competencia hace que la producción
siga expandiéndose, lo que agrava aún más el problema de la
sobreproducción. Este es el caso particular de la nueva tecnología, que
depende de la rápida producción de nuevos modelos, ordenadores más
modernos, etc. Pero en una situación en la que muchas familias ya poseen
un ordenador, este proceso con el tiempo alcanza un límite. Los
beneficios obtenidos por la modernización de los ordenadores ya
existentes no justifican los elevados costes de investigación y
desarrollo, las nuevas fábricas, etc. Ya hay síntomas de
que nos estamos aproximando a esta fase del ciclo. En EEUU hay una
infrautilización de la capacidad productiva. No se pueden subir los
precios, por los enormes stocks de productos baratos en Asia y la
competencia entre los propios productores norteamericanos. Por otro lado,
con casi pleno empleo e incluso escasez de mano de obra en algunos
sectores, los salarios tienden a aumentar. En los últimos meses, el
precio del petróleo y otras materias primas ha comenzado a recuperarse.
Por añadidura, la fortaleza del dólar, que ayudó en su momento a
mantener los precios bajos, ha comenzado a vacilar. Los márgenes de
beneficio están en constante ataque. En este contexto, la posible subida
de los tipos de interés amenaza con asestar el golpe de gracia que
pinchará el boom y llevará a un hundimiento de la inversión. Lejos de favorecer, la
tecnología y las técnicas de producción nuevas podrían agravar el
problema de la sobreproducción. Los grandes productores de ordenadores
confían profundamente en una rápida facturación. Como cada productor
está ocupado en una lucha feroz por la cuota de mercado, constantemente
están expandiendo la oferta potencial, un proceso que a la larga producirá
superabundancia de ordenadores en el mercado y una caída de precios. En
la práctica ya se puede ver este proceso, que en un momento dado se
expresará en una caída de los beneficios. Por otro lado, los nuevos métodos
de producción, como el just in time, que intentan igualar la
producción y las ventas a través del control de inventarios, han
fracasado. En teoría, este método evita la formación de stocks
que más tarde conducen a reducir la producción. En la práctica no
funciona. Generalmente el nivel de stocks que una empresa mantiene
es muy bajo, pero es un factor muy volátil. Los vaivenes en la formación
de stocks fueron uno de los principales factores de la recesión de
1990-92 tanto en Gran Bretaña como en EEUU (donde supusieron tres quintas
partes de la caída del PIB). En una economía socialista planificada sería
posible asegurar el equilibrio entre la oferta y la demanda, evitando así
el despilfarro y las destructivas crisis de sobreproducción. Bajo la anárquica
producción capitalista, estas crisis son una condición necesaria e
inevitable de su existencia, a pesar de la nueva economía.
La tasa de beneficios Por más que los teóricos
de la nueva economía insistan en lo contrario, no hay nada
milagroso ni especial en la tecnología de la información. Por supuesto
que es un avance maravilloso para el conocimiento y la técnica humana,
plagado de enormes posibilidades para una futura economía socialista
planificada mundial. Pero para el sistema capitalista es sólo un campo más
de inversión con el que acumular riqueza con mayor rapidez. De hecho,
algunos se han hecho de oro. Como siempre, los primeros capitalistas que
entran en un nuevo sector de inversión pueden conseguir enormes
beneficios por encima de la tasa media, al menos por un tiempo. Pero después
llegan los demás; todos acumulan, invierten, construyen nuevas plantas,
producen y venden, hasta que los precios comienzan a caer y la tasa media
de beneficios baja a un nivel más normal. Los beneficios de los
capitalistas sólo pueden venir del trabajo no pagado a los trabajadores.
El aumento de la composición orgánica de capital conduce inevitablemente
a la caída de la tasa de beneficios. Esta tendencia también la observan
muchos economistas burgueses, pero son incapaces de explicarla. Marx fue
el único que proporcionó una explicación científica de este fenómeno,
aunque también explicó que esta ley no era absoluta, sino sólo una
tendencia que se manifestaba a largo plazo. Podrían darse períodos
enteros en los que no se observara esta tendencia, por la existencia de
factores que la contrarrestasen. Además, los capitalistas pueden soportar
una caída de la tasa de beneficios siempre y cuando se mantenga el
volumen de los mismos. Pero en un momento dado también el volumen
comienza a caer, y en este punto es donde se produce una caída de la
inversión y empieza una recesión. La cuestión por lo
tanto no es por qué el capitalismo sufre crisis, sino por qué el
sistema capitalista no está siempre en crisis. Toda la historia del
capitalismo es la historia de sus intentos por superar sus contradicciones
fundamentales. Como explicó Marx, el capitalismo es capaz de resolver sus
contradicciones a corto plazo "pero sólo a costa de reproducirlas más
tarde a una escala mayor y más explosiva". Este comentario es muy
significativo en la situación actual del capitalismo mundial. En el tercer volumen
de El Capital, Marx analiza detenidamente las distintas medidas con
las que los capitalistas contrarrestan la tendencia a la caída de la tasa
de beneficios: a) abaratando las mercancías, b) aumentando la explotación
de la fuerza de trabajo (a través de las plusvalías absoluta y
relativa), c) incrementando el volumen de negocios, d) mediante el
comercio mundial (en especial con los países coloniales). Todos estos
factores han estado presentes en el actual boom. Las nuevas
tecnologías han abaratado los elementos de producción (por ejemplo, los
ordenadores); los ritmos de producción se han acelerado con una
implacable presión sobre los trabajadores; la jornada laboral se ha
prolongado casi sin límite, a lo que ayudan las nuevas tecnologías: teléfonos
móviles, busca-personas, ordenadores portátiles, etc. permiten al jefe
esclavizar totalmente a los trabajadores (incluidos los de cuello blanco)
y mantenerlos a disposición de la empresa 24 horas al día; el volumen de
negocios ha aumentado; la explotación del mercado mundial
("globalización") permite un enorme aumento en la producción y
las ventas; el comercio con los países subdesarrollados permite a los países
capitalistas avanzados intercambiar menos trabajo por más.
El abaratamiento de los medios de producción Consideremos primero
el abaratamiento de los medios de producción, que está relacionado con
la productividad del trabajo. Un número relativamente pequeño de
trabajadores produce una cantidad mayor de mercancías. Esto es válido
incluso cuando el número de trabajadores aumenta en términos absolutos.
Tomemos un ejemplo concreto. NAISTAR, en Indiana, una de las diez
principales empresas manufactureras de EEUU, fabrica motores. Desde 1995
invirtió 285 millones de dólares en nuevo equipamiento, basado en
ordenadores, para una de sus plantas. Los resultados fueron los
siguientes: en 1994, 900 trabajadores fabricaban 175 motores al día. En
1999, 1.900 trabajadores fabricaban 1.400 motores al día. Es decir, la
fuerza laboral se dobló, pero la producción se multiplicó por ocho. El aumento de la
productividad se consiguió en parte —y sólo en parte— con el uso de
la nueva tecnología. La maquinaria se desgasta con el uso (o desuso),
pero también se produce el fenómeno que Marx denominó depreciación
moral, es decir, obsolescencia. En condiciones modernas, la maquinaria
se vuelve obsoleta incluso más rápidamente que en el pasado. Dadas las
ingentes cantidades de dinero invertidas, los capitalistas deben
asegurarse de que las máquinas serán amortizadas totalmente, para así
recuperar su inversión y conseguir beneficios. Las fórmulas para ello no
han variado sustancialmente desde los días de Carlos Marx: la extensión
de la jornada laboral y una presión despiadada sobre los trabajadores
para que trabajen más duro, para tensar cada nervio y músculo. De esta
forma pueden conseguir beneficios, al menos inicialmente. La esencia de la
productividad es economizar el tiempo de trabajo —conseguir una reducción
del tiempo necesario para producir una mercancía—. Pero el aumento de
la productividad conduce a nuevas contradicciones. Marx explica lo
siguiente: "La productividad
de la maquinaria es inversamente proporcional al valor transferido por
ella al producto. Cuanto más larga es la vida de la máquina, mayor la
masa de productos a los que se transmitirá el valor desplegado por la máquina,
y menor la proporción del valor añadido a cada mercancía
individual" (El Capital, vol. 1). El nuevo valor no lo
puede añadir la maquinaria (capital constante), sino el trabajo de la
clase obrera (capital variable). La nueva maquinaria abarata el precio de
las mercancías porque reduce el trabajo vivo. Si la productividad
aumenta, es decir, si se necesita una cantidad menor de trabajo para
producir una mercancía individual, ésta también incluirá una cantidad
menor de valor. Por tanto, su precio disminuirá. Este fenómeno se puede
observar en cada ciclo capitalista, y el actual no es una excepción. A
propósito, el abaratamiento del precio de las mercancías también tiene
el efecto de controlar los salarios, ya que el trabajador necesita para
reproducirse un salario menor. La continua caída del
precio de los circuitos integrados, por poner un ejemplo, ha hecho que los
teléfonos móviles pasen de 1.000 a 350 dólares en los últimos cuatro años.
Se pueden citar más ejemplos similares. The Financial Times (1/9/99)
decía: "En 1996 y 1997, los últimos años de los que se disponen
datos, los precios de las industrias productoras de TI cayeron una media
del 0’7%, por debajo de la inflación en EEUU, contribuyendo a la
notable capacidad de la economía norteamericana para controlar la inflación
en un período histórico de bajo desempleo". Esto tiene importantes
implicaciones para la economía en su conjunto. Para los trabajadores,
como consumidores, significa que toda una serie de mercancías que con
anterioridad eran inaccesibles, debido a sus elevados precios, ahora se
han convertido en asequibles y comunes. Esto beneficia a los capitalistas
en dos sentidos. En primer lugar, se amplía considerablemente el mercado
para sus productos. En segundo lugar, el abaratamiento de las mercancías
también contribuye al abaratamiento de la más preciosa de todas ellas:
la fuerza laboral. Los salarios reales aumentan hasta el nivel que caen
los precios, creándose la ilusión de que los trabajadores están mejor
de lo que en realidad están. Todo esto a su vez tiende a contrarrestar la
tendencia a la caída de la tasa de beneficios. Al mismo tiempo, los
capitalistas estimulan sus márgenes de beneficio a través del aumento de
las plusvalías absoluta y relativa. Uno de las contradicciones más
notorias en el período actual es que la aplicación de nueva tecnología,
que debería significar la reducción del tiempo de trabajo, ha supuesto
precisamente lo contrario. Un científico expresaba recientemente este fenómeno
en términos gráficos: "No ha existido otro momento en la historia
en que se pueda ahorrar tantos recursos, aunque no sea el caso". Los
trabajadores trabajan hasta la muerte, no sólo en las fábricas sino
también en las oficinas, hospitales y aulas. Se ha eliminado todo el
atractivo que podía tener el trabajo y en todas partes se está
transformando en un acto monótono. Bajo el capitalismo, en palabras de
Marx, la introducción de nueva tecnología se convierte en una receta
para la "prolongación de la jornada laboral más allá de los límites
establecidos por la naturaleza humana". Durante el último período,
en todos los países capitalistas, especialmente Estados Unidos, se ha
prolongado la jornada laboral a través de horas extras obligatorias,
trabajo en fines de semana, eliminación de pausas y reducción de las
vacaciones. El resultado es un colosal aumento del trabajo extenuante, el
estrés y la agonía del trabajo duro. Allí donde el trabajo —al menos
para algunos— era con frecuencia placentero, un medio para que hombre y
mujeres realizaran su potencial como seres humanos —aunque hasta cierto
límite—, se ha transformado en una pesadilla. La obsesión con la
productividad se ha instalado no sólo en las cadenas de producción, sino
también en hospitales, aulas, etc. Desde el punto de
vista capitalista, todo esto son buenas noticias, ya que el abaratamiento
de los medios de producción es uno de los mecanismos principales para
mantener o incrementar la tasa de beneficios. Pero también tiene una cara
opuesta. Como los beneficios de la clase capitalista son el trabajo no
remunerado de la clase obrera, la sustitución sistemática de trabajo
vivo por maquinaria conduce inevitablemente a una pérdida de plusvalía: "Por mucho que el
uso de maquinaria pueda incrementar la plusvalía del trabajo elevando la
productividad del trabajo, es evidente que consiguen este resultado sólo
disminuyendo el número de trabajadores empleados para una cantidad dada
de capital. Eso transforma lo que era anteriormente capital variable
—mano de obra— en maquinaria —capital constante—, factor que no
produce plusvalía. Es imposible, por ejemplo, extraer la misma plusvalía
de dos que de veinticuatro trabajadores. Si cada uno de estos veinticuatro
hombres produjera sólo una hora de plusvalía, darían juntos
veinticuatro horas de plusvalía, mientras que veinticuatro horas es el
trabajo total de dos hombres. Por lo tanto, la aplicación de la
maquinaria a la generación de plusvalía implica una contradicción
inherente en ella, ya que la tasa de plusvalía, no puede incrementarse
excepto a costa de la disminución del otro factor, el número de
trabajadores. Esta contradicción sale a la luz tan pronto como se
generaliza el uso de maquinaria en una industria determinada; el valor de
la mercancía producida por la máquina regula el valor de todas las
mercancías del mismo tipo, y es esta contradicción la que a su vez lleva
al capitalista, sin ser consciente de ello, a una excesiva prolongación
de la jornada laboral, para que pueda compensar el descenso en el número
relativo de trabajadores explotados, a través del aumento no sólo de la
plusvalía relativa, sino también de la absoluta" (El Capital,
Marx, vol. 1). ¡Qué bien explicados
están estos hechos que todo trabajador conoce! El actual boom se
ha conseguido a expensas de los nervios y músculos de la clase obrera. The
Economist (25/9/99) explica el tema con mucha claridad: "Si
las empresas llegan a su tope debido a la inesperada e imprevista
fortaleza de la economía norteamericana, una salida para mantener
paralelo el ritmo de producción a la demanda (en especial en un mercado
laboral apretado) sería hacer trabajar más duro a los trabajadores
existentes" (el subrayado es nuestro). Todas las habladurías
sobre la supuesta "explosión de la productividad" al final se
reducen a esto. Y también ha alcanzado sus límites, marcados por los límites
físicos de los trabajadores. La productividad se
reduce, como siempre, a la vieja e inexorable presión sobre los
trabajadores para que produzcan más en menor tiempo. Esto se puede ver
por todas partes. El trabajo se ha convertido en una pesadilla, una agonía
desprovista de todo placer o satisfacción humana. La ambición del
capital por la plusvalía es insaciable. La introducción de nueva
tecnología no significa reducir la explotación de la clase obrera, todo
lo contrario: se convierte en un pretexto para explotarla todavía más.
Pero la escasez de mano de obra en algunos sectores hace que no sea tan fácil
seguir imponiendo nuevas cargas intolerables sobre los hombros de los
trabajadores. Los capitalistas se van a encontrar con que no pueden seguir
exprimiendo tanto a los trabajadores sin provocar un explosivo malestar.
Los precios de las mercancías y la revolución colonial Otra vía para
incrementar la tasa de beneficios es aumentando la explotación de los países
coloniales. Su saqueo sistemático es una característica del capitalismo
desde el siglo XVI. Pero hoy esta sobreexplotación ha alcanzado niveles
sin precedentes. La independencia formal conseguida a través de las
luchas heroicas de los pueblos de Asia, África y América Latina no
significó el fin de la explotación y la opresión. Al contrario, bajo el
capitalismo estos países están más esclavizados y son más dependientes
del imperialismo hoy que hace cincuenta años. La única diferencia es que
el antiguo dominio militar-burocrático directo se ha reemplazado por la
dominación indirecta a través del mecanismo del mercado mundial y la
deuda. El dominio del
comercio mundial por un número relativamente pequeño de grandes
multinacionales dotadas de vastos recursos y respaldadas en última
instancia por el poder armado de EEUU y otras potencias imperialistas
significa que pueden presionar para la reducción del precio de las
materias primas y otras exportaciones de los países del Tercer Mundo.
Pero incluso sin esto, el intercambio de mercancías entre los países
capitalistas subdesarrollados y los desarrollados es siempre desigual. Por
utilizar una expresión de Marx, intercambian más trabajo por menos. Es
un juego donde los países pobres nunca ganan. Están condenados a
endeudarse cada vez más y después se ven obligados a pedir prestado, a
intereses enormes, a sus explotadores, lo que los hunde todavía más en
la miseria. Pero para los capitalistas el bajo precio de las materias
primas sólo es otra forma de incrementar su tasa de beneficios. Hasta cierto punto,
los países ex coloniales pagaron el auge económico de la posguerra en
los países capitalistas avanzados. Con la explotación de los países más
pobres del planeta, los imperialistas amasaron enormes beneficios. El
colapso del precio del petróleo y otras mercancías a principios de los años
ochenta fue una de las razones del boom de aquella década y en
gran medida de la subida del mercado de valores norteamericano. Hace
tiempo, Marx explicó que la expansión del comercio mundial –en
particular el comercio con los países coloniales– sirve para abaratar
los medios de producción y así incrementar la tasa de beneficios. El
descenso del precio de las mercancías disminuyó el coste de producción
y el coste de la vida en los países industrializados, facilitando la
formación de capital, pero fue a expensas de los pueblos más pobres del
planeta. Gracias al mercado mundial y a los términos desiguales del
comercio, los países capitalistas avanzados intercambiaron más trabajo
por menos. Esto ha llevado directamente a la crisis de la deuda del Tercer
Mundo, que somete a los pueblos coloniales a una nueva forma de saqueo en
forma de elevados tipos de interés. La sangre, el sudor y las lágrimas
de cientos de millones de hombres, mujeres y niños están acuñando el
oro para ricos parásitos; la riqueza de las naciones se está agotando en
un intento inútil y sin fin de hacer frente al servicio de la deuda. Ésta
es una receta acabada para una nueva etapa explosiva en la revolución
colonial en el próximo período. ¡Y todavía los apologistas del capital
presentan esta situación como un boom! El imperialismo USA es
la mayor potencia militar y económica de la Historia, pero no puede
utilizar todo su poder como quisiera. Motivada por el interés propio y el
beneficio a corto plazo, ha utilizado sus músculos para obligar a todo el
mundo a bailar a su ritmo. La demencial carrera iniciada bajo la bandera
de la "liberalización" ha introducido un nuevo y explosivo
elemento de inestabilidad en la economía mundial. Los grandes monopolios,
con el entusiasta respaldo de los gobiernos occidentales, piden a los países
del Tercer Mundo que eliminen sus aranceles, abran de par en par sus
mercados y privaticen todas sus industrias. De esta forma, quedan a merced
del imperialismo. Sus economías han sido saqueadas y su industria
nacional, desmantelada. La verdadera cara de esta "liberalización"
es el robo descarado y la total esclavitud de los pueblos. Es una amarga y
cruel medicina que tendrá serias consecuencias más tarde. Pero, ¿por qué
no disfrutar del carnaval de hacer dinero mientras dure? "Los bajos
precios de las mercancías, de las cuales el petróleo es la más
importante", se puede leer en Stratfor, "impulsaban la
economía norteamericana hacia arriba mientras amortiguaban el declive de
Asia. Los precios bajos también han tenido el efecto contrario y han dañado
de gravedad a los países exportadores de mercancías. Desde Venezuela
hasta Arabia Saudí o Indonesia, el efecto del bajo precio del petróleo
en las economías nacionales ha sido catastrófico desde el inicio de
1999". La amenaza que suponía
la caída de los precios de las mercancías conmocionó a los principales
países productores de petróleo. Incluso antiguos rivales como Arabia
Saudí y Venezuela llegaron a un acuerdo (al menos temporalmente) para
restringir la producción de petróleo en un intento de estimular su
precio. Esto pareció funcionar. En los primeros cinco meses de 1999 los
precios del petróleo casi se duplicaron, en parte porque los países
productores de petróleo han reducido la producción. En el pasado estos
intentos siempre han fracasado porque al final cada Estado anteponía sus
propios intereses. Estos países dependen de las exportaciones de petróleo
para pagar sus deudas y mantener el funcionamiento de sus servicios básicos.
Por lo tanto siempre acaban vendiendo en secreto más petróleo. No hay
razón para pensar que esta vez sea diferente. La auténtica razón
para la recuperación (temporal) de los precios del petróleo es la
esperanza de que la recuperación en Asia continuará y aumentará la
demanda de petróleo. Además la inestabilidad en Asia Central ha hecho
surgir dudas con relación a las primeras perspectivas, optimistas, para
la producción de petróleo en esa región. Estas consideraciones entran
en los cálculos de aquellos que controlan los movimientos especulativos
en el mercado mundial de mercancías. Pero este capital puede huir de una
determinada mercancía con la misma rapidez con que la busca. Por lo tanto
es más que probable que al actual auge de los precios del petróleo le
siga una nueva caída. Esto tendrá efectos de mucho mayor alcance en países
como Irán, Venezuela, México, Indonesia, Arabia Saudí e incluso Rusia,
todos están experimentando ya inestabilidad social y política
relacionada con los profundos virajes en el precio del petróleo. Al menos
temporalmente, se ha invertido la tendencia descendente de los precios
mundiales de las mercancías. Los precios del petróleo han subido
abruptamente, así como los de otras mercancías (aunque los minerales no
han seguido el ritmo del petróleo). Desde los diez dólares por barril,
el precio del crudo del Mar del Norte ha subido a más de 18 dólares.
Este es el precio más elevado del petróleo desde diciembre de 1997. Eso
significa que los precios del petróleo han subido casi un 80% en cuatro
meses. El efecto combinado de los recortes de la producción y la
expectación de una recuperación económica asiática han sido las
fuerzas principales que han hecho subir los precios. Teniendo en cuenta
que la recuperación de Asia no será tan fuerte ni tan larga como se
espera, al boom de los precios del petróleo le seguirá una nueva
caída. El petróleo y las otras mercancías se verán golpeadas por una
caída de la demanda. Por otro lado, es poco probable que los países
productores del petróleo sean capaces de llegar a un acuerdo para
mantener baja la producción cuando todos dependen de las exportaciones de
crudo como principal o única fuente de ingresos. La naturaleza de la
economía capitalista es moverse en vaivenes cíclicos que tienen un carácter
totalmente anárquico. Las mercancías se pueden vender por encima o por
debajo de su valor, un fenómeno normal que se da por el juego de la
oferta y la demanda. En la época moderna estos vaivenes son más
convulsivos por la intervención de los grandes monopolios, que se dedican
a actividades especulativas a escala gigantesca. El advenimiento de la
globalización y la abolición de los controles sobre los movimientos de
capital, que la burguesía ha seguido con entusiasmo en nombre de la
"liberalización" durante los últimos diez o veinte años, han
extendido aún más la turbulencia de estos fenómenos provocando que los shocks
adquieran una escala global. La cadena de devaluaciones en Asia hace dos años
fue una manifestación de esta locura, así como las violentas sacudidas
en el precio del petróleo y otras mercancías. Respecto al futuro de los
precios del petróleo Stratfor (6/7/99) avisa: "Parte de la
explicación [del aumento de los precios del petróleo] es cíclica. No
hay duda de que el precio del petróleo, por debajo de 10 dólares el
barril, era, en términos reales, el más bajo desde los años 30. Eso era
poco razonable para la OPEP, Asia y Asia Central, esos precios eran
demasiado bajos. Pero la cuestión importante es si el aumento de los
precios representa un cambio fundamental en la geometría económica del
globo. Es interesante para nosotros que el aumento de los precios ha
estado confinado al terreno del petróleo, al menos en cuanto a su
magnitud. Eso nos indica que a largo plazo el colapso en el precio de las
mercancías, un factor dominante en la economía global durante una
generación, no ha terminado todavía". El representante
principal del capital norteamericano, Alan Greenspan, y la Reserva
Federal, todavía están preocupados por el rebrote de la inflación.
Parece extraño porque la inflación en este ciclo ha alcanzado unos
niveles muy bajos, lo que es uno de los principales argumentos utilizados
por los adalides de la nueva economía para defender la opinión de
que los días de booms y recesiones han pasado. Pero hay razones
especiales para que EEUU haya mantenido una inflación baja y también
para que no pueda durar mucho tiempo. En general el fenómeno
de la caída de los precios (deflación) a escala mundial está
relacionado con la sobreproducción y la baja demanda. La crisis en Asia
ha agravado esta tendencia y producido un golpe de efecto. Las
importaciones baratas desde Asia han tenido como consecuencia el
enfriamiento de los precios en EEUU, igual ha ocurrido, hasta hace poco,
con la caída de los precios de las materias primas. El elevado tipo de
cambio del dólar también ha tenido el efecto de una nueva reducción del
precio de las importaciones. Pero ahora todo este fenómeno se está
volviendo en su contrario. Los precios del petróleo están subiendo
sensiblemente y otros precios de materias primas están más firmes;
mientras, el dólar está comenzando a bajar, en especial frente al yen.
Todos estos factores tomados en conjunto provocan un encarecimiento de los
costes de producción de las empresas norteamericanas. Esto significa que
la Reserva Federal se sentirá tentada a subir los tipos de interés. Esto
tiene implicaciones serias para la Bolsa y la economía norteamericana en
general.
‘Lo pequeño es bello’ Se ha cultivado con
frecuencia el mito de que el sistema capitalista se basa en el espíritu
empresarial de una multitud de pequeños negocios. Con relación a esto se
cita específicamente el desarrollo de la tecnología de la información.
Es verdad que muchos de los avances más innovadores en el campo tecnológico
proceden de pequeños negocios o incluso de individuos con ideas
brillantes. Pero esto no es nada nuevo. En el pasado también se pudo ver
un fenómeno similar. Los genios individuales como Edison, Marconi o
Stevenson desarrollaron nuevas técnicas. Pero tan pronto como la nueva
tecnología entra en el reino del mercado, siempre son necesarias grandes
sumas de capital para su desarrollo y comercialización. La nueva tecnología
sólo puede ser adquirida por los grandes capitalistas. Así que la
heroica época de los pequeños negocios y los solitarios genios
innovadores pronto da paso al dominio de los monopolios, que es el
resultado inevitable de la competencia entre los pequeños productores. Como toda nueva
tecnología, la TI es cara, implica una enorme disposición de capital, en
particular en sus etapas iniciales. De esta forma una nueva fábrica de
tecnología punta en EEUU supone el gasto de mil o dos mil millones de dólares
y se vuelve obsoleta en cuatro o cinco años. Es evidente que estas
grandes sumas de capitales sólo están disponibles para los grandes
monopolios y aquellas personas como Bill Gates. De esta forma cuando se
dice que lo pequeño es bello se está haciendo pura demagogia. Más que
en cualquier otro período de la historia la actual es la época de los
monopolios. En las primeras etapas
los pequeños capitalistas pueden conseguir dinero (el inventor genial con
su negocio en un garaje) pero rápidamente se vuelve inviable. Los pequeños
negocios son desplazados por las grandes empresas que disponen de las
sumas de dinero necesarias de capital para poder impulsar el proceso de
acumulación. Aquellos capitalistas que poseen una mayor acumulación de
capital, acumulan más beneficios que los pequeños, aunque los últimos
pueden disfrutar de una tasa de beneficios más elevada. Los grandes
capitales siempre desplazan a los pequeños. Como explica Marx: "En la
competencia, el aumento del capital necesario para lograr con éxito crear
una industria independiente siguiendo el aumento de la productividad asume
el siguiente aspecto. Tan pronto como universalmente se ha establecido el
nuevo y más caro equipamiento, los capitales más pequeños son excluidos
de estas empresas. Los capitales más pequeños podrán llevar una
actividad independiente sólo durante la etapa incipiente de invenciones
mecánicas" (El Capital, vol. 3). Durante este período
se ha visto un aumento masivo de la concentración de capital, es decir,
un aumento masivo de la riqueza y el poder de una pequeña minoría en un
extremo y en el otro un aumento superior de la pobreza, la miseria, la
degradación y la enfermedad. Esta tendencia ya prevista por Marx, negada
constantemente por los sociólogos burgueses durante décadas, es ahora un
hecho innegable. Sólo en la primera mitad de 1998, las absorciones
empresariales en EEUU implicaron la astronómica cantidad de 949.000
millones de dólares. No menos del 20% de toda la actividad económica. En
la primera mitad de 1999 hubo implicada una cantidad adicional de 570.000
millones de dólares en las fusiones. Esto no se limita a EEUU. En el
mismo período, las fusiones en la UE alcanzaron los 346.000 millones de dólares.
Y esta tendencia no muestra signos de reducirse. El proceso de fusiones en
todo el mundo en los tres primeros trimestres de 1999 supuso el 16% más
que en el mismo período del año anterior, alcanzando un nuevo récord de
2,2 billones de dólares, de acuerdo con Thompson Financial Securities.
En el último trimestre la mayoría de estas fusiones se hicieron en
Europa. Este proceso de
concentración de capital también representa una concentración colosal
de riqueza y poder en pocas manos, con el correspondiente aumento de la
desigualdad social. En 1992 había sólo doce multimillonarios (en dólares)
en EEUU. En 1998 eran 170. Ahora hay más de 200. Bill Gates tiene un
ingreso personal anual que excede al de 120 millones de norteamericanos
juntos. Esta fabulosa riqueza está acuñada con la explotación de la
clase obrera. La parte del ingreso ganada por el 20% más rico de los
norteamericanos creció del 48,9% en 1992 al 49,2% en 1998. Sin embargo
durante 25 años los niveles de vida de los trabajadores norteamericanos
no subieron en absoluto y los sectores más pobres vieron cómo su nivel
de vida se reducía. A pesar de que los salarios reales han comenzado a
subir, la parte de la clase obrera en la riqueza total generada continúa
descendiendo, como demuestran las cifras anteriores. Las colosales sumas de
dinero que alcanzan las absorciones no representan inversión productiva.
Esta actividad no desarrolla las fuerzas productivas. Todo lo contrario,
el resultado final de estas fusiones es invariablemente el mismo: cierres,
despidos, disminución de la producción, es decir, la destrucción sistemática
de las fuerzas productivas. Ocurre como con la cama de Procustro, donde al
desafortunado invitado se le cortaban los brazos y las piernas para
ajustarlo a su medida. Igualmente a las fuerzas productivas se le han
quedado pequeños los límites del Estado nacional y la propiedad privada,
que tienen un tamaño excesivamente reducido. El diezmo sistemático de
las fuerzas productivas durante las últimas dos décadas simplemente
refleja la rebelión de las fuerzas productivas frente a la camisa de
fuerza que representa el sistema de beneficios. La naturaleza cada vez más
parasitaria del capitalismo moderno se revela gráficamente en el dominio
del capital financiero.
El dominio del capital financiero En la última década
el poder de los bancos y los monopolios ha alcanzado niveles históricos.
La mejor expresión de este fenómeno se puede ver en el aumento sin
precedentes del poder de los bancos centrales en los últimos veinte años.
La vieja idea de los reformistas y keynesianos de arreglar el capitalismo
se sostenía en la idea de que los gobiernos pueden manipular la economía
utilizando instrumentos como los tipos de interés. Ahora todo esto ha
cambiado. Los bancos centrales exigen total independencia para controlar
los tipos de interés. En Gran Bretaña, el gobierno de Blair cedió
inmediatamente al Banco de Inglaterra el control de los tipos de interés.
Igualmente los gobiernos de la Unión Europea han cedido gran parte de la
política económica a los directivos no electos del Banco Central Europeo
(BCE). Esto era algo impensable hace quince años. Nunca antes en la
historia los bancos han tenido tanto poder. Esto representa un abandono
total de la vieja política keynesiana, lo que añadirá una dimensión
nueva y más convulsiva a la crisis del capitalismo. En el pasado, cuando
todas las monedas estaban sujetas al patrón oro —medida que obligaba a
una disciplina financiera—, no era posible jugar con los tipos de
cambio. Todas las monedas tenían que estar respaldadas por el equivalente
universal, el oro. Esto proporcionaba un patrón objetivo y evitaba los
peligros de tensiones inflacionistas por la subida de la oferta monetaria.
Después de la Segunda Guerra Mundial, se mantuvo el vínculo con el oro,
aunque indirectamente a través del patrón de cambio del dólar. El dólar
se aceptó como el medio universal de cambio. Esto reflejaba la correlación
real de fuerzas que emergió entre las potencias capitalistas después de
la guerra. El imperialismo norteamericano emergió de la guerra con su
base productiva intacta y dos tercios de la oferta mundial de oro en las
cajas fuertes de Fort Knox. De esta forma el dólar literalmente era tan
bueno como el oro aceptándose como tal en los demás países. El
abundante flujo de dólares canalizado por el Plan Marshall y otras vías
fue utilizado como un lubricante del comercio mundial y jugó un papel
importante en el auge de 1948-74. Sin embargo, la política
del keynesianismo ("dirigir el capitalismo"), la financiación
del déficit, las guerras de Vietnam y Corea, y otras medidas equivocadas,
hicieron surgir una orgía de inflación. Antes de la guerra existía poca
o ninguna inflación, como ocurría en los tiempos de Marx. En realidad
los precios en Gran Bretaña en 1932 tenían el mismo nivel que en 1666.
Desde entonces los precios se multiplicaron en Gran Bretaña por cuatro
mil veces su nivel, y en EEUU por más de mil. A principios de los años
setenta todos los países capitalistas avanzados se enfrentaban a la
perspectiva de una hiperinflación tipo América Latina. El keynesianismo
—como el crédito en general— llevó al sistema capitalista más allá
de sus límites normales, pero sólo a cambio de la inflación. Al final a
la clase dominante no le quedó otra alternativa que dejar a un lado este
tipo de política y recurrir a un ataque sistemático al Estado del
bienestar, poniendo en práctica una política de privatización y
recortes despiadados del gasto público en un intento de regresar a la política
de presupuestos equilibrados y "dinero sano" del pasado. Ésta
es la base real del monetarismo y el thatcherismo — su reflejo político—,
que han dominado en los pasados veinte años. El abandono del modelo
en bancarrota fundamentado en "dirigir el capitalismo" no fue el
resultado de un simple capricho o la malevolencia de la clase dominante.
Ahora los utópicos reformistas de izquierda sueñan con un regreso a los
viejos y buenos días del keynesianismo. Exigen, no el socialismo, sino
"el capitalismo con rostro humano". Imaginan que es posible
controlar el capital y eliminar sus características desagradables. En
realidad, la burguesía se vio obligada a abandonar el keynesianismo
porque amenazaba con hundir todas las economías del mundo occidental en
la hiperinflación. Siguiendo por ese camino no hay solución posible. Sin embargo, el
intento de regresar a las antiguos y desacreditadas políticas ortodoxas
de presupuestos equilibrados y "dinero sano" ha originado nuevas
contradicciones insolubles. El giro hacia el monetarismo en los años
ochenta originó la recesión más profunda desde la Segunda Guerra
Mundial en EEUU y Gran Bretaña. Por estos medios es verdad que han
logrado controlar la inflación, al menos temporalmente. La tasa media de
inflación en las economías de la OCDE está justo por encima del 1%.
Pero lo han conseguido destruyendo una gran parte del aparato productivo,
con profundos recortes en el gasto público y ataques a los niveles de
vida, medidas todas que al reducir el mercado agravan aún más la crisis.
A finales de los años ochenta, el capitalismo mundial ya se estaba
dirigiendo hacia una profunda recesión. La razón principal por la cual
la recesión que se produjo entre 1990 y 1992 aún no se convirtió en una
recesión profunda fue el boom en Asia. Sin embargo este proceso
ahora ha alcanzado sus límites. Ni el keynesianismo,
ni el nuevo dogma del monetarismo podrán resolver los problemas del
capitalismo. Es verdad que parcialmente (y temporalmente), tuvieron éxito
en controlar la inflación, ¡pero a qué precio! A pesar del actual boom
no han tenido éxito en regresar a la edad dorada del auge de la
posguerra. La persistencia de elevados niveles de desempleo en las
principales economías capitalistas incluso en un boom es un síntoma
de la enfermedad subyacente del sistema. El actual boom ha estado
acompañado de un ataque despiadado a los niveles de vida y a las
condiciones laborales. Es un boom a expensas de la clase obrera.
Todos los gobiernos, sean de derecha, "izquierda" o centro, están
siguiendo la misma política de recortes del gasto público. ¿Qué
ocurrirá en la siguiente recesión? Los precios en los países
capitalistas avanzados sólo han subido un 2% anual. Sin embargo, en
primer lugar esto no significa que hayan vencido la inflación, como se
afirma muy a menudo. Los precios continúan subiendo, pero a un ritmo
lento. Incluso aunque tuvieran éxito en reducir la inflación a cero, hay
que recordar que la ausencia de inflación no significa que la alternancia
de booms y recesiones haya desaparecido. En los días de Marx los
ciclos duraban diez años aunque la inflación prácticamente no existía.
Igualmente la mayor recesión en la historia, el crash de 1929,
tuvo lugar en un momento en que los precios eran estables. En segundo
lugar, los economistas burgueses no están convencidos de que se haya
eliminado del todo la inflación. La subida de los precios de los activos
y las acciones es también un tipo de inflación, y muy peligrosa. En EEUU
los economistas temen que el debilitamiento del dólar y la recuperación
en los últimos meses del precio del petróleo y otras mercancías puedan
conducir a una reaparición de las presiones inflacionarias. Esto a su vez
puede conducir a un aumento de los tipos de interés que pincharía el boom
y llevaría a una recesión. The Econo-mist (25/9/99) observaba
hace poco lo siguiente: "Lejos de estar muerta, la inflación ha
tomado un disfraz nuevo y más peligroso". El argumento de que la
ausencia de inflación significa la abolición de los ciclos de boom/recesión
es totalmente falso y demuestra una total ignorancia de la historia. La
inflación también era baja en los años veinte, antes del colapso de
1929, y los era también en Japón en los años ochenta, antes de la
recesión de la que todavía no se ha recuperado. Los estrategas del
capital muestran una gran preocupación en privado. El problema está en
que los efectos de la "exuberancia irracional" que Alan
Greenspan mencionó hace tres años acaben saliendo a la superficie. Ahora
Greenspan guarda silencio. No hay duda de que teme hablar y que sus
palabras puedan ocasionar un repentino hundimiento de la confianza. No
haciendo nada, la Reserva Federal (Fed) se ha convertido en un cómplice
silencioso de lo que es en realidad un ejercicio imprudente y peligroso.
Se ha apoderado en EEUU la ilusión de que cualquier forma de
enriquecimiento refuerza el avance hacia un tipo de capitalismo paradisíaco
y próspero. La nueva economía es simplemente un reflejo
pseudoacadémico de la irracional creencia en esta idea. El loco carnaval
de hacer dinero por procedimientos rápidos parece no tener fin. ¡Es
tiempo de fiesta para todos! Y en medio de esta juerga, no hay lugar para
caras agrias o palabras de advertencia. Comed, bebed y estad felices, mañana
los precios de las acciones subirán de nuevo. Así ha sido y será
siempre. La degeneración del
sistema capitalista se expresa en múltiples aspectos, no menos en el carácter
y la conducta de sus representantes, tanto políticos como financieros. En
los buenos días del oro, los banqueros se suponían hombres respetables,
dedicados a la causa del dinero sano y los presupuestos equilibrados. Pero
en la época de decadencia senil del capitalismo, cuando los bancos
centrales han acumulado un poder sin precedentes en sus manos, la conducta
de los banqueros centrales es todo menos responsable. Y no será por la
falta de avisos. "Sea cual sea el método utilizado para medir, Wall
Street se encuentra ahora más sobrevalorado de lo que lo estaba en vísperas
del crash de 1929 o de 1987" (The Economist). En el
pasado se decía que el papel de la Fed era llevar el cuenco de ponche
cuando la fiesta estaba en pleno apogeo. Pero ya no es este el caso.
Mientras públicamente hablan de cara a la galería de fidelidad y
austeridad, Alan Greenspan tolera la formación de la mayor orgía de
especulación financiera de la historia, aunque debería ser consciente de
los peligros que ello implica. Es como el emperador Nerón, que se divertía
mientras Roma se quemaba. En realidad, subiendo los tipos de interés un
miserable cuarto de punto, ha echado más leña al fuego de la especulación
bursátil. De esta forma, el viejo dicho de "a quién los dioses
desean destruir, primero le vuelven loco" es totalmente correcto.
Marx sobre el crédito Las barreras
fundamentales para el desarrollo de las fuerzas productivas en la época
moderna son la propiedad privada de los medios de producción y el Estado
nacional. Sin embargo, durante un tiempo el sistema pudo superar
parcialmente estas barreras por una serie de medios, como el desarrollo
del comercio mundial y la expansión del crédito. Hace tiempo Marx explicó
el papel del crédito en el sistema capitalista. Es un medio a través del
cual el mercado puede ir más allá de sus límites normales. En el mismo
sentido la expansión del comercio mundial puede proporcionar una salida
durante un tiempo, a costa de preparar una crisis catastrófica aún mayor
en el futuro: "La producción
capitalista está ocupada constantemente en el intento de superar sus
barreras innatas, pero superarlas por medios que luego harán que estas
mismas barreras adquieran un tamaño formidable. La barrera real de la
producción capitalista es el propio capital" (El Capital, vol.
3). El circuito de la
producción capitalista depende entre otras cosas del crédito. La
solvencia de un eslabón de la cadena depende de la solvencia del otro. La
cadena se puede romper por numerosos puntos. Más pronto o más tarde, el
crédito debe saldarse en efectivo. Con demasiada frecuencia aquellos que
se endeudan durante el proceso de auge capitalista se olvidan de este
hecho. En la primera fase de expansión capitalista, el crédito actúa
como un estímulo de la producción: "el desarrollo del proceso
productivo se alarga por el crédito, y éste conduce a una extensión de
las operaciones comerciales o industriales" (El Capital, vol.
3). Ésta es sólo una
cara de la moneda. La rápida expansión del crédito y la deuda empuja el
mercado más allá de sus límites normales, pero en un cierto momento
esto vuelve a su posición original. Durante el boom el crédito
parece no tener límites, como el Cuerno de la Abundancia de la antigua
mitología griega. Pero tan pronto como aparece la crisis la ilusión se
desvanece. Los reembolsos se retrasan, las mercancías no se venden en los
mercados ya abarrotados y los precios caen. El desarrollo del mercado
mundial no altera este proceso fundamental, salvo en que cuando se
manifiesta lo hace con un alcance inmensamente mayor. La acumulación de
deudas en última instancia hace más profunda y más prolongada la crisis
de lo que hubiera sido de otra forma. La reciente historia de Japón es más
que suficiente para confirmar esto. Después de una década de boom,
caracterizada por el aumento rápido de los precios de los activos y las
acciones, la burbuja estalló finalmente debido a un marcado aumento de
los tipos de interés. La situación fue muy similar a la de EEUU en la
actualidad. El 25 de diciembre de 1989, el Banco de Japón subió los
tipos de interés causando una profunda caída de la Bolsa, pero como los
precios de la tierra aún continuaban subiendo fue necesario una nueva
subida de los tipos de interés. En total los tipos subieron un 6% y a
final de año los precios de las acciones cayeron al 40%. A pesar de todo
el Banco de Japón mantuvo los tipos de interés elevados, medida entonces
alabada por los economistas, que destacaron el prudente manejo de la
economía por parte de la entidad japonesa. El resultado fue prolongar la
recesión durante una década. Con la globalización
y la abolición de las restricciones al crédito y las transacciones
financieras, el alcance de la expansión nunca antes fue tan grande, ni
tuvo el potencial para un crash a escala mundial. Sin embargo la
crisis no se origina por el capital ficticio, por las estafas de la Bolsa
y el uso excesivo del crédito. Marx lo explica en el tercer volumen de El
Capital: "También
ignoramos estas falsas transacciones y especulaciones que favorece el
sistema crediticio. Una crisis sólo se puede explicar como resultado de
una desproporción en la producción entre el consumo de los capitalistas
y su acumulación. La sustitución del capital invertido en producción
depende en gran medida del poder de consumo de las clases no productivas;
mientras, el poder de consumo de los trabajadores está limitado, en parte
por las leyes salariales, en parte por el hecho de que son utilizados en
la medida que son rentables para la clase capitalista. La razón última
para todas las crisis reside en la pobreza y el consumo restringido de las
masas frente al vigor de la producción capitalista en desarrollar las
fuerzas productivas como si existiera sólo un poder de compra absoluto de
la sociedad y éste fuera su límite" (El Capital, vol. 3) La expansión del
comercio mundial y la apertura de nuevos mercados en Asia también
proporcionaron un estímulo temporal, pero sólo a costa de provocar un
colapso incluso mayor. La verdad del penetrante análisis de Marx sobre la
naturaleza de las crisis capitalistas se demuestra con lo acontecido en
Asia. Se presentó como un vasto mercado de miles de millones de personas
que proporcionarían una reserva inagotable de demanda para las mercancías,
servicios e inversiones occidentales. Al principio la promesa parecía
hacerse realidad. Para Occidente el mercado asiático era grande y en
expansión y logró evitar que la recesión de 1990-92 se transformase en
una depresión. Ahora todas las
antiguas ilusiones se han hecho cenizas. El supuesto mercado chino, como
ya dijimos hace ocho años, no era tan grande como se pensaba. Bajo el
capitalismo un mercado no es lo mismo que el tamaño de su población. Si
ese fuera el caso Bangladesh sería un mercado muy importante. El tamaño
de un mercado depende del poder adquisitivo. El poder de compra de la gran
mayoría de los chinos es muy bajo. Este hecho pronto comenzó a ser
evidente para los observadores extranjeros. Comenzaron a aparecer artículos
en la prensa occidental con títulos tipo "Cómo no vender 1.200
millones de tubos de pasta de dientes". La ilusión de los
capitalistas consistía en confundir las necesidades humanas reales de la
población de China con el poder de compra real y limitado de las masas en
China y el resto de Asia. La contradicción
central del capitalismo es que el ansia por la plusvalía lleva a
desarrollar las fuerzas productivas hasta un punto donde la masa de
mercancías no puede ser absorbida por el mercado. En este punto aparece
la sobreproducción. Durante un tiempo pueden eludir esta contradicción
invirtiendo en lo que Marx llama departamento I, es decir, la producción
de los medios de producción, maquinaria, fábricas, investigación y
desarrollo, etc. Pero las contradicciones siempre reaparecen, ya que en
determinado momento el aumento de la inversión en nuevas plantas y
maquinaria se traduce en una masa de mercancías. En Asia hemos visto un
ejemplo clásico de este proceso, que ha tenido lugar casi en condiciones
de laboratorio. La persecución de un mercado nuevo y potencialmente
lucrativo atrajo un enorme volumen de inversión en Asia. Esto llevó a la
construcción de nuevas fábricas con maquinaria moderna para sacar
ventaja de los bajos salarios de la fuerza laboral en China y otros países
asiáticos. Sólo ahora los estrategas del capital parecen ser conscientes
de las implicaciones revolucionarias de este proceso. Las huelgas
generales de Corea del Sur son una muestra de lo que ocurrirá mañana en
China, Japón y en todos y cada uno de los países de Asia. La realidad de
la crisis capitalista encenderá la conciencia de las masas. Desde un punto de
vista estrictamente económico Asia es ahora una prueba viva de la
afirmación de Marx de la inevitabilidad de la sobreproducción. El origen
del colapso en Asia no era el enorme endeudamiento, la corrupción y la
ineficacia que tan frecuentemente citaban los economistas occidentales
(antes de la crisis estas economías eran presentadas como modelos de
eficacia y prueba de la superioridad de la economía de mercado). Estos
factores eran simplemente manifestaciones externas de un problema más
profundo. Si el mercado asiático hubiera continuado expandiéndose,
generando mayores ventas y beneficios, nadie habría prestado la más mínima
atención a sus deudas, fraudes o desequilibrios. Además este tipo de
cosas siempre está presente en cada boom capitalista y en la
actualidad lo están en la economía norteamericana. Sólo cuando se hace
más evidente que la economía se encamina hacia la crisis, cuando aparece
la sobreproducción (en condiciones modernas, en forma de exceso de
capacidad), la demanda y los precios comienzan a caer y los márgenes de
beneficios disminuyen, es cuando el mundo del dinero repentinamente se da
cuenta se da cuenta del hecho de que todo el edificio está construido
sobre cimientos de barro. Por consiguiente no es la ausencia de confianza
lo que causa la crisis sino la existencia de crisis lo que causa un
colapso de confianza, que se manifiesta en el abandono de la moneda (el
bath tailandés, por ejemplo), escándalos financieros y crash bursátiles. En la medida que el
impacto de estos fenómenos es muy dramático y se instala en la psicología
de millones de personas se toma el clima de desconfianza y desconcierto
como la auténtica causa de la crisis. Está en la naturaleza del
pensamiento burgués moderno (tanto en filosofía como en economía) el
confundir apariencia con realidad y recurrir a explicaciones subjetivas
que no explican nada en absoluto. ¿Por qué se desploma la confianza? ¿Por
qué la crisis en Tailandia ocurrió en ese momento y no un año antes? ¿Por
qué sólo en ese momento fueron visibles los fraudes y los
desequilibrios? Esperaríamos en vano una respuesta de los economistas
burgueses a estas preguntas. Cuando el actual boom en EEUU se
derrumbe, serán igualmente incapaces de explicar por qué la famosa
"confianza" —que lo mantiene actualmente a flote desafiando
todas las leyes de la economía— se evapora como una gota de agua en una
plancha caliente. La razón no es muy difícil de encontrar. Lenin dijo
una vez que un hombre al borde de un precipicio no atiende a razones. Si
los economistas buscaran una causa objetiva para la crisis del
capitalismo, tendrían que admitir lo que no pueden —que el problema es
inherente al propio sistema—. Sin embargo defender una idea tan
subversiva no sería aconsejable, ya que la conclusión ineludible es la
necesidad de un cambio fundamental de la sociedad.
¿Los cimientos están sanos? Uno de los argumentos
clave de los defensores de la nueva economía es que aún hay
demasiado demanda de productos de nueva tecnología; ¡mirad todas las
familias que aún no tienen Internet o teléfonos portátiles! ¡Y la
televisión digital está a la vuelta de la esquina! Estos argumentos son
infantiles. Aceptan precisamente lo que tiene que demostrarse, que la
demanda (en el sentido real de demanda, entendida como poder adquisitivo)
es capaz de expandirse indefinidamente. Que hay mucha gente en el mundo a
la que le gustaría recibir los beneficios de Internet, un teléfono móvil,
un coche nuevo, o incluso un cuenco de arroz, es más que evidente. Que
posean los recursos necesarios para poder acceder a estos recursos es una
cosa totalmente distinta. La característica de la producción capitalista
es que los capitalistas individuales, en la búsqueda del beneficio,
producen sin tener en consideración los límites del mercado hasta que
llegado un momento el mercado se satura de mercancías que no encuentran
comprador. La demanda puede aún
existir en el sentido de necesidades y deseos humanos —en este sentido
realmente nunca hay sobreproducción—. Pero estas cosas no preocupan a
los capitalistas, que están ocupados en la producción, no de valores de
uso, sino exclusivamente de valores de cambio, que sólo pueden realizarse
en el acto del intercambio. Si en la práctica se pueden realizar o no es
otra cosa. Sólo durante un tiempo los límites naturales del mercado se
pueden llevar más allá a través del crédito para tener luego los
efectos contrarios. Una mirada superficial a la situación de la deuda en
EEUU nos sugiere que la actual borrachera de crédito no puede durar mucho
tiempo. El mercado está seriamente sobredimensionado. Esto llevará a una
situación en la que el exceso tendrá que corregirse a través de un
proceso bastante doloroso. "Ya que el propósito
del capital no es atender a determinados deseos, y ya que realiza este
propósito por métodos que adaptan la masa de producción a la escala de
producción y no viceversa, el conflicto entre las condiciones limitadas
de consumo sobre bases capitalistas y una producción que siempre tiende a
exceder sus barreras innatas surge continuamente" (El Capital,
vol. 3). La cuestión no es si
basándose en la nueva tecnología existen nuevos campos de inversión, o
si los capitalistas pueden conseguir beneficios para invertir en estas
nuevas tecnologías. Tampoco si en determinada zona existe una demanda
potencial de nuevos productos. La cuestión es si hay suficiente poder
adquisitivo en la sociedad para que los capitalistas puedan vender todas
las mercancías, y así realizar su valor en la práctica. Hasta ahora, la
demanda en EEUU permanece fuerte, principalmente gracias al crédito y al boom
bursátil. Cuánto puede durar, es otro tema. La idea, esgrimida por
los defensores de la nueva economía, de que la economía
norteamericana está fundamentalmente sana y que el actual boom del
consumo puede durar indefinidamente es totalmente falsa. Los que hacen
esas afirmaciones tan injustificadas no tienen en cuenta los niveles sin
precedentes de deuda en la economía. Partiendo de un nivel ya elevado del
85% en 1992, la deuda total de las familias ha alcanzado ahora un astronómico
102% del ingreso personal disponible. Uno de los negocios más rentables
en EEUU actualmente son las tarjetas de crédito. Los pagos por servicio
de la deuda están en niveles récord. En otras palabras, se está
gastando más de lo que se ingresa, especialmente las familias más
pobres. Esto tendrá consecuencias muy serias en una futura recesión económica. Lo que es correcto
para la deuda personal también lo es para las deudas empresariales, que
también alcanzan niveles récords con relación al PIB. En un solo año
(1998), los negocios no financieros aumentaron sus deudas en más de
400.000 millones de dólares. Esto no representaría un problema serio si
el dinero se invirtiera en sectores productivos, pero no es el caso. El
grueso de este dinero en realidad se ha utilizado para financiar la
recompra de acciones. Hasta tal punto la fiebre especulativa se ha
apoderado de la economía norteamericana. Comentando esta
situación, The Economist (25/9/99) afirma: "A pesar del boom
económico, los préstamos bancarios no devueltos han aumentado y la tasa
de impagos de bonos empresariales está alcanzando su nivel más elevado
desde principios de los años noventa". Esto demuestra la fragilidad
de las bases que sostienen todo este proceso. The Economist continúa:
"Pero los precios de las acciones pueden caer, mientras la deuda
mantiene constante su valor. Y sólo los ingresos pueden ser útiles para
la deuda: los activos financieros no pueden pagar intereses a menos que se
vendan. Si todo el mundo se ve obligado a vender, los precios de las
acciones caerán de nuevo". Marx explicaba el
papel del crédito en la economía capitalista como un medio mediante el
cual los capitalistas pueden empujar al mercado más allá de sus límites
normales. En un período de boom, todo el mundo persigue el crédito,
que parece estar dotado de propiedades mágicas. Es una parte necesaria
del proceso de acumulación del capital y nadie está preocupado por los
elevados niveles de endeudamiento. En la loca pelea por el beneficio, el
crédito parece jugar un papel fundamental en impulsar la economía:
"La expansión del crédito y el boom del precio de los
activos tienden a autorreforzarse. La expansión más rápida del crédito
estimula la actividad económica, los beneficios y por lo tanto los
precios de los activos. A su vez, el aumento del precio de los activos
favorece los balances equilibrados y permite a las familias y empresas
pedir más dinero prestado. De esta forma, el boom del crédito
estimula una burbuja especulativa" (The Economist, 25/9/99). Pero cuando empieza la
crisis todo el proceso se invierte. Ahora las deudas están llamando a la
puerta. Los bancos no quieren dar más créditos fáciles. Las hipotecas
están comenzando a no pagarse. La gente necesita dinero para pagar sus
deudas. Todo esto se refleja en un aumento de los tipos de interés, que
deprime el consumo y los márgenes de beneficio, y por lo tanto la recesión
es aún mayor. El hechizo del crédito de repente se rompe, la carroza se
convierte en calabaza y Cenicienta se ve obligada a regresar a casa en
harapos, sólo para encontrar que su casa está embargada por el banco.
Warren Buffet lo expresaba ingeniosamente: "Hasta que la marea no
baja, no sabes quién se baña desnudo". Al menos desde la
revolución industrial, la rápida expansión del crédito jugó un gran
papel en cada período de expansión capitalista. Sin embargo, en las
condiciones modernas, ha adquirido unas dimensiones inauditas. De esta
forma el surgimiento en los años 80 de burbujas especulativas en los
precios de los activos en Japón, Gran Bretaña y Escandinavia y el rápido
crecimiento del crédito fueron unas de las causas principales de la
gravedad de la posterior recesión. Lo que inicialmente estimuló el boom,
con el tiempo fue una de las principales causas de su perdición. En el
auge, el crédito y el capital ficticio sirven para lubricar el sistema,
pero más tarde sólo sirven para minarlo. El actual
desequilibrio de la economía norteamericana se manifiesta en el masivo
crecimiento del déficit financiero del sector privado —la cantidad de
ahorros de las empresas y las familias menos la inversión total—. A
principios de los años 90, el superávit era del 4% del PIB. En la
actualidad, el déficit es del 5%. En 1987 era un escaso 0,8%. Cuando el boom
se acabe, la gente tratará de pagar sus deudas, reducir los préstamos y
ahorrar más. Es el fenómeno clásico del atesoramiento que Marx trata
con detalle en El Capital. Todo el mundo quiere efectivo, nadie
quiere gastar; así, cae el consumo y los mercados se reducen. Esto
necesariamente produce una caída general de los precios y los beneficios.
Para asegurarse una porción de un mercado que se achica, los capitalistas
se ven obligados a recurrir a descuentos e incluso a vender sus mercancías
por debajo del precio de coste. Esto a su vez conduce a una caída de la
inversión. Pero, dado que la inversión es la fuerza motriz de cada boom,
esto conduce directamente a la recesión. La profundidad de la recesión
se agrava más por los excesos especulativos del período anterior, como
la resaca es directamente proporcional al alcohol ingerido con
anterioridad. Y el actual boom especulativo en EEUU es una fiesta
de considerables proporciones.
La Bolsa En todo boom
hay un elemento especulativo, comenzando por el siglo XVII. Durante la tulipomanía
holandesa (1630), un tipo poco común de bulbo se podía vender a 5.500
florines —50.000 dólares en moneda actual—. En el crash
posterior, muchas personas se arruinaron. La historia se repitió casi
cien años después, con la llamada "burbuja del mar del Sur"
(1720), cuando una empresa de aventureros ofreció hacerse cargo de la
deuda nacional británica a cambio del monopolio del comercio con las
colonias españolas en América. En esa loca fiebre especulativa, los
precios de las acciones subieron de 130 a 1.000 libras en siete meses,
para estallar posteriormente. Entre los muchos que perdieron su dinero se
encontraba el famoso científico Isaac Newton, quien comentó amargamente:
"Puedo calcular los movimientos de los cuerpos pesados, pero no la
locura de las personas". Antes del crash de 1929 se produjo el
famoso escándalo de la tierra en Florida. Se pagaban fabulosas sumas de
dinero por una ciénaga. Como siempre, la orgía especulativa terminó en
lágrimas. El capital ficticio,
como llamaba Marx a la riqueza de papel generada por la especulación, ha
jugado un papel similar en cada boom en la historia del
capitalismo. Durante el período de auge hay una demanda febril de capital
y una búsqueda irracional de beneficios rápidos y dinero fácil. Como
explica Marx, el ideal de la burguesía es siempre hacer dinero del dinero
sin la penosa necesidad de involucrarse en la producción. Este es el
origen del juego en la Bolsa y otras formas de especulación. Durante los
períodos de boom se generan grandes cantidades de capital ficticio
y se dan por válidas aunque carezcan de una base real. En el actual boom
de EEUU, éste fenómeno alcanza proporciones extraordinarias. No sólo se
aprecia en los precios de Wall Street, inflados hasta el punto de que no
guardan relación con el valor real o la rentabilidad de las empresas
correspondientes, sino también en las asombrosas cantidades de capital
ficticio que circulan por los mercados monetarios del mundo como derivados
y recursos especulativos similares. Que se están
dirigiendo a una caída mayor es evidente para todos, excepto para un
ciego y ofuscado admirador de la sociedad-casino. Comentando el peligro de
un crash bursátil, The Economist (21/8/99) escribe: "Dos importantes
incertidumbres pueden oscurecer el paisaje. Una es la Bolsa. Si Wall
Street sigue negando la importancia de los tipos de interés altos, como
ocurrió en junio, será más difícil que ralentice el ritmo. A la
inversa, una gran corrección en la Bolsa podría precipitar una caída
profunda y poco confortable. La otra incógnita es cómo se comportarán
los extranjeros. El déficit comercial norteamericano alcanzó el récord
de 24.600 millones de dólares en junio y el país se dirige a un déficit
por cuenta corriente del 4% del PIB este año. Como las economías de
Europa y Asia se animen, los inversores extranjeros que están financiando
este importante déficit podrían demandar tipos de interés bastante más
elevados. La reciente caída del dólar y el fortalecimiento de los bonos
puede ser el principio del cambio en los sentimientos del extranjero. La
recesión económica de EEUU podría ocurrir más pronto de lo que nadie
espera. Y Alan Greenspan ya no sería más un semidiós". Es bastante sorprendente leer los comentarios de los "expertos", que alegan que no hay por qué preocuparse ya que los capitalistas han aprendido de los errores del pasado. Esto trae a la mente el comentario de Hegel, que decía que alguien que |