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La revolución pone a prueba, sin concesiones, sin tregua
y sin piedad, a organizaciones, programas y personas. Los acontecimientos
se desarrollan y evolucionan a una velocidad de vértigo; si en condiciones
normales, la maduración de los procesos se mide por años e incluso por
décadas, aquí las unidades de medida pasan a ser días, horas o
minutos.
Para que el partido revolucionario pueda estar a la
altura de las circunstancias, es por tanto imprescindible que cuente con
una base práctica y teórica sólida que le permita orientarse en esta
vorágine. El derecho a ser reconocido y escuchado por las masas hay que
ganarlo con un trabajo previo de preparación, que haya permitido al
partido echar raíces entre la clase obrera y los sectores oprimidos de la
sociedad. Además para contar con una perspectiva, estrategia y táctica que
lleve al triunfo final, tiene que comprender las leyes que rigen el
proceso histórico y la de la toma de conciencia de las masas.
Partiendo de esta base, la clave para conocer el
desarrollo posterior de los acontecimientos después de febrero y el papel
que las diferentes organizaciones que se consideraban revolucionarias
jugaron en ellos, se encuentra en los debates políticos, teóricos y
prácticos sobre los que se forjó el Partido Obrero Socialdemócrata Ruso
(POSDR) en los primeros años del siglo XX.
Materialismo histórico
El marxismo explica que el motor del desarrollo de la humanidad está en
el nivel que van alcanzando las fuerzas productivas, es decir, la
capacidad que, en cada momento histórico, tiene el hombre para generar
riqueza. Así, un sistema social (formas concretas de propiedad de éstas
fuerzas productivas y distribución de la riqueza generada), es más
avanzado que otro si permite que estas se desarrollen en su seno a un
nivel superior y deja de ser viable cuando sus leyes internas son un
obstáculo absoluto en líneas generales, para que puedan seguir
creciendo. Previamente, antes de llegar a esta situación límite, en el
seno del viejo sistema social, han ido madurando las formas que deberá
tomar la nueva sociedad. La clase propietaria de los medios de
producción es, por tanto, la clase dominante. La nueva sociedad que se
encuentra en embrión dentro de la vieja, cuenta con su clase llamada a ser
dominante, produciéndose en este proceso, la lucha entre la vieja y caduca
clase propietaria que se aferra a sus privilegios y la nueva que
representa el futuro y juega un papel revolucionario. Es la sociedad
feudal, por ejemplo, en la que dominaba la nobleza y el clero, la que crea
las condiciones para que nazca y se desarrolle la burguesía; ésta en un
momento dado, en un contexto de incapacidad del sistema feudal para seguir
desarrollando las fuerzas productivas, y a la cabeza de todos los sectores
oprimidos de la sociedad (pequeña burguesía urbana, campesinos y
proletariado incipiente), destruye la sociedad feudal, sus formas de
propiedad, sus leyes, abriendo paso al desarrollo capitalista; la gran
revolución francesa de 1789, es el modelo histórico para estudiar la
mecánica de la revolución burguesa. Pero la historia no se detiene
aquí. Después de un período de desarrollo capitalista, este sistema social
también entra en crisis, la burguesía es ahora la vieja y caduca clase
social y el proletariado nacido en el seno de la sociedad burguesa, es
llamado a derrocarla. Los obreros dirigidos por el partido revolucionario
luchan por acabar con el capitalismo y organizar la sociedad sobre la base
de la propiedad socialista, en la que las fuerzas productivas puedan
seguir avanzando. Al igual que el triunfo del capitalismo no se
concretó en todos los países del mundo a la vez ni en las mismas
condiciones, necesitando de todo un período histórico, el socialismo
necesitará de la misma mecánica (aunque más rápida debido a la poderosa
base material con la que contará), para imponerse en todo el planeta. A
este respecto Marx explicaba que las condiciones para la caída del
capitalismo estarían dadas en primer lugar en los países capitalistas
avanzados, debido al mayor desarrollo industrial, fortaleza del
proletariado, nivel técnico y cultural. Armados de ésta base teórica
general, las diferentes fracciones que componían el POSDR, trazaron y
debatieron las perspectivas para la revolución en Rusia. El imperio de
los zares era un país atrasado, la clase obrera y la industria eran islas
en un mar de campesinos y de grandes propiedades terratenientes. En la
mayoría del país las formas sociales tenían más en común con el feudalismo
y el nivel cultural estaba muy por detrás del de los países desarrollados
de la época. Las tareas de la revolución burguesa seguían pendientes;
la reforma agraria que acabara con el gran latifundio, que repartiera la
tierra entre los campesinos y acabara con la base material del servilismo,
así como un período de desarrollo industrial que elevara el nivel técnico
de la sociedad y convirtiera al proletariado en la clase mayoritaria de la
sociedad rusa. Es evidente que tomando la teoría general marxista como
una ley absoluta y rígida, Rusia no encajaba en el modelo de países
"aptos" para el socialismo. Los mencheviques (Plejanov, Axelrod, Vera
Zasulich, Martov, etc., ), utilizaban este planteamiento general marxista
como si de una receta de cocina se tratara. Planteaban que en la medida
que la revolución burguesa estaba pendiente en Rusia, la próxima
revolución que se estaba gestando tendría esa naturaleza de clase; por
tanto el papel directivo en ella correspondería a la burguesía liberal
como pretendiente natural a dirigir la sociedad. Esto abriría un período
de desarrollo capitalista de duración indeterminada que colocaría al
proletariado en condiciones de luchar por el socialismo; hasta entonces su
papel sería el de aliado de izquierdas de la burguesía liberal frente a la
reacción, aunque también defendería sus intereses contra esta propia
burguesía. Para los mencheviques, haciendo una interpretación mecánica
del juicio correcto de Marx según el cual "los países avanzados señalan el
modelo de su desarrollo futuro a los países atrasados", veían como una
aberración que el proletariado ruso emprendiera la lucha por el poder
antes que los países desarrollados hubieran establecido un precedente.
La revolución permanente
El enfoque menchevique de la cuestión no era compartido, ni mucho
menos, por otros grupos de la socialdemocracia rusa, como los bolcheviques
y el grupo de Trotsky, que insistían en el papel reaccionario de la
burguesía rusa y su incapacidad por tanto de dirigir una lucha consecuente
contra los restos del pasado feudal; sólo los obreros y campesinos pobres
podrían hacerlo. Que la implantación del socialismo debe tener una base
material al ser un sistema de producción superior al capitalismo, debía
ser ABC para un marxista; pero la experiencia revolucionaria real
demostraba que el abecedario tiene más letras y que además, había que
saber combinarlas para formar palabras y frases. La primera revolución
rusa (1905), traslada a la arena de la realidad práctica los debates
teóricos. La burguesía que en un primer momento apoyó las movilizaciones
obreras, tardó poco en aliarse con la monarquía y los terratenientes para
aplastar el movimiento. Este ensayo general, como lo calificó Lenin,
fue una experiencia de valor incalculable de la que los marxistas rusos
sacaron valiosas lecciones. En 1906, Trotsky publica un extenso
artículo titulado Resultados y Perspectivas, donde haciendo un balance de
los acontecimientos del año anterior, da una expresión básicamente acabada
a lo que vino a llamarse posteriormente la teoría de la Revolución
Permanente; aquí explica la dinámica del proceso revolucionario en un
país atrasado y en consecuencia las tareas del partido revolucionario.
Para Trotsky el capitalismo hacía tiempo que había triunfado como sistema
social dominante en el mundo; es más, las condiciones básicas generales,
tomando la economía mundial en su realidad, es decir, como un todo, para
el paso del capitalismo al socialismo ya estaban dadas. En este contexto
los países atrasados se ven obligados a asimilar a marchas forzadas las
conquistas técnicas y productivas (o parte de ellas) de los países
avanzados. Las etapas históricas por las que estos últimos habían tenido
que pasar para llegar a ser lo que son, se ven forzados a saltárselas;
azotados por el látigo de las necesidades materiales, avanzan a saltos.
Las distintas fases del proceso histórico se confunden y se mezclan. Las
relaciones de producción más primitivas, sobre todo en el campo,
(servilismo, propiedad feudal de la tierra, trueque, etc.), conviven con
focos industriales concentrados y relaciones sociales modernas. Los países
atrasados incorporan, adaptándolos a su propio atraso, las conquistas más
modernas. El desarrollo desigual y combinado (así denomina este proceso
el marxismo) da a las relaciones entre las clases un carácter más
complejo, en el que es imposible orientarse con esquemas rígidos y
abstractos. Los procesos sociales reales no tienen por que transcurrir
según un patrón general diseñado previamente (la burguesía derroca al
feudalismo, ésta desarrolla el capitalismo creando las condiciones para el
socialismo) y sobre todo hay que adoptar ese patrón general a la realidad
viva del desarrollo revolucionario y no al revés como hacían los
mencheviques.
Papel de la burguesía liberal
Rusia avanzaba hacia la revolución burguesa provocada por el freno que
suponía para el desarrollo de las fuerzas productivas la existencia de las
condiciones políticas semifeudales caducas que seguían dominando el país.
Pero el carácter burgués de la revolución no quería decir que
inevitablemente la burguesía debía y podía encabezar la revolución. El
elemento básico de la revolución burguesa que rompería el corsé en el que
se encontraban las fuerzas productivas, era la solución del problema
agrario; esto sólo era posible con la destrucción completa de la clase de
los grandes terratenientes expropiando sus tierras y repartiéndolas entre
los campesinos. A esto estaba íntimamente ligada la destrucción de la
monarquía. Por otro lado, la realidad rusa ya contenía un elemento
decisivo en su ecuación social; un proletariado joven, combativo, muy
inferior numéricamente al campesinado pero con un peso específico muy
importante en los procesos sociales y muy enfrentado a la burguesía. A
su vez, la burguesía estaba unida por multitud de lazos a la gran
propiedad agraria (hipotecas bancarias, muchos burgueses a la vez eran
terratenientes, etc.,) por lo que tenía mucho más en común con los grandes
hacendados que con los campesinos que reclamaban tierras. La
diferenciación extrema entre las clases urbanas (burguesía y
proletariado), junto a la unidad de intereses entre la burguesía y los
terratenientes, hacia evidente que no existía una clase burguesa que
pudiera ponerse al frente de las masas, sumando su peso social y su
experiencia política a la energía revolucionaria de estas, llevando a la
práctica sus tareas históricas. Para Trotsky la clase obrera era la
única clase social que contaba con la suficiente consistencia,
homogeneidad y fuerza para dirigir la revolución que se estaba
preparando. La revolución burguesa rusa, sólo podía realizarse siempre
y cuando el proletariado, respaldado por el apoyo de los millones de
campesinos (apoyo que ganaría incorporando a su programa la revolución
agraria) consiguiera concentrar en sus manos la dirección de la nueva
sociedad. La clase obrera expropiaría la propiedad terrateniente y
repartiría las tierras entre los campesinos, liberaría al país del dominio
de las burguesías imperialistas de los países desarrollados, realizando
íntegramente las tareas democráticas de la revolución burguesa. Pero
precisamente, para poder llevar estas tareas hasta el final, el
proletariado necesitaría dotarse de los medios y la fuerza suficientes y
para ello atacaría cada vez más profundamente la propiedad privada de los
medios de producción, rebasando inmediatamente los propios límites de la
revolución burguesa, abrazando con ello las reivindicaciones de carácter
socialista. Además no hay que olvidar que estamos hablando de un país
atrasado, parte de la economía mundial que tomada en su conjunto (y no
puede tomarse de otra forma) está totalmente madura para el
socialismo. En Rusia no existía margen para un desarrollo capitalista
de duración similar al de los países imperialistas de Europa Occidental.
En estas condiciones, la economía, la técnica, la ciencia, las costumbres,
se irían revolucionando; las relaciones sociales se transformarían
paulatinamente y el país, en este proceso, saldría de su atraso
histórico. Paralela e indisolublemente unida al desarrollo interno de
los procesos en el nuevo régimen, estaría la perspectiva de la revolución
mundial sobre todo en los países avanzados. El internacionalismo
proletario no es un principio de "solidaridad abstracta entre oprimidos
del mundo". El capitalismo crea el mercado mundial, desarrolla las fuerzas
productivas más allá de la capacidad que tiene el estado nacional para
albergarlas y da a la lucha de clases un carácter mundial. Las
economías nacionales, por muy poderosas que estas sean, dependen de una
"instancia" superior, el mercado mundial que forma un todo con sus propias
leyes y mecánica de las que ningún Estado nacional puede escapar. En
consecuencia la contención de la revolución proletaria dentro de un
territorio nacional (por muy extenso y rico que éste sea), no podría ser
más que un régimen transitorio. De continuar aislado, caería más tarde o
más temprano devorado por las contradicciones internas y externas que éste
aislamiento provocaría. La revolución socialista en un solo país no podía
ser un fin en sí, era un eslabón en la cadena de la revolución mundial,
que pese a sus reflujos temporales habría que abordarla como un proceso
permanente. En condiciones concretas, la clase obrera podría conquistar el
poder en un país atrasado antes que en uno desarrollado, pero el triunfo
del socialismo en ese país seguiría dependiendo de la victoria de la clase
obrera en los países avanzados.
Lenin y los Bolcheviques
Mucho se ha escrito (y mentido), acerca de las diferencias sobre esta
cuestión fundamental que mantuvieron Lenin y Trotsky. La profundidad de
estas (y otras) divergencias la podemos medir resumiendo las propias
palabras de Lenin extraídas de sus obras completas: "En el momento de la
conquista del poder y de la creación de la República Soviética, el
bolchevismo apareció unido, se atrajo a la mejor de las tendencias del
pensamiento socialista que le eran afines". Esta es una alusión clara
al grupo de Trotsky que se unió a los bolcheviques en mayo-junio de 1917.
Lenin, hombre poco dado a ocultar o minimizar las diferencias políticas
que le separaban de sus adversarios, mostraba que en el balance final que
hacía de divergencias pasadas no veía, ni mucho menos, dos líneas
estratégicas irreconciliables. Para ser exactos, las diferencias más
importantes que separaron durante un período de tiempo a Trotsky de Lenin,
no fueron concepciones fundamentalmente diferentes sobre las perspectivas
para la revolución rusa; fueron las tendencias conciliadoras hacia los
mencheviques, manifestadas por Trotsky sobre todo durante el período de
reacción que siguió a la revolución de 1905; en este asunto, la historia
dio la razón a Lenin, que refiriéndose a ellos en la sesión plenaria del
soviet de Petrogrado celebrado del 1 al 14 de noviembre de 1917, decía:
"¿El acuerdo? Ni tan siquiera puedo hablar de esto seriamente. Trotsky
dijo hace tiempo que la unificación era imposible. Trotsky comprendió esto
y desde entonces no ha habido mejor bolchevique que él". Poco después de
la muerte de Lenin, el acta de esta sesión histórica fue suprimida por
orden especial de Stalin. Dejando a un lado las falsificaciones
históricas, lo cierto es que a estos dos marxistas les separaban algunos
aspectos sobre las perspectivas para la revolución rusa. La iconografía
estalinista presenta el pensamiento de Lenin como algo innato a él,
permaneciendo almacenado en una especie de base de datos colocada en
alguna parte de su cerebro, de la que extraía, según conviniera, fórmulas
acabadas de una aplicación y efectividad infalibles. Nada más lejos de la
realidad. El genio teórico y práctico de Lenin, se forjó en el desarrollo
vivo del proceso hacia la revolución, a través de aproximaciones
sucesivas, contradicciones, rectificaciones y confirmaciones. Lenin
partiendo de la perspectiva de la revolución mundial y del inevitable
papel reaccionario de la burguesía rusa en la futura revolución, preveía
la necesidad de una alianza entre obreros y campesinos para culminar el
proceso. La colaboración entre las masas de la pequeña burguesía
campesina mayoritaria y el menos numeroso proletariado industrial, era una
experiencia nueva, por lo tanto también lo eran las formas políticas que
tomase esa colaboración. Por otro lado las tradiciones insurreccionales
del campo ruso junto con la existencia de una numerosa capa de
intelectuales especialmente sensibilizados con las miserias del
campesinado, empujaban a Lenin a no descartar que los campesinos pudieran
estar representados por un partido independiente de la burguesía y del
proletariado que fuera capaz de aliarse con el partido obrero contra la
burguesía; incluso contemplaba la posibilidad que en el gobierno surgido
de ésta colaboración, el partido campesino pudiera tener la
mayoría. Para Lenin estas consideraciones planteaban preguntas que
según él no podían ser contestadas a priori; ¿podrían o no, sabrían o no
los campesinos crear un partido independiente? ¿Estaría en mayoría o
minoría dicho partido dentro del gobierno revolucionario? ¿Cuál será el
peso específico de los representantes del proletariado en dicho
gobierno? Lenin dejaba abierta esta cuestión, para, con los nuevos
datos que la realidad fuera suministrando, concretarla y precisarla,
poniendo en primer plano la lucha irreconciliable de los campesinos y
obreros contra la burguesía y los terratenientes. Hasta el momento de
la comprobación histórica completa, el tema del poder revolucionario
resultante de la alianza de los oprimidos, lo concretó con la consigna de
la "dictadura democrática de obreros y campesinos", fórmula que
recogía todas las incógnitas que veía en el camino de la revolución. Ni
que decir tiene que para Lenin, a pesar de todo, era vital que el partido
proletario mantuviera una política independiente con respecto al partido
campesino. Trotsky replicaba que los campesinos, a pesar de su inmenso
peso social y potencial revolucionario, no podían tener, a consecuencia de
la heterogeneidad de su composición social, ni una política, ni un partido
independientes y en la época revolucionaria se verían obligados a elegir
entre la política de la burguesía y la del proletariado. Mientras el
planteamiento de Lenin abría la perspectiva de la alianza de obreros y
campesinos dejando sin concretar el peso específico de cada clase en esa
alianza a la espera de acontecimientos que permitieran hacerlo, del
análisis de Trotsky surge la del gobierno obrero apoyado por las masas de
campesinos pobres. Además Trotsky alertaba de los riesgos para el
futuro de la revolución de una interpretación rígida, mecánica,
esquemática y no condicional de la fórmula leninista, que podría llevar a
subordinar la política del partido proletario al campesino que a su vez
inevitablemente lo haría a la burguesía. Cuando analicemos en esta serie
la actuación de la dirección bolchevique hasta la llegada de Lenin el
cuatro de abril, esta advertencia aparecerá como profética.
La prueba decisiva
La revolución de febrero de 1917, vuelve a trasladar las discusiones,
análisis y conclusiones elaboradas en el período anterior a los procesos
sociales reales, poniéndolos a prueba. Las organizaciones que la
revolución había aupado al poder se encontraron con tareas urgentes que
resolver, que emanaban de las necesidades imperiosas de las masas. Había
que acabar con la guerra, repartir la tierra y mejorar las condiciones de
vida de la mayoría de la población. ¿Cómo hacerlo? La burguesía, estaba
atada, debido a su atraso, debilidad y pretensiones anexionistas, a las
burguesías del bloque aliado. Firmar una paz por separado supondría
enfrentarse directamente con la burguesía inglesa y francesa, que
retirarían inmediatamente sus inversiones en Rusia y cortarían la
concesión de créditos. Desde el punto de vista burgués, esta perspectiva
era impensable. Ya hemos visto que la burguesía era incapaz de
solucionar el problema de la propiedad de la tierra y la mejora de las
condiciones de vida de las masas estaba íntimamente ligada precisamente al
fin de la guerra cuyas necesidades consumían la parte del león de la
riqueza rusa y al reparto de la tierra. Los mencheviques se encontraron
bien pronto en el gobierno. De todas sus ideas de principio sólo quedó en
pie la conclusión política de que el proletariado no debía aproximarse al
poder, mientras se doblegaba incondicionalmente al programa de la
burguesía en todos los frentes sin ofrecer resistencia; este no era otro
que seguir la guerra hasta la victoria final, mantener la propiedad
terrateniente de la tierra hasta la futura asamblea constituyente que no
tenían intención de convocar y seguir pidiendo sacrificios las masas para
salvar la patria. Los socialrevolucionarios, partido mayoritario entre
los campesinos en ese momento, utilizaron su dominio para entregar a
estos, atados de pies y manos, a la burguesía liberal. Por su parte la
dirección del Partido Bolchevique con Zalutski, Chliagruikov y Molotov
primero y a partir de mediados de marzo con Kamenev y Stalin, planteó el
apoyo crítico al gobierno provisional y adoptó una postura defensista en
la guerra imperialista, que, en la práctica, significaba seguir
participando en ella, impidiendo al partido jugar un papel independiente y
claramente diferenciado de la burguesía, los socialrevolucionarios y los
mencheviques. Al mismo tiempo Lenin ya contaba con los datos que
necesitaba para resolver las incógnitas planteadas. Abandona la fórmula de
dictadura democrática de obreros y campesinos y adopta el programa
de la toma del poder para los sóviets, de gobierno obrero apoyado por las
capas pobres del campesinado, transmitiéndola al partido, primero en sus
Cartas desde lejos en marzo, y en las Tesis de Abril después, coincidiendo
plenamente con lo expuesto por Trotsky en la llamada teoría de la
Revolución Permanente. |